Mostrando entradas con la etiqueta Consejo Europeo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Consejo Europeo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Europa, un nuevo capítulo

EUROPA, UN NUEVO CAPÍTULO


Por Nelson-Gustavo Specchia



Europa es un animal político particular, que parece sumar en los colores de su piel y en los caprichos de su temperamento, todas las tonalidades (superpuestas pero no mezcladas) de los caracteres y de las especificidades nacionales que la componen.

La búsqueda de la paz fue, desde la segunda posguerra, el principal norte de la organización nacida de los Tratados de Roma. Y este objetivo se ha cumplido en una parte importante: el continente no ha vuelto a verse arrastrado a nuevos enfrentamientos armados entre los Estados europeos, la cooperación se ha impuesto, los ricos han ayudado al desarrollo de los más pequeños y atrasados, y han desaparecido las fronteras interiores, creándose un gran espacio continental que va desde Portugal a Polonia, desde Finlandia a Malta, desde Inglaterra a Chipre. Hasta la renuente Suiza –las últimas fronteras interiores europeas- ha terminado integrándose al “espacio Schengen” la semana pasada, el viernes 12 de diciembre.

Estos logros a nivel político, social, y económico colocan a la Unión Europea como el paradigma de los procesos de integración continental, como el espejo donde todos quieren mirarse, pero tiene también sus bemoles. Las ampliaciones han terminado componiendo una organización de 27 miembros, pero el liderazgo europeo no logra dar con la metodología y con los instrumentos para gobernar eficazmente semejante animal político.

El primer ensayo fue redactar un tratado que funcionara como una Constitución. El proyecto lo lideró el ex presidente francés Valéry Giscard d´Estaing, y su texto parecía abrir las puertas a la transformación de Europa en un Estado supranacional, con todos los símbolos de la soberanía territorial y política moderna. Sometido a referendum, fueron dos países fundadores de la organización comunitaria, Francia y Holanda, los encargados de echar por tierra el proyecto con su “no” mayoritario en los plebiscitos del 2005.

Entonces, los líderes europeos, con la Canciller alemana Ángela Merkel en la presidencia de turno del Consejo, se lanzaron a rescatar la Constitución, y las herramientas que ésta disponía para gobernar la organización con 27 miembros, pero quitándole todos los símbolos (bandera, himno) que tantas alergias nacionalistas habían provocado. Así nació el Tratado de Lisboa en la cumbre portuguesa de diciembre de 2007, y fue presentado como un relanzamiento de la Unión Europea para encarar los nuevos tiempos.

Básicamente, el Tratado de Lisboa achicaba la Comisión (el ejecutivo colegiado donde todos los países miembros disponen de un “comisario”); creaba la figura de Presidente de la Unión; daba más facultades al representante de la política exterior, para que Europa hable en el mundo con una sola voz; y potenciaba las funciones del Parlamento europeo, elegido por sufragio universal. Merkel se jugó entera por la herramienta de Lisboa, pero la sorpresa aguardaba en el único país que tiene la obligación de someter el tratado a plebiscito: Irlanda. El resultado de la votación popular realizada en junio de este año fue, otra vez, “no”. Y el proceso de integración volvió a encallar.

La Unión Europea ha avanzado a fuerza de superar crisis tras crisis. El testigo de la presidencia semestral rotatoria llegó al hiperactivo Nicolás Sarkozy, que durante este año que termina ha hecho un esfuerzo superlativo para superar el frenazo irlandés. Y parece haberlo conseguido la semana pasada.

El Consejo Europeo reunido en Bruselas el jueves 11 de diciembre, siguiendo la partitura escrita por el presidente francés, ha cambiado la estrategia: los líderes han decidido reducir las pretensiones de una Europa grande, fuerte, y con voz propia en el concierto internacional, y merced a este achicamiento de expectativas poner nuevamente en marcha el proceso.

En síntesis, Sarkozy ha logrado que el premier irlandés, Brian Cowen, se comprometa a someter nuevamente el Tratado de Lisboa a referendum, a cambio de asegurarle que Irlanda mantendrá su “comisario” en la Comisión. Claro que para ello ha tenido que asegurárselo también a todos los restantes miembros, con lo que la Comisión seguirá siendo un ejecutivo colegiado y burocrático, con 27 “comisarios” o más, inmenso y pesado, y quizá cada vez más distante de los sentires y de las necesidades populares, del hombre y de la mujer del llano, que ven cómo este inmenso animal político se hace cada vez más grande, está cada vez más lejos, y es cada vez menos operativo en la resolución de las necesidades del día a día.

