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sábado, 29 de octubre de 2011

Libia en la primavera árabe (07 09 11)

Libia en la primavera árabe
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por Nelson Gustavo Specchia
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Muhammar el Khaddafi ha sido destronado. Pero no ha caído. En alguna penumbra tribal, en algún túnel alfombrado, se oculta y espera, manteniendo el vilo que durante casi medio siglo convirtió en política. Pero la historia y las generaciones no pasan, indiferentes, sin dejar rastro en la memoria colectiva, y Khaddafi no podrá volver a usufructuar la satrapía petrolera en que convirtió a Libia. Afortunadamente.
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Y escribo este “afortunadamente” después de la primera afirmación, con toda intencionalidad. Porque desde que comenzó el alzamiento popular, en febrero de este año, he venido defendiendo la posición de que la sociedad internacional debía involucrarse activamente en el apoyo a los insurgentes, y hacer cuanto estuviera al alcance de los medios de poder y de derecho que hemos llegado a darnos en nuestra generación, para colaborar en la caída del tirano. También lo dije –desde temprano, antes de que la guerra estuviera definida- desde esta columna; (ver “Un león en apuros”, del 18-02-11, donde anticipábamos: “La revuelta que mueve todo el mundo árabe no hará una excepción con el desierto de Khaddafi.”) Esa postura me ha acarreado múltiples críticas, de colegas, de amigos, de lectores. Y ahora que el khaddafismo está terminado, creo que merece la pena remarcar algunos fundamentos de ese análisis que me llevó a apoyar la intervención en Libia, en contra de la opinión de un sector importante de intelectuales.
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LECTURAS ANTI IMPERIALISTAS
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Los argumentos de las posiciones que denuncian el rol de terceros Estados en apoyo de los insurgentes rebeldes y contra Muhammar el Khaddafi, reconocen un tronco común: el sentir anti imperialista. Es una lectura lineal y casi maniquea: si está la OTAN, es porque está el capitalismo occidental. Las Naciones Unidas serían sólo la justificación diplomática de la política exterior de la potencia hegemónica, y la OTAN el ropaje adecentado de los marines norteamericanos; en conjunto, serían la nueva expresión del viejo imperialismo. Y por otro lado: Khaddafi fue un joven militar que derribó a una monarquía colonial, que abrazó el panarabismo y el socialismo; su “Libro Verde” fue una de las biblias laicas del tercer mundo; fundó la Revolución Jamahiriya (de masas, informal y anti institucional); le plantó cara a Occidente y a las multinacionales; apoyó los movimientos de liberación; y ni siquiera los bombardeos de Ronald Reagan lograron moverle el pulso. Palabras más, palabras menos, y aunque aquí –por motivos didácticos- las presente en bruto y sin matices, esas son las consideraciones que llevan a buena parte de los pensadores, de aquí y de afuera, a censurar la participación internacional en el conflicto social libio. Un razonamiento, claro está, que termina empujándolos a tomar postura por el régimen recientemente desplazado y, en última instancia, por la persona del propio coronel.
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Aún agregándole todos los matices del caso, esta forma de razonar ya es hoy indefendible, tanto desde la teoría política, de la historia contemporánea, como desde los resultados objetivos de los programas de Khaddafi. Nadie discutiría que la OTAN, en el contexto de un escenario bipolar, fue el brazo armado con que uno de los polos enfrentó –en táctica y en estrategia- al Pacto de Varsovia. Pero el Muro de Berlín cayó hace más de dos décadas; los condicionantes de la guerra fría han desaparecido; y el mundo, en su conjunto, se ha complejizado sobremanera. Seguir aplicando las categorías de análisis que tuvieron vigencia desde la segunda Guerra Mundial hasta la disolución de la Unión Soviética, deja en la boca un regusto a cosa rancia, a no haber advertido que la creciente complejidad también hizo posible que los colectivos sociales tomaran contacto con esas “otredades”, esas realidades diferentes y lejanas, que antes quedaban enclaustradas dentro del dibujo artificial de las fronteras, y ahora se acercan –a la velocidad de los megabytes de la sociedad de la información- al comedor de cualquier casa. Y que decidan tomar partido por ellas.
