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martes, 18 de junio de 2013

Atrapado entre juegos de espías (10 06 13)

Carta de Miami - página 2 - Hoy Día Córdoba – lunes 10 de junio de 2013 


Atrapado entre juegos de espías

por Anita Rey







Barack Obama se ha visto empujado a defender una política que no se condice con sus programas ni con la moral que viene intentando imprimir a su segunda presidencia para recuperar el prestigio de los políticos: ha tenido que reconocer que el gobierno espía a millones de ciudadanos y a los mails de compañías como Microsoft, Facebook, Google o Apple. 

Y ha sido tan duro el golpe, que el líder estadounidense no tuvo alternativas que apelar a un recurso propio de la gestión de George W. Bush: la lucha contra el terrorismo. Debemos espiarlos, viene a decir el Presidente, porque los peligros globales de los nuevos enemigos nos obligan, y porque “no se puede tener el 100% de seguridad conservando el 100% de privacidad”. 

Una afirmación que no asombraría en el liberalismo ortodoxo del Tea Party, pero que supone un auténtico problema ideológico y comunicacional para el  oficialismo demócrata. 

Por esas sorpresas que depara la política internacional, la revelación del masivo espionaje a sus ciudadanos –después del escándalo del gobierno espiando a la agencia de noticias AP y a la cadena Fox- se destapó en coincidencia con la visita a los Estados Unidos del nuevo presidente chino, Xi Jinping. 

Washington nunca ha ahorrado críticas al régimen chino, por sus cercenamientos de libertades privadas y de información, especialmente en el acceso a Internet. 

Ahora, Obama tuvo que enfrentar con su rostro más diplomático al líder chino, con el que tenía que negociar precisamente el hecho de que China respete las patentes y la propiedad intelectual, y deje de fabricar masivamente productos obtenidos por vía de espionaje industrial de los países occidentales, mientras en América los titulares de todos los periódicos se ocupaban del espionaje doméstico. 

Unas horas después de que Obama despidiera a Xi y se fuera a jugar al golf para distenderse del acoso mediático, el diario inglés The Guardian reveló la identidad de la fuente que filtró, tanto al medio londinense como a The Washington Post, los programas de vigilancia masiva de las comunicaciones por parte de la Administración Obama: Edward Snowden, un joven informático de 29 años, ex asistente técnico de la CIA y actual asesor de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA). O sea, una “garganta profunda” (como en el escándalo de Watergate), pero que trabaja activamente en los círculos más delicados del sistema de inteligencia norteamericano. 

Snowden dice que facilitó la información porque no le parecían correctas las prácticas de la Administración y quería que los ciudadanos supieran cómo se atentaba contra su privacidad. 

Como con el soldado Manning y su filtración a WikiLeaks, seguramente pedirán un juicio contra Snowden. 

Pero las respuestas que Obama debe a la ciudadanía no se saldarán por vía judicial.






Twitter:   @nspecchia


jueves, 4 de abril de 2013

Kerry se foguea en Afganistán (29 03 13)


Primavera Árabe - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – jueves 29 de marzo de 2013 

Kerry se foguea en Afganistán

por Jean-Baptiste Noël






El presidente estadounidense Barack Obama aseguró en su última campaña electoral que la diplomacia hacia Oriente crecería en actividad, al tiempo que la vuelta de efectivos militares a sus regimientos en América concretaba finalmente el esperado retiro de los frentes afgano e iraquí. 

El nuevo responsable de la política exterior de Obama, John Kerry, realizó su primera gira internacional apenas asumió, pero en ese viaje se privilegiaron a los aliados –tanto en Europa como en Cercano Oriente- y quedaron afuera los conflictivos escenarios bélicos del Oriente Medio. 

Sin embargo, esta semana Kerry dio muestras que aquellos principios declamados por el Presidente en los tramos finales de la campaña siguen activando las prioridades del Departamento de Estado: en una visita sorpresa, que no había sido anunciada previamente por razones de seguridad, el nuevo secretario de Estado llegó a Kabul en visita oficial. 

Se entrevistó con el presidente Hamid Karzai (un líder tribal islámico que llegó al poder con el apoyo determinante de los soldados norteamericanos, pero que a la postre se ha convertido en un crítico nacionalista de los resabios de la ocupación), apenas unas horas después de haber dado un gesto concreto de buena voluntad: el lunes, los militares estadounidenses transfirieron la cárcel de Bagram –el mayor símbolo de ocupación occidental- y a todos sus prisioneros al gobierno afgano. Kerry intentará, con esta visita, reducir las tensiones entre ambos gobiernos, que se han tensado peligrosamente en los últimos meses, al punto que Karzai ha acusado a Washington de conspirar con los talibanes –las fuerzas fundamentalistas islámicas que habilitaron la invasión del país- para asesinar civiles y prolongar, de esta manera, la necesidad de la presencia de soldados estadounidenses más allá de 2014. 

La OTAN –bajo cuya bandera multilateral se cobijan las fuerzas occidentales en Afganistán- descartó la versión presidencial con pocas palabras y ninguna importancia, pero la Casa Blanca decidió finalmente que el malhumor afgano habilitaba una visita al máximo nivel, ya que la retórica anti-norteamericana puede terminar impactando negativamente en la retirada. 

John Kerry, que conoce bien al líder afgano y le ha servido de intermediario ante Obama cuando era senador, necesita bajar la beligerancia con los talibanes, ya que queda claro que sin ellos sentados en la mesa de negociaciones, la guerra en Afganistán no terminará de ningún modo, y el fracaso de la estrategia norteamericana será palmario. 

Karzai, por su parte, no ve con buenos ojos esos intentos de convertir a los antiguos enemigos en adversarios con los que deberá negociar, porque cualquier concesión al talibán implicará un recorte a su ya menguado poder en Kabul. 

Y mientras Kerry y Karzai intentan reencauzar unas relaciones difíciles, el integrismo de los talibanes se recupera a pasos agigantados y vuelven a ganar terreno, tras una guerra de doce años que los desplazó del gobierno.  




@nspecchia




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lunes, 21 de enero de 2013

Obama, segunda parte (21 01 13)

Obama, segunda parte

por Anita Rey


El síndrome del "pato cojo" define en los Estados Unidos de América a los actos de los presidentes en los tiempos finales de su segundo mandato, cuando la imposibilidad de otra reelección los acercan al final de la carrera política.

Los primeros períodos, por su parte, tienen el freno de la expectativa reeleccionaria; entre ellos el inicio del segundo mandato puede ser el momento más prolífico y más audaz de los mandatarios.

Barack Hussein Obama, a dos meses de su reelección, juró ayer en privado -y hoy lo repetirá frente a una multitud en el Capitolio- su segunda presidencia. Como lo exige la fórmula de juramento, dijo "haré todo lo que esté en mi poder para preservar, proteger y defender la Constitución". Esa Constitución obliga a los presidentes a jurar al mediodía de los 20 de enero, por lo que Obama cumplió el ritual en una ceremonia privada, junto a su mujer, Michelle, y sus dos hijas.

Hoy, aunque no se espera un aluvión de personas comparable al que asistió a su jura pública hace cuatro años, unos 800.000 estadounidenses presenciarán este hito histórico: el segundo período presidencial de un ciudadano de color negro. Coincide, además, con la festividad del líder afroamericano Martin Luther King, y el presidente lo honrará al utilizar la biblia del asesinado dirigente del movimiento de los derechos civiles en el juramento.

Más allá de los símbolos y de las liturgias democráticas, Obama inicia este segundo tiempo cargado de desafíos y de deudas. Entre los primeros, utilizará el crédito del segundo mandato para fijar una agenda ambiciosa, en la que figura la ratificación del seguro de salud ("obamacare") y la nueva lucha contra el derecho irrestricto a la posesión de armas; en ambos frentes batallará contra la mayoría republicana en la Cámara de Representantes.

Tras la matanza de 20 niños en una escuela de Connecticut en diciembre, el presidente intentará reinstalar la prohibición de venta de armas de asalto (se venció en 2004), que se limite la entrega de balas a los proveedores y se exija una verificación de antecedentes como requisito de compra, entre otras medidas. Parece un comienzo suave para un tema social tan grave, pero debe tenerse en cuenta que la oposición -tanto en el Congreso como en la calle- será frontal.

