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miércoles, 11 de abril de 2012

Estrellita coreana (10 04 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 10 de abril de 2012



Estrellita coreana

por Pedro I. de Quesada








Aunque desde lejos la política de Corea del Norte aparezca teñida del simplismo de las dictaduras cerradas a cal y canto, esa imagen maniquea que proyecta, esconde el encarnizamiento de las luchas internas en la punta de la pirámide del poder.

Lejos de haber terminado, el período de afirmación del liderazgo del joven Kim Jong Un y su nuevo gobierno –tras la muerte de su padre, el autócrata Kim Jong Il- transita todavía un período experimental.

No solo la juventud del nuevo mandatario, sino su objetiva falta de experiencia en temas de gobierno y en prácticas militares, despiertan más suspicacias que adhesiones entre la vieja casta de generales, algunos de los cuales permanecen en la primera línea del gobierno de la parte Norte de la península desde que el primero de la dinastía, Kim Il Sung, fundara el país.

Y el poder, en Corea, está indisolublemente ligado a la capacidad de utilización la bomba atómica. El plan nuclear comenzado por el primer Kim, y tantas veces manipulado por su hijo en la eterna disputa con el país pro-occidental de la mitad Sur de la península (abandonó hace tres años las negociaciones multilaterales sobre el desmantelamiento de armamento atómico), vuelve a ser convocado ahora por el tercer Kim en su estrategia de consolidación.

Aunque el régimen de Pyongyang admitió en febrero pasado una moratoria nuclear y parar los lanzamientos de misiles de largo alcance, para recibir a cambio ayuda alimentaria, los servicios de inteligencia surcoreanos filtraron la versión de que el rechoncho Kim Jong Un se prepara a lanzar una nueva prueba balística nuclear, la tercera en esta historia de dimes, diretes y trascendidos entre las dos Coreas.

La versión de los espías del Sur es confiable: esta semana en el Norte comenzarán los festejos del centenario del nacimiento de Kim Il Sung, y su nieto necesita con urgencia una muestra de poderío ante el escenario interno de la gerontocracia militar.

Una muestra que también funcionaría para la opinión pública externa (siempre especialmente mirando a los vecinos de abajo del paralelo de cuarenta grados): una manera de mostrar que no habrá ni un paso atrás en la política bilateral.

La versión de los espías se apoya en el anuncio de Pyongyang del lanzamiento de un cohete, entre el 12 y el 16 de abril, que estaría destinado a poner en órbita un satélite de observación sobre bosques y recursos naturales, al que han dado el esperanzador nombre de Kwangmyongsong-3 (“Estrella Brillante”).

Los americanos amenazan con comenzar nuevamente con las sanciones; los japoneses han llenado el mar que los separa con misiles interceptores, otro anillo de cohetes Patriot alrededor del centro de Tokio, y el primer ministro Yoshihiko Noda ha dado la orden de derribarlo si cruza el territorio japonés.

Termine llevando una ojiva nuclear, o un inocuo satélite astronómico, los coreanos ya han logrado instalar su estrellita.





Twitter:  @nspecchia



jueves, 19 de enero de 2012

Un heredero bien alimentado (23 12 11)

Un heredero bien alimentado


por Nelson Gustavo Specchia


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La vida y la historia se encargan de recordárnoslo a cada paso: no hay dictadores eternos, y hasta el más férreo, aislado y cerrado sistema termina horadado por las mismas fuerzas centrípetas que intentaron hacerlo inmune al mundo exterior. Parecía eterno, pero, claro, Kim Jong-il no lo era. Y habrá que ver cuánto más puede resistir el régimen de Corea del Norte cerrado a cal y canto. Muerto el “amado líder” –como se hacía llamar con desparpajo oriental- presumiblemente de un ataque al corazón, tras los múltiples achaques y dolencias que la afición al cognac añejo le habían dejado, todos los símbolos de la dictadura se orientaron a minimizar el golpe y a intentar seguir creyendo que la burbuja norcoreana puede permanecer indeleble al tiempo y al espacio circundante.

