EL FACTOR OBAMA
Por Nelson Gustavo Specchia
En México, me decía hace poco el colega Erick Lobo, del ITESO (la universidad que los jesuitas tienen en Guadalajara), que Barack Obama tendría muy pocas chances de llegar a las primeras líneas de la competencia electoral estadounidense, y no solamente por ser negro, sino también porque su nombre tiene negativas connotaciones para el imaginario colectivo norteamericano de nuestros días: “Barack” suena demasiado parecido a “Irak”, el gran lastre de la política internacional de la administración Bush. “Obama”, por otra parte, se escucha casi igual que “Osama”: ese nombre que se ha convertido en el primer enemigo de los Estados Unidos, desde que consiguiera atacar su suelo por sorpresa, y burlar durante años los rastreos de sus servicios de inteligencia.
Sin embargo, y a pesar del estigma político que hoy pueden implicar sus nombres (por lo demás, tan africanos), a pesar de su juventud (46 años), y a pesar de ser un negro que aspira a la Presidencia de un país definido sociológica y culturalmente como “WASP” (white, anglo-saxon, and protestant), Barack Obama ha dado la gran sorpresa en la campana de largada de la carrera por la nominación de la candidatura presidencial del Partido Demócrata. Una candidatura, además, que tendrá que competir en una campaña electoral que se presenta como la más apretada de la historia política reciente en los Estados Unidos. Dada la repercusión directa de la política interna de la potencia hegemónica en el escenario mundial, el “factor Obama” ya se ha convertido en un tema de análisis de la agenda internacional.
La sorpresa de este arranque del largo año electoral hasta los comicios del próximo noviembre ha calado hondo. Uno de los sectores más afectados ha sido el de las consultoras de campaña y de análisis preelectoral. Hasta Iowa el discurso de Obama era calificado de “bucólico”, la mayoría de las consultoras afirmaban que su énfasis en el relevo generacional y en el programa de cambio no tendría auditorio fértil en las primarias. Frente al magnicidio de Benazir Bhutto, que obligó a ajustar las estrategias políticas en todas las latitudes, un estudio del influyente The Wall Street Journal hacía constar que un 40% de los norteamericanos preferiría ver a una mujer como comandante en jefe de su ejército, mientras que sólo un 29% aceptaría a un afroamericano en esa responsabilidad que conlleva la Presidencia.
Ganar en las primarias de Iowa no es garantía de nada. Es un estado relativamente pequeño en cuanto a cantidad de electores, y el proceso norteamericano de definición de candidaturas es arduo y complejo. Pero Iowa, a pesar de su tónica rural y conservadora, es una referencia: suele imprimir un importante peso simbólico al resto del proceso, con cierto contagio de tendencias y, como en este caso, de lanzamiento de posiciones inesperadas. Una victoria en esta primera campana de largada pone al candidato en perspectiva nacional: desde el 3 de enero Barack Obama es el personaje de moda, está en todas las portadas, y ocupa un lugar central en todo el aparato mediático norteamericano.
La victoria de Hillary Clinton en el segundo peldaño electoral, en New Hampshire, era más previsible. El estado del noreste tiene una tradición más liberal, y el discurso de la ex primera dama, centrado en su experiencia y capacidad, está más ajustado a este escenario. Un discurso que puede ser muy efectivo también en los grandes estados de New York y Florida, aunque no tanto en California.
Sin embargo, si se mantienen las tendencias que estos primeros pasos van marcando, en la puja por la candidatura presidencial los valedores de la señora Clinton serán las mujeres de más de 40 años, y los ancianos (podría decirse: los colectivos más “conservadores” entre los demócratas), y Obama captará principalmente a los jóvenes (de ambos sexos, entre los 20 y los 45 años), y a los diversos agregados de independientes (no enrolados formalmente en ninguno de los dos grandes partidos del sistema norteamericano). Para la definición, entonces, de la puja entre ambos postulantes, será decisiva la cantidad de electores de estos colectivos que se acerquen voluntariamente a las mesas de las primarias.
Barack Obama ha logrado motivar al reacio sector juvenil, y duplicó el número de electores que concurrieron a los “caucuses” de Iowa. A ellos se dirigió esa noche: “ustedes han permitido que ocurra lo que los cínicos decían que jamás ocurriría en este país”, dijo, y entró en la historia como el primer negro en ganar unas primarias en los Estados Unidos.
Queda por ver si ese empuje le aguanta la larga cuesta del año electoral que aquí comienza. De ser así, el “factor Obama” bien puede alterar algunos supuestos estructurales en la relación de los Estados Unidos con el orden internacional.