Mostrando entradas con la etiqueta Irlanda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Irlanda. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de noviembre de 2010

El desalmado tijeretazo europeo (26 11 10)

El desalmado tijeretazo europeo
.
.
por Nelson Gustavo Specchia

.
.
.
Una gran tijera recorre Europa. Si los filósofos Karl Marx y Friedrich Engels escribieran hoy, posiblemente cambiarían la figura de aquella famosísima primera línea del “Manifiesta Comunista”. Porque el fantasma de nuestros días, en el Viejo Continente, toma la forma de una tijera que recorta gastos y déficit públicos a mansalva y discreción; pero por el tajo abierto aparecen las diversas formas del conflicto social. La sociedad civil no parece estar dispuesta a permitir pasivamente que los gobiernos recorten derechos juntos con los gastos. Los empleados asalariados y los estudiantes se ubican, en las diferentes latitudes, entre los colectivos que encabezan la reacción social y amenazan con subir la temperatura del gélido otoño europeo.
.
La primera señal, hace apenas seis meses, fue Grecia. Un gobierno socialista recién asumido, el del Pasok de Giorgios Papandreu, hubo de admitir que sus antecesores habían fraguado las cuentas públicas, que las arcas del Estado estaban casi vacías, y que la economía helena –con restringido margen de acción desde la política monetaria, al estar dentro de los acuerdos de la eurozona- necesitaba con urgencia un rescate por parte de los socios comunitarios. En pocas horas, los bonos de la deuda griega treparon hasta cifras siderales (el ya recurrente “castigo de los mercados”), y la democristiana Ángela Merkel le contestaba a Papandreu desde Berlín con el discurso que en medio año se ha convertido en dominante: saca la tijera y recorta gastos, corta mucho y a fondo, y luego veremos si te tiramos una soga desde el Bundesbank.
.
Papandreu intentó resistirse, aunque no mucho. A la capital europea que acudía, palabras más o palabras menos, le contestaban con el mismo discurso de la alemana. Desde Bruselas, la capital de la Unión Europea, el presidente de la Comisión, el ex marxista y hoy liberal José Manuel Duráo Barroso, instó al griego a que acudiese al Fondo Monetario Internacional. La postura de Europa, tanto de sus instituciones comunitarias como desde los gobiernos de los Estados miembros, pegaba, de esta manera, el mayor golpe de timón en la orientación estratégica de la política económica y social desde la posguerra. La concepción comunitaria que llevó al establecimiento y las conquistas del “Estado de bienestar”, el gran invento de los padres de la integración continental mediante la unión de capitalismo y derechos sociales, se relegaba. Las recetas de la vieja ortodoxia liberal volvían a obtener patente de corso.
.
EL VIRUS GRIEGO
.
Qué año, este 2010, decían entre exclamaciones los columnistas de la prensa europea. Pero bueno, al menos el fantasma de la tijera limitó el estallido de la crisis a Grecia. Papandreu finalmente aceptó la humillación. Ángela Merkel y Nicolás Sarkozy, junto a Duráo Barroso, el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rumpuy, y el jefe del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, anunciaron entonces el rescate de la economía de la isla mediterránea; en el mismo anuncio comunicaron el severo plan de ajuste impuesto a Atenas, (con la obligación de reducir cuatro puntos el déficit este año, del 12,7 al 8,7 por ciento del PBI; y seguir avanzando luego hasta reducirlo al 3 por ciento). Los colegios públicos, las universidades, los bancos, las oficinas públicas de todos los niveles de la administración cerraron, y los hospitales sólo atendieron emergencias. El primer ministro expresó su solidaridad a los trabajadores movilizados, pero, abatido, dijo que no tenía ninguna alternativa.
.
Los empleados y los estudiantes se largaron a la calle, incendiaron contenedores y algunos muertos quedaron en las jornadas de protesta. Pero la crisis se encapsuló en Grecia y no saldrá de allí, escribían los analistas. Y los gobiernos, especialmente los de países con economías en grados de vulnerabilidad cercanos a la griega, afirmaban que el riesgo de contagio estaba conjurado. El euro estaba a salvo, y no habría nuevas crisis. Pero tanto los políticos como los analistas se equivocaban. O mentían. Eso es lo que vino a mostrar el estallido de la burbuja económica en Irlanda esta semana.
.
En la última reunión del G-20, al tratar el tema de la “guerra de monedas” como el nuevo capítulo de la crisis económica internacional, los países emergentes –Argentina y Brasil entre los principales- volvieron a insistir en que la salida de la crisis no pasa por el recorte del gasto sino por aumentar los alicientes al consumo interno. El bloque europeo volvió a desestimar la estrategia una vez más, insistiendo en los achicamientos de los déficits y en los recortes de los gastos sociales.
.
Ese camino volvió a mostrar un nuevo escollo esta semana, cuando el primer ministro irlandés, Brian Cowen, no pudo seguir resistiendo el “castigo de los mercados” y la presión conjunta de sus colegas del continente, y anunció el pedido de salvataje económico al Banco Central Europeo y al Fondo Monetario Internacional. El virus griego, aunque todos lo negaran, había cruzado el mediterráneo y alcanzado al “tigre celta”, ese mismo que los analistas desde la gran prensa especializada ofrecían como ejemplo al mundo subdesarrollado hasta hace apenas unos meses.
