lunes, 25 de marzo de 2013
Berezovsky muerto y Putin recargado (25 03 13)
lunes, 7 de enero de 2013
Siria, tercer round (07 01 13)
Siria, tercer round
por Jean-Baptiste Noël
Cuando la guerra civil en Siria amenaza, tras dos años de violencia, con saltar a una nueva fase, el presidente Bashar Al Assad ha vuelto a aparecer en público después de medio año, anunciando su disponibilidad para analizar un nuevo marco constitucional para la República Árabe.
El discurso público (el primero desde 2005) del representante del clan alauíta que gobierna autocráticamente Siria desde 1970 alentó titulares esperanzadores en la prensa europea, pero si se analizan sus palabras, más allá de los anuncios espectaculares muestran una reafirmación inmovilista de la clase política de Damasco.
En primer lugar, el mandatario descartó de plano la posibilidad de ningún acuerdo con los insurgentes rebeldes, con lo que cerró una vez más la puerta a una “salida política” a la crisis civil y militar.
En segundo término, las promesas de reconciliación nacional y la posibilidad de celebración de un referéndum se condicionan a que “Occidente deje de apoyar” a los rebeldes, un apoyo que, por cierto, no se ha comprobado empíricamente y es la principal argumentación del Ejecutivo sirio para enviar al Ejército a reprimir a la insurgencia.
Y, por último, después de agradecer el respaldo internacional al gobierno ruso de Vladimir Putin y al régimen chiíta presidido por Mahmmoud Ahmadinejad desde la República Islámica de Irán, Bashar al Assad descartó renunciar al poder o a no presentarse nuevamente en próximos comicios.
Esto es lo mismo que ratificar, con todas las letras, la continuidad del gobierno y del régimen con las mismas armas e idénticas tácticas que las utilizadas en las últimas décadas.
En un primer momento, los Al Assad le negaron al conflicto la misma posibilidad de existencia. El presidente negaba en las entrevistas que hubiera rebeldes insurgentes, y apenas admitía que algunos “elementos criminales” estaban causando algunos disturbios. En un segundo round, cuando comenzó el aislamiento internacional y el abandono de la Liga Árabe, el gobierno apostó por ahogar los alzamientos mediante la represión militar abierta, incluyendo tanques y bombardeos marítimos al puerto de Latakia.
Ahora, cuando la OTAN ya ha desplegado misiles Patriot en la frontera de Turquía, y sólo los vetos ruso y chino detienen en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas un plan de intervención externa en Siria, la elite de Damasco ensaya un tercer movimiento: liberación de prisioneros, pacificación nacional, consulta plebiscitaria, nueva Constitución.
Pero parece demasiado tarde inclusive para un planteo tan poco creíble: a estas alturas, 60.000 muertos después, no hay plan factible que incluya la permanencia de los Al Assad.
Twitter: @nspecchia
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martes, 13 de marzo de 2012
Annan, Kofi Annan (13 03 12)
Annan, Kofi Annan
por Pedro I. de Quesada
Saliendo del ostracismo al que lo había llevado su retiro de la secretaría general de las Naciones Unidas, Kofi Annan ha vuelto a la palestra, y para meterse en el ojo del huracán: aterrizó en Damasco y se sentó con Bachar el Assad.
Después de los duros términos con los que condenó en varias oportunidades la violencia extrema de los Al Assad en la represión de Homs, Ban ki Moon decidió llamar a su antecesor en el sillón de la ONU y pedirle que volara hasta Siria y que hiciera lo que pudiera.
Una decisión arriesgada, y que no cayó bien (casi) en ningún lado: Para Israel, es un freno de mano al proyecto de intervención, que tiene tan adelantado; para Hillary Clinton –que no dejará que los israelíes ataquen solos- es un incordio; para los rusos es una quita de protagonismo; a la Liga Árabe la pone en evidencia de su nula efectividad para hacer nada; para el clan de los Al Assad es una intromisión a destiempo, ahora que han sofocado a sangre y fuego la rebelión en la barriada de Bab Amro y empujado al Ejército Libre de Siria (ELS) hacia el Norte; e inclusive para estos últimos es una visita antipática, porque relegitima a un gobierno que ya está acorralado y solo, con la mayoría de las potencias occidentales retirando sus embajadores de Damasco.
En ese entorno hostil, el viejo diplomático llegó como Bond, James Bond, y en 48 horas ha logrado poner unas notas de sensatez en medio de la locura, lo que no es poco.
De lo que se trata es de detener el baño de sangre sobre la población civil, una matanza que ya roza las 8.000 víctimas. Y aunque a los rebeldes les gustaría una entrega masiva de armas al ELS, o directamente una intervención militar externa (como apoya, entre otros estados árabes, Qatar), la verdad es que no existe un frente político alternativo a los Al Assad que muestre un acuerdo interno y un nivel de madurez suficiente como para ser confiable.
Con una oposición así, el remedio puede ser igual de desastroso que la enfermedad, o inclusive peor, si una acción militar occidental provoca el temido “efecto cascada” en el polvorín de Medio Oriente.
WikiLeaks, ese grano en la planta del pie del secretismo diplomático, acaba de revelar, tras una infiltración al correo electrónico de la empresa Strattfor (uno de los “contratistas de asesores” del ejército estadounidense) que soldados de la OTAN ya estarían en Siria, apoyando a las tropas rebeldes; Rusia y China, mientras tanto, volvieron a insistir en que vetarán en el Consejo de Seguridad de la ONU la intervención externa.
Así, a Bachar el Assad no le quedó otra que recibir a Kofi Annan; al canciller ruso, Serguéi Lavrov, afirmar que colaborará con él; y a la Liga Árabe prestarle su apoyo.
Todos tuvieron que aceptar un acuerdo de mínimos para frenar la matanza, y ni Washington ni Tel Aviv pueden hacerse los desentendidos.
Aunque no sea una solución, la llegada de Bond, James Bond, será un respiro para los sirios.
