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viernes, 8 de junio de 2012

La incógnita mexicana (08 06 12)




La incógnita mexicana

por Nelson Gustavo Specchia








México tendrá nuevas elecciones presidenciales el próximo 1º de julio, y el movimiento de los "enojados" ha venido sorpresivamente a instalar un gran signo de interrogación sobre las maneras en que el sistema político saldrá de esta encrucijada.

El escenario, hasta hace apenas un mes, era el siguiente: los analistas coincidían en que los doce años de los dos gobiernos de la centroderecha católica del Partido de Acción Nacional (PAN) fueron una excepción. Sólo se habría tratado de una reacción de hastío frente a la corrupción que había penetrado todas las estructuras del viejo Partido de la Revolución Institucional (PRI), el heredero de aquellos movimientos socialistas, liberales, anarquistas, populistas y agrarios que, con hombres como Francisco Madero, Emiliano Zapata, Venustiano Carranza y Pancho Villa, terminaron con el país feudalizado por los Estados Unidos e impusieron el nuevo Estado en las primeras décadas del siglo XX.

Pero 70 años ininterrumpidos ocupando el palacio del Zócalo terminaron transformando al PRI en una cueva de ladrones, y la reacción de descontento terminó por aupar al PAN al poder, con la carismática figura de un "charro" de botas texanas en el año 2000: Vicente Fox.

EL CORAZÓN A LA IZQUIERDA

El tercer elemento de este diagnóstico de los especialistas en la política mexicana, lo constituía la oportunidad de oro perdida por la izquierda. Cuando el PRI cayó haciéndose añicos, los sectores progresistas se rearmaban a alta velocidad. Cuauhtémoc Cárdenas (hijo de Lázaro Cárdenas, presidente de México entre 1934 y 1940, cuando el PRI estaba en sus tiempos de esplendor) había hecho crecer fuertemente al Partido de la Revolución Democrática (PRD), y se presentaba como una auténtica opción alternativa desde la izquierda a la crisis del partido hegemónico, al convertirse, en 1997, en el primer Jefe de Gobierno del Distrito Federal -la Ciudad de México- electo por votación democrática.

Con elementos provenientes del Partido Comunista, de los diversos brazos del socialismo democrático, y de priístas desencantados, Cárdenas intentaba regresar a las esencias fundacionales del Partido de la Revolución Institucional, aunque reemplazando aquel agrarismo primigenio por políticas desarrollistas en lo industrial y en la explotación de hidrocarburos.

Pero al ingeniero Cuauhtémoc Cárde-nas no le alcanzó con el alto predicamento que había conseguido en la capital para ganar también el México profundo, donde, ante la desbandada del PRI, el "charro" Fox aparecía como una opción más confiable, enraizada en el populismo tradicional, mientras Cárdenas era visto como un candidato más intelectual y urbano.

La izquierda, en todo caso, siguió organizándose durante el sexenio de Vicente Fox, y llegó con unas condiciones inmejorables a las elecciones de 2006. Y a punto estuvo de quedarse con el poder. En el gigante mexicano (un extenso país federal de más de dos millones de kilómetros cuadrados), y con 112 millones de habitantes que hablan en 68 idiomas oficiales, el Partido de la Revolución Democrática -que había reemplazado la tradicional candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas por la de Andrés Manuel López Obrador- quedó apenas a 1.200 votos del candidato del PAN, Felipe Calderón.

La izquierda perdió su oportunidad de oro, y en el análisis de escenarios para las próximas elecciones había quedado prácticamente fuera del cuadro.

EL HIJO PRÓDIGO

Durante doce años el PRI veló las armas, fue depurando viejos dirigentes y vicios varios; encontró un joven gobernador carismático y exitoso, y se preparó para volver al poder. Enrique Peña Nieto se puso al frente, y su candidatura fue torciendo todas las encuestas hacia arriba. El oficialismo del PAN lo ha intentado todo, hasta apeló a las grandes figuras del conservadurismo internacional: Mario Vargas Llosa salió a defender, desde las columnas que firma en algunos de los más prestigiosos diarios del mundo, la candidatura de continuidad de Josefina Vázquez Mota.

Pero ni siquiera esta estrategia logró frenar el éxodo de apoyos del partido de la derecha. Además de un derrotero presidencial sin ningún tipo de brillo y plagado de desaciertos, los seis años de Felipe Calderón en el Zócalo han terminado por fracturar al país en dos territorios: el controlado por la autoridad constitucional y el gobernado por el narco.

La "guerra al narcotráfico" declarada por Calderón a poco de asumir, fue una decisión efectista y mal calculada. No se midieron los riesgos y la capacidad real del enemigo. La tan mentada guerra, que sería la llave que legitimaría a su gobierno después de haberle ganado a Andrés Manuel López Obrador por tan escueto margen, ha estado a punto de perderse en más de una ocasión, y las organizaciones de derechos humanos cifran en unos 50.000 muertos y desaparecidos el costo humano de esa temeraria iniciativa.