.
IRLANDA COMO POLVORÍN
.
El domingo pasado, a la noche, después de una reunión del Consejo de Ministros que había durado más horas de las prudentes, el premier irlandés Brian Cowen enfrentó a los medios de prensa y admitió que el país debía acudir al auxilio del FMI y de las instancias financieras europeas, o enfrentarse a la bancarrota. La crisis del euro se cobraba así su segunda víctima, tras la debacle griega. El crédito que los irlandeses del tradicional partido liberal, el Fianna Fail, calculan que necesitarán asciende a unos 80.000 millones de euros, con eso lograrían calmar la fuerza del “castigo de los mercados”, y los títulos de su deuda podrían volver a montos medianamente manejables. Irlanda viene a confirmar que la crisis europea –que es, en definitiva, la crisis del euro- está vigente y piensa seguir dando batalla, independientemente de lo que los líderes afirmen en los discursos.
.
Volviendo a un libreto que ya no respeta ideologías ni emisores –lo mismo dicen los conservadores que los socialistas, los democristianos que los liberales- el gobierno irlandés usó la misma tribuna del anuncio del pedido de salvavidas al FMI para adelantar que acababa de aprobar otro desalmado tijeretazo en el país de las verdes praderas y los “pubs” donde se honra a san Patricio con la mejor cerveza del mundo. Un tijeretazo de unos 6.000 millones el año próximo, y hasta un total de 15.000 millones de euros (algo así como el 10 por ciento del PBI) en los próximos cuatro años. Ya se sabe cómo: se reducirá el gasto público, aumentarán los impuestos, se “racionalizarán” las plantas de empleados (ayer Dublín anunciaba que el “drástico ajuste” del que “nadie quedará a salvo”, implicará el despido de 25.000 trabajadores), disminuirá el salario mínimo –y con él toda la escala de sueldos-, terminarán los subsidios al desempleo o a las situaciones de riesgo social, y se reducirán las jubilaciones y las prestaciones sociales. Inclusive se admite que Irlanda volverá a ser un país de emigración. Adios Estado del bienestar, adios.
.
Y nada de que el “virus griego” está conjurado. El contagio, principalmente hacia Portugal y España, pero también hacia Italia y otras economías menores, podría llegar por una doble vía, el endeudamiento existente entre los bancos de la eurozona (los bancos alemanes y británicos, por ejemplo, tienen papeles de deuda de los bancos irlandeses por unos 250.000 millones de euros); o por vía de los títulos públicos de deuda, cuyo precio cae en la misma proporción y velocidad en que las aseguradoras de riesgo marcan nuevos records para las economías más endebles.
.
EL COSTO SOCIAL
.
Y mientras los políticos y los técnicos se deslizan hacia el pánico, la sociedad civil parece prepararse para resistir el embate contra el ajuste de la gran tijera. El presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, convocó a los veinticinco grandes empresarios (casi todos opositores a su gobierno y a su Partido Socialista Obrero Español) para que lo ayuden con ideas, o con lo que sea a estas alturas, para escapar de la fuerza del tornado, luego de que las dos centrales sindicales le hicieran la primer huelga general. El conservador Nicolás Sarkozy viene aguantando un mes de protestas en la calle. El premier portugués, José Sócrates –socialista como Zapatero- se enfrentó esta semana a la mayor huelga general de la historia de Portugal, y su gobierno no tiene ni una sola estrategia nueva para esquivar los vientos que ya llegan a sus costas desde el desdentado “tigre celta”.
.
Los estudiantes británicos, por su parte, se largaron a marchar por Londres, abandonando las aulas en todo el país, protestando contra los planes del gobierno conservador de David Cameron de incrementar las matrículas universitarias, que implicará, en la práctica, triplicar el costo anual de los estudios superiores. La semana anterior, la protesta se tornó violenta: los estudiantes tomaron la sede partidaria de los “tories” en Londres, incendiándola y destrozándola.
.
El tijeretazo de Cameron ha comenzado por las universidades y la investigación, y los estudiantes ingleses parecen estar dispuestos a enfrentarlo. Igual que los italianos, donde también esta semana centenares de estudiantes se enfrentaron a la policía, e inclusive lograron ingresar al Parlamento, manifestándose contra los ajustes presupuestarios dispuestos por el gobierno del primer ministro derechista Silvio Berlusconi, que ha preparado un decreto ley que prevé el recorte de los fondos para las universidades públicas y la investigación, mientras favorece a los centros privados de enseñanza.
.
En definitiva, cualquiera termine siendo la salida de la actual crisis, parece evidente que los daños al Estado social del bienestar, esa construcción solidaria y transgeneracional que Europa ofreció al mundo como ejemplo de construcción sociopolítica, y que logró establecerse y enriquecerse mediante un consenso horizontal de las élites dirigentes –tanto de la derecha como de la izquierda- durante la segunda mitad del siglo XX, no saldrá indemne. Lo único que permanece, sin siquiera un rasguño, es la furia y la voracidad de los mercados.
.
.
nelson.specchia@gmail.com
.
.