Twitter: @nspecchia
viernes, 9 de marzo de 2012
Crónica de un regreso anunciado (09 03 12)
Crónica de un regreso anunciado
Por Nelson Gustavo Specchia
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Vladimir Putin ha vuelto a ser elegido presidente de Rusia, en primera vuelta y por un abrumador porcentaje de votos. Doce años después de haber conquistado el gobierno, el presidente electo (asumirá en mayo próximo, y esta vez por 6 años), ex presidente (8 años en el cargo) y actual primer ministro (los últimos 4 años), vuelve al Kremlin, el centro neurálgico del poder ruso. Pocas cosas más predecibles que este retorno, ya que Putin, en realidad, nunca se terminó de ir, merced a la estrategia de tándem armada con su delfín y sucesor (y ahora antecesor y seguramente mañana sucesor nuevamente) Dmitri Medvédev. Una fórmula de retención del poder, del gobierno y de las instituciones, que marca de una manera muy particular la herencia postsoviética y el resurgimiento de Rusia como potencia global.
Con la vuelta/permanencia de Putin, además, es el sistema democrático ruso el que pierde una nueva oportunidad de avanzar en su profundización y saneamiento. Por el contrario, la ausencia total de transparencia de la Administración y la sumatoria de argucias legislativas para favorecer electoralmente al partido gubernamental, Rusia Unida; la utilización espuria y desbalanceada de la propaganda partidaria en la televisión estatal; la manipulación de las partidas presupuestarias con fines electorales; el agite del chauvinismo patriotero, nacionalista y militarista; la asociación machista del poder político con la virilidad del “hombre fuerte”; el fraude generalizado de baja intensidad (constatado por los observadores internacionales y admitido por el propio presidente electo); el control oficial sobre la prensa y la censura previa; la violencia contra periodistas críticos –incluyendo el asesinato nunca investigado ni resuelto de Anna Politkovskaya entre una nómina creciente-; la persecución y encarcelamiento de opositores (Mikhail Jodorkovski sigue en la cárcel, acusado de estafa y robo de la propiedad del Estado) y la prohibición de candidatos (como al liberal Gregori Yavlinski en estas elecciones); la endogamia del clan dirigente, que frena la renovación de toda la clase política; y una metodología de cooptación de voluntades que mezcla prebendas y dádivas, con acoso y marginación; son las notas predominantes del “Programa Putin”.
Un programa que, en definitiva, sostiene una democracia imperfecta, paternalista, dirigida y tutelada, donde la voluntad popular y las demandas emergentes de la sociedad civil siguen siendo desplazadas a los márgenes del sistema.
Pero, con todas las salvedades anotadas arriba, el 64 por ciento obtenido por Vladimir Putin obliga a preguntarnos si los rusos no siguen prefiriendo esperar el bienestar económico prometido por este nuevo Zar en base al petróleo (Rusia es el primer productor de gas del mundo, y el segundo de petróleo), inclusive a costa de resignar porciones de voluntad democrática.
ATREVETE CON EL OSO BLANCO
Pero además, este respaldo popular viene atado a un discurso de recuperación del herido orgullo nacional, que delinea las principales directrices del sexenio que ahora empieza. Y después de haber descartado el frágil acercamiento propuesto por Barack Obama al inicio de su mandato, Putin ha vuelto a concebir la relación con Washington en clave de guerra fría.
El presidente quiere rentabilizar la estabilidad y el orden que impuso a la sociedad rusa, tras la caótica transición postsoviética de los dos períodos presidenciales de Boris Yeltsin, en los años noventa. Después de aquella rebatiña de las grandes empresas públicas entre los nuevos oligarcas cercanos a Yeltsin, Putin puso orden con puño de hierro: utilizó la represión militar sin miramientos en Chechenia contra los separatistas del Cáucaso, e invadió Georgia; y empujó al exilio a algunos de los nuevos magnates enriquecidos con las ex empresas soviéticas (como Boris Bereszovski), cooptó a otros, a costa de que financiaran a su partido Rusia Unida (como Román Abramovich), y metió en la cárcel a aquellos que se negaron (como Jodorkovski).
Esta estrategia de tres partes –rechazo a una alianza de convivencia con Estados Unidos, fortalecimiento de las fronteras exteriores, y consolidación de la élite política interna en torno a su figura- trajo estabilidad, hay que reconocerlo. Pero también fortaleció una modalidad verticalista en la toma de decisiones, que reforzó la figura y el férreo control del presidente en todas las áreas de la Administración.
Esa modalidad de gestionar la cosa pública está, además, en consonancia con la personalidad de Vladimir Putin. Su formación juvenil durante los duros años soviéticos de la “era Brezhnev”, su instrucción como espía de los servicios secretos del KGB, y su experiencia política en la “nomenklatura”, parecen llevarlo naturalmente a gestionar el Estado desde la opacidad, la toma de decisiones estrictamente jerárquicas, el secretismo en las primeras líneas de gobierno, y el control total sobre las actividades administrativas.
Hacia el exterior, por último, la imagen que Putin intentará proyectar será la del imperio poderoso, autosuficiente, líder indiscutido a nivel regional y principal actor a escala global.
O sea, nuevamente la vieja aspiración zarista-soviética. Y como lo hicieran durante una buena parte del siglo XX, el presidente ha decidido volver a poner las fichas en la capacidad militar. Putin sostiene que la industria de defensa no solamente le volverá a otorgar a Rusia el lugar que le corresponde en la distribución mundial del poder, sino que también será la base de su modernización económica. Tal como lo hace, sugiere con una sonrisa fría, el complejo industrial-militar norteamericano.
Está en el programa electoral en el que basó la campaña, y que fue respaldado por esa abrumadora mayoría de rusos: el objetivo es que Rusia, apoyándose en su potencial de disuasión nuclear, desarrolle nuevas armas y recupere el papel de superpotencia. El programa habla de una inversión militar “sin precedentes”, y con esos millones de rublos se financiarán nuevas capacidades militares en el espacio y en cyberespacio, y la creación de sistemas de armamentos sobre nuevos principios físicos: de rayos, geofísicas, de ondas, de genes y psicofísicas. Todos ellos, junto con la bomba atómica, permitirán “lograr nuestros fines políticos y estratégicos”. Preocupante, cuanto menos.
