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sábado, 12 de enero de 2013

Los hombres del Presidente (12 01 13)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 12 de enero, 2013  



Los hombres del Presidente


por Nelson Gustavo Specchia

Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)
Twitter:  @nspecchia




En la película “12 hombres sin piedad” (12 Angry Men, 1957) de Sidney Lumet, el personaje de Henry Fonda va sumiendo en la duda a los otros once miembros de un jurado que tiene que resolver sobre un homicidio. Todos, al principio, estaban seguros de la culpabilidad. Pero los argumentos de Fonda –el jurado Nº 8- van sembrando el desconcierto hasta que las dudas llegan al mismo espectador.

Barack Obama iniciará el 21 de enero su segundo mandato al frente de la potencia hegemónica mundial y la elección del gabinete perfila la estrategia de los próximos cuatro años: intentará que las dudas no generen el menor desconcierto. Un equipo de tipos duros y seguros, para gerenciar la consolidación del rumbo y la salida de la crisis.

Pilotos de tormentas
El cuarto piloto es Jack Lew, que se hará cargo del Tesoro. El puesto, central en la arquitectura burocrática, tiene ahora un peso añadido: el primer día del año Estados Unidos estuvo a punto de caer en el “abismo fiscal”, que evitó por un pacto momentáneo con la bancada republicana (negociación en la cual, por cierto, fue central la participación de Lew).

Pero el déficit público seguirá siendo la principal espada de la oposición sobre el Ejecutivo; Obama no quiere correr más riesgos y ha designado a Jack Lew, su jefe de Gabinete hasta ahora, para que reemplace a Timothy Geithner en la cartera económica.

Geithner, amigo personal del Presidente, era el último sobreviviente del equipo demócrata original, pero el terremoto que siguió al colapso de Lehman Brothers y las agotadoras negociaciones por el gasto público en medio de un ajuste estructural terminaron por desgastarlo.

Junto con Geithner, la otra figura que sale del círculo más estrecho del poder es Hillary Rodham Clinton, también ella afectada por una agenda externa ambiciosa que los altibajos de la crisis empujaron a postergar, cuando no a abandonar.

Guantánamo sigue abierta y sin solución a la vista; la mano tendida al mundo árabe –aquella del célebre discurso de El Cairo- terminó diluyéndose en el derrocamiento de Khadafy y en la guerra civil siria. Las ocupaciones de Irak y Afganistán no terminan de resolverse; y el contencioso palestino se agrava con cada decisión, con el agregado de que el gobierno israelí ha terminado por darle la espalda a Obama sin mayores disimulos. 

A esta agenda de grandes temas pendientes, en el cuatrienio que ahora comienza la política exterior norteamericana tendrá que agregar los capítulos emergentes de la relación con China; las formas de estructurar el diálogo con Vladimir Putin, en este resurgir nacionalista de Rusia; y la atención creciente que demandarán los miembros menores del BRICS: India, Sudáfrica y Brasil.

Para eso, y por varios gestos que tuvo hacia ella en el último año, al Presidente quizás le hubiera gustado sentar a su embajadora en Naciones Unidas, Susan Rice, en el sillón que Hillary Clinton deja vacío en la Secretaría de Estado. Pero la lógica de un gabinete de hombres sin piedad ha terminado por imponerse, y allí irá John Kerry. Junto con John Brennan en la CIA y Chuck Hagen en Defensa, serán los otros tres pilotos de tormenta, el núcleo duro de los duros. 

Águilas y palomas

En el corazón del nuevo gabinete de Barack Obama, el debate entre el ala izquierda y el sector centrista de los demócratas ha terminado inclinándose hacia las posturas más conservadoras, conducidas por varones blancos, ex soldados, y ricos. Achicar los espacios de discusión e indefinición frente a las vías de salida de la crisis internacional, remarco, es el objetivo principal.

Chuck Hagel quizás sea quien mejor ilustra ese rumbo. Antes que nada, es republicano y veterano de guerra. Y nombrar en el estratégico sillón de Defensa a un miembro de la oposición no constituye sólo un guiño hacia el Capitolio. Hagel es un símbolo en sí mismo. Cuando la guerra de Vietnam –que sigue gravitando en el centro de la memoria colectiva estadounidense- Chuck y su hermano Tom se enrolaron como voluntarios, estuvieron juntos casi un año en el frente, fueron heridos, se salvaron mutuamente la vida, regresaron condecorados.

