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martes, 29 de enero de 2013

Silvio Berlusconi: los excrementos del ave fénix (29 01 13)

En foco - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 29 de enero de 2013 

Silvio Berlusconi: los excrementos del ave fénix

por Pedro I. de Quesada




¿Cómo explicar la supervivencia de alguien a quién todos los analistas califican como una falla estructural de la política italiana?

La salida de Silvio Berlusconi de la jefatura del gobierno fue saludada como un retorno a cierta normalidad (y una normalidad dentro de los parámetros italianos, que son amplios y laxos), después del colapso judicial, social y económico al que había conducido su Ejecutivo.

Por eso, tras la decadencia cultural que implicó el berlusconismo, nadie esperaba un retorno del personaje a la primera línea en tan breve tiempo. Pero ahí está, cual ave fénix, amenazando con volver al centro de la política.

Sus partidarios, inclusive, sostienen que nunca se acabó de ir y que el control de los principales resortes de la burocracia romana nunca escaparon de sus manos.

Puede ser, porque sería muy difícil, si así no fuese, que Berlusconi tuviera tan poco cuidado en la ruta de regreso al poder: esta semana, mientras Europa recordaba el horror del Holocausto, la "shoah" del asesinato colectivo de los totalitarismos de derecha del siglo 20, "Il Cavaliere" dijo que Benito Mussolini fue un líder que hizo cosas buenas, a pesar de la discriminación y la persecución contra los judíos italianos de las leyes aprobadas por el Fascismo en 1938, obedeciendo los tratados firmados con el régimen de Hitler.

El ex fiscal anticorrupción, Antonio Di Pietro, dio en el clavo: Berlusconi es la caricatura de Mussolini.

El filósofo Paolo Flores d'Arcais le adjudica al Partido Popular Europeo (PPE) parte de la responsabilidad del aval de la clase política continental al acceso y a la permanencia de Berlusconi en el gobierno de Italia.
Muy especialmente a los grandes partidos demócrata-cristianos: los liderados por Ángela Merkel en Alemania, y (en su día) por José María Aznar en España, junto a la UMP francesa de Nicolás Sarkozy.

Sin ese apoyo regional y sin esa validación internacional de los líderes europeos, el berlusconismo (la versión peninsular de Le Pen, apunta Flores d´Arcais, o de Putin) hubiera dispuesto de menores franjas de discrecionalidad para hundir al sistema italiano en un show peligroso e insustancial: una agresión populista, alimentada de racismo y de clericalismo, contra la constitución republicana.

Ahora, cuando Berlusconi elige para abonar el camino de su vuelta al centro del escenario un nuevo enemigo (las instituciones de la Unión Europea, el euro y los bancos alemanes), el Partido Popular Europeo se plantea quitarle su histórico apoyo a "Il Cavaliere".

Es que la derecha europea ha encontrado un nuevo héroe para la península: el profesor Mario Monti y su alianza "centrista".

Queda saber si Berlusconi lo permitirá, o si esa creciente espiral de adjetivos cada vez más insultantes contra Monti no es un nuevo show, sino que expresa la verdadera lucha por el futuro del poder en Italia.





Twitter: @nspecchia










miércoles, 16 de enero de 2013

Dominique, el sátiro o el proxeneta (16 01 13)

En foco - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – miércoles 16 de enero de 2013 

Dominique, el sátiro o el proxeneta


por Pedro I. de Quesada





La novela negra (o la novela rosa, a esta altura quién sabe) alrededor de Dominique Strauss-Kahn se niega a concluir, y sigue dando pasto a los caballos del debate ideológico galo.

Hasta hace apenas unos meses era un personaje central de la política europea: abogado y economista brillante, líder de la socialdemocracia francesa, dos veces ministro de Economía, director gerente del Fondo Monetario Internacional, y esperanza de la izquierda para derrocar al neogaullismo de Nicolás Sarkozy. A sus 60 años, era el hombres de las mil rosas, que presumía de socialismo y al mismo tiempo cultivaba una imagen de bon vivant, con trajes y coches millonarios y una esposa hermosa e inteligente (también ella millonaria).

La vida es una moneda tirada al aire, y puede caer de cara muchas veces pero en la ocasión menos pensada mostrar la cruz. DSK vive esa cruz desde el 14 de mayo de 2011, cuando la rica moneda de oro de su vida se dio la vuelta en una suite del hotel Sofitel de Nueva York. La mucama Nafissatou Diallo, inmigrante de las paupérrimas tierras africanas, consiguió sentar a uno de los más importantes hombres del mundo, esposado y sin afeitar, en el banquillo acusado por violación.

Las fotos dieron la vuelta al mundo y en cuestión de horas despojaron a Strauss-Kahn de los timones de mando del FMI, del liderazgo del Partido Socialista Francés, de la precandidatura presidencial, y de todo cargo medianamente importante de la larga lista que su curriculum acumulaba.

El juicio norteamericano, en todo caso, se difuminó en los meandros legales, DSK recuperó la libertad y pudo volver a su residencia parisina, junto a su leal esposa, que no dejó de apoyarlo contra toda prueba.

Pero aunque se librara de la cárcel neoyorquina, el proceso por violación seguía abierto y Strauss-Kahn tuvo que llegar –en noviembre pasado- a un acuerdo con la mucama ultrajada por un monto de seis ceros en dólares que, al mismo tiempo, constituyó una asunción indirecta de culpabilidad.

Cerró aquel capítulo, pero la novela sigue, y como lo fue desde un principio, supera el ámbito privado e invade la faz pública, con ramificaciones a toda la clase política. Anne Sinclair, la leal esposa, se terminó por hartar y abandonó al fogoso socialista, a quien los paparazzi fotografían ya en Venecia con su nueva novia, Myriam Aouffir.