HARTO YA DE ESTAR HARTO
La crónica del regreso de Vladimir Putin al Kremlin es un revival, y su proyecto de futuro es, en realidad, un proyecto de pasado. Me pregunto, por ello, si su estrategia tendrá largo aliento, cuando veo las manifestaciones y las movilizaciones de los últimos meses, especialmente las que se vienen organizando tras las elecciones legislativas de diciembre, tan criticadas por fraudulentas. La vieja Madre Rusia, con su peso rural y su pasividad social de siglos, ya comienza también a ser pieza de museo, como muchas de las ideas del nuevo presidente. Aquella aceptación acrítica que se templó durante el protofeudalismo zarista y las ocho décadas de comunismo soviético, va siendo paulatinamente reemplazada por una incipiente sociedad civil, universitaria e instruida, de jóvenes emprendedores, de artistas e intelectuales, también de consumidores –tanto de bienes como de servicios culturales de la aldea global-.
Estos colectivos emergentes de la sociedad rusa demandan ciudadanía, y Vadimir Putin y su entorno no tienen para ellos nada –o casi nada- que ofrecerles. Habrá que ver si la mayoría obtenida por el presidente los disuade de la protesta, o si permanecen en ella. Quizá sean los próximos protagonistas de una futura “primavera rusa”, como esa que sacude desde hace un año al mundo árabe.
Twitter: @nspecchia
jueves, 19 de enero de 2012
Putin y el desafío democrático (30 12 11)
por Nelson Gustavo Specchia
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Rusia es una tierra generosa y hospitalaria, con la que sus habitantes suelen trabar relaciones sentimentales e inclusive familiares (la “Madre Rusia” es uno de sus apelativos más comunes), con una historia larga de encuentros y de tensiones entre los diferentes colectivos sociales que la integran, y epicentro de una de las experiencias políticas más rotundamente modernas del siglo veinte, el régimen comunista estructurado en base al materialismo dialéctico formulado por Karl Marx. Pero en esta larga y tortuosa historia, los vaivenes del antiguo imperio zarista esquivaron otra de las empresas características de la modernidad occidental: la democracia representativa. Rusia nunca fue plenamente democrática, y las masivas movilizaciones de estos días, criticando el supuesto fraude electoral para asegurar la continuidad de Vladimir Putin en el centro del poder, parecen anunciar que unos amplios sectores populares han decidido de que es tiempo de que la democracia, esa hija dilecta de la edad moderna, llegue de una vez a los terrenos de la Madre Rusia.
MATRYOSHKAS
Como las populares matryoshkas, esas muñecas de madera policromada que se ubican unas dentro de las otras, cada vez que se ha intentado reforzar la vía democrática en los territorios rusos, ha aparecido una vía alternativa que escamotea ese intento. Dentro de una matryoshka sólo ha habido, hasta ahora, más matryoshkas.
Tras la caída del último zar, Nicolai Aleksandróvich Romanov (a quién la iglesia ortodoxa ahora ha canonizado, convirtiéndolo en San Nicolás II de Rusia), las urgencias revolucionarias desplazaron hacia algún futuro la instalación democrática. Yuli Mártov perdió esta discusión, en el seno del Partido Obrero Socialdemócrata, frente a las posturas de Vladimir Ilich Uliánov, Lenin. Mártov y sus seguidores, a quienes se denominaría “mencheviques” (minoría), proponían una transición desde el imperio zarista a una república constitucional y representativa, con diversas expresiones partidarias entre las cuales ellos, los socialdemócratas, representarían al ala izquierda. Como es sabido, en aquel congreso de 1903 se impusieron las tesis de Lenin, con el modelo de partido único como “vanguardia del proletariado”. Este modelo diseñado en el exilio es el que terminó imponiéndose en la revolución de 1918, y se mantuvo vigente hasta las postrimerías de la caída del Muro de Berlín, en 1989.
En esos tiempos revueltos, Mijaíl Gorvachov intentó aprovechar el momento para abrir el juego desde su posición de poder, como primer secretario de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Hoy afirma, en sus memorias y conferencias, que la apertura de la “perestroika” y de la “glasnot” tenía como finalidad instalar una democracia representativa, con diversidad de partidos políticos y paulatino goce de libertades individuales y sociales. Pero se le cruzó en ese camino la urgencia del populista Boris Yeltsin. Tras el fracaso del golpe de Estado de 1991, dado por viejos militares comunistas que querían parar la “perestroika”, Yeltsin, que presidía la Federación Rusa, decretó la disolución de la Unión Soviética como se la conocía hasta entonces, ilegalizó al Partido Comunista que le había dado origen, y jubiló de facto a Gorbachov, que se quedó sin Estado que gobernar.
Pero dentro de esa muñeca había otra matryushka, y Rusia cambiaba un personalismo (el soviético) por otro (el de Yeltsin), instrumentado a través de la nueva Comunidad de Estados Independientes.
Cuando en 1999 Vladimir Putin tomó la posta, también escamoteó la posibilidad de una real apertura democrática. El ex hombre fuerte de los servicios secretos, coronel formado militarmente en el KGB soviético, se imaginó dos herramientas de perpetuación: un partido hegemónico, y en la más rancia tradición eslava fundó Rusia Unida; y un tándem personal para cubrir las formas de la alternancia, puesto para el cual encontró en Dmitri Medvédev, joven (tiene 45 años, 13 menos que Putin) y talentoso, el socio ideal. Pero Rusia Unida no es un partido en sentido estricto, que interactúe en un contexto político abierto, sino una masa crítica de intereses orientados a bloquear cualquier posibilidad de acceso al poder de elementos extraños al propio grupo. Ni siquiera se han preocupado de dotar a la formación de una ideología medianamente sólida: el partido se define por seguir –nuevamente el viejo personalismo- al líder, sus plataforma de gobierno es el denominado “Programa Putin” (o sea, lo que el líder diga y piense frente a cada tema en particular); y su adscripción, en general, es a las tendencias conservadoras. Un modelo que, para un pueblo que no ha conocido la lucha política democrática nunca, puede inclusive llegar a ser confortable: paternalismo, nacionalismo, conservadurismo.
