lunes, 22 de noviembre de 2010
El retroceso socialdemócrata (24 09 10)
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por Nelson Gustavo Specchia
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El domingo pasado, 19 de septiembre, una coalición de derechas ganó las elecciones en Suecia, un país que es símbolo de dos de los principales logros de la modernidad occidental: la convivencia entre socialismo y democracia, y el sostenimiento de un Estado de Bienestar de amplio alcance. La renuncia al marxismo revolucionario y su reemplazo por la gradualidad de instalar el socialismo por la vía representativa, llevó a que Suecia se identificara con la socialdemocracia: de las últimas ocho décadas, 65 años el Poder Ejecutivo ha sido ocupado por socialdemócratas.
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Esos períodos tan extensos en el ejercicio del poder por parte de los progresistas, fueron extendiendo a las políticas sociales diversas estrategias de protección, primero a los sectores más vulnerables, luego a capas cada vez mayores de población. Esas políticas proteccionistas, claro está, debían financiarse con dinero público, por lo que la presión fiscal subió paulatinamente al tiempo que el Estado daba cobertura sanitaria, educación de calidad, ayudas para vivienda, para transportes y demás. Este crecimiento en los impuestos de los ciudadanos llegó en Suecia a significar el 52 por ciento del Producto Bruto Interno, un porcentaje sólo superado por los dinamarqueses. Así, durante años, la clase media y los trabajadores suecos asumieron que más de la mitad de sus ingresos fueran destinados a pagar impuestos al Estado, ya que éste, con una adecuada y transparente gestión gubernamental, los devolvía en servicios y en protección pública.
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El éxito de la fórmula “socialdemocracia-bienestar” fue tan considerable, que el modelo comenzó a generar réplicas a lo largo del continente. Todos encontraban en ella una receta ajustada a ese tiempo histórico definido por la posguerra que había ensangrentado hasta la locura al Viejo Continente, y la nueva idea-fuerza de la integración tras los Tratados de Roma, de 1957, mediante los cuales la Comunidad del Carbón y del Acero (CECA) y la Euratom, junto a la Comunidad Económica Europea (CEE), dibujaban la arquitectura política que terminaría desembocando en la actual Unión Europea.
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LA EUROPA DEL BIENESTAR
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Independientemente de la forma de Estado que hubiera sobrevivido en cada país tras las dos guerras, tanto los electorados de las monarquías parlamentarias como los de las repúblicas de antiguo o nuevo cuño, se acercaron esperanzados a la socialdemocracia durante la segunda mitad del siglo XX, quitando la iniciativa política a los tradicionales partidos conservadores o nacionalistas. Supuestamente arrancada de raíz la extrema derecha filofascista y nazi, la nueva socialdemocracia se planteaba como una alternativa racional y moderna a la centroderecha populista o demócrata-cristiana.
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La extensión de la socialdemocracia fue tan grande, que en la práctica cotidiana se la llegó a identificar con el propio modelo del Estado de Bienestar con el que había triunfado en la península escandinava. Y este impulso ideológico tiñó de rojo (aunque no del rojo revolucionario con la hoz y el martillo, que Europa terminó definitivamente de enterrar en 1989 con la caída del Muro de Berlín, pero rojo al fin y al cabo) el mapa político europeo. Cuando el siglo dio vuelta la página, casi tres cuartas partes de los Estados-Miembros de la Unión Europea estaban gobernados por partidos socialdemócratas.
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EL MIEDO Y EL MORO
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Pero entre las profundas transformaciones que ha vivido la política internacional durante esta primera década del siglo XXI, dos fenómenos han impactado en el corazón del modelo del Estado de Bienestar y, como se ha confirmado nuevamente este domingo en Suecia, en la propia concepción socialdemócrata. Me refiero al deseo de seguir profundizando en una sociedad abierta, tolerante, plural e integradora –características éstas que definieron a las ciudadanías escandinavas-, y el crecimiento exponencial de los colectivos de migrantes que terminan arribando a las proteccionistas sociedades nórdicas, empujados tanto por estos beneficios que encuentran en la nueva tierra de acogida como por los estropicios de la inseguridad y la inequidad de los lugares de origen de los que han decidido desarraigarse.