Rechazada la solicitud de archivo de la causa, el Tribunal Supremo de Francia debe decidir ahora si procesa a DSK como proxeneta, por haber participado de una banda que organizó, durante años, servicios sexuales de prostitutas y orgías a 10.000 euros por cabeza la noche (cabezas blancas, importantes, masonas y políticas).

Por estos días, muchos se preguntan además si debería soslayarse la responsabilidad del presidente François Hollande: no puede, advierten los críticos, no haber estado al tanto de las conductas impropias de su sátiro compañero de partido.

En todo caso, si el Tribunal Supremo habilita el juicio por proxeneta, esta vez DSK no logrará zafar con algunos millones de euros. Esta vez pueden caerle hasta siete años de cárcel.





Twitter:   @nspecchia


jueves, 19 de abril de 2012

Francia a las urnas (20 04 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – columna “Periscopio” – viernes 20 de abril de 2012.


Francia a las urnas


Por Nelson Gustavo Specchia









Este domingo, la República Francesa acude a las urnas para renovar la figura presidencial. A pesar de ser los inventores del republicanismo moderno, los franceses nunca han logrado quitar del todo el aura monárquica de su jefe de Estado.

Las sucesivas refundaciones de la República desde 1789 no han hecho sino reafirmar ese carácter concentrador del poder en el Presidente. Y la Quinta República, con la Constitución impulsada por el general Charles de Gaulle en 1958, siguió en esa línea, robusteciendo la figura presidencial al otorgarle el pleno ejercicio del Poder Ejecutivo.

A diferencia de las formas adoptadas por los demás Estados europeos tras la posguerra, sean reinos constitucionales o democracias parlamentarias, en Francia el Presidente representa al Estado y lo gobierna efectivamente.

Nicolás Sarkozy ha sido un mandatario plenamente consciente de esta particularidad de la política francesa, y en sus gestos y actitudes la puso permanentemente en evidencia; sólo le faltó exclamar alguna vez aquel “L’État c’est moi”, que apócrifamente se atribuye a su predecesor Luis XVI, el Rey Sol.

Esta característica, asimismo, denota la importancia de las elecciones que comienzan este domingo, y concluirán en el casi seguro ballotage, que se celebrará en dos semanas más.

Un conjunto extenso de instituciones completan el entramado político galo: primer ministro, parlamento, alcaldías, circunscripciones, provincias, regiones. Éstas, a su vez, también con su propia malla de legislaturas zonales y locales, delegaciones del gobierno central y competencias autonómicas. Un armazón complejo pero que gira, en su conjunto, alrededor de la figura central del Presidente de la República, personificación unitaria de un país unitario.

Y ese eje unificador de la personalidad política francesa está a punto de marcar un quiebre, si una sorpresa de último momento no logra cambiar las tendencias que han tomado forma durante la campaña, y que terminaron por afirmarse esta semana: François Hollande, el candidato de la socialdemocracia francesa, desplazará del centro del poder a Nicolás Sarkozy.

Y ese pase, si se concreta, no sólo implicará un nuevo ciclo para Francia, tras un largo período de predominio de los conservadores de la derecha gaullista, sino que también marcará un pelotazo en el frontón europeo. Porque la continuidad de Sarkozy es una de las condiciones esenciales para que el plan de austeridad diseñado por la canciller alemana, Ángela Merkel, se siga aplicando.

Hollande, por el contrario, ha anunciado que revisará esa política de achique y de ajuste ortodoxo aplicada sin anestesia por “Merkozy”, el disciplinado matrimonio ideológico de la derecha europea.

EL DESPERTAR DE LA “GAUCHE”

Francia es la quinta economía del mundo y la segunda de la Unión Europea, y desde el inicio del proceso de integración continental ha sido la “otra locomotora”; a veces delante, otras veces a la par, y en la última década detrás de la locomotora alemana.

El consenso entre Berlín y París (con la anuencia explícita o tácita de Londres) ha sido la auténtica causal del avance del Viejo Continente desde los Tratados de Roma, de 1957, que dieron origen a la primitiva Comunidad Económica Europea.

Los franceses ocuparon ese lugar prioritario con capacidad y realismo, aunque para ello tuvieran que cambiar de ideas y de adaptarse a las nuevas circunstancias. La derecha fue paulatinamente dejando de lado el orgullo separatista de la “grandeur de la France”, y la izquierda del Partido Socialista –especialmente durante el período comandado por François Mitterrand- fue adecuando su consustancial internacionalismo al proceso gradual de ampliación de la organización continental.

De esta manera, tanto los conservadores como la izquierda se comprometieron con Europa, y mientras todo anduvo bien no hubo demasiadas quejas. Pero llegó la crisis, y todo cambió.

En la debacle, reaparecieron viejas ideas y prácticas en la derecha neogaullista. Empujado por la desocupación, el aumento del déficit y la caída del consumo, Nicolás Sarkozy apeló al baúl de los recuerdos, y comenzó a poblar el discurso político de consignas nacionalistas (y hasta xenófobas), e inclinó la doctrina económica hacia la ortodoxia liberal.

Su objetivo era acabar con las prebendas del Estado de Bienestar, pero, en cambio, consiguió un resultado inesperado: abrió la puerta para que la izquierda, que llevaba años medio sonámbula, minoritaria e irrelevante, regresara con sus banderas de protección social y de defensa de las libertades, ofreciendo una salida alternativa a la crisis económica, que no pasa por la reducción del espacio público sino por su fortalecimiento.

Y las encuestas de preferencia de voto para este domingo muestran que las mayorías darán la espalda al ajuste merkozyano, y una nueva oportunidad a la “gauche” del Partido Socialista Francés, el más viejo de Europa.

Aunque el Elíseo cuenta con un ejército de asesores graduados en la exclusiva Escuela Nacional de Administración, ninguno de esos bien pagados profesionales le advirtió a su jefe que la vía del ajuste le pasaría la cuenta en las elecciones presidenciales. El verdadero autor del renacimiento de la izquierda francesa es Nicolás Sarkozy.

