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jueves, 23 de febrero de 2012

Las peleas de Chávez (24 02 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – columna “Periscopio” – viernes 24 de febrero de 2012.





Las peleas de Chávez


Por Nelson Gustavo Specchia






El presidente venezolano –y comandante en jefe de la Revolución Bolivariana, como le gusta denominarse- es un peleador, y dicho esto en el mejor sentido del término. Esa característica no se la discuten ni propios ni extraños. Desde su misma formación militar, Chávez ha entendido siempre a la política en clave de lucha.

Fiel a las teorías más clásicas de la ciencia política en tanto estrategia, el mandatario venezolano suele citar con frecuencia al antiguo general chino Sun Tzu y su “Arte de la guerra” (quizás el primer tratado militar de la historia, escrito hacia el siglo VIII antes de Cristo), y al mariscal prusiano Karl von Clausewitz, que desarrolló in extenso, en los tiempos modernos, aquellos principios que había desgranado el general chino.

Para ambos, la relación entre la actividad bélica y el ejercicio efectivo del poder tienen muchos puntos en común, demasiados, de manera tal que los principios de un arte pueden –y deben- ser respetados también en la práctica del otro. Por ello, y simplificando al máximo los largos ocho volúmenes de Von Clausewitz, se ha vulgarizado su conclusión de que la guerra no es sino la continuación de la política, sólo cambiando los medios.

En los discursos del comandante Chávez la presencia de sus lecturas militares y estratégicas se hacen evidentes. No me parece tan notorio, por el contrario, algún otro tipo de fuentes. Por caso, no encuentro que el presidente recurra habitualmente a textos de la filosofía moderna. O quizá me equivoco, ya que en este punto que estoy comentando, Chávez parece acercarse, en algunos aspectos, a la concepción de la política que puede deducirse del pensamiento de, por ejemplo, Michel Foucault.

El filósofo francés, que siempre abogó por incursionar en nuevas formas individuales y colectivas de ejercicio del poder político, de manera que cuestionaran radicalmente los modos habituales en que éste ha tenido de realizarse y de concentrarse, invertía aquel apotegama de Von Clausewitz para sostener que, en realidad, es la política la que se muestra como la continuación de la guerra por otros medios.

Foucault admitía que las relaciones de poder en el seno de una sociedad determinada constituyen el dominio de la política, pero agregaba que esta última también hace referencia a una estrategia, o sea, a un ensayo de coordinación, apropiación y control de aquellas relaciones de poder. Así, dos conclusiones que se desprenden de la elaboración filosófica de Michel Foucault tienen que ver con la necesidad de inventar, casi a diario, los esquemas con que intentamos analizar y criticar el ejercicio del poder. Por otro lado, además, el compromiso social del francés lo llevaba a concluir que aquellas estrategias mencionadas deben orientarse a hacer posible la transformación de la realidad política, insertando en ellas nuevos esquemas de participación, de movilización y de compromiso que trasciendan los estrechos límites de la democracia formal-liberal heredada de la Revolución Francesa.

O sea, que hay que pelearla. Contra los adversarios, y contra las adversidades. Y que esa pelea debe estar en el centro de la agenda del gobierno. Exactamente lo que hace Chávez.

ENTRE CAPRILES Y LA INCERTIDUMBRE

Esta semana, Hugo Chávez Frías ha explicitado cuáles serán los adversarios de las peleas que vienen, de aquí a las presidenciales venezolanas del 7 de octubre próximo: Henrique Capriles, el candidato de toda la oposición unificada, y el cáncer.

Casi de pasada, mientras inauguraba unas nuevas instalaciones, el comandante anunció que deberá someterse a una nueva cirugía, para tratarse de otra “lesión” ubicada en el mismo lugar de donde ya le extirparon un tumor hace poco, y deslizó que también esta vez puede tratarse de una afección cancerosa. Atento siempre a las oportunidades y a los contextos donde se hacen los anuncios –igual que las declaraciones de entrada en las batallas- Chávez ha vuelto a insertar un elemento externo, precisamente cuando la supuesta recuperación de la intevención quirúrgica anterior había vuelto a calmar las aguas de la política venezolana.

Porque el chavismo y el aparato del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) siguen disponiendo de un margen considerable de preferencias en el electorado: el presidente mantiene, después de 13 años en el ejercicio efectivo del poder, un apoyo popular superior al 50 por ciento, a pesar de la galopante inflación que golpea los precios minoristas y de unos índices inusitados de violencia social.

Por eso, Chávez contaría con los votos suficientes para optar a un tercer mandato consecutivo y ocupar por un nuevo sexenio la presidencia de Venezuela. Pero esas seguridades se relativizan con la oposición cerrando filas detrás de un único candidato, y con la simpatía del gobernador central de Miranda, Henrique Capriles, de 39 años, deseando entrar en la campaña.

LA CONSPIRACIÓN ONCOLÓGICA

Teniendo presente lo escrito en los primeros párrafos, es legítimo preguntarse en qué medida el anuncio de la aparición de un nuevo tumor en su cuerpo, deslizado casi al pasar el martes de esta semana, no viene a sumarse a la batería de armas con que Chávez está preparándose para dar esta nueva pelea.

Ya a fines del año pasado sugirió que la coincidencia de afecciones oncológicas que padecían los mandatarios latinoamericanos tenía bien poco de casual. Antes de que se descartara el diagnóstico de tumor maligno en la tiroides de Cristina Fernández, sostuvo que el caso de la presidenta argentina; sumado al cáncer de laringe por el que está en tratamiento Lula da Silva; junto a los linfomas detectados en la brasileña Dilma Rousseff; y del que el paraguayo Fernando Lugo parece estar saliendo; más su propia enfermedad (presumiblemente, un cáncer de colon, pero nunca ha dado detalles), lo llevaban a sospechar sobre posibles injerencias de los servicios secretos norteamericanos. Posibles enfermedades inducidas en la personas de los líderes, como una nueva manera de desestabilizar las sociedades gobernadas por ellos.

Lo formuló como una pregunta abierta, que dejaba para las futuras generaciones: “¿Sería acaso extraño que los Estados Unidos hubieran desarrollado una tecnología para inducir el cáncer, y que nadie lo sepa hasta ahora y se descubra esto dentro de cincuenta años o no sé cuánto? No sé, sólo dejo la reflexión, pero esto es muy extraño.”