En cuanto a la alternancia en los cargos ejecutivos, otro de los elementos integrantes de cualquier concepción democrática elemental, el plan de la dupla Putin-Medvédev llega casi hasta la mitad del siglo. Como la Constitución rusa sólo permite dos mandatos consecutivos de cuatro años, la rotación en el tándem se hace indispensable para mantener las formas. Así, volviendo a asumir la presidencia el año que viene, y tras extender el mandato de la primera magistratura a siete años, con una reelección sucesiva Putin alcanzaría a gobernar hasta 2026, cuando podría volver Medvédev y ocupar el Ejecutivo nuevamente, al menos hasta el 2033. Un modelo de retención del poder para esquivar la alternancia democrática. O sea, otra matryushka.
PACIENCIA COSACA
Desde mediados de este mes de diciembre algo parece estar cambiando. Los rusos (en realidad, habría que referirse a los moscovitas, la Rusia profunda, rural, es otra cosa y queda fuera de la relativa linealidad de este análisis) ya no parecen conformarse con el paternalismo nacionalista que les ofrece y les asegura Putin, y también parecen haber llegado a la conclusión de que el precio que están pagando por ello –en corrupción, en baja calidad democrática, en autoritarismo, en fraude electoral- resulta ya demasiado alto.
Quizá los aires de la “primavera árabe”, con su despertar popular, sus puebladas y sus finales abruptos de regímenes autocráticos en el Norte de África y en Oriente Medio, tengan algo que ver con el nuevo humor que impregna las calles de las ciudades rusas. Puede ser que esos aires, tan de fin de época, soplen también sobre los cientos de miles de manifestantes, indignados y protestones, que marchan desde hace un par de semanas pidiendo que se anulen las elecciones legislativas del 4 de diciembre, obviamente ganadas –con un 49 por ciento- por el partido Rusia Unida. Un resultado que asegura la continuidad del tándem, con el acceso nuevamente a la presidencia por parte de Vladimir Putin el año entrante.
Sí, quizá sean esos aires. Al principio pensábamos que la “primavera árabe” era una experiencia que exteriorizaba una situación política y cultural concreta, la de las autocracias y tiranías de los países musulmanes. Pero el impulso que ha llevado a las puebladas y a las eclosiones sociales de Túnez, Egipto, Marruecos, Libia, Yemen, Bahrein y Siria es, en el fondo, un impulso moderno, no limitado a ninguna experiencia cultural concreta, sino global. También los rusos quieren derechos civiles y políticos reales.
Putin, en cambio, no deja de ser un exponente de la vieja guardia. Como Ben Ali o Mubarak en su momento, no entiende las manifestaciones. Sigue siendo un coronel del KGB reciclado. Se burla de los manifestantes, compara el lazo blanco de su insignia con un condón (a lo que los manifestantes responden, claro, con fotos del propio Putin envuelto en condones gigantes), los tilda de “incapaces”, los acusa de ser “infiltrados” a sueldo de los Estados Unidos... toda la vieja parafernalia del tradicional discurso nacionalista eslavo.
Sin embargo, algo está cambiando. Puede que, en un contexto de ausencia de estructuras democráticas, Putin-Medvédev vuelvan a salirse esta vez con la suya. Pero el juego se ha terminado, a los cosacos se les acabó la paciencia.
Hoy Día Córdoba – Periscopio – Magazine – viernes 30 de diciembre de 2011
jueves, 13 de noviembre de 2008
Y llegó Obama
jueves 13 de noviembre de 2008
Y LLEGÓ OBAMA
Y pasó lo que parecía imposible que pasara: luego de tan sólo 143 años de que la esclavitud negra fuera abolida, luego de tan sólo 43 años desde que los negros conquistaran el derecho a voto en los Estados Unidos, Barack Hussein Obama, de color negro, como aquellos esclavos, hijo de un inmigrante keniano, de 47 años, es el Presidente Electo de los Estados Unidos.
Han corrido ríos de tintas desde el martes de la semana pasada, en todo el mundo. Ríos de tinta analizando los múltiples significados de esta elección, y comentando esos ríos, también caudalosos, de apoyo al Presidente Electo, en las diversas partes del mundo.
Hay aquí un riesgo: que la enorme simpatía y que esta corriente tan grande de apoyos, termine generando unas expectativas irreales sobre las posibilidades, los límites de acción de Obama dentro del sistema político norteamericano, y sus propias limitaciones personales, partidarias, e institucionales, conjugadas con las de un entorno espacial y temporal muy complejo. Este conjunto de realidades –como digo: no solamente las objetivas, externas, como las que hacen al sistema político y a los juegos de alianza que lo han llevado al poder, sino también las propias de su partido, de su entorno, y las suyas personales- terminarán por dibujar un listado de temas de agenda que, si no se los pone en situación, en perspectiva, pueden llevar a una especie de frustración frente a las expectativas de tan gran tamaño que estas corrientes de apoyo a Obama están despertando.
En otras palabras, por ejemplo, si esperamos que el traspaso de poderes desde el presidente George W. Bush a Barack Obama el próximo mes de enero significan, automáticamente, que la crisis financiera ha comenzado a terminar, o que al día siguiente las tropas norteamericanas comenzarán la evacuación de Irak, o que el programa de enriquecimiento de uranio en Irán podrá seguir adelante, claramente estamos forzando las expectativas. Obama no tocará ni corregirá estos desfases de la agenda norteamericana en el corto plazo.
El hecho de que Barack Obama haya llegado a la Presidencia es revolucionario. Pero Obama no es un revolucionario.
Claro que tampoco todo es negativo, y sería incorrecto no esperar nada de los primeros momentos de ese recambio presidencial: seguramente respecto de la base de Guantánamo, por ejemplo, donde a diario se atropellan los derechos humanos y la legalidad internacional, sí podemos esperar alguna noticia en plazos más cortos.
La agenda del nuevo Presidente, entonces, estará caracterizada por la complejidad. Una buena señal es que Obama parece muy conciente de esta complejidad, y desde su discurso de la victoria, en el Parque Grant de Chicago pareció anunciarlo: “habrá contratiempos –dijo- y sabemos que el gobierno no puede resolver todos los problemas…”
Otra buena señal es que se plantea encarar esa complejidad desde la unidad: “no hay estados rojos y estados azules”, dijo también en ese primer discurso. O sea, trabajará con los republicanos, la otra mitad del país. En definitiva, y más allá de la alta diferencia de delegados que le dio la forma en que se reparte el colegio electoral, la diferencia de votos entre ambos partidos, en el conteo general, fue de un 6 por ciento solamente.