MONSIEUR “NORMAL”

Aunque François Hollande –a quien la campaña oficialista llamaba hasta hace poco “Señor Normal”, suponiendo que con eso lo desacreditaba- también debe agradecer que los astros se hayan alineado en su favor, y que lo hayan dejado a las puertas de la Presidencia con tan poco esfuerzo.

Además del enorme error estratégico de Sarkozy, fue otra metida de pata garrafal la que aupó a Hollande a la primera línea de la competencia: la de Dominique Strauss-Kahn, el libertino.

Después que la socialdemocracia gala tocara fondo en 2002 (cuando su candidato presidencial, Lionel Jospin, no pudo ni siquiera competir en el ballotage, porque la extrema derecha del Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen lo desplazó al tercer lugar nacional), el partido venía buscando un candidato casi a las desesperadas.

Y no lo encontraba. La apuesta por Ségoléne Royal –por entonces la mujer de Hollande- salió mal, y los conservadores disfrutaban de un poder incontestado, tanto durante las dos presidencias de Jacques Chirac, como en los inicios del período de Sarkozy.

Entonces, cuando la crisis comenzó a poner todo patas arriba, empezó a ascender la estrella de DSK. Inteligente y abierto, brillante abogado, economista keynesiano, políglota, hombre de mundo, amante de los buenos vinos y de los buenos quesos, Strauss-Kahn aparecía como una figura ideal para reemplazar a la acartonada monarquía republicana de “Sarko”, y salvar al mismo tiempo el Estado de Bienestar y las políticas sociales conquistadas por los trabajadores franceses.

Pero lo perdieron sus excesos. La denuncia por violación en el hotel Sofitel de Nueva York lo tumbó de la jefatura del Fondo Monetario Internacional, de la conducción del Partido Socialista, y de una candidatura presidencial que ya se sentía ganada. Y cuando desapareció la enorme figura de Dominique Strauss-Kahn, quedó a la vista la sonrisa paciente y el discreto encanto de un hombre normal.

Las últimas mediciones les dan a ambos contendientes un porcentaje de votos casi idéntico en la primera vuelta de este domingo, con un 27 por ciento de los votos; pero Hollande saltaría al 56 en el ballotage del 6 de mayo, mientras que el actual Presidente se hundiría, por debajo de la línea del 44 por ciento.

Sarkozy es bajito, “hijo desclasado de un inmigrante judío húngaro” como lo retratan sus críticos, o “un pequeño francés de sangre mezclada”, como se ve a sí mismo. Pero, en todo caso, es un león de la política, que ha peleado mil batallas.

Yo no descartaría un último zarpazo.





En Twitter:   @nspecchia




lunes, 23 de enero de 2012

Ni un duro (25 10 11)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba - martes 25 de octubre de 2011


Ni un duro

por Pedro I. de Quesada


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El desconcierto de la clase política europea es insólito. En las tres últimas reuniones del G-20 se va escuchando que si no cambian de libreto, el abismo está asegurado; que dejen de restringir el gasto y, keynesianamente, amplíen la base de consumo, como en Brasil o Argentina.

Pero la señora Merkel se ha encaprichado, y al tiempo que no deja de repetir que salvar al euro es condición para salvar a Europa, empuja a Europa cada día un pasito más cerca de aquel precipicio anunciado. Esta semana han vuelto a reunirse, de emergencia.

Ya han comenzado a elevar el tono de los reproches: “Estamos hartos de que vengas a decirnos qué hacer, siempre odiaron al euro, nunca quisieron dejar la libra, y ahora te metes en nuestras reuniones a darnos órdenes”, le gritó el francés Sarkozy al inglés Cameron, hasta ayer tan amigos y tan de acuerdo en bombardear a Khaddafi.

Los británicos, que no forman parte de la Eurozona, insisten en participar en las decisiones de los 17 países del euro, porque si se cae la moneda común también ellos se verán afectados. Sarkozy dejó Bruselas y se volvió a París, a ver a su hija recién nacida.

Y Cameron se volvió a Londres, donde ayer enfrentaba a un Parlamento que, en su orden del día, trata un pedido de referéndum para decidir si Gran Bretaña permanece o se retira de la Unión Europa.

La votación no es vinculante, y es difícil que sea aprobada, pero da una idea –como el enfrentamiento verbal con el francés- de la temperatura que han alcanzado los ánimos.

Von Rumpuy ha llamado a una nueva cumbre, otra vez de emergencia. Y Merkel asistirá, pero sin dar el brazo a torcer. Ni un “duro” más en aportes: restrinjan los gastos. Y el borde del precipicio, cada vez más cerca.




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miércoles, 15 de septiembre de 2010

Giranos, europeos sin patria (03 09 10)

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Gitanos, europeos sin patria
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por Nelson Gustavo Specchia
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La polémica decisión del presidente de la República Francesa, Nicolás Sarkozy, de expulsar a los gitanos del suelo francés, ha actualizado el debate sobre el tratamiento político que reciben las minorías étnicas, y también la discusión sobre la real capacidad del proceso de integración europeo para asimilar a los diferentes, aquellos que cuestionan la perspectiva occidental, cristiana, liberal y moderna que Europa ha homogeneizado como su motus vivendi.
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Los “romaníes” (nombre con que se conoce a las gentes gitanas en Europa; ellos se designan a sí mismos como “rom”, “manuches” o “sintis”) no son el único caso que pone a prueba los límites inclusivos de la Unión Europea (UE). Las permanentes idas y vueltas con la candidatura de Turquía a la Unión es otro de estos casos testigos, y no es casual que vuelva a ser Sarkozy –junto a la canciller alemana Ángela Merkel- el campeón de los opositores al ingreso turco: repiten que son muchos, son musulmanes, son dudosamente democráticos, más asiáticos que occidentales, más antiguos que modernos. Otras posibles candidaturas a la UE son receptoras de prejuicios similares: Croacia, la Antigua República Yugoeslava de Macedonia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Moldavia, Ucrania.
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¿Y A TÍ QUIÉN TE QUIERE, GITANA?
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Pero los romaníes tienen, además, algunas características que los dejan fuera de aquel concepto de Europa como el conjunto de principios basados en la filosofía griega, la religión de Israel y el derecho romano, según la definía Paul Valéry. Porque los gitanos nunca han reconocido más patria que la propia tribu. Ese ancestral carácter nómade, y los vientos de la historia, los terminaron agrupando hoy mayoritariamente entre Rumania, Bulgaria y la República Checa. El anciano parentesco con otras tribus europeas (como los gitanos españoles de Andalucía, o los italianos y franceses) se debilitó mucho durante el siglo XX; los campos de concentración nazis no alojaron sólo deportados judíos, sino también de otras minorías, y miles de gitanos terminaron con sus huesos en los hornos de exterminio.
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Nicolás Sarkozy preside un gobierno conservador, en cuya cosmovisión la deportación de cientos de romaníes y de destrucción de sus poblaciones con el argumento de asociarlos al delito y a la criminalidad, encuentra sentido aunque genere rechazos. Pero Sarkozy es un animal político con olfato muy fino, y si se atreve a seguir adelante a pesar del rechazo que su decisión provoca en todo el arco político, en las organizaciones civiles, en su propio gabinete y hasta en el papa de Roma, es porque su olfato le dice que cuenta con el apoyo de importantes bases populares (y electorales).
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No nos engañemos: a los gitanos, a sus carpas y caravanas de casillas rodantes, a sus catervas interminables de críos por todas partes, a su vida rumbosa y poco considerada con las normas y las convenciones sociales, se los quiere poco. Desde la políticamente correcta visión burguesa, los gitanos incomodan como vecinos, no se molestan en integrarse a la sociedad a la que llegan, se comunican en un dialecto ancestral de raíz indostánica incomprensible para el común de los mortales, y les caben todos los tópicos con que la tradición los ha revestido: vagos, ladrones, sucios, desorganizados, mendigos y haraganes. Y Sarkozy lo sabe, y lo aprovecha.
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EUROPEOS DE SEGUNDA
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Al llevar una vida trashumante, es difícil censar a los romaníes (sumado a que en varios Estados-Miembros de la UE está prohibido realizar censos étnicos), pero se estima una población cercana a los diez millones, que se ha movido en olas de migración por el continente durante siglos, agrupándose tras las últimas olas en el borde oriental. Hoy se estaría viviendo un nuevo desplazamiento hacia los países centrales de Europa –Francia, Alemania, Italia- motivado por cuestiones socioeconómicas.
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La diferencia con el pasado es que ahora deberían poder hacerlo legalmente, ya que el “espacio Schengen”, vigente desde 1995, establece un único ámbito europeo sin fronteras interiores, dentro del cual cualquier ciudadano de un Estado-Miembro tiene libre movilidad y permanencia. Rumania y Bulgaria, los últimos socios ingresados al club en la ampliación de 2007, aún no disfrutan completamente del acceso al “espacio Schengen”, pero apenas estos países ultimen las formalidades, sus ciudadanos podrán moverse libremente por Europa, migrar y establecerse. Inclusive sus gitanos.
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Pero no lo tendrán tan fácil: aún dentro de una legislación tolerante y liberal hay resquicios por donde se aferran las viejas diferencias. Los romaníes se han enfrentado históricamente a una exclusión más aguda que la de cualquier otro colectivo minoritario, especialmente cuando tratan de acceder a esas seguridades que el “Estado de Bienestar” europeo intentó proteger para la totalidad de la población: el empleo, la educación, la sanidad, los servicios sociales.
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Por esos resquicios y frente a la inminente entrada en vigor del “espacio Schengen” para los nuevos socios orientales, Francia ha declarado unilateralmente una moratoria hasta 2012 (que seguramente ampliará luego hasta 2014). En virtud de ella, el gobierno francés no les reconoce temporalmente a los rumanos y búlgaros los mismos derechos que al resto de los europeos, y –consecuentemente- si los encuentra en su territorio y sin papeles de inmigración, puede expulsados legalmente.
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Así, la expulsión de romaníes por parte del gobierno de Nicolás Sarkozy se ha convertido en una rutina: según las cifras oficiales, sólo durante 2009 expulsó de Francia a 10.000 gitanos. En estos días, desde París se han planeado vuelos con cerca de 700 romaníes expatriados hacia Bucarest, y el gobierno va desmantelando más de 300 poblados, obligando a sus habitantes –muchos ya nacidos en suelo francés- a abandonarlos.
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LIOS CON EUROPA
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A pesar de que Sarkozy sigue apelando a su fino olfato, algunas cosas van tomando color castaño oscuro. Desde instancias internacionales, el Comité contra la Discriminación de las Naciones Unidas envió la semana pasada a París un documento formal advirtiendo a Francia que de persistir en esta política incurriría en un caso de discriminación internacional. La Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia –organismo dependiente del Consejo de Europa- sumó su parte, y mostró su profunda preocupación por el trato que se está dando en Francia a la minoría romaní. Y hasta en el tradicional rezo del Ángelus, en la plaza de San Pedro de Roma, el papa Benedicto XVI cambio de idioma y en francés criticó –en el retorcido lenguaje eclesial- la dureza con que Sarkozy no acepta “las legítimas diversidades humanas” de las gentes de diferente procedencia.
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El ministro de Exteriores rumano, Teodor Baconschi, manifestó la preocupación de su país ante las que no dudó en calificar como “reacciones xenófobas” de Francia, mientras la Comisión Europea (el órgano ejecutivo permanente de la UE) tuvo que salir a la palestra, y José Manuel Duráo Barroso, su presidente, reclamó a Nicolás Sarkozy que respete la libertad de circulación de los ciudadanos de la Unión.
Ante la presión externa, el propio gabinete de gobierno comenzó esta semana a mostrar fisuras. El canciller Bernard Kouchner –un político socialista integrado al gobierno de Sarkozy- hizo la punta, y a él su sumaron las críticas del propio primer ministro, Francois Fillon; del ministro de la Defensa, Hervé Morin; y de la secretaria de la Juventud, Fadela Amara. Y a los miembros del Poder Ejecutivo, además, se vienen ahora a agregar los jueces de provincia, que han comenzado a emitir fallos contra la política de expulsiones sistemáticas que mantiene el presidente.
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La cuestión, en última instancia, apunta al corazón y al sentido de ser de la Unión Europea. Si Sarkozy se sale con la suya e insiste en la deriva populista al seguir expulsando hombres y mujeres en razón de su origen étnico y de su singularidad cultural, habrá marcado un retroceso cualitativamente determinante en la imagen con la que esta Europa quiere presentarse ante la sociedad internacional.
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La capacidad de Europa para ocupar un lugar de predominio en un mundo multipolar no pasará ya jamás por la fuerza de sus ejércitos (que no cuentan, ya que de su seguridad se encarga la OTAN), sino por el éxito duradero de la coexistencia entre crecimiento económico y plena vigencia de los derechos políticos y sociales para toda la población. Incluida la población gitana, por supuesto.
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nelson.specchia@gmail.com
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jueves, 11 de junio de 2009

