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viernes, 27 de septiembre de 2013

La Alemana (27 09 13)

La Alemana



por Nelson G. Specchia

Ángela Merkel lo hizo de nuevo: evitando las grandes definiciones ideológicas y programáticas, reunió nuevamente en torno suyo a un variopinto abanico de electores y consiguió un tercer mandato consecutivo al frente del gobierno alemán.
La Alemana no ha sorprendido especialmente, dado los altos índices de popularidad y de aceptación generalizada de sus medidas, pero los porcentajes de votos que ha conseguido sumar –rozando la mayoría absoluta- y la marginación a la que sometió a sus opositores sí constituyen, efectivamente, una sorpresa fuera de programa. Las razones y las proyecciones de esta elección en la “locomotora de Europa” pueden indicar, también, los rumbos que asumirá la crisis económica estructural que se ha instalado en el Viejo Continente.

Una “mamushka” teutona

 Ángela Merkel se asemeja, políticamente, a esas muñecas rusas de madera policromada que caben unas dentro de otras. Hasta su acceso a la Cancillería, y durante el largo medio siglo de la Guerra Fría y de la división bipolar del mundo, su partido –la Christlich-Demo-kratische Union Deutschlands (CDU)- representó una opción clara: la centroderecha de inspiración cristiana y de concepción económica capitalista. Así, con el semillero de políticos y de funcionarios formados en la Konrad Adenauer Stiftung, la CDU fue la opción conservadora frente a la izquierda del Sozialdemokratische Partei Deutschlands (SPD). Desde la posguerra –y hasta la llegada de Merkel- los cancilleres expresaron desde el Ejecutivo esos dos idearios opuestos y complementarios, en un sistema bipartidista muy depurado y previsible, con la tercera opción de los liberales del Freie Demokratische Partei (FDP) equilibrando la balanza y acercándose a uno u otro de los  grandes partidos para las mayorías legislativas necesarias que dan gobernabilidad al sistema.
Así, decimos, hasta Merkel. Porque la canciller demócrata-cristiana rompió ese molde previsible y estandarizado, e implementó una lógica de coyuntura completamente pragmática: en lugar de remitirse a los postulados ideológicos o a los enunciados de los programas de su propio partido, escoge –y corrige- el rumbo del gobierno ante cada elemento emergente.
A veces ese rumbo está más corrido a la izquierda –como en las áreas de defensa de los derechos laborales de los trabajadores alemanes-; a veces más a la derecha –como cuando limita y torpedea las decisiones de la Comisión Europea de Bruselas que irritan a los sectores nacionalistas internos-; y a veces (muchas) hacia el liberalismo económico, especialmente en la defensa del sector bancario y financiero alemán en su relación con los demás socios europeos.
De esta manera, la oposición tradicional del SPD y del FDP sólo ha podido contar con los votos de sus militancias más adeptas y leales, porque los colectivos de electores que circunstancialmente los votaban, se corrieron hacia el apoyo a la “mamushka” Merkel, que hace un poco de todo y a todos contiene. Como resultado, los socialdemócratas del SPD profundizan su hundimiento en la crisis de identidad partidaria que comenzaron cuando Merkel ganó su primera elección en 2005 (entonces por una escueta diferencia de cuatro escaños en el Bundestag), desplazando de la Cancillería a Gerhard Schroder (y, con él, a su carismático vicecanciller, el “Verde” Joschka Fischer).
En cuanto a los liberales del FDP, estas elecciones han supuesto su mayor crisis y la mayor derrota en cuarenta años, y habrá que ver aún si podrán remontar la cuesta para seguir existiendo como alternativa dentro del sistema. Las opciones menores (Los Verdes, La Izquierda, el Partido Pirata, los neo-nacionalistas de Alternativa por Alemania, y las agrupaciones federadas) no son, de momento, un peligro para la mayoría hegemónica que aglutina Merkel, por encima del 40 por ciento del padrón total de votantes.

Una Europa alemana
Más allá de las implicancias internas de la rotunda victoria de Ángela Merkel para el sistema de partidos y de la novedad de tres períodos consecutivos al frente de la Cancillería, las elecciones de esta semana suponen, también, una advertencia sobre el futuro inmediato de la Unión Europea, sumida en una crisis sin antecedentes.
Respecto de Europa, Merkel ha tenido durante sus dos mandatos una actitud dual: discursivamente nadie podría dudar de su “europeísmo”, no ha dejado de ventilarlo en cada oportunidad que tuvo un micrófono delante, desde la mención de que el canciller Konrad Adenauer y el partido CDU estuvieron en los basamentos fundacionales de la organización de integración continental, hasta la tesitura de que a esta crisis se la logrará superar con más Europa, no con menos.
Pero eso, en los discursos. La otra cara de esa moneda dual ha sido menos retórica: Merkel ha encaminado cada una de sus posturas ante la Unión Europea de forma tal de que los bancos alemanes consigan cobrar todos y cada uno de los euros prestados a los países del Sur del continente, precisamente los que ahora se hunden en el barro pútrido de la crisis que se ha llevado consigo el Estado de Bienestar.
Mientras Grecia, España y Portugal –en el tope de la lista- ajustan sus presupuestos con medidas draconianas, expulsando empleados públicos, reduciendo jubilaciones y pensiones, alargando las edades de retiro, suprimiendo subsidios y becas (y hasta cerrando universidades, como las griegas esta semana), Merkel ha logrado que Alemania reduzca su déficit en el año en curso y prevea tener las cuentas equilibradas en el presupuesto de 2015. Y eso, precisamente, por la decisión de la canciller de no perdonar un sólo euro de las deudas de las economías de los países mediterráneos, principales destinos de los créditos financieros del sistema bancario alemán.
Ángela Merkel no se ruboriza por ello, y sostiene que Alemania está sorteando la crisis porque los ajustes que ella le exige a sus socios del Sur ya se hicieron antes al interior de la República Federal. No es un argumento del todo falaz, porque es objetivamente cierto que durante la última administración socialdemócrata de Gerhard Schroder se tomaron medidas de ajuste y reducción del gasto público, pero sólo es una verdad a medias –o una mentira a medias- si no se hace la salvedad que aquellos planes de racionalización económica se implementaron antes de que estallara la crisis.
Hoy, en cambio, todas las economías europeas se contraen peligrosamente: la semana pasada, hasta el rey Guillermo de Holanda declaró inviable la continuidad del Estado de Bienestar en el país nórdico, uno de los más estables y avanzados de todo el continente. La desocupación estructural se acerca a los 30 millones de europeos, pero Ángela Dorotea Merkel (“Angie”, para sus fervorosos partidarios) frunce el seño y repite que “no hay alternativas a la política de austeridad y reformas estructurales, por muy dolorosas que sean”.
Pues, no hay tu tía. Ya queda dicho y el proceso continental puede ir sacando las cuentas de cómo vendrá el futuro bajo el timón de La Alemana: mientras equilibra los presupuestos y mantiene bajos los costos internos de salarios y de financiación, la República Federal seguirá atrayendo capitales de los demás socios europeos, que abandonarán Atenas, Lisboa o Barcelona para instalarse en Frankfurt o Bonn. Estos capitales, relocalizados y protegidos desde Berlín, pueden a su vez adquirir –y a precios de oferta y liquidación- las empresas en riesgo en las economías más comprometidas. A mediano plazo, esta tendencia agravará la brecha entre la Europa central, equilibrada e industrial, y la Europa mediterránea, pobre y quebrada.


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lunes, 25 de febrero de 2013

Italia: el fracaso de la antipolítica (26 02 13)


En foco - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 26 de febrero de 2013 


Italia: el fracaso de la antipolítica


por Pedro Indiana de Quesada







Domingo y lunes. Dos días se dieron los italianos para acudir a los comicios parlamentarios que deberían darle un nuevo Ejecutivo, después de la caída en picada de “Il Cavaliere” Silvio Berlusconi y su salida del escenario entre bambalinas (antes de que los jueces lo encarcelaran por alguno de los múltiples juicios que tiene abiertos, incluyendo alguno por prostitución de menores); luego de que el presidente Giorgio Napolitano –una de las pocas figuras que todavía mantiene un cierto respeto en la ciudadanía- forzara el fin del berlusconismo; y luego del “gobierno técnico” del profesor Mario Monti, el gris tecnócrata llegado de Bruselas para aplicar las recetas de ajuste de su amiga, frau Ángela Merkel. 

