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viernes, 30 de julio de 2010

Kosovo, legitimado (23 07 10)

Kosovo, legitimado
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por Nelson Gustavo Specchia
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La Corte Internacional de Justicia (CIJ), máxima instancia de la aún incipiente legalidad mundial, acaba de emitir su fallo, su juicio sobre la secesión de la provincia de Kosovo, que se desgajara el 17 de febrero de 2008 del Estado de Serbia, generando un nuevo país con las fronteras dibujadas según las diferencias étnicas y religiosas.
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Por entonces, escribimos que el plan norteamericano de secesión de los serbios kosovares nos parecía políticamente imprudente y jurídicamente violatorio de la legalidad internacional. Creíamos –y seguimos creyendo- que estas maneras autoritarias de “cortar por lo sano” en los conflictos étnicos o raciales al interior de los países no aseguran la estabilidad ni la paz en el mediano plazo. También reflexionábamos entonces que permitir la declaración unilateral de la independencia de Kosovo podía actuar de disparador de otras reivindicaciones secesionistas en el mundo, desde el País Vasco a Abjazia, desde el Kurdistán a Osetia del Sur. Acaso no sea tan desquiciado pensar –escribíamos- en una argumentación, en el futuro, de los malvinenses en ese mismo sentido.
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Pocos meses después que Kosovo declarara su independencia, creando un nuevo Estado étnico en los Balcanes, y del inmediato reconocimiento de Washington y de la mayoría de sus aliados, la Rusia de Vladimir Putin y Dimitri Medvédev invadía Osetia del Sur, sumergiendo al Cáucaso en una guerra para proteger –también con criterios de etnia y raza- a una provincia culturalmente diferente del Estado de Georgia. “Si ustedes lo hacen con Kosovo –decía el presidente Medvédev- ¿por qué nosotros no podríamos hacerlo con Osetia?”, al tiempo que pedía el reconocimiento de la comunidad internacional para el nuevo país bajo su protección. Daniel Ortega, de Nicaragua, y Mahmmoud Ahmadinejad, de la República Islámica de Irán, se apresuraron a emitir los correspondientes reconocimientos diplomáticos para Osetia.
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Aún así, Kosovo seguía siendo un precedente impuesto por la fuerza y el “poder duro” de la potencia militar norteamericana, no lo respaldaba la legalidad. Hasta esta semana, en que el máximo organismo judicial de las Naciones Unidas ha fallado: Kosovo no violó el derecho internacional público, su independencia se ajusta a la legalidad a la que ha llegado el mundo de nuestros días.
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Los efectos legitimantes de esta sentencia no se limitarán a los estrechos límites geográficos de la ex provincia serbia, sino que dispararán una serie de reivindicaciones nacionalistas en todas las latitudes, cuyos efectos no es fácil calcular.
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DE LA GUERRA A LA INDEPENDENCIA
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En definitiva, lo que viene a decir la Corte de Justicia de la ONU es que, frente a la alternativa de una guerra –que en el caso de los Balcanes se acercó al genocidio- es preferible separar jurídica y políticamente los territorios, creando nuevas entidades soberanas. Pero más allá de la argumentación jurídica, el fondo de la cuestión es extremadamente preocupante, porque niega la política como vehiculización y armonización de las diferencias en el seno de una misma sociedad. Y porque reinstala el conflicto en potencia, ya que empuja a la coexistencia –en obligada vecindad- de dos países soberanos que necesariamente se profesarán enemistad mutua. O sea, crea enemigos, y en el largo plazo aumenta la inestabilidad de una zona ya estructuralmente frágil.
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Un escenario de extrema fragilidad que viene, como tantas situaciones políticamente sui generis, del desmembramiento del borde oriental europeo tras la caída de la Unión Soviética. Yugoslavia, un mosaico de nacionalidades que habían sido unificadas por las brigadas patrióticas de Josip Broz, conocido como el mariscal Tito, tras las luchas contra los ejércitos invasores del Eje durante la segunda Guerra Mundial. Tito mantuvo unida Yugoslavia hasta su muerte, en 1980, pero la reunión de pueblos cultural y religiosamente enfrentados no pudo permanecer unida tras la debacle soviética. Por las grietas abiertas se coló el ultranacionalismo, y comenzaron las guerras internas y las limpiezas étnicas.
