viernes, 9 de abril de 2010
Lula en el cambio de tercio (19 03 10)
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por Nelson Gustavo Specchia
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Entre los elementos novedosos de la política latinoamericana en esta primera década del siglo XXI, se destaca un cambio sensible: las ciudadanías tienden a despedir con altos índices de aprobación popular a los líderes que cumplen su mandato. En la maraña de deficiencias que aún acumulan las democracias de la región, el hecho de que los ex gobernantes dejen su cargo con una buena imagen, constituye un elemento no menor en el avance de la calidad del sistema republicano. Parecen quedar en la historia de las transiciones las salidas apresuradas de ex mandatarios en helicóptero por los tejados de las casas de gobierno, las huidas a Miami o a Tokio, