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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Honduras sin rumbro (03 12 09)


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Honduras sin rumbo

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por Nelson-Gustavo Specchia
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Como era de esperarse, el Congreso de Honduras votó ayer en contra de la restitución en el poder del depuesto presidente Manuel Zelaya, fuera del poder tras el golpe de Estado del pasado 28 de junio, y que ya lleva 74 días cercado por el ejército en la Embajada de Brasil en Tegucigalpa.
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Las delegaciones representantes de Zelaya y del gobierno golpista de Roberto Micheletti habían acordado en octubre, en Costa Rica, que sería el Congreso quien habría de decidir sobre el regreso de Zelaya a la presidencia hasta el 27 de enero, fecha en que teóricamente culminaría su mandato constitucional.
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Zelaya, viendo cómo venía la mano, dio por concluido el acuerdo de Costa Rica el 8 de noviembre, pero Micheletti se aferró a él, y tras las elecciones presidenciales del domingo pasado, en las que ganó Porfirio “Pepe” Lobo, el Congreso le daba el carpetazo final a la vuelta de Zelaya.
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Honduras, así, sigue estirando la cuerda, tanto al interior del país como a nivel internacional. Como se vio en la Cumbre Iberoamericana de Estoril, en Portugal, que acaba de concluir, los países latinoamericanos están polarizados, y las posiciones no tienen visos de acercarse. Todos esperaban una declaración de consenso en Portugal, pero los esfuerzos no dieron ningún fruto, y apenas se emitió una declaración en la que se condena el golpe de Estado y se vuelva apoyar la restitución del depuesto presidente constitucional, sin entrar a considerar el resultado de las elecciones, y el reconocimiento –o no- del nuevo gobierno surgido de ellas.
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Además de los Estados Unidos del presidente Obama, en América latina Colombia, Costa Rica, Panamá y Perú defienden la legitimidad de las elecciones, mientras que Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Ecuador, Guatemala, Nicaragua, Paraguay, Uruguay y Venezuela las consideran ilegítimas, porque vendrían a avalar una interrupción autoritaria de un proceso democrático. (Zelaya, por cierto, fue el único presidente ausente en la Cumbre Iberoamericana, por haber sido víctima de un golpe de Estado; fue representado por la canciller de su gobierno destituido, Patricia Rodas). Fuera de América latina, España –y la Unión Europea- hasta ahora no han reconocido el proceso eleccionario ni los candidatos triunfadores.
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Zelaya ha declarado nulas las elecciones, con el apoyo –además de Chávez y los líderes del ALBA- de Lula de Silva, y aquí viene el nuevo elemento de atención: la cuña entre la posición de Brasil y la de los Estados Unidos.
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La brecha entre Brasil y Estados Unidos no puede agrandarse más, y Honduras será el pato de la boda.
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Brasil no ha resuelto una postura definitiva sobre el tema de las bases colombianas para el uso del ejército norteamericano, y recibió con bombos y platillos la visita en Brasilia del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, precisamente cuando crece las tensiones entre los norteamericanos y los iraníes porque estos últimos se niegan a poner bajo supervisión internacional (o sea, de Occidente) sus desarrollos nucleares. No puede, por eso, jugarse la relación con Obama por Honduras.
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La pequeña Honduras, sin rumbo en su errático destino, en las simpatías y rechazos que ha despertado pone en evidencia el desencuentro internacional de toda la región latinoamericana, un desorden que tuvo su máxima expresión en Portugal, donde ni haciendo equilibrios con las palabras pudo redactarse un comunicado conjunto.
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Honduras ha destapado el tablero real de la política internacional latinoamericana, pero el realismo político terminará jugándole en contra, porque, realizadas las elecciones y habiendo votado el Congreso la no restitución de Zelaya, tras la aceptación del gobierno norteamericano de esta manera de resolver la crisis, la oposición a Micheletti tiene los días contados, como también las posibilidades reales de recomposición de la administración de Zelaya.
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Más temprano que tarde, se acabará aceptando la situación, Honduras tendrá un nuevo gobierno conservador que perpetuará el statu quo, y la democracia latinoamericana habrá perdido una batalla. Cuán importante habrá sido esta batalla perdida para la salud política del futuro de la región, nadie puedo decirlo en estos momentos.
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nelson.specchia@gmail.com