Ante el fracaso de la gestión y las fracturas internas, hasta el ex presidente Vicente Fox llegó a declarar su apoyo al retorno del viejo PRI, de la mano de Enrique Peña Nieto, a poner orden y volver sobre los tradicionales y pacíficos carriles en que se desenvolvió el sistema político durante la mayor parte del siglo veinte.

LOS DÍSCOLOS

Pero la clase política mexicana, tan ocupada en mirarse el ombligo, perdió la perspectiva del contexto. Y hace un mes, el previsible escenario en el que coincidían todos los analistas saltó por los aires.

Los responsables de patear el tablero mexicano no se diferencian demasiado de los jóvenes que le propinaron un buen puntapié a las consolidadas autocracias árabes en el norte de África y en el arco de Medio Oriente; y tampoco son muy disímiles de los "indignados" españoles, franceses, italianos y británicos que vienen empujando sentadas y protestas contra un sistema que, a pesar de conservar todas las formas legales para ser una democracia legítima, perciben como viciado, oscuro y cada día más insustancial. Los jóvenes mexicanos se parecen inclusive a sus cercanos colegas estadounidenses ("pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos", como dicen con ironía en el DF) del Occupy Wall Street, que han llevado la movida juvenil de los "indignados" a las puertas de los bancos de Manhattan, donde se acumula buena parte de la riqueza del mundo.

Enrique Peña Nieto tenía todos los vientos a su favor. Pero desde que los jóvenes comenzaron a organizarse, apelando (también en esto emularon a los colectivos juveniles en Túnez o en Egipto o en Nueva York) a las redes sociales de Twitter y de Facebook, el candidato del PRI no deja de caer en las encuestas, y el seguro retorno del partido hegemónico ya no es tan seguro.

No es una fuerza menor: en el padrón mexicano hay 24 millones de jóvenes menores de 30 años, de los cuales 14 millones votarán por primera vez en las presidenciales del 1º de julio, y han decidido oponerse a que México retorne a los consabidos caminos de una forma de hacer política que ya no tiene más lugar.

Espontáneamente, han abierto el mayor interrogante de la política mexicana, ¿sería probable que este fenómeno cruzara las fronteras aztecas y llegase a otras realidades institucionales de América latina?





Twitter:   @nspecchia




domingo, 3 de junio de 2012

Jóvenes, mejicanos e indignados (02 06 12)

La Voz del Interior - Opinión - Sábado 2 de junio de 2012


Jóvenes, mejicanos e indignados





El movimiento #Yosoy132 tuvo un origen espontáneo y horizontal, aunque reconoce puntos en común con fenómenos sociológicos cercanos en la política internacional, especialmente con los “indignados”



02/06/2012 00:01 | Nelson Specchia*









Cuando todo parecía indicar que México estaba volviendo a la tradición de las grandes mayorías priístas, la irrupción del movimiento juvenil de #Yosoy132 pone en suspenso la seguridad del retorno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al control del Estado.

Hasta el mes pasado, las tendencias marcaban un desvanecimiento del derechista Partido Acción Nacional (PAN), actualmente en el gobierno, mientras Enrique Peña Nieto, la carismática apuesta del PRI, concentraba la atención y encabezaba las encuestas.

Peña Nieto supone la vuelta de la agrupación que consolidó el sistema republicano tras los desórdenes revolucionarios fundacionales, y que gobernó durante 70 años, hasta su colapso en 2000.

Renaciendo desde sus cenizas, el retorno del PRI venía aupado en la corrupción, el autoritarismo y los caóticos desaciertos de la gestión presidencial de Felipe Calderón, que han llevado a que una porción del país quede fuera del alcance de la autoridad constitucional y en manos de los carteles del narcotráfico.

Pero ese retorno tranquilo se cortó de golpe este mes, de la mano de los jóvenes universitarios que, ante la posibilidad de reedición de maneras y vicios del pasado, reclaman una nueva forma de hacer política.

Indignación azteca. El movimiento #Yosoy132 tuvo un origen espontáneo y horizontal, aunque reconoce puntos en común con fenómenos sociológicos cercanos en la política internacional, en especial con los “indignados” europeos que se identifican con la sigla 15-M (en referencia a las asambleas y acampadas en Madrid el 15 de mayo de 2011) y con los norteamericanos de Occupy Wall Street (#OWS), que desde septiembre del año pasado protestan y ocupan el parque Zuccotti, en pleno corazón financiero de Manhattan.

A Peña Nieto, sus asesores le habían recomendado que hiciera “la plancha”, una campaña sin campaña. El descrédito del PAN hundiría al oficialismo por su propio peso y la izquierda del Partido de la Revolución Democrática (PRD), con la insistente candidatura de Andrés Manuel López Obrador, estaba hasta hace un mes relegada a un lejano tercer puesto, con apenas un 22 por ciento de las preferencias.

Entonces, Peña Nieto se limitó a saludar, sonreír y levantar niños en brazos.