Ahora, una nueva cirugía, que al parecer es urgente (sería operado nuevamente en La Habana, quizá este mismo fin de semana), recupera la hipótesis de la conspiración oncológica de “los gringos”, y con ello vuelve a reinstalar al enemigo externo.

Por otro lado, pone otra vez en tensión a la sociedad política venezolana, que vuelve a discutir las dos opciones principales: respaldar sin fisuras al comandante-presidente en su pelea contra esta nueva adversidad, o comenzar un debate al interior del gobernante PSUV para definir una posible sucesión a Chávez.

El presidente y su entorno mantienen un férreo control sobre la información médica que se difunde, pero por sus dichos es posible deducir que, si le ha aparecido un nuevo tumor en el mismo lugar de donde le extirparon el anterior (“grande como una pelota de béisbol”, según sus palabras), es porque las sesiones de quimioterapia no han sido exitosas, y la enfermedad ha prosperado. Si así fuese, y el presidente tuviera que volver a repetir un tratamiento como el del año pasado, será muy dificil que pueda embarcarse en los trabajos electorales.

Al menos, no como él acostumbra: dando batalla desde el centro, como figura excluyente de toda la campaña.






nelson.specchia@gmail.com

miércoles, 5 de agosto de 2009

El termómetro político de los Andes



El termómetro político de los Andes

por Nelson Gustavo Specchia


Toda la región andina no deja de levantar temperatura política en este invierno austral. Comenzó a subir la semana pasada, cuando salieron a la luz las aportaciones de las FARC, en un monto cercano al medio millón de dólares, a la última campaña presidencial ecuatoriana. Sin que esos aires se hayan calmado (Rafael Correa ya no niega los aportes, pero aduce que fueron realizados a sus espaldas), esta semana tomó estado público la tenencia de armas sofisticadas del ejército venezolano por parte de aquella misma guerrilla colombiana tan generosa en sus aportaciones a las campañas de los candidatos de los países vecinos.


Las FARC siempre se ha mostrado muy en consonancia con el discurso y los objetivos socialistas del presidente venezolano Hugo Chávez, y este entrecruzamiento de vínculos entre la guerrilla; Ecuador; las armas venezolanas; las negociaciones entre el presidente Álvaro Uribe para el uso de bases colombianas por parte del ejército norteamericano; los fracasos de la OEA como mediadora en los conflictos centroamericanos; Honduras con dos presidentes; y Evo Morales, en esta parte de los Andes, reconvirtiendo unos doscientos municipios en “autonomías indígenas”; levantan la temperatura a cotas de riesgo, al amenazar con el inicio de una situación crítica de múltiples aristas.


Las FARC, cada vez más debilitadas y sitiadas militarmente, han reforzado los vínculos con el liderazgo político más afín (especialmente Chávez y Correa), y han aumentado el financiamiento y la provisión de armamento con las redes de tráfico de cocaína. El haber encontrado lanzacohetes AT-4, suecos, en un campamento de las FARC, se combinó con cierta información de las computadoras incautadas en el ataque –en territorio ecuatoriano- al líder guerrillero “Raúl Reyes”: los suecos confirmaron que esas armas, por el número de serie, habían sido vendidas al ejército venezolano, y han demandado explicaciones a Chávez.


Al mismo tiempo, y como una respuesta al cierre de la base ecuatoriana de Manta, Álvaro Uribe ha iniciado negociaciones con la Administración Obama, para dar mayores facilidades de acceso a siete bases al ejército norteamericano (3 de la Fuerza Aérea, 2 de la Marina, y 2 del Ejército: Cartagena, Larandia, Tolemaida, Palanquero (Cundinamarca), Málaga (Pacífico), Apiay (Meta), y Malambo (Atlántico). No se prevé que el ejército norteamericano vaya a incrementar sus efectivos en Colombia, pero esta negociación sí repercutiría en más ayuda tecnológica y de inteligencia, dos elementos determinantes en la guerra contra las FARC y el narco. Los logros de los últimos tiempos reconocen su deuda con esta ayuda norteamericana, que asciende a unos 400 millones de dólares anuales desde 2001, fecha de la firma del “Plan Colombia”.


El próximo lunes, 10 de agosto, comenzará la reunión de la UNASUR – Unión de Naciones Sudamericanas, en Quito. Pero como Colombia ha roto relaciones diplomáticas con Ecuador desde marzo del año pasado, el presidente Álvaro Uribe se ha lanzado esta semana a una gira por América latina, incluyendo Perú; Chile; Bolivia; Argentina (este miércoles se reunió con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en una reunión hermética, sin ningún tipo de declaraciones por ninguna de las partes); luego seguirá por Paraguay; Uruguay; y Brasil, para dar explicaciones a los mandatarios de estos países sobre las negociaciones militares con Obama.


Pero tanto Chávez como Correa han visto una excelente oportunidad para girar la atención sobre las acusaciones de financiamiento de campaña y de desvío de armas, y pasan al ataque, afirmando que la decisión de Uribe supone el desembarco del ejército norteamericano, como brazo militar de ocupación, en territorio latinoamericano.


Venezuela ha vuelto a congelar las relaciones con Colombia, y Ecuador, que ya las tiene rotas, ha iniciado una guerra comercial contra su vecino, imponiendo aranceles a unos 1.300 productos de comercio internacional. Y las reclamaciones no terminan en el país fronterizo, Chávez arremetió directamente contra Barack Obama, con dos afirmaciones a cual más preocupante: por un lado, dijo que la instalación de esas bases norteamericanas puede suponer el inicio de una guerra en Sudamérica; y a renglón seguido comunicó que en septiembre de este año firmará con Putin un acuerdo de defensa y de adquisición de armamentos con Rusia.


