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martes, 15 de junio de 2010

Los diversos Mayos (21 05 10)

LOS DIVERSOS MAYOS
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por Nelson Gustavo Specchia

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Conmemoramos Mayo. El nombre de este mes ya tiene para nosotros un conjunto de significados intrínsecamente vinculados a él. Patria, revolución, independencia, emancipación, libertad. Una asociación de valores republicanos, inculcados en cada ciudadano desde la primera escolarización, que ha sido la herramienta de construcción de esa entidad psicosocial que denominamos argentinidad. Pero todos estos símbolos lingüísticos y sus significados han integrado esta construcción histórica desde un lugar determinado, desde opciones y valores ideológicamente definidos, y en contextos históricos concretos. Sobre éstos, estamos a veces tan centrados en la conmemoración y en la fiesta del bicentenario, que se pierde un tanto el sentido de perspectiva, de relación.

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Hemos aislado nuestro Mayo, haciendo énfasis en la dimensión “nacional”, porque era un requisito del armado de la organización política que surgía en 1810; pero doscientos años atrás este Mayo nuestro era indisociable e indistinguible de un movimiento mayor, regional, continental incluso. “Un detalle de la revolución de América”, como lo definió Alberdi. Cada Estado latinoamericano, luego de las revueltas y de las décadas de inestabilidad organizativa, generó su particular apropiación del momento de nacimiento de la patria. Los argentinos hicimos otro tanto. Pero no sería un ejercicio intelectual sin importancia colocar nuevamente nuestro Mayo en relación, en perspectiva regional, con el resto de los actores que participaron en ese encadenado de circunstancias que terminaron en la división política de la América hispana. Colocando la mirada “nacional” en el entorno común, es posible que se adquieran otros elementos de juicio para analizar y comprender este presente que vivimos los latinoamericanos. En este sentido, este Mayo es una oportunidad “histórica”.
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Lecturas diversas
Los eventos que denominamos “revoluciones de independencia” en la primera década del siglo XIX, constituyen hechos históricos concretos. Pero esos hechos calendarios no han sido unívocamente leídos por las élites y los intelectuales que han tenido a su cargo la redacción del relato histórico que luego, mediante la escolarización, se establecería como discurso hegemónico. Al contrario, las puebladas emancipadoras aparecen, para un lector no necesariamente imbuido de nuestras contradicciones y debates locales, como dos corrientes de sucesos diferentes. Y es posible que esa dicotomía interpretativa esté en la base de los desencuentros profundos de la política latinoamericana.
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Las independencias y el surgimiento de los Estados en América hispana se han leído, por un lado, como una reacción conservadora, monárquica, castiza, anti francesa (o sea: anti extranjera), españolista y Fernandiana, y por ende católica y nacionalista. Y, por otro lado y al mismo tiempo, se han leído como las únicas y auténticas revoluciones progresistas de estos doscientos años de corta historia, roussonianas (o sea: afrancesadas), libertarias y jacobinas, librepensadoras y republicanas, y por ende laicas y democráticas.
Estas dos lecturas han estado, dialécticamente, en el origen de muchos de los rumbos erráticos, de los divorcios entre clases dirigentes y grandes colectivos sociales en América latina. Dos lecturas yuxtapuestas que han hecho parte de la inestabilidad política y de algunos de los capítulos negros de violencia y muerte que los países de la región hemos tenido que cruzar.
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Cuentas del desencuentro
Desde una perspectiva local, algunas cifras pueden contribuir a rendir cuentas de ese desencuentro de lecturas de los hechos revolucionarios con que nacían nuestras patrias. A partir de Mayo, los argentinos demoramos 6 años en declararnos independientes, y 37 años más en sancionar una Constitución que saldara, por lo menos formalmente, la lucha entre unitarios (librepensadores y laicos) y federales (nacionalistas y católicos). Otros 7 años en integrar a Buenos Aires (progresista y cosmopolita), la gran ausente de la Confederación (castiza y parroquial).