Dos días se dieron los italianos, y no resolvieron nada. 

A última hora del lunes, cuando escribo esta columna, apenas se tiene un esbozo de los porcentajes obtenidos, pero nadie se atreve a asegurar que de ellos saldrá un gobierno viable. 

Los datos sobresalientes: 

1) va a votar cada vez menos gente; 

2) la izquierda no ha logrado capitalizar el descalabro del berlusconismo planteando una alternativa creíble; 

3) el show mediático de la política sigue manteniendo a la derecha con un caudal importante de votos; y, por sobre todo, 

4) los experimentos “antipolíticos” (tanto los exultantes y populares, como el del payaso Beppo Grillo, como los seriotes e intelectualoides como el del profesor Monti) no han logrado desplazar al sistema republicano y a los partidos ideológicos, por muy aguda que sea la crisis que aquél y éstos atraviesen. 

Y por eso mismo pienso que los (pocos) italianos que fueron a votar durante estos dos días decidieron no elegir porque no tenían qué elegir. 

Además, las elecciones se ven desplazada por las urgencias cortoplacistas de la crisis: más de la mitad de los italianos peninsulares (el 53,5 por ciento) dice no poder sostener a su familia; 8 millones (de 60) ya entraron en la categoría de pobres (un porcentaje sólo superado en Europa por la debacle griega); casi el 40 por ciento de los jóvenes está desocupado –y no tiene ninguna esperanza de conseguir un trabajo en el futuro-. 

Tres cuartas partes de la ciudadanía afirma haber perdido poder adquisitivo en el último año, y nadie cree en la política ni en las instituciones: el 82 por ciento desconfía del gobierno de Roma, y el 90 por ciento cree que el Parlamento es de una rampante inutilidad para nadie. 

Además, las cinco esquinas están cada vez más cerradas: la iglesia tiene un papa en retirada, y las cuatro grandes familias en que se divide la mafia (la Cosa Nostra, en Sicilia; la Camorra, en la Campania; la ’Ndrangheta, en Calabria; y la Sacra Corona Unita, en la Apulia) ya controlan una quinta parte del Producto Bruto italiano. 

Entonces, ¿para qué votar?






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martes, 29 de enero de 2013

Silvio Berlusconi: los excrementos del ave fénix (29 01 13)

En foco - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 29 de enero de 2013 

Silvio Berlusconi: los excrementos del ave fénix

por Pedro I. de Quesada




¿Cómo explicar la supervivencia de alguien a quién todos los analistas califican como una falla estructural de la política italiana?

La salida de Silvio Berlusconi de la jefatura del gobierno fue saludada como un retorno a cierta normalidad (y una normalidad dentro de los parámetros italianos, que son amplios y laxos), después del colapso judicial, social y económico al que había conducido su Ejecutivo.

Por eso, tras la decadencia cultural que implicó el berlusconismo, nadie esperaba un retorno del personaje a la primera línea en tan breve tiempo. Pero ahí está, cual ave fénix, amenazando con volver al centro de la política.

Sus partidarios, inclusive, sostienen que nunca se acabó de ir y que el control de los principales resortes de la burocracia romana nunca escaparon de sus manos.

Puede ser, porque sería muy difícil, si así no fuese, que Berlusconi tuviera tan poco cuidado en la ruta de regreso al poder: esta semana, mientras Europa recordaba el horror del Holocausto, la "shoah" del asesinato colectivo de los totalitarismos de derecha del siglo 20, "Il Cavaliere" dijo que Benito Mussolini fue un líder que hizo cosas buenas, a pesar de la discriminación y la persecución contra los judíos italianos de las leyes aprobadas por el Fascismo en 1938, obedeciendo los tratados firmados con el régimen de Hitler.

El ex fiscal anticorrupción, Antonio Di Pietro, dio en el clavo: Berlusconi es la caricatura de Mussolini.

El filósofo Paolo Flores d'Arcais le adjudica al Partido Popular Europeo (PPE) parte de la responsabilidad del aval de la clase política continental al acceso y a la permanencia de Berlusconi en el gobierno de Italia.
Muy especialmente a los grandes partidos demócrata-cristianos: los liderados por Ángela Merkel en Alemania, y (en su día) por José María Aznar en España, junto a la UMP francesa de Nicolás Sarkozy.

Sin ese apoyo regional y sin esa validación internacional de los líderes europeos, el berlusconismo (la versión peninsular de Le Pen, apunta Flores d´Arcais, o de Putin) hubiera dispuesto de menores franjas de discrecionalidad para hundir al sistema italiano en un show peligroso e insustancial: una agresión populista, alimentada de racismo y de clericalismo, contra la constitución republicana.

Ahora, cuando Berlusconi elige para abonar el camino de su vuelta al centro del escenario un nuevo enemigo (las instituciones de la Unión Europea, el euro y los bancos alemanes), el Partido Popular Europeo se plantea quitarle su histórico apoyo a "Il Cavaliere".

Es que la derecha europea ha encontrado un nuevo héroe para la península: el profesor Mario Monti y su alianza "centrista".

Queda saber si Berlusconi lo permitirá, o si esa creciente espiral de adjetivos cada vez más insultantes contra Monti no es un nuevo show, sino que expresa la verdadera lucha por el futuro del poder en Italia.





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lunes, 31 de diciembre de 2012

La rubia Albión se corta sola (28 12 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – Periscopio – viernes 28 de diciembre de 2012


PERISCOPIO

La rubia Albión se corta sola

por Nelson Gustavo Specchia






La crisis económica que se ha instalado ya estructuralmente en el primer mundo tiene formas diversas de manifestarse en los dos principales socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (la tan defaultiada OTAN de nuestros días), los Estados Unidos de América y la Unión Europea. Los socios estratégicos de lo que hasta hace relativamente poco tiempo se denominaba “primer mundo” tienen, al interior de sus territorios, urgencias diferentes productos del mismo conjunto de causas, lo que los lleva también a imaginar estrategias diversas para enfrentarlo. El presidente norteamericano, por caso, ha decidido interrumpir sus vacaciones en Hawai para volver a Washington e intentar, in extremis, frenar la caída en el “abismo fiscal”, con la economía estadounidense estancada entre la crisis mundial y la puja parlamentaria entre demócratas y republicanos en el Capitolio.

En la “vieja Europa” (Donald Rumsfeld dixit), por su parte, la hegemonía de los partidos conservadores que gobierna la mayoría de los Estados miembros se ha alineado, contra viento y marea, al “diktat” de la Canciller alemana Ángela Merkel, con su insistencia de ajuste, achicamiento de subsidios y ahorro a rajatabla. Ni los políticos que generaron un hálito de esperanza en la confrontación con Merkel –como el nuevo presidente socialista francés, François Hollande- ni los líderes de gobiernos que declararon que probarían vías alternativas –como el recientemente renunciado jefe del “gobierno técnico” italiano, el profesor Mario Monti- pudieron salirse del librero escrito en Berlín. Antes bien, como es cierta la posibilidad de que los sectores bancarios, o el conjunto entero de alguna economía nacional, deban acudir, más temprano o más tarde, al “rescate” del Banco Central Europeo (BCE, también bajo el “diktat” merkeliano), los países menores se esfuerzan por ser los mejores alumnos. Por ejemplo, en esa aplicación aduladora con la estrategia de Ángela Merkel, la Comunidad de Madrid acaba de privatizar, de un solo golpe, toda la sanidad pública.