jueves, 5 de febrero de 2009

La crisis calienta el invierno europeo

La crisis calienta el invierno europeo


Por Nelson-Gustavo Specchia



He pasado el mes de enero en Europa, en actividades académicas en varias universidades del viejo continente, y además de las impresiones térmicas, los vientos, las nevadas, (y hasta una “tormenta perfecta”, como en la película con George Clooney, que obligó a toda la flota de pesca del mar del Norte a amarrar en puerto, dada la violencia de la tempestad), una de las impresiones más fuertes que me traigo, tras haberla compartido y discutido con los colegas europeos, es la percepción social y política de la crisis económica que estalló a fines del año pasado, y que parece, especialmente vista desde allá, ahondarse día a día, sin que se pueda ver el fondo, hasta dónde puede seguir descendiendo.

Todos hablan de la crisis: las señoras en el mercado y los profesores en las universidades, las propagandas de la televisión y la promoción de las primeras y de las segundas “rebajas” posteriores a las fiestas de fin de año; los taxistas y los dirigentes políticos; el público de a pie y los analistas en los medios de comunicación. La crisis es la protagonista estrella.

Y otro elemento muy notable: se mira hacia América latina, inclusive hacia nuestro castigado país, con cierto dejo de envidia: “Ustedes sí que han tenido suerte”, me decían los colegas profesores, “ustedes campearán este temporal mejor que nosotros”. Mientras tanto, los flujos de migrantes desde América latina hacia Europa parecen haberse detenido, e inclusive –a juzgar por los comentarios con diversos grupos, en las largas horas muertas de las esperas en los aeropuertos- muchos han comenzado a volver: uno de los fantasmas más temidos, la desocupación, ha comenzado a hacer estragos, y muy especialmente en uno de los destinos principales de nuestros compatriotas: España, con una tasa de desempleo del 16,1%, encabeza la lista de toda la Unión Europea.

¿Es en realidad tan profunda esta crisis en el viejo continente? ¿Tiene un fondo tan profundo que no puede ni siquiera divisarse? ¿Se limitará a las instituciones financieras y a las empresas productivas, o llegará también a alterar los gobiernos y las alianzas políticas? Detengámonos a analizar un momento algunos de los últimos indicadores, en diferentes escenarios europeos.

Uno de estos indicadores podría ser el resurgimiento, muy fuerte, de la protesta social. Otro de los elementos que informarían un análisis podría ser el aumento de la inestabilidad política: desde que se ha desatado la crisis económica, dos ejecutivos han debido renunciar, el belga y el islandés: El primer ministro Yves Leterme, fue el primero en caer a consecuencia de la crisis de Fortis, el principal banco belga, el pasado 19 de diciembre; mientras que el ejecutivo islandés del conservador Geir Haarde fue literalmente expulsado del gobierno frente al hundimiento de la economía islandesa, que este año caerá casi un 10%.