Hagel llegó al Senado por Nebraska. Allí conoció a Obama, senador por Illinois, con quien compartió su visión de la estrategia de defensa que debería llevar adelante la Casa Blanca. Obama tomó nota. Hagel también tiene una cátedra en Georgetown, la universidad de los jesuitas en Washington. En las clases, Chuck Hagel dice que hay que reducir el Pentágono; que el internacionalismo de Estados Unidos no tiene que estar atado necesariamente a los conflictos bélicos (esto es, que la guerra no debería ser sino el último recurso, por lo que habría que abandonar la doctrina de las “guerras preventivas"); que Irak fue un error garrafal; que las Naciones Unidas deben servir para algo más que para un mero decorado diplomático; y que el lobby judío de Washington no debe determinar la estrategia relativa a Irán y al Medio Oriente. Ahora el Presidente le da la oportunidad de poner en práctica sus clases teóricas.      

Por su personalidad, su biografía y su pertenencia a la oposición, si hay alguien que puede reencauzar el rumbo de la política exterior norteamericana en la línea que Barack Obama viene declarando, ese es Chuck Hagel. Habrá que ver si, por esas mismas razones, sus correligionarios republicanos aprueban su pliego en el Senado. 










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lunes, 31 de diciembre de 2012

Obama y el abismo (29 12 12)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 29 de diciembre, 2012
  

Obama y el abismo
por Nelson Gustavo Specchia

Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba), Twitter: @nspecchia








El presidente Barack Obama no ha disfrutado de esos primeros cien días que Nicolás Maquiavelo  consideraba el período dulce del Príncipe, en el que tiene las manos libres para introducir los cambios que va a necesitar luego. Ha tenido que interrumpir sus vacaciones de Navidad en Hawai para volver apresuradamente a Washington e intentar salvar, in extremis, la negociación parlamentaria que evite la caída de la primera economía mundial en recesión.

El poder del Logos

La politología norteamericana tiene la virtud de encontrar designaciones precisas para fenómenos complejos. Como este “fiscal cliff” (“abismo fiscal”) que designa de una manera compacta el brete en que se han metido.

El “abismo fiscal” que Obama intentará sortear en las próximas 48 horas es el resultado de un conjunto de decisiones que confluyen en el año nuevo. El 1 de enero comenzarán los recortes al gasto público aprobados por el Congreso, y en esa misma fecha expiran los recortes de impuestos establecidos por Bush (hijo) en 2001.

La confluencia de ambas medidas en el primer día de 2013 conduciría a una entrada automática en recesión, con la consecuente caída de la economía norteamericana y, por extensión, de un arrastre de los principales indicadores económicos mundiales detrás de ella.

Tipos duros

En el fondo de la cuestión hay dos elementos que pueden explicar este brete: la rigidez de las dos grandes filosofías políticas estadounidenses, y los límites sistémicos de la capacidad negociadora del Presidente.

El evangelio de los Demócratas es la defensa (y la expansión) del gasto social, mientras que para los Republicanos la disminución (y en la hipótesis de máxima, la misma extinción) de los impuestos es la palabra sagrada. Entre esta dicotomía de blanco y negro, el espacio de los grises –que sería la capacidad negociadora de la figura presidencial- es mínima, aunque ello constituya una paradoja en el principal sistema presidencialista del mundo.

Las últimas elecciones le dieron a Obama cuatro años más en la Casa Blanca, un lapso que debería posibilitar la concreción de su programa. Pero también sentaron en el Capitolio a dos bancadas muy simétricas entre oficialismo y oposición, por lo que no es esperable la constitución de mayorías automáticas, sino que cada medida de aquel programa deberá ser consensuada al detalle. Y los negociadores son tipos duros, que no sólo se juegan la posibilidad del poder en próximas administraciones, sino su propia continuidad en el escaño.

Sólo para millonarios

A la cancha la rayan el propio Obama y uno de los más duros entre los Republicanos, John Boehner, el jefe de la oposición y presidente de la Cámara de Representantes.