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Después de guerras civiles interminables y de fracasadas constituciones tan unitarias como los presidentes que de ellas surgieron, ganaron –supuestamente- los federales. Había dicho Moreno: “no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas… o nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos, sin destruir la tiranía.” Pero luego Rosas proponía la otra lectura: Mayo no se hizo, decía el Restaurador, “para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad. No se hizo para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más.”
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Tras la Constitución, 52 años, otro medio siglo, para terminar en 1912 con el fraude electoral. Más de un siglo desde Mayo hasta el primer presidente elegido por el voto libre de los argentinos, Hipólito Yrigoyen. En 1922 don Hipólito le colocó la banda presidencial a Marcelo T. de Alvear, y esa imagen, la de un presidente constitucional saliente que haya concluido su mandato, poniéndole la banda a otro presidente que vaya a concluir el suyo, no se ha vuelto a repetir nunca más en la Argentina.
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El golpe que tumbó a Yrigoyen (republicano y libertario), dado por los militares (conservadores y nacionalistas) en 1930, inició la bochornosa sucesión de interrupciones del orden legal y constitucional que, en espiral ascendente de violencia y horror, llegaron hasta 1983, dejando el hueco de 30.000 compatriotas desaparecidos.
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La Argentina tuvo 22 presidencias en 53 años. Ni los militares pudieron asegurarse la continuidad, también entre ellos había roussonianos liberales enfrentados a católicos conservadores, y hubo golpes dentro de los golpes. Una inestabilidad que adquiere sus verdaderas dimensiones si la observamos en perspectiva comparada: demoramos más de un siglo para que los gobiernos fueran elegidos por el pueblo. Si sumamos que el sufragio verdaderamente universal llegó recién en 1947, con la inclusión de las mujeres; que entre 1930 y 1983 vivimos 32 años bajo gobiernos militares, sin garantías constitucionales; que los gobiernos de Frondizi e Illia surgieron mientras estaba vigente la proscripción del peronismo, advertiremos que han sido más las sombras que las luces desde que Mayo nos abrió a la vida independiente. Las cuentas de los demás países latinoamericanos no difieren, en gran medida, de nuestra aritmética política.
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El bicentenario como oportunidad
Con la desafortunada excepción de Honduras, la región celebra el bicentenario en democracia. Una democracia limitada, con restricciones económicas y sociales, con crisis políticas y deficiencias institucionales, pero una democracia que –en nuestro país- ha logrado mantenerse por 27 años consecutivos, una auténtica novedad histórica.
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En este panorama regional, el tiempo de los bicentenarios puede ser una auténtica oportunidad para replantear, con honestidad, un debate sobre las causas profundas de estos desencuentros. Entre nosotros ha prevalecido mayoritariamente sobre Mayo una lectura dual, un “solo a dos voces”, con escasos momentos corales. Pero no podemos pasarnos los próximos doscientos años entrampados en las lecturas confrontativas de los últimos doscientos años.
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El análisis de ese distanciamiento arroja un balance deficitario para América latina en cuanto a calidad del sistema político, del avance en grados superadores de representatividad, de estrategias inclusivas, de tolerancia, de respeto por las diferencias y por la radical “otredad” de cualquier minoría, de garantías y cuidados jurisdiccionales, de estabilidad institucional y, en definitiva, de paz social.
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Este Mayo de 2010 nos encuentra en unas coordenadas especiales. La celebración, junto al primer cuarto de siglo de inédita continuidad democrática, y junto a la reafirmación de un modelo de progreso real en las estructuras sociales, es un escenario propicio para llamar a la reflexión sincera, desenmascarada, que supere las lecturas antitéticas entre las que nos hemos movido la mayor parte de esta –corta y extensa- historia bicentenaria.
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nelson.specchia@gmail.com
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lunes, 28 de septiembre de 2009

Las palabras de los presidentes (Suplemento "Temas")

Domingo 27 de setiembre de 2009

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Las palabras de los presidentes