CAMERON, EL SOLITARIO

En este panorama de uniformidad estratégica, el premier británico David Cameron aparece como la mosca en la leche; más que un disidente, un “outsider” que ante la posibilidad de quedar encadenado a la debacle continental, o ante el mayor riesgo de apostar por una profundización del proceso de integración (la salida que piden los intelectuales y los pocos voceros de la centroizquierda que aún se animan a opinar en los medios), Cameron ha encontrado una alternativa muy a la británica: sacar los pies del plato.

El antieuropeísmo inglés no es nada nuevo. En realidad, viene desde los orígenes de la propia asociación política, en la segunda posguerra: ya es una anécdota recurrida los dardos que se cruzaban, durante los primeros tiempos, Churchill y De Gaulle. El premier Winston Churchill, que después de haber abogado por el nacimiento de unos “Estrados Unidos de Europa”, encontró en el paraguas de la asociación prioritaria con los Estados Unidos de verdad, los de América del Norte, la protección militar que imaginaba para las Islas Británicas, y se olvidó del resto de Europa. Su colega al otro lado del Canal de la Mancha, el general Charles De Gaulle, decía que había que armar una Europa unida y sólida dejando a los ingleses afuera. Y tenían que permanecer afuera, sostenía el caudillo francés, porque si se los dejaba entrar a la organización continental serían “el caballo de Troya” de los norteamericanos. Así, desde los años fundacionales.

El desarrollo posterior tampoco ayudó a que el entendimiento entre “el continente” y “las islas” se mejorara cualitativamente, en especial en los años de la Dama de Hierro, cuando Margaret Thatcher hacía pender su voto para la aprobación de los presupuestos europeos a condición de que Londres siguiera recibiendo el “cheque británico”. Las posturas de David Cameron en las últimas Cumbres Europeas, negándose a aprobar los presupuestos de la Unión hasta no tener seguridades de que la City londinense no sería tocada en absoluto, ni con un pequeño impuesto a las transacciones financieras internacionales, siguen de cerca las enunciaciones thatcheristas.

EL DULCE EXTERIOR   

Ahora, en una vuelta de tuerca, la crisis de la moneda común –el euro- y la estrategia merkeliana le ofrecen al conservadurismo británico una justificación ideal para volver a plantear la idea de sacar al Reino Unido de la asociación de 27 Estados de la Unión Europea. Cameron, aspirando los dulces perfumes del exterior, encamina a su gobierno a la realización de un referéndum, para que el pueblo británico decida con su voto la permanencia o la salida de la organización. 

En el fondo, el debate también sigue respondiendo a antinomias antiguas. Los ingleses siempre coincidieron en que la Unión Europea debería limitarse a ser un gran mercado común, con las fronteras exteriores coincidiendo con los bordes de los países periféricos. En cambio, en Francia (y, en algunos períodos, también en Alemania, en Italia y en los países nórdicos) creció con el siglo un sentimiento y una ideología federalista, que llegó a su punto culmine con el proyecto de establecimiento de una Constitución Europea (descartado tras las votaciones de rechazo en los plebiscitos holandés y francés, precisamente).   

Ahora, David Cameron dice desde el banco verde de la Cámara de los Comunes que “todas las opciones sobre el futuro de Gran Bretaña son imaginables, y no tenemos miedo de alzarnos y decir que no estamos contentos con ciertos aspectos de la relación” con Europa. Con esas declaraciones, el premier se sube a la discusión pública de la posibilidad de una salida de la Unión Europea (que los diarios ingleses denominan “brixit”, una combinación de “Britain” y “exit”, salida), al tiempo que intenta arrebatarle la bandera de la separación de la organizacion continental a la derecha nacionalista inglesa, que viene bregando por tomar ese camino desde hace años.

El coqueteo con la salida, que los conservadores “tories” han usado en el pasado para lograr mejorar las condiciones locales en la negociación con el resto de los socios europeos, parece tener ahora otro cariz: ya no es una posibilidad teórica, sino una alternativa concreta. Y cercana. Ya ni siquiera la discusión pasa por si hay que seguir adelante con la idea del referéndum o no, sino simplemente de cuándo habría que convocarlo. Cameron juega también allí una carta populista, la gente quiere votar, y votar en contra de Europa.

La idea del referéndum va calando, inclusive entre el sector de los europeístas británicos (también aquí, especialmente focalizado en los escritores, los intelectuales y los pensadores de la centroizquierda laborista). Un politólogo e historiador tan influyente como Timothy Garton Ash ha escrito que la consulta debería realizarse entre 2015 y 2020, durante el mandato del próximo Parlamento británico, y –contra la opinión generalizada- dice que la consulta la ganarán los ingleses que creen que su país debe permanecer dentro de la organización que ha garantizado, por más de medio siglo, la paz y la seguridad en el Viejo Continente. Cuando el votante, dice Garton Ash, reflexione si quiere que su país sea como Noruega –y sin petróleo- o Suiza, decidirán que la salida no es la mejor opción para Gran Bretaña.

Parecería ser, a tenor de lo que se discute en los medios de prensa y en los institutos de investigación en ciencia política, una reflexión demasiado optimista: las mediciones de las últimas semanas muestran que cerca del 70 por ciento de los británicos quiere que se realice el referéndum, y un 50 por ciento de ellos votaría por que Reino Unido abandone la Unión Europea.





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domingo, 2 de diciembre de 2012

El dilema catalán (01 12 12)

El dilema catalán 

A pesar de las apariencias en contrario, después de las elecciones autonómicas del domingo pasado la independencia de Cataluña se acelerará. 

por Nelson Specchia. 01/12/2012






Cataluña se debate entre dos fuerzas: los españolistas y los independentistas. Nada nuevo: es la discusión más antigua de la política en la región autónoma y cruza desde los partidos hasta el interior de las familias.

El domingo pasado, ese viejo tironeo volvió al centro de la cuestión y –de una manera muy catalana– no se resolvió, sino que dejó abierto un abanico de interpretaciones y alternativas. Artur Mas lidera Convergencia i Unió (CIU), los partidos que han hegemonizado el poder desde el posfranquismo.

Esa alianza de nacionalistas y democristianos representa a la mayoría y se hizo cargo del gobierno casi sin interrupciones. Las pocas excepciones ocurrieron cuando los partidos minoritarios se coaligaron, como el “gobierno tripartito” encabezado por los socialistas, en la anterior legislatura.

El patriarca en su laberinto. 

Mas recibió el testigo de Jordi Pujol, el patriarca de los conservadores catalanes. Pujol fue la figura central en todo el proceso democrático, desde finales de la dictadura.

Después de reconstruir el nacionalismo, al aglutinar a ambos partidos en torno de su figura, Pujol se instaló en la presidencia de la Generalitat y se quedó allí, hasta que la vejez le impuso la jubilación. Entonces Mas, que había aguardado pacientemente su turno a la sombra del patriarca, se hizo cargo de la federación de partidos y, desde hace un año y medio, de la conducción de la Generalitat.

Apenas estuvo instalado en el palacio de Sant Jordi, pegó un golpe de timón e instaló una vez más aquel antiguo tópico de la discusión catalana en el centro de la agenda.

Durante las cuatro largas décadas del “pujolismo”, las demandas autonomistas se mantuvieron dentro de un cauce de negociación, especialmente en los capítulos fiscales y presupuestarios.

Jordi Pujol aventaba la bandera separatista, pero básicamente para obtener mejores términos en las cuentas de distribución de los recursos federales. Una vez conseguida una buena tajada de parte de Madrid, las reivindicaciones catalanistas se internaban por algún pasillo lateral del laberinto, hasta la discusión económica del año siguiente.

Así, durante el “pujolismo” las ancestrales ansias de independencia del Reino de España fueron el patrimonio político del independentismo de izquierda, nucleado en el partido Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), que representa a alrededor de una quinta parte de la sociedad catalana, especialmente en las provincias interiores.

El espectro de Berlín. 

A ese orden sui géneris de la institucionalidad mediterránea se lo llevó puesto, como a tantas otras cosas que parecían sólidas, la crisis europea. Las medidas erráticas de la segunda presidencia socialista de José Luis Rodríguez Zapatero y su reemplazo por el conservadurismo de Mariano Rajoy en el gobierno central, sumado al draconiano ajuste estructural impuesto por el liderazgo europeo de Ángela Merkel, impactaron también en Barcelona.