Demoraron la noticia de la muerte del dictador durante horas, hasta que la camarilla en el vértice de la pirámide tuvo todas las seguridades; recién entonces vistieron al segundo Kim con el uniforme caqui que usó durante 17 años y lo cubrieron con una sábana roja dentro de un ataúd de cristal. Sin una distinción, una charretera, un bastón de mando ni ningún otro símbolo externo de poder: la fascinación de los autócratas de otras partes del mundo por los entorchados, como los coloridos uniformes de Khaddafi o del ugandés Idi Amín Dadá, o la colección maniática de ribetes, cintas y medallas que llegó a atesorar el dominicano Rafael Leonidas Trujillo, en Oriente mutan por el silencio indumentario. Mao impuso la tendencia: a mayor concentración de poder, la liturgia comunista impone un vestido escueto, amorfo, demodé.

Además del vestido, la élite norcoreana también cuidó el aposento final del “amado líder”. El catafalco transparente con su cadáver fue depositado en el palacio Kumsunsan, donde también reposa el otro féretro venerado: el que contiene la momia de su padre, Kim Il-sung, fundador de la nominalmente República Popular Democrática de Corea, y de la dinastía que la viene gobernando desde el fin de la segunda Guerra Mundial y la expulsión de los invasores japoneses.

Y el tercer símbolo de que el quiebre de la muerte del jefe no implicará ningún cambio en el sistema llegó con el heredero. Respaldado por la Comisión Militar Central; por los líderes del Partido del Trabajo; por su tío Jang Song-taek; por el mariscal jefe del Alto Estado Mayor de las fuerzas armadas, Ri Yong-ho; y por su tía Kim Kyong-hui (la hermana del difunto, y única mujer general del Ejército), el rollizo Kim Jong-un, de 29 años, llegó a los pies de la urna de cristal y rindió un tributo que fue, al mismo tiempo, la señal de la continuidad del régimen en su persona. Por cierto, el joven Kim no ha hecho ni el servicio militar, pero ante los achaques de su padre, también él este año ha sido rápidamente ascendido a general.

UN PAÍS, UNA PECERA

Mientras miraba por los canales internacionales los ceremoniosos símbolos con que la casta gobernante intenta fijar la perpetuación del régimen, pensaba que la urna de cristal en que pusieron a Kim Jong-il también podría funcionar como metáfora del país entero. Una metáfora de aislamiento enfermizo, que ha llevado a que todo un pueblo permanezca, generación a generación, encerrado en una pecera, como hoy el cadáver de su autócrata. En el terreno de las cuentas largas de la historia, la política coreana se ha desarrollado en una tradición inmovilista. El rey Silla unificó las diversas tribus de la península hacia el año 676, y le imprimió desde aquellos tiempos fundacionales una vocación de cierre, de claustro. Durante más de cinco siglos, la dinastía Joseon (1392-1910) mantuvo esa idea de pureza que vendría del aislamiento, que llevó a los viajeros europeos de los siglos XVIII y XIX hablar de Corea como el “reino ermitaño”. El Imperio del Japón invadió la península en su programa expansivo, y la dominación invasora mantuvo el aislamiento durante los 35 años que duró. Tras la derrota del Eje, en la división del nuevo mundo bipolar que aparecía y que dominaría toda la segunda mitad del siglo XX, Roosevelt acordó con Stalin la partición de la península en dos áreas de influencia, cortadas por el paralelo de 38º: en el norte los soviéticos y en el sur los estadounidenses.

En la mitad comunista, el primero de los Kim se fue haciendo fuerte desde 1945, generó un grupo de militares afines, y cinco años más tarde lanzó un ataque al sector sur, para terminar con la artificial partición en dos mitades y reunificar el país bajo su mando. La reacción norteamericana, con el apoyo de las Naciones Unidas, internacionalizó el conflicto. Y apareció China, como el gran valedor del régimen del norte, una posición que sigue manteniendo hasta hoy. La Guerra de Corea (aquella que popularizó la serie M.A.S.H., con Alan Alda) fue la primera gran experiencia de la tensión que generaba el mundo dividido en dos polos antagónicos: la Guerra Fría, que impedía el enfrentamiento directo entre soviéticos y norteamericanos, se calentaba en los bordes de la periferia. Más de dos millones de muertos y tres años después, se terminaban las hostilidades (aunque no la guerra, ya que nunca se ha firmado un armisticio), y todo volvía al paralelo de 38º. Y nuevamente los coreanos (sólo los del norte, esta vez) a aislarse más y más del mundo.