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Los cordobeses Emilio Graglia y Nelson Specchia se propusieron analizar los discursos más representativos de los presidentes argentinos, desde 1983 hasta 2008. No pudieron hacerlo porque descubrieron que no existía ninguna publicación oficial que se pudiera tomar como base documental. Así, decidieron saldar la deuda y el resultado es un libro que no tiene antecedentes.
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Por Rogelio Demarchi
Especial
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Nelson G. Specchia - Camino al Bicentenario
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Argentina se aproxima al Bicentenario. La fecha es propicia para realizar distintos tipos de balances políticos, por ejemplo porque además tan emblemático aniversario tendrá lugar en el marco del periodo democrático más extenso de nuestra historia.
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En ese contexto, y habida cuenta de que nuestro régimen de gobierno es marcadamente presidencialista, dos investigadores y docentes cordobeses, Emilio Graglia y Nelson Gustavo Specchia, se propusieron poner bajo la lupa los discursos presidenciales.
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El resultado es Camino al bicentenario. Los programas presidenciales en 25 años de democracia argentina (Editorial de la Universidad Católica de Córdoba), donde han reunido los discursos de asunción de los siete presidentes que hemos tenido desde 1983 y los que pronunciaron en cada apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, desde 1984 hasta 2008.
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Según los autores, el camino elegido es uno de los “muchos modos de indagar el presente” entre los que podían optar. Para Graglia, la decisión final implicó privilegiar “las intenciones y las palabras de nuestros presidentes democráticos”. Para Specchia, eso se tradujo en la búsqueda de la palabra presidencial “en uno de los momentos más simbólicos que tiene la liturgia republicana: el momento en que el primer mandatario recibe el bastón de mando, frente a los representantes del pueblo reunidos en asamblea, y comunica qué va a hacer para gobernar el Estado”.
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Sin antecedentes
Ahora bien, es curioso que casi la totalidad del libro consista en un “aporte documental concreto”. Dicho de otra manera, no se analiza la palabra presidencial sino que sólo se la presenta, como si no estuviese al alcance del lector interesado por otra vía, supongamos, Internet, la Biblioteca o el Boletín del Congreso de la Nación.
Según Graglia, “en un primer momento habíamos pensado en una investigación sobre los discursos presidenciales, pero fue una sorpresa la dificultad para dar con ellos, lo que dice mucho del valor que le terminamos asignando a la palabra política en estos tiempos. Encontrábamos trozos sueltos, aislados, frases reproducidas por medios de prensa. Tuvimos entonces que reorientar la investigación, y en primer lugar ubicar los discursos, indagar en los diarios de sesiones, recopilarlos, asegurarnos de que estuvieran completos, comprobar su autenticidad. Después de sortear múltiples obstáculos burocráticos, nos hicimos con todo este cuerpo documental: los siete mensajes de asunción más los 25 de apertura de las sesiones ordinarias. Resulta inadmisible, para un sistema que se enfrenta a retos de calidad y de profundización democrática, no disponer de estos documentos, que son básicos para cualquier investigación sobre la política argentina. Por eso nos decidimos a presentarlos aquí, por primera vez y al alcance de todos”.
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“¿Qué tipo de actividades implicó esta recolección y qué tiempo demandó?
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Specchia: Iniciamos el trabajo en 2008. Una parte sustantiva del trabajo de relevamiento y ordenación documental estuvo coordinada por nuestra colaboradora, Silvia Nadalin, y armamos equipos de alumnos de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, donde enseñamos. Con estos equipos de trabajo recopilamos los documentos, analizamos y discutimos los contenidos, y fuimos armando líneas con los respectivos contextos, tanto nacionales como internacionales, que es el tiempo histórico con el que cada programa presidencial viene a dialogar.
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Imagino que a lo largo de esa búsqueda deben haberse generado varias situaciones anecdóticas dignas de recordar.
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Graglia: Hay una anécdota protagonizada por una empleada del Congreso Nacional, planta permanente. En uno de los encuentros, al pedirle las “versiones oficiales”, nos dijo: “¿Para qué quieren publicar los discursos de los presidentes? Si la gente no los leyó antes, menos ahora”. Una síntesis de una sociedad que desvaloriza la palabra, la palabra empeñada, el compromiso.