Aún así, el principal mensaje del Presidente Electo, durante el año largo de lo que fue una de las campañas más emocionantes que se tenga memoria en los Estados Unidos, fue el cambio. ¿De qué cambio, del cambio de qué? ahora que la fiesta ha pasado, llega el momento de revisar el programa del entonces candidato, para vislumbrar cuáles podrían ser esos primeros temas de agenda compleja que veremos en los primeros tiempos:
Yo diferenciaría dos frentes: el interno, y el externo.
- En primer lugar, afrontar de lleno la economía doméstica, y la economía internacional. En el frente interno, Barack Obama prometió bajar los impuestos en el orden del 95% de los asalariados estadounidenses, y gravar con mayores impuestos a los ingresos que sobrepasen los 250.000 dólares anuales. Propuso una reducción de 500 dólares por asalariado, y de 1.000 dólares por familia, al tiempo que quiere aumentar el impuesto sobre la renta de los capitales, llevándolo del 15 al 28 por ciento, y gravar los beneficios excepcionales de las compañías petroleras, para rebajar la factura energética de los contribuyentes. Y meterá 50.000 millones de dólares en infraestructura.
- En segundo lugar, en el frente externo, seguramente participará en la reunión del grupo ampliado de los 20, que se reunirán los próximos días en Washington.
Porque el Presidente Electo tendrá que hacerse cargo de la “agenda externa” desde antes de asumir, inclusive.
Pero cuidado: cualquiera sea la modificación en las formas, como decía al comienzo de esta columna, no creo que podamos esperar que haya modificaciones sustanciales en el fondo, en la defensa de los intereses estratégicos que han preocupado hasta hoy a los Estados Unidos en tanto potencia hegemónica.
Respecto de esta “agenda externa”, a mí me parece que estará integrada por los siguientes grandes capítulos:
- En primer lugar, la ONU. La Organización de las Naciones Unidas por uno de sus momentos más bajos y críticos, con la figura de su Secretario general, Ban Ki-moon, muy desdibujada. Es posible que Obama amplíe el multilateralismo, respecto del unilateralismo de Bush, pero eso no necesariamente indica que se aboque a la refundación de la ONU, quizá adopte una ampliación de las relaciones país a país;
- La OTAN. Seguirá siendo la pieza clave de la estructura de seguridad a nivel global. Es posible que se revisen los criterios de ampliación, para no desmejorar las relaciones con Rusia.
- Rusia, efectivamente, será el tercer capítulo de esta “agenda externa”. Rusia vive un momento de plena recuperación de la personalidad internacional, como potencia. Será muy interesante ver de qué manera maneja Obama este “renacimiento” ruso.
- La Unión Europea. Las relaciones Estados Unidos – UE, hoy por hoy, son pésimas. Obama las mejorará, seguramente, pero nuevamente aquí, creo que se estrategia será más país a país que a toda la UE como bloque, que, en el fondo, es un competidor a futuro.
- Afganistán. Obama ha señalado que esta es una de sus prioridades, y aquí sí la estrategia será claramente multilateral, o sea, habrá un llamado concreto a aliarse a los Estados Unidos para enfrentar a los talibanes, que también están viviendo una etapa de clara recuperación.
- Irak. Este es uno de los meollos de la política internacional de Estados Unidos. Obama ha prometido acelerar la retirada, aunque habrá que ver la estrategia de esa retirada.
- China: la consolidación del gigante asiático como actor internacional de primer orden será el principal reto estratégico global de Obama en su administración.
- Irán: que –con altas probabilidades- conseguirá tener el arma atómica durante los próximos cuatro años; y donde su papel en el equilibrio de toda la zona de Oriente Medio es vital.-
- Oriente Medio: Obama volverá sobre el conflicto Israel-Palestina, completamente abandonado por las administraciones de Bush, y posiblemente el ex Presidente Clinton, que estuvo a punto de conseguir una resolución definitiva de este diferendo entre ambos pueblos, pueda volver a la escena.
- América latina: y por último –aunque no fuera de la lista- nuestra región, con el papel fundamental de las relaciones de Brasil, como interlocutor privilegiado. América latina no está, claramente, entre las prioridades de política exterior de la administración norteamericana, pero al menos no estamos del todo fuera de la lista.
Estos son, a mi criterio, los temas que estarán en el centro de atención en estos primeros momentos, del gabinete de transición del primer presidente negro de los Estados Unidos.
viernes, 29 de agosto de 2008
Las uñas de Vladimir
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LAS UÑAS DE VLADIMIR
Por Nelson G. Specchia
No corren buenos tiempos para los optimistas del nuevo orden internacional y de la aldea global. Los peores pronósticos, luego del aventurero intento del presidente georgiano Mijaíl Saakashvili de someter por la fuerza a los rebeldes osetios, se vienen cumpliendo con rigurosa puntualidad. Y ello ante el asombro pasmado de quienes predecían para estos tiempos una larga “pax americana”, una estabilidad global con altos flujos de comercio y baja intensidad conflictiva bajo la tutela de los EE.UU.
Desde estas mismas páginas advertimos hace pocos días que la reacción rusa ante el ataque georgiano, teniendo tan fresco además el antecedente del reconocimiento de Kosovo por parte de norteamericanos y europeos en febrero pasado, no se limitaría al restablecimiento del statu quo en la región separatista, sino que podría avanzar hacia la creación de nuevas entidades políticas en el Cáucaso. A pesar de la escenificación de la firma de los acuerdos de paz que le llevaba el presidente francés –y de turno de la Unión Europea- Nicolás Sarkozy, el líder ruso Vladimir Putin ha decidido mostrar las uñas. Manteniendo aún sus tropas en Georgia, y en un gesto que va dirigido a múltiples frentes (principalmente a los EE.UU., pero también a los pequeños países de su periferia, a sus aliados musulmanes de Asia central, a sus ex satélites de Europa oriental y hoy tan pro-occidentales, a la OTAN, a la UE y –no en última instancia- a la emergente China) ha concluido la respuesta militar con una audaz muestra política de su intenciones –y de su poder real- reconociendo unilateralmente como nuevos estados a Osetia del Sur y Abjasia.