Toda la legalidad internacional está del lado colombiano, de momento. El secretario general de la OEA, José Miguel Insulza (a quien Chávez llama “insulso”) se ha ofrecido a mediar, pero la OEA está en horas bajas y nadie confía demasiado en ella. La Unión Europea ha dado su respaldo a Uribe, y los Estados Unidos también, claro. Y en América latina: Evo Morales y Nicaragua se alinean con el venezolano, sin fisuras; Perú acepta de buen grado la decisión de Uribe; el paraguayo Lugo ha decidido permanecer neutral; la señora Bachelet ha mostrado su prevención; y otro tanto ha manifestado Lula da Silva, a quien no le simpatiza para nada tener siete bases norteamericanas en sus fronteras, y, para más datos, cerca de las reservas petrolíferas brasileras. La presidenta Cristina, por su parte, mantiene su postura muy en reserva, si es que la tiene.


Y este nuevo escenario, en pleno invierno austral, proyecta un termómetro en rápido ascenso.






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jueves, 23 de julio de 2009

Honduras, ¿últimas horas de paz?




Honduras, ¿últimas horas de paz?



por Nelson Gustavo Specchia




A algunas cosas nos hemos habituado rápidamente en América latina. Después de esos años terribles que cruzaron en horizontal el calendario político del siglo XX, donde el terror llegó inclusive a ser una política de Estado, la lenta y progresiva recuperación democrática de los últimos treinta años nos ha dejado en un punto donde damos por seguros algunos elementos del sistema político, como si fueran naturales, sólidos y permanentes; cuando en realidad su presencia entre nosotros ha sido excepcional en la historia, y sólo muy recientemente se han agregado como constitutivos del quehacer sociopolítico cotidiano.

La permanencia de las instituciones y de la estabilidad democrática es uno de esos elementos. Y la paz social, indisociablemente unida a él, es el otro elemento.

Honduras, en estas horas críticas, vuelve a poner en el tapete regional latinoamericano esta cuestión central. En Honduras no se juega solamente la vuelta de Mel Zelaya al ejercicio del poder ejecutivo, legal y legítimamente obtenido en elecciones democráticas. Se juega la permanencia de esos dos elementos: la continuidad de la consolidación del juego democrático en América latina, y –además- la terrible posibilidad del resurgimiento de la violencia social en un país de la región.

El anuncio del “fracaso” del diálogo por las partes hondureñas involucradas, y de la mediación del presidente de Costa Rica, Oscar Arias, han disparado una posibilidad que venía vislumbrándose durante los últimos días, pero de la que nadie quería dar crédito: el muy posible enfrentamiento entre el Ejército leal al gobierno de facto de Roberto Micheletti, y los colectivos sociales que insisten en su apoyo al presidente depuesto, Manuel Zelaya.

A estas alturas, luego de la lectura de la última propuesta de Oscar Arias, y las actitudes de rechazo de ambas partes, puede objetivamente estallar una guerra civil en Honduras. Si ello finalmente ocurriera, se habría comenzado a saldar con violencia y sangre un conflicto que tuvo todas las herramientas democráticas en la mano para canalizarse

Pero esas herramientas se han ido dejando paulatinamente de lado, al tiempo que la tensión no ha dejado de crecer con cada momento. Los hondureños han vivido estas semanas entre las manifestaciones permanentes durante las horas de luz, tanto las organizadas por el gobierno de facto como por los seguidores del gobierno depuesto, y la calma impuesta por el toque de queda durante las noches.

La paciencia que pide Arias, casi en el borde de las posibilidades de su intervención, se contesta con el entusiasmo en aumento que convoca la llamada a la "insurrección" realizada por Mel Zelaya.

Y, si se da el caso, hay armas para alimentar esa insurrección: los datos oficiales reconocen que un tercio de los casi ocho millones de hondureños tienen armas en sus casas; y las que no se registran serían muchas más. Cuando estuve trabajando en el interior de Honduras, en misiones de cooperación internacional, nunca dejaban de sorprenderme algunos carteles en los bares y restaurants de provincia: “Prohibido ingresar con armas a la vista”. Y luego están las Fuerzas Armadas, armadas literalmente. Y los grupos y bandas mafiosas, tan crecidas últimamente, que aportarían un porcentaje considerable de armas modernas y de alto poder de fuego en manos de civiles. Por lo que podemos considerar, en cuanto a capacidades, que Honduras es un Estado armado.

Oscar Arias ha trabajado intensamente en las últimas horas para intentar desbloquear la crisis, pero su margen de maniobra se achica ante la negativa rotunda de la delegación del gobierno de facto de reponer a Zelaya, que es el punto central de desencuentro. El gobierno interino de Micheletti ha anunciado que no aceptará ningún documento que incluya la restitución del depuesto presidente, y la segunda ronda de negociaciones en Costa Rica finalizó el domingo sin acuerdos.

Mientras tanto, la administración de facto de Honduras dio el martes 21 un plazo de 72 horas a los diplomáticos venezolanos para abandonar el país, basando su decisión en la supuesta intervención de funcionarios de esa legación en la actual crisis. También llegó a afirmar que el trabajo del mediador Arias constituía una intromisión impropia en los asuntos internos de Honduras. Y una actitud similar se perfila en las respuestas a las presiones que están ejerciendo las diplomacias norteamericanas y de la Unión Europea, con las declaraciones de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y de la comisaria europea de política exterior, Benita Ferrero-Walder. Con estas posturas y decisiones de política internacional, el gobierno interino hondureño está dando elementos para la regionalización del conflicto.

Tras el rechazo de la delegación de Roberto Micheletti, Arias hizo un último intento, y presentó en la noche del miércoles 22 la Declaración de San José, en la que plantea la instauración de un gobierno "de reconciliación" liderado por Zelaya (inclusive propone una fecha concreta para su retorno al país: el viernes 24 de julio), una amnistía general, y la renuncia a cualquier consulta popular para reformar la constitución.

Es el último intento para evitar que la presión acumulada en Honduras entre ambos grupos sociales se desborde por la propia radicalización.

La convivencia política y la paz social son el telón de este escenario. La proyección de ambos hacia el resto de América latina, el horizonte de futuro.



jueves, 30 de abril de 2009

Correa, un quiebre en la cultura política ecuatoriana

CORREA, UN QUIEBRE EN LA CULTURA

POLÍTICA ECUATORIANA


por Nelson Gustavo Specchia


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En Ecuador, el domingo de esta semana, ha comenzado un nuevo tiempo político. Impensable y sin antecedentes, ni remotos.