Pero sus asesores en comunicación no contaban con los jóvenes y con el inexcusable protagonismo que ya tienen las redes sociales en todos los procesos políticos.

En el padrón mejicano, hay 24 millones de jóvenes menores de 30 años, de los cuales 14 millones votarán por primera vez en las presidenciales del 1º de julio.

Los ejemplos de los “indignados” europeos, de los movimientos de jóvenes que protestan contra el sistema en el corazón del capitalismo, e inclusive el rol central de los colectivos juveniles en los vientos democratizantes de la “primavera árabe”, comenzaron a inundar las redes de teléfonos móviles y de Internet, llamando a reaccionar contra la corrupción estructural, contra el clientelismo de los partidos políticos hegemónicos y contra la manipulación informativa de los grandes canales de televisión (especialmente de Televisa, que no oculta su apoyo al retorno del PRI).

Disidencia jesuítica. Ese malestar estalló a principios de mayo en la Universidad Iberoamericana. Enrique Peña Nieto acudió a la alta casa de estudios fundada por los jesuitas mejicanos e intentó seguir el guión que le habían marcado sus asesores.

Pero los estudiantes comenzaron a criticar sus vaguedades, su falta de programa y a reprocharle su gestión como ex gobernador provincial.

La discusión se convirtió en tumulto y no hubo vuelta atrás. El candidato del PRI terminó huyendo por la puerta de servicio, entre los gritos y la silbatina estudiantil.

Televisa trasmitió una cobertura sesgada, apelando a la clásica muletilla de la infiltración de elementos subversivos en el griterío que había expulsado al candidato priísta de la sede universitaria.

Los estudiantes se movilizaron y grabaron un video que colgaron en Twitter y en Facebook, donde 131 de ellos mostraban su credencial universitaria y descalificaban la versión de la cadena televisiva. Desde entonces, todos quieren ser uno más; de ahí el hashtag que da nombre a la revuelta: #Yosoy132. De inmediato, se les unieron estudiantes de 54 universidades públicas y privadas de todo el país.

La emergencia del colectivo juvenil y su magnitud numérica en el padrón han sorprendido a la clase política y alteró las tendencias de intención de voto.

Según la última encuesta, publicada por el diario Reforma este 31 de mayo, Peña Nieto se desplomó desde un 45 por ciento a un 38 por ciento; la panista Josefina Vázquez Mota pasó de un 32 por ciento a un 23 por ciento, mientras que el izquierdista López Obrador remonta de aquel 22 por ciento hasta un 34 por ciento y queda a sólo cuatro puntos del PRI, cuando falta justo un mes para las elecciones.

Los ambientes universitarios no son extrapolables al resto de los colectivos de jóvenes, ni el ambiente político de la ciudad de México al resto del país.

Además, el caso de los “indignados” españoles muestra que las revueltas juveniles no necesariamente terminan inclinando la balanza hacia las opciones progresistas, sino, a veces, todo lo contrario.

Con los “enojados” mejicanos del #Yosoy132 puede pasar lo mismo. Aunque, al ver las encuestas, también podrían convertirse en la sorpresa inesperada de las próximas elecciones.






*Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)


Twitter: @nspecchia


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viernes, 27 de abril de 2012

México, entre el narco y la guerra (27 04 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – columna “Periscopio” – viernes 27 de abril de 2012.





México, entre el narco y la guerra


Por Nelson Gustavo Specchia







México, ese trozo de América latina en Norteamérica, se prepara para renovar su máxima conducción política. Pero en estas elecciones de julio próximo no participan sólo los partidos políticos tradicionales: los dos fenómenos centrales que ocupan la agenda, el narcotráfico y la violencia desbocada, incidirán como nunca antes en el proceso electoral y en la definición de los votantes.

La historia política del México moderno, desde la normalización institucional posrevolucionaria, revela tres grandes momentos: una meseta de setenta años, durante los cuales la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI) se mantuvo incontestada, al punto de identificar al partido con el gobierno, y a éste con el Estado.

Por eso, precisamente, el segundo gran capítulo de esa línea temporal se escribe cuando el PRI colapsa, y del estrépito de su caída se levantan dos agrupaciones de crecimiento paralelo: la derecha, reestructurada en torno al Partido Acción Nacional (PAN), y los diversos sectores de la izquierda progresista, nucleados en el Partido de la Revolución Democrática (PRD).

De esa carrera cabeza a cabeza, fueron los “panistas” los que sacaron ventaja, siempre por diferencias porcentuales mínimas, que habilitaron la denuncia de fraude por parte de la izquierda, y hasta la instalación temporaria de un “gobierno alternativo”, con asunción presidencial paralela incluida.

Sin embargo, más allá de que la derecha nunca haya conseguido saltar a una mayoría clara frente a sus contrincantes, el PAN ha logrado ocupar la Presidencia de los Estados Unidos de México en los dos períodos posteriores a la caída del PRI: Vicente Fox reemplazó a Ernesto Zedillo –el último priísta tras siete décadas de hegemonía- en el año 2000, y le entregó la banda presidencial a su correligionario Felipe Calderón el 1 de diciembre de 2006 (mientras, con una diferencia oficial de apenas el 0,56 por ciento, el candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, se designaba presidente “legítimo” y se calzaba la banda tricolor en la plaza del Zócalo).

