Mostrando entradas con la etiqueta UK. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta UK. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de abril de 2013

Maggie, la malvada (19 04 13)

HOY DÍA CÓRDOBA - columna "Periscopio" - viernes 19 de abril de 2013


Maggie, la malvada


por Nelson G. Specchia

Esta semana, finalmente, enterraron a Margaret Thatcher, y su polémico funeral se constituyó en la última provocación política de una mujer que fue clave en la historia contemporánea de Occidente, tanto para el Norte desarrollado como para el periférico Sur -y para Argentina, con especial y doloroso énfasis-.






Las portadas de los diarios británicos de ayer se disputaron la foto más espectacular. En todos ellos el féretro de madera cubierto por una enorme bandera imperial (la "Union Jack" roja con las tres cruces: la de san Jorge, por Inglaterra; la de san Andrés, por Escocia; la de san Patricio, por Irlanda) ocupó la integridad de las tapas. Los diarios asumen que presentan una edición histórica, que será para muchos un ejemplar de colección. Ese tratamiento de la prensa escrita permite dimensionar hasta qué punto la persona de Margaret Thatcher, casi un cuarto de siglo después de dejar el poder, sigue gravitando en la sociedad política y en la cultura popular.

Su muerte constituye también una oportunidad para revisar la vigencia de los valores que la llevaron a ocupar la primera línea del poder durante toda una década -los '80- y las maneras en que ese conjunto de ideas se proyecta hasta hoy. Thatcher significó una refundación del conservadurismo, el más serio cuestionamiento al proyecto de integración europea, y el inicio del desmembramiento del keynesiano Estado de Bienestar (al que termina de sepultar la actual crisis económica).

Pero, por sobre todas estas características, Thatcher reivindicó el orgullo de ser egoísta: la clave de bóveda del liberalismo. Ser de derecha era un lastre en un contexto internacional que intentaba superar las largas décadas de división bipolar al que lo había llevado la Guerra Fría; en el que había llegado a imponerse una cultura de solidaridad social como la estrategia políticamente correcta; donde el Tercer Mundo bregaba por superar, mediante el acercamiento entre los pobres, la marginación al que lo había desplazado una lógica de grandes potencias; y donde los trabajadores y obreros occidentales habían alcanzado más derechos y resguardos de los que habían tenido jamás en la historia de la humanidad.

Las ideologías conservadoras, siempre envueltas en el papel higiénico del liberalismo, se disimulaban a medias y a medias se ocultaban. No había, en un entorno de fachadas solidarias y discursos públicos asistencialistas, espacio para ventilar programas hobbesianos de que el hombre es un lobo para el hombre y que esa lucha es beneficiosa a largo plazo porque prevalecen los más fuertes. No había espacio, hasta que llegó Thatcher. Ella, su peinado fijo a fuerza de spray, su eterna cartera negra y su mirada de hielo llegaron a la primera línea del poder mundial para devolverle a la derecha el orgullo de ser lo que es: una concepción egoísta e individualista de la vida en sociedad. Con Margaret, a la que le encantaba el apodo de "Dama de Hierro" que le habían puesto los soviéticos, se acabaron los complejos.

¡Devuélvanme mi dinero!

Y esa vuelta de rosca a un liberalismo muy siglo XIX y que muchos habían dado por superado, se expresó a nivel público en la economía y en el giro del rol del Estado respecto del mundo del trabajo. Se ha intentado sintetizar el ideario de la ex mandataria en una media docena de conceptos: absolutismo moral; libertad de mercados; retracción del Estado y privatización de servicios; reducción del gasto público al mínimo; disminución de impuestos; y nacionalismo retórico.

A nivel simbólico, quedarán para la historia los golpes de Maggie sobre la mesa de negociaciones de la Unión Europea, la melena fija de spray y la cartera apretada en la axila izquierda: "I want my money back!" fue la máxima expresión del euroescepticismo, y en la práctica implicó una cuña en el proceso de integración que llega hasta la actualidad.

Y no sólo en Europa. La refundación conservadora de Thatcher, junto al apoyo sin fisuras de la Administración norteamericana de Ronald Reagan, configuraron un núcleo de factores (los denominados "thatcherismo" en Europa y "reaganomics" en Estados Unidos) que intentaron modelar el mundo de fines del siglo XX. Y que, en gran medida, lo lograron.

Para aquella derecha, que vivía parcialmente oculta desde el consenso de la posguerra y llena de complejos en un entorno socialdemócrata, el legado del thatcherismo fue una victoria en todos los frentes: en el ideológico con el Partido Laborista; en el económico con el achicamiento del gasto público y la clausura de los sectores industriales deficitarios; en el político con la revalorización de Gran Bretaña como potencia internacional; e inclusive en el estratégico militar, con la victoria en la guerra de las Islas Malvinas contra la Dictadura argentina.

Ciudades fantasmas

Pero esta visión, dura e idílica al mismo tiempo, es contestada desde el propio interior de la politología inglesa. Las perspectivas británicas más revisionistas evalúan la década de gobierno de la Dama de Hierro y el legado thatcherista como una auténtica "catástrofe nacional", que generó una división del cuerpo social y político en las Islas y condiciona las actuales estrategias de salida de la crisis económica.

Porque el thatcherismo, con su apuesta fortísima por el libre mercado, aniquiló una parte sustantiva de la base industrial y productiva de la Gran Bretaña, para favorecer, en su lugar, el desarrollo de un sector financiero desregulado en la City londinense. Con la lógica de "inactividad económica" (o sea, poco rentables a nivel de mercado libre), se eliminaron millones de puestos de trabajo industriales y extractivos (los mineros de Gales fue el caso paradigmático), y se expulsó a generaciones enteras a la desocupación estructural. Simultáneamente, el achicamiento de las políticas sociales de un Estado en permanente reducción quitaba herramientas para atender a esta nueva realidad. Como consecuencia de ese cruce, poblaciones enteras -desde pequeñas aldeas mineras hasta grandes ciudades siderúrgicas- quedaron en el limbo: no desaparecieron, pero tampoco tuvieron razones -ni dinero- para seguir existiendo.

Y después de su paso por Downing Street, la ausencia de balances y rectificaciones de aquella avalancha conservadora ha transformado el sistema social británico: de ser uno de los países más igualitarios de Europa, hoy encabeza la lista de los más desiguales.

Porque la profundidad de aquella refundación conservadora fue tan grande, que inclusive impregnó a la oposición, como mencionábamos arriba. Cuando el Laborismo logró desplazar al poder "tory", ya tampoco él era el mismo; y su carismático jefe, Tony Blair, mantuvo muchas de las políticas implantadas por Maggie, la malvada.

Inclusive se intenta hoy resignificar la personalidad de la ex primera ministra, como pudo verse en la (mala) película donde la actriz Meryl Streep la encarnó de una manera brillante: se la presenta como una viejita buena, querible, que tuvo que tomar decisiones drásticas obligada por el viento de la historia, pero cuyos propósitos fueron siempre buenos y loables.         

Mirada imperial

Margaret Thatcher, sin embargo, no podrá pasar tan sencillamente a la historia de los grandes estadistas, por mucho que se intente maquillar -desde el cine, desde la televisión o desde las hagiografías escritas a medida- su personalidad y su figura. Han sido demasiadas divisiones, demasiada violencia estructural, y los testimonios calificados en su contra son también demasiados. Hasta su mismo funeral levantó oleadas de críticas en la intelectualidad británica.

Maggie, en definitiva, cimentó toda su carrera en concepciones excluyentes (especialmente de los moderados de su propio partido, y de todos los "otros": de los pobres, de los trabajadores, de los negros, de los mineros, de los vietnamitas...); denunció a Nelson Mandela como terrorista y lanzó la policía militar contra las comunidades de negros en Londres; a pesar de haber sido la primera mujer que llegaba a conducir el Partido Conservador, a la oposición en el Parlamento, y luego a la primera magistratura británica, las feministas la detestan por sus posiciones trogloditas respecto a los avances de género; restableció privilegios de clase; capitaneó una guerra colonialista en el Atlántico Sur, mandó hundir criminalmente al crucero "General Belgrano" fuera de la zona de exclusión, y se alió por esa guerra con la dictadura fascista chilena del general Augusto Pinochet, amistad que conservó hasta sus últimos días. Una mirada dura sobre el hombre y sobre el mundo. Ya lo decía François Mitterrand: "tiene la boca de Marilyn, pero los ojos de Calígula". 

En fin, demasiado sufrimiento infligido a demasiadas personas. Y no hay marketing político póstumo que pueda obviar eso.