Barack Obama sostiene que el “abismo fiscal” se sorteará si los más ricos comienzan a pagar impuestos medianamente progresivos, y propuso colocar la valla desde un ingreso de 250 mil dólares al año. Cuando Boehner le hizo saber que ni siquiera considerarían esa “ridiculez”, el Presidente subió la apuesta del mínimo no imponible a la franja de 400 mil. Pero tampoco.

Con el precipicio a sólo unas horas, los Republicanos han abierto una pequeña rendija en su ortodoxia anti-impuestos, y admitirían la posibilidad de aumentar la presión fiscal sobre los más ricos, pero con porcentajes leves y sólo a partir del millón de dólares.

Para la Casa Blanca es casi una humorada cruel, porque condiciona el programa para los próximos cuatro años, al debilitar los ingresos sobre los que se asienta la estrategia de ampliación del gasto social.

Otras grietas

Pero, a pesar de la alarma mediática, el “abismo fiscal” comparte la urgencia con una agenda exterior no menos preocupante.

Oriente Medio vuelve a ser la piedra externa en el zapato del Presidente. El reconocimiento internacional de Palestina como Estado en la última Asamblea General de la ONU ha incentivado, como no lo hacía en años, al lobby conservador judío del AIPAC (American-Israeli Public Affairs Committee).

Las elecciones en Israel, de enero de 2013, volverán a poner a Irán –que también celebra elecciones en junio- en el centro de la agenda externa, junto al nunca abandonado proyecto israelí de ataque preventivo contra las instalaciones nucleares persas.

Y otro abismo insoslayable es el que se abre con la guerra civil en Siria. La OTAN instaló misiles en la frontera turca, pero en Washington ya se asume que Damasco no será Trípoli ni los Al Assad tan simples de reemplazar como Khaddafi.

El conflicto sirio experimenta una creciente participación de nuevos actores regionales, y cada vez se parece más a un ensayo de guerra entre los musulmanes sunnitas liderados por Arabia Saudita y los núcleos chiítas iraníes y del Hezbollah libanés. Un ensayo de guerra donde tienen roles cada vez más críticos las petromonarquías del Golfo Pérsico; la experiencia laica de islamismo moderado de Turquía; y la deriva confesional de los Hermanos Musulmanes desde el gobierno de Egipto.

Una puja por el dominio regional que obligará a Barack Obama a involucrarse personalmente y a su Administración, y para lo cual requerirá la anuencia de la oposición republicana.

Frente a ello, y por aquellos límites que el propio sistema político le impone, es probable que Obama acepte el amargo ofrecimiento de los Republicanos. La alternativa, en todo caso, es peor. Las grietas de los abismos pueden tragarse más cosas que la sola política fiscal.





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jueves, 28 de febrero de 2008

Hillary, Obama, y el resto del mundo


HILLARY, OBAMA, Y EL RESTO DEL MUNDO


Por Nelson Gustavo Specchia


Las elecciones internas en el Partido Demócrata estadounidense se acercan a momentos de definición, luego de una campaña de tensión creciente y llena de sorpresas: se inició con una candidata que daba por segura su nominación presidencial, y ha llegado hasta un virtual empate técnico en la cantidad de delegados a la convención partidaria que tanto Hillary Clinton como Barack Obama han logrado sumar a sus respectivas candidaturas.

Así, un evento político interno, las elecciones primarias en unos de los dos componentes del bipartidismo norteamericano, se ha convertido en los últimos meses en un tema de agenda internacional, en un marco de análisis de los centros de investigación, y en la página obligada de la sección internacional de todos los medios de la prensa escrita.

El próximo martes 4 de marzo serán las elecciones internas demócratas en uno de los estados más grandes de la Unión: Texas. Y la definición aquí (y en Ohio, para la misma fecha) puede marcar el fin de la campaña, y la consagración de uno de los dos candidatos.

Tanto en Texas como en Ohio Hillary Clinton está por encima en la medición de las encuestas preelectorales; un cálculo especialmente determinado por el alto porcentaje de votantes hispanos en el estado sureño (cerca de un cuarto del total). El “voto hispano” es un colectivo social donde la señora Clinton tiene un buen semillero de adherentes: en California, el 65% del voto hispano fue el que le otorgó un cómodo triunfo.