Y el tercer momento, porque los muertos, en política, suelen en breve gozar de buena salud, lo constituye el renacimiento del PRI, como si nada hubiera pasado. O, por el contrario, como si hubiera pasado mucho y de todo eso se hubiera sacado aprendizaje.

El viejo partido se ha renovado y ha purgado dirigentes y mafias internas. Enrique Peña Nieto, un joven exitoso, ha conseguido encarrilar a la antigua agrupación surgida de las filas revolucionarias detrás de su candidatura, y todas las encuestan le otorgan una abrumadora preferencia para las elecciones del 1 de julio.

Después de una trayectoria del desierto de doce años, el PRI suma 50,8 de las preferencias de voto, según los sondeos difundidos esta semana. La oposición vuelve a estar casi en tablas en esas mismas encuestas (Andrés Manuel López Obrador, del PRD, con un 17,4 por ciento; y Josefina Vázquez Mota, del PAN, con un 17,6), pero a la cola del PRI, que vuelve al centro del juego político.

TIERRA DE SICARIOS

Pero a diferencia de su primera época, hasta el poderoso partido deberá ahora compartir el escenario mexicano con dos fuerzas que, sin invitación, se colaron en la fiesta e imponen los temas de agenda, la violencia estructural y las bandas del narco, que llegan incluso a controlar porciones enteras del territorio federal.

No son pocos los analistas que adjudican el error de cálculo que ha llevado al sobredimensionamiento del narco al presidente saliente.

Cuando Felipe Calderón asumió, tras esas elecciones tan cuestionadas por la izquierda, necesitaba un elemento aglutinador y legitimante, y apeló a la declaración de guerra al narcotráfico. Pero no midió bien las fuerzas, y la penetración del tráfico de estupefacientes, la cercanía del inmenso mercado consumidor estadounidense (el mayor del mundo, y con una extensa y permeable frontera terrestre), y la cantidad de armas en poder de la población civil, constituyeron un enemigo formidable.

La connivencia de las policías provinciales y de sectores enteros de las fuerzas armadas y de seguridad con el dinero fácil y rápido de narco tampoco fue advertido suficientemente. Y la pobreza y la miseria del México profundo pusieron el resto.

Calderón declaró una guerra que no podía ganar. Que no puede ganar tampoco hoy, aunque haya inundado de sangre toda la vida política e institucional mexicana.

Desde aquella decisión de combatir al narco por las armas, en diciembre de 2006, en todo el territorio federal se han asesinado cerca de 10.000 personas al año, lo que da el fatídico promedio de 27 muertos al día. La oficina federal contabilizaba, al 30 de septiembre de 2011, 47.515 muertes violentas. Y el ritmo macabro se incrementa a una tasa del 10 por ciento más cada año que pasa, sin que nadie haya encontrado la manera de ponerle freno.

Los sicarios actúan, además, contra los sectores más vulnerables de la población, y en aquellos estados federales donde el narco prácticamente constituye un régimen paralelo al del gobierno institucional. Tres cuartas partes de esas muertes se concentran en ocho de los 32 distritos en que se divide el mapa federal mexicano: Chihuahua, Nuevo León, Guerrero, Sinaloa, Durango, Jalisco, Tamaulipas y Coahuila.

En estas zonas, al inicio de la “guerra contra el narco” de Calderón, el asesinato mafioso predominante era el de castigo o de advertencia: una víctima (casi siempre de una extracción social muy baja), maniatada y ultimada de un disparo. En los últimos tiempos, en cambio, el poder que el narco ejerce en los territorios “conquistados” ha comenzado a modificar ese patrón. Ahora son asesinatos colectivos, de grupos enteros de presuntos pistoleros de bandas rivales, los que son encontrados muertos dentro de camionetas y furgones, abandonados en la ruta o a la entrada de las poblaciones.

A falta de reglas constitucionales y de instituciones democráticas, el poder se conquista y se mantiene en base a la fuerza de las armas y a la cantidad de muertos que se muestre. Está en los tratados de ciencia política desde el Renacimiento.

Y el gobierno central, como representante del Estado y teóricamente titular excluyente de la fuerza, tampoco ha podido hacer mucho al nivel de la justicia. Los policías y los militares, por más que hayan intentado sanear los cuerpos de seguridad, siguen implicados en menor o en mayor grado con el narco.

Y sin ellos, la capacidad de investigar y de detener a los autores de las matanzas, ha sido prácticamente nula. Se han detenido a muchos “peregiles”, y a algún mediático y resonante “capo”. Pero las cifras no permiten el ocultamiento que el gobierno de Calderón quisiera: tras cincuenta mil muertes, los tribunales mexicanos apenas han logrado 22 condenas en casos de homicidios vinculados al narco.