El presidente Rafael Correa ha ganado la Presidencia, en primera vuelta, y con más del 50 por ciento del total de los sufragios, en unos comicios donde ningún observador internacional ha objetado ni un detalle, cosa que tampoco ha hecho de manera relevante la propia oposición interna. Comicios limpios, que vienen a transformar, quizás, una historia política reciente que no puede presumir, ni mucho menos, de limpieza y de orden.

No sólo ningún presidente ecuatoriano ha conseguido un segundo mandato consecutivo con una victoria aplastante en la primera vuelta, sino que lo verdaderamente rutinario ha sido que los Jefe del Estado no alcancen a completar el primer mandato, sus tres antecesores en el cargo fueron expulsados del palacio presidencial por revueltas populares, y los siete presidentes que se han sucedido en los últimos diez años no alcanzaron a cumplir un mandato constitucional completo, desde que el Congreso destituyera al presidente Abdalá Bucarám, en 1997, por incapacidad mental; (ya antes que el Congreso, la picaresca popular había apodado al presidente Bucaram como “El Loco).

Desde ahí, de esa historia, que ha empujado al país a una extrema precariedad política y a una inestabilidad económica crónica (que ha llevado, por ejemplo, a que Ecuador no tenga moneda, que es, en la modernidad, una de las expresiones de la soberanía política de un Estado: desde 1999 la moneda de curso legal es el dólar estadounidense, lo que hace que las posibilidades de maniobrar una política monetaria interna sean nulas). Desde esta historia, digo, a la victoria popular de Correa, hay mucho trecho. Y esta victoria puede realmente constituir una rodilla, un quiebre en la cultura política, y fundar un nuevo tiempo, donde la estabilidad exista como horizonte político del país por donde pasa la línea que divide al mundo.

Correa se reivindica a sí mismo como un líder izquierdista, y –en una línea retórica cercana a Chávez- le gusta titular de “Revolución Ciudadana” este movimiento cívico que encabeza. Y los ecuatorianos, tanto los diez millones que viven en el país, como los casi tres millones que viven en España, Estados Unidos, Italia, y en otros países de América latina (la Argentina entre ellos), parecen convencidos de su propuesta de desarrollo social, con muy alto gasto público, como alternativa de crecimiento.

El panorama que se abre frente a Correa está despejado. Gobernará hasta el 2013, y tendrá la oportunidad de una única reelección por otros cuatro años. Su victoria ha sido incontestable, y la diferencia con su rival más cercano, el ex presidente y ex golpista Lucio Gutiérrez ha sido superior a los 20 puntos porcentuales. Con esto, Correa podría incluso arañar la mayoría absoluta en el Parlamento, lo que lo habilitaría para poner en marca en forma inmediata las reformas de las casi 70 leyes nuevas y reformadas, que serían necesarias para que la nueva Constitución empezara a funcionar. La Constitución ha sido la otra gran victoria de Correa, que presagiaba esta: la nueva Carta Magna, extensísima, centralista, minuciosa y fuertemente presidencialista, es su herramienta para terminar con la “vieja política”, con las redes del patronazgo ancestral que se suceden en Ecuador desde la Colonia. La Constitución modela un Estado fuerte, incluso autoritario en algunos aspectos, y fue aprobada el 28 de septiembre del año pasado con el apoyo de las tres cuartas partes del total de la población ecuatoriana.

Correa ha tenido éxito, dos años y medio después de su llegada al poder, la pobreza en Ecuador, uno de los Estados estructuralmente más pobres de toda América latina, ha disminuido progresivamente; ha reestructurado la deuda externa –ha dicho que sólo pagará la deuda legítima, pero no la ilegítima-; ha multiplicado la asistencia social; y ha logrado fragmentar a la oposición. Afirma que le gustaría afianzar un “eje” entre Caracas, Quito, y La Paz. Pero más allá de las palabras, se nota en sus medidas y en los medios que diseña para aplicarlas, que el populismo de su gobierno no está tan cerca de las metodologías del comandante Hugo Chávez, o de Evo Morales. Quizá el antiamericanismo, a nivel de discurso, sea uno de los pocos elementos comunes que pueden mencionarse. Correa tiene una sólida formación intelectual, es un economista brillante (formado en la vieja Universidad que los jesuitas tienen en Bérgica, Lovaina), y sus críticas al neoliberalismo son más técnicas que ideológicas. Políticamente, en definitiva, es un pragmático que no duda de rectificar cuantas veces sea menester hacerlo. En ciencia política decimos que es un “realista”, en toda la acepción del término.

La única nota discordante, la única mota de polvo en esta limpia victoria, viene de afuera. Ecuador ha logrado crecer moderadamente, y achicar los niveles de la pobreza extrema que han sido estructurales a su distribución económica, merced a dos elementos principales: la exportación de petróleo, y las remesas de dineros enviados al país por los casi tres millones de emigrantes diseminados por el mundo.

Pero los precios del petróleo no dejan de caer, casi en picada, y las remesas de los inmigrantes, a tono con la crisis internacional, disminuyen mes a mes. Habrá que ver, entonces, si esta inmensa popularidad del presidente ecuatoriano se mantiene en épocas de vacas flacas, o el si el proyecto de “Revolución Ciudadana”, esa que se para en cinco patas: institucional; social; ética; económica; y latinoamericana, puede seguir cosechando tantas adhesiones cuando haya que recortar –porque habrá que hacerlo, sin alternativas- el gasto público.



lunes, 27 de abril de 2009

Un nuevo tiempo para las Américas

Un nuevo tiempo para las Américas

En Trinidad y Tobago se ha abierto la posibilidad de establecer una nueva manera de relacionarse con los Estados Unidos, más abierta y realista, plural y adulta.

Poe Nelson Gustavo Specchia


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Barack Obama, asumiendo su rol de líder mundial, se ha lanzado a una agitada agenda internacional. El primer paso, obligado, fue Europa: en una semana estuvo –casi– en todos lados: en el G-20, en el Consejo de la Unión Europea, en el aniversario de la Otan, en la frontera franco-alemana y hasta en Estambul, donde el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero y el premier turco Recep Erdogán impulsan la Alianza de las Civilizaciones, para acercar el mundo árabe y musulmán a occidente.