Otro desafío grande será el debate sobre el déficit y el techo de la deuda, que amenazan permanentemente con desbarrancar la economía al "abismo fiscal": la oposición insiste en que no aprobará más aumentos en la capacidad de endeudamiento si Obama no acepta congelar los niveles de gasto. Guantánamo, el nuevo gabinete (que ya comentamos en estas Cartas de Miami), Irán, Israel, la reforma migratoria, el crecimientos islámico y la salida de Afganistán ofrecerán otros frentes de tormenta.

Pero atenderlos puede esperar unos días; este es el momento de la fiesta.




sábado, 12 de enero de 2013

Los hombres del Presidente (12 01 13)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 12 de enero, 2013  



Los hombres del Presidente


por Nelson Gustavo Specchia

Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)
Twitter:  @nspecchia




En la película “12 hombres sin piedad” (12 Angry Men, 1957) de Sidney Lumet, el personaje de Henry Fonda va sumiendo en la duda a los otros once miembros de un jurado que tiene que resolver sobre un homicidio. Todos, al principio, estaban seguros de la culpabilidad. Pero los argumentos de Fonda –el jurado Nº 8- van sembrando el desconcierto hasta que las dudas llegan al mismo espectador.

Barack Obama iniciará el 21 de enero su segundo mandato al frente de la potencia hegemónica mundial y la elección del gabinete perfila la estrategia de los próximos cuatro años: intentará que las dudas no generen el menor desconcierto. Un equipo de tipos duros y seguros, para gerenciar la consolidación del rumbo y la salida de la crisis.

Pilotos de tormentas
El cuarto piloto es Jack Lew, que se hará cargo del Tesoro. El puesto, central en la arquitectura burocrática, tiene ahora un peso añadido: el primer día del año Estados Unidos estuvo a punto de caer en el “abismo fiscal”, que evitó por un pacto momentáneo con la bancada republicana (negociación en la cual, por cierto, fue central la participación de Lew).

Pero el déficit público seguirá siendo la principal espada de la oposición sobre el Ejecutivo; Obama no quiere correr más riesgos y ha designado a Jack Lew, su jefe de Gabinete hasta ahora, para que reemplace a Timothy Geithner en la cartera económica.

Geithner, amigo personal del Presidente, era el último sobreviviente del equipo demócrata original, pero el terremoto que siguió al colapso de Lehman Brothers y las agotadoras negociaciones por el gasto público en medio de un ajuste estructural terminaron por desgastarlo.

Junto con Geithner, la otra figura que sale del círculo más estrecho del poder es Hillary Rodham Clinton, también ella afectada por una agenda externa ambiciosa que los altibajos de la crisis empujaron a postergar, cuando no a abandonar.

Guantánamo sigue abierta y sin solución a la vista; la mano tendida al mundo árabe –aquella del célebre discurso de El Cairo- terminó diluyéndose en el derrocamiento de Khadafy y en la guerra civil siria. Las ocupaciones de Irak y Afganistán no terminan de resolverse; y el contencioso palestino se agrava con cada decisión, con el agregado de que el gobierno israelí ha terminado por darle la espalda a Obama sin mayores disimulos. 

A esta agenda de grandes temas pendientes, en el cuatrienio que ahora comienza la política exterior norteamericana tendrá que agregar los capítulos emergentes de la relación con China; las formas de estructurar el diálogo con Vladimir Putin, en este resurgir nacionalista de Rusia; y la atención creciente que demandarán los miembros menores del BRICS: India, Sudáfrica y Brasil.

Para eso, y por varios gestos que tuvo hacia ella en el último año, al Presidente quizás le hubiera gustado sentar a su embajadora en Naciones Unidas, Susan Rice, en el sillón que Hillary Clinton deja vacío en la Secretaría de Estado. Pero la lógica de un gabinete de hombres sin piedad ha terminado por imponerse, y allí irá John Kerry. Junto con John Brennan en la CIA y Chuck Hagen en Defensa, serán los otros tres pilotos de tormenta, el núcleo duro de los duros. 

Águilas y palomas

En el corazón del nuevo gabinete de Barack Obama, el debate entre el ala izquierda y el sector centrista de los demócratas ha terminado inclinándose hacia las posturas más conservadoras, conducidas por varones blancos, ex soldados, y ricos. Achicar los espacios de discusión e indefinición frente a las vías de salida de la crisis internacional, remarco, es el objetivo principal.

Chuck Hagel quizás sea quien mejor ilustra ese rumbo. Antes que nada, es republicano y veterano de guerra. Y nombrar en el estratégico sillón de Defensa a un miembro de la oposición no constituye sólo un guiño hacia el Capitolio. Hagel es un símbolo en sí mismo. Cuando la guerra de Vietnam –que sigue gravitando en el centro de la memoria colectiva estadounidense- Chuck y su hermano Tom se enrolaron como voluntarios, estuvieron juntos casi un año en el frente, fueron heridos, se salvaron mutuamente la vida, regresaron condecorados.

Hagel llegó al Senado por Nebraska. Allí conoció a Obama, senador por Illinois, con quien compartió su visión de la estrategia de defensa que debería llevar adelante la Casa Blanca. Obama tomó nota. Hagel también tiene una cátedra en Georgetown, la universidad de los jesuitas en Washington. En las clases, Chuck Hagel dice que hay que reducir el Pentágono; que el internacionalismo de Estados Unidos no tiene que estar atado necesariamente a los conflictos bélicos (esto es, que la guerra no debería ser sino el último recurso, por lo que habría que abandonar la doctrina de las “guerras preventivas"); que Irak fue un error garrafal; que las Naciones Unidas deben servir para algo más que para un mero decorado diplomático; y que el lobby judío de Washington no debe determinar la estrategia relativa a Irán y al Medio Oriente. Ahora el Presidente le da la oportunidad de poner en práctica sus clases teóricas.      

Por su personalidad, su biografía y su pertenencia a la oposición, si hay alguien que puede reencauzar el rumbo de la política exterior norteamericana en la línea que Barack Obama viene declarando, ese es Chuck Hagel. Habrá que ver si, por esas mismas razones, sus correligionarios republicanos aprueban su pliego en el Senado. 










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lunes, 31 de diciembre de 2012

Obama: La democracia es un lío (31 12 12)

CARTA DE MIAMI – Hoy Día Córdoba – Lunes 31 de diciembre de 2012


Obama: La democracia es un lío

por Anita Rey





El Capitolio estadounidense está alterado. Que Barack Obama haya decidido cancelar sus vacaciones de fin de año en Hawai y haya retornado de urgencia a Washington para tomar la negociación directa con el Legislativo, ha inyectado presión a la vida política.

Después de dos rondas de diálogos sin mayores resultados, los relojes avanzan y la primera hora del nuevo año se acerca.

Sin una salida consensuada entre los bloques parlamentarios, la economía estadounidense, la mayor del mundo, entrará en recesión automática el 1º de enero de 2013 por la confluencia de medidas de reducción de ingresos y aumento de gastos que comenzarían a operar, en simultáneo, con el nuevo año.

Después del fiasco en la Cámara de Representantes, el Senado debatía anoche, buscando "in extremis" un piso de mínimos entre las bancadas demócrata y republicana, que permita sortear el denominado "fiscal cliff" (abismo fiscal), como se designa a la confluencia de las medidas económicas que entrarían en vigencia en las próximas horas.

En la mañana del domingo, tras los encuentros con diputados de ambos partidos en que las posiciones se mantuvieron intransigentes, el presidente Obama volvió a advertir a la clase política sobre las consecuencias negativas que tendría una caída en un abismo fiscal en este momento, tanto para la economía doméstica como para la estabilidad internacional.

En el plano interno, el atolladero económico es difícilmente comprensible en una coyuntura que, en los grandes números, aparece como favorable, especialmente teniendo en cuenta los parámetros tan críticos del pasado reciente: Estados Unidos crece a un ritmo del 3,1 por ciento y ha logrado achicar la cifra de desempleo por debajo de la fatídica línea del 10 por ciento (se ubica ahora en el 7,7 por ciento).