ZETAS Y SINALOAS

Otro de los efectos de la guerra de Calderón ha sido que las decenas de grupos que integraban el variopinto sector del narcotráfico se hayan ido decantando en grandes organizaciones.

Además de algunos remanentes periféricos, hoy el narco se divido en dos “familias” principales, el cartel de Sinaloa, que se ha hecho fuerte en el costado noroeste, y el cartel de los Zetas, en la orilla Este de la frontera de México con los Estados Unidos de América.

La concentración les ha permitido aumentar la logística y la organización interna, la infraestructura, y los contactos (o “embajadas”) en territorio estadounidense como en otros países de América latina.

La disputa entre estos dos clanes, tanto por la hegemonía del negocio de drogas como por el poder sobre el terreno, ha generado una auténtica guerra interna, con hallazgos macabros de cientos de cadáveres en las inmediaciones de las grandes ciudades.

Pero los de Sinaloa y los Zetas saben que el ejercicio del terror tiene un límite. Por eso la presión sobre el sistema democrático, y específicamente sobre los candidatos a las elecciones, puede ser un nuevo escalón en su particular lucha política: en los últimos cinco años han matado a un candidato a gobernador y a 28 alcaldes en funciones.

Aunque no aparezca en las papeletas, el narco también estará en las urnas el 1 de julio.




En Twitter:   @nspecchia





miércoles, 15 de septiembre de 2010

Droga y sangre en Tamaulipas (27 08 10)