En un juego irónico de palabras, el “delfín” de Putin, Dimitri Medvédev ha usado las mismas expresiones de los líderes occidentales en oportunidad del reconocimiento de Kosovo para justificar la decisión rusa, e invitar a los demás miembros de la comunidad internacional a seguir la misma vía. Desde su residencia de verano de Sochi, el presidente de la Federación Rusa, afirma que el reconocimiento de estos dos nuevos estados no implica un precedente para casos similares, pero inmediatamente agrega: “Nos decían que Kosovo era un caso especial, pero todos los casos lo son: Kosovo, Osetia del sur, Abjasia…” Dicho más directamente, el principio de integridad territorial –uno de los elementos fundamentales en que se basa el estado moderno- acaba de ser puesto en cuestión, y será una realidad presente en las negociaciones y en las crisis internacionales a partir de ahora. De estos antecedentes no hay retorno.
Pero, además, hay dos elementos adicionales que no deben escapar al análisis, uno de índole interna regional, y otro externo, que hace a la estabilidad y previsibilidad global de las relaciones internacionales.
Respecto del primero, las reivindicaciones nacionalistas en el Cáucaso y en Asia central son numerosas y cada una esgrime un abanico diverso de razones, pero que confluyen en una aspiración compartida: la independencia. El Transdniéster, en Moldavia, y el Alto Karabaj –enclave armenio en el medio de Azerbaiján- son los dos principales conflictos que permanecen congelados y con sectores internos enfrentados, unos recibiendo el apoyo de Occidente, otros aliados a Moscú. La independencia de Osetia del Sur y Abjasia puede tener en estos dos enclaves su réplica más cercana, con lo que la balcanización sobre bases étnicas en el Cáucaso se vería profundizada.
Y en lo que hace a la estabilidad global, el zarpazo de Rusia muestra sus intenciones de recuperar protagonismo geopolítico, y deja claro que en su área de influencia no admitirá riesgos a su seguridad interna.
La independencia de Abjasia –y su muy probable incorporación a la Federación Rusa en un plazo cercano- le otorga a la estrategia internacional de Vladimir Putin un territorio costero de alta importancia estratégica. Hoy la flota rusa se estaciona en Sebastopol, en Crimea, pagando a Ucrania un alquiler anual de unos cien millones de dólares por el uso de los puertos, y teniendo que soportar los vaivenes de la política ucraniana. El litoral abjasio le otorgaría una extensa línea costera bajo su control total, desde donde patrullar el mar Negro.
Frente a las uñas afiladas de Vladimir Putin, Occidente no encuentra la manera de recuperar la iniciativa. EE.UU. se ha limitado a decir que Rusia debería rever su decisión, la OTAN no ha podido hacer otra cosa que suspender la colaboración con el ejército ruso, y los líderes europeos han llamado a una reunión de urgencia del Consejo de jefes de Estado y de gobierno de la UE, en Bruselas, para el próximo lunes 1 de septiembre, para ver qué hacen.
Todos dicen que no hay que volver a los escenarios de guerra fría, pero nadie deja de caminar en esa dirección.
domingo, 17 de agosto de 2008
Osetia, ¿otro Kosovo?
OSETIA, ¿OTRO KOSOVO?
Por Nelson Gustavo Specchia
Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba
Cuando hace pocos meses la diplomacia norteamericana, con el cuestionable apoyo de la Unión Europea, alentaba la secesión de la provincia serbia de Kosovo y propugnaba por su inmediato reconocimiento, advertimos desde estas páginas que tal partición en los Balcanes, sin un consenso internacional amplio (donde, por supuesto, estuviera también Rusia) no solamente era violatorio de la legalidad internacional, sino que actuaría de disparador de otras reivindicaciones secesionistas en el globo, desde el País Vasco a Abjazia, desde el Kurdistán a Osetia del Sur. Acaso no sea tan desquiciado pensar incluso en una argumentación, en el futuro, de los malvinenses en ese mismo sentido.
Esta semana, a tan poco tiempo de la declaración unilateral de la independencia de Kosovo, y tras el inmediato reconocimiento de los Estados Unidos y de prácticamente todos los países europeos (España es una de las pocas excepciones, y esto debido al peso en la política interior que tienen las discusiones con el nacionalismo vasco y con el catalán), Osetia del Sur, en el corazón del inestable Cáucaso, se ha sumergido en una guerra que, aún está por verse, puede avanzar hacia un enfrentamiento internacional de otras dimensiones. Si ello finalmente ocurre, la responsabilidad del Occidente desarrollado –tanto del “realista” norteamericano como del “idealista” europeo- no habrá sido en absoluto secundaria.
El desmembramiento de la Unión Soviética, desde fines de la década de los ochenta del siglo pasado, fue desprolija y caótica, y uno de los flancos más débiles de ese proceso estuvo en el borde sur, donde una multiplicidad de pueblos y sentimientos nacionales habían permanecido disimulados durante años a la sombra del gran imperio político, ideológico y militar soviético. Los osetios integran uno de esos pueblos, que en la partición de las nuevas fronteras quedaron divididos en dos comunidades: una franja norte dentro de la Federación Rusa, y un sector sur, dentro de la República de Georgia. Amén de esta división de facto, los osetios del sur mantuvieron su fidelidad a la Madre Rusia, a la que aspiran a integrarse, y en fechas tan tempranas como noviembre de 1989 declararon su autonomía de Georgia; ésta resistió a la desintegración y comenzó un conflicto de baja intensidad que se arrastró hasta 1992.
Ese hábil político que fue Eduard Shevardnadze, ocupando la presidencia de Georgia, logró congelar un status quo con Boris Yeltsin. Se creó una fuerza de paz conjunta, sin reconocimiento del reclamo soberanista osetio, pero que permitió la presencia del ejército ruso en la zona como “fuerza pacificadora”. Al año siguiente, en 1993, Mijaíl Saakashvili sucedió a Shevardnadze, y se planteó como prioridad el alineamiento de Georgia a Occidente: una alianza estratégica con los Estados Unidos, la incorporación de su país a la OTAN, y el sometimiento del separatismo osetio pro-ruso.