Un momento crítico en la construcción europea

Un momento crítico en la construcción europea


Por Nelson-Gustavo Specchia



Unión Europea



El domingo de esta semana se han llevado a cabo elecciones en toda Europa, simultáneamente en los 27 países que hoy conforman la Unión Europea, para elegir, por voto directo, representantes al Parlamento Europeo.

La Eurocámara, en Estrasburgo, es la única institución comunitaria que representa a los ciudadanos, a los hombres y mujeres de a pie; las restantes instituciones armadas por la organización continental –como el Consejo o la Comisión Europea- representan a gobiernos. Y en estas elecciones, donde los ciudadanos han tenido la oportunidad de elegir a sus propios representantes, los partidos progresistas, a los que se supone más cerca del “proyecto” de construcción europea, han sufrido un descalabro, una muy amarga derrota, mientras los partidos de tendencia conservadora, de derechas, se han alzado con un cómodo y claro triunfo.

El tema de fondo es que, en su vertiente central, las agrupaciones de la derecha (reunidas mayoritariamente en el Partido Popular Europeo, y en los “tories” británicos), representan posiciones críticas y escépticas –cuando no abiertamente contrarias- hacia la marcha y el crecimiento de la integración europea. Por eso la amplia mayoría de escaños conseguidos por la derecha en el Parlamento de Estrasburgo (unos 320 asientos, de los 736 eurodiputados totales), hace prever un futuro pesimista para el propio proyecto político continental, que ha sido, hasta ahora, el modelo al que han aspirado prácticamente todos los intentos de integración regional, incluido los latinoamericanos.

Estas elecciones marcan una nueva etapa, que estará caracterizada, principalmente, por el alejamiento de los ciudadanos, por la desazón popular, por la desafección de quienes han sido los principales beneficiarios de los logros políticos, económicos, y sociales, del proyecto de la Unión Europea. Los sectores progresistas y más claramente “europeístas” han sido incapaces de generar un discurso que movilizara a los electorados en un contexto de crisis global, que mostrara al hombre común la potencialidad de la marcha del proceso de integración. En la opinión pública, Bruselas (donde se asientan las oficinas de la organización continental) es cada vez más sinónimo de burocracia, de aparatos políticos complejos y engorrosos, de maquinaria alejada de las necesidades y de las aspiraciones concretas del europeo medio.

El voto universal al Parlamento Europeo comienza en 1979, y desde entonces hasta mediados de la década de los años ‘90, los socialistas obtuvieron una victoria tras otra, logrando, además, movilizar a las ciudadanías: la participación se mantuvo siempre por encima del 55 por ciento. A fines de esa década se produce el quiebre en la tendencia: en 1999 el Partido Popular Europeo (PPE) se hace con la primera gran victoria, y la participación ciudadana comienza a bajar hacia niveles inferiores al 50 por ciento. Esta tendencia no ha hecho sino profundizarse en cada elección, y en la del pasado domingo llegó al nivel más bajo en la historia de la Eurocámara, con apenas el 42,94 por ciento del total de electores europeos que salieron de sus casas para ir a votar por Europa.

Con una caída tan fuerte en la participación, los socialistas tocaron también un piso histórico, sumando apenas el 21,9 por ciento. En cambio, el Partido Popular Europeo alcanzó un 35,7 por ciento de los sufragios, y con esta diferencia entre ambos aventaja con casi 100 diputados a los socialistas. El presidente francés, Sarkozy, la canciller alemana, Angela Merkel, y el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi (a pesar de los escándalos que lo acompañan a diario), han sido los grandes triunfadores del domingo. Pero con ellos también ha triunfado el euroescepticismo, expresado en parlamentarios electos como voto-protesta.

Mi lectura es un tanto preocupante. En primer lugar, por la desafección ciudadana: tener un 60 por ciento de abstención en los únicos comicios de escala continental me parece un claro retroceso, o, al menos, la expresión de una indiferencia peligrosa.

Ya hay varios gobiernos abiertamente “euroescépticos”, que toman distancia del proceso de integración continental, como el presidente de la República Checa, Václav Klaus; o el seguro próximo primer ministro británico, David Cameron, que ha prometido convocar a un referendum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Si a ellos se les suma la desatención y el desinterés de los propios ciudadanos, el resultado daría una combinación explosiva para la marcha del proceso de integración.

