lunes, 22 de noviembre de 2010
Enterrar a Blair (01 10 10)
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por Nelson Gustavo Specchia
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Esta semana, el congreso del Partido Laborista británico generó una de las novedades internacionales menos previsibles, al pegar un golpe de timón hacia la izquierda, recuperando un discurso y una perspectiva política que habían sido desplazados durante más de una década del escenario ideológico inglés, tras la irrupción de Tony Blair y su pragmático “Nuevo Laborismo”.
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La aparición de Blair –joven, carismático, de sonrisa perpetua- recuperó el poder para los laboristas en 1997, tras los largos y duros años de ajuste estructural en la economía británica implementados por los conservadores “tory” al comando de Margaret Thatcher. Pero precisamente la herencia de ese tiempo de ajustes, alineación a las “reaganomics” norteamericanas, cierre de minas de carbón en el interior de las Islas y privatización de los servicios públicos, con su impacto tan fuerte en las clases medias, hicieron que Tony Blair concibiera una estrategia de llegada al poder mediante un corrimiento del laborismo al centro del espectro ideológico, dejando a un lado las grandes aspiraciones sociales, las reivindicaciones de los sindicatos obreros, y los ideales igualitaristas del viejo partido de la izquierda inglesa.
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PAX ET BONUM
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El “Nuevo Laborismo” consistió en eso, en un viaje al centro mediante la renuncia –a veces insinuada, a veces expresa, o simplemente soslayada- a las maximalistas reivindicaciones económicas y sociales del partido. Como una consigna franciscana (el primer ministro, efectivamente, se terminaría convirtiendo en secreto al catolicismo) el giro en el discurso de Tony Blair tuvo un efecto sedante, fue un “paz y bien” aplicado a una sociedad muy maltratada y a la que se le había exigido un esfuerzo grande durante veinte años.
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Así, tras aquella contundente victoria de 1997 sobre el “tory” John Major, Blair comienza el viraje al centro abriendo dos frentes: la recuperación de la armonía social, con iniciativas concretas para terminar con la violencia nacionalista y separatista –regional, lingüística y religiosa-; y un conjunto de reformas denominadas de “nueva economía”, supuestamente destinadas a paliar los efectos más devastadores de los ajustes neoliberales del thatcherismo, pero que muy rara vez lograron traspasar el plano del mero discurso.
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En el escenario del mejoramiento de las condiciones para la paz social es donde el “Nuevo Laborismo” tuvo sus aciertos más sonados, con la adecuación y la delegación de facultades legislativas y administrativas a los colegios parlamentarios regionales de Gales, en el sur, y de Escocia. En este camino, lo que parecía impensable apenas unos años antes, se hizo realidad en 1998, cuando los católicos del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y los protestantes irlandeses unionistas, celebraron, bajo la batuta de Tony Blair, los Acuerdos de Viernes Santo con que terminó la guerrilla separatista y comenzó una cohabitación entre ambas facciones, que sigue siendo al día de hoy un ejemplo de política internacional a imitar.
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Estos primeros pasos le dieron al “Nuevo Laborismo” una segunda victoria, en 2001, e inclusive una tercera, en 2005, aunque ya para entonces no estaba tan claro cuál era el rumbo de un gobierno supuestamente progresista, que no había llevado adelante las promesas de una “nueva economía” anunciadas originalmente; que no se había acercado a la Unión Europea –aunque el premier se declarara un “europeísta convencido”- más de lo que lo había hecho la euroescéptica (y ahora baronesa) Lady Thatcher; que había impuesto una reforma sanitaria que impactaba fuertemente en los colectivos más vulnerables y que, a nivel global, se acercaba cada día más acríticamente, al gobierno de derechas estadounidense del republicano George Bush (junior).
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NADA NUEVO BAJO EL SOL
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Y entonces llegó la invasión a Irak decidida por Bush (junior) al margen de las Naciones Unidas y contra la opinión pública internacional –especialmente la europea, que generó las manifestaciones populares más multitudinarias de los últimos tiempos- y Tony Blair dio el paso en falso que le costaría el gobierno y el liderazgo del laborismo. Al llamado del presidente norteamericano, se reunió con él en la Cumbre de las Azores, en soledad (salvo la previsible presencia del conservador español José María Aznar) y en contra de toda la trayectoria histórica del Partido Laborista.