La pecera de los Kim ha mantenido a ese pueblo (se calculan unos 25 millones de personas) ignorantes de lo que haya más allá de la frontera, con la única excepción de las novedades provenientes de China, el gigante vecino y amigo. La filosofía del trabajo y de la resignación son la moneda corriente, sólo hay un canal de televisión, apenas algunas radios (que deben conectarse a una única estación central para pasar los noticieros), y aún menos diarios y revistas. Obviamente, no hay acceso a Internet, y los teléfonos celulares –además de estar estrictamente prohibidos- no tienen cobertura.

Pero esa pecera, ese territorio casi de ficción, además pasa hambre. Porque los terrenos ricos para la agricultura quedaron al sur del paralelo de 38º.

HERENCIA DE HAMBRE

El cierre a cal y canto del régimen no sólo es una ignominia jurídica. Además del derecho internacional, la situación humanitaria de Corea del Norte es crítica. Y ya que empecé esta columna hablando de símbolos contradictorios, lo bien alimentado que aparece el heredero de la dinastía Kim, con sus cachetes llenos y sus kilos de sobrepeso, es una cruel afrenta para un pueblo que pasa hambre, literalmente. Organizaciones no gubernamentales, como Amnistía Internacional, llevan años denunciando que a las torturas y a las ejecuciones extrajudiciales llevadas a cabo por el régimen de Pyongyang, se les suman las hambrunas crónicas como la principal causa de muerte en el país.

A principios de este mes de diciembre, Amnistía lanzó una campaña denunciando la existencia de seis campos de concentración en Corea del Norte, que alojan a más de 200.000 presos políticos, incluyendo niños, ya que la represión alcanza a toda la familia de los acusados. Los campos (oficialmente denominados “de reeducación”) son inmensas tumbas abiertas, donde han perecido más de 400.000 norcoreanos en los últimos 30 años, según un informe firmado en 2006 por el ex presidente checo Václav Havel. De una autoridad moral indiscutible, el dossier de Havel es una sucesión de narraciones de horror: de cómo el régimen mata a los presos de hambre, de cómo los torturan a golpes hasta que se le saltan los globos de los ojos, de cómo los utilizan para experimentos químicos en cámaras de gas, y otros detalles de tortura que serían poco creíbles inclusive en una novela de ficción.

La FAO, la organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura, calcula que desde mediados de los años noventa las hambrunas van matando a dos millones de norcoreanos, y entre este año y el que viene, otros cinco millones estarían en riesgo de grave escasez de comida.

Ese régimen es el que ha escenificado su continuidad contra cualquier alternativa de modificación, por mínima que fuera, en el libreto del aislamiento y la cerrazón. El presidente chino, Hu Jintao, siguiendo la tradicional línea estratégica de aseguramiento de fronteras del gigante asiático, se apresuró a saludar la llegada del gordo heredero Kim Jong-un, y de manifestar su respaldo a un gobierno presidido por él. Los norteamericanos no se atreverían a ir más allá de su apoyo al gobierno de Corea del Sur, con sus 28.000 “marines” estacionados en Seúl; se conforman con que Pyongyang acepte frenar su peligroso programa de enriquecimiento de uranio.

No hay dictadores eternos, pero por el momento, mientras los grandes juegan al TEG con los misiles y las fronteras, por debajo los coreanos seguirán muriendo de hambre, liderados por el gordo Kim.