Y ahora le tocó a América. En Puerto España, la pequeña ciudad capital de Trinidad y Tobago, en las Antillas menores del Caribe, los jefes de Estado del continente tuvieron su primer vis-a-vis con el líder demócrata, y se sacaron la primera foto de familia, con la carismática sonrisa del presidente norteamericano en la segunda fila.

Obama, sabiendo que la “cuestión cubana” le iba a agriar este primer encuentro, llegó con un gesto de condescendencia: esa misma semana firmó la flexibilización de condiciones de viaje desde y hacia Cuba, y de las remesas en dólares a la isla. Hasta Fidel Castro, desde su columna ético-ideológica en el diario Granma, ha tenido que hacer un guiño de satisfacción, aunque agregando a renglón seguido que sin el fin del bloqueo, lo demás es puro humo. Pero hasta Fidel sabe que el camino iniciado aquí conduce, precisamente, al fin del bloqueo.

El punto más sustantivo de la Cumbre consistió en presentar una propuesta de nuevo pacto de asociación hemisférica. Barack Obama necesita dar un gesto fuerte también en América, aunque ésta no constituya una prioridad estratégica para los Estados Unidos. Y busca una nueva actitud en las relaciones diplomáticas, para dejar claro que el unilateralismo de George W. Bush ya es historia pasada.

La Cumbre ha sido el primer encuentro de los 34 jefes de gobierno de América latina, el Caribe, Canadá y Estados Unidos, desde la polémica reunión que tuvo lugar en 2005 en Mar del Plata, donde Bush sufrió el acoso verbal de sus colegas, bajo la mirada inocente de su anfitrión, el entonces presidente Néstor Kirchner.

Obama quiere repuntar esa sensación, volver a darles un espacio destacado a las cumbres, que se han desarrollado bastante irregularmente desde que Bill Clinton convocara a la primera, en Miami. Ha nombrado a un experto, el embajador Jeffrey Davidow, para administrar la diplomacia relacionada con las cumbres en la región. Davidow es un académico (viene de presidir el Instituto de las Américas, de la Universidad de California, en San Diego), y es un diplomático jubilado con amplia experiencia en la región.

Junto a Cuba, la crisis económica mundial ha sido la estrella de la agenda. Los líderes latinoamericanos quieren que el presidente de los Estados Unidos use su influencia para ampliar los recursos y la flexibilidad de las entidades financieras multilaterales (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial); y Obama tendrá que compaginar estas peticiones con la estrategia impulsada desde Londres por el G-20.

Los otros puntos álgidos han sido las posiciones en torno a las mafias de la droga –que están dando una guerra cada vez más abierta en la región–, la inmigración y el comercio internacional. Este último porque, más allá del peso estratégico, los países de América latina compran 20 por ciento de todas las exportaciones de Estados Unidos y representan otro 20 por ciento en sus importaciones. Las ventas norteamericanas al sur del Río Bravo son cuatro veces superiores que las dirigidas a China. Y Estados Unidos obtiene actualmente 25 por ciento de su energía de proveedores latinoamericanos y caribeños.

Y con 34 países y 600 millones de personas, América latina representa un sector dinámico y en crecimiento, con recursos naturales únicos. Un mercado para nada despreciable. Pero, para ese mercado, Obama no puede seguir ofreciendo la alternativa del Área de Libre Comercio de las Américas (Alca). Aquí hay que dibujar una nueva estrategia. En la Cumbre estuvo en las palabras de casi todos los líderes, y Obama acusó el mensaje.

A nivel de relacionamiento global, y a pesar de que la crisis ha ofrecido un nuevo escenario para el diálogo multilateral, en lo político seguirá siendo difícil el trato con Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua (además de Cuba). Pero la actitud de Obama en esta reunión ha sido abierta, y tengo la seguridad de que en el corto plazo habrá novedades importantes. La actitud, por lo pronto, ya ha cambiado: ha sido cordial, gentil y distendida. La antítesis del clima de Mar del Plata, hace cuatro años.

Por ello, en la Cumbre, creo que ha imperado el realismo. Pudo ser simplemente una tribuna para criticarse unos a otros, o casi todos a los Estados Unidos, mirando hacia los electorados internos y hacia las cámaras. Hubo “show”, claro, con regalo de libros incluido, pero la oportunidad era demasiado grande para dejarla pasar. Perder oportunidades como ésta puede no tener perdón de la historia. Y el “show” no agotó la reunión.

Ya no hay lugar para recetas estatales y aisladas; de la crisis se saldrá con estrategias elaboradas en conjunto. Tengo la impresión de que en Trinidad y Tobago se ha abierto la posibilidad de establecer una nueva manera de relacionarse con los Estados Unidos, más abierta y realista, plural y adulta. Ojalá. Es, precisamente, la que requiere este tiempo.




jueves, 19 de marzo de 2009

Vuelta de página en El Salvador


VUELTA DE PÁGINA EN EL SALVADOR


Por Nelson Gustavo Specchia



Mauricio Funes ha triunfado en las elecciones presidenciales de El Salvador, ya es el presidente electo, y ya está en la historia.

Realmente, junto a la remanida crisis de las bolsas que suben y que bajan, y a las que hay que cuidar -y hasta estimular- como si fueran unas ancianas señoritas llenas de caprichos, este tiempo político también nos ha deparado más de una novedad, de esas profundas, que marcan las estructuras de pensamiento y el devenir de los pueblos. Novedades que provienen, especialmente, de las conductas electorales, de cierta manera nueva y sorpresiva de expresar las opiniones populares en las urnas, como si fuera cada día más difícil prever el movimiento político de las mayorías, de la conformación de alianzas inéditas, de la reconversión de fuerzas en nuevas y ágiles combinaciones, que poco tienen que ver con las recetas políticas más tradicionales.

Además del central y paradigmático “fenómeno Obama”, comentábamos también las recientes elecciones autonómicas en Galicia, por ejemplo, adonde volvieron los conservadores del Partido Popular, cuando ya nadie los esperaba; o las del País Vasco, donde las fuerzas nacionalistas –las de derecha y las de izquierda sumadas- perdieron la mayoría en la cámara, por primera vez en los treinta años que lleva la democracia española, y un socialista, Paxi López, muy seguramente logrará hacerse con el gobierno regional.