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jueves, 22 de octubre de 2009

Honduras en punto muerto (22 10 09)

HONDURAS EN PUNTO MUERTO

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por Nelson Gustavo Specchia
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“Bipolares”, FM Shopping, jueves 22 de octubre de 2009.
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Nelson G. Specchia - Zelaya - cartel
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Buen día, Daniel.
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Hemos estado las últimas semanas recorriendo, desde esta tribuna de análisis internacional, distintas y distantes latitudes, donde la realidad mundial de repente saca a la superficie una punta de iceberg, una muestra –a veces violenta, a veces sorpresivamente feliz, siempre frágil y fugaz para los titulares de los diarios y de los periódicos del mundo-, una pequeña muestra, digo, de esas inmensas realidades enterradas que son las características culturales y sociales específicas de cada pueblo.
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Y en este recorrido semanal de los jueves, no habíamos vuelto a poner los ojos en Honduras, en ese pequeño país hermano de centroamérica, de una importancia relativa tan marginal, tan asilada en el concierto internacional, y que se ha colocado en los últimos tiempos en el centro del candelero.
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Recuerdo, hace algunos años, cuando estuve trabajando en Tegucigalpa, en Honduras, para unas misiones de consultoría del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el PNUD, y en aquellos días uno de nuestros temas recurrentes, sobre los que volvíamos una y otra vez con los colegas, discurrían sobre las estrategias para colocar a Honduras, de alguna manera, en la atención de las agencias internacionales. Quién me iba a decir que algunos años más tarde los hondureños encontrarían la manera, lamentablemente tan costosa, de estar en el centro de las noticias.
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Y ¿cómo analizar este momento, este impasse hondureño que, como coinciden tantos analistas, tendrá efectos que no se limitarán a quedar encerrados dentro de las fronteras del pequeño país centroamericano, sino que de una manera o de otra impactarán en la marcha democrática del resto de la región?
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Ayer, 21 de octubre, se cumplió un mes de la sorpresiva vuelta de “Mel” Zelaya y de su atrincheramiento en la embajada brasileña en Tegucigalpa. Dentro de un mes más, por su parte, están previstas las elecciones que supuestamente vendrían a destrabar el conflicto político, pero que toda la comunidad internacional ya ha advertido que no reconocerá si no está el presidente democrático sentado en su sitial al momento de realizarse el acto electoral.
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El gobierno de facto de Roberto Micheletti, sacudido del statu quo en que había decidido esperar las elecciones, ha perdido la iniciativa política. A pesar de ello y de estar cada día más aislado internacionalmente, ha aceptado las formas del diálogo con los representantes de Zelaya. Pero sólo las formas, porque en las maratónicas reuniones entre ambas partes, que comenzaron el 7 de octubre, el gobierno de facto no se ha movido un ápice. Micheletti juega al gato y al ratón, mientras gana tiempo: aceptó derogar el estado de sitio que decretó cuando Zelaya volvió y lo tomó por sorpresa, pero aún no lo ha hecho; afirmó que castigaría al responsable militar de haber sacado al presidente constitucional en pijama y a punta de fusiles, pero el general Romeo Vásquez sigue siendo el comandante del Ejército; afirma que sus negociadores tienen plenos poderes para pactar con los de Zelaya, pero los desautoriza al final de cada reunión. Micheletti parece decidido a resistir, en soledad, hasta el 29 de noviembre y la instalación de un nuevo gobierno.
