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jueves, 19 de enero de 2012

El portazo de Cameron (16 12 11)

El portazo de Cameron


por Nelson Gustavo Specchia

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Los ingleses lo han vuelto a hacer. Cuando la tensión de la crisis económica llevó al máximo estiramiento de la cuerda, y todo el proceso de integración de Europa tras un largo medio siglo se puso al borde del abismo, los británicos recurrieron a la flema de su singularidad y el premier conservador David Cameron le pegó un portazo al “Continente” en la última cumbre de emergencia reunida en Bruselas. Y no hay lugar para los equívocos: no se trata de un berrinche más, apoyado en esa singularidad cultural hipotéticamente alejada de las costumbres del resto de Europa, como la utilización del sombrero bombín por los elegantes hombres de negocios de la City, el manejar por la izquierda, el mantener un sistema de pesas y medidas medieval o hacer del té de las cinco de la tarde un rito pagano. No, el portazo de Cameron va mucho más allá de las particularidades –ya medio hilarantes- del folk londinense, y se encuadra en una cosmovisión transgeneracional (e inclusive interpartidaria) de la clase política inglesa: aquella que sostiene que una Europa sólidamente unida –ya sea a nivel estructural de las organizaciones, o en el más líquido acuerdo de estrategias comunes- constituye un peligro potencial para las Islas Británicas. Esté abanderada esa ligazón continental por la dinastía de los Habsburgo, por Napoleón Bonaparte o por Adolf Hitler, como alguna vez en el pasado; o bajo la bandera azul con la corona de estrellas doradas de la Unión Europea de hoy. Y si ese aumento en la integración, estructural o coyuntural, proviene de un plan conjunto franco-alemán, como el nuevo pacto fiscal negociado en la cumbre de Bruselas, el peligro que perciben los ingleses se exacerba.

El portazo de Cameron, al ser el único que queda afuera de los nuevos acuerdos de los países de la eurozona y todos los demás socios comunitarios, es considerado un extremo, ni siquiera la Dama de Hierro, con sus nítidas posturas anti europeas, se había animado a tanto. Pero esto se debe a que también las condiciones que transita el proceso de integración son inéditas. Mal que les pese a los europeístas “progres”, la conclusión de Herman van Rompuy, el belga presidente permanente del Consejo Europeo, es una dura realidad: en la cumbre de la que Cameron retiró a su país se refundaba la Unión Europea sobre la base del pacto fiscal propuesto por la dupla Ángela Merkel-Nicolás Sarkozy, o se apagaba la luz y se bajaba la cortina. No hay “plan B” desde el momento en que el liderazgo continental, ya homogéneamente dominado por los partidos y las administraciones conservadoras, decidió atender a las exigencias de los mercados financieros globales y de las agencias calificadoras de riesgo, y optó por políticas de restricción de los gastos públicos, contracción de las economías y achicamiento del Estado.

CABALLITO DE TROYA

En aquellos tiempos primeros de la organización continental, cuando todavía no se hablaba de Unión Europea sino simplemente de Comunidades Económicas, el viejo general De Gaulle argumentaba que había que dejar afuera a los británicos. Que siguieran usando sus sombreros bombín y conduciendo por la izquierda entre el humo de Londres (todavía había mucho smog en los años cincuenta, cuando el grueso de la calefacción de la capital británica funcionaba a carbón), decía el líder francés. Y el peso de su argumento ha sido recordado periódicamente en el último medio siglo: si entran los ingleses, será para frenar la profundización del proceso de integración.

Los acusaba de ser el Caballo de Troya de Washington, ya que la alianza especial de los británicos con su ex colonia de este lado del Atlántico posibilitaría que los lineamientos estratégicos de los norteamericanos –en aquel contexto de división bipolar del mundo y en un clima de guerra fría- entraran a Europa por la puerta londinense. Y algo de todo eso hubo durante estos años, a múltiples niveles.