Twitter: @nspecchia







martes, 12 de marzo de 2013

Referéndum y legitimidad (120313)


En foco - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 12 de marzo de 2013 

Referéndum y legitimidad

por Pedro Indiana de Quesada






De repente, la recuperación de la iniciativa argentina en los foros multilaterales por los reclamos históricos de soberanía sobre el archipiélago austral, ha devenido en una contestación de la diplomacia inglesa en clave de propaganda democrática. 

Una consulta popular, de dos días de duración, donde los kelpers de las Islas Malvinas deben decir si quieren seguir siendo británicos. 

Se presenta la elección como una opción realista entre alternativas, como si en una alquimia de posibilidades los isleños pudieran optar por dejar de ser lo que son. 

En realidad, el gobierno conservador de David Cameron ha armado un montaje circense, teatral, que le otorgue alguna carta de argumentación a un discurso cada vez más aislado. 

La comunidad internacional, a través de los canales multilaterales que dispone, ha insistido en que Malvinas/Falkland en un caso de colonialismo, y la Asamblea General de la ONU –y su Comité de Descolonización- ha votado con mayorías abrumadoras, una y otra vez, en pos de una resolución diplomática del diferendo y el retorno del suelo malvinente a la integridad territorial argentina. 

Tras el desastre de la aventura bélica lanzada por la dictadura militar argentina, el argumento del “poder duro” fue suficiente para sostener la negativa del Foreign Office a negociar nada; pero los tiempos de las gritos a lo Thatcher han pasado, dando lugar a otras necesidades. Cameron ya no puede limitarse a mostrar los dientes y las cañoneras: debe, necesariamente, mimar con subsidios y prebendas a la minúscula población kelper y exhibir credenciales de legitimidad ante la opinión pública mundial. 

La ocupación colonial, así, deja lugar a la protección de la metrópoli a un segmento de población radicada en un “territorio de ultramar”. 

Y la herramienta de una elección con todas las formalidades democráticas pone de manifiesto la “voluntad social” de un pueblo (1.652 personas con derecho a voto); para Londres, entonces, defenderla frente a los intentos argentinos de “silenciarla” ganaría sentido. 

En el plano interno, miman a esos 3.000 kelpers a los que, en cambio, se niegan a reconocerles derechos plenos de ciudadanía: todos viven en casas propias, hay pleno empleo, un ingreso anual per cápita de 32.200 dólares, la educación y la sanidad son públicas y gratuitas, los jóvenes y estudiantes tienen becas universitarias aseguradas en Gran Bretaña. Cameron ya adelantó que el referéndum es vinculante para su gobierno, y que Argentina se verá obligada a respetar el “principio de autodeterminación” de los isleños. 

Pero nada dice sobre la legitimidad de la consulta. 

Much Ado About Nothing, como diría el maestro Shakespeare. O, como ironiza el polémico @pibetrosko, los kelpers padecen el “síndrome del porteño”: viven en territorio americano, pero “flashean” que son europeos.




@nspecchia





lunes, 31 de diciembre de 2012

La rubia Albión se corta sola (28 12 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – Periscopio – viernes 28 de diciembre de 2012


PERISCOPIO

La rubia Albión se corta sola

por Nelson Gustavo Specchia






La crisis económica que se ha instalado ya estructuralmente en el primer mundo tiene formas diversas de manifestarse en los dos principales socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (la tan defaultiada OTAN de nuestros días), los Estados Unidos de América y la Unión Europea. Los socios estratégicos de lo que hasta hace relativamente poco tiempo se denominaba “primer mundo” tienen, al interior de sus territorios, urgencias diferentes productos del mismo conjunto de causas, lo que los lleva también a imaginar estrategias diversas para enfrentarlo. El presidente norteamericano, por caso, ha decidido interrumpir sus vacaciones en Hawai para volver a Washington e intentar, in extremis, frenar la caída en el “abismo fiscal”, con la economía estadounidense estancada entre la crisis mundial y la puja parlamentaria entre demócratas y republicanos en el Capitolio.