Pero en ambos estados el “factor Obama” se le acerca a pasos rápidos, y recorta la distancia en los sondeos. Los casi treinta puntos de ventaja que las encuestas mostraban a fines del año pasado, se han reducido a menos de diez. Como ya pasó en oportunidades anteriores de esta campaña, si el candidato afroamericano logra movilizar a los sectores más jóvenes –un colectivo generalmente reacio a la participación- en Texas puede haber una nueva sorpresa, quizá la definitiva.

Los golpes de sorpresa han sido, precisamente, los que han ido marcando esta campaña, desde el inicio en los “caucuses” de New Hampshire. Aquella elección en un estado rural y de importancia menor en el recuento final, suele imprimir un fuerte carácter simbólico al tono general de la campaña. Y el buen papel desempeñado por Barack Obama fue la primera sorpresa de la lista. Para fines de febrero, la acumulación de sorpresas lo han convertido en una figura mundial: sus diez victorias consecutivas en diferentes circunscripciones han generado un cambio paulatino en la consideración de la opinión pública –tanto la norteamericana como la de otros países-, que ha pasado de remarcar su inexperiencia o supuesta superficialidad discursiva, a hacer centro en el entusiasmo fervoroso que logra aglutinar en torno suyo; una vuelta al viejo sueño del “destino manifiesto” de la América del Norte, a la renovación generacional de las formas y los modos políticos, y a la recuperación de la esperanza, “la esperanza que movió a las mejores generaciones de norteamericanos a proclamar la independencia, a acabar con la esclavitud, o a derrotar el fascismo”, como repite en cada mitín.

Estos sorpresivos golpes de timón –y de masas- han convertido a Obama en el claro favorito de las primarias, especialmente después de su triunfo en Wisconsin (58%, frente al 41% de Hillary), y los aplastantes cincuenta puntos de diferencia (76% frente al 24% de la señora Clinton) en Hawai. Con estos porcentajes, Obama ha logrado juntar unos 1.319 delegados a la convención que proclamará el candidato a Presidente, superando a los delegados obtenidos por Hillary Clinton (1.245). Para ser nominado, un candidato requiere de la mitad de delegados a la convención partidaria, sobre un total de 4.049. Aún así, y a pesar de esta seguidilla de victorias parciales, Hillary Clinton todavía parece conservar los resortes del aparato del Partido Demócrata. De allí la importancia crucial, prácticamente definitoria, de las elecciones en Texas.

En este cuerpo a cuerpo mediático, desde el arranque de la campaña Hillary y Obama han debido medirse en unos veinte debates televisivos en vivo. Debates que totalizan más de cuarenta horas de discusión en el aire, repasando en detalle los contenidos programáticos que cada uno defiende, intentando desmarcarse del rival, poniendo el énfasis en lo original de cada propuesta, y criticando –velada o abiertamente- las posturas legislativas que el otro ha asumido en su reciente derrotero político.

En este vasto y pormenorizado análisis frente a las cámaras –y a millones de posibles votantes- los temas que hacen referencia a la política internacional en general, y a la política exterior de los Estados Unidos en particular, han tenido una importancia muy marginal en el conjunto. Y dentro de esas consideraciones apenas al margen, las que se han centrado en la región latinoamericana han estado claramente subordinadas frente a las referencias a Irak, Irán, Israel, Afganistán, Rusia, y la relación con los socios atlánticos de la Unión Europea.

Y si estos lugares de preeminencia y marginalidad en un orden jerárquico de atención no sorprenden demasiado, sí lo hace la práctica ausencia de diferencias en las posturas internacionales entre ambos. Todo indica que, independientemente de quién termine quedándose con el premio de la nominación presidencial, la concepción de la relación de la potencia hegemónica con el resto del mundo tendrá muy pocas variaciones, apenas algunas de estilo y de discurso, para el candidato que surja de las primarias demócratas.




jueves, 10 de enero de 2008

El factor Obama

EL FACTOR OBAMA


Por Nelson Gustavo Specchia


En México, me decía hace poco el colega Erick Lobo, del ITESO (la universidad que los jesuitas tienen en Guadalajara), que Barack Obama tendría muy pocas chances de llegar a las primeras líneas de la competencia electoral estadounidense, y no solamente por ser negro, sino también porque su nombre tiene negativas connotaciones para el imaginario colectivo norteamericano de nuestros días: “Barack” suena demasiado parecido a “Irak”, el gran lastre de la política internacional de la administración Bush. “Obama”, por otra parte, se escucha casi igual que “Osama”: ese nombre que se ha convertido en el primer enemigo de los Estados Unidos, desde que consiguiera atacar su suelo por sorpresa, y burlar durante años los rastreos de sus servicios de inteligencia.