Si no se arriba a un pacto entre ambos partidos, se recortarían automáticamente gastos en Defensa y dos tercios de los contribuyentes estadounidenses comenzarían a pagar un promedio de 3.446 dólares más de impuestos. La suba impositiva repercutirá en el consumo, con lo que el país podría entrar en recesión durante la primera mitad del año próximo.

En la sesión que comenzó anoche, el líder demócrata en el Senado, Harry Reid, y su par republicano, Mitch McConell, intentarán consensuar una ley que ponga freno a los impuestos para hogares con ingresos menores a 400.000 dólares anuales, que es una línea media entre el mínimo no imponible de 250.000 que quería el Gobierno y el millón que admiten algunos senadores de la oposición conservadora (otros, ni siquiera eso).

Preocupado, el presidente afirmó que "Los republicanos dicen querer reducir el déficit, pero actúan como si sólo quisieran proteger a los ricos". El líder republicano en la cámara de Representantes, John Boehner, le contesto que "lo que tiene que hacer es liderar, no repartir culpas". "La democracia es así, un lío", concluyó el presidente con rostro desesperanzado.





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La rubia Albión se corta sola (28 12 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – Periscopio – viernes 28 de diciembre de 2012


PERISCOPIO

La rubia Albión se corta sola

por Nelson Gustavo Specchia






La crisis económica que se ha instalado ya estructuralmente en el primer mundo tiene formas diversas de manifestarse en los dos principales socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (la tan defaultiada OTAN de nuestros días), los Estados Unidos de América y la Unión Europea. Los socios estratégicos de lo que hasta hace relativamente poco tiempo se denominaba “primer mundo” tienen, al interior de sus territorios, urgencias diferentes productos del mismo conjunto de causas, lo que los lleva también a imaginar estrategias diversas para enfrentarlo. El presidente norteamericano, por caso, ha decidido interrumpir sus vacaciones en Hawai para volver a Washington e intentar, in extremis, frenar la caída en el “abismo fiscal”, con la economía estadounidense estancada entre la crisis mundial y la puja parlamentaria entre demócratas y republicanos en el Capitolio.

En la “vieja Europa” (Donald Rumsfeld dixit), por su parte, la hegemonía de los partidos conservadores que gobierna la mayoría de los Estados miembros se ha alineado, contra viento y marea, al “diktat” de la Canciller alemana Ángela Merkel, con su insistencia de ajuste, achicamiento de subsidios y ahorro a rajatabla. Ni los políticos que generaron un hálito de esperanza en la confrontación con Merkel –como el nuevo presidente socialista francés, François Hollande- ni los líderes de gobiernos que declararon que probarían vías alternativas –como el recientemente renunciado jefe del “gobierno técnico” italiano, el profesor Mario Monti- pudieron salirse del librero escrito en Berlín. Antes bien, como es cierta la posibilidad de que los sectores bancarios, o el conjunto entero de alguna economía nacional, deban acudir, más temprano o más tarde, al “rescate” del Banco Central Europeo (BCE, también bajo el “diktat” merkeliano), los países menores se esfuerzan por ser los mejores alumnos. Por ejemplo, en esa aplicación aduladora con la estrategia de Ángela Merkel, la Comunidad de Madrid acaba de privatizar, de un solo golpe, toda la sanidad pública.

CAMERON, EL SOLITARIO

En este panorama de uniformidad estratégica, el premier británico David Cameron aparece como la mosca en la leche; más que un disidente, un “outsider” que ante la posibilidad de quedar encadenado a la debacle continental, o ante el mayor riesgo de apostar por una profundización del proceso de integración (la salida que piden los intelectuales y los pocos voceros de la centroizquierda que aún se animan a opinar en los medios), Cameron ha encontrado una alternativa muy a la británica: sacar los pies del plato.

El antieuropeísmo inglés no es nada nuevo. En realidad, viene desde los orígenes de la propia asociación política, en la segunda posguerra: ya es una anécdota recurrida los dardos que se cruzaban, durante los primeros tiempos, Churchill y De Gaulle. El premier Winston Churchill, que después de haber abogado por el nacimiento de unos “Estrados Unidos de Europa”, encontró en el paraguas de la asociación prioritaria con los Estados Unidos de verdad, los de América del Norte, la protección militar que imaginaba para las Islas Británicas, y se olvidó del resto de Europa. Su colega al otro lado del Canal de la Mancha, el general Charles De Gaulle, decía que había que armar una Europa unida y sólida dejando a los ingleses afuera. Y tenían que permanecer afuera, sostenía el caudillo francés, porque si se los dejaba entrar a la organización continental serían “el caballo de Troya” de los norteamericanos. Así, desde los años fundacionales.

El desarrollo posterior tampoco ayudó a que el entendimiento entre “el continente” y “las islas” se mejorara cualitativamente, en especial en los años de la Dama de Hierro, cuando Margaret Thatcher hacía pender su voto para la aprobación de los presupuestos europeos a condición de que Londres siguiera recibiendo el “cheque británico”. Las posturas de David Cameron en las últimas Cumbres Europeas, negándose a aprobar los presupuestos de la Unión hasta no tener seguridades de que la City londinense no sería tocada en absoluto, ni con un pequeño impuesto a las transacciones financieras internacionales, siguen de cerca las enunciaciones thatcheristas.

EL DULCE EXTERIOR   

Ahora, en una vuelta de tuerca, la crisis de la moneda común –el euro- y la estrategia merkeliana le ofrecen al conservadurismo británico una justificación ideal para volver a plantear la idea de sacar al Reino Unido de la asociación de 27 Estados de la Unión Europea. Cameron, aspirando los dulces perfumes del exterior, encamina a su gobierno a la realización de un referéndum, para que el pueblo británico decida con su voto la permanencia o la salida de la organización. 

En el fondo, el debate también sigue respondiendo a antinomias antiguas. Los ingleses siempre coincidieron en que la Unión Europea debería limitarse a ser un gran mercado común, con las fronteras exteriores coincidiendo con los bordes de los países periféricos. En cambio, en Francia (y, en algunos períodos, también en Alemania, en Italia y en los países nórdicos) creció con el siglo un sentimiento y una ideología federalista, que llegó a su punto culmine con el proyecto de establecimiento de una Constitución Europea (descartado tras las votaciones de rechazo en los plebiscitos holandés y francés, precisamente).   

Ahora, David Cameron dice desde el banco verde de la Cámara de los Comunes que “todas las opciones sobre el futuro de Gran Bretaña son imaginables, y no tenemos miedo de alzarnos y decir que no estamos contentos con ciertos aspectos de la relación” con Europa. Con esas declaraciones, el premier se sube a la discusión pública de la posibilidad de una salida de la Unión Europea (que los diarios ingleses denominan “brixit”, una combinación de “Britain” y “exit”, salida), al tiempo que intenta arrebatarle la bandera de la separación de la organizacion continental a la derecha nacionalista inglesa, que viene bregando por tomar ese camino desde hace años.

El coqueteo con la salida, que los conservadores “tories” han usado en el pasado para lograr mejorar las condiciones locales en la negociación con el resto de los socios europeos, parece tener ahora otro cariz: ya no es una posibilidad teórica, sino una alternativa concreta. Y cercana. Ya ni siquiera la discusión pasa por si hay que seguir adelante con la idea del referéndum o no, sino simplemente de cuándo habría que convocarlo. Cameron juega también allí una carta populista, la gente quiere votar, y votar en contra de Europa.

La idea del referéndum va calando, inclusive entre el sector de los europeístas británicos (también aquí, especialmente focalizado en los escritores, los intelectuales y los pensadores de la centroizquierda laborista). Un politólogo e historiador tan influyente como Timothy Garton Ash ha escrito que la consulta debería realizarse entre 2015 y 2020, durante el mandato del próximo Parlamento británico, y –contra la opinión generalizada- dice que la consulta la ganarán los ingleses que creen que su país debe permanecer dentro de la organización que ha garantizado, por más de medio siglo, la paz y la seguridad en el Viejo Continente. Cuando el votante, dice Garton Ash, reflexione si quiere que su país sea como Noruega –y sin petróleo- o Suiza, decidirán que la salida no es la mejor opción para Gran Bretaña.