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Cambio de paradigmas interpretativos que también distorsionan la mirada de los afectos y de las lealtades. Porque muchos de los que reniegan de la intervención de las fuerzas occidentales en el conflicto libio, sienten que el viejo coronel –más allá de sus excentricidades en la ropa, los uniformes entorchados, los lentes de colores y las guardaespaldas vírgenes- es uno de los últimos luchadores que siguen resistiendo el ímpetu homogeneizante e invasor del capitalismo occidental. Incluso esta mirada de antigua progresía, si no fuera porque induce a errores garrafales, sería querible y tierna en su visión naïf de la política internacional.
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Pero el león de Libia no tiene un pelo de su abundante cabellera de naïf, revolucionario romántico o ferviente anticapitalista. Khaddafi ha sido un sanguinario tirano que utilizó el poder para sojuzgar a siete millones de personas durante cuatro décadas, convirtió un Estado (Libia nunca fue una nación) en una satrapía personal y familiar, y con los dividendos de la exportación de hidrocarburos generó una pequeña élite, vinculada directamente a su persona, que abusó de esos recursos de una manera patrimonialista, sin ningún tipo de límites sobre vidas y haciendas de sus congéneres.
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“ES EL PETRÓLEO, ESTÚPIDO”
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Así, desde estas lecturas se ha intentado explicar toda la operación internacional en Libia con el argumento del petróleo. La OTAN sería la avanzada de los países occidentales, que van a quedarse con el petróleo del subsuelo de los desiertos de la Tripolitania y la Cirenaica. He argumentado, contra eso, que el petróleo –su búsqueda, extracción, almacenamiento, transporte y exportación- ya estaba en manos de compañías extranjeras antes del levantamiento insurgente. Compañías a las que Khaddafi les aseguraba, con contratos que sólo se aprobaban por su mano, previsibilidad y máxima seguridad. Como sólo una tiranía puede ofrecer a sus socios selectos, y como jamás podrá ofrecer ningún sistema político democrático, cualquiera sea, que surja de la actual revolución libia.
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¿Por qué, en todo caso, obviar burdamente otros elementos y razones, que impactan con fuerza en la conciencia colectiva de nuestro tiempo, y que las sociedades civiles toman para presionar a sus respectivos gobiernos? Khaddafi no terminó siendo el heredero de Gamal Abdel Nasser y su socialismo panarabista como pretendía, más que en sus discursos. En la práctica, fue el banquero de más de medio centenar de grupúsculos terroristas en todo el mundo; cuando se le dio por pagar atentados aeronáuticos, tiró un avión cargado de pasajeros sobre Lockerbie, y otro –el vuelo UTA 772- en el Sahara; jugó a la guerra invadiendo Chad, adquiriendo armas de destrucción masiva (ADM), fabricando gas mostaza y atentando contra Faisal en Arabia Saudita, Hassan en Marruecos, y hasta contra Anwar el Sadat en Egipto, “culpable” de la paz con los israelíes; violó cualquier soberanía nacional para asesinar disidentes en el extranjero; puso precio (llegó a pagar hasta un millón de dólares) a las cabezas de sus enemigos huidos de Libia, mientras recibía en sus palacios a los terroristas más renombrados, como Abu Nidal. Y un currículum político tan frondoso y tan impropio de un líder libertario, es aún más vergonzante cuando se intentan reseñar los atropellos contra su propio pueblo. Desde la limpieza étnica de los bereberes; al estado paranoico establecido cuando convirtió a uno de cada cinco libios en informantes del gobierno; al morbo de la sangre cuando dirigía personalmente las ejecuciones de opositores (retrasmitidas en directo por la televisión oficial), la amputación de extremidades, las mil y una forma de persecución y acoso a cualquier minoría o disidencia.
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“RESPONSABILIDAD DE PROTEGER”
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Y de pronto, cuando una porción de esa sociedad sojuzgada, jugándose la piel se alza contra el tirano, ¿qué debía hacer la comunidad internacional? ¿Quedarse de brazos cruzados mientras observaba cómo el régimen reprimía a los civiles, amparado en los principios de soberanía nacional y de no injerencia de terceros en los asuntos internos de un país? No. Debía intervenir. Y es deber de un demócrata apoyar esa intervención. El derecho internacional humanitario ha avanzado, junto con los tiempos y las nuevas formas que adopta la estructura política mundial, tanto a nivel institucional como en el plano de la sociedad civil. El principio “responsabilidad de proteger”, uno de los basamentos de la decisión multilateral que dio pie a los bombardeos de la OTAN contra Khaddafi, es un avance en los deberes hacia los más débiles, sin importar dónde vivan.