Sin embargo, y a pesar del estigma político que hoy pueden implicar sus nombres (por lo demás, tan africanos), a pesar de su juventud (46 años), y a pesar de ser un negro que aspira a la Presidencia de un país definido sociológica y culturalmente como “WASP” (white, anglo-saxon, and protestant), Barack Obama ha dado la gran sorpresa en la campana de largada de la carrera por la nominación de la candidatura presidencial del Partido Demócrata. Una candidatura, además, que tendrá que competir en una campaña electoral que se presenta como la más apretada de la historia política reciente en los Estados Unidos. Dada la repercusión directa de la política interna de la potencia hegemónica en el escenario mundial, el “factor Obama” ya se ha convertido en un tema de análisis de la agenda internacional.

La sorpresa de este arranque del largo año electoral hasta los comicios del próximo noviembre ha calado hondo. Uno de los sectores más afectados ha sido el de las consultoras de campaña y de análisis preelectoral. Hasta Iowa el discurso de Obama era calificado de “bucólico”, la mayoría de las consultoras afirmaban que su énfasis en el relevo generacional y en el programa de cambio no tendría auditorio fértil en las primarias. Frente al magnicidio de Benazir Bhutto, que obligó a ajustar las estrategias políticas en todas las latitudes, un estudio del influyente The Wall Street Journal hacía constar que un 40% de los norteamericanos preferiría ver a una mujer como comandante en jefe de su ejército, mientras que sólo un 29% aceptaría a un afroamericano en esa responsabilidad que conlleva la Presidencia.

Ganar en las primarias de Iowa no es garantía de nada. Es un estado relativamente pequeño en cuanto a cantidad de electores, y el proceso norteamericano de definición de candidaturas es arduo y complejo. Pero Iowa, a pesar de su tónica rural y conservadora, es una referencia: suele imprimir un importante peso simbólico al resto del proceso, con cierto contagio de tendencias y, como en este caso, de lanzamiento de posiciones inesperadas. Una victoria en esta primera campana de largada pone al candidato en perspectiva nacional: desde el 3 de enero Barack Obama es el personaje de moda, está en todas las portadas, y ocupa un lugar central en todo el aparato mediático norteamericano.

La victoria de Hillary Clinton en el segundo peldaño electoral, en New Hampshire, era más previsible. El estado del noreste tiene una tradición más liberal, y el discurso de la ex primera dama, centrado en su experiencia y capacidad, está más ajustado a este escenario. Un discurso que puede ser muy efectivo también en los grandes estados de New York y Florida, aunque no tanto en California.

Sin embargo, si se mantienen las tendencias que estos primeros pasos van marcando, en la puja por la candidatura presidencial los valedores de la señora Clinton serán las mujeres de más de 40 años, y los ancianos (podría decirse: los colectivos más “conservadores” entre los demócratas), y Obama captará principalmente a los jóvenes (de ambos sexos, entre los 20 y los 45 años), y a los diversos agregados de independientes (no enrolados formalmente en ninguno de los dos grandes partidos del sistema norteamericano). Para la definición, entonces, de la puja entre ambos postulantes, será decisiva la cantidad de electores de estos colectivos que se acerquen voluntariamente a las mesas de las primarias.

Barack Obama ha logrado motivar al reacio sector juvenil, y duplicó el número de electores que concurrieron a los “caucuses” de Iowa. A ellos se dirigió esa noche: “ustedes han permitido que ocurra lo que los cínicos decían que jamás ocurriría en este país”, dijo, y entró en la historia como el primer negro en ganar unas primarias en los Estados Unidos.

Queda por ver si ese empuje le aguanta la larga cuesta del año electoral que aquí comienza. De ser así, el “factor Obama” bien puede alterar algunos supuestos estructurales en la relación de los Estados Unidos con el orden internacional.