A Artur Mas ya no le resultó suficiente, como al viejo patriarca, hacer ondear la bandera autonomista para conseguir mejores condiciones. Decidió entonces acelerar y les arrebató el discurso separatista a los republicanos de ERC.

Pese a no llevar ni dos años al frente de la Generalitat, Mas convocó a elecciones anticipadas y pidió el voto de los catalanes para alcanzar la mayoría absoluta en el Parlamento regional. Si le daban el apoyo mayoritario, prometió, lanzaría una consulta popular vinculante que decida si Cataluña debe separarse del Reino de España y formar un Estado propio.

Sí, pero no. 

Pero el catalán es un pueblo complejo, culto y reflexivo, que desconfía de los cambios de última hora. En las elecciones del domingo, Artur Mas recibió un humillante bofetón electoral.

Con una participación sensiblemente alta para la media histórica, las urnas le quitaron una parte importante del apoyo que habían dado a CIU en las últimas elecciones: Mas no sólo no obtuvo la mayoría absoluta que pedía, sino que la caída electoral le ha hecho perder 12 bancas en el Parlamento.

El españolismo festejó este varapalo. En Madrid, el Partido Popular de Rajoy descorchó cava catalán para brindar y los titulares de la prensa conservadora se burlaron del soberanismo. “Duro castigo”, “Cataluña rechaza la independencia”, “Adéu (Adiós) Mas, a Cataluña le gusta España”, fueron algunos de los cabezales de los diarios de mayor tirada esta semana.

Pero sostener que en las elecciones del domingo perdió el independentismo catalán es una conclusión errónea.

La política de la Generalitat no ha dejado de ser laberíntica, como lo fue siempre, y deben utilizarse lentes sutiles para leerla.

El que perdió fue Artur Mas, en efecto. Pero porque el electorado decidió no apostar por un soberanismo parvenu , sino por los que siempre lo han sido: Esquerra Republicana de Cataluña. ERC dobló sus votos. Y si a ella se suman los diputados de Iniciativa per Cataluña-Verds y Unitat Popular, el arco separatista agregaría 87 escaños en el legislativo autonómico.

Mientras, las fuerzas españolistas, aunque se sume a la izquierda (PSC-PSOE) y a la derecha (Partido Popular), apenas alcanzan los 48 diputados.

La política es el arte de lo posible. Y es posible que Artur Mas convoque, a pesar de las profundas diferencias que los separan, a ERC para formar un gobierno de coalición en la Generalitat.

Si lo logra, el plebiscito por la independencia de Cataluña se realizará antes de que cante un gallo. O dos.






* Politólogo, profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)



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lunes, 18 de junio de 2012

Un vientito helado por el Partenón (19 06 12)


Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 19 de junio de 2012  

Un vientito helado por el Partenón


por Pedro I. de Quesada 







A pesar del buen tiempo primaveral y de los atardeceres cálidos en las islas griegas, en los últimos días más de uno se estremeció con las noticias que llegaban desde Atenas.

La izquierda amenazaba. Esa izquierda que la prensa europea insiste en calificar de “radical”, pero que apenas retoma el programa político tradicional del socialismo del Pasok, antes de que éste virara hacia el centro y hacia las tendencias liberales.

La izquierda de Syriza crecía a diario en las encuestas durante las últimas semanas, y su líder, el joven Alexis Tsipras, repetía a quien quisiera escucharlo que de llegar al gobierno suspendería el acuerdo con la “troika” (Unión Europea, Banco Central Europeo, y Fondo Monetario Internacional), que bajo el cetro de Frau Merkel ha metido a la política helena en el corsé de achique-ajuste-recesión, como único camino para sanear las cuentas públicas.

Los vientos frescos de esas encuestas de preferencia de voto ponían la piel de gallina, y no sólo en Alemania.

Entonces comenzó a difundirse un discurso con amplia recepción en los medios europeos: una victoria de Syriza obligaría a la salida de Grecia de la Eurozona, y esa defección no podría impedir que le siguieran por la misma senda los españoles y los italianos, cuando menos. Sería abrir la caja de los truenos (o la caja de Pandora, para que la cita sea más helénica).

Los mecanismos de apoyo a la derecha de Nueva Democracia que impulsó ese mensaje, repetido y amplificado por los principales periódicos del continente, están en el origen del cambio de aquella tendencia a favor de las tesis de Alexis Tsipras, y son los responsables de haber devuelto el gobierno de Atenas a Antonis Samaras.

El domingo en Grecia votó el miedo. El miedo a volver a quedar fuera de Europa después de todo lo que costó llegar a ella; el miedo a perder la protección de la defensa comunitaria en un momento en que el vecino turco –el eterno enemigo cercano- crece políticamente y consolida sus aspiraciones de hegemonía regional; el miedo a que la vuelta al dracma terminase por vaciar lo poco que queda de la economía nacional; el miedo a que el rompimiento del bipartidismo tradicional entre la derecha y el Pasok terminara por cambiar las reglas del sistema; el miedo a los coroneles, a la pobreza interna, al aislamiento.

El miedo, sin embargo, siempre ha sido mal consejero: han elegido a los mismos responsables de la crisis que los ahoga.

Fue la derecha de Nueva Democracia la que se aprovechó de Europa para abrir el impresionante agujero en las cuentas públicas griegas, y el clientelismo bipartidista el que vació la economía.

Difícil que de ahí venga otra cosa que más obediencia a la “troika” y al centro duro del poder europeo.

Y ese neoliberalismo sí que provoca escalofríos, hasta en plena primavera mediterránea.





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martes, 22 de mayo de 2012

Cosas de grandes (22 05 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 22 de mayo de 2012


Cosas de grandes


por Pedro I. de Quesada










Recién estrenando mandato, François Hollande cruzó el Atlántico para ver si con Barack Obama le iba un poco mejor que con doña Ángela Merkel.

La deferencia para con la canciller había sido grande: voló de inmediato a verla, y tuvo que soportar hasta un rayo en el avión. Y nada, ni siquiera esos gestos enternecieron a la teutona, y Hollande tuvo que volver a París con la cabeza gacha y sabiendo que deberá adoptar el pacto de disciplina fiscal.

Pero en Camp David tuvo un respiro: Obama ató el interés de la primera economía mundial a que la Unión Europea salga de la crisis, fortalecida y con Grecia dentro de ella.

Eso implicará tres cosas: que Merkel deberá aceptar algunos incentivos al crecimiento, aunque logre mantener el grueso del tratado de ajuste y ahorro en las cuentas públicas de los países miembros; que la salida de Atenas de la eurozona (una hipótesis en la que ya estaba trabajando el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) queda debilitada; y, quizá lo más importante, que Hollande ha encontrado en Obama un inesperado socio internacional, con quien puede esquivar la relativa soledad con que se mueve en el Viejo Continente, rodeado de gobiernos de derecha.

Para que el francés tuviera una alegría completa, los grandes del mundo hicieron una pausa para ver la final de la Champions League, donde el marfileño Drogba convirtió el quinto penal y el Chelsea le arrebató la copa al Bayern de Múnich, y la cara de la canciller Merkel se puso todavía un poquito más seria.

Pero, más allá de las anécdotas futboleras, ¿es factible esperar una alianza entre Washington y París, inclusive a distancia de Berlín? Yo no lo creo.

Hasta hace una semana, “Merkozy” era, a todas luces, un arreglo de conveniencia entre dos líderes conservadores, pero también expresaba una realidad insoslayable del proceso de integración: el avance de Europa requiere tanto de la economía alemana como de la francesa, en coordinación.

Sería muy difícil que esa necesidad recíproca pueda ser reemplazada por un puente transatlántico.

Además, la historia (desde las desavenencias de De Gaulle con los estadounidenses, al plantón de Chirac a Bush Junior por la invasión a Irak) no muestra precisamente una línea clara de entendimiento entre ambas naciones.