¿Estarían realmente dispuestos los líderes de la derecha conservadora a tirar por la borda más de medio siglo de exitosa construcción a escala continental? Luego de siglos y siglos de enfrentamientos, incluyendo, en años relativamente recientes, las dos más grandes conflagraciones bélicas de la historia de la humanidad, el proyecto de la Unión Europea ha logrado traer paz y crecimiento, protección social y desarrollo económico, en niveles nunca vistos. Y ese modelo de convivencia entre unidades políticas distintas e históricamente antagónicas, diferentes pueblos, culturas y lenguas, se ha exportado al mundo como un ejemplo a imitar. Ahora, el futuro de esa Europa unida depende de los sectores ideológicos que más la han criticado, y que nunca, en realidad, han creído realmente en ella.

En un tiempo muy escaso de referentes sólidos a nivel internacional, el nuevo escenario europeo viene a agregar una nota de desesperanza. Los chinos tienen la misma palabra para expresar la idea de “crisis” y la idea de “oportunidad”. Será interesante ver cómo frente a esta crisis, se aprovecha –o no- la oportunidad que ella plantea.


jueves, 5 de febrero de 2009

La crisis calienta el invierno europeo

La crisis calienta el invierno europeo


Por Nelson-Gustavo Specchia



He pasado el mes de enero en Europa, en actividades académicas en varias universidades del viejo continente, y además de las impresiones térmicas, los vientos, las nevadas, (y hasta una “tormenta perfecta”, como en la película con George Clooney, que obligó a toda la flota de pesca del mar del Norte a amarrar en puerto, dada la violencia de la tempestad), una de las impresiones más fuertes que me traigo, tras haberla compartido y discutido con los colegas europeos, es la percepción social y política de la crisis económica que estalló a fines del año pasado, y que parece, especialmente vista desde allá, ahondarse día a día, sin que se pueda ver el fondo, hasta dónde puede seguir descendiendo.

Todos hablan de la crisis: las señoras en el mercado y los profesores en las universidades, las propagandas de la televisión y la promoción de las primeras y de las segundas “rebajas” posteriores a las fiestas de fin de año; los taxistas y los dirigentes políticos; el público de a pie y los analistas en los medios de comunicación. La crisis es la protagonista estrella.

Y otro elemento muy notable: se mira hacia América latina, inclusive hacia nuestro castigado país, con cierto dejo de envidia: “Ustedes sí que han tenido suerte”, me decían los colegas profesores, “ustedes campearán este temporal mejor que nosotros”. Mientras tanto, los flujos de migrantes desde América latina hacia Europa parecen haberse detenido, e inclusive –a juzgar por los comentarios con diversos grupos, en las largas horas muertas de las esperas en los aeropuertos- muchos han comenzado a volver: uno de los fantasmas más temidos, la desocupación, ha comenzado a hacer estragos, y muy especialmente en uno de los destinos principales de nuestros compatriotas: España, con una tasa de desempleo del 16,1%, encabeza la lista de toda la Unión Europea.

¿Es en realidad tan profunda esta crisis en el viejo continente? ¿Tiene un fondo tan profundo que no puede ni siquiera divisarse? ¿Se limitará a las instituciones financieras y a las empresas productivas, o llegará también a alterar los gobiernos y las alianzas políticas? Detengámonos a analizar un momento algunos de los últimos indicadores, en diferentes escenarios europeos.

Uno de estos indicadores podría ser el resurgimiento, muy fuerte, de la protesta social. Otro de los elementos que informarían un análisis podría ser el aumento de la inestabilidad política: desde que se ha desatado la crisis económica, dos ejecutivos han debido renunciar, el belga y el islandés: El primer ministro Yves Leterme, fue el primero en caer a consecuencia de la crisis de Fortis, el principal banco belga, el pasado 19 de diciembre; mientras que el ejecutivo islandés del conservador Geir Haarde fue literalmente expulsado del gobierno frente al hundimiento de la economía islandesa, que este año caerá casi un 10%.

Por su parte, los gobiernos de dos de los países “grandes” de Europa, Gran Bretaña y Francia, empiezan a sentir consecuencias políticas, con la pérdida acelerada de popularidad de sus líderes. El primer ministro británico Gordon Brown había recuperado cierto protagonismo a fines del año pasado, al diseñar las medidas para salvar a los bancos del desastre, pero poco le ha durado: en todas las encuestas se encuentra contra las cuerdas, y seguramente tendrá que adelantar las elecciones. La estrategia de Brown de ayudar a los bancos con dinero público ha generado un creciente malestar, porque finalmente se comprobó que ni se recuperaba la economía ni el empleo, mientras que los banqueros, a quienes todos identifican como los verdaderos culpables de la crisis, reciben ayudas del gobierno.

Nicolás Sarkozy también ha visto llenarse las calles de Francia, el jueves pasado, con manifestaciones de más de dos millones de trabajadores, y este golpe de multitudes lo ha llevado a detener las reformas que había anunciado, y que limitaban los derechos de los empleados. Sabe lo que arriesga en estos momentos.

En cuanto a los “nuevos socios” de la Unión Europea, los países del viejo cinturón comunista del Este, que no han tenido tiempo suficiente para afianzar sus economías de mercado en el reingreso al capitalismo, han vuelto las masivas protestas callejeras, que pueden poner en jaque la propia continuidad de los gobiernos.

Como digo, el detonante estelar, el de mayor difusión social y el más temido es el aumento del desempleo, con una tasa media para toda la “zona euro” de 9,3. España a la cabeza con el mencionado 16,1, y apenas 7 de los 27 países de la Unión Europea con tasas inferiores a 7. Estos indicadores reflejan que el número de empleos destruidos en la Unión Europea es de 17,4 millones (o sea, que hay un millón y medio de desocupados más que hace un año). Son números catastróficos para la cultura de empleo europea en el último medio siglo. A este miedo generalizado de perder el trabajo, se une la frustración creciente por las medidas de los gobiernos, al parecer más dispuestos a salvar a los bancos que a los trabajadores. Y esta frustración, a su vez, impacta en la pérdida de legitimidad de los gobiernos.