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En este juego donde se muestran unas cartas pero las intenciones y los objetivos reales permanecen bien cubiertos y alejados de la mesa de negociaciones, hay que analizar dos elementos de fondo: la posibilidad cierta de una guerra civil, y la legalidad incierta de unas elecciones presidenciales.
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En el primer caso, es evidente que un fracaso rotundo de la mesa de diálogo entre ambas partes podría conducir, sin demasiadas dilaciones, a que el conflicto político se asuma como un enfrentamiento civil violento, en las calles, con consecuencias desgarradoras. Y hay que evitar un derramamiento de sangre. Así como el liderazgo latinoamericano está poniendo su empeño en proteger la legitimidad del presidente Zelaya y su reinstalación en el poder, debe hacerse hincapié en evitar la posibilidad de revertir el golpe de Estado mediante la movilización violenta de los partidarios del presidente depuesto. En un movimiento en ese sentido, y dada la práctica ocupación militar del país, las mayores bajas estarán del lado del pueblo desarmado.
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Por eso declaraciones como las de Daniel Ortega y Hugo Chávez, reunidos en la cumbre del ALBA en Cochabamba el 17 de octubre pasado, no aportan ninguna tranquilidad. Ortega anunció que la resistencia hondureña está buscando armas y campos de entrenamiento en Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Y Chávez apoyó esta tesis: “que nadie se sorprenda –dijo- si surge un movimiento armado en Honduras.” Estas posturas deben ser descalificadas, por insensatas y alarmistas.
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En segundo término, creo que hay que considerar más a fondo el tema de la legalidad política de las elecciones del mes que viene. La comunidad internacional se niega a reconocer de plano el resultado de estas elecciones, si el presidente Zelaya no ha sido repuesto en su cargo con anterioridad. Esta es la postura más lógica desde la legitimidad constitucional y democrática, pero puede que sea también el punto de negociación, si –abandonando las posturas maximalistas- todos estuvieran dispuestos a ceder algo.
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En estos días, el ex canciller mexicano Jorge Castañeda recordaba que en los últimos tiempos todos los conflictos políticos que han encontrado una vía de salida democrática lo han hecho desde procesos electorales organizados por un gobierno de facto. Por definición, dice Castañeda, el proceso fundacional de un régimen democrático que sustituye a uno autoritario proviene de elecciones organizadas por una dictadura o su equivalente, con mayores o menores niveles de negociación, supervisión internacional o unilateralidad del régimen saliente. Y cita a la España posfranquista de 1977, la Argentina de 1983, el Chile de 1988, o la larga lista de países ex comunistas de Europa del Este, donde las elecciones que llevarían a las transiciones democráticas se organizaron gobernando los regímenes autoritarios salientes. Y este podría ser ahora el caso de Honduras.
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Sería deseable, creo, que la comunidad internacional, y muy especialmente los líderes latinoamericanos, se avinieran a negociar un llamado a elecciones organizadas por el gobierno de facto pero fiscalizadas por veedores de la ONU, luego de las cuales el presidente Manuel Zelaya debería recuperar el ejercicio del Poder Ejecutivo, y traspasar el poder a un gobierno de transición, con legitimidad de origen, que ponga paños fríos y reconduzca el proceso político. De lo contrario, la guerra civil será algo más que una hipótesis de trabajo.
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nelson.specchia@gmail.com
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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Voces de muerte en Honduras (24 09 09)