De las dos grandes posibilidades de avance del proyecto de integración en el Viejo Continente (el avanzar hacia una confederación de países, o limitarse sólo a un mercado común), cuando los británicos ingresaron –tardíamente, en 1973- siempre empujaron las pesas para que no se llegara a hablar de cesiones de soberanía nacional y los acuerdos quedaran reducidos a la órbita económica. En los tiempos ultraliberales de la señora Margaret Thatcher, Londres logró doblegar la voluntad integracionista inclusive dentro de estos parámetros puramente económicos, y condicionó la aprobación de los presupuestos de la organización a la devolución del “cheque británico” (el porcentaje de devolución de los aportes realizados por no participar de los beneficios proteccionistas de la Política Agrícola Común). Como decía arriba, esta actitud hacia Europa atraviesa las generaciones, pero también las gestiones de los diferentes partidos: cuando llegó el turno de la “tercera vía” laborista de Tony Blair, que se declaraba “un europeísta apasionado”, no solo se mantuvo el “cheque británico” tharcheriano, sino que se siguió rechazando el euro para mantener la libra esterlina como moneda nacional. Europeísmo, ma non troppo.

David Cameron, a diferencia de su predecesor laborista, ni siquiera intentó nunca escenificar un amor por Europa que no siente. Además, sabe que al interior de su partido, entre los “tories”, el euroescepticismo es moneda corriente. El argumento que el premier conservador utiliza para dar otra vez la espalda a Europa es fuerte: preservar a toda costa el poder financiero de la libra esterlina, en un momento en que la moneda común europea sufre el más despiadado ataque de los mercados externos. Además, Cameron dice que el sector financiero inglés (la tan mentada y sacrosanta City) representa un 30 por ciento del producto bruto nacional de las Islas; (esa City representa el 36 por ciento de la industria mayorista de la banca de la Unión Europea, y el 61 por ciento de las exportaciones netas de servicios financieros internacionales). Cameron ni mencionó, en su defensa ante el pleno de los Comunes, las razones políticas de la antipatía hacia los mayores grados de integración continental, no las necesita: el peso de los argumentos económicos difícilmente encuentre muchos detractores entre los diputados, inclusive entre los de la oposición.

El único que amagó con un tímido gesto de protesta fue su socio en la coalición de gobierno, el liberal-demócrata Nick Clegg. Se retiró de los Comunes y dejó vacío su sitio en el banco verde del oficialismo; al día siguiente afirmó en la prensa que el Reino Unido salía debilitado de la jugada de Cameron en la cumbre europea. Ya que el socio del primer ministro lo hacía desde el oficialismo, el líder de la oposición y del Partido Laborista, Ed Miliband, también saltó a la palestra y pidió que el gobierno volviera a negociar con los restantes socios de la Unión Europea.

Pero los periódicos del magnate Rupert Murdoch –adalides del euroescepticismo inglés- salieron a respaldar sin fisuras al premier, y a recordarles a sus críticos que el portazo a Bruselas es acorde al sentimiento popular mayoritario. Miliband no ha hecho más declaraciones, y Clegg volvió a su sitio en el banco verde de los Comunes, en Westminster.

LOS BENEFICIOS DEL TÉ

Pero cuidado, porque la gravedad de la crisis y el estentóreo desplante de Cameron pueden llevar a un equívoco aún mayor: Europa sin Londres nunca estará completa.

El euroescepticismo es una grave enfermedad cultural, que en un pasado para nada remoto llevó a alejamientos y a tensiones para conseguir la supremacía continental. Sin excepciones, y durante siglos, esas tensiones terminaron resolviéndose a cañonazos.

La mayor conquista del proceso de integración ha sido conjurar la explosión guerrera de las rivalidades políticas europeas, que en dos oportunidades durante el siglo XX acarrearon detrás del ellas al resto del mundo. Y para que ese equilibrio se siga manteniendo, Gran Bretaña no puede alejase definitivamente del centro del proceso de integración.




Hoy Día Córdoba – Periscopio – Magazine – viernes 16 de diciembre de 2011


martes, 15 de junio de 2010

Cameron, el nieto de la señorta Thatcher (14 05 10)

Cameron, el nieto de la señora Thatcher
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por Nelson Gustavo Specchia