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En un primer momento, y por la misma lógica de temperamento acogedor y tolerante –esa calidez humana que tanto en Suecia, Dinamarca, Finlandia o Noruega contrasta tan fuertemente con la rigidez helada de su clima- estos países abrieron los brazos a la inmigración de cualquier tipo, tanto la motivada por razones ideológicas (nuestro país tiene una deuda histórica con ellos, que recibieron a centenas de compatriotas que tuvieron que exiliarse durante los años del terror), como aquellos empujados por el hambre y la miseria, especialmente provenientes del grueso cordón norafricano y del borde oriental europeo. Pero estos colectivos siguieron llegando durante años, y en este momento, de los casi diez millones de residentes en Suecia, dos millones son extranjeros o lo son sus padres.
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La avalancha inmigratoria ha terminado por poner en cuestión la justicia de la inmensa presión impositiva, superior a la mitad del PBI. Porque los recién llegados gozan de la totalidad de los beneficios del Estado de Bienestar, pero no han aportado suficientemente a él. Y también, con la expansión de la base poblacional a atender, se resiente la calidad de los servicios prestados desde la órbita pública.
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Con estos condicionantes haciendo su ingreso por las esquinas del sistema, están servidos los condimentos para la reaparición del discurso de derechas, agitando las banderas xenófobas del miedo al otro, de la inseguridad, de los riesgos de la inmigración para la tranquilidad ciudadana, de la disrupción cultural del Islam para las iglesias cristianas reformadas nórdicas, y de la disminución de los impuestos para no financiar con el esfuerzo de algunos la buena vida de todos.
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GIRAR A LA DERECHA
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Así como a principios de siglo tres cuartas partes de la Unión Europea estaba gobernada por coaliciones socialdemócratas, en el fulminante retroceso de una década hoy apenas el cinturón mediterráneo (los últimos en ingresar al club europeo, y también los más pobres y menos desarrollados) conserva gobiernos socialistas: España, Grecia, Portugal y Chipre, con el agregado de Austria y Eslovenia. Apenas un veinte y algo por ciento del total de los Estados-Miembros del proceso de integración continental.
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En los grandes países europeos, la sangría de votos desde la socialdemocracia a las diversas opciones de la derecha política parece ser una ruta homogénea y sin fisuras. La socialdemocracia alemana le entregó el bastón de mando a la demócrata-cristiana Ángela Merkel; las temporadas rojas del mitterrandismo francés dieron paso a la populista UMP de Jacques Chirac y de Nicolás Sarkozy; las grandes coaliciones de la centroizquierda italiana de Sandro Pertini, Bettino Craxi o Romano Prodi, terminaron en el circo conservador y mediático de Silvio Berlusconi.
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Una lectura superficial de este fenómeno podría concluir que la alternancia entre fases históricas aglutinadas por el arco progresista, a las que se suceden otras fases más escoradas hacia un pensamiento conservador o económicamente liberal, harían a la normalidad democrática y a la buena salud del sistema. Pero hay, además, otros elementos que no abonan una lectura tan inocente y formalista: el retroceso de la socialdemocracia no está implicando sólo la vuelta conservadora en los gobiernos europeos, sino también la irrupción –ésta sí inesperada y contracultural- de partidos de extrema derecha, que tras el horror de la segunda posguerra se creía desterrados del escenario político continental para siempre. Pero los partidos xenófobos, anti-inmigración, anti-musulmanes, cercanos a tendencias neonazis, con discursos reivindicadores de la supremacía cultural y de la identidad nacional, han logrado acceder a los recintos parlamentarios en las últimas elecciones de Holanda y de Bélgica.
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Desde el domingo pasado, la extrema derecha xenófoba también ocupará veinte escaños en el Riksdag, el parlamento de Estocolmo que fuera un ejemplo de hospitalidad y tolerancia, y de donde saliera el modelo del Estado de Bienestar. Ese que parece encaminarse, a pasos rápidos, a ocupar un lugar en el museo de las experiencias políticas terminadas.
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nelson.specchia@gmail.com
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jueves, 19 de marzo de 2009
Vuelta de página en El Salvador

VUELTA DE PÁGINA EN EL SALVADOR
Por Nelson Gustavo Specchia
Mauricio Funes ha triunfado en las elecciones presidenciales de El Salvador, ya es el presidente electo, y ya está en la historia.