Hoy Día Córdoba – Periscopio – Magazine – viernes 23 de diciembre de 2011



lunes, 22 de noviembre de 2010

Corea, "comunismo monárquico" (15 10 10)

Corea, “comunismo monárquico”
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por Nelson Gustavo Specchia
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Corea del Norte es, en más de un sentido, un país a contramano de este tiempo y espacio histórico. Mientras el vector de la globalización política y económica achica la “aldea global”, el sector Norte de la península coreana se retrae en sí mismo y se cierra herméticamente a casi ningún contacto.
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Cuando la revolución de las comunicaciones y de la información pone en tiempo real y a disposición de prácticamente cualquier usuario los detalles mínimos de la locación más remota, el régimen norcoreano cierra a cal y canto el acceso o la salida de cualquier tipo de información, desde las cifras demográficas hasta los indicadores más básicos para conocer la estructura y el desarrollo interno del país; de una manera tan obtusa que las únicas fotografías que circulan por la prensa internacional son las obtenidas por teleobjetivos potentes desde largas distancias (o desde el borde sur de la frontera que la separa del resto de la península), o los escuetos partes noticiosos gubernamentales –redactados en un léxico rimbombante y acartonado- que sólo dejan lugar a conjeturas.
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También a contramano de la historia en lo que se refiere a las tendencias participativas. Cuando a nivel global se amplían la delegación de poderes concentrados, aumenta la participación de la sociedad civil en los asuntos públicos, y se observan mayores grados de democratización y horizontalidad en los procesos de toma de decisiones, el sistema norcoreano da un paso más en su tendencia hacia la concentración y establece, como los analistas internacionales han podido deducir estos días de una serie de indicios y sospechas, una sucesión dinástica del poder, retenido por la familia Kim desde hace más de medio siglo.
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Corea del Norte, así, termina por plantear la difícil paradoja de ser el último Estado de ortodoxia comunista estalinista y, al mismo tiempo, una monarquía absoluta que reserva el ejercicio del poder a los miembros de una única familia, que lo trasmite de generación en generación por vía sanguínea.
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EL MURO DEL PARALELO 38
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Kim Jong-il, el actual líder, está gravemente enfermo, y el sistema ha dado en las últimas semanas señales de que la sucesión dinástica ha comenzado.
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El actual mandatario recibió el poder de manos de su padre, Kim Il-sung, el jefe comunista que encabezó la revolución coreana tras la independencia de la península del dominio japonés, en 1945, y fundó el actual Estado, formalmente denominado República Popular Democrática de Corea. Kim Il-sung sigue siendo hoy presidente, aunque murió en 1994; la Constitución y las leyes lo designan como “Presidente Eterno”. La enfermedad de su hijo –que desde la desaparición física del “Presidente Eterno” ejerce autocráticamente el mando- ha llevado al régimen a presentar a su posible sucesor.
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La elección ha recaído en Kim Jong-un, el tercero de los hijos del mandatario, un joven regordete (se estima que puede tener entre 25 y 27 años) que ha sido designado en pocos días como general de cuatro estrellas y colocado en los puestos clave para ocupar el lugar de su padre en cualquier momento. Dada su juventud y su falta de experiencia, la élite dirigente, en el mejor estilo de las monarquías absolutas del pasado, también ha elevado al generalato de cuatro estrellas a la hermana del presidente, la señora Kim Kyong-hui, que será la virtual regente e instructora del muchacho Jong-un ante una desaparición repentina de su padre, el dirigente socialista a quien la ley obliga a llamar “querido líder”.
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La anomalía coreana arraiga en la lógica bipolar surgida de las cenizas de la segunda Guerra Mundial. Cuando el Imperio del Sol Naciente cayó bajo las bombas de Hiroshima y Nagasaki, el ejército japonés abandonó la vecina península coreana, a la que había ocupado en 1910, como a la Manchuria china, en su avance expansionista hacia el Oeste. Retirados los japoneses, las tropas aliadas se encontraron frente a frente, en una situación similar a la de Berlín, a un lado y al otro del Paralelo de 38º de latitud Norte; y ninguno de los dos se movió un palmo hacia atrás.