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Los más de cuarenta años de tiranía también vaciaron de instituciones y de instrumentos republicanos a Libia. Por eso la sociedad internacional, a través de las organizaciones multilaterales que ha logrado darse hasta nuestro tiempo, debe permanecer allí, ayudando a la reconstrucción del país. Los libios se merecen una oportunidad de construir una sociedad en libertad; asegurar esa oportunidad no está en sus manos, sino en las nuestras.
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Twitter:   @nspecchia
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jueves, 21 de abril de 2011

Elogio del egoismo (15 04 11)


Elogio del egoísmo

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Por Nelson Gustavo Specchia

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Esta semana, en Doha, la capital del emirato árabe de Qatar, los países que han emprendido acciones bélicas contra la dictadura libia de Muhammar el Khaddafi se reunieron, para analizar diversos aspectos de la agenda de la guerra y los rumbos a adoptar frente a una evidencia: el autócrata no abandonará por motu proprio el poder, antes bien, clavará sus garras de león de África (como le gusta que lo apoden) en el búnker de Trípoli, y desde allí resistirá todo lo que pueda.
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Las acciones armadas, que con tanto brío lanzaran el presidente francés Nicolás Sarkozy, junto al premier británico David Cameron, apenas el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la utilización de “cualquier medio” para proteger a los civiles de los devastadores ataques de Khaddafi, se han revelado insuficientes para empujar al régimen a una retirada. Mucho menos a una claudicación.
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Y los más preocupados por estas relativas tablas son los líderes de la insurgencia rebelde, que desde Bengasi insisten en que si no les dan armas, o al menos les dan dinero para pagar a los traficantes que abundan con ofertas por todos los rincones de los enclaves rebeldes, el empantanamiento de ambos frentes podría derivar en una larga guerra civil de desgaste. Una guerra civil que podría instituir la partición de hecho del país en dos mitades, y que empujaría contingentes enteros desde y hacia la Tripolitania y la Cirenaica.
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Y en ese momento, mientras las delegaciones de casi veinte países europeos y musulmanes discutían la conveniencia o no de entregar armas y fondos a los rebeldes, apareció sobre la mesa de negociación el drama de la población civil libia en toda su crudeza. Un actor central de la crisis política y una víctima cautiva de las acciones militares que, hasta el momento, sólo ha sido citado marginalmente en las consideraciones de los principales protagonistas de la guerra.
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El secretario general de las Naciones Unidas, Ban ki Moon, intentó poner una nota de cordura en la reunión de todos los enemigos de Khaddafi, el Grupo de Contacto creado en Londres el 29 de marzo pasado, y presidido conjuntamente por un actor occidental –Gran Bretaña- y uno árabe –Qatar-, para que no parezca demasiado una coalición imperialista del Primer Mundo contra un Estado subdesarrollado que, además, es musulmán y africano.
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ENTRE FUEGOS
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En la mesa de Doha, donde los embajadores discutían si los fondos a los rebeldes deberían provenir de donaciones voluntarias o habría que liberar los millones de dólares producto de la exportación del petróleo libio que hoy se encuentran congelados en virtud del embargo a Khaddafi, Ban ki Moon se atrevió a recordar que, si se hace una colecta mundial, más que a los beligerantes rebeldes debería atenderse a la población civil, que en algunos rincones del frente de batalla –como la ciudad de Misrata- se acerca ya a la situación desesperada de crisis humanitaria por los muertos en bombardeos de ambos frentes, desplazamientos, emigración, falta de alimentos, medicinas, e incluso agua (en un contexto de desierto).
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Y el secretario de la ONU dio la cifra que maneja la organización multilateral y que debería haber movilizado las conciencias de varios, especialmente de delegados de aquellos países que se presentan como fuertes defensores de los derechos humanos: hasta un horizonte de 3,6 millones de hombres y mujeres, más de la mitad de la población total del país norafricano, necesitará asistencia humanitaria por haber perdido sus hogares, sus fuentes de trabajo, sus posesiones, o haber tenido que migrar de sus lugares de residencia.