Y el propio Hollande acaba de distanciarse de Obama en la otra reunión de los grandes, en la cumbre de la OTAN en Chicago: aseguró que Francia retirará sus soldados de Afganistán el año que viene, aunque la Alianza Atlántica decida quedarse.

Aunque, en este cruce de caminos cada uno tiene sus prioridades: Obama la reelección; Hollande una bancada afín en las próximas legislativas; Merkel que el fracaso electoral en Renania del Norte-Westfalia no llegue a Berlín.

Y la dificultad de los frentes internos bien que podría colaborar con un entendimiento coyuntural entre los tres. Al menos como para salvar el euro.

Gente grande... caramba.




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martes, 15 de mayo de 2012

No gana ni para sustos (15 05 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 15 de mayo de 2012



No gana ni para sustos


por Pedro I. de Quesada






Ángela Merkel tendría ganas de consultar a una curandera para que la desengualiche, pero sus rígidas costumbres –hija de un pastor protestante criada en la vieja Alemania comunista- seguramente se lo impedirán.

Además, no se me ocurre que sea fácil andar encontrando curanderas por Berlín.

Pero es que a la señora, que se ha echado sobre los hombros nada menos que el destino de Europa, por estos días no le sale ni una.

Confió en una victoria de su socio francés, Nicolás Sarkozy, para darle continuidad a sus recetas anticrisis. Pero François Hollande, precisamente con un discurso de recuperación de derechos sociales y de oposición a las recetas de la Canciller, se quedó con la Presidencia.

Merkel inclusive se había negado a recibir al candidato de la socialdemocracia gala, y tendrá que admitirlo ahora: Hollande viajará esta misma tarde a verla, apenas unas horas después de haberse calzado la banda tricolor, a plantearle su idea de reformular el estricto pacto de ajuste fiscal para posibilitar márgenes de crecimiento.

Preparando la visita, desde la Cancillería se insiste en que no habrá marcha atrás en las políticas de austeridad: al pacto ya lo firmaron 25 países europeos –alegan- y no hay otra salida.

Pero esta dureza será más difícil de mantener después de los resultados de las elecciones en Renania del Norte-Westfalia, la región alemana más poblada y poderosa.

Esta semana, Merkel y su partido demócrata-cristiano fueron apabullados en la región, obteniendo el peor resultado desde la segunda Guerra Mundial. La centroderecha sólo llegó a un 25,9 por ciento, mientras que los socialdemócratas -junto con los Verdes- obtuvieron el 51 por ciento del total de la provincia.

Dada la importancia estratégica de Renania del Norte-Westfalia, y su peso demográfico y económico dentro de Alemania, los resultados son un golpe duro al gobierno federal de la Canciller.

Además, estas elecciones regionales cambian la tendencia dominante, y fortalecen a la oposición a Merkel en vista de las elecciones generales del año que viene.

Aislada y machacada, Ángela Merkel no aparta la vista de Grecia, donde nadie ha podido formar gobierno por la derrota de los partidos tradicionales que apoyan el ajuste, y todo parece indicar que habrá que llamar a nuevas elecciones (y las expectativas pasan por un aumento de los votos de las opciones extremistas).

Paul Krugman, el polémico premio Nobel keynesiano, publicó ayer en su blog que es muy posible que Grecia abandone el euro antes de un mes; y que el pánico, especialmente en España e Italia, lleve a la instalación de un “corralito” bancario. Entonces tendría que salir Merkel a sostener financieramente a los bancos europeos para que no quiebren.

O la señora permite una mayor inflación en la eurozona, que posibilite el ajuste de precios relativos y la introducción de medidas de crecimiento, o se consigue una curandera. Así, no gana ni para sustos.




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lunes, 13 de febrero de 2012

Matrimonio de conveniencia (14 02 11)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 14 de febrero de 2012


Matrimonio de conveniencia

por Pedro I. de Quesada

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Los franceses son apasionados, qué duda cabe. Y que Nicolás Sarkozy haya escenificado hasta los detalles su boda con la belleza de Carla Bruni y la luna de miel, remando con el torso desnudo (aunque luego le afinaran los “flotadores” con Photoshop), son elementos todos que evidencian la importancia que el líder conservador galo le otorga a su masculinidad, a la pasión y al romanticismo.

Causa sorpresa, eso sí, cómo hace coincidir esas fuerzas amorosas con el matrimonio de compromiso que refuerza a diario con Ángela Merkel, esa cerebral matrona crecida en la Alemania comunista, de puños cerrados y mirada fría. Porque no otra cosa que una alianza íntima es la que han anudado entre ambos, al punto que Merkel acaba de dar un paso inusitado para toda la tradición de la política exterior alemana: involucrarse personalmente en la campaña electoral para las presidenciales francesas de abril y mayo próximos.

Hasta los propios correligionarios demócrata-cristianos de la Canciller quedaron un tanto estupefactos, y qué decir de los socios liberales en el gobierno de Berlín; por su parte, la oposición social-demócrata y los verdes no se privaron de atacarla ácidamente desde todos los periódicos, incluyendo los titulares de un medio tan poco sensacionalista como Der Spiegel.

A pesar de las denuncias de intervención en la política interna de otro Estado, Merkel se llevó a medio gabinete de su Ejecutivo a París, y se metió de lleno en la campaña por la reelección de Sarkozy, hasta un punto tal, que el mítico diario fundado por Jean-Paul Sartre, Libération, la ha calificado de “jefa de prensa” del presidente francés.

Los intentos intervencionistas de Merkel en los rumbos de otros países, en su afán por tener en sus manos todas las riendas de la crisis europea, son bien conocidos. Por poco, la semana pasada estuvo a punto de plantear un pseudo-protectorado económico sobre Grecia, para asegurarse que el “gobierno técnico” de Atenas siga al pie de la letra las exigencias de disciplina fiscal y recortes sociales decididos en la cancillería berlinesa y canalizados a través del Banco Central Europeo.

Pero a pesar de esas tendencias de control y de la gravedad de la crisis en las cuentas públicas, haberse involucrado personalmente en la campaña proselitista francesa agrega una nota preocupante, nos parece.

La historia reciente de la potencia alemana digitando gobiernos y políticas nacionales en Europa no constituye un capítulo especialmente memorable. Por ello, la decisión de la Canciller de meterse de lleno no puede haberse tomado a las apuradas.

Y, con seguridad, el hecho de que el candidato presidencial socialista, François Hollande, aventaje a Sarkozy por más de diez puntos en las primeras encuestas, tendrá que ver con la decisión de Merkel.

Hollande, ya se sabe, no comulga con la disciplina fiscal a rajatabla, que se ha convertido en el pensamiento único de este matrimonio de conveniencia.





viernes, 3 de febrero de 2012

La próxima ‘generación perdida’ de Europa (03 02 12)

Hoy Día Córdoba – Periscopio – Magazine – viernes 3 de febrero de 2012



La próxima ‘generación perdida’ de Europa


por Nelson Gustavo Specchia


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Quedaba esa posibilidad, pequeña y remota. Pero los optimistas y esperanzados sostenían que en la Cumbre de Bruselas, los últimos días de enero, podía llegar a torcerse el rumbo cerradamente ortodoxo con que el liderazgo europeo viene programando enfrentar la crisis. Esa pequeña posibilidad se había alimentado con algunos rumores, otros trascendidos, y la fuerte contestación social que están provocando las políticas de ajuste. Los rumores comenzaron apenas terminó la última Cumbre, en diciembre pasado, con el portazo pegado por el premier inglés, David Cameron, que rompió con su oposición la posibilidad de modificación del tratado constitutivo de la Unión Europa, para lo cual se requiere la unanimidad de los Veintisiete.

