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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Sexo, cachaça, drogas y pobreza (20 11 12)

Sexo, cachaça, drogas y pobreza
por Pedro I. de Quesada






San Pablo, la megalópolis industrial y financiera de Brasil, está alterada desde principios de mes. Tras el acelerado crecimiento fabril e inmobiliario de los últimos años, con el surgimiento casi a diario de rascacielos de oficinas y de filiales de bancos, hoy no sale de las noticias de las luctuosas páginas policiales. No hay día, desde fines del mes pasado, en que la crónica no dé cuenta de la ola de violencia que enluta San Pablo, la ciudad en la que se concentra la riqueza brasileña.

Esa ola ha matado ya a unas 300 personas. Las balas pistoleras han acabado también con unos 90 policías este año, tanto en servicio como jubilados.

Las políticas de integración de Lula da Silva y de Dilma Rousseff han conseguido sacar de la pobreza a millones: el informe del Banco Mundial -una fuente insospechable de estar condicionada por ideología populista- que se difundió la semana pasada, reconoce esta nueva distribución social latinoamericana, una tendencia encabezada por Argentina, donde la clase media se ha duplicado en la última década.

La política de expansión de los sectores medios, sin embargo, ha generado en el gigante brasileño unas fricciones fuertes con los grupos marginales que han medrado, durante años, con la pauperización de las favelas. El gobierno formal, tanto del Estado nacional como de las administraciones municipales, poco ha podido hacer con ese poder de facto que ejerce -a través de un complejo tejido de alianzas, favores, armas, cocaína, alcohol y prostitución- el narco de las favelas.

Por otro lado, la política de control y represión intentada desde Brasilia (con utilización del Ejército, en algunos casos, y el encarcelamiento de los cabecillas detenidos) se vuelve ahora contra la seguridad urbana.

Las atiborradas cárceles brasileñas alumbraron una nueva organización parapolítica: el Primer Comando de la Capital (PCC), una especie de asociación de bandas surgida en los penales hacia 1997 que, a través de los teléfonos celulares y de internet, ha logrado traspasar los muros de los institutos penitenciarios y seguir controlando el tráfico ilícito de las "rúas" de las grandes ciudades.

Los asesinatos de San Pablo podrían ser la respuesta organizada del PCC ante los operativos policiales, a los que también se han sumado los grupos paramilitares conocidos como de "exterminio" o "milicias".

El PCC tira a matar, indiscriminadamente, caiga quien caiga: peatones, bancarios, transeúntes, turistas, colectivos urbanos, policías, amas de casa.

Del terror que están generando, pescarán en río revuelto. En la vecina Santa Catarina, mientras tanto, miran con estupor cómo llega a sus costas la ola de violencia paulista.

Ya son dos papas calientes en el sillón de Dilminha.





Twitter:  @nspecchia





lunes, 6 de febrero de 2012

Dilma y sus muchachos (07 02 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 7 de febrero de 2012


Dilma y sus muchachos

por Pedro I. de Quesada

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A Dilma Rousseff se le ha hecho cuesta arriba este primer año de gobierno. Ha tenido que apelar a esfuerzos adicionales, y por varios frentes. Algunos, ya podían prefigurarse: tendría que remar después de esa riada tumultuosa que fueron las dos presidencias de Luíz Inácio da Silva, el carismático Lula.
 
Y el hecho de ser mujer (y madre, sin marido a la vista) no iba precisamente a allanarle el camino. Demostrar, además, que no era una apéndice de continuismo sino que tenía ideas propias, y que éstas serían diferentes respecto de la década comandada por Lula (hasta confrontativas incluso: v. g. Irán).

Y en todas estas materias “Dilminha” ha logrado construir un perfil distintivo en este primer año. Ha demostrado con largueza tener una visión de conjunto de la política de la potencia sudamericana, y también comprensión del sentimiento popular.

A nivel internacional, independencia de criterio y pragmatismo, las dos características dominantes de la mejor política exterior brasilera y de la diplomacia fundada por el barón de Rio Branco.