La Casa Blanca recibió con los brazos abiertos a este nuevo aliado, tan estratégicamente ubicado: una cuña entre Rusia y la también aliada Turquía, con puertos en el mar Negro, y por cuyas tierras pasa el oleoducto BTC (el único no controlado por Rusia, que transporta el crudo del Caspio desde Azerbaiján hasta el puerto turco de Ceyhan).Rusia, en un proceso de recuperación acelerado bajo la administración de Vladimir Putin (o de Medvédev-Putin tras el recambio presidencial) veía con creciente preocupación los acercamientos de Georgia a Occidente, pero parecía dispuesta a mantener el status quo pactado, hasta que Saakashvili le dio, el pasado viernes 8, la excusa perfecta. El ataque georgiano a la provincia separatista ha sido un tremendo error de cálculo, y ha disparado un proceso de final incierto.
En marzo de este año, Osetia del Sur comenzó a solicitar a la comunidad internacional un reconocimiento a su autodeterminación, con los principios con que esa misma comunidad internacional había aceptado la independencia de Kosovo. Pero ahora, cambiando en el aire el rasero con que se miden los intereses de aliados y adversarios, tanto los Estados Unidos como la Unión Europea afirman que la integridad territorial de Georgia no se discute y que sus fronteras son inviolables. Precisamente con ese criterio intentó Rusia detener la partición de Serbia, pero, mal que le pese a Occidente, la decisión que se impuso entonces es ahora un argumento demasiado fuerte para ignorarlo.
La ruptura de la legalidad internacional nunca es inocente. Tampoco es gratuita. Habrá que ver si Rusia hoy se limita a restablecer el statu quo, o –apoyándose en el antecedente de Kosovo- respaldará el nacimiento de un nuevo estado en el Cáucaso. Los escenarios que abriría esta segunda alternativa repercutirán, aún con mayor ruido, en otras regiones separatistas del globo.
miércoles, 14 de mayo de 2008
El zar se cambia la ropa
EL ZAR SE CAMBIA LA ROPA
Cualquiera sea el nombre que adopte (Imperio Ruso, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Asociación de Estados Independientes) la Madre Rusia ha sido desde siempre una tierra donde la personalización del poder, y la identificación de la autoridad con la figura del líder nacional, han tenido una fuerza sin correlato en Occidente. Desde Iván el Terrible a Lenin, desde Catalina la Grande a Alejandro II Romanov, desde Stalin a Yeltsin, la fuerte base personalista del poder ha signado la política rusa.
Vladímir Vladimirovich Putin no es una excepción a esta característica distintiva de encarnación de la autoridad central en la persona del jefe del gobierno eslavo; lo excepcional, si acaso, ha sido la manera en que él y la elite dirigente que lo ha acompañado en la última década (que pasó, sin transición, al Kremlin desde las oficinas del KGB, el viejo servicio secreto soviético) han diseñado para conservar el ejercicio del poder, incrementar la parcela de discrecionalidad en los escenarios decisorios, disminuir al mínimo (o directamente extinguir) cualquier posibilidad de disenso crítico o de alternancia de opciones diferentes, y utilizar las normas constitucionales del andamiaje democrático para permanecer en el gobierno hasta la tercera década del presente siglo, por lo menos.
El jueves de la semana pasada, 8 de marzo, Putin se cambió de ropa: dejó la muda de Presidente que ha vestido en los últimos ocho años, para calzarse el traje de Primer Ministro, con el que pretende seguir marcando el ritmo de la vida política rusa. Su “delfín”, el joven abogado (tiene 42 años, 13 menos que Putin) Dmitri Medvédev había asumido la Presidencia rusa unas horas antes, y su primer acto de gobierno fue proponer a la Duma –la cámara baja de la federación- al Presidente saliente para el cargo de Primer Ministro, propuesta que fue inmediatamente aceptada por aclamación: de los 448 diputados de la Duma, 392 votaron a favor del nuevo cargo con que Vladímir Putin extenderá su permanencia en el Kremlin.
De esta manera, como digo, se mantiene la formalidad del andamiaje democrático: Putin no vulnera la Constitución, que sólo le permite dos mandatos consecutivos de cuatro años; pero asegura, mediante la creación de este tandem con Medvédev, una larga permanencia en el poder: podría volver a la Presidencia en 2012; tras extender el mandato de la primera magistratura a siete años, como ha anunciado, y una reelección sucesiva, alcanzaría a gobernar hasta 2026, cuando podría volver su “delfín” y ocupar el Ejecutivo nuevamente, al menos hasta el 2033. Un modelo de retención del poder para esquivar la alternancia democrática, que bien puede hacer escuela, y generar discípulos en tandems políticos (matrimoniales, familiares, partidarios) de otras latitudes.
El dueño de la transición
Para lograr esta concentración de poder, Putin ha tenido que apropiarse de la transición post-soviética iniciada en 1991, y amoldar los rumbos –que en algún momento parecieron apuntar hacia la modernización y la democratización del gran país- hacia sus horizontes personales. Las herramientas que esta nueva versión posmoderna del “zar de todas las rusias” ha diseñado, para forzar la transición hacia un modelo de funcionamiento político bajo su égida personal, han sido de tres tipos: el partido Rusia Unida, la renovación del nacionalismo, y las enormes reservas energéticas y estratégicas.
Rusia Unida (RU) ha sido el instrumento electoral de Putin, aun permaneciendo él formalmente separado de la estructura del partido (nunca se afilió, por ejemplo), jugando con el rol de figura tutelar, de patriarca, con cierto desapego y distancia de la maquinaria de campaña y de votos. A pesar de que encabezaba la lista de candidatos a diputados en las elecciones del 2 de diciembre del año pasado, se negó a participar en debates públicos, y puso a disposición de RU enormes recursos del Estado, principalmente de los medios de comunicación controlados por el gobierno.Al mismo tiempo, llevó a cabo una reforma de la ley electoral que elevó la barrera mínima para entrar al Parlamento (del 5 al 7 por ciento de los votos totales), y dejó sin efecto la representación por circunscripciones regionales (que representaban el 50 por ciento de la composición de la cámara, y aseguraban una alta presencia independiente en el Legislativo). Por último, puso tantas condiciones a los observadores internacionales, que la Oficina de Instituciones Democráticas y Derechos Humanos, de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), habitual garante de la limpieza de los procesos electorales en la región, canceló el envío de sus observadores.