Queda por ver, entonces, si el pragmatismo de Sarkozy logra encarrilar el proceso europeo, o si por desatascar la parálisis ha forzado unos compromisos que terminarán por reducir aun más los sueños europeístas.



domingo, 29 de junio de 2008

Europa en horas bajas


Europa en horas bajas


Por Nelson-Gustavo Specchia


Los síntomas de cierta relajación y contramarchas en el avance del proceso de integración del Viejo Continente comenzaron hace un par de años, en 2005, cuando los franceses y los holandeses, dos pueblos que habían estado en el pequeño club de los seis países fundadores de la primera Comunidad Europea, votaron NO en los plebiscitos para refrendar una constitución, que parecía redactada a la medida de los gobiernos, pero que juzgaron alejada de los sentimientos y de los problemas de los ciudadanos. A aquellos síntomas, en los últimos días han venido a sumarse una seguidilla de decisiones desacertadas de los órganos de decisión comunitarios, que han llenado de estupor y de escepticismo los análisis de ese modelo de referencia para la política internacional que es la Unión Europea.

Un modelo de referencia no solamente a nivel de la integración geográfica entre los países del continente, sino a nivel del ideario de esa comunidad de naciones como vía de transmisión de la paz entre los Estados y los pueblos, de una ética humanista, de un equilibrio muy respetable entre libertades civiles y prácticas públicas de contención social.

Que Europa, luego de largos siglos de luchas fratricidas y de dos guerras mundiales haya logrado, mediante la creación de un espacio común, dejar de matarse mutuamente, afirmar la paz, aumentar de manera sostenida su producto bruto, instalarse como un interlocutor internacional de peso, eliminar las fronteras interiores, y proteger los derechos civiles, sociales y políticos de su población, ha convertido al proyecto plasmado en la Unión Europa en una referencia ineludible para el análisis y la proyección política de otras latitudes.

Sin embargo, tres eventos de máxima resonancia, en el transcurso de pocos días, vienen a echar un manto de sombras sobre la continuación exitosa de ese proceso en la actual coyuntura: la Constitución frustrada por holandeses y franceses es 2005 fue reconstituida por los líderes europeos en un nuevo tratado, en el Consejo de Lisboa, que institucionalmente fija las pautas para poder administrar la organización continental con los 27 miembros que suma luego de la gran ampliación hacia los países del Este. Pero en la única votación popular prevista en todo el continente para la ratificación del Tratado de Lisboa, en Irlanda (en los restantes 26 miembros de la UE la ratificación sólo será parlamentaria), se impuso el NO, frenando todo el proceso institucional, ya que el tratado requiere de la unánime aceptación de los Estados miembros para entrar en vigor el próximo 1 de enero de 2009. Nadie tiene la más peregrina idea de cómo salir de este impasse, aunque todos coinciden que la organización ampliada no podrá seguir administrando sus órganos con las herramientas previstas por el Tratado de Niza, pensado para sólo 12 miembros.

Por su parte, el Consejo Europeo (la reunión periódica de jefes de Estado y de gobierno), aprobó mayoritariamente el 9 de junio la revisión de los límites de los tiempos laborales, extendiéndolos hasta un hipotético techo de 65 horas semanales, lo que permite suponer jornadas de trabajo de unas 11 horas diarias, incluyendo los sábados: de un plumazo se cambia un paradigma, que ha integrado –de una manera central- ese “modelo social europeo” que ha sido referente desde la posguerra, aumentando la discrecionalidad empresaria en desmedro de los derechos de los trabajadores.

Y la guinda del postre, que viene a ratificar que estas decisiones legislativas y ejecutivas no son eventos aislados y excepcionales, sino que forman parte de una tendencia política de esta Europa en horas bajas, que implican modificaciones estructurales en la idea que las elites europeas de estos días tienen sobre la continuidad del proceso de integración continental, esa guinda, digo, la ha puesto el Parlamento Europeo con la adopción –por una mayoría abrumadora de eurodiputados, tanto de la derecha como de la izquierda- de la “Directiva de Retorno”, dirigida a penalizar burocráticamente al inmigrante que no haya conseguido obtener visados de residencia, recluyéndolos en “instalaciones especiales” y por períodos de tiempo desmesurados, en un atentado odioso a los derechos humanos.

La que ha sido denominada “Directiva de la Vergüenza” por líderes políticos y sociales (latinoamericanos, pero también por profesores y analistas europeos), transforma un conflicto social en un problema policial, permite la retención extra judicial de los inmigrantes indocumentados por períodos de hasta un año y medio (cuando el trámite de expulsión puede realizarse en apenas unos días), inclusive si son parte de sectores vulnerables, como los menores de edad.

La política de inmigración que esta decisión del Parlamento Europeo dibuja es humillante, y no sólo para los hombres y mujeres que llegan a las costas del Viejo Continente, aunque no dispongan de los formularios de inmigración debidamente cumplimentados, sino que es humillante para la propia dirigencia comunitaria, que asiste pasivamente a la erosión acelerada de ese modelo social que puso a Europa en el centro del candelero en apenas medio siglo.