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Cuando la Unión Europea reaccionó –tarde y mal- y las tropas de la OTAN fueron a frenar lo que ya derivaba rápidamente hacia un genocidio racial, la ONU dictó la resolución 1.244, con la que puso fin a la guerra en 1999, y por la cual se garantizó la integridad de la República Federal de Yugoslavia, con capital en Belgrado. En esta entidad política, la provincia de Kosovo hace parte integrante. Sin embargo, el fallo de la CIJ reinterpreta este corpus jurídico, y según la sentencia leída ayer por su presidente, el juez japonés Hisashi Owada, Kosovo tenía poder para tomar decisiones que afectaran a su orden legal, porque esta vía era la única forma de pacificar la región. La Corte aduce, además, que cuando en 2006 se independizó Montenegro, y fue aceptado como país soberano por la comunidad internacional, la República Federal de Yugoslavia dejó de facto de existir, por lo que los kosovares podían hacer otro tanto.
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HERMANOS, VECINOS, ENEMIGOS
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La región de Kosovo está poblada, en un 90 por ciento, por integrantes de la colectividad albanesa, que reivindica su diferencia y especificidad étnica, y aduce haber sido objeto del ataque y la agresión (también por reivindicaciones étnicas) de las fuerzas serbias comandadas por Slobodan Milosevic; agresión que se saldó con aproximadamente 300.000 muertos. Con ese antecedente, aducen, es imposible reconocer ninguna autoridad serbia en este territorio, y la independencia es la única posibilidad de vida en libertad. (No dicen qué harán con la población kosovar étnicamente serbia, que se asienta principalmente en el norte de la provincia). El delegado especial de la ONU para la pacificación de la región, el finlandés Martii Ahtisaari, tras años en la zona adhirió a la postura albanokosovar: recomendó la secesión de Kosovo, y ese mismo año de 2008 le dieron el premio Nobel de la Paz.
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Pero Serbia no cree que con este camino se vaya a cimentar la paz entre ambos territorios, entre ambos colectivos sociales, y –mañana- entre ambos ejércitos. Por eso acudió a la Corte Internacional tras la declaración unilateral de la independencia fogoneada por los Estados Unidos, y denunció que Kosovo es una “parte inalienable de su territorio”; aún más: “el alma misma de la patria” (en esta tierra se dio la batalla de 1389 contra el invasor otomano, que está en el corazón nacionalista de la historia serbia). No es menor, tampoco, la proliferación de monasterios cristianos ortodoxos en Kosovo, defendidos férreamente por los serbios como parte de su cultura, frente a la adhesión musulmana de los albanokosovares.
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A pesar de que fue Serbia la que llevó el caso a la Corte Internacional, tras conocerse el fallo ha reafirmado que “nunca” reconocerá la secesión kosovar, y que el diferendo debe buscarse dentro de los límites serbios. O sea, tal como había previsto la propia resolución 1.244 de la ONU con que se terminó la guerra.
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DERECHO Y POLÍTICA
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El derecho internacional público es aún una endeble creatura, a la que hay que cuidar mucho, y cuyo poder legitimante en el concierto mundial debe ser un bien preciado y de uso cauteloso por parte de los Estados. Cuanto más grandes y poderosos, mayor responsabilidad les cabe en ello. El hecho de que no exista una autoridad policial global que intervenga coercitivamente en el aseguramiento del cumplimiento de las regulaciones judiciales transnacionales, hace que el respeto a la capacidad simbólica de declarar la legalidad o no de los hechos bajo su consideración aumente en gran medida.
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Por ello, la utilización política de la Corte Internacional de Justicia sería una pésima noticia para todos. Sin embargo el fallo conocido este jueves 22 de julio de 2010 tiene las mismas líneas divisorias de los países que –por sus propios motivos e intereses- apoyan o no la independencia de Kosovo.
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La sentencia contó con 9 votos a favor y 5 votos en contra, de los 14 jueces que conforman la Corte. A pedido de los Estados Unidos, 69 países ya han reconocido a Kosovo como un Estado independiente. Entre ellos, claro, y encabezados por Gran Bretaña, se cuentan todos los aliados y amigos de la potencia norteamericana. Pero de los 192 países que integran las Naciones Unidas, 123 no han reconocido la independencia de Kosovo; encabezados por Rusia, también China e India –e inclusive algún europeo, como España- apoyan la postura de Serbia. Y esta misma línea divisoria entre aliados y adversarios internacionales se expresó en los votos de los jueces de la Corte Internacional de Justicia.
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Fallo también significa error, y el máximo tribunal de las Naciones Unidas ha cometido un error con su fallo politizado. Legitimar un Kosovo unilateralmente independiente y soberano no traerá más paz, pero sí aceitará más los canales por los que se expresa el ultranacionalismo racial, étnico o religioso de cualquier pelaje.
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nelson.specchia@gmail.com
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viernes, 29 de agosto de 2008