Pero en este concierto, Dilma ha tenido un flanco débil; que apareció muy tempranamente en sus equipos de gabinete y sigue impidiendo que su gobierno muestre una constitución fuerte: la corrupción en los máximos niveles ministeriales.

En la primera semana de febrero volvió a patear el escenario brasileño una noticia que se va transformando en una lamentable habitualidad: el ministro de las Ciudades, Mário Negromonte, fue expulsado del gabinete de Dilma por corrupción. La renuncia de un miembro del gabinete presidencial por corrupción es un hecho gravísimo para cualquier sistema que busque su consolidación institucional.

Y cuando este hecho no se presenta como un fenómeno aislado y circunstancial, ya no preocupa tanto la gravedad de la noticia sino la propia estabilidad interna del sistema de alianzas que rodea al partido en el gobierno.

Negromonte, hasta la semana pasada titular de un ministerio que maneja un voluminoso presupuesto para infraestructuras, ha sido el séptimo colaborador inmediato de la presidenta que es obligado a dejar el Poder Ejecutivo, en el breve lapso de un año.

La sangría de ministros comenzó con el cargo más importante, el Jefe de la Casa Civil (jefe de gabinete), un cargo que ejerció con Lula la propia Dilma y del que tuvo que expulsar por corrupción a Antonio Palocci a poco de estrenar su mandato presidencial.

Esta moneda, como todas, tiene dos caras: muestra, efectivamente, que el largo período del Partido de los Trabajadores en el poder ha erosionado parte de su clase dirigente, y que la corrupción al máximo nivel de conducción, las prebendas y negociados de dirigentes del PT con diversas mafias, tiene en Brasil un tamaño preocupante.

Pero también muestra la decisión de Dilma de asumir el precio político y descabezar a cuantos hagan falta.

Habrá que ver si logra aislar la fruta podrida del cajón.




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sábado, 29 de octubre de 2011

La larga sombra de Lula (16 10 11)