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Droga y sangre en Tamaulipas
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por Nelson Gustavo Specchia
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Tamaulipas es una bella lengua de tierra mexicana bañada por las aguas azules del Caribe, con ciudades medianas y hospitalarias, un interior rural de postal novohispana, y un largo brazo estirado hacia el noroeste, que marca durante decenas de kilómetros la frontera con el estado norteamericano de Texas. Encerrado entre Veracruz y las sierras de San Luis Potosí, esta geografía de playas for export y ranchos de tortillas y frijoles hace tiempo que ha perdido su frescura y sus colores de publicidad turística. En su lugar, el gris del miedo y el rojo de la sangre lo han ido cubriendo todo. Tamaulipas es ahora tierra del narco.
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El narco ha pasado, en el breve lapso de una década, de ser una organización mafiosa y marginal, a ocupar todos los espacios de la vida pública; estableciendo sus propias leyes, códigos y condenas; permeando las fuerzas de seguridad y proyectándose incluso hacia el interior de los partidos políticos y las instituciones representativas.
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Esta reconversión acelerada obedece a dos grupos de factores, unos internos y otros impuestos desde la realidad política exterior. En el primer grupo se deben incluir el aumento en los precios y en los beneficios del tráfico ilegal de estupefacientes, debido a las mayores trabas que éste encuentra en las vías de comercialización en el primer mercado consumidor del mundo. También han alimentado este crecimiento la debilidad de las fuerzas armadas, penetradas por los narcodólares, frente a unos ingresos legales paupérrimos. .
Pero el renacimiento del narco también se ha debido a factores externos, especialmente a la declaración de “guerra abierta” lanzada por el presidente Felipe Calderón, nada más asumir su mandato. Antes, el narco se limitaba a comprar policías y militares y tal vez algunos alcaldes, pero jaqueado abiertamente y puesto en el centro de la agenda política, se retuerce como un animal herido y ataca con más saña y más violencia que nunca. Desde la asunción de Calderón, en diciembre de 2006, la “guerra abierta” se va cobrando unas 28.000 muertes. Si el combate es a matar o morir, el narco no lo duda y sale a matar a mansalva. Y Tamaulipas, con su costa caribeña a la que pueden atracar botes clandestinos, su interior rural y débilmente institucionalizado, y su larga frontera con los Estados Unidos, tiene todas las condiciones para derivar en un narcoestado.
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La horrible masacre de inmigrantes descubierta esta semana en un rancho de Tamaulipas (la más grande que se recuerde en el México contemporáneo), así como el asesinato del candidato a gobernador en junio pasado, revelan hasta qué punto el narco está dispuesto a llegar, para establecer sus códigos y su ley en un territorio que ya considera propio.
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ASALTAR LA GOBERNACIÓN
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Desde hace tiempo que hay sospechas fuertes de las “contribuciones” de las organizaciones de narcotraficantes al poder político, tanto en las costosas campañas electorales, como en los gastos de la gestión gubernamental. Estipendios de dinero negro que luego siempre encuentran la manera de retornar en forma de favores o disposiciones administrativas que le dan aire a las mafias. Pero en estos tiempos el narco ya no se contenta con los sobornos o las corruptelas a políticos intermedios, sino que muestra las intenciones de colocar a hombres afines en los puestos de mando.
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El 28 de junio de 2010, en medio de una “balacera”, fue asesinado Rodolfo Torre Cantú, candidato seguro a gobernar Tamaulipas por el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Torre Cantú, un político de la vieja escuela priísta mexicana, había basado toda su campaña en la promesa de que cerraría la puerta de la gobernación al narco. A media mañana de ese día de junio, cuando ya las papeletas con su nombre estaban impresas y faltaban sólo unas horas para que abrieran las mesas electorales, la custodiada comitiva del candidato fue emboscada por los sicarios del narco, un batallón disciplinado y bien entrenado (de hecho, sus efectivos fueron militares y policías antes de engrosar las filas de este ejército clandestino), del cual ni Torre Cantú ni sus asesores, secretarios, jefes de campaña ni guardaespaldas salieron vivos.
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Las elecciones estaduales, en Tamaulipas y en otros once estados mexicanos no se suspendieron, y el domingo siguiente, 4 de julio, el hermano del asesinado candidato concurrió en su nombre, y ganó la gobernación. El asesinato de Torre Cantú fue el más grave atentado político del México actual, que retrotrae la imagen a aquellos tiempos de la violencia institucionalizada, cuando las pistolas al cinto y las cananas cruzadas formaban parte del paisaje. El candidato fue reemplazado por su hermano, pero el mensaje del narco quedó grabado a fuego, tanto para Tamaulipas como para el resto de las gobernaciones federales, especialmente en los territorios del fronterizo borde norte.
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MIGRANTES Y CAUTIVOS
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La debilidad institucional impacta con mayor intensidad cuanto más débiles sean los colectivos sociales (más en el campo que en la ciudad, más en los barrios periféricos que en el centro, más en los pobres que en los sectores acomodados). Los migrantes que vienen desde Centroamérica y cruzan Tamaulipas hacia la frontera norteamericana, integran esos colectivos débiles que aprovecha el narco. En estos grupos de ilegales que se desplazan sin papeles y sin derechos, el narco busca apropiarse de los ahorros que llevan para pagar a los tratantes de la frontera, o bien incorporarlos a sus filas como sicarios. En el caso de que no consigan uno de esos dos objetivos, o ninguno, no dudan en masacrarlos. Este parece haber sido el caso de los 72 inmigrantes fusilados, maniatados y con los ojos vendados, a lo largo del paredón de un rancho de Tamaulipas esta semana.
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La matanza ha conmocionado a México, a la opinión pública de los sureños estados norteamericanos, y a toda la región. Un hecho que, más allá de la gravedad propia que encierra, también pone de manifiesto una perversa práctica habitual. La matanza de Tamaulipas -58 hombres y 14 mujeres provenientes de El Salvador, Honduras, Ecuador y Brasil- forma parte de esa espiral de violencia que no deja de crecer, y que, como una consecuencia diametralmente opuesta a la esperada, ha provocado la política de “guerra abierta” del presidente conservador Felipe Calderón. Los cuerpos descoyuntados y apilados unos sobre otros, con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados con trapos, fueron descubiertos por personal de la marina mexicana, después de que un hombre herido de bala pidiera socorro en un puesto de control caminero, y relatara la carnicería.
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Los infantes de marina se trasladaron en helicópteros artillados a la zona, donde el ejército del narco defendió sus posiciones a balazos. Tras la batalla, los marinos confiscaron rifles M-4, fusiles AK-47, escopetas calibre 12, rifles calibre 22, cargadores, cerca de 7.000 cartuchos, chalecos antibalas y uniformes camuflados. Los pertrechos de un auténtico ejército. El sobreviviente, un migrante ecuatoriano de 18 años, reveló que los narcos les ofrecieron convertirse en sicarios, con un sueldo mensual de 2.000 dólares, y que cuando se negaron, la orden fría fue fusilarlos a todos.
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Por la profesionalidad de la acción militar, todas las señales apuntan a Los Zetas. Este ejército irregular está compuesto por desertores de las fuerzas armadas mexicanas, asociados a ex efectivos de grupos de élite del ejército de Guatemala (los “kaibiles”), entrenados para la lucha contrainsurgente por expertos militares norteamericanos en los años 80 y 90. Además de su enfrentamiento con las tropas gubernamentales enviadas por el presidente Calderón, las facciones narco luchan entre ellas por el control de los espacios cercanos a la frontera. Los Zetas constituían hasta hace algunos meses el brazo ejecutor del cartel del Golfo, pero ahora parece que se han escindido y han tomado vuelo propio, lo que les lleva a luchar también contra sus ex patrones.
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Entre los unos y los otros, los más desfavorecidos quedan en el medio. A la sangría existencial que significa, de por sí, lanzarse a cruzar los llanos y las sierras mexicanas para llegar al Río Grande y la frontera con los Estados Unidos (donde, además, los esperan las leyes anti-inmigración tan en alza en estos tiempos), deben sumar el riesgo de caer en manos del narco. Según proyecciones sobre cifras oficiales, cerca de 40.000 inmigrantes procedentes de Centroamérica serían secuestrados anualmente en México por las bandas de narcotraficantes. El pedido de rescate a sus familiares en Norteamérica, la esclavitud sexual, o la conversión en sicarios, es el destino más usual para estos miles de pobres arrastrados por su propia miseria.
O el paredón y la muerte, como en Tamaulipas.
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nelson.specchia@gmail.com
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lunes, 12 de julio de 2010