Parecería ser, a tenor de lo que se discute en los medios de prensa y en los institutos de investigación en ciencia política, una reflexión demasiado optimista: las mediciones de las últimas semanas muestran que cerca del 70 por ciento de los británicos quiere que se realice el referéndum, y un 50 por ciento de ellos votaría por que Reino Unido abandone la Unión Europea.





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viernes, 30 de noviembre de 2012

La legitimidad Palestina (30 11 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – Periscopio – viernes 30 de noviembre de 2012. Columna  PERISCOPIO



La legitimidad Palestina

por Nelson Gustavo Specchia 





La diplomacia palestina ha trabajado sin descanso durante el último año, desde la anterior reunión plenaria de las Naciones Unidas, cuando el apoyo mayoritario a las aspiraciones árabes supuso un quiebre en la ruta de las históricas peticiones y reivindicaciones de la Autoridad Nacional Palestina (ANP).

Entonces, el cerrado respaldo y los discursos de solidaridad de los jefes de Estado y de Gobierno presentes en la máxima instancia democrática de la organización, sólo pudieron ser frenados por el anunciado veto estadounidense, que respondió de esa manera a su principal aliado en Oriente próximo: el lobby israelí.

SUTILEZAS ORIENTALES

Pero aquel portazo ya tuvo un envión más atenuado que los anteriores, lo que fue leído en Ramallah -la capital de facto de los territorios palestinos- prácticamente como un triunfo político.

A partir de él, Mahmmoud Abbas y su gente visitaron casi todas las cancillerías europeas, negociando bilateralmente ya no principios generales (la proclamación tradicional de los derechos de regreso de los refugiados palestinos y la vuelta a las fronteras fijadas por los tratados y las resoluciones de la propia Organización de las Naciones Unidas), sino acordando puntos específicos de negociación con cada quién. Así con Londres, con Berlín, y hasta con Madrid.

Con ese trabajo de ablande, la delegación palestina llegó ayer a Nueva York con un cálculo diferente a las frustradas iniciativas anteriores.

El símbolismo y la carga de legitimidad que entraña la petición de la ANP ante la Asamblea General de la ONU, por supuesto, se mantienen: los palestinos siguen siendo un pueblo vencido, sojuzgado y que malvive preso en su territorio ancestral, al que no puede ni siquiera considerar un país según las normas consuetudinarias y el derecho público internacional.

Y aunque la argumentación del Departamento de Estado norteamericano también se mantenga, en el sentido de que una incorporación de Palestina a la ONU no facilitará, sino que, por el contrario, será un nuevo palo en la rueda de las negociaciones de paz con Israel, Mahmmoud Abbas formalizó la petición a la reunión multilateral de que eleve el estatuto que la ANP tiene en el organismo, desde "observador permanente", al de "Estado no miembro observador permanente".

La diferencia, para nada sutil, está en la palabra "Estado": la admisión de la ONU, aunque siga sin membrecía plena y permanezca como mero observador, implica un paso determinante en el camino hacia la constitución de un país propio. La oposición de Israel es entendible: tras la aceptación de Naciones Unidas ningún israelí podrá decir que los territorios palestinos están "disputados" -que es la fórmula que Tel Aviv utiliza hasta hoy-, y Palestina se convertirá, de facto, en un país ocupado.

DISQUISICIONES

Las negociaciones, los debates, las transacciones diplomáticas y los trascendidos a la prensa acerca del proceso de reconocimiento forman tal entramado que requieren de algunas precisiones conceptuales para mensurar su alcance.

Palestina lleva décadas hundida en un limbo jurídico que, en última instancia, termina siendo funcional a Israel. Desde el punto de vista formal, para la legalidad internacional es un pueblo que ocupa un territorio reivindicado y controlado por una potencia externa.

La falta del reconocimiento simbólico a nivel mundial -que desde la segunda posguerra se establece mediante el acuerdo de los demás países del orbe y se concreta a través de un sitial en las Naciones Unidas- no ha impedido que el "Estado de Palestina" haya sido instituido modernamente, en 1988, tras la Declaración de Argel.

Pero por aquella falta de reconocimiento, esta entidad política sigue desprovista de sus atributos esenciales, como el control del territorio (que, de hecho, lo tiene el ejército israelí) y el ejercicio de la soberanía. La virtual situación de ocupación por una potencia externa no ha conseguido bloquear, durante estos años, la incorporación de Palestina a diversas organizaciones internacionales, e inclusive al establecimiento de relaciones diplomáticas e intercambio de embajadores.

De los 193 países en que actualmente se divide el globo, la Autoridad Palestina ha conseguido el reconocimiento de 120, entre los que se cuentan potencias emergentes (como China, India y Rusia), y muy especialmente los grandes países sudamericanos, como Brasil y Argentina.

El equipo de Mahmmoud Abbas no dejó ningún cabo suelto: la petición del cambio de estatus, después de haber logrado estos apoyos, cayó en 29 de noviembre, el Día de Solidaridad con el Pueblo Palestino.

En 1977, la Asamblea General pidió que se observara anualmente este día para recordar la deuda que la comunidad internacional mantiene con los árabes: fue el 29 de noviembre de 1947 cuando el pleno de la ONU aprobó aquella Resolución 181, que estableció el Plan de Partición de Palestina e hizo posible el surgimiento del Estado de Israel.

El segundo Estado previsto en aquella resolución, el correspondiente al pueblo árabe, sigue esperando su hora.

"¿HAY UN PUEBLO QUE SOBRA? ¿O UN ESTADO QUE FALTA?"

La pregunta del subtítulo fue la que realizó ayer Abbas, con voz firme, ante el pleno de la Asamblea General. A ver quién se atrevía a responder. La dirigencia palestina busca, por esta vía, superar el estancamiento de las negociaciones con Israel, frenadas una vez más hace dos años, y revertir el creciente deterioro del conflicto mediante la ampliación del reconocimiento internacional de la estatalidad de los territorios ocupados.

Dejadas de lado (al menos momentáneamente) las reivindicaciones maximalistas, Mahmmoud Abbas trazó esta nueva estrategia, a la que es muy difícil oponerse, tal como se vio el año pasado, cuando desde el atril de mármol verde de la Asamblea General levantó los documentos de solicitud y pidió el cambio de estatus.

 La aceptación de ayer eleva la entidad a una categoría como la que ostenta el Estado del Vaticano en la ONU, o como el que ejerció Suiza hasta el año 2002.

Con voluntades políticas inclinadas a su favor y un contexto internacional propicio, las mesuradas demandas de la ANP no podían encontrar demasiados escollos: finalmente fueron 138 votos a favor, 9 en contra, y 41 abstenciones, dejando a Israel en el mayor aislamiento que haya conocido jamás.

Pero el cambio de estatus internacional no modifica demasiado las cosas al interior de los territorios, ni significa que se posibilite en el corto plazo una soberanía efectiva ni el cese de la ocupación. Las que sí cambian son las coordenadas que ubican el proceso de paz: pone en un relativo pie de "igualdad formal" a dos Estados que sostienen un conflicto; separa el tema del Estado propio de la cuestión de la autodeterminación; y obliga a poner sobre la mesa de negociaciones la retirada del país ocupante en algún plazo racional.

En la Asamblea General, a Mahmmoud Abbas le contestó, con un discurso de inusual dureza, el embajador de Israel, Ron Prosor; y el premier Bibi Netanyahu, ya resignado a perder la votación, reiteraba una y otra vez que nada cambiará tras la votación perdida.

Pero algo, aunque a su pesar, tendrá que pasar, y más temprano que tarde: un Estado -aunque sólo sea "observador"- puede denunciar a otro Estado ante la Corte Penal Internacional por violación de derechos en la ocupación, o por crímenes de guerra por sus operaciones militares, como los habituales bombardeos a Gaza, momentáneamente detenidos ahora por una frágil tregua impulsada por el islamismo egipcio.