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La larga sombra de Lula
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El libro “Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después de Lula” analiza la influencia del ex presidente como transformador de la realidad política y social de su país.
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Por Nelson Gustavo Specchia
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Brasil ha logrado una posición relativa de incidencia internacional que no deja de sorprender en el análisis global. La apertura de la Asamblea General de las Naciones Unidas, por primera vez en la historia del máximo órga­no multilateral a cargo de una mujer, 
con el discurso de la presidenta Dil­ma Rousseff, viene a expresar esa posi­ción de preeminencia en el concierto mundial.
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Ese nuevo estatus del gigante suda­mericano tiene una marca de fábrica: las transformaciones diseñadas por Luiz Inácio Lula da Silva.
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La experiencia política de Lula, y su impronta personal en la transformación brasilera, constituyen un evento sui generis para la historia y los modos políticos de América latina. Desde la revolucionaria llegada al poder de un obrero metalúrgico apenas alfabetizado; pasando por la reconversión del movimiento gremial del Partido de los Trabajadores en oficialismo de masas; hasta las reformas estructurales que consiguieron sacar de la miseria a 28 millones de personas, ampliar la clase media con 36 millones de nuevos miembros, y extender el mercado de trabajo con la creación de más de 15 millones de nuevos puestos laborales, fueron elementos constitutivos de una metodología novedosa, arriesgada y tremendamente eficaz.
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Presencia global. En simultáneo, esa acción desarrollista y distributiva en el ámbito interno, se acompañaba con una presencia cada vez más importante en el ámbito internacional.
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El protagonismo del Bric (con Rusia, India y China); el Ibsa (con India y Sudáfrica); el relanzamiento del Mercosur a partir de una nueva relación con Néstor Kirchner, con quien también ideó la Unasur; la incidencia en el G-20; el nuevo marco de las relaciones Sur-Sur; o las intenciones mediadoras junto al turco Recep Tayyip Erdogan ante al contencioso nuclear iraní de Mahmud Ahmadinejad, mostraron las intenciones de Lula de colocar a Brasil entre quienes tienen la capacidad y la responsabilidad de intervenir activamente en las nuevas concepciones del regionalismo abierto y del derecho internacional humanitario de nuestra generación.
Estas dimensiones, en un conjunto variado de temas, integran el libro Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después de Lula , que la Editorial de la Universidad Católica de Córdoba (Educc) acaba de sacar a las librerías de la ciudad esta semana.
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En los ensayos que integran el volumen, producto de las investigaciones del Observatorio de la Sociedad Internacional (Ovasi) que dirigimos en la facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, intentamos dar cuenta de los condicionantes que hubieron de modificarse para permitir la llegada de Lula a la cúspide del poder en Brasilia; de las maneras en que fue armando –y ensayando– una estrategia de cambio que mantuviera los consensos, provocaran auténticas modificaciones en la arquitectura social, pero no desequilibrara el juego institucional y representativo.
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Árbitro regional. Asimismo, intentamos alguna proyección de esa experiencia tanto en el ámbito regional latinoamericano como 
en el propio futuro del líder brasileño. Porque la relevancia de Brasil no estará limitada, en América latina, al papel de locomotora económica del Mercosur, como muchos suponen.
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Como quedó evidenciado en la reu­nión cumbre de Bariloche, convocada por Cristina Fernández para poner paños fríos a la cuestionada iniciativa colombiana de facilitar el uso exclusivo de sus bases militares a Estados Unidos; o en la intervención ante las regiones separatistas del Beni boliviano, Brasil asume progresivamente el rol de árbitro regional.
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Un árbitro pacífico, claro. Pero no por ello Lula dejó de adquirir el mayor poder de armamento provisto a sus fuerzas militares desde la Segunda Guerra Mundial. Armas, helicópteros, aviones de última generación y hasta submarinos nucleares, porque una potencia política y económica está obligada a respaldar con capacidad disuasoria sus intenciones de liderazgo y de arbitraje regional.
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Dedicamos también algunos capítulos de nuestro libro a la proyección de la persona del propio Lula, porque el ex presidente ha tenido demasiado cuidado al elegir la ubicación desde la que vive este nuevo período: ni en el primer plano, que obstaculizaría el normal desempeño del ejecutivo de “Dilminha”, su discípula y heredera; pero tampoco en el ostracismo.
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Está ahí. Lula está ahí, rondando. No aparecen fotos suyas en las portadas de los diarios, pero es consultado tanto por los funcionarios superiores del gobierno como por los líderes del Partido de los Trabajadores.
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A Dilma Rousseff no le tiembla el pulso para echar a “lulistas” importantes de su gobierno, como los ya ex ministros Antonio Palocci, por pre­sunto enriquecimiento ilícito; Alfredo Nascimento, por corrupción; y hasta al mismísimo Nelson Jobin, por contradecirla en público. Los tres, dirigentes del riñón de Lula.
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Pero la independencia de criterio de la presidenta respecto de su mentor no parece ser un obstáculo para que la presencia de Lula siga allí, plenamente vigente, mostrando su capacidad y predisposición para volver al centro de la escena en cualquier momento.
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No creo que falte mucho tiempo antes de que volvamos a escuchar análisis sobre una eventual nueva candidatura presidencial de Luiz Inácio da Silva, ese Midas que logró convertir en popularidad casi todo lo que tocaba.
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* Profesor Titular de Política Internacional, Universidad Católica de Córdoba.
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El libro
Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después
de Lula.