En la “vieja Europa” (Donald Rumsfeld dixit), por su parte, la hegemonía de los partidos conservadores que gobierna la mayoría de los Estados miembros se ha alineado, contra viento y marea, al “diktat” de la Canciller alemana Ángela Merkel, con su insistencia de ajuste, achicamiento de subsidios y ahorro a rajatabla. Ni los políticos que generaron un hálito de esperanza en la confrontación con Merkel –como el nuevo presidente socialista francés, François Hollande- ni los líderes de gobiernos que declararon que probarían vías alternativas –como el recientemente renunciado jefe del “gobierno técnico” italiano, el profesor Mario Monti- pudieron salirse del librero escrito en Berlín. Antes bien, como es cierta la posibilidad de que los sectores bancarios, o el conjunto entero de alguna economía nacional, deban acudir, más temprano o más tarde, al “rescate” del Banco Central Europeo (BCE, también bajo el “diktat” merkeliano), los países menores se esfuerzan por ser los mejores alumnos. Por ejemplo, en esa aplicación aduladora con la estrategia de Ángela Merkel, la Comunidad de Madrid acaba de privatizar, de un solo golpe, toda la sanidad pública.

CAMERON, EL SOLITARIO

En este panorama de uniformidad estratégica, el premier británico David Cameron aparece como la mosca en la leche; más que un disidente, un “outsider” que ante la posibilidad de quedar encadenado a la debacle continental, o ante el mayor riesgo de apostar por una profundización del proceso de integración (la salida que piden los intelectuales y los pocos voceros de la centroizquierda que aún se animan a opinar en los medios), Cameron ha encontrado una alternativa muy a la británica: sacar los pies del plato.

El antieuropeísmo inglés no es nada nuevo. En realidad, viene desde los orígenes de la propia asociación política, en la segunda posguerra: ya es una anécdota recurrida los dardos que se cruzaban, durante los primeros tiempos, Churchill y De Gaulle. El premier Winston Churchill, que después de haber abogado por el nacimiento de unos “Estrados Unidos de Europa”, encontró en el paraguas de la asociación prioritaria con los Estados Unidos de verdad, los de América del Norte, la protección militar que imaginaba para las Islas Británicas, y se olvidó del resto de Europa. Su colega al otro lado del Canal de la Mancha, el general Charles De Gaulle, decía que había que armar una Europa unida y sólida dejando a los ingleses afuera. Y tenían que permanecer afuera, sostenía el caudillo francés, porque si se los dejaba entrar a la organización continental serían “el caballo de Troya” de los norteamericanos. Así, desde los años fundacionales.

El desarrollo posterior tampoco ayudó a que el entendimiento entre “el continente” y “las islas” se mejorara cualitativamente, en especial en los años de la Dama de Hierro, cuando Margaret Thatcher hacía pender su voto para la aprobación de los presupuestos europeos a condición de que Londres siguiera recibiendo el “cheque británico”. Las posturas de David Cameron en las últimas Cumbres Europeas, negándose a aprobar los presupuestos de la Unión hasta no tener seguridades de que la City londinense no sería tocada en absoluto, ni con un pequeño impuesto a las transacciones financieras internacionales, siguen de cerca las enunciaciones thatcheristas.

EL DULCE EXTERIOR   

Ahora, en una vuelta de tuerca, la crisis de la moneda común –el euro- y la estrategia merkeliana le ofrecen al conservadurismo británico una justificación ideal para volver a plantear la idea de sacar al Reino Unido de la asociación de 27 Estados de la Unión Europea. Cameron, aspirando los dulces perfumes del exterior, encamina a su gobierno a la realización de un referéndum, para que el pueblo británico decida con su voto la permanencia o la salida de la organización. 

En el fondo, el debate también sigue respondiendo a antinomias antiguas. Los ingleses siempre coincidieron en que la Unión Europea debería limitarse a ser un gran mercado común, con las fronteras exteriores coincidiendo con los bordes de los países periféricos. En cambio, en Francia (y, en algunos períodos, también en Alemania, en Italia y en los países nórdicos) creció con el siglo un sentimiento y una ideología federalista, que llegó a su punto culmine con el proyecto de establecimiento de una Constitución Europea (descartado tras las votaciones de rechazo en los plebiscitos holandés y francés, precisamente).   

Ahora, David Cameron dice desde el banco verde de la Cámara de los Comunes que “todas las opciones sobre el futuro de Gran Bretaña son imaginables, y no tenemos miedo de alzarnos y decir que no estamos contentos con ciertos aspectos de la relación” con Europa. Con esas declaraciones, el premier se sube a la discusión pública de la posibilidad de una salida de la Unión Europea (que los diarios ingleses denominan “brixit”, una combinación de “Britain” y “exit”, salida), al tiempo que intenta arrebatarle la bandera de la separación de la organizacion continental a la derecha nacionalista inglesa, que viene bregando por tomar ese camino desde hace años.