Las uñas de Vladimir

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LAS UÑAS DE VLADIMIR


Por Nelson G. Specchia


No corren buenos tiempos para los optimistas del nuevo orden internacional y de la aldea global. Los peores pronósticos, luego del aventurero intento del presidente georgiano Mijaíl Saakashvili de someter por la fuerza a los rebeldes osetios, se vienen cumpliendo con rigurosa puntualidad. Y ello ante el asombro pasmado de quienes predecían para estos tiempos una larga “pax americana”, una estabilidad global con altos flujos de comercio y baja intensidad conflictiva bajo la tutela de los EE.UU.

Desde estas mismas páginas advertimos hace pocos días que la reacción rusa ante el ataque georgiano, teniendo tan fresco además el antecedente del reconocimiento de Kosovo por parte de norteamericanos y europeos en febrero pasado, no se limitaría al restablecimiento del statu quo en la región separatista, sino que podría avanzar hacia la creación de nuevas entidades políticas en el Cáucaso. A pesar de la escenificación de la firma de los acuerdos de paz que le llevaba el presidente francés –y de turno de la Unión Europea- Nicolás Sarkozy, el líder ruso Vladimir Putin ha decidido mostrar las uñas. Manteniendo aún sus tropas en Georgia, y en un gesto que va dirigido a múltiples frentes (principalmente a los EE.UU., pero también a los pequeños países de su periferia, a sus aliados musulmanes de Asia central, a sus ex satélites de Europa oriental y hoy tan pro-occidentales, a la OTAN, a la UE y –no en última instancia- a la emergente China) ha concluido la respuesta militar con una audaz muestra política de su intenciones –y de su poder real- reconociendo unilateralmente como nuevos estados a Osetia del Sur y Abjasia.

En un juego irónico de palabras, el “delfín” de Putin, Dimitri Medvédev ha usado las mismas expresiones de los líderes occidentales en oportunidad del reconocimiento de Kosovo para justificar la decisión rusa, e invitar a los demás miembros de la comunidad internacional a seguir la misma vía. Desde su residencia de verano de Sochi, el presidente de la Federación Rusa, afirma que el reconocimiento de estos dos nuevos estados no implica un precedente para casos similares, pero inmediatamente agrega: “Nos decían que Kosovo era un caso especial, pero todos los casos lo son: Kosovo, Osetia del sur, Abjasia…” Dicho más directamente, el principio de integridad territorial –uno de los elementos fundamentales en que se basa el estado moderno- acaba de ser puesto en cuestión, y será una realidad presente en las negociaciones y en las crisis internacionales a partir de ahora. De estos antecedentes no hay retorno.

Pero, además, hay dos elementos adicionales que no deben escapar al análisis, uno de índole interna regional, y otro externo, que hace a la estabilidad y previsibilidad global de las relaciones internacionales.

Respecto del primero, las reivindicaciones nacionalistas en el Cáucaso y en Asia central son numerosas y cada una esgrime un abanico diverso de razones, pero que confluyen en una aspiración compartida: la independencia. El Transdniéster, en Moldavia, y el Alto Karabaj –enclave armenio en el medio de Azerbaiján- son los dos principales conflictos que permanecen congelados y con sectores internos enfrentados, unos recibiendo el apoyo de Occidente, otros aliados a Moscú. La independencia de Osetia del Sur y Abjasia puede tener en estos dos enclaves su réplica más cercana, con lo que la balcanización sobre bases étnicas en el Cáucaso se vería profundizada.

Y en lo que hace a la estabilidad global, el zarpazo de Rusia muestra sus intenciones de recuperar protagonismo geopolítico, y deja claro que en su área de influencia no admitirá riesgos a su seguridad interna.

La independencia de Abjasia –y su muy probable incorporación a la Federación Rusa en un plazo cercano- le otorga a la estrategia internacional de Vladimir Putin un territorio costero de alta importancia estratégica. Hoy la flota rusa se estaciona en Sebastopol, en Crimea, pagando a Ucrania un alquiler anual de unos cien millones de dólares por el uso de los puertos, y teniendo que soportar los vaivenes de la política ucraniana. El litoral abjasio le otorgaría una extensa línea costera bajo su control total, desde donde patrullar el mar Negro.

Frente a las uñas afiladas de Vladimir Putin, Occidente no encuentra la manera de recuperar la iniciativa. EE.UU. se ha limitado a decir que Rusia debería rever su decisión, la OTAN no ha podido hacer otra cosa que suspender la colaboración con el ejército ruso, y los líderes europeos han llamado a una reunión de urgencia del Consejo de jefes de Estado y de gobierno de la UE, en Bruselas, para el próximo lunes 1 de septiembre, para ver qué hacen.

Todos dicen que no hay que volver a los escenarios de guerra fría, pero nadie deja de caminar en esa dirección.



domingo, 17 de agosto de 2008

Osetia, ¿otro Kosovo?

OSETIA, ¿OTRO KOSOVO?