Las tendencias conservadoras –que parecen declinar en la América del Norte- han encontrado nuevos retoños en las clases dirigentes europeas; el cambio de ciclo afectará profundamente la cultura política, y el rol de la Unión Europea en el concierto internacional.




jueves, 1 de noviembre de 2007

Europa cabalga de nuevo



EUROPA CABALGA DE NUEVO



por Nelson Gustavo Specchia




El escritor catalán Lluís Foix ya lo ha definido, en una afirmación un tanto críptica, pero que alcanza a explicar los movimientos en ese laboratorio gigante de política internacional que es la Unión Europea: “La historia de Europa es la del miedo a no cometer nuevos errores. El éxito lo hemos aprendido del fracaso, para volver a fracasar y seguir intentándolo, para que de cada crisis saliera una nueva oportunidad.”


Una crisis profunda se instaló en la primavera boreal de 2005, con el fracaso de la Constitución Europea, cuando los electorados francés y holandés (dos países fundadores de la Unión, en 1957) la rechazaron en plebiscito. La Constitución intentaba acercar al continente a un cierto macro-Estado federal, con bandera, himno, gobierno, y ley fundamental. Aquel fracaso sumió en la parálisis al proceso de integración durante casi dos años, hasta que la Canciller alemana Angela Merkel, asumiendo la presidencia semestral del Consejo Europeo en enero de este año, se lanzó a rescatarlo: a convertir la crisis en una nueva oportunidad.


Los líderes del viejo continente han estado a la altura de las circunstancias. En la cumbre de Lisboa, del pasado 20 de octubre, se acabaron dos años de inmovilismo e incertidumbre, y se relanzó con ímpetu y fuerza renovada la construcción comunitaria. Es cierto que –al menos de momento- las esperanzas constitucionales de una mayor “Europa política” han quedado aparcadas. Pero el acuerdo de Lisboa logra rescatar una considerable porción de las aspiraciones esbozadas en el proyecto constitucional. Además, las reformas otorgarán un dinamismo y una agilidad mayor a los gestores del ejecutivo comunitario, al eliminar el paralizante derecho de veto en unas cuarenta cuestiones. Un elemento imprescindible para maniobrar la organización, de 27 miembros, en una globalización acelerada.


La cumbre de Lisboa no quiere exponerse a nuevas riesgosas consultas plebiscitarias: los acuerdos entre los líderes serán sometidos sólo a ratificación parlamentaria. Y el consenso se logró a la vieja usanza: con concesiones a los miembros más problemáticos. Se acomodaron los números de parlamentarios (751 eurodiputados representarán a los quinientos millones de habitantes); la “Carta de Derechos Fundamentales” será de aplicación en todos los Estados, pero con la excepción del Reino Unido, que quiere seguir siendo el único árbitro de las huelgas de sus súbditos; la Polonia de los gemelos Kakzinski –tan remisa a que Europa entre en sus asuntos internos- recibe garantías para frenar los acuerdos que no alcancen la minoría de bloqueo.


Pero, más allá de estas salvedades, y de que algunos de los consensos de Lisboa (como las votaciones por mayoría cualificada, o los asuntos de justicia e interior, deberán esperar recién hasta el 2014 y 2017 para entrar en vigor), las incorporaciones a la marcha del proceso permiten evaluar positivamente los golpes de timón: Se afianza el liderazgo de la presidencia del Consejo Europeo, que abandona la actual rotación semestral, y se define un presidente estable por períodos (renovables) de dos años y medio cada uno. Ya Tony Blair, que se definió a sí mismo como un “europeísta convencido” (aunque tan poco haya hecho por Europa siendo premier británico), está en la línea de largada de las candidaturas.


La política exterior común, la posibilidad de que Europa hable al mundo con una sola voz, recibe un espaldarazo: Javier Solana, el español que desde hace años viene oficiando de “Alto Representante”, verá su rol fortalecido mediante la investidura de Vice-Presidente de la Comisión. Este área de acción, la política exterior, así como la presupuestaria y fiscal, quedan dentro de las posibilidades del veto de cualquiera de los 27 miembros. Pero las demás decisiones serán adoptadas por una doble mayoría: aquellas propuestas que concentren el 55% de los Estados miembros, y, al mismo tiempo, el 65% de la totalidad de la población continental.


No será, quizá, un dechado de eficiencia. Y el “Estado Europeo” sigue muy lejos aún. Pero la vieja Europa cabalga de nuevo, y acorta distancias para responder más congruente y rápidamente a las necesidades ciudadanas, para tomar decisiones ágiles, y para marcar una presencia internacional activa, como una fuerza de equilibrio en un escenario de creciente inestabilidad.