El coqueteo con la salida, que los conservadores “tories” han usado en el pasado para lograr mejorar las condiciones locales en la negociación con el resto de los socios europeos, parece tener ahora otro cariz: ya no es una posibilidad teórica, sino una alternativa concreta. Y cercana. Ya ni siquiera la discusión pasa por si hay que seguir adelante con la idea del referéndum o no, sino simplemente de cuándo habría que convocarlo. Cameron juega también allí una carta populista, la gente quiere votar, y votar en contra de Europa.

La idea del referéndum va calando, inclusive entre el sector de los europeístas británicos (también aquí, especialmente focalizado en los escritores, los intelectuales y los pensadores de la centroizquierda laborista). Un politólogo e historiador tan influyente como Timothy Garton Ash ha escrito que la consulta debería realizarse entre 2015 y 2020, durante el mandato del próximo Parlamento británico, y –contra la opinión generalizada- dice que la consulta la ganarán los ingleses que creen que su país debe permanecer dentro de la organización que ha garantizado, por más de medio siglo, la paz y la seguridad en el Viejo Continente. Cuando el votante, dice Garton Ash, reflexione si quiere que su país sea como Noruega –y sin petróleo- o Suiza, decidirán que la salida no es la mejor opción para Gran Bretaña.

Parecería ser, a tenor de lo que se discute en los medios de prensa y en los institutos de investigación en ciencia política, una reflexión demasiado optimista: las mediciones de las últimas semanas muestran que cerca del 70 por ciento de los británicos quiere que se realice el referéndum, y un 50 por ciento de ellos votaría por que Reino Unido abandone la Unión Europea.





Twitter:  @nspecchia



 

martes, 16 de octubre de 2012

Otro fantasma recorre Europa (16 10 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 16 de octubre 2012 

Otro fantasma recorre Europa 
por Pedro I. de Quesada








Cuando Marx y Engels encabezaban aquel célebre papel, el “fantasma” al que se referían era un espectro esperanzador.

El comunismo recorría una Europa ascendente, y el Manifiesto (impreso en Londres en 1848, y con edición definitiva en Alemania en 1890) llamaba a la unión para responder a ese movimiento tectónico de todas las estructuras.

Este otro fantasma, por el contrario, es un espectro pálido y enflaquecido que apenas trasmite desesperanza, y alienta la desvinculación, la separación, el resurgimiento de los nacionalismos identitarios y todas las variantes del egoísmo social aplicado a las acciones políticas.

El Parlamento noruego, en un rapto de mala conciencia, acaba de entregarle el premio Nobel de la Paz a la Unión Europea, quizá con la intención de recordarles a los dirigentes que se esconden debajo del fantasma que recorre Europa, que la responsabilidad de este tiempo de desunión es de ellos. O, también, con el deseo de despertar en los jóvenes –que no tuvieron la experiencia directa de la guerra que desangró a las generaciones de sus abuelos- un renovado sentimiento de construcción común.

Vaya a saber si esas fueron las intenciones de los parlamentarios noruegos, lo que sí es cierto es que los datos que arroja el escenario europeo siguen yendo en la dirección contraria.

Esta semana el periódico londinense The Guardian cronica el aumento dramático del número de familias que no tienen más recurso que alojarse en los albergues “bed and breakfast”, después de haberse quedado ya sin nada; los “homeless” se han incrementado en un 44 por ciento con respecto al año pasado (para las familias con niños, el incremento llega al 60 por ciento) en Londres.

La clase política británica, sin embargo, está volcada a administrar las rupturas: hacia afuera, con el resto de Europa, y hacia adentro, con Escocia. Escocia –más aún que el independentismo catalán, o el vasco, o inclusive el neerlandés que acaba de ganar elecciones regionales- es el ariete más fuerte de la disgregación territorial.

En dos años, un referéndum simple y claro, con una única pregunta vinculante, decidirá la escisión de Escocia de Gran Bretaña.

David Cameron, en todo caso, ya había comenzado el éxodo político desde el Continente en diciembre pasado, cuando pateó la mesa del proyecto de la unión fiscal, y ahora, al negarse a aprobar los presupuestos de la Unión Europea hasta 2020: el premier inglés desdoblará los presupuestos, habrá uno para los miembros del euro y otro para el resto (los ingleses, claro, entre estos últimos).