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El escándalo de Irak, el ahorcamiento de Saddam Hussein, las supuestas armas atómicas que nunca aparecieron, la condena de la comunidad internacional, el aislamiento británico en el seno de la Unión Europea, los atentados islamistas en el metro de Londres, la “nueva economía” que no aparecía por ningún lado, la inflación incontenible, y el aumento constante del desempleo, avejentaron de golpe a un Blair que parecía haber perdido el carisma y, finalmente, también aquella sonrisa perpetua.
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Con el carácter agriado, entregó el gobierno a su ministro de Economía, Gordon Brown, y renunció a la conducción del laborismo, al que ya nadie –salvo en tono irónico- denominaba “New Labour”.
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RECUPERAR LA MÍSTICA
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El tecnócrata Brown no era el hombre indicado para invitar a los británicos a volver a soñar. La economía era su fuerte, y tampoco pudo con ella. En la primera cita electoral que tuvo que enfrentar, los conservadores “tory”, con David Cameron al frente, le arrebataron la mayoría, y el pasado 10 de mayo Gordon Brown presentaba su renuncia a la reina Isabel II en el Palacio de Buckingham.
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Desde mayo, los laboristas vienen fraguando una crisis de identidad que podría resumirse en la pregunta ¿cuál es el rol de la izquierda británica en el contexto de una crisis económica mundial que ha homogeneizado las respuestas políticas europeas en clave conservadora?
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Esta semana, los delegados al congreso laborista parecen haber llegado a una respuesta a esa pregunta: enterrar a Tony Blair y a la fracasada experiencia de ubicar al Partido Laborista en el difuso centro ideológico, y recuperar el discurso y la mística tradicional del viejo laborismo: socialista, crítico, protector de los trabajadores y de las clases medias, estatalista, redistribuidor de la riqueza y sólidamente apoyado en las bases sindicales.
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Ha sido el voto de los sindicatos, precisamente, el que el fin de semana pasado consagró a Ed Miliband en el liderazgo laborista, en una lucha mano a mano contra su hermano mayor, David, que fuera ministro en los gabinetes de Blair. Las crónicas y los analistas presentan al más chico de los Miliband (Londres, 1969) como un socialista simpático, de carácter afable, componedor y dialoguista; pero al mismo tiempo como un “duro” ideológicamente, dispuesto a terminar con las medias tintas de la década de la experiencia blairista.
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Hijo del filósofo marxista Ralph Miliband, un judío belga que llegó a Gran Bretaña huyendo de la locura nazi, y de la politóloga Marion Kozak, el joven Ed ha crecido rodeado de la flor y nata de la intelectualidad de la izquierda inglesa. Por sus orígenes familiares, por su formación, por su experiencia en la administración, así como por su ascendencia en la clase media y en las formaciones sindicales, el nuevo líder del Partido Laborista parece ser la figura indicada para enterrar aquel pragmatismo del que todos quieren alejarse como de la peste. A partir de ahora, además, habrá que ver si estas condiciones le alcanzan para convencer al racional electorado de las Islas que es tiempo de volver a soñar con la igualdad y la justicia social.
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nelson.specchia@gmail.com
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jueves, 8 de mayo de 2008
El ocaso del laborismo inglés
EL OCASO DEL LABORISMO INGLÉS
Es aún temprano para afirmaciones taxativas, pero las recientes elecciones municipales en Gran Bretaña muestran que el control del gobierno por parte de la izquierda laborista está siendo cuestionado, y que, tras una década alejado del poder, el Partido Conservador ha recuperado una porción suficiente del electorado como para volver a ocupar la sede de Downing Street tras las elecciones de 2010.
El primer ministro británico Gordon Brown fue elegido por lo diputados hace apenas diez meses, el 27 de junio de 2007, como sucesor de Tony Blair en la conducción del Partido Laborista y en la cabeza del ejecutivo. En ese momento, tras el desgaste mediático, la decadencia del liderazgo, y el cansancio que acumulaba Blair después de una década de gobierno, Brown aparecía como un ramalazo de aire fresco, un hombre mesurado, de gran capacidad administrativa, sensato, políticamente muy sólido, y prudente con los números.