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El Ejército Rojo, con el apoyo de los “voluntarios chinos”, apoyó la creación de un nuevo Estado, con capital en Pyongyang y soberanía sobre toda la península, en 1948. Simultáneamente, el ejército estadounidense respaldó la creación de un nuevo país, con capital en Seúl y también pretensiones soberanistas sobre todo el territorio. Kim Il-sung, como secretario general del Partido de los Trabajadores Coreanos –con el pleno apoyo logístico de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas- se hizo con el puesto de presidente de la Comisión Nacional de Defensa, el cargo más alto de la nueva formación institucional. Desde su puesto de mando, el primer Kim ordenó la invasión de la parte Sur y la recuperación de la soberanía sobre todo el territorio de la península.
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La invasión del Norte generó la Guerra de Corea, en 1950, que en Occidente se conoció y se popularizó a través de la serie televisiva M.A.S.H., con Alan Alda en el protagónico. Las Naciones Unidas lograron imponer un armisticio en 1953, que consagró al Paralelo 38 como la frontera entre ambos Estados, y disparó el proceso de clausura del régimen del Norte sobre sí mismo y el aislamiento internacional.
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CAPARAZÓN CONTRA EL OTRO
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Mientras el Sur caminaba a pasos largos para convertirse en la expresión ideal de un país capitalista, desarrollado y democrático (que los Juegos Olímpicos de 1988, y el campeonato mundial de futbol de 2002, mostraron como un gran escaparate al mundo), el Norte se cerraba, refugiándose en la filosofía denominada Juche.
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La Juche es un sistema de ideas muy simples y terriblemente efectivas. Su autoría se le atribuye al “Presidente Eterno”, y ha sido ampliamente desarrollada por su hijo, Kim Jong-il, desde que ocupa el trono (asumió en 1997). La idea central de la Juche es que el hombre es responsable de su vida y destino individual, y por ello responsable de la revolución y del destino de la patria. De alguna manera, explican los profesores en Occidente, la Juche intenta enlazar marxismo teórico, estrategia leninista, capitalismo de Estado, y todo ello con notas propias de la cultura oriental. Esta intersección de fuerzas lleva a otorgar mucha importancia al proceder independiente, tanto a nivel individual como colectivo, y a adaptar las soluciones a las capacidades, sin depender de nadie.
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La Juche ha sido el respaldo discursivo del régimen norcoreano para defender su independencia frente al mundo (aunque soslaye la central dependencia del apoyo chino, único valedor regional e internacional de Pyongyang); la centralidad de lo militar en la vida política (denominado “songun”: “los militares primero”); la exaltación nacionalista; y el voluntarismo frente a las adversidades.
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En la práctica, este conjunto de ideas-fuerza ha conducido a Corea del Norte al aislamiento, a la provocación permanente a los vecinos, a la histeria de la seguridad (la frontera del Paralelo 38 es la más custodiada del planeta), a iniciativas agresivas (como las pruebas nucleares subterráneas, o el misil que hundió una corbeta surcoreana en marzo de este año), a un sobredimensionamiento de las fuerzas armadas (su ejército de cinco millones es el cuarto del mundo, se estima que tiene unos 45 soldados por cada 1.000 habitantes, la mayor tasa relativa del globo). Y a unos desequilibrios internos de desarrollo que han conducido a la pauperización de la sociedad, e inclusive a hambrunas, como la de 1995-1998, en la que se estima que entre 600.000 y un millón de coreanos murieron de hambre.
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QUEDA EN FAMILIA
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Pero a la familia Kim nada de esto parece afectarla demasiado, y el rumbo del régimen no se ha alterado ni en el menor detalle. En estos días, inclusive, el hijo mayor del “querido líder”, Kim Jong-nam, ha mostrado su malhumor en una entrevista para una radio japonesa. El primogénito habría perdido el favor del mandatario cuando, en 2001, fue detenido en el aeropuerto de Tokio con un pasaporte falso: el muchacho quería visitar Disneylandia. Su simpatía por ese símbolo del imperialismo capitalista le costó el trono, donde su hermano menor, Kim Jong-un, está presto a sentarse.
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Estos enredos familiares de telenovela deberían estar destinados a las páginas de la prensa rosa y a los programas de chismes de la televisión de mediodía. Pero Corea del Norte es clave para la estabilidad en Oriente: su potencial nuclear, el aislamiento internacional, la histeria securatista, la economía desestabilizada y una población (quizá de unos 25 millones) en crónico estado de escases, conforman un abanico de factores que pueden poner en serio riesgo aquella estabilidad regional.
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nelson.specchia@gmail.com
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