Una de estas marcas novedosas en el juego político, novedosa y al mismo tiempo profunda, estructural, es la que el domingo anotó Mauricio Funes, al hacerse con la ajustadísima mayoría de apenas dos puntos (lo votó el 51 por ciento, y el 49 por ciento votó por la continuidad de la derecha). Una mayoría exigua, pero que le permitirá acceder legítimamente al gobierno de El Salvador, una de las tierras más fieramente castigadas y asoladas por la violencia política en toda la América latina. Que le permitirá acceder, decimos; otra cosa será que le permita gobernar, eso está aún por verse.

Funes viene de la guerrilla, participó en su tiempo de la estrategia armada del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN); y ahora, llega al poder desde una tribuna democrática, en unos comicios transparentes y –dentro de lo que cabe, para una realidad como la salvadoreña- ejemplarmente superadores de los violentos enfrentamientos que hasta ayer nomás han teñido de sangre la confrontación política. Un amigo nuestro, el jesuita Chema Tojeira, rector de la Universidad Centroamericana, da cuenta desde la imparcialidad de la observación académica, de esa transparencia y limpieza en el recuperado juego democrático.

También demostraron estar a tono con estos tiempos, al menos de momento, los derrotados de la derechista coalición Arena, que ha ocupado el poder en El Salvador en las últimas dos décadas, y el propio presidente en ejercicio, Elías Antonio Saca, que reconoció inmediatamente la victoria del ex guerrillero Funes. Gestos como estos han estado ausentes en las tres elecciones presidenciales celebradas desde la firma de los acuerdos de paz de 1992, que pusieron fin a la guerra civil que venía desangrando a El Salvador desde 1980.

¿Qué dice Funes? Ha ganado las elecciones repitiendo un discurso simple: “A la vuelta de 20 años, tenemos uno de los países más atrasados de América latina, una de las economías con mayor debilidad estructural para enfrentar la crisis, una de las sociedades más pobres y, sobre todo, con los mayores niveles de exclusión y marginalidad social, agobiada por la delincuencia, secuestrada por la delincuencia. Somos el país con la tasa de homicidios más alta del continente. Ése es el desafío que tengo por delante. El cambio que hoy estamos iniciando cierra un ciclo histórico y abre la oportunidad para iniciar un Gobierno auténticamente democrático, que construya una sociedad justa y democrática.”

Esas son sus palabras y su expresión de intenciones. Pero, más allá de su discurso y de esa paz que es necesariamente precaria, ya que El Salvador sigue siendo un país peligroso y violento, con la tasa de homicidios más alta de toda América, sumamente desigual, y con más de la mitad de su población bajo la línea de pobreza, hay otro elemento a considerar. Y es quién ha ganado, detrás de la figura de Mauricio Funes.

Los observadores internacionales marcan una diferencia sutil, pero muy importante: el Farabundo está integrado por un sector socialdemócrata, que intenta incorporarse efectivamente al juego electoral y republicano, que pretende tender puentes hacia América latina y hacia el resto del mundo, con la figura del brasileño Lula da Silva como referente político regional. Pero también dentro del mismo frente Farabundo está la vieja guardia de la guerrilla, los halcones, el grupo más duro. Y desde este sector podría venir la iniciativa de estrechar los lazos con la Venezuela del comandante Chávez, y –quizá- también con otro proyecto de izquierda para América latina.

Como vemos, en el tablero regional las piezas vuelven a acomodarse en un orden no del todo desconocido, en una relación de fuerzas –y de referentes- que parecen seguir un guión, una melodía, ya escuchada.

En este sentido, los primeros pasos de Mauricio Funes, del ex guerrillero hoy presidente democráticamente electo en El Salvador, serán sumamente interesantes de seguir, y desde muy cerca.




jueves, 19 de febrero de 2009

Chávez ahora va por todas

CHÁVEZ, AHORA VA POR TODAS


Por Nelson Gustavo Specchia



El comandante Hugo Chávez, jefe del Partido Socialista Unificado de Venezuela, líder de la Revolución Bolivariana (a través de la cual, dice él, se expresa el “socialismo del siglo XXI en América latina), y presidente de la República Bolivariana de Venezuela, este domingo ha conquistado la baza que perseguía desde hacía tiempo, poniendo tras este objetivo todo el aparato político, económico y mediático que el petróleo venezolano pudiera pagar: estar autorizado por la legalidad constitucional a gobernar sin ningún tipo de restricción o límite temporal.

En este mismo lugar, hace sólo algunos meses, en una columna que titulamos “Más Chávez y menos Chávez”, analizábamos los resultados de las elecciones regionales y legislativas de noviembre del año pasado. Advertíamos entonces que el férreo cerco de poder que el presidente venezolano había logrado construir a su alrededor comenzaba a mostrar fisuras, pero que en esa prueba legislativa no podía afirmarse que nadie hubiera ganado claramente.

En realidad, parecía que ambos –tanto Chávez, como la variopinta oposición a su persona- habían ganado, según como se miraran los resultados. A números concretos, la diferencia entre ambos sectores era de apenas 1,5 millones de votos, sobre los 28 millones de venezolanos. O sea que prácticamente la mitad de la población estaría gobernada por el chavismo, y la otra mitad, por la oposición. Fue la gran oportunidad que tuvo ese arco opositor que no termina de encontrar el rumbo, y que sigue dejando la iniciativa política en manos de los estudiantes universitarios, para encarar su reorganización y plantearse como alternativa real al líder bolivariano.

Chávez lleva diez años en el poder, y la oposición política en Venezuela sigue sin encontrar un rumbo común. Como dirían nuestras abuelas, no los une el amor, sino el espanto. Y por eso su lugar lo ocupan los jóvenes y los estudiantes universitarios.

A diferencia de ellos, el comandante Chávez se echó inmediatamente, con todo el peso del aparato del Estado, a una nueva campaña plebiscitaria –ciudad a ciudad, barrio a barrio, e inclusive casa a casa- para sacarse de encima las restricciones temporales al ejercicio repetido del mandato presidencial.

Y esta vez, le funcionó. La victoria del referéndum del domingo pasado ha sido clara, (nuevamente con 1,5 millones de votos de diferencia, pero esta vez todo a su favor), y con ella ha eliminado las trabas constitucionales para su reelección indefinida. Y para qué perder tiempo, inmediatamente se ha proclamado candidato a la presidencia en 2012, en un rapto casi místico, parafraseando al apóstol Pablo: “Me consumiré gustosamente al servicio del pueblo sufriente.”