Después de esa grieta abierta por el británico, los rumores contra el mantenimiento del achique a rajatabla fueron alimentados por las declaraciones de otros dirigentes de países pequeños, que calculando en fino fueron llegando a la conclusión de que limitar el déficit público a los porcentajes que les exige Ángela Merkel terminará por ahogar sus ya quebradizas economías. Y por último, la débil esperanza de un cambio de rumbo llegó con las declaraciones previas a la Cumbre por parte de los máximos responsables de las propias instituciones comunitarias. Tanto el portugués José Manuel Duráo Barroso, presidente de la Comisión Europea, como el belga Herman Van Rompuy, presidente permanente del Consejo Europeo, emitieron señales de que toda la estrategia para hacer frente a la mayor crisis económica desde la posguerra no pueda quedar limitada al control del gasto público, sino que debería también atender al crecimiento y a la generación de empleo. Quizás las motivaciones reales de los responsables de los organismos de la Unión Europea atienden a recuperar un espacio que han perdido, frente a la iniciativa política de los jefes de gobierno de los principales países: la dupla Merkel-Nicolás Sarkozy, y la voz (disonante) de Cameron, han desplazado a la Comisión, al Consejo –y en cierta medida también al Parlamento Europeo- a un segundo plano en el manejo de la crisis. Pero, sea por motivos estratégicos o por una preocupación real, Barroso pareció ofrecer un contrapunto a Merkel al sostener, horas antes del inicio de la Cumbre de Bruselas, que “no podemos construir Europa sólo sobre la idea de la disciplina y las sanciones, necesitamos también la idea de la convergencia, de la solidaridad, necesitamos dar esperanza a los ciudadanos europeos.” El flamenco Van Rumpuy, bastante más parco en palabras que el portugués, también puso una nota de matiz frente a la embestida ortodoxa germana: junto a las reducciones de los déficit, dijo, también se debería “garantizar el crecimiento y el empleo (...) y las inversiones de futuro, como en educación y en economía sostenible.”
 
Señales, sutiles y quizás extemporáneas, que parecían abrir una pequeña ventana de oportunidad para que de la reunión del liderazgo europeo surgiera algo diferente. Pero no, eran señales falsas: la Cumbre de Bruselas ratificó en todo y en parte la receta diseñada en Berlín, con la firma autógrafa de la Canciller Ángela Merkel, el aval de su Partido Demócrata-cristiano (CDU), y ratificado por el pleno legislativo del Bundestag alemán. Los diecisiete países que comparten la moneda común (la “eurozona”), más todos aquellos socios comunitarios que quieran voluntariamente adherirse (Cameron volvió a dar la nota discordante, y ahora acompañado en el rechazo también por la República Checa), consensuaron en la Cumbre un nuevo Tratado intergubernamental, que firmarán el 1 de marzo próximo y entrará en vigor el 1 de enero de 2013.

La nueva herramienta consagra la denominada “regla de oro”: ningún Estado-miembro podrá tener un déficit público superior al 0,5 por ciento de su Producto Bruto Interno, y todos tendrán que modificar sus Constituciones para incorporar esta obligación a las leyes fundamentales nacionales. Y con una persecución de policía maccarthista, otorga poderes a cualquier país para denunciar a otro ante el Tribunal de la Unión Europea, frente a la sospecha de que esté manipulando sus cuentas para esquivar este tope del gasto público.

El nuevo acuerdo multilateral, pomposamente denominado “Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza de la Unión Económica y Monetaria”, se presenta como el esperado “gobierno económico” de la Unión Europea. Pero su articulado está lejos de cumplir con esta expectativa de políticas continentales, limitándose a satisfacer la idea fija de la señora Merkel, según la viene repitiendo desde que estallara la crisis: “el crecimiento será un producto de la disciplina presupuestaria”. Ya basta de alimentar vagos e indisciplinados derrochadores. A ajustarse los cinturones, y a ahorrar, caiga quien caiga.

BOMBA DE TIEMPO

El tema es que ya están cayendo, y la rigidez hecha norma y ley comunitaria en la Cumbre de Bruselas hipoteca seriamente, a un nivel generacional, el futuro social del continente. Ya no se trata sólo de la idea del “Estado de Bienestar” de posguerra, ni de las discusiones ideológicas en torno a mayores o menores niveles de cobertura asistencial. Por el contrario, las mediciones y prospectivas sociológicas, y los porcentajes de población –especialmente en franjas etarias muy sensibles, como la infancia y la juventud- que están quedando fuera del sistema, dibujan un escenario de futuro mediato más que preocupante.

La clase media ha sido la gran incorporación de la modernidad occidental al sistema político, y esa base de sustentación de la pirámide europea es la que aceleradamente está siendo impactada por la crisis, y la que se verá más afectada por las consecuencias de las recetas de ajuste de Merkel-Sarkozy.

Según los últimos censos sociológicos, la desocupación laboral, el desempleo, sube como leche hirviendo y ya alcanza a 23 millones de personas. Pero lo más significativo es que en ese grupo, más de una quinta parte son jóvenes menores de 25 años (5.579.000 al 30 de enero) que aún no han conseguido –ni conseguirán en lo inmediato- su primer trabajo. Donde la crisis ha hecho mella –y donde, paradójicamente, el achique al gasto público se aplicará al pie de la letra- esta incidencia juvenil trepa hasta la mitad del total de desocupados. En España, donde Mariano Rajoy ha prometido ser más papista que el papa, y para congraciarse con Merkel asegura que llevará el déficit al cero, por debajo aún de la “regla de oro” insertada en la Constitución, la tasa de desempleo de menores de 25 años llega al 49,5%. En Grecia es del 46,6%, y en Italia –la tercera economía europea- llega al 30%. En Portugal e Irlanda, otros de los “indisciplinados derrochadores”, esos porcentajes son del 30,7% y del 29,3%, respectivamente. En ninguno de estos colectivos sociales hay posibilidades de corrección de la actual situación, y sí, en todos los casos, las políticas de austeridad aumentarán la base numérica de desocupados y profundizarán la exclusión.

Como no había vuelto a verse desde mediados de la década de los ’40 del siglo XX, cuando la posguerra mundial, la indefensión, las enfermedades y el hambre alumbraron la última “generación perdida”, las alarmas han comenzado a saltar en los gabinetes socio-demográficos. En tres años, la población europea en situación de pobreza y exclusión ha pasado de 85 millones a 115 millones de personas: 30 millones en tres años, una velocidad inusitada.

Además de los mencionados Estados mediterráneos –objetos de la ira justiciera de los planes de Merkel- en los países centrales también hay semáforos amarillos: Londres registra una de las mayores tasas de pobreza infantil de toda la Unión Europea, una postal dickensiana en la postmodernidad. En Islandia, otra de las que fueron sólidas economías de bienestar hasta hace unos pocos meses, los índices de pobreza se han disparado tras el colapso bancario, y han acercado el escenario nórdico al de las sociedades post-soviéticas de la Europa del Este, algo impensable hasta al año pasado, sin ir más lejos.

En el borde oriental la situación que ya era mala va a peor: Bulgaria registra un índice de pobreza y exclusión del 46,2 por ciento del total de su población total; el de Rumania es apenas menor: 43,1%. Y ahora ni siquiera está la salida de migrar hacia el Oeste: en Madrid, uno de cada cuatro niños ya vive en situación de pobreza.

No es una exageración de las estadísticas, sino la real amenaza de alumbrar una nueva “generación perdida”: los sindicatos de maestros de Atenas ya van denunciando varios desvanecimientos de alumnos en escuelas primarias, adjudicados a deficiencias en la dieta.

Los conservadores europeos parecen dispuestos a que aparezca nuevamente el fantasma del hambre, medio siglo después de haberlo conjurado. Cualquier cosa, con tal de que los presupuestos estén equilibrados.





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lunes, 23 de enero de 2012

Ni un duro (25 10 11)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba - martes 25 de octubre de 2011


Ni un duro

por Pedro I. de Quesada


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El desconcierto de la clase política europea es insólito. En las tres últimas reuniones del G-20 se va escuchando que si no cambian de libreto, el abismo está asegurado; que dejen de restringir el gasto y, keynesianamente, amplíen la base de consumo, como en Brasil o Argentina.

Pero la señora Merkel se ha encaprichado, y al tiempo que no deja de repetir que salvar al euro es condición para salvar a Europa, empuja a Europa cada día un pasito más cerca de aquel precipicio anunciado. Esta semana han vuelto a reunirse, de emergencia.