Por su parte, los gobiernos de dos de los países “grandes” de Europa, Gran Bretaña y Francia, empiezan a sentir consecuencias políticas, con la pérdida acelerada de popularidad de sus líderes. El primer ministro británico Gordon Brown había recuperado cierto protagonismo a fines del año pasado, al diseñar las medidas para salvar a los bancos del desastre, pero poco le ha durado: en todas las encuestas se encuentra contra las cuerdas, y seguramente tendrá que adelantar las elecciones. La estrategia de Brown de ayudar a los bancos con dinero público ha generado un creciente malestar, porque finalmente se comprobó que ni se recuperaba la economía ni el empleo, mientras que los banqueros, a quienes todos identifican como los verdaderos culpables de la crisis, reciben ayudas del gobierno.

Nicolás Sarkozy también ha visto llenarse las calles de Francia, el jueves pasado, con manifestaciones de más de dos millones de trabajadores, y este golpe de multitudes lo ha llevado a detener las reformas que había anunciado, y que limitaban los derechos de los empleados. Sabe lo que arriesga en estos momentos.

En cuanto a los “nuevos socios” de la Unión Europea, los países del viejo cinturón comunista del Este, que no han tenido tiempo suficiente para afianzar sus economías de mercado en el reingreso al capitalismo, han vuelto las masivas protestas callejeras, que pueden poner en jaque la propia continuidad de los gobiernos.

Como digo, el detonante estelar, el de mayor difusión social y el más temido es el aumento del desempleo, con una tasa media para toda la “zona euro” de 9,3. España a la cabeza con el mencionado 16,1, y apenas 7 de los 27 países de la Unión Europea con tasas inferiores a 7. Estos indicadores reflejan que el número de empleos destruidos en la Unión Europea es de 17,4 millones (o sea, que hay un millón y medio de desocupados más que hace un año). Son números catastróficos para la cultura de empleo europea en el último medio siglo. A este miedo generalizado de perder el trabajo, se une la frustración creciente por las medidas de los gobiernos, al parecer más dispuestos a salvar a los bancos que a los trabajadores. Y esta frustración, a su vez, impacta en la pérdida de legitimidad de los gobiernos.

Si bien las economías más débiles son las de Europa oriental, los “grandes” tienen los mismos problemas. Alemania, la mayor economía europea, sufre la peor recesión desde la posguerra; las mencionadas manifestaciones en Francia; y las protestas en Gran Bretaña, con los brotes xenófobos de los trabajadores de las plantas energéticas, que han exigido que no se contrate a extranjeros (“British workers first”). O Irlanda, que hace tan poco tiempo atrás mostraba el “milagro irlandés” como un producto de exportación (una delegación del gobierno de la provincia de Córdoba estuvo de visita por allá, intentando aprender), y que hoy tiene las cuentas públicas en un rojo absoluto, que puede acarrear un déficit del orden del 13%.

En Davos, en el Foro Económico Mundial que terminó el domingo pasado, todos los dirigentes tenían claro que la crisis amenaza con generar reacciones sociales violentas en todo el mundo, y una más que posible vuelta al proteccionismo y el nacionalismo: las protestas callejeras de ingleses, franceses, y de los países de la Europa oriental, parecen pedir que se comience a caminar en ese sentido.

El próximo mes de marzo se reunirá la cumbre de jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea, los dirigentes –creo- deberán atender a tres frentes: cómo impedir que la deslegitimación de los gobiernos se agrave, cómo desactivar la protesta social; y cómo frenar la recesión (que puede que no sea del 2% anunciado por el Banco Central Europeo, sino del 18% o del 20%, ya nadie se atreve a afirmar claramente cuan lejos está el fondo).

Las bajas temperaturas y los fuertes vientos llenan de nieve y de frío este invierno europeo, pero las brasas de la crisis caldean los ánimos en todos los rincones.



miércoles, 17 de diciembre de 2008

Europa, un nuevo capítulo

EUROPA, UN NUEVO CAPÍTULO


Por Nelson-Gustavo Specchia



Europa es un animal político particular, que parece sumar en los colores de su piel y en los caprichos de su temperamento, todas las tonalidades (superpuestas pero no mezcladas) de los caracteres y de las especificidades nacionales que la componen.