Un Estado, también, puede reivindicar con otra fuerza la retirada del ejército ocupante a las fronteras de 1967. Es uno de los objetivos de máxima de los palestinos, y desde ayer hacen parte de una renovada legitimidad.





Twitter: @nspecchia




sábado, 29 de octubre de 2011

"Indignados" en el ombligo del mundo (07 10 11)

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“Indignados” en el ombligo del mundo
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por Nelson Gustavo Specchia
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El movimiento espontáneo de protesta que tomó forma a partir de una sentada en la madrileña Puerta del Sol, hace pocos meses, ha pasado por las diversas facetas de una rebelión sin forma ni estructura que, entre otras cosas, tampoco pretende tenerlas. O sea, en la denuncia sobre la corrupción general del sistema, opta por no convertirse en un partido político, ya que éstos serían parte del problema. Pero al tomar esa opción el movimiento se ata las manos, porque los partidos políticos son la vía institucionalizada para canalizar, en un sistema representativo, las demandas populares. Ese círculo, que encierra una mecánica contradictoria entre fines y métodos, fue dándole las diversas caras a los “indignados” de la Puerta del Sol: desde pequeñas concentraciones de estudiantes; a guitarreadas en las tardecitas y noches veraniegas de Madrid; al acompañamiento cada vez más plural de colectivos sociales; a la creatividad irónica y punzante de las consignas y de las pancartas; al contagio hacia otras ciudades españolas; a marchas nacionales “de formación cívica y ciudadana”; hasta que el movimiento saltó las fronteras del reino, y comenzaron a replicarse concentraciones y sentadas en Francia, Italia, Gran Bretaña y otros países.
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El fenómeno, así, sumaba una nueva faceta: se internacionalizaba, sin institucionalizarse. Seguía siendo la expresión colectiva de un sentimiento de frustración, que los sociólogos y politólogos veían muy relacionado a la clase media, urbana e intelectual, de las ciudades europeas. O sea, una derivación de esa generación de profesionales jóvenes, a quienes el mercado de trabajo ha limitado al acceso a puestos con remuneración baja (los “mileuristas”); sin demasiadas perspectivas de ascenso laboral ni económico; y a quienes la reducción del Estado de Bienestar y las políticas neoliberales (tanto del liberalismo puro, como de los nominalmente socialdemócratas) les recortan derechos que disfrutaron sus padres, y les presentan un horizonte de mediano plazo aún más negro: edades jubilatorias más largas; mayor carga impositiva; pensiones achicadas; seguros de retiro inexistentes; cobertura sanitaria, farmacéutica y de cuidados de la vejez en retirada.
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Así, tanto por su surgimiento geográfico, como por su constitución sociológica y de estratos económicos, y por la índole de sus reivindicaciones, el movimiento de los “indignados” se presentaba, hasta ahora, como un fenómeno eminentemente europeo. Inclusive otras expresiones de descontento, también espontáneas, como la violencia que estalló en la barriada londinense de Tottenham, con incendios y saqueos que por un par de días se replicaron en otras ciudades del cordón suburbial de la capital británica, en ningún momento se la relacionó con los “indignados”.
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El estallido de Londres estuvo poblado de hijos de inmigrantes africanos, árabes y caribeños, que tienen una autopercepción de estar siendo expulsados del entorno en el que viven. Jóvenes que aspiran a ingresar al sistema, no que se plantean reformarlo. Pero, como digo, el análisis ubicaba a los “indignados” claramente en el entorno europeo. Hasta los últimos días de septiembre, cuando unas concentraciones y movilizaciones que parecen abrevar en el mismo discurso de aquellas algaradas juveniles de la Puerta del Sol, han comenzado a cortar los puentes de acceso a Nueva York y a sentarse en los escalones de mármol de los grandes templos financieros de Wall Street. Los “indignados” han llegado al ombligo del mundo.
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OCUPAR LA CALLE DEL MURO
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Los primeros días, tal como había ocurrido en Madrid, fueron apenas un par de decenas de jóvenes, a quienes los “azules” del NYPD (los duros agentes del departamento de policía de Nueva York) controlaban de cerca y miraban con una expresión de extrañeza: en la variopinta jungla humana que llena a diario las veredas del mayor distrito financiero del mundo, unos jóvenes protestando contra el capitalismo pueden ser incluso una llamada para el asombro. Pero al día siguiente fueron más, y al siguiente, más aún. Siguiendo de cerca la mecánica de la protesta madrileña, a ese grupo inicial se le fue sumando gente de una extracción más diversa y plural, algunos profesores universitarios, intelectuales respetados por la opinión pública, algunos columnistas de la prensa seria, y líderes gremiales. Con el aumento de las concentraciones, comenzaron las marchas, y el movimiento se puso un nombre: Occupy Wall Street. No habían llegado para pasar, sino para quedarse, parecían decir.
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Con el crecimiento de la protesta, también comenzaron las detenciones. Una cosa es que los “azules” del NYPD permitan una concentración exótica de jóvenes bohemios, y otra que el centro neurálgico del poder económico sea cuestionado por movilizaciones con presencia gremial. En las marchas de finales de septiembre los arrestos eran de 10 o de 20 personas, que eran retenidas durante algunas horas en los precintos de la ciudad. Pero para sábado 1 de octubre, cuando una multitudinaria marcha de varios miles de neoyorquinos ocupó el puente de Brooklyn, que conecta al populoso barrio con la zona baja de Manhattan, la policía realizó más de 700 arrestos.
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Pero, tal como ocurrió en Madrid cuando la Guardia Civil expulsó a los “indignados” de Sol, la protesta social alcanzó un nivel de difusión y alcance que no había tenido hasta entonces. El discurso de los movilizados, las pancartas protestando contra la inyección de dinero público para salvar a los grandes tiburones de la banca, mientras la debilidad de la economía golpea a la gente común y la tasa de desempleo no afloja del 10 por ciento, saltó entonces desde el ombligo neoyorquino y comenzó a prender, como yesca, en las grandes ciudades norteamericanas. Al día siguiente de las detenciones sobre el puente de Brooklyn se realizaban marchas en puntos tan distantes como Boston, Chicago, San Francisco, y Los Ángeles; hoy, jueves 6, mientras escribo estas líneas, hay marchas cruzando esas ciudades, otras en Seattle, en el extremo del noroeste estadounidense, y otras más en Nueva Orleans, en la costa sureña. Ya es un movimiento nacional.
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LAS CANAS DE OBAMA
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El presidente Barack Obama, cada día más delgado, la mirada más cansada y la cabeza llena de canas, admitió ayer en Washington que los “indignados” neoyorquinos “expresan la frustración que vive el pueblo”. Y el vicepresidente Joe Biden fue más allá, al sostener que hay muchos puntos en común entre los simpatizantes de Occupy Wall Street, y el sector de extrema derecha del Tea Party, que también comenzó como un movimiento espontáneo de protesta de sectores conservadores y de cristianos tradicionalistas, y que ha terminado por cooptar a la dirigencia opositora del Partido Republicano. Quizás Biden también está pensando en Madrid, donde se acusó a los “indignados” de terminar haciéndole el juego a la derecha del Partido Popular, ya a estas alturas el más que probable recambio de la socialdemocracia del PSOE de José Luís Rodríguez Zapatero en La Moncloa.
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Pero la pregunta, en todo caso, es qué hará Obama con este nuevo jugador que ha venido a ocuparle la cancha, en una coyuntura tan quebradiza, con la campaña para las próximas presidenciales a punto de lanzarse, una crisis económica que lleva dos años y que no remite, un crecimiento paupérrimo del producto bruto, y una desocupación a las grandes mayorías.
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Hasta ahora, la estrategia de Obama, para la decepción de muchos, ha sido intentar consensuar con los dirigentes menos extremistas entre los republicanos, aunque eso le costara avalar medidas tan polémicas, como todas las políticas de apoyo y salvataje a la gran banca de Wall Street. El surgimiento imprevisto y fuera de toda fórmula de los “indignados”, su rapidísimo crecimiento numérico y su extensión geográfica a todo el territorio de la nación, puede ofrecerle al presidente una plataforma alternativa. Y quizás por eso sus palabras en Washington han mostrado su simpatía con las protestas y con los movilizados. Como una tabla  de salvación, posiblemente el movimiento Occupy Wall Street viene a darle al presidente una nueva base para plantear, desde una perspectiva de izquierdas, su candidatura a la reelección.
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La mala performance que Barack Obama manifiesta en todas las encuentras de opinión realizadas hasta ahora le auguran una campaña complicada e incierta; y la fortaleza con que la derecha del Tea Party está cimentando el lanzamiento opositor, le han terminado por cerrar los caminos de diálogo y de consenso con las republicanos en el Congreso. Cuando esas estrategias aparecían agotadas, llegan los “indignados”. ¿Utilizará el presidente esta nueva expresión popular para reinventar un nuevo programa de corte progresista? Si lo logra, los movilizados en las protestas norteamericanas habrán conseguido algo que sus pares europeos no llegaron a hacer: renovar al oficialismo progresista, y darle la alternativa de una nueva oportunidad.
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en Twitter: @nspecchia
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martes, 15 de junio de 2010