Sin embargo, y a pesar de esta recepción esperanzada, el primer ministro ha llevado al laborismo a un desastre electoral en las primeras elecciones a las que hace frente en ejercicio del cargo, cosechando los peores resultados para su partido en los últimos cuarenta años.
En las elecciones del jueves de la semana pasada, el Partido Laborista apenas obtuvo un 24 por ciento de los votos, quedando relegado a un tercer lugar (inclusive por detrás del Partido Liberal-Demócrata, que obtuvo un 25 por ciento), y a unos largos veinte puntos del Partido Conservador, que se alzó con una aplastante victoria al acumular un 44 por ciento del total de sufragios. Con estos porcentajes, la relación de fuerzas en las municipales cambia la inclinación del mapa político británico: los conservadores ganan 256 concejales y 12 ayuntamientos (llegando a sumar 65 en todo el país); mientras los laboristas pierden 331 representantes locales, y dejan el poder en 9 distritos (conservando sólo 18). Y como si esta debacle no fuera de por sí suficientemente expresiva, el simbólico distrito de la capital ha pasado también a manos conservadoras, con el popular Boris Johnson desplazando de la alcaldía de Londres al rebelde laborista Ken Livingstone.
Ninguna encuesta ni estudio politológico previo hacían esperables estos resultados, y todo parece indicar que expresan, más allá de la coyuntural alternancia del bipartidismo británico en los gobiernos locales, un cambio en el humor político de los ingleses, que puede tener su correlato en las próximas elecciones generales, volviendo a colocar a un premier “tory” en el gobierno.
Las causas de este terremoto político hay que buscarlas, creo, básicamente en la personalidad de los dirigentes, en las características que definen el liderazgo, más que en puntuales diferencias de programa o de perspectivas de cambio político.
Tony Blair, tras arrebatarle el gobierno a John Major en 1997 (los “tories” retenían el poder desde el acceso de Margaret Thatcher, en 1979), había anunciado transformaciones de fondo, y el inicio de un nuevo tiempo. Inclusive de una nuevo partido, transformando a la vieja izquierda de posturas trasnochadas e inviables, en el “new labour”: socialdemocracia, mercado, impuestos sin subidas espectaculares, y una dosis optimista de europeísmo. Sin embargo, pocas de estas expectativas y promesas pasaron a convertirse en ítems reales de la vida política inglesa. La “tercera vía” blairista se empantanó en sus intentos de cambiar las reglas de juego económicas, se privatizaron importantes ramas de los servicios de salud y de educación, y el supuesto europeísmo mantuvo a los ingleses como una excepción en el proceso de integración de la Unión Europea (con el “cheque británico” impactando en los presupuestos, y el rechazo del euro). En definitiva, el “new labour” de Tony Blair rara vez logró traspasar el plano del discurso.
En las elecciones municipales de 2004, Blair le infringía al laborismo una derrota similar a la de la semana pasada, pero sacó de la galera una figura de renovación, que le permitió revertir los malos resultados electorales: su compañero de viaje desde el inicio de la gestión laborista, y responsable de la economía británica como canciller del Tesoro, el “Exchequer”: Gordon Brown.
Sin embargo, nada más asumir, Brown dejó de lado su carácter impasible de gestor serio y calmo, y ha mostrado demasiados puntos débiles en poco tiempo. Parece intentar imitar a Blair en sus conductas mediáticas, pero no tiene el carisma del ex premier, y no resulta convincente; da marchas y contramarchas según lo recomienden los resultados de las encuestas; la prensa especializada lo acusa de indeciso, de oportunista, y hasta de cobarde; y lo que era el mayor activo de su imagen –la defensa de los más desprotegidos mediante una política fiscal proporcional y redistributiva- se ha revelado como una estrategia bastante falaz, descubriendo que el verdadero objetivo de las reformas de impuestos era ganarse electoralmente a los sectores de clase media, aún a costa de penalizar a los trabajadores y a los de menores ingresos.
Frente a este panorama en el liderazgo “labour”, los conservadores recuperan la iniciativa, y su joven y dinámico líder, David Cameron, ya se perfila como la figura de recambio para el sillón delantero de la Cámara de los Comunes, y de la casa de las escaleras en el número 10 de la calle Downing.
Un silencioso y muy poco trascendente ocaso para toda una era.