Nelson Gustavo Specchia (Ed.), et. al.
278 páginas.
Editorial de la Universidad Católica de Córdoba – Educc
Córdoba
2011.
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en Twitter:   @nspecchia
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miércoles, 15 de septiembre de 2010

Mercosur, nuevo capítulo (06 08 10)

Mercosur, nuevo capítulo
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por Nelson Gustavo Specchia
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Como en una novela del realismo mágico –la gran corriente literaria que cruzó América latina a mediados del siglo pasado- el Mercosur ha renacido tantas veces como tantas se ha anunciado su estancamiento y hasta su agonía terminal. Esta semana, en San Juan, ha vuelto a renacer una vez más, con nuevos bríos y fuerzas, y con algunas señales de políticas de largo plazo que podrían estar indicando una nueva fase, más consolidada y estructural. Quizá, un nuevo capítulo, serio y grande, en la construcción de la integración regional en el cono Sur americano.
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La historia de encuentros y desencuentros del Mercado Común del Sur, que comenzó su andadura con el Tratado de Asunción el 26 de marzo de 1991, ha debido ese camino un tanto errático a la extrema dependencia que tiene su estructura de la voluntad política de los gobiernos de turno, especialmente de la figura que ocupe el Poder Ejecutivo en Brasil y en la República Argentina.
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A diferencia del proceso de integración europeo, que tan habitualmente se menciona como ejemplo inspirador, el Mercosur no ha consolidado fuertes vías comunitarias, sino que ha hecho depender la marcha del proceso de acercamiento internacional a instancias y acuerdos intergubernamentales, casi con exclusividad.
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TIEMPOS POLÍTICOS
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Así, en algunos períodos de alta coincidencia entre Buenos Aires y Brasilia, con dirigencias consustanciadas con la filosofía de la integración americana (como Ricardo Alfonsín y José Sarney en su día), el Mercosur avanzó en herramientas y mecanismos específicos para la solución de controversias comerciales, e inclusive por momentos logró tomar envión en iniciativas que superaban el plano económico, como las agendas legislativas, educativas y culturales.
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En otros períodos ni siquiera el plano de mero intercambio de bienes y servicios en régimen de aranceles especiales tuvo demasiados incentivos para prosperar. En los años noventa, tanto la presidencia argentina como la brasileña –en manos de Carlos Menem y de Fernando Collor de Mello, respectivamente- apostaron fuertemente por el proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), capitaneado por los Estados Unidos, lo que implicó que el organismo subregional se viera relegado nuevamente. Luego de otros períodos de transición más o menos silenciosa, la coincidencia de Lula da Silva en Brasilia y Néstor Kirchner en Buenos Aires supuso el último relanzamiento del proceso.
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Entre marchas y contramarchas, el Mercosur se estabilizó medianamente en torno a una unión aduanera con dos socios mayoritarios, otros dos minoritarios (Uruguay y Paraguay), dos en proceso de incorporación (Bolivia y Venezuela) y cuatro países en régimen de asociación (Chile, Perú, Colombia y Ecuador); estos diez Estados latinoamericanos han manifestado sus intenciones de profundizar en el armado de un organismo regional que impulse la libre circulación de bienes y factores de la producción entre ellos; sirva de oficina de coordinación de políticas macroeconómicas que eviten saltos y desequilibrios abruptos entre las decisiones nacionales de cada uno; armonice las legislaciones y las jurisprudencias nacionales para converger en una dirección estratégica común; y, por último, acuerde el establecimiento de un arancel externo común que haga viable una política comercial conjunta de los mercados de la región con el resto del mundo.
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Precisamente el tema del arancel externo común se había constituido, en una coyuntura políticamente favorable, dada la buena sintonía entre los primeros mandatarios, en la piedra de toque que ralentizaba el avance en los últimos tiempos.
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Finalmente, tras un semestre de presidencia rotatoria de la Argentina, esta semana en la ciudad de San Juan se reunió la 39º Cumbre de Jefes de Estado del Mercosur, y se dio en ella uno de los pasos más importantes en sus casi dos décadas de existencia, al alcanzarse el acuerdo entre los países miembros para establecer el Código Aduanero Común. La implantación de un arancel homogéneo para comerciar con los mercados extra bloque consolida por fin la unión aduanera, paso imprescindible para comenzar a plantear un mercado común.