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¿Cómo se realizó el trabajo de edición de esos discursos? Hay textos introductorios, notas al pie para contextualizar alusiones…
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Graglia: Luego de estudiar y discutir cada discurso, decidimos agregar notas al pie para aclarar cuestiones específicas, como una guía para los lectores (referencias históricas o geográficas sobre doctrinas, tratados o hechos, indispensables para entenderlos). También elaboramos una introducción a cada mensaje de asunción; tratamos de ofrecer nuestro análisis sobre los contenidos y los contextos de cada discurso, destacando lo que decía cada presidente al asumir sus funciones, cómo analizaba la situación y qué proponía al respecto. Pero, también, lo que sucedía en el país y en el mundo en esos días.
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Alarmantes recurrencias
El libro aprovecha las posibilidades que brinda la tecnología informática: en el papel, se pueden leer los discursos de asunción; y en un disco compacto, un CD para leer en la computadora, los discursos de apertura de las sesiones ordinarias. Acaso se pueda pensar de algún modo en la unión de estos materiales como una manera de diferenciar los documentos.
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¿Hay continuidad o discontinuidad entre unos y otros discursos? ¿Los de asunción constituyen un relato más estructural y los anuales son más de coyuntura? En cualquier caso, ¿no deberían los discursos que inauguran las sesiones parlamentarias dar cuenta de qué parte del proyecto anunciado en la asunción se ha cumplido o se instrumentará en los meses subsiguientes?
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Specchia señala la distancia entre la teoría y la práctica: “En teoría, al asumir las funciones, se supone que los presidentes han de proponer su plan de gobierno, que debería, a su vez, estar en relación con la plataforma programática que expuso en la campaña, que es el plan que votó la mayoría que lo convirtió en gobernante. Luego, anualmente, el presidente debe dirigirse a los diputados y senadores “que tienen la obligación de controlarlo” para rendir cuentas de la gestión en marcha, según aquel plan, y anticipar las acciones para el año político que se inicia en ese momento”.
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Pero la realidad es otra. Según Specchia, el libro demuestra que “en la práctica, a veces los discursos de asunción sólo son usados para criticar a los antecesores en el cargo y los discursos anuales, para hacer anuncios y justificar decisiones o acciones que no necesariamente están en relación con el estado de la Nación”.
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De hecho, una de las particularidades que los autores subrayan en los discursos de asunción representa una constante peligrosa: la alusión a que se recibe una Nación en crisis “terminal”, “quebrada”, “al borde del abismo”, y que por lo tanto se trata de sacar al país de la postración y forjar una alternativa, un futuro promisorio, etcétera, lo que no se habría cumplido jamás porque el siguiente presidente habla de una nueva crisis. Las dos únicas excepciones de este círculo vicioso son lógicas porque entran en el campo de la reelección real (el segundo mandato de Menem) o figurada (el traspaso de Néstor a Cristina Kirchner).
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Puede haber datos objetivos que permitan hablar de una “pesada herencia”, pero a la hora de narrar esa crisis, ¿hasta qué punto no se dramatiza la cuestión para darle un marco épico a la presidencia que se inicia?
Para Graglia, “la lectura de los discursos demuestra que cada presidente se ha visto a sí mismo como un fundador. Cada uno ha criticado sin piedad a sus antecesores y ha prometido inaugurar una era de prosperidad. Muchas críticas se entienden en el momento que se vivía. Pensemos en las crisis de 1989 y de 2001-2002. Publicar los discursos, juntos y contextualizados, supone empeñarnos en la tarea de que se lean, se analicen y se obtengan conclusiones para no repetir errores y para tomar lo bueno de cada uno”.
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A Specchia, por último, le resulta “alarmante la incapacidad de rescatar elementos positivos de otras presidencias. Esta incapacidad de reconocer que hay temas de Estado que traspasan el período de una gestión es muy grave, política e institucionalmente. El país no puede refundarse cada cuatro o seis años, y la palabra del primer mandatario debería, en algún momento, comenzar a trazar líneas de continuidad. Eso sería un signo de madurez democrática”.
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nelson.specchia@gmail.com
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