Europa se habrá partido por arriba, y las fuerzas independentistas la horadarán por debajo.

Ningún premio Nobel detendrá ese proceso, aunque todos sean cada vez más egoístas, y más pobres.





Twitter:   @nspecchia

lunes, 22 de noviembre de 2010

Enterrar a Blair (01 10 10)

Enterrar a Blair
.
por Nelson Gustavo Specchia
.
.
.
.
.
.
.
Esta semana, el congreso del Partido Laborista británico generó una de las novedades internacionales menos previsibles, al pegar un golpe de timón hacia la izquierda, recuperando un discurso y una perspectiva política que habían sido desplazados durante más de una década del escenario ideológico inglés, tras la irrupción de Tony Blair y su pragmático “Nuevo Laborismo”.
.
La aparición de Blair –joven, carismático, de sonrisa perpetua- recuperó el poder para los laboristas en 1997, tras los largos y duros años de ajuste estructural en la economía británica implementados por los conservadores “tory” al comando de Margaret Thatcher. Pero precisamente la herencia de ese tiempo de ajustes, alineación a las “reaganomics” norteamericanas, cierre de minas de carbón en el interior de las Islas y privatización de los servicios públicos, con su impacto tan fuerte en las clases medias, hicieron que Tony Blair concibiera una estrategia de llegada al poder mediante un corrimiento del laborismo al centro del espectro ideológico, dejando a un lado las grandes aspiraciones sociales, las reivindicaciones de los sindicatos obreros, y los ideales igualitaristas del viejo partido de la izquierda inglesa.
.
PAX ET BONUM
.
El “Nuevo Laborismo” consistió en eso, en un viaje al centro mediante la renuncia –a veces insinuada, a veces expresa, o simplemente soslayada- a las maximalistas reivindicaciones económicas y sociales del partido. Como una consigna franciscana (el primer ministro, efectivamente, se terminaría convirtiendo en secreto al catolicismo) el giro en el discurso de Tony Blair tuvo un efecto sedante, fue un “paz y bien” aplicado a una sociedad muy maltratada y a la que se le había exigido un esfuerzo grande durante veinte años.
.
Así, tras aquella contundente victoria de 1997 sobre el “tory” John Major, Blair comienza el viraje al centro abriendo dos frentes: la recuperación de la armonía social, con iniciativas concretas para terminar con la violencia nacionalista y separatista –regional, lingüística y religiosa-; y un conjunto de reformas denominadas de “nueva economía”, supuestamente destinadas a paliar los efectos más devastadores de los ajustes neoliberales del thatcherismo, pero que muy rara vez lograron traspasar el plano del mero discurso.
.
En el escenario del mejoramiento de las condiciones para la paz social es donde el “Nuevo Laborismo” tuvo sus aciertos más sonados, con la adecuación y la delegación de facultades legislativas y administrativas a los colegios parlamentarios regionales de Gales, en el sur, y de Escocia. En este camino, lo que parecía impensable apenas unos años antes, se hizo realidad en 1998, cuando los católicos del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y los protestantes irlandeses unionistas, celebraron, bajo la batuta de Tony Blair, los Acuerdos de Viernes Santo con que terminó la guerrilla separatista y comenzó una cohabitación entre ambas facciones, que sigue siendo al día de hoy un ejemplo de política internacional a imitar.
.
Estos primeros pasos le dieron al “Nuevo Laborismo” una segunda victoria, en 2001, e inclusive una tercera, en 2005, aunque ya para entonces no estaba tan claro cuál era el rumbo de un gobierno supuestamente progresista, que no había llevado adelante las promesas de una “nueva economía” anunciadas originalmente; que no se había acercado a la Unión Europea –aunque el premier se declarara un “europeísta convencido”- más de lo que lo había hecho la euroescéptica (y ahora baronesa) Lady Thatcher; que había impuesto una reforma sanitaria que impactaba fuertemente en los colectivos más vulnerables y que, a nivel global, se acercaba cada día más acríticamente, al gobierno de derechas estadounidense del republicano George Bush (junior).