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El proceso de negociación para llegar al arancel externo común duró seis largos años, y su resolución esta semana en San Juan sólo puede entenderse en un contexto de amplias coincidencias en los poderes ejecutivos de los cuatro miembros titulares, y en el marco de negociaciones, intereses e intenciones políticas que exceden los bordes del organismo subregional. Con el visto bueno de los equipos legales y técnicos de cada país miembro, que se da por descontado, y tras la aprobación de los cuatro recintos legislativos, el nuevo Código Aduanero Común del Mercosur comenzará a regular el intercambio de bienes y servicios con el resto del mundo.
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COMERCIO Y MÁS ALLÁ
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Por ello no son excesivos los elogios con que los primeros mandatarios saludaron, en la provincia argentina de San Juan, haber llegado al establecimiento de este Código. Para Cristina Fernández constituye una victoria diplomática de primer orden, ya que han sido los técnicos y especialistas del Palacio San Martín los que durante el semestre de su presidencia pro tempore negociaron los términos de la nueva herramienta, que contiene más de 200 artículos, y con la que se espera que el Mercosur, que en conjunto supone la mayor zona productora de alimentos del globo, se relaciones con otros mercados y bloques comerciales. El Mercosur, auguró la presidenta argentina, “será el gran protagonista de este siglo.”
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Luiz Inácio da Silva, Lula, por su parte, tampoco se excede al calificar de “histórico” el avance en la integración regional alcanzado en San Juan. No se debería pasar por alto la historia relativamente reciente de las relaciones bilaterales del gigante sudamericano con la Argentina. En los años setenta, cuando ambos países estaban regidos por autocracias dictatoriales, Brasil era la principal hipótesis de conflicto para los militares argentinos, que sospechaban que los cariocas se aprestaban a fabricar la bomba atómica en cualquier momento, para avanzar hacia Buenos Aires cruzando el “Estado tapón” uruguayo. Desde esos delirios relativamente recientes, a la buena sintonía actual entre ambas Cancillerías, hay un océano de por medio.
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Además de destacar la real importancia de la reunión sanjuanina, y de llenar a su par argentina de elogios, Lula recibió la presidencia pro tempore (cuando ya tiene un pie en el estribo para dejar Brasilia, al menos de momento) y aprovechó la Cumbre para firmar tres documentos bilaterales. El primero, precisamente, trata de desarrollo nuclear. Ya nadie sospecha, afortunadamente, que Brasil persigue la bomba atómica para atacar Buenos Aires, pero la agenda nuclear brasilera sigue siendo un tema espinoso, especialmente teniendo en cuenta la adquisición reciente de tecnología atómica a Francia por parte de Lula, o el claro apoyo de su servicio exterior al plan de desarrollo nuclear iraní, un país vinculado por las investigaciones judiciales con el atentado a la AMIA porteña en 1994. Pero Cristina Fernández lo respaldó sin fisuras. Lula, por su parte, le entregó un explícito respaldo al reclamo nacional por la soberanía sobre las Islas Malvinas. Y poniendo negro sobre blanco, Lula expresó las diferencias en las nuevas relaciones bilaterales: “Cristina –le dijo en público a la presidenta, en el cierre de la Cumbre- en estos años, primero con Néstor Kirchner y después contigo, vamos a dejar en nuestro paso algo de valor inconmensurable: que nosotros ya no nos vemos más como adversarios ni enemigos, como hace un tiempo.”
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El paso ha sido contundente, aunque el camino sigue siendo largo y escabroso. Las economías emergentes tienen cada vez un rol más determinante en el crecimiento del producto a nivel global, el Mercosur concentra la mayor cuota de producción alimentaria del mundo en estos momentos, y futuros tratado de libre comercio (TLC), tanto con la Unión Europea, con los países de Asia-Pacífico, o con el NAFTA norteamericano, aportarían dosis de complementación tecnológica y productiva por demás interesantes.
Es de esperar que sigan soplando los buenos vientos de coincidencias en las primeras líneas, y que este nuevo capítulo sea en realidad serio, y grande.
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nelson.specchia@gmail.com
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