Crispación coreana (28 05 10)

Crispación coreana

por Nelson Gustavo Specchia

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Pyongyang era, en aquellos juveniles años ‘60, uno de los múltiples nombres de la libertad y de la revolución. Las vueltas de la historia, sin embargo, la han ido relegando hacia los márgenes, hacia esas oscuras trastiendas donde se reservan, como piezas de museo o de feria, los proyectos fallidos. Hoy Pyongyang es la sede de un pobre tirano, bajito y acomplejado, que a pesar de su aislamiento logra que el vetusto régimen que preside llegue a los titulares de los periódicos de todo el mundo.
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Estas emergencias de protagonismo de Kim Jong Il generalmente toman la forma de amenazas. Realiza pruebas nucleares subterráneas; o dispara misiles sobre el cielo de Japón. Aunque, preferentemente, sus desafíos se dirigen hacia el sur de la península. En marzo, un misil hundió una nave militar del sur, y perecieron 46 marineros. La espiral de amenazas a raíz de ese incidente, ha llevado a que el clima belicista entre las dos Coreas se tensione; que Hillary Clinton haya tenido que viajar de urgencia a Seúl para ratificar la alianza de los Estados Unidos con el régimen surcoreano; que las bolsas del mundo agreguen un elemento más de inestabilidad a los del quebradizo panorama en Europa; y a que el presidente Barack Obama vea cercano un nuevo frente de conflicto, adicional a los que en Oriente rebalsan la agenda.
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La tensión entre la República Popular Democrática de Corea (el nombre tributario del “socialismo real” que conserva el Estado comunista del Norte), y la República de Corea, el país occidentalizado y capitalista, es de vieja data. Comenzó con la propia partición, en 1945, tras la capitulación japonesa (Japón, en su expansión colonial, se había anexado la península en 1905). Con la rendición del Japón, las tropas soviéticas entraron a Corea desde Manchuria, mientras las fuerzas norteamericanas se asentaban en Seúl. Los estadounidenses apoyaron al partido nacionalista de Syngman Rhee, y favorecieron el nacimiento, en 1948, del nuevo Estado. Stalin ordenó al Ejército Rojo no moverse de sus posiciones, y aupó a Kim Il Sung, el padre del bajito y belicoso líder norcoreano actual, al poder. Aquel primer Kim intentó reunificar la península e invadió el sur en 1950. La “guerra de Corea” que en Occidente popularizó “MASH”, la película de Robert Altman y la serie de televisión con Alan Alda, se extendió hasta 1953. Desde entonces, el paralelo 38, junto a la zona de 250 kilómetros de largo que lo bordea, ha sido una de las líneas de mayor fricción de Asia, supervisada por unos dos millones de soldados apostados en torres de control, plataformas y atalayas.
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En el solitario apoyo al régimen de los Kim, China ocupó pronto el lugar de los soviéticos. Una alianza que agrega –dado el rol de potencia de los chinos- otro elemento de consideración en los equilibrios en Oriente.
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País pobre, liderazgo enigmático
Al presidente heredero de Corea del Norte, Kim Jong Il, lo describen como un hombre retraído y tímido, que se oculta detrás de lentes oscuros y disimula su baja estatura con plataformas en los zapatos y peinados batidos que le agregan un par de centímetros de cabellera. En Europa se lo describe como un playboy tercermundista, gourmet y catador de vinos añejos, mujeriego (las prefiere rubias, y rusas), cinéfilo (tiene una cinemateca privada de más de 20 mil títulos), coleccionista de trenes en miniatura y de objetos de lujo. Pero más allá de estas notas excéntricas, muy poco es lo que puede saberse en realidad de un liderazgo dictatorial y despiadado, que mantiene a la población sumida en una pobreza rayana en la miseria y, al mismo tiempo, fanáticamente militarizada. Y es poco lo que llega a conocerse del hombre que está al frente del último de los regímenes totalitarios de corte estalinista que quedan en el planeta, porque durante medio siglo los gobiernos de los Kim han cerrado a cal y canto el país entero. Sin ninguna posibilidad de prensa independiente, o de corresponsales extranjeros, las noticias que cruzan el paralelo 38 tienen siempre visos de irrealidad, de literatura.
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Una imagen que profundiza en su dimensión ficticia merced al permanente estado de propaganda gubernamental, a las gigantografías que ocupan todos los espacios públicos ensalzando al régimen, y al extendido culto a la personalidad del jefe supremo, a quien todos los medios oficiales denominan “Sol del Siglo”. La hagiografía de Kim Jong Il es exuberante, comienza afirmando que nació en 1942 en el pico montañoso más alto de toda la península, cuando en el cielo se cruzaban dos arco iris y un cometa con larga cola señalaba la cima. Entre todos sus títulos, prefiere que se dirijan a él llamándolo “amado líder”. Kim Jong Un, el tercero de sus hijos, parece ser el elegido para sucederle.
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Tras tan rutilante comienzo, el particular liderazgo comunista hereditario del segundo Kim se convirtió en tiranía frente a la falta de libertades, que encerraron a los casi 25 millones de norcoreanos dentro de las fronteras, y en virtual estado de aislamiento internacional. Para equilibrar la miseria y el hambre, Kim se volcó a la militarización extrema del país. Se calcula que la fuerza militar de Corea del Norte asciende al millón y medio de efectivos, y ese ejército insume el 90 por ciento del presupuesto del Estado.
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Bush incluyó a Corea del Norte en el “eje del mal”, básicamente por la resistencia de Pyongyang a resignar sus planes de desarrollo nuclear con fines bélicos. Merced a estas investigaciones y a las pruebas atómicas que realiza de tanto en tanto, Kim ha generado un circuito de ayudas e intercambios internacionales con sus vecinos, que se parece demasiado a un chantaje liso y llano.
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Un torpedo de más
Desde el armisticio de 1953, la estrategia de Pyongyang ha sido la misma, de diferentes maneras. Amenazar, agredir discursivamente, gestos de desafíos en la zona fronteriza, pruebas atómicas, maniobras militares en las aguas jurisdiccionales. Pero siempre se han detenido en el último borde, antes de que la provocación pudiera ser considerada acto de guerra y no hubiese vuelta atrás.
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El 26 de marzo de este año, sin embargo, se atravesó esa delicada línea. Un torpedo alcanzó a la corbeta surcoreana “Cheonan” en aguas del Mar Amarillo, la hundió y 46 marinos de su tripulación perecieron. Seúl denunció inmediatamente al régimen del Norte, que negó la versión. Las Naciones Unidas se hicieron cargo de la investigación, y acaban de concluir que poseen evidencias que inculpan a la marina de guerra norcoreana.
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Siguiendo con la escalada, la República de Corea anunció la suspensión de los vínculos comerciales con el Norte, y las relaciones diplomáticas se rompieron. El Norte comenzó a expulsar a trabajadores del Sur y a enviar mayores dotaciones de efectivos a la frontera. El armisticio de 1953 puso fin a las hostilidades, pero la paz entre el Norte y el Sur no se firmó nunca, técnicamente ambos Estados permanecen en situación de guerra.
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Luego de que la ONU le impusiera sanciones económicas a Pyongyang por haber realizado una prueba nuclear el año pasado, Kim lo consideró una nueva declaración de guerra, y anunció que podría abandonar el armisticio si las sanciones proseguían. Esto es, que podría atacar militarmente al Sur.
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La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, llegó de urgencia a Seúl esta semana, para intentar frenar una escalada que, con muy poco esfuerzo, puede llevar a incendiar el polvorín del lejano Oriente. Hillary reafirmó los lazos de amistad y alianza militar con Corea del Sur, y dijo que trabajarán juntos en el Consejo de Seguridad de la ONU para definir una respuesta a la beligerancia de Kim Jong Il.
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Clinton consideró probada la implicación de Pyongyang en el hundimiento del “Cheonan”, y aprovechó la censura al Norte para recordar que su gobierno no está dispuesto a tolerar más avances nucleares.
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China y las balanzas
Hace sólo unos días, y frente a la delicada mediación de Lula da Silva y del primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan en el conflicto nuclear iraní, China, que tradicionalmente se había negado a apoyar las sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU al gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad, cambio las fichas, desautorizó la mediación de Brasil y Turquía, y se encolumnó tras la iniciativa estadounidense de las sanciones. ¿Cuál será ahora su rol frente a la espiral de la crispación coreana? ¿Mantendrá su apoyo –tan incondicional como inexplicable- al régimen de Pyongyang, o se avendrá a discutir sanciones en el marco multilateral de las Naciones Unidas?
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Si la ONU finalmente avanza con las sanciones, y ellas logran frenar la escalada militar en torno al paralelo 38, y si China se abstiene de seguir brindándole garrafas de oxígeno, posiblemente el “Sol del Siglo” coreano tenga que enfrentarse a su crepúsculo.
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La alternativa, si acaso, puede ser otra guerra.
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nelson.specchia@gmail.com
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viernes, 9 de abril de 2010