Realmente, junto a la remanida crisis de las bolsas que suben y que bajan, y a las que hay que cuidar -y hasta estimular- como si fueran unas ancianas señoritas llenas de caprichos, este tiempo político también nos ha deparado más de una novedad, de esas profundas, que marcan las estructuras de pensamiento y el devenir de los pueblos. Novedades que provienen, especialmente, de las conductas electorales, de cierta manera nueva y sorpresiva de expresar las opiniones populares en las urnas, como si fuera cada día más difícil prever el movimiento político de las mayorías, de la conformación de alianzas inéditas, de la reconversión de fuerzas en nuevas y ágiles combinaciones, que poco tienen que ver con las recetas políticas más tradicionales.Además del central y paradigmático “fenómeno Obama”, comentábamos también las recientes elecciones autonómicas en Galicia, por ejemplo, adonde volvieron los conservadores del Partido Popular, cuando ya nadie los esperaba; o las del País Vasco, donde las fuerzas nacionalistas –las de derecha y las de izquierda sumadas- perdieron la mayoría en la cámara, por primera vez en los treinta años que lleva la democracia española, y un socialista, Paxi López, muy seguramente logrará hacerse con el gobierno regional.
Una de estas marcas novedosas en el juego político, novedosa y al mismo tiempo profunda, estructural, es la que el domingo anotó Mauricio Funes, al hacerse con la ajustadísima mayoría de apenas dos puntos (lo votó el 51 por ciento, y el 49 por ciento votó por la continuidad de la derecha). Una mayoría exigua, pero que le permitirá acceder legítimamente al gobierno de El Salvador, una de las tierras más fieramente castigadas y asoladas por la violencia política en toda la América latina. Que le permitirá acceder, decimos; otra cosa será que le permita gobernar, eso está aún por verse.
Funes viene de la guerrilla, participó en su tiempo de la estrategia armada del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN); y ahora, llega al poder desde una tribuna democrática, en unos comicios transparentes y –dentro de lo que cabe, para una realidad como la salvadoreña- ejemplarmente superadores de los violentos enfrentamientos que hasta ayer nomás han teñido de sangre la confrontación política. Un amigo nuestro, el jesuita Chema Tojeira, rector de la Universidad Centroamericana, da cuenta desde la imparcialidad de la observación académica, de esa transparencia y limpieza en el recuperado juego democrático.
También demostraron estar a tono con estos tiempos, al menos de momento, los derrotados de la derechista coalición Arena, que ha ocupado el poder en El Salvador en las últimas dos décadas, y el propio presidente en ejercicio, Elías Antonio Saca, que reconoció inmediatamente la victoria del ex guerrillero Funes. Gestos como estos han estado ausentes en las tres elecciones presidenciales celebradas desde la firma de los acuerdos de paz de 1992, que pusieron fin a la guerra civil que venía desangrando a El Salvador desde 1980.
¿Qué dice Funes? Ha ganado las elecciones repitiendo un discurso simple: “A la vuelta de 20 años, tenemos uno de los países más atrasados de América latina, una de las economías con mayor debilidad estructural para enfrentar la crisis, una de las sociedades más pobres y, sobre todo, con los mayores niveles de exclusión y marginalidad social, agobiada por la delincuencia, secuestrada por la delincuencia. Somos el país con la tasa de homicidios más alta del continente. Ése es el desafío que tengo por delante. El cambio que hoy estamos iniciando cierra un ciclo histórico y abre la oportunidad para iniciar un Gobierno auténticamente democrático, que construya una sociedad justa y democrática.”
Esas son sus palabras y su expresión de intenciones. Pero, más allá de su discurso y de esa paz que es necesariamente precaria, ya que El Salvador sigue siendo un país peligroso y violento, con la tasa de homicidios más alta de toda América, sumamente desigual, y con más de la mitad de su población bajo la línea de pobreza, hay otro elemento a considerar. Y es quién ha ganado, detrás de la figura de Mauricio Funes.
Los observadores internacionales marcan una diferencia sutil, pero muy importante: el Farabundo está integrado por un sector socialdemócrata, que intenta incorporarse efectivamente al juego electoral y republicano, que pretende tender puentes hacia América latina y hacia el resto del mundo, con la figura del brasileño Lula da Silva como referente político regional. Pero también dentro del mismo frente Farabundo está la vieja guardia de la guerrilla, los halcones, el grupo más duro. Y desde este sector podría venir la iniciativa de estrechar los lazos con la Venezuela del comandante Chávez, y –quizá- también con otro proyecto de izquierda para América latina.
Como vemos, en el tablero regional las piezas vuelven a acomodarse en un orden no del todo desconocido, en una relación de fuerzas –y de referentes- que parecen seguir un guión, una melodía, ya escuchada.
En este sentido, los primeros pasos de Mauricio Funes, del ex guerrillero hoy presidente democráticamente electo en El Salvador, serán sumamente interesantes de seguir, y desde muy cerca.