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David Cameron lo hizo de nuevo. Logró componer la misma fórmula ensayada por el carismático Tony Blair a mediados de la década de los noventa: juventud, eficiente manejo de la imagen televisiva, mucha seguridad en sí mismo y empatía con la audiencia, en la construcción del personaje. Y modernidad europea, heterodoxia ideológica y renovación partidaria, en el armado de un programa político que le permitiese heredar la conducción del viejo y engolado partido “tory”, pero saltando la valla generacional de la vieja guardia de los abuelos. Y lo logró.
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Cameron se quedó en 2005 con un partido que, tras largos años fuera del poder, percibía que sin una renovación –aunque peligrosa- de prácticas y de gentes, ahondaría en el aislamiento al que lo llevó Tony Blair y la irrupción del “new labour”. Luego, Cameron convenció al electorado británico que no era un lobo vestido con traje de confección, sino que su aire de frescura y distención –ratificado objetivamente por sus 43 jóvenes años- era una alternativa válida frente al desgaste, el cansancio y el aburrimiento mediocre del gobierno de Gordon Brown, que no pudo revertir la pendiente de fin de ciclo.
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Con estos elementos, David Cameron llegó a las elecciones del pasado 6 de mayo, y su partido logró la mayor cantidad de votos en el recuento general. Mayor cantidad, pero no mayoría parlamentaria, porque el discurso posmoderno, líquido y débil, puede provocar adhesiones, pero muy difícilmente arrastre multitudes. Gran Bretaña quedó durante algunos días en la indefinición del Parlamento “colgado” (“hung parliament”), y comenzaran las especulaciones sobre las posibles alianzas. Con el especial sistema representativo vigente, que privilegia claramente la formación de gobiernos mayoritarios, con alta gobernabilidad y muy estables, los conservadores obtuvieron 306 asientos (36,1 por ciento de los votos), el gobierno laborista de Gordon Brown quedó relegado a un distante segundo lugar, con 258 sitiales (29,1 por ciento); y los Liberal-Demócratas como tercera fuerza –que habían irrumpido sorpresivamente en el tramo final de la campaña- con 57 asientos. Comandados por Nick Clegg, también joven y simpático como el líder “tory”, los Liberal-Demócratas, con un exiguo 23 por ciento de preferencia en el electorado, y a pesar del sistema mayoritario que castiga fuertemente a los partidos menores, tuvieron en sus manos la posibilidad de armar una alianza con uno de los dos grandes, y generar un gobierno de coalición.
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Tradición y especulación
El inglés es un pueblo que goza de sus tradiciones, de todo tipo; muchas de ellas son, inclusive, auténticas. Una de estas indica que el partido más votado, aunque no haya obtenido la mayoría, tiene derecho a reclamar la oportunidad de formar gobierno. Por ello, Cameron esperó a Clegg, y públicamente le ofreció considerar la posibilidad de reformar el sistema de representación que tanto penaliza a los Liberal-Demócratas en las elecciones. Este hubiera sido el camino tradicional. Pero con la llave del acceso al poder en la mano, Nick Clegg barajó durante un par de días alternativas diferentes. Dijo que no se sentía un “hacedor de reyes”, pero no dejó de asistir a una ronda de negociaciones con el todavía primer ministro Brown. Los analistas de los más importantes think tanks británicos, como los profesores de la London School of Economics, o de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Oxford, propusieron en artículos de opinión que, tanto en carácter como en perfiles partidarios, eran muchos más los elementos coincidentes entre los liberal-demócratas con los laboristas, que los factibles de encontrar entre aquellos y los conservadores.
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La jugada pareció, en todo caso, un canto de cisne de Gordon Brown, un último manotazo para aferrarse al cargo, y lograr un nuevo período de gobierno en minoría. El sistema político británico no obliga al primer ministro a disolver su gobierno por el hecho de perder unas elecciones, y si consigue alianzas con algunos representantes regionales o con una tercera fuerza atípica –como los liberales-demócratas en este caso- Brown hubiera podido permanecer en la dirección del ejecutivo. Pero una alianza de este tipo, aunque legalmente posible en el sistema político, no habría dejado de ser una asociación de perdedores, y eso es muy difícil de enmascarar, cualquiera sea el discurso con que se la justifique. Y la opinión pública británica, democráticamente madura y experimentada, no es de las que aceptan gato por liebre. De haberse avanzado por esa vía, el resultado más probable hubiera sido un gobierno débil, de socios en coexistencia conflictiva y muy cuestionado en su origen, exactamente lo contrario de lo que se espera para la administración del Reino Unido en una crítica coyuntura de mercados inestables y de crisis en proceso de profundización.