México: ni PRI ni narcos (08 07 10)

MÉXICO, ni PRI ni narco
por Nelson Gustavo Specchia
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México, el gigante latinoamericano que vive en tierras del Norte, transita un tiempo de definiciones. “Demasiado lejos de Dios, y demasiado cerca de los Estados Unidos”, ubican –con un dejo de cínico derrotismo- los mexicanos a su tierra. El presidente Felipe Calderón, que inició su período gubernamental con denuncias de fraude y manipulación de la voluntad popular, para legitimarse concibió una vía arriesgada: la guerra abierta a ese narcotráfico que permea la política, las policías y hasta el ejército y la magistratura. Le declaró la guerra, claro, confiando en que la ganaría, pero a poco andar descubrió que el enemigo era aún más complicado y grande de lo que había calculado y que la guerra podía perderse.
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El narco, por su parte, que hasta la declaración abierta y mediática de las hostilidades conformaba una red subterránea de alianzas mafiosas, atacado de frente salió a defenderse matando a diestra y siniestra, matando a los sicarios rivales, matando a los que transgredían la ley del silencio, matando a los policías y militares (a sueldo suyo desde hacía años) que quisieran salirse de las nóminas ahora, matando indiscriminadamente para dejar sentado quién manda en las pequeñas poblaciones alejadas del poder central.
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Y, en definitiva, matando a aquellos candidatos que no se avinieran a reconocerlos como actores en el complejísimo entramado político. El narco ya no se contenta con apoyar o financiar algunos candidatos, sino que parece decidido a sacar de carrera a aquellos que hayan manifestado hacerles frente. El asesinato a plena luz del día del candidato a gobernador del estado de Tamaulipas, Rodolfo Torre Cantú, y de toda su comitiva de ocho hombres armados, cuando el proceso electoral estaba ya tan avanzado que hasta los votos estaban impresos con su nombre y no había posibilidad de rectificar las papeletas, parece decir claro y quedamente: “si vamos a un norcoestado, a los candidatos los ponemos nosotros; esta es nuestra manera de votar.”
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Y para que la cuadratura del círculo crítico estuviera completa, el presidente Calderón debió hacer frente, en esta curva descendente de su popularidad y de su mandato, al brutal empellón del PRI, el viejo Partido Revolucionario Institucional, que gobernó hegemónicamente México desde la normalización institucional posterior a la revolución zapatista, en 1929, hasta el año 2000.
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Con el nuevo siglo, el PRI entró en una crisis de desgranamiento y perdió el gobierno a manos de Vicente Fox. Pero se ha recompuesto durante estos años, ocupando la inédita postura de la oposición en el gobierno federal y en un buen número de estados, y en las elecciones de esta semana lanzó una fuerte andanada para recuperar alcaldías y gobernaciones, con miras de quedar en la línea del frente y volver al Palacio de la plaza del Zócalo en las próximas presidenciales de 2012.
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Pero la sociedad mexicana, la culta, hospitalaria y dúctil población de “Nueva España” acaba de dar una muestra más de su desarrollo democrático y de la seriedad con que enfrenta el conflicto interno que desangra al país. Los comicios del domingo pasado, 4 de julio, han logrado decir, simultáneamente, que no a las pretensiones del narcotráfico de secuestrar y controlar la política nacional, y que no a las nuevas intenciones hegemónicas del PRI reconstruido. Diversidad y participación democrática, ese parece haber sido el principal mensaje de los votantes mexicanos.
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NI TANTO NI TAN POCO
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Después de la sorpresa que significó dejar la residencia presidencial de Los Pinos, el Partido Revolucionario Institucional se enfrentó a su propia historia, y comenzó a planificar algunos intentos de renovación. Pero en la década que lleva fuera del gobierno, tres escenarios hicieron que el PRI calculara su vuelta triunfal en estas elecciones regionales, y desde ellas ya se viera irrumpiendo nuevamente en el poder central en 2012. En primer lugar, el recambio generacional de la vieja guardia dirigente terminó colocando en la cabeza del PRI a una mujer, Beatriz Paredes, que parece sintetizar en su persona los capítulos más importantes de la trayectoria política del viejo partido –la activa participación del Estado en la regulación de la vida política- y las imprescindibles tendencias de actualización contemporánea –una mujer comandando la primera fuerza legislativa de una sociedad caracterizada por su acendrado patriarcalismo-. La señora Paredes, con su peinado a lo Frida Kahlo y sus amplias túnicas de colores vivos y motivos indígenas, es una imagen rara y distinta en la política mexicana, tan habituada a machos, charros, pistolas y botas tejanas.