Pero el proceso electoral ha sido limpio. Venezuela no es hoy una dictadura, ni Chávez un dictador, sino un caudillo que opera dentro de una legalidad que, si bien es cierto que él mismo la ha construido a su medida, también lo es que el electorado venezolano se la consiente. De ahora hasta que termine su actual mandato constitucional, el comandante Chávez tiene tiempo sobrado para consolidar un sistema que, manteniendo las formas, sea funcional a sus aspiraciones. Mantendrá los partidos, porque le dan un cierto toque de pluralismo, y no le quitan el sueño, como se ha visto. Un modelo que Teodoro Petkoff, el intelectual de la oposición, ha designado como “totalitarismo light”.

Pero en la faz económica, en cambio, “pintan bastos”, como dirían en España. Chávez ha financiado su modelo de crecimiento y redistribución en la exportación de petróleo, que llegó a estar a 140 dólares el barril; pero es que ahora está a 40, y no hay expectativas cercanas de cambios en la tendencia. Y por dentro, además, lo empuja una inflación del orden del 30 por ciento (40 por ciento en los alimentos). Esta combinación obligará a Chávez a adoptar una política fiscal más estricta, y, seguramente, a reducir los cheques dirigidos a los programas sociales, que son la base de la “revolución socialista” bolivariana.

Y eso dibujará otro escenario, porque la Constitución ahora le permite mantenerse en el poder… siempre y cuando gane las elecciones.



miércoles, 26 de noviembre de 2008

Más Chávez y menos Chávez


MÁS CHÁVEZ Y MENOS CHÁVEZ


Por Nelson Gustavo Specchia


Estos últimos meses han estado fuertemente marcados por sorpresivas noticias electorales. Hace un par de semanas, el largo año de campaña electoral norteamericana terminaba con el triunfo del primer negro que arribará a la Casa Blanca; y este domingo 23 de noviembre el presidente venezolano Hugo Chávez se enfrentó a un plebiscito cuyos resultados deben ser leídos muy cuidadosamente en las restantes latitudes latinoamericanas.

En realidad, las elecciones del domingo no tenían una relación directa con la autoridad presidencial y el gobierno de la República de Venezuela, sino que se planteaba la renovación de gobernadores, intendentes y diputados regionales. En total se ponían a consideración 22 de las 23 gobernaciones en que está dividido el país, y las ciudades más importantes, como la capital, Caracas. Pero en los últimos meses Chávez decidió concentrar en su persona la disputa electoral, de forma tal de que las elecciones fueran en realidad un plebiscito sobre su gestión, sobre su persona, sobre su gobierno, y sobre su partido, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), que el Presidente fundó hace dos años, en 2006. Los candidatos oficialistas a gobernadores y alcaldes ocuparon, durante toda la campaña, lugares muy secundarios. La campaña fue él, el propio Chávez, quien se mostró como la encarnación de un nuevo modelo político, marcado por la igualdad y la equidad social.

Enfrentando a su persona y a su estilo de gobierno, un muy amplio y variopinto arco opositor intentó estructurar un discurso más cercano a la socialdemocracia, con defensa de derechos –tanto humanos como económicos- y mayores grados de democracia liberal. Pero lo que verdaderamente une a esa oposición tan variada, tan disímil, vuelve a ser Chávez: es contra él, contra su personalismo, contra el supuesto autoritarismo y los deseos de perpetuación es que esa heterogénea oposición logra aglutinarse.

Y el domingo, ambos ganaron.

Y según cómo se miren los resultados de la elección, puede decirse que tenemos “más Chávez” en Venezuela, pero también puede afirmarse que desde el domingo hay “menos Chávez”.

Objetivamente, a números concretos, la diferencia entre ambos sectores es de 1,5 millones de votos, sobre los 28 millones de venezolanos (el padrón electoral es de 17 millones, y la participación fue muy alta para unas elecciones regionales: el 65 por ciento). Como resultado de las elecciones del domingo, entonces, prácticamente la mitad de la población estará gobernada por el chavismo; y la otra mitad, por la oposición.

Chávez logró el mayor número de gobernaciones (17 de los 22 gobiernos regionales en disputa), pero en los 5 que ganó la oposición se concentra la mitad de la población venezolana, las grandes ciudades, y el petróleo, y la industria, y la producción estratégica. Pero, por sobre todo, la oposición ha conquistado la Alcaldía Mayor de la capital, el Gran Caracas, donde ahora gobernará el furioso antichavista Antonio Ledezma.

Las 17 provincias oficialistas, en cambio, son parte del interior rural, con una base agropecuaria poco tecnificada, muy baja densidad poblacional, y un peso económico secundario en la estructura productiva nacional; características que abonan el tradicional caciquismo político y la captación clientelar de votos. El escritor venezolano Ibsen Martínez lo dice de una manera brutal: “Caracas es Caracas; lo demás es monte y culebra.”

Chávez se presentó ante la prensa en las primeras horas del lunes, y habló de “una gran victoria”, pero tanto sus palabras –siempre tan grandilocuentes- como sus gestos, parecían relativizar el impacto de ese supuesto gran triunfo. Porque después del referéndum del 2007 (donde el proyecto de reforma constitucional del Presidente fue derrotado, aunque nunca lleguemos a saber por qué porcentaje, con seguridad fue muy alto, mucho más del 51 por ciento oficialmente aceptado), después de aquel referéndum Chávez necesitaba de una victoria arrolladora, de una victoria clara y sin atenuantes, para seguir afirmando su proyecto político. Pero creo que éste no ha sido el caso.

En un contexto de crisis económica creciente, con fuertes caídas en los precios de petróleo –base del modelo redistribuidor del “socialismo del siglo XXI” venezolano-, y con las elecciones presidenciales de 2013 comenzando a rayar las canchas, los resultados del domingo dibujan un panorama complejo para el comandante Chávez.