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Según las estadísticas de la oficina de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), dijo Ban, 490.000 personas han debido abandonar Libia desde el 15 de febrero pasado, cuando estalló la crisis. Este casi medio millón de emigrantes externos se suma a las más de 330.000 personas que, en grupos familiares enteros, han sido desplazados internamente desde su lugar de residencia, y hoy sobreviven en condiciones cada vez más precarias en campos de refugiados en otra región diferente a la de origen.
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Los rebeldes sostienen que a Bengasi ya han llegado más de 35.000 libios que escapan de las balas del régimen en el oeste del país. Las fronteras con Túnez y Egipto, que en un principio se cerraron por precaución o por simple miedo a una estampida demográfica, registran el paso de unas 2.700 personas cada día, que huyen de las bombas de Khaddafi, del “fuego amigo” de los misiles de la OTAN, o de los alocados y anárquicos disparos de los milicianos rebeldes.
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EGOÍSMO IMPOTENTE
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A la advertencia de Ban ki Moon, el delegado del gobierno italiano de Silvio Berlusconi respondió que la reunión de Doha había sido convocada para estudiar alternativas de cómo terminar con Khaddafi, y que eso tenía que ver con decidir si a los rebeldes se les daba dinero –o incluso armas-: Qué hacer con los civiles debería discutirse en otros ámbitos.
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Los ámbitos a que se refería el delegado italiano son, según insiste Berlusconi desde Roma, los de la Unión Europea. Durante la reunión de ministros del Interior de los Estados-Miembros de la UE, en Luxemburgo el lunes 11 de abril, el premier italiano intentó que la organización continental se haga cargo de los africanos que, huyendo de la guerra y del hambre, llegan a sus costas –geográficamente tan próximas- todos los días.
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Francia y Alemania le contestaron que eso no sería posible: todo extracomunitario que quiera moverse por el Espacio Schengen (el espacio sin fronteras interiores de los países europeos) debe demostrar que dispone de los recursos económicos suficientes, una vivienda, y sus papeles de inmigración en regla. Requisitos que, por supuesto, no pueden aportar los libios y tunecinos que –habiendo tenido la suerte de no morir en alta mar: el miércoles se hundió un bote miserable y más de 200 africanos se ahogaron- logren llegar en sus paupérrimas pateras y botes inflables a la isla siciliana de Lampedusa.
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Antes de intentar tirarle el fardo a la UE en Luxemburgo, Silvio Berlusconi había intentado la más directa y brutal: repatriar directamente a todo emigrante africano ilegal que arribara a las costas italianas, sin analizar motivos ni atenuantes. Desde comienzos de año estos refugiados ya suman 25.000, y nadie tiene ningún plan para gestionar su destino.
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Pero si un gobierno tan poco considerado con los más desfavorecidos, como el conservadurismo italiano de Berlusconi, no logra hilvanar una idea sobre qué hacer frente a un fenómeno de crisis humanitaria que le explota en su territorio, tampoco en los pasillos de la desarrollada e idealista Unión Europea hay muchas más ideas. Ni hablar de una política exterior armónica y estructurada para hacer frente a la avalancha de hombres y mujeres desesperados provenientes del África del Norte.
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Después de unos primeros momentos de desconcierto cuando las revueltas árabes comenzaron en Túnez y Egipto, el liderazgo europeo se manifestó públicamente a favor de la renovación de las estructuras políticas que traían los alzamientos populares en los países árabes. Pero frente a una de las primeras consecuencias de esas revueltas, la llegada de refugiados huyendo de los conflictos y solicitando asilo y ayuda, Europa vuelve a cerrar sus puertas a cal y canto y sólo atina a aumentar las patrullas policiales en el Mediterráneo y a enviar algunos euros a los países africanos para que sus gobernantes vigilen mejor los puertos desde donde parten los botes con emigrantes.
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Ante tanta negligencia, los únicos que ganan son aquellos nacionalistas que hacen del egoísmo una virtud. Como dijo el propio Berlusconi, en su intento por presionar a Bruselas: En definitiva, si la Unión Europea no logra armar un acuerdo concreto sobre inmigración, es mejor separarse de ella y que nos volvamos cada uno a nuestro país.
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