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El segundo elemento que dio alas al PRI fue la constatación que las fuerzas políticas que habían logrado expulsarlo del Zócalo eran, andando el tiempo, gigantes con pies de barro. El PRI sabe cómo se hace política y cómo se la mantiene, no en vano construyó poder desde el poder durante más de setenta años. El derechista Partido Acción Nacional (PAN) que vino a sustituirlo, en cambio, agotó su novedad en el sexenio del presidente Vicente Fox (uno de esos charros de sombreros grandes y botas altas), y llegó sin fuerzas al período de Felipe Calderón. Cuando al actual presidente le quedan aún dos años y medio, su gobierno está vacío de ideas y de nombres, y muchos (como el ex canciller de Fox, Jorge Castañeda) sostienen que tuvo que “inventar” la guerra abierta contra el narcotráfico para llenar de sentido su gestión presidencial.
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Y el tercer elemento que llevó a que el PRI cantara victoria segura en los doce estados que ponían en juego sus gobernaciones fue la constatación que la izquierda, siguiendo una de sus tradiciones más ancestrales, seguía dividida. El ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador no ha podido salir aún de la zozobra en que cayó tras las elecciones de 2006. Su agrupación, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), siempre dijo que había ganado esas elecciones, e inclusive Andrés Manuel “juró” el cargo de presidente en la plaza del Zócalo. Pero la justicia electoral dictaminó que había perdido, por menos de un uno por ciento, a manos del oficialista Felipe Calderón. La izquierda nunca había estado tan cerca del poder en México, y desde entonces busca una nueva alternativa, pero al mismo tiempo se divide en fracciones que pujan por ocupar el lugar de Andrés Manuel.
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Con la derecha agotada y la izquierda dividida, el viejo PRI comandado por Beatriz Paredes vio su oportunidad y a los cuatro vientos aseguró que volvía a por todas. De las 12 gobernaciones en juego aseguró que ganaría en las 12. Pero no ganó. Al contrario: el PRI perdió en tres estados en los que gobernaba desde hacía ochenta años (Sinaloa, Puebla y Oaxaca). Y los perdió de una manera ejemplarmente democrática: los dos partidos minoritarios se presentaron aliados, y juntos quebraron la hegemonía priísta. El camino a las elecciones de 2012, por ello, permanece abierto, y nadie tiene el futuro comprado.
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CONTRA EL MIEDO
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Por otras vías y con otros objetivos, también los grandes capos del narcotráfico querían que su presencia como actores –atípicos pero reales- de la mecánica política mexicana estuviera presente en las elecciones del domingo. La campaña de amedrentamiento a la población civil no ha conocido pausa ni retroceso en las últimas semanas, y se selló con el asesinato del candidato preferido por todas las encuestas preelectorales para convertirse en gobernador del estado de Tamaulipas.
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Rodolfo Torre Cantú era un típico dirigente del PRI del México profundo, su territorio es una larga provincia costera bañada por las azules (y en estos tiempos enpetroladas) aguas del Golfo, y vecino de los estados de Nueva León, Chihuahua y Durango, donde el narco campea a sus anchas. En sus largos años de dominio, siempre el PRI estuvo sospechado de recurrir al asesinato político cuando las papas quemaban; ahora el narco le devuelve la moneda, y quita del camino a un candidato que había manifestado que apoyaría la embestida gubernamental contra la mafia de las drogas desde su gobernación.
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Además de la clara advertencia a todo el arco político, el asesinato de Rodolfo Torre Cantú la semana anterior a la convocatoria a las urnas era un mensaje mafioso al propio electorado: cuidado a quien votas, o –aún mejor- no votes. Sin embargo, el sistema democrático reaccionó al miedo con sus propios anticuerpos. El PRI encontró en el hermano del candidato asesinado un reemplazo de emergencia, y Egidio Torre Cantú se hizo cargo del lugar del fallecido, se colocó un chaleco antibalas, y fue a votar rodeado de guardaespaldas. Ganó la gobernación con cerca del 70 por ciento de los votos.
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SOSTENER EL SISTEMA
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Y la población, en general, no se dejó amedrentar por los sicarios del narco. Sin chalecos antibalas ni tantos guardaespaldas los mexicanos concurrieron en masa, el nivel de participación no sufrió merma. Mientras los electores sostengan la participación en los comicios, el narcotráfico no podrá secuestrar el proceso democrático.
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A Felipe Calderón le quedan dos años en el gobierno. Mediocre y desgastado, pero enteramente dentro de la competencia multipartidista y representativa. En un tiempo de definiciones, México, el gigante latinoamericano que vive en las tierras del Norte, tiene abiertas múltiples alternativas. Pero, a juzgar por los resultados del domingo, los mexicanos parecen haber comprendido que el juego republicano requiere de la diversidad y de la legitimidad que otorgan las formas democráticas: no están dispuestos a dejarle campo libre al narco, ni a que un partido único se quede exclusivamente con las palancas del poder.
La idea y los métodos del partido-Estado, hegemónico y excluyente, son parte de la historia. Ojalá.
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nelson.specchia@gmail.com
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