VOCES DE MUERTE EN HONDURAS

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Por Nelson Gustavo Specchia
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“Bipolares”, FM Shopping,  24 09 2009
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Nelson G. Specchia - Zelaya en Honduras
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En días como estos, Daniel, necesitaríamos quizá más de una columna internacional para dar cuenta del mundo. Quizá porque las distancias entre política externa y política, así, sin adjetivos, se va haciendo cada vez más corta, más pequeña.
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La gran cita internacional está en Nueva York, en la 64º Asamblea General de las Naciones Unidas, ese foro donde todos tienen un lugar y unos minutos de micrófono. También estuvo nuestra Presidenta, y usó de ellos. A pesar del extremo aislamiento internacional que vive la Argentina en estos días, Cristina Fernández logró ratificar los puntos más fuertes de la agenda externa del Gobierno: volvió sobre Malvinas, dejó sentada su protesta contra Irán por el tema de los atentados contra la AMIA y la Embajada de Israel, y se unió a la larga seguidilla de líderes latinoamericanos que han vuelto a condenar al gobierno golpista de Honduras y reclaman el cumplimiento del Acuerdo de San José, redactado en hace tres meses por el presidente costarricense Oscar Arias, y que implica la reubicación de Manuel Zelaya en el sillón presidencial.
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Y esta, la Asamblea General de las Naciones Unidas hubiera sido el titular internacional de la semana, si el imprevisible Mel Zelaya no hubiera dado la sorpresa, cumpliendo su palabra, y volviendo a Tegucigalpa entre gallos y medianoche.
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Con este golpe de mano, Zelaya ha atrapado para sí algunos reflectores del globo, en un momento propicio (con los líderes reunidos en la ONU), y quitándole la iniciativa al régimen golpista, que ya había apostado a que la relativamente larga ausencia de Zelaya era –día a día- un paso hacia la consolidación de un statu quo, y con ello llegar a las elecciones presidenciales de fines de noviembre.
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Ahora, el golpe de mano de Zelaya no sólo le ha quitado la iniciativa, sino que, a raíz de los disturbios provocados por la presencia física del presidente legítimo en la capital hondureña, hasta la ONU ha quitado a sus observadores, lo que hará prácticamente inviable mantener la convocatoria a las elecciones generales.
Mientras tanto, una Honduras sellada a cal y canto, por tierra, mar y aire, tomado por la policía y el ejército, con los aeropuertos cerrados y cientos de controles en las fronteras terrestres, es prácticamente un país tomado, donde el toque de queda se renueva cada seis horas paralizando toda actividad, hasta los intercambios comerciales más elementales, y la posibilidad cierta de un baño de sangre crece a cada minuto.
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Con la prolongación del toque de queda, Honduras presentaba un aspecto fantasmal, propio de una mala novela de realismo mágico, cerrada y a oscuras. En la Embajada de Brasil, sin luz eléctrica y sin agua corriente (cosa que también pasa, según denunció la presidenta, en la Embajada de Argentina) Zelaya resiste –hoy ya por tercer día consecutivo- con un grupo de allegados, y asediado tras los muros diplomáticos por un fuerte contingente militar. Además de vigilar estrechamente la embajada brasilera, el régimen de facto desplegó fuerzas militares en cada rincón de los accesos de entrada a la ciudad, en las avenidas y en los principales edificios gubernamentales. No quedó ni un cadete dentro de los cuarteles, todo el Ejército parece estar en las calles.
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Con este panorama, sólo queda esperar un gesto de último momento, para que la mecha no se prenda. Los resultados de una confrontación, dada esta disposición de fuerzas, tendrían un costo humano terrible.
Junto a Cristina Fernández, un conjunto importante de líderes regionales abogaron en la ONU por la restitución de Manuel Zelaya. El primero de ellos fue Lula da Silva, que brinda asilo político a Zelaya, y que reafirma con ello su vocación de poder regional. Lula llegó a proyectar una sombra hacia adelante: “A menos de que exista voluntad política, vamos a presenciar otros golpes como este”, advirtió el brasilero. Y en esa línea siguieron Tabaré Vázquez, Michelle Bachelet, y –profundizándola en adjetivos, según su costumbre- el venezolano Hugo Chávez a su llegada a Nueva York.
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De lo que se trata en esta hora, creemos, es de evitar el derramamiento de sangre. Así como los líderes latinoamericanos están poniendo su empeño en proteger la legitimidad del presidente Zelaya, y la legalidad de su reinstalación en el poder, deben, en este mismo momento, condenar y evitar por todos los medios que se revierta el golpe de Estado de Micheletti con la violencia civil de los partidarios del presidente depuesto, porque allí las muertes y las mayores bajas no estarán del lado del Ejército sino, precisamente, del lado del pueblo desarmado.
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En Honduras no hay alternativa realista a la vuelta, por los canales que sean, a las negociaciones y a la mediación internacional. La coincidencia de posturas de los presidentes en la ONU podría dar ese marco. Micheletti debe dejar el gobierno, Zelaya debe recuperarlo, llamar a elecciones fiscalizadas por veedores de la ONU, no presentarse en ellas como candidato, y habilitar a un gobierno de transición, con legitimidad de origen, que vuelva a poner paños fríos y reconduzca el proceso político en el castigado país centroamericano.
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De lo contrario, la guerra civil será algo más que una hipótesis de trabajo.
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nelson.specchia@gmail.com