Humo en la colmena iraquí (12 03 10)

Humo en la colmena iraquí
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por Nelson Gustavo Specchia

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El domingo de la semana pasada, se realizaron en Irak las elecciones para renovar las cámaras del Poder Legislativo (y, en un sistema parlamentario, elegir también al futuro Poder Ejecutivo). Desde la invasión de 2003 por las tropas estadounidenses, con el apoyo de los ingleses y los españoles y sin el consentimiento de las Naciones Unidas, esta fue la tercera convocatoria a las urnas para los iraquíes, con la presencia de un ejército ocupante en su suelo.
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Sin embargo, los objetivos políticos que empujaron a aquella aventura bélica están lejos de cumplirse. Ni el derrocamiento de la dictadura de Saddam Hussein, ni la presencia militar norteamericana, ni el proceso de “desbaasificación”, ni el soporte tutelar a los políticos chiítas del actual gobierno de Nuri al Maliki, han llevado a implantar un andamiaje en que se sustente un sistema democrático sólido. Frente a ello, las tensiones étnicas, religiosas, culturales y sociales presentes en el damero del país más dividido de Medio Oriente se mantienen.
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Y las elecciones del domingo, sin ningún vencedor claro (y sí con varios derrotados evidentes, comenzando por la potencia ocupante) se presentan como una bocanada de humo que sólo momentáneamente parece haber aplacado al avispero político iraquí. La gran pregunta, entonces, es qué pasará una vez que el humo se haya disipado, y las tensiones vuelvan a ocupar el centro de la colmena.
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En la tristemente famosa Cumbre de las Azores, George W. Bush se reunión con el premier laborista británico Tony Blair, y con el presidente conservador del gobierno español, José María Aznar, y decidieron la invasión a Irak, para “desactivar la amenaza nuclear de armas de destrucción masiva” que supuestamente la dictadura de Saddam Hussein, con el apoyo de las minorías sunnitas nucleadas en el Partido Baas, había construido y apuntado hacia Occidente. En aquella reunión, los tres líderes, contra todo consejo de organismos técnicos especializados –en el sentido de que no había armas atómicas en Bagdad- y a espaldas de la comunidad internacional, decidieron lanzar la acción militar que, anunciaron, sería rápida, eficaz, y de corta duración. Siguiendo este librero, las tropas entraron en Irak el 20 de marzo de 2003 y dos meses después, el 1 de mayo de ese año, a bordo del portaaviones Abraham Lincoln, un sonriente George W. Bush, con chaqueta de soldado, anunció: “misión cumplida”. Pero nada había terminado. Por el contrario, comenzaba el fango de cómo salir de allí sin dejar un caos a su espalda. El gobierno norteamericano aun chapotea en ese barro.
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Democracia forzada
Concluyeron que sin un sistema democrático medianamente estable, abandonar Irak a las fuerzas y a las tensiones étnicas y religiosas sería una catástrofe política y humanitaria. Entonces comenzaron a trazar alianzas con los viejos enemigos internos de Saddam, los colectivos árabes musulmanes de confesión chiíta, y las tribus kurdas (mayoritariamente chiítas también) de los territorios del norte. Con estos sectores se negoció una Constitución, que prevé espacios fijos en la integración del Parlamento para cada sector religioso, que se aprobó en 2005. Los grandes perdedores de este proceso fueron los sunnitas, y en un acto de justicia que se pareció demasiado a una revancha tribal, Saddam fue colgado de una soga, en una imagen que recorrió todo el mundo, en diciembre de 2006.
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Los resultados políticos de esta negociación fueron múltiples y complejos, pero vale rescatar dos de ellos: los sunnitas a los que se relegó en el proceso, tienen lazos muy fuertes con todos los países árabes de Oriente, muy especialmente con la principal potencia económica del golfo, la monarquía familiar de ese desierto inmenso asentado sobre lagos de petróleo que es Arabia Saudita. Por otro lado, son también sunnitas los apoyos de la red Al Qaeda. El segundo resultado, a nivel regional, es que al otorgar el gobierno a los chiítas, se potenció la comunicación con el otro Estado gobernado por esa interpretación del mahometanismo: la República Islámica de Irán. Y su presidente, Mahmmoud Ahmadinejad sí tiene –a diferencia de Saddam- posibilidades ciertas de hacerse con la bomba atómica.
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Al haber quedado fuera de los repartos de la torta del poder, los sunnitas más radicales, con obvias conexiones con Al Qaeda, vienen sembrando el terror en el escenario urbano iraquí en los últimos siete años, con atentados muy violentos y espectaculares, cometidos por suicidas. En las elecciones pasadas, en 2005, los atentados fueron funcionales al boicot al proceso electoral y a la deslegitimación del gobierno de los partidos chiítas. Y uno de los mayores temores era que el domingo pasado se repitiera esa estrategia, y Al Qaeda hiciera volar por los aires los centros de votación con los votantes adentro. Afortunadamente el baño de sangre no ha ocurrido, aunque eso no signifique que la hipótesis del estallido de una guerra civil abierta haya sido conjurado.
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Elecciones y gobernabilidad
En lugar de hacer estallar las elecciones, los sunnitas esta vez decidieron participar de ellas. Podría haber sido una buena noticia, si no fuese porque con su participación el panorama político se complejiza aun más, si cabe. Y realmente pone en duda las posibilidades de gobernabilidad, en el momento en que Barack Obama decide finalmente retirar a sus soldados y dejar a Irak librado a su suerte.
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De la votación del domingo no habrá resultados confiables hasta fines de este mes. El primer ministro Nuri al Maliki afirma que su coalición de chiítas confesionales ha triunfado en 9 de las 18 provincias iraquíes. En la integración del Parlamento de 325 escaños, 119 se han reservado para las zonas chiítas y 70 a las sunnitas (con 15 sillas para las otras minorías religiosas). Pero los sectores chiítas no confesionales, que lidera el ex primer ministro Iyad Allawi, posiblemente hayan logrado emparejar muy cercanamente los resultados del sector de Al Maliki, lo que dejaría un Parlamento empantanado en dos bloques numéricamente iguales, o casi: los 40 partidos nucleados en la alianza “Estado de Derecho” que apoya a Al Maliki, asociados al Consejo Supremo Islámico, por un lado, y por el otro el arco de agrupaciones que obedecen a Iyad Allawi. Este empate técnico haría muy difícil la constitución de un nuevo gobierno, y aún más difícil asegurar una mínima gobernabilidad interna.
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Si el domingo electoral apenas ha echado una bocanada de humo, y lo que viene es la retirada del ejército norteamericano y el recrudecimiento de las tensiones interétnicas y religiosas que hacen prever aumentos en los grados de violencia política, a siete años de la invasión y de la guerra de Irak, ¿quién ha ganado?
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A nivel interno, es difícil saberlo. Pero a nivel regional, los estrechos lazos entre los sectores que coparán el Parlamento iraquí y los grupos religiosos y militares que dominan el escenario político en la República Islámica de Irán, me hacen pensar que es en Teherán –y no en Washington- donde están festejando el resultado de las elecciones iraquíes.
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nelson.specchia@gmail.com
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viernes, 5 de marzo de 2010