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Pero durante la semana se hizo evidente que el primer ministro no contaba con los respaldos suficientes, ni siquiera dentro de su propio partido. Los laboristas entendieron que aferrarse al poder sin la legitimidad que otorga el ganar limpiamente unas elecciones, los llevaría a quedar fuera del escenario por más tiempo del prudente. Brown terminó tirando la toalla, hizo pública su renuncia y la diputada Harriet Harman asumió la conducción del Partido Laborista, que ahora vuelve a la oposición.
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Vistas las alternativas, los liberales-demócratas volvieron sobre sus pasos, y decidieron transitar una vez más el camino de la tradición. Acudieron al convite de Cameron, que en todo este tiempo no había perdido el tipo, ni los nervios, ni la paciencia. Sostuvo su convocatoria, aseguró a Clegg que tratarán el tema de la reforma del sistema electoral, y que las otras banderas de los socios integrarán la agenda del nuevo gobierno: analizar la situación de la inmigración irregular, la moratoria nuclear y los gastos militares. Un auténtico gobierno de coalición, dijo, no sólo un pacto de gobernabilidad. Los liberal-demócratas aceptaron, y la reina llamó a David Cameron a Buckingham.
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Los cachorros
Tanto David Cameron como Nick Clegg tienen 43 años. Son el primer ministro y el vice primer ministro más jóvenes de la historia inglesa de los últimos dos siglos. Y sus historias de vida corren en paralelo.
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La simpatía del nuevo primer ministro fue caricaturizada como un “pez dentro de un preservativo”, en una hiriente sátira de la prensa británica. Pero Cameron, lejos de ofenderse, les celebró la gracia. La anécdota pinta su carácter, y lo diferencia de los rancios personajes del Partido Conservador. Y más allá de lo espontáneo, las notas pragmáticas y sin demasiados énfasis ideológicos de las que ha hecho gala durante toda la campaña electoral pueden constituir un momento de cambio en el viejo partido “tory”. Cameron viene de una familia acomodada; se educó en Eaton, el colegio privado donde estudian los hijos de la aristocracia, y en la Universidad de Oxford, donde cursó filosofía y ciencias políticas.
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Pero respecto del viejo ideario conservador, mantiene las posturas de la menor injerencia gubernamental posible en la vida económica, aunque matiza casi todas las demás: menos tradición y rigidez respecto de las costumbres sociales, aceptación del matrimonio entre personas del mismo sexo, legalización del aborto, apoyo a la sanidad pública. La gran diferencia con la generación de sus abuelos conservadores estriba en la relación con los Estados Unidos y respecto “del Contiente”, con este último, su anti-europeísmo es menos militante, y con el gran socio americano, no asegura una alianza incondicional (ni siquiera apoyó entusiastamente la guerra de Irak). Quizá sea la cara nueva del conservadurismo, aunque también pueda ser el líder que lleve a la derecha británica más cerca del centro.
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De Nick Clegg, su nuevo vice primer ministro, dicen que además de simpático y joven es intuitivo, abierto, y liberal en serio. Mucho más cerca de Europa que Cameron, su internacionalismo le viene desde la propia biografía: su madre es holandesa, su padre es hijo de rusos, su esposa es española; y habla inglés, holandés, alemán, francés y español. También de familia acomodada, no estudió en Oxford como su jefe, pero sí antropología social en Cambridge, otra de los grandes campus universitarios de fama mundial. Le sedujo unirse a los “tories” durante algunos años, aunque luego se mudó a los liberales-demócratas, de cuyo liderazgo se hizo el mismo año en que Cameron comenzaba a comandar a los conservadores. Dos vidas paralelas.
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De la mano de los cachorros, y tras los años de hierro de lady Margaret Thatcher, que ocupó el número 10 de Downing Street entre 1979 y 1990, sus nietos vuelven al poder en Londres. Y con una receta de imagen inventada por Tony Blair, el dirigente de la nueva izquierda inglesa que los había empujado del escenario. La política también nutre al flemático humor inglés.
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nelson.specchia@gmail.com
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jueves, 11 de junio de 2009

Un momento crítico en la construcción europea

Un momento crítico en la construcción europea


Por Nelson-Gustavo Specchia



Unión Europea



El domingo de esta semana se han llevado a cabo elecciones en toda Europa, simultáneamente en los 27 países que hoy conforman la Unión Europea, para elegir, por voto directo, representantes al Parlamento Europeo.

La Eurocámara, en Estrasburgo, es la única institución comunitaria que representa a los ciudadanos, a los hombres y mujeres de a pie; las restantes instituciones armadas por la organización continental –como el Consejo o la Comisión Europea- representan a gobiernos. Y en estas elecciones, donde los ciudadanos han tenido la oportunidad de elegir a sus propios representantes, los partidos progresistas, a los que se supone más cerca del “proyecto” de construcción europea, han sufrido un descalabro, una muy amarga derrota, mientras los partidos de tendencia conservadora, de derechas, se han alzado con un cómodo y claro triunfo.

El tema de fondo es que, en su vertiente central, las agrupaciones de la derecha (reunidas mayoritariamente en el Partido Popular Europeo, y en los “tories” británicos), representan posiciones críticas y escépticas –cuando no abiertamente contrarias- hacia la marcha y el crecimiento de la integración europea. Por eso la amplia mayoría de escaños conseguidos por la derecha en el Parlamento de Estrasburgo (unos 320 asientos, de los 736 eurodiputados totales), hace prever un futuro pesimista para el propio proyecto político continental, que ha sido, hasta ahora, el modelo al que han aspirado prácticamente todos los intentos de integración regional, incluido los latinoamericanos.

Estas elecciones marcan una nueva etapa, que estará caracterizada, principalmente, por el alejamiento de los ciudadanos, por la desazón popular, por la desafección de quienes han sido los principales beneficiarios de los logros políticos, económicos, y sociales, del proyecto de la Unión Europea. Los sectores progresistas y más claramente “europeístas” han sido incapaces de generar un discurso que movilizara a los electorados en un contexto de crisis global, que mostrara al hombre común la potencialidad de la marcha del proceso de integración. En la opinión pública, Bruselas (donde se asientan las oficinas de la organización continental) es cada vez más sinónimo de burocracia, de aparatos políticos complejos y engorrosos, de maquinaria alejada de las necesidades y de las aspiraciones concretas del europeo medio.

El voto universal al Parlamento Europeo comienza en 1979, y desde entonces hasta mediados de la década de los años ‘90, los socialistas obtuvieron una victoria tras otra, logrando, además, movilizar a las ciudadanías: la participación se mantuvo siempre por encima del 55 por ciento. A fines de esa década se produce el quiebre en la tendencia: en 1999 el Partido Popular Europeo (PPE) se hace con la primera gran victoria, y la participación ciudadana comienza a bajar hacia niveles inferiores al 50 por ciento. Esta tendencia no ha hecho sino profundizarse en cada elección, y en la del pasado domingo llegó al nivel más bajo en la historia de la Eurocámara, con apenas el 42,94 por ciento del total de electores europeos que salieron de sus casas para ir a votar por Europa.

Con una caída tan fuerte en la participación, los socialistas tocaron también un piso histórico, sumando apenas el 21,9 por ciento. En cambio, el Partido Popular Europeo alcanzó un 35,7 por ciento de los sufragios, y con esta diferencia entre ambos aventaja con casi 100 diputados a los socialistas. El presidente francés, Sarkozy, la canciller alemana, Angela Merkel, y el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi (a pesar de los escándalos que lo acompañan a diario), han sido los grandes triunfadores del domingo. Pero con ellos también ha triunfado el euroescepticismo, expresado en parlamentarios electos como voto-protesta.

Mi lectura es un tanto preocupante. En primer lugar, por la desafección ciudadana: tener un 60 por ciento de abstención en los únicos comicios de escala continental me parece un claro retroceso, o, al menos, la expresión de una indiferencia peligrosa.

Ya hay varios gobiernos abiertamente “euroescépticos”, que toman distancia del proceso de integración continental, como el presidente de la República Checa, Václav Klaus; o el seguro próximo primer ministro británico, David Cameron, que ha prometido convocar a un referendum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Si a ellos se les suma la desatención y el desinterés de los propios ciudadanos, el resultado daría una combinación explosiva para la marcha del proceso de integración.

¿Estarían realmente dispuestos los líderes de la derecha conservadora a tirar por la borda más de medio siglo de exitosa construcción a escala continental? Luego de siglos y siglos de enfrentamientos, incluyendo, en años relativamente recientes, las dos más grandes conflagraciones bélicas de la historia de la humanidad, el proyecto de la Unión Europea ha logrado traer paz y crecimiento, protección social y desarrollo económico, en niveles nunca vistos. Y ese modelo de convivencia entre unidades políticas distintas e históricamente antagónicas, diferentes pueblos, culturas y lenguas, se ha exportado al mundo como un ejemplo a imitar. Ahora, el futuro de esa Europa unida depende de los sectores ideológicos que más la han criticado, y que nunca, en realidad, han creído realmente en ella.

En un tiempo muy escaso de referentes sólidos a nivel internacional, el nuevo escenario europeo viene a agregar una nota de desesperanza. Los chinos tienen la misma palabra para expresar la idea de “crisis” y la idea de “oportunidad”. Será interesante ver cómo frente a esta crisis, se aprovecha –o no- la oportunidad que ella plantea.