.
NADA NUEVO BAJO EL SOL
.
Y entonces llegó la invasión a Irak decidida por Bush (junior) al margen de las Naciones Unidas y contra la opinión pública internacional –especialmente la europea, que generó las manifestaciones populares más multitudinarias de los últimos tiempos- y Tony Blair dio el paso en falso que le costaría el gobierno y el liderazgo del laborismo. Al llamado del presidente norteamericano, se reunió con él en la Cumbre de las Azores, en soledad (salvo la previsible presencia del conservador español José María Aznar) y en contra de toda la trayectoria histórica del Partido Laborista.
.
El escándalo de Irak, el ahorcamiento de Saddam Hussein, las supuestas armas atómicas que nunca aparecieron, la condena de la comunidad internacional, el aislamiento británico en el seno de la Unión Europea, los atentados islamistas en el metro de Londres, la “nueva economía” que no aparecía por ningún lado, la inflación incontenible, y el aumento constante del desempleo, avejentaron de golpe a un Blair que parecía haber perdido el carisma y, finalmente, también aquella sonrisa perpetua.
.
Con el carácter agriado, entregó el gobierno a su ministro de Economía, Gordon Brown, y renunció a la conducción del laborismo, al que ya nadie –salvo en tono irónico- denominaba “New Labour”.
.
RECUPERAR LA MÍSTICA
.
El tecnócrata Brown no era el hombre indicado para invitar a los británicos a volver a soñar. La economía era su fuerte, y tampoco pudo con ella. En la primera cita electoral que tuvo que enfrentar, los conservadores “tory”, con David Cameron al frente, le arrebataron la mayoría, y el pasado 10 de mayo Gordon Brown presentaba su renuncia a la reina Isabel II en el Palacio de Buckingham.
.
Desde mayo, los laboristas vienen fraguando una crisis de identidad que podría resumirse en la pregunta ¿cuál es el rol de la izquierda británica en el contexto de una crisis económica mundial que ha homogeneizado las respuestas políticas europeas en clave conservadora?
.
Esta semana, los delegados al congreso laborista parecen haber llegado a una respuesta a esa pregunta: enterrar a Tony Blair y a la fracasada experiencia de ubicar al Partido Laborista en el difuso centro ideológico, y recuperar el discurso y la mística tradicional del viejo laborismo: socialista, crítico, protector de los trabajadores y de las clases medias, estatalista, redistribuidor de la riqueza y sólidamente apoyado en las bases sindicales.
.
Ha sido el voto de los sindicatos, precisamente, el que el fin de semana pasado consagró a Ed Miliband en el liderazgo laborista, en una lucha mano a mano contra su hermano mayor, David, que fuera ministro en los gabinetes de Blair. Las crónicas y los analistas presentan al más chico de los Miliband (Londres, 1969) como un socialista simpático, de carácter afable, componedor y dialoguista; pero al mismo tiempo como un “duro” ideológicamente, dispuesto a terminar con las medias tintas de la década de la experiencia blairista.
.
Hijo del filósofo marxista Ralph Miliband, un judío belga que llegó a Gran Bretaña huyendo de la locura nazi, y de la politóloga Marion Kozak, el joven Ed ha crecido rodeado de la flor y nata de la intelectualidad de la izquierda inglesa. Por sus orígenes familiares, por su formación, por su experiencia en la administración, así como por su ascendencia en la clase media y en las formaciones sindicales, el nuevo líder del Partido Laborista parece ser la figura indicada para enterrar aquel pragmatismo del que todos quieren alejarse como de la peste. A partir de ahora, además, habrá que ver si estas condiciones le alcanzan para convencer al racional electorado de las Islas que es tiempo de volver a soñar con la igualdad y la justicia social.
.
.
.
.
nelson.specchia@gmail.com
.
.