Hillary, de gira (05 03 10)

HILLARY DE GIRA
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por Nelson Gustavo Specchia
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Son tantos los elementos de política internacional que han cambiado en los últimos tiempos en la relación entre los países sudamericanos y los Estados Unidos de Norteamérica (elementos pequeños, de detalle diplomático; y elementos grandes, de estructura de las relaciones), que sin la perspectiva de las cuentas largas, de una mirada que atraviese este momento y lo ponga en relación, la magnitud de estos cambios y su importancia en la construcción de una nueva relación entre el sur y el norte de América serían difíciles de percibir.
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Así, hasta la última década del siglo XX, el hecho de que un secretario de Estado norteamericano, el funcionario de mayor nivel en el gabinete del jefe político de la potencia hegemónica, viajara a los países del sur constituía, sin duda, el hecho más importante en las agendas de política exterior de cualquier país latinoamericano. La influencia determinante del Departamento de Estado se arrastra desde aquel “América para los americanos” de la decimonónica Doctrina Monroe, y se acentuó tras la concepción del territorio sudamericano como “área de influencia estratégica” de los Estados Unidos durante la mayor parte del siglo (con la sola excepción de Cuba), mientras el globo permanecía divido en dos zonas gravitacionales dominadas por Moscú y Washington.
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Leída con esos parámetros de referencia del pasado político reciente, la gira que la secretaria de Estado del presidente Barack Obama, Hillary Clinton, acaba de realizar por varios países del subcontinente, y las respuestas que cosechó en algunas de las capitales visitadas, tienen una nueva dimensión. Los modos en que este viaje se desarrolló, las motivaciones que llevaron a su realización, y los efectos cosechados en algunos de los encuentros con  los jefes de Estado anfitriones –especialmente el balde de agua fría con que la recibió Lula da Silva en Brasil-, marcan otra variante en los elementos de la nueva relación de América latina con el gobierno norteamericano.
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“Good by, my friends”
Michael Shifter, en una columna publicada el martes de esta semana en la revista Foreign Policy (“Adios, amigos”), da cuenta de la sorpresa –con una nota de desagrado y contrariedad- de Hillary ante la realidad americana que encontró en este viaje, en comparación con aquella –amena, obediente y homogénea- que había conocido en su recorrida como primera dama, en los años ’90 del siglo pasado. La señora Clinton comenzó este segundo periplo de cinco días con la intención de visitar cinco capitales del sur; a último momento incluyó también a Buenos Aires, que no estaba en agenda (prefirió dormir el domingo a la noche en la capital argentina, antes que en los inestables y movedizos hoteles de Santiago de Chile), lo que fue aprovechado por la presidenta Cristina Fernández para recibirla en la Casa Rosada, y plantearle la posible mediación norteamericana frente a Gran Bretaña, que Hillary Clinton no rechazó.
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Había llegado a Montevideo para asistir, en representación del presidente Obama, a la muy atípica asunción presidencial del ex guerrillero tupamaro Pepe Mujica, con quien se reunió durante una hora larga. Clinton le planteo a Mujica que con su antecesor, el también frenteamplista Tabaré Vázquez, tenían muy adelantadas las gestiones para negociar un tratado de libre comercio (TLC) con los Estados Unidos. Y Hillary recibió el primer elemento de ruptura de este viaje relámpago. Pepe Mujica le dijo que él tiene otra idea, un TLC entre el pequeño Uruguay y el gigante norteamericano no le atrae, prefiere privilegiar la unidad de Mercosur, con sus vecinos argentinos, brasileros y paraguayos; (“hasta que la muerte nos separe”, dijo unos momentos después, en el discurso de asunción). Hillary tragó saliva.
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Pasó a Buenos Aires, y aceptó la invitación de Cristina Fernández para que quedara la imagen fotográfica de la secretaria de Estado sentada a la derecha de la Presidenta, en su despacho. Clinton, en todo caso, y más allá de la cuestión Malvinas, no podía desconocer que apenas unos días antes, la señora Kirchner había hecho pública su opinión sobre la Administración Obama, en el sentido de que “no había cumplido con las expectativas de América latina”. Y Hillary tragó saliva.
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Recuperó un poco el talante al llegar a Santiago. Allí pudo conversar en inglés con Michelle Bachelet, y le aseguró la ayuda de su país, en insumos de urgencia y en metálico, para hacer frente a la situación de las víctimas del cataclismo y en la reconstrucción del país. Bachelet había dicho, en los primeros momentos tras el terremoto, que Chile no necesitaría la ayuda internacional, pero para el lunes de esta semana, con las dimensiones de los destrozos a la vista, agradeció a la enviada del presidente demócrata la concesión de créditos blandos para la reconstrucción, “que demandará muchos años y mucho dinero”, dijo la chilena. “Nos quedaremos aquí, como socios y como amigos, cuando todos se hayan ido”, le aseguró la norteamericana.
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La negativa brasileña
Desde Santiago, y antes de terminar el periplo en Costa Rica, Hillary Clinton aterrizó en Brasilia. En realidad, la principal preocupación y objetivo de este viaje de la secretaria de Estado estuvo aquí, en la reunión con Lula da Silva. Obama quiere que la potencia latinoamericana abandone los titubeos y el cortejo equívoco con el régimen de los ayatollah, y se sume a las sanciones que los Estados Unidos impulsan contra Irán en las Naciones Unidas, en virtud del programa nuclear que Mahmud Ahmadineyad ha convertido en el centro de su programa de gobierno, de sus intenciones de autonomía y de liderazgo regional en oriente próximo, y de punta de lanza en el acoso (de momento, sólo discursivo) al Estado de Israel, el gran aliado norteamericano en la zona.
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Lula (que ha recibido al presidente iraní en Brasilia, y tiene previsto visitar Teherán en mayo próximo) ha dicho reiteradamente que Brasil alienta otro camino, e insiste en su postura de que el diálogo con Ahmadineyad no puede darse por concluido. “Es imprudente arrinconar a Irán”, dice el brasilero, argumentando que las mayores penurias de las sanciones económicas a Irán las sufrirán los sectores más humildes. China es de la misma opinión, y tiene un asiento permanente en el Consejo de Seguridad. En este período, Brasil tiene uno de los asientos transitorios; ya son dos votos. Hillary no estaba, en todo caso, dispuesta a volver a tragar saliva, no en este tema, y aumentó la presión: “El tiempo para la acción internacional ha llegado. Sólo cuando hayamos aprobado nuevas sanciones en el Consejo de Seguridad, Irán negociará de buena fe”, le dijo al presidente brasilero. Pero no logró mover a Lula de sus trece: “Brasil mantiene su posición”, fue la respuesta.
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No hay mucho para celebrar en Washington, tras la gira de la señora Clinton. La relación de los países de América latina con el gran vecino del norte está en construcción, nuevamente. Pero los parámetros –tanto los pequeños, de detalle, como los grandes- ahora son otros.
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nelson.specchia@gmail.com
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