La búsqueda de la paz fue, desde la segunda posguerra, el principal norte de la organización nacida de los Tratados de Roma. Y este objetivo se ha cumplido en una parte importante: el continente no ha vuelto a verse arrastrado a nuevos enfrentamientos armados entre los Estados europeos, la cooperación se ha impuesto, los ricos han ayudado al desarrollo de los más pequeños y atrasados, y han desaparecido las fronteras interiores, creándose un gran espacio continental que va desde Portugal a Polonia, desde Finlandia a Malta, desde Inglaterra a Chipre. Hasta la renuente Suiza –las últimas fronteras interiores europeas- ha terminado integrándose al “espacio Schengen” la semana pasada, el viernes 12 de diciembre.

Estos logros a nivel político, social, y económico colocan a la Unión Europea como el paradigma de los procesos de integración continental, como el espejo donde todos quieren mirarse, pero tiene también sus bemoles. Las ampliaciones han terminado componiendo una organización de 27 miembros, pero el liderazgo europeo no logra dar con la metodología y con los instrumentos para gobernar eficazmente semejante animal político.

El primer ensayo fue redactar un tratado que funcionara como una Constitución. El proyecto lo lideró el ex presidente francés Valéry Giscard d´Estaing, y su texto parecía abrir las puertas a la transformación de Europa en un Estado supranacional, con todos los símbolos de la soberanía territorial y política moderna. Sometido a referendum, fueron dos países fundadores de la organización comunitaria, Francia y Holanda, los encargados de echar por tierra el proyecto con su “no” mayoritario en los plebiscitos del 2005.

Entonces, los líderes europeos, con la Canciller alemana Ángela Merkel en la presidencia de turno del Consejo, se lanzaron a rescatar la Constitución, y las herramientas que ésta disponía para gobernar la organización con 27 miembros, pero quitándole todos los símbolos (bandera, himno) que tantas alergias nacionalistas habían provocado. Así nació el Tratado de Lisboa en la cumbre portuguesa de diciembre de 2007, y fue presentado como un relanzamiento de la Unión Europea para encarar los nuevos tiempos.

Básicamente, el Tratado de Lisboa achicaba la Comisión (el ejecutivo colegiado donde todos los países miembros disponen de un “comisario”); creaba la figura de Presidente de la Unión; daba más facultades al representante de la política exterior, para que Europa hable en el mundo con una sola voz; y potenciaba las funciones del Parlamento europeo, elegido por sufragio universal. Merkel se jugó entera por la herramienta de Lisboa, pero la sorpresa aguardaba en el único país que tiene la obligación de someter el tratado a plebiscito: Irlanda. El resultado de la votación popular realizada en junio de este año fue, otra vez, “no”. Y el proceso de integración volvió a encallar.

La Unión Europea ha avanzado a fuerza de superar crisis tras crisis. El testigo de la presidencia semestral rotatoria llegó al hiperactivo Nicolás Sarkozy, que durante este año que termina ha hecho un esfuerzo superlativo para superar el frenazo irlandés. Y parece haberlo conseguido la semana pasada.

El Consejo Europeo reunido en Bruselas el jueves 11 de diciembre, siguiendo la partitura escrita por el presidente francés, ha cambiado la estrategia: los líderes han decidido reducir las pretensiones de una Europa grande, fuerte, y con voz propia en el concierto internacional, y merced a este achicamiento de expectativas poner nuevamente en marcha el proceso.

En síntesis, Sarkozy ha logrado que el premier irlandés, Brian Cowen, se comprometa a someter nuevamente el Tratado de Lisboa a referendum, a cambio de asegurarle que Irlanda mantendrá su “comisario” en la Comisión. Claro que para ello ha tenido que asegurárselo también a todos los restantes miembros, con lo que la Comisión seguirá siendo un ejecutivo colegiado y burocrático, con 27 “comisarios” o más, inmenso y pesado, y quizá cada vez más distante de los sentires y de las necesidades populares, del hombre y de la mujer del llano, que ven cómo este inmenso animal político se hace cada vez más grande, está cada vez más lejos, y es cada vez menos operativo en la resolución de las necesidades del día a día.

Queda por ver, entonces, si el pragmatismo de Sarkozy logra encarrilar el proceso europeo, o si por desatascar la parálisis ha forzado unos compromisos que terminarán por reducir aun más los sueños europeístas.