jueves, 8 de mayo de 2008

El ocaso del laborismo inglés


EL OCASO DEL LABORISMO INGLÉS


Por Nelson Gustavo Specchia


Es aún temprano para afirmaciones taxativas, pero las recientes elecciones municipales en Gran Bretaña muestran que el control del gobierno por parte de la izquierda laborista está siendo cuestionado, y que, tras una década alejado del poder, el Partido Conservador ha recuperado una porción suficiente del electorado como para volver a ocupar la sede de Downing Street tras las elecciones de 2010.

El primer ministro británico Gordon Brown fue elegido por lo diputados hace apenas diez meses, el 27 de junio de 2007, como sucesor de Tony Blair en la conducción del Partido Laborista y en la cabeza del ejecutivo. En ese momento, tras el desgaste mediático, la decadencia del liderazgo, y el cansancio que acumulaba Blair después de una década de gobierno, Brown aparecía como un ramalazo de aire fresco, un hombre mesurado, de gran capacidad administrativa, sensato, políticamente muy sólido, y prudente con los números.

Sin embargo, y a pesar de esta recepción esperanzada, el primer ministro ha llevado al laborismo a un desastre electoral en las primeras elecciones a las que hace frente en ejercicio del cargo, cosechando los peores resultados para su partido en los últimos cuarenta años.

En las elecciones del jueves de la semana pasada, el Partido Laborista apenas obtuvo un 24 por ciento de los votos, quedando relegado a un tercer lugar (inclusive por detrás del Partido Liberal-Demócrata, que obtuvo un 25 por ciento), y a unos largos veinte puntos del Partido Conservador, que se alzó con una aplastante victoria al acumular un 44 por ciento del total de sufragios. Con estos porcentajes, la relación de fuerzas en las municipales cambia la inclinación del mapa político británico: los conservadores ganan 256 concejales y 12 ayuntamientos (llegando a sumar 65 en todo el país); mientras los laboristas pierden 331 representantes locales, y dejan el poder en 9 distritos (conservando sólo 18). Y como si esta debacle no fuera de por sí suficientemente expresiva, el simbólico distrito de la capital ha pasado también a manos conservadoras, con el popular Boris Johnson desplazando de la alcaldía de Londres al rebelde laborista Ken Livingstone.

Ninguna encuesta ni estudio politológico previo hacían esperables estos resultados, y todo parece indicar que expresan, más allá de la coyuntural alternancia del bipartidismo británico en los gobiernos locales, un cambio en el humor político de los ingleses, que puede tener su correlato en las próximas elecciones generales, volviendo a colocar a un premier “tory” en el gobierno.

Las causas de este terremoto político hay que buscarlas, creo, básicamente en la personalidad de los dirigentes, en las características que definen el liderazgo, más que en puntuales diferencias de programa o de perspectivas de cambio político.

Tony Blair, tras arrebatarle el gobierno a John Major en 1997 (los “tories” retenían el poder desde el acceso de Margaret Thatcher, en 1979), había anunciado transformaciones de fondo, y el inicio de un nuevo tiempo. Inclusive de una nuevo partido, transformando a la vieja izquierda de posturas trasnochadas e inviables, en el “new labour”: socialdemocracia, mercado, impuestos sin subidas espectaculares, y una dosis optimista de europeísmo. Sin embargo, pocas de estas expectativas y promesas pasaron a convertirse en ítems reales de la vida política inglesa. La “tercera vía” blairista se empantanó en sus intentos de cambiar las reglas de juego económicas, se privatizaron importantes ramas de los servicios de salud y de educación, y el supuesto europeísmo mantuvo a los ingleses como una excepción en el proceso de integración de la Unión Europea (con el “cheque británico” impactando en los presupuestos, y el rechazo del euro). En definitiva, el “new labour” de Tony Blair rara vez logró traspasar el plano del discurso.

En las elecciones municipales de 2004, Blair le infringía al laborismo una derrota similar a la de la semana pasada, pero sacó de la galera una figura de renovación, que le permitió revertir los malos resultados electorales: su compañero de viaje desde el inicio de la gestión laborista, y responsable de la economía británica como canciller del Tesoro, el “Exchequer”: Gordon Brown.

Sin embargo, nada más asumir, Brown dejó de lado su carácter impasible de gestor serio y calmo, y ha mostrado demasiados puntos débiles en poco tiempo. Parece intentar imitar a Blair en sus conductas mediáticas, pero no tiene el carisma del ex premier, y no resulta convincente; da marchas y contramarchas según lo recomienden los resultados de las encuestas; la prensa especializada lo acusa de indeciso, de oportunista, y hasta de cobarde; y lo que era el mayor activo de su imagen –la defensa de los más desprotegidos mediante una política fiscal proporcional y redistributiva- se ha revelado como una estrategia bastante falaz, descubriendo que el verdadero objetivo de las reformas de impuestos era ganarse electoralmente a los sectores de clase media, aún a costa de penalizar a los trabajadores y a los de menores ingresos.

Frente a este panorama en el liderazgo “labour”, los conservadores recuperan la iniciativa, y su joven y dinámico líder, David Cameron, ya se perfila como la figura de recambio para el sillón delantero de la Cámara de los Comunes, y de la casa de las escaleras en el número 10 de la calle Downing.

Un silencioso y muy poco trascendente ocaso para toda una era.