Si bien las economías más débiles son las de Europa oriental, los “grandes” tienen los mismos problemas. Alemania, la mayor economía europea, sufre la peor recesión desde la posguerra; las mencionadas manifestaciones en Francia; y las protestas en Gran Bretaña, con los brotes xenófobos de los trabajadores de las plantas energéticas, que han exigido que no se contrate a extranjeros (“British workers first”). O Irlanda, que hace tan poco tiempo atrás mostraba el “milagro irlandés” como un producto de exportación (una delegación del gobierno de la provincia de Córdoba estuvo de visita por allá, intentando aprender), y que hoy tiene las cuentas públicas en un rojo absoluto, que puede acarrear un déficit del orden del 13%.

En Davos, en el Foro Económico Mundial que terminó el domingo pasado, todos los dirigentes tenían claro que la crisis amenaza con generar reacciones sociales violentas en todo el mundo, y una más que posible vuelta al proteccionismo y el nacionalismo: las protestas callejeras de ingleses, franceses, y de los países de la Europa oriental, parecen pedir que se comience a caminar en ese sentido.

El próximo mes de marzo se reunirá la cumbre de jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea, los dirigentes –creo- deberán atender a tres frentes: cómo impedir que la deslegitimación de los gobiernos se agrave, cómo desactivar la protesta social; y cómo frenar la recesión (que puede que no sea del 2% anunciado por el Banco Central Europeo, sino del 18% o del 20%, ya nadie se atreve a afirmar claramente cuan lejos está el fondo).

Las bajas temperaturas y los fuertes vientos llenan de nieve y de frío este invierno europeo, pero las brasas de la crisis caldean los ánimos en todos los rincones.



jueves, 24 de abril de 2008

Idas y vueltas con la Europea mediterránea

IDEAS Y VUELTAS CON LA EUROPA MEDITERRÁNEA


Por Nelson Gustavo Specchia


Europa no consigue dar el tono en la relación entre el más exitoso proyecto de integración continental del mundo, la Unión Europea, con los pobres, inmensos y multitudinarios vecinos de la ribera sur del mar Mediterráneo. Mientras el crecimiento y el desarrollo de la costa norte se mantiene sólido, a pesar de las fluctuaciones y los desarreglos coyunturales, África sigue a la deriva, con Estados fallidos, frágiles sistemas democráticos, crecimiento incontrolado de violencia interétnica, convirtiéndose en el nuevo santuario de fanáticos “yihadistas”, y albergando, inclusive, el primer genocidio de este nuevo milenio: el que se está perpetrando en las tierras de Sudán.

Que este panorama se desenvuelva a la distancia de pocas millas, las que separan a ambas costas, implica una responsabilidad moral, política y social inmensa para Europa. La organización continental reitera permanentemente la decisión de utilizar su presencia conjunta en los foros internacionales (el “poder blando” del que dispone, en la categoría del politólogo Joseph Nye), para convertirse en una correa de transmisión de la paz, el desarrollo, el crecimiento armónico y sustentable, y la democracia. Sin embargo, con su vecino africano los intentos siguen fallando: lo que debería ser un territorio de cooperación sigue separado por un abismo, con profundidades cada vez más marcadas.

La iniciativa más sólida de Europa hacia África en los últimos tiempos, estuvo encabezada por España, cuando la gobernaba Felipe González. En 1995, en la capital de Cataluña se lanzó el “Proceso de Barcelona”, por el que se tendía a cooperar con los países de la ribera sur en cuatro vertientes (política, económica, de seguridad, y cultural), y a colaborar en la integración de los países norafricanos entre sí, al tiempo que se fijaba la meta de una zona de libre comercio con la Unión Europea para 2010. Trece años después de lanzado este proceso, y a pesar de los más de 20.000 millones de euros invertidos por Bruselas desde entonces, la iniciativa puede considerarse, al menos al día de hoy, un auténtico fracaso.

Y si esta evaluación no fuera suficiente para mover las conciencias de las élites políticas europeas, la relación con el continente negro se ha transformado, en los últimos tiempos, en una moneda de cambio en la disputa por la primacía y la influencia al interior de la Unión Europea.

Ha sido el Presidente francés, exuberante y enérgico desde que llegó al Elíseo (y arrebatador de titulares de la “prensa rosa” últimamente), quien realizó una jugada cuyos resultados finales aún están por verse. Ya en su discurso de victoria electoral, en mayo del año pasado, Nicolás Sarkozy había anunciado su proyecto de creación de una nueva entidad internacional, la “Unión Mediterránea”, que agruparía en su seno a los Estados europeos ribereños del “mare nostrum” (sin los restantes socios de la Unión Europea), y a los once países africanos costeros del borde sur.

La nueva organización internacional pondría nuevamente sobre la mesa los asuntos vertebrales de la vecindad, aspirando a ser una “unión política, económica y cultural”, según su impulsor y mentor. Llevaría a expandir el “poder blando” europeo a sus socios del sur, promovería el afianzamiento de sus sistemas democráticos, y contribuiría al desarrollo mediante inyecciones de fondos provenientes de los países de la Unión Europea, especialmente en infraestructuras y en el sector de la energía. Para apoyar sus palabras con hechos, Sarkozy participó personalmente en el diseño de venta de centrales nucleares francesas a Marruecos. Llegó, inclusive, a presentar a esta nueva organización como la posibilidad cierta de relanzamiento de un proceso de paz exitoso en Medio Oriente.

Pero semejante declaración de buenas intenciones, según se ha visto en las últimas semanas, sólo era el disfraz de una lucha de poder al interior de la Unión Europea. Su objetivo verdadero era reposicionar a Francia en una posición de liderazgo, y ha sido neutralizada por la intervención de la Canciller alemana, Ángela Merkel. En realidad, era contra ella y contra la nueva posición de preeminencia de Berlín en el concierto europeo, que Sarkozy ha ideado su estrategia internacional, utilizando a África como instrumento.