Con estas características, RU se alzó con una rotunda victoria, con un 64,1 por ciento de los votos a diputados en diciembre. En el segundo lugar, el Partido Comunista apenas sumó un lejano 11,6 por ciento, y hasta Andréi Lugóvoi –el ex agente del KGB acusado por la policía británica de ser el asesino del disidente Alexandr Litvinenko, envenenándolo con Polonio 210- obtuvo su escaño, y su inmunidad, en la Duma. En las presidenciales del pasado mes de marzo, en unas pseudo elecciones que eran apenas algo más que un trámite (y también sin observadores de la OSCE), RU obtuvo un 68,6 por ciento para el “delfín” Dmitri Medvédev. Y como en realidad estaban planteadas como un plebiscito sobre la gestión de Putin, esa misma noche éste manifestó que le asistía “el derecho moral” de controlar la gestión del nuevo gobierno: era el anuncio de su continuidad en el poder.
Alejar las “narices de occidente”
El paño del nacionalismo, por su parte, se despliega a placer y conveniencia, y dos son las armas discursivas utilizadas por el líder para avivar la llama patriótica: la recuperación del poderío militar ruso, y las protestas por “los intentos occidentales de saquear” a la Madre Rusia. En su discurso de asunción como Primer Ministro, anunció la suba más espectacular del presupuesto militar de los últimos tiempos, para apoyar a los diferentes cuerpos en activo de las Fuerzas Armadas (que vienen recibiendo unos 300 tipos nuevos de armamentos desde 2001), y destinados a la construcción y puesta en funcionamiento de unidades submarinas, de bombarderos y misiles estratégicos; y –como era de esperarse- dirigidos a financiar un complejo sistema de defensa antiaérea, en clara respuesta al proyecto de instalación de puestos misilísticos por parte de Estados Unidos en Polonia y en República Checa. Para ilustrar simbólicamente este retorno a posiciones militares de otros tiempos, el Presidente Medvédev acaba de presidir un desfile en Moscú, con ocasión del aniversario de la victoria soviética sobre los nazis, donde se mostraron las más mortíferas piezas en servicio de la defensa nacional, incluyendo misiles con ojivas nucleares; y a los soldados rusos ataviados con su nueva vestimenta: un uniforme adaptado a esta nueva época, diseñado por el modisto eslavo top, Valentín Yudáshkin. Una muestra de poderío y de orgullo nacional que no se había vuelto a ver desde los tiempos de la “guerra fría”, previos a la disolución de la URSS.
Pero ha sido en los recursos energéticos donde Vladímir Putin ha encontrado su herramienta de política exterior privilegiada, muy especialmente en relación con los vecinos del occidente europeo. La dependencia gasífera de Europa respecto de Rusia es tan concentrada, que los intereses económicos le hacen perder el fiel de esa balanza tan cara a los europeos, donde pesan los derechos humanos, las cláusulas democráticas, y las libertades individuales y colectivas.
En este debate entre moral política y necesidades económicas, son especialmente los nuevos socios del borde oriental de la Unión Europea, que en el pasado estuvieron bajo la tutela soviética, quienes más se resienten por la flexibilidad en las posturas de Europa, y quienes, a su vez, se constituyen en piezas preferentes de las negociaciones y transacciones diplomáticas del gigante ruso.
La puja de política internacional con base en recursos energéticos comenzó en 2005, cuando Rusia prohibió las importaciones de carnes y verduras procedentes de Polonia, una economía básicamente rural y primaria. Como consecuencia, Polonia vetó luego un acuerdo de toda la UE con Rusia para la provisión de energía, y cada Estado europeo debió negociar bilateralmente la continuidad en el aprovisionamiento del gas ruso. Estas condiciones fueron aprovechadas muy eficazmente por Putin, que continuó luego con el mismo esquema, ordenando cortes puntuales de gas o de petróleo a Lituania y a Estonia, y a otros países también fronterizos pero no miembros de la UE, como Ucrania y Bielorrusia. Y no solamente las restricciones: el trazado de los gasoductos también se convierte en moneda de cambio, como los recientes acuerdos con el gobierno griego para el paso del ducto por su territorio, a costa del trazado proyectado por la Unión Europea.
Caminar con el oso ruso
Como fruto de este rediseño de la transición para hacerla coincidir con su proyecto personal, Vladímir Putin tuvo la oportunidad de conducir a una sociedad traumatizada por siete décadas de gobiernos autoritarios, y por unos ensayos confusos y desordenados de salida del comunismo, en una ruta clara hacia la modernidad, el juego democrático, la vigencia de los derechos humanos, civiles y políticos. La coyuntura económica que le tocó, con subidas exorbitantes en el precio del petróleo, le hubiera permitido iniciar profundas reformas sociales, en el sistema de salud, en las retribuciones del trabajo, en el diezmado sistema de pensiones, en la enseñanza básica y media, y en las infraestructuras. Pero Putin perdió esa oportunidad. Las mafias siguen creciendo en Rusia, adueñándose de empresas y sectores enteros de la vida económica. Según la ONG Transparencia Internacional, en los últimos ocho años Rusia ha caído del puesto 82 al 143 en el ranking internacional de honestidad y transparencia. La justicia ha perdido completamente la independencia, virando hacia la función de repartición administrativa del Kremlin, lo que permite que opositores como Mijaíl Jodorkovski se pudran en las cárceles, o que asesinatos como el de la periodista Anna Politkóvskaya o Alexandr Litvinenko sean imposibles de juzgar.
Putin ha esbozado un discurso de gobierno, en su nuevo traje de Primer Ministro, centrado en el aumento del producto bruto interno y del gasto militar. El mismo día, el Presidente Medvédev anunció que sus prioridades serán el crecimiento de las libertades cívicas y económicas, el respeto a la ley y a las normas internacionales, y devolverle a Rusia un rol primordial en el desarrollo tecnológico y en el liderazgo intelectual. Más allá de los cambios de ropa y de la coreografía entre los dos ocupantes del Kremlin, Occidente debería escuchar con mucha atención las palabras del Presidente, caminar a su lado en las organizaciones y en las instancias globales, e intentar que su anunciado respeto a la legalidad internacional sea, en la medida de lo posible, el borde del sendero que nos toca transitar juntos.