Ya han comenzado a elevar el tono de los reproches: “Estamos hartos de que vengas a decirnos qué hacer, siempre odiaron al euro, nunca quisieron dejar la libra, y ahora te metes en nuestras reuniones a darnos órdenes”, le gritó el francés Sarkozy al inglés Cameron, hasta ayer tan amigos y tan de acuerdo en bombardear a Khaddafi.

Los británicos, que no forman parte de la Eurozona, insisten en participar en las decisiones de los 17 países del euro, porque si se cae la moneda común también ellos se verán afectados. Sarkozy dejó Bruselas y se volvió a París, a ver a su hija recién nacida.

Y Cameron se volvió a Londres, donde ayer enfrentaba a un Parlamento que, en su orden del día, trata un pedido de referéndum para decidir si Gran Bretaña permanece o se retira de la Unión Europa.

La votación no es vinculante, y es difícil que sea aprobada, pero da una idea –como el enfrentamiento verbal con el francés- de la temperatura que han alcanzado los ánimos.

Von Rumpuy ha llamado a una nueva cumbre, otra vez de emergencia. Y Merkel asistirá, pero sin dar el brazo a torcer. Ni un “duro” más en aportes: restrinjan los gastos. Y el borde del precipicio, cada vez más cerca.




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lunes, 5 de julio de 2010

Merkel, la dama de hojalata (02 07 10)

MERKEL, la dama de hojalata

por Nelson Gustavo Specchia





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En aquellos grises años ochenta, Margaret Thatcher, con su peinado lleno de spray y su cartera negra apretada bajo el brazo, cerraba minas de carbón, anulaba una buena parte de los derechos sociales y aplicaba un ajuste ortodoxo a la economía británica. De este lado del Atlántico, un antiguo actor de westerns hacía lo mismo, y por el tamaño de la economía norteamericana ese ajuste hiperliberal recibió el nombre del antiguo cowboy: “Reaganomics”. Thatcher no imprimió su apellido a la ola rigorista, pero su determinación conservadora le valió el rótulo de “Dama de Hierro”, que lució siempre con indisimulado orgullo, inclusive cuando la Reina la nombró baronesa y sus seguidores comenzaron a referirse a ella como lady Thatcher.

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Desde los grises años de Ronald Reagan y Margaret Thatcher los conservadores europeos venían esperando un nuevo liderazgo, y Ángela Merkel pareció ofrecerles esa oportunidad. La prensa financiera fue la primera en anunciarlo, aunque los primeros tiempos de Merkel tuvieron necesariamente que ser muy cautos. La victoria sobre la socialdemocracia había sido mínima, y el ex canciller Gerhard Schröder intentaba mantenerse en el cargo. Los demócratas cristianos de la CDU liderados por Merkel sólo habían logrado un punto de diferencia sobre los socialdemócratas del SPD. Con este escenario, ninguna de las alianzas consideradas “naturales” era posible, ni la de centroizquierda del SPD con los verdes, ni la de centroderecha de la CDU con los liberales de la FDP. A Merkel no le quedó otra alternativa que negociar una “gran coalición” entre ambos partidos mayoritarios (CDU junto a SPD), aunque armar un gobierno con los socialistas como socios fuera a atarle un tanto las manos. A pesar de los saludos iniciales de la prensa financiera, la emergencia de una nueva campeona del neoliberalismo debería esperar todavía un tiempo.
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Fue un período extraño, donde la canciller manifiestamente quería hacer una cosa y su gobierno terminaba adoptando un punto medio, siempre consensuado con sus socios en la “gran coalición”, hasta las elecciones del año pasado. En 2009 los demócrata cristianos ganaron con mayor diferencia, y la canciller abandonó la coexistencia tan desagradable con los socios de izquierda y formó gobierno con los liberales de la FDP. Ahora sí, se anunció en la prensa especializada, una nueva Dama de Hierro ha surgido.
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LA CHICA DEL ESTE

Ángela Dorothea Merkel nació en Hamburgo en 1954, creció –en coincidencia con los años más fríos de la guerra fría- del lado oriental del Muro, y fue una comunista militante. Su padre era pastor de la iglesia protestante, pero ella se afilió a la Juventud Comunista en la Universidad, en la que se doctoró en física. Ingresó como investigadora en la Academia de Ciencias de la denominada República Democrática Alemana (RDA), y fue beneficiaria de subsidios y becas financiadas con los rublos soviéticos que Moscú giraba sistemáticamente a su avanzada política en el centro de Europa.
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No descubrió su vocación de liderazgo hasta la gran movilización democrática de la Glasnot de Mijail Gorvachov que terminó por disolver la RDA e hizo trizas el Muro. Pero su despertar a la política fue también una conversión: rompió su carnet de afiliación comunista, se pasó a la derecha, se entusiasmó con la economía de libre mercado y empezó a hacer carrera en la CDU a la sombra del viejo canciller de la reunificación, Helmut Kohl, que la llamaba “mi chica del Este”. Maratónica carrera, por cierto: lanzada en 1989, cuando el Bundestag la elevó a la Cancillería en 2005, la profesora de física de la antigua RDA comunista se convirtió en la primera mujer en gobernar Alemania desde los tiempos de la emperatriz Teófana Skleraina, en el año mil de nuestra era.
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PROGRAMA DE HIERRO

Pero por más que lo intenta, la nueva líder de la derecha europea no encuentra las condiciones suficientes para llevar adelante un programa liberalizador a rajatabla, como su precursora inglesa, lady Thatcher. La reducción del tamaño de la primera economía europea (teóricamente, la “locomotora de Europa”), la obvia concentración de la renta en pocas manos, la disminución de la solidaridad trasfronteriza –como quedó evidente en la renuencia de Merkel en asistir a Grecia en el estallido de la crisis-, y el debilitamiento del proceso de integración continental al hacer tan fuerte hincapié en la faz exclusivamente económica de la organización, están abriendo aguas por varios costados. Y el golpe recibido por la canciller y su partido esta semana, con ocasión de las votaciones para designar presidente de la República Federal, demuestran que el apoyo interno de la jefa de gobierno también se ha cuarteado, y su imagen positiva se ha precipitado a mínimos.
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El guión de Merkel intentaba ser previsible, nada original, pero sólido: valores cristianos para un programa conservador. Defensa de la familia como unidad social, oposición al aborto, a la muerte asistida, y a la experimentación en clonación de embriones; control a la inmigración (especialmente a los turcos, y a los provenientes de sociedades musulmanas); restricción de derechos sociales (como la reducción de la edad jubilatoria); alianza estratégica con los norteamericanos y veto a la entrada de Turquía a la Unión Europea. En síntesis, podría definirse su estrategia como un “volver a casa”. Merkel siente que Alemania ha estado condicionada durante medio siglo por el fuerte sentimiento de culpa tras las dos guerras mundiales que la tuvieron como protagonista desencadenante, y tras el Holocausto judío de la locura nazi. Durante toda la segunda mitad del siglo XX la fuerza alemana ha estado puesta en el “afuera”, en la reconstrucción de Europa, en el resarcimiento a los judíos mediante el apoyo al Estado de Israel, en la conversión del marco en el euro (y del Bundesbank en el Banco Central Europeo), en el giro de divisas para que los países menos desarrollados del continente se pusieran a un nivel más acorde a las grandes economías.
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Merkel dice, de varias maneras, que durante todos estos años Alemania ha trabajado, se ha esforzado, ha ahorrado, ha sido respetuosa de la transparencia en las cuentas públicas y en el control de los bancos, mientras otros derrochaban, gastaban por encima de sus posibilidades, y opacaban voluntariamente las cuentas gubernamentales para seguir obteniendo créditos blandos. Es tiempo, sostiene la canciller, que Alemania vuelva a mirar hacia dentro, y que se ocupe de su casa. Sus nuevos socios del Partido Liberal – FDP no pueden estar más de acuerdo.
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MIRADAS CORTAS

Pero Ángela Merkel, a diferencia de todos los cancilleres que la han precedido, nació después de la guerra. De todas las guerras. La elección de volver la mirada hacia las realidades nacionales supone relegar objetivamente la perspectiva que trajo la paz a una Europa destrozada tras dos conflagraciones mundiales, pero también con una carga de viejas guerras en toda su larga historia. Esa larga y dura historia es la que logró quebrarse con el proyecto de una Europa unida, donde los intereses nacionales fueran paulatinamente dejando lugar a un espacio común. Un proyecto, además, que requiere que las decisiones económicas se pongan al servicio de las estrategias políticas. Esa fue la opción de los padres fundadores de la actual Unión Europea, y esa es la alternativa que Merkel está cuestionando en el fondo. Le han dado el Premio Carlomagno por su espíritu europeísta, pero sus porturas políticas no dejan de poner en duda la fortaleza de ese espíritu continental.
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Esta semana, sus propios electores le han mostrado una señal de advertencia sobre el suelo resbaladizo que está transitando. La presidencia de la República Federal, la jefatura formal del Estado, la ocupaba el economista Horst Kohler, que decidió imprevistamente renunciar, molesto por los remilgos del gobierno de Merkel para salir al rescate de la economía griega en el estallido de la crisis. Para suplir a Kohler, la CDU propuso la candidatura de Christian Wulff, hasta ahora el democristiano gobernador de Baja Sajonia, con la confianza de que los porcentajes de apoyo popular se trasladarían a las votaciones en el Bundestag. Pero se necesitaron tres rondas de votos para que la canciller pudiera imponer su candidato a la presidencia.
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La inflexibilidad de hierro de sus posturas liberales no están siendo bien recibidas por los alemanes. Ángela Merkel, además, ha utilizado la supremacía de su cargo al frente de la primera potencia europea para extender sus opciones a los demás países del continente: todos, sin excepción, han abrazado la vía del achicamiento de los déficit y de la deuda pública, a pesar de la protesta social creciente y de las advertencias sobre los riesgos de caer masivamente en un período recesivo aún más pronunciado. Y es más: ha sido Merkel y la fuerza conjunta de los europeos la que ha marcado la agenda de la reciente cumbre del Grupo de los 20, donde las viejas recetas neoconservadoras han vuelto a obtener patente de corso.
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Pero casi el 90 por ciento de los alemanes, según un muy confiable sondeo público, están disconformes con la gestión de su canciller. Si hoy hubiese elecciones anticipadas (y puede haberlas), sería muy poco probable que Ángela Merkel lograse mantener la jefatura del gobierno. Esperaban una nueva Dama de Hierro, pero apenas era de hojalata.
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nelson.specchia@gmail.com
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jueves, 11 de junio de 2009

Un momento crítico en la construcción europea

Un momento crítico en la construcción europea


Por Nelson-Gustavo Specchia



Unión Europea



El domingo de esta semana se han llevado a cabo elecciones en toda Europa, simultáneamente en los 27 países que hoy conforman la Unión Europea, para elegir, por voto directo, representantes al Parlamento Europeo.

La Eurocámara, en Estrasburgo, es la única institución comunitaria que representa a los ciudadanos, a los hombres y mujeres de a pie; las restantes instituciones armadas por la organización continental –como el Consejo o la Comisión Europea- representan a gobiernos. Y en estas elecciones, donde los ciudadanos han tenido la oportunidad de elegir a sus propios representantes, los partidos progresistas, a los que se supone más cerca del “proyecto” de construcción europea, han sufrido un descalabro, una muy amarga derrota, mientras los partidos de tendencia conservadora, de derechas, se han alzado con un cómodo y claro triunfo.

El tema de fondo es que, en su vertiente central, las agrupaciones de la derecha (reunidas mayoritariamente en el Partido Popular Europeo, y en los “tories” británicos), representan posiciones críticas y escépticas –cuando no abiertamente contrarias- hacia la marcha y el crecimiento de la integración europea. Por eso la amplia mayoría de escaños conseguidos por la derecha en el Parlamento de Estrasburgo (unos 320 asientos, de los 736 eurodiputados totales), hace prever un futuro pesimista para el propio proyecto político continental, que ha sido, hasta ahora, el modelo al que han aspirado prácticamente todos los intentos de integración regional, incluido los latinoamericanos.

Estas elecciones marcan una nueva etapa, que estará caracterizada, principalmente, por el alejamiento de los ciudadanos, por la desazón popular, por la desafección de quienes han sido los principales beneficiarios de los logros políticos, económicos, y sociales, del proyecto de la Unión Europea. Los sectores progresistas y más claramente “europeístas” han sido incapaces de generar un discurso que movilizara a los electorados en un contexto de crisis global, que mostrara al hombre común la potencialidad de la marcha del proceso de integración. En la opinión pública, Bruselas (donde se asientan las oficinas de la organización continental) es cada vez más sinónimo de burocracia, de aparatos políticos complejos y engorrosos, de maquinaria alejada de las necesidades y de las aspiraciones concretas del europeo medio.

El voto universal al Parlamento Europeo comienza en 1979, y desde entonces hasta mediados de la década de los años ‘90, los socialistas obtuvieron una victoria tras otra, logrando, además, movilizar a las ciudadanías: la participación se mantuvo siempre por encima del 55 por ciento. A fines de esa década se produce el quiebre en la tendencia: en 1999 el Partido Popular Europeo (PPE) se hace con la primera gran victoria, y la participación ciudadana comienza a bajar hacia niveles inferiores al 50 por ciento. Esta tendencia no ha hecho sino profundizarse en cada elección, y en la del pasado domingo llegó al nivel más bajo en la historia de la Eurocámara, con apenas el 42,94 por ciento del total de electores europeos que salieron de sus casas para ir a votar por Europa.

Con una caída tan fuerte en la participación, los socialistas tocaron también un piso histórico, sumando apenas el 21,9 por ciento. En cambio, el Partido Popular Europeo alcanzó un 35,7 por ciento de los sufragios, y con esta diferencia entre ambos aventaja con casi 100 diputados a los socialistas. El presidente francés, Sarkozy, la canciller alemana, Angela Merkel, y el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi (a pesar de los escándalos que lo acompañan a diario), han sido los grandes triunfadores del domingo. Pero con ellos también ha triunfado el euroescepticismo, expresado en parlamentarios electos como voto-protesta.

Mi lectura es un tanto preocupante. En primer lugar, por la desafección ciudadana: tener un 60 por ciento de abstención en los únicos comicios de escala continental me parece un claro retroceso, o, al menos, la expresión de una indiferencia peligrosa.

Ya hay varios gobiernos abiertamente “euroescépticos”, que toman distancia del proceso de integración continental, como el presidente de la República Checa, Václav Klaus; o el seguro próximo primer ministro británico, David Cameron, que ha prometido convocar a un referendum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Si a ellos se les suma la desatención y el desinterés de los propios ciudadanos, el resultado daría una combinación explosiva para la marcha del proceso de integración.

¿Estarían realmente dispuestos los líderes de la derecha conservadora a tirar por la borda más de medio siglo de exitosa construcción a escala continental? Luego de siglos y siglos de enfrentamientos, incluyendo, en años relativamente recientes, las dos más grandes conflagraciones bélicas de la historia de la humanidad, el proyecto de la Unión Europea ha logrado traer paz y crecimiento, protección social y desarrollo económico, en niveles nunca vistos. Y ese modelo de convivencia entre unidades políticas distintas e históricamente antagónicas, diferentes pueblos, culturas y lenguas, se ha exportado al mundo como un ejemplo a imitar. Ahora, el futuro de esa Europa unida depende de los sectores ideológicos que más la han criticado, y que nunca, en realidad, han creído realmente en ella.

En un tiempo muy escaso de referentes sólidos a nivel internacional, el nuevo escenario europeo viene a agregar una nota de desesperanza. Los chinos tienen la misma palabra para expresar la idea de “crisis” y la idea de “oportunidad”. Será interesante ver cómo frente a esta crisis, se aprovecha –o no- la oportunidad que ella plantea.