Por Nelson Gustavo Specchia

Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba


Cuando hace pocos meses la diplomacia norteamericana, con el cuestionable apoyo de la Unión Europea, alentaba la secesión de la provincia serbia de Kosovo y propugnaba por su inmediato reconocimiento, advertimos desde estas páginas que tal partición en los Balcanes, sin un consenso internacional amplio (donde, por supuesto, estuviera también Rusia) no solamente era violatorio de la legalidad internacional, sino que actuaría de disparador de otras reivindicaciones secesionistas en el globo, desde el País Vasco a Abjazia, desde el Kurdistán a Osetia del Sur. Acaso no sea tan desquiciado pensar incluso en una argumentación, en el futuro, de los malvinenses en ese mismo sentido.

Esta semana, a tan poco tiempo de la declaración unilateral de la independencia de Kosovo, y tras el inmediato reconocimiento de los Estados Unidos y de prácticamente todos los países europeos (España es una de las pocas excepciones, y esto debido al peso en la política interior que tienen las discusiones con el nacionalismo vasco y con el catalán), Osetia del Sur, en el corazón del inestable Cáucaso, se ha sumergido en una guerra que, aún está por verse, puede avanzar hacia un enfrentamiento internacional de otras dimensiones. Si ello finalmente ocurre, la responsabilidad del Occidente desarrollado –tanto del “realista” norteamericano como del “idealista” europeo- no habrá sido en absoluto secundaria.

El desmembramiento de la Unión Soviética, desde fines de la década de los ochenta del siglo pasado, fue desprolija y caótica, y uno de los flancos más débiles de ese proceso estuvo en el borde sur, donde una multiplicidad de pueblos y sentimientos nacionales habían permanecido disimulados durante años a la sombra del gran imperio político, ideológico y militar soviético. Los osetios integran uno de esos pueblos, que en la partición de las nuevas fronteras quedaron divididos en dos comunidades: una franja norte dentro de la Federación Rusa, y un sector sur, dentro de la República de Georgia. Amén de esta división de facto, los osetios del sur mantuvieron su fidelidad a la Madre Rusia, a la que aspiran a integrarse, y en fechas tan tempranas como noviembre de 1989 declararon su autonomía de Georgia; ésta resistió a la desintegración y comenzó un conflicto de baja intensidad que se arrastró hasta 1992.

Ese hábil político que fue Eduard Shevardnadze, ocupando la presidencia de Georgia, logró congelar un status quo con Boris Yeltsin. Se creó una fuerza de paz conjunta, sin reconocimiento del reclamo soberanista osetio, pero que permitió la presencia del ejército ruso en la zona como “fuerza pacificadora”. Al año siguiente, en 1993, Mijaíl Saakashvili sucedió a Shevardnadze, y se planteó como prioridad el alineamiento de Georgia a Occidente: una alianza estratégica con los Estados Unidos, la incorporación de su país a la OTAN, y el sometimiento del separatismo osetio pro-ruso.

La Casa Blanca recibió con los brazos abiertos a este nuevo aliado, tan estratégicamente ubicado: una cuña entre Rusia y la también aliada Turquía, con puertos en el mar Negro, y por cuyas tierras pasa el oleoducto BTC (el único no controlado por Rusia, que transporta el crudo del Caspio desde Azerbaiján hasta el puerto turco de Ceyhan).

Rusia, en un proceso de recuperación acelerado bajo la administración de Vladimir Putin (o de Medvédev-Putin tras el recambio presidencial) veía con creciente preocupación los acercamientos de Georgia a Occidente, pero parecía dispuesta a mantener el status quo pactado, hasta que Saakashvili le dio, el pasado viernes 8, la excusa perfecta. El ataque georgiano a la provincia separatista ha sido un tremendo error de cálculo, y ha disparado un proceso de final incierto.

En marzo de este año, Osetia del Sur comenzó a solicitar a la comunidad internacional un reconocimiento a su autodeterminación, con los principios con que esa misma comunidad internacional había aceptado la independencia de Kosovo. Pero ahora, cambiando en el aire el rasero con que se miden los intereses de aliados y adversarios, tanto los Estados Unidos como la Unión Europea afirman que la integridad territorial de Georgia no se discute y que sus fronteras son inviolables. Precisamente con ese criterio intentó Rusia detener la partición de Serbia, pero, mal que le pese a Occidente, la decisión que se impuso entonces es ahora un argumento demasiado fuerte para ignorarlo.

La ruptura de la legalidad internacional nunca es inocente. Tampoco es gratuita. Habrá que ver si Rusia hoy se limita a restablecer el statu quo, o –apoyándose en el antecedente de Kosovo- respaldará el nacimiento de un nuevo estado en el Cáucaso. Los escenarios que abriría esta segunda alternativa repercutirán, aún con mayor ruido, en otras regiones separatistas del globo.