Los gobiernos aliados de América latina, que han depositado en el presidente venezolano una porción sustantiva de sus estrategias de política exterior, deberían tener muy en cuenta los escenarios que plantean estos resultados.

jueves, 17 de julio de 2008

Ingrid Betancourt, después de la sorpresa y el festejo

INGRID BETANCOURT

DESPUÉS DE LA SORPRESA Y EL FESTEJO


Por Nelson Gustavo Specchia


Tras siete años y cuatro meses enterrada en las inmensidades de la selva del Guaviare, el 2 de julio Ingrid Betancourt ha vuelto al mundo, y así como en los últimos años se había convertido en el símbolo de la sinrazón de unos métodos políticos de oprobio, en un par de semanas, en las que no ha abandonado la primera plana de los diarios de medio mundo, se ha erigido en un nuevo símbolo: el que anticipa, quizás, el inicio del fin de las Farc, el último de los movimientos armados que persisten en una América latina que afianza los regímenes democráticos formalizados.

Pasados los primeros momentos, de una sorpresa genuina, de un muy razonable gozo social, y de la efusión mediática cercana al espectáculo de un ‘reality show’, creo que es necesario enfocar el análisis político internacional en –al menos- tres perspectivas que tendrán una incidencia profunda en el futuro de la región: en primer lugar, la evaluación crítica de los roles y posturas de los líderes latinoamericanos abiertamente enfrentados (hasta ahora, al menos, ya que estamos presenciando rápidos giros en algunos de ellos) a la gestión de Álvaro Uribe; en segundo lugar, la atención al papel de los actores extra regionales, especialmente del espacio que intentó ocupar el presidente francés, Nicolás Sarkozy, y los alcances y continuidades de la alianza entre Colombia y los Estados Unidos. Por último, cómo incidirá la enorme aceptación del pueblo colombiano de la vía adoptada por la administración Uribe en la ‘Operación Jaque’, que coloca las mediciones positivas del presidente en torno al 90 por ciento, en la proyección de su continuidad en el poder, y en las estrategias que asumirán a partir de ahora las propias Farc.

Ingrid Betancourt fue secuestrada el 23 de febrero de 2002, cuando se encontraba en campaña para competir por la presidencia de Colombia, y cuando decidió, bajo su propio riesgo, penetrar en una zona dominada por la guerrilla. Seis meses después, el 7 de agosto, Álvaro Uribe asumió la primera magistratura colombiana, y declaró que el firme objetivo de su gobierno sería combatir a la insurgencia armada de las Farc –que dominaban por entonces una porción sustantiva del territorio nacional- con las herramientas del Estado de derecho. La principal interpretación de esta estrategia del nuevo mandatario apuntó al reforzamiento de la alianza militar (especialmente en las áreas de tecnología e inteligencia) con el ejército norteamericano, al tiempo que tendió al desmantelamiento de las fuerzas paramilitares, desde las cuales se había combatido a la guerrilla por fuera de la legalidad institucional.

La presión internacional para que Uribe negociara con las Farc (esto es, que renunciara a cualquier alternativa de vía militar en el rescate de rehenes) fue encabezada por el presidente francés. De alguna manera, Sarkozy se sumó, desde Europa, a la campaña constante de descalificación del mandatario colombiano, que en Sudamérica tuvo como principal vocero a Hugo Chávez en sus continuas andanadas verbales llenas de epítetos gruesos (llegando a la movilización de tropas hacia la frontera con Colombia, mediante una orden dictada al ejército desde su programa de televisión); a Evo Morales; y a Rafael Correa (en este caso, con la tensión agravada por la incursión militar colombiana en la frontera con Ecuador, que acabó con la muerte del comandante de las Farc Raúl Reyes, el 1 de marzo de este año). La Presidencia y la Cancillería argentina, por el contrario, mantuvieron una postura de atención responsable, involucrándose cuando le era requerido (Cristina Fernández envió al ex presidente Kirchner a la selva, en la fracasada operación de Chávez para rescatar al hijo pequeño de Clara Rojas), se censuró –junto al resto de América latina- la violación de la soberanía ecuatoriana, pero no se presionó indebidamente a la administración de Uribe, señalándole caminos posibles o indicándole vías prohibidas. Ese fue el papel que se adjudicó Sarkozy para sí mismo.

Ya es innegable la predilección del presidente francés por las grandes puestas en escena que lo tengan a él como protagonista, y su insistencia ante Uribe para que no se contemplara ningún tipo de acción militar, sino que se tendiera a los ‘intercambios humanitarios’, llevaron a la postura francesa al borde de la injerencia impropia en los asuntos internos de otro Estado. Sarkozy estuvo detrás de la propuesta de Chávez para que las Farc fueran consideradas como parte beligerante –con status internacional- en lugar de grupo terrorista, y fue cediendo a la presión francesa que el gobierno colombiano liberó al comandante de las Farc Rodrigo Granda el 1 de junio de 2007. Al mismo tiempo, la senadora Piedad Córdoba daba señales a la guerrilla sobre la posibilidad de encontrar refugio en suelo francés, llegado el momento.

Sarkozy comenzó su semestre como presidente de turno de la Unión Europea el 1 de julio, y planificaba utilizar este tiempo al frente de la organización continental para lograr un golpe de efecto en su estrategia de intercambios con la guerrilla, pero Uribe se le adelantó. Aún así, el presidente francés ha permanecido inmutable en el fracaso de su estrategia, y ante las cámaras se arroga el triunfo, nuevamente una puesta en escena: recibe a Ingrid en el Elíseo, besa su mano, le presta su médico.

Frente a este aprovechamiento mediático del presidente Sarkozy, frente a los nuevos acomodamientos de Hugo Chávez (acaba de recomponer las relaciones con Colombia, llama ahora a Uribe su ‘hermano’, y convoca a la desmovilización de las Farc sin condiciones), o frente a las surrealistas conclusiones de Evo Morales (para quien el auténtico héroe de la liberación no es otro que Chávez), el presidente Álvaro Uribe se ha mostrado discreto, casi parco, respetuoso de la legalidad y de las formas democráticas. Por la buena salud republicana de América latina, esperemos que traslade esta actitud suya a las consideraciones sobre una nueva re-reelección presidencial, que violaría las disposiciones constitucionales aunque se intente legitimar en masivos índices de apoyo.

El liderazgo de América latina requiere de buenos presidentes, no de supuestos buenos monarcas populares.