La última ampliación de la organización continental hacia el Este, con la introducción de los países de la ex órbita soviética, ha llevado a la Unión Europea a 27 miembros, con un número importante de ellos con relaciones privilegiadas con Berlín. Así, Sarkozy se imaginó dos áreas de preeminencia dentro de la UE: Alemania en el centro y el Este, y Francia como líder de la Europa meridional.

Merkel y su diplomacia discreta han logrado desactivar la iniciativa del Presidente francés: el Consejo Europeo del 13 y 14 de marzo ha dejado su iniciativa de lado, y ha vuelto al “Proceso de Barcelona”, al que ahora le agrega el subtítulo de “Unión por el Mediterráneo”. Pero no habrá más dinero, acaso algo más de burocracia.

El creciente desencuentro entre Alemania y Francia es una mala noticia para todos. Que Europa siga utilizando el argumento de la cooperación y la vecindad para saldar cuentas internas es una mala noticia –especialmente- para África. Pero ella ya está acostumbrada.



jueves, 22 de noviembre de 2007

Bush y el "amigo francés"


BUSH Y EL “AMIGO FRANCÉS”


Por Nelson Gustavo Specchia



En los inicios de este mes de noviembre, la primera visita oficial del presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, a los Estados Unidos de América, supone un giro total en las relaciones entre ambos países, que implicará, a su vez, un impacto sustantivo en las posturas internacionales a un lado del Atlántico, y al otro.


Hace cuarenta años, el general De Gaulle forzaba el retiro de las bases de la OTAN de territorio francés, y comenzaba, de esa manera, un posicionamiento internacional que se mantendría durante toda la guerra fría, y continuaría, como una marca registrada, por las presidencias conservadoras de Pompidou y Giscard d´Estaing, el período socialista de Francois Mitterrand, y en la reciente presidencia de Jacques Chirac. Esta postura frente a las dos grandes potencias, intentaba ofrecer una alternativa: Francia, independiente tanto del cerco soviético como del área de influencia norteamericana, se proponía como una referencia diferente en un mundo bipolar.


De allí, de esta independencia de criterio en política exterior, se estructuró toda la estrategia francesa a nivel internacional durante cuatro décadas. A ese fin se plegaron los planes nucleares (incluyendo los ensayos de Mururoa de los ‘90, que tanto rechazo generaron en los Estados Unidos); el claro apoyo a la causa árabe –incluyendo las posturas pro palestinas, en contra de la alianza central de los Estados Unidos con Israel-; los recelos a un mayor papel de Turquía –considerada una “cabeza de puente” de la política norteamericana- en el contexto europeo; para alcanzar, finalmente, el colmo de la paciencia del Departamento de Estado con el “no” a la invasión a Irak, que llevó a Donald Rumsfeld a acuñar el despectivo mote de “Vieja Europa”, acusándolos a todos (pero especialmente a los franceses) de ingratos, después de que el ejército americano los hubiera salvado en las últimas dos guerras mundiales.


El “no” de Chirac a asociarse a la aventura de Irak, llevó a que se derramaran cientos de litros de vino francés en las alcantarillas de Nueva York frente a las cámaras de televisión, o a que en el Capitolio se cambiase la forma en que los americanos denominan a las papas fritas (“french fries”): fue el punto de mayor distanciamiento entre ambos países en la historia reciente. Luego Sarkozy llegó al Elíseo, y se ha empeñado, entre sus primeras medidas de gobierno, en dar un golpe de timón de 180 grados a la relación de Francia con la potencia hegemónica americana.


Sarkozy pasó sus primeras vacaciones como Jefe de Estado en América, visitó en ese verano boreal repetidamente a la familia Bush, inclusive en ese sancta sanctorum del presidente norteamericano que es su rancho de Crawford, donde cocinaron hamburguesas y mantuvieron largas conversaciones en privado, fuera del protocolo. Ahora, el 7 de noviembre, en su primera visita oficial a Washington, Sarkozy plasma su nueva estrategia de acercamiento y amistad. Una nueva posición que, sin llegar a la obsecuencia incondicional con Bush, deja claro que pretende inaugurar un nuevo período de relaciones transatlánticas, donde el interlocutor europeo de la Casa Blanca no tiene necesariamente que ser –como es tradición- el premier británico, o la silenciosa pero efectiva Angela Merkel, sino, precisamente, él.


Sarkozy sabe que los Estados Unidos requieren de una alianza renovada con Europa para la fortaleza de Occidente, muy especialmente frente a la amenaza global del fundamentalismo islámico. En ese sentido, el jefe de la República Francesa planteó al pleno del Congreso norteamericano dos ideas fuerza: los Estados Unidos pueden contar con Francia en el “combate” contra el terrorismo (se cuidó de no utilizar el término “guerra”); y aseguró que las tropas francesas “seguirán en Afganistán todo el tiempo que sea necesario”.


Por ello, y abandonando aquella pretensión de “primera potencia alternativa” heredada del gaullismo (que nunca, por otra parte, supero el nivel discursivo), en favor de una relación más horizontal con la otra costa del Atlántico, Sarkozy ha reincorporado a Francia en la OTAN como miembro pleno, y ha subrayado que “la perspectiva de un Irán con armas nucleares es inaceptable”, música para los oídos de la administración Bush.


Por último, no quiso irse de ese Capitolio que lo interrumpía constantemente con aplausos, sin hacer un guiño de cambio a aquella acusación de ingratitud de los europeos respecto de América: “cada vez que un soldado americano cae en algún lugar del mundo, yo pienso en lo que este ejército hizo por Francia, y me entristezco, como cuando uno pierde a un miembro de la familia.”


En realidad, los políticos norteamericanos nunca han comprendido el antiamericanismo de Europa. Sarkozy viene a decirles que acertaban en su incomprensión, que la anomalía es de los europeos. Pero que pueden estar tranquilos, y que la alianza a ambos lados del Atlántico puede estar segura, que de aquel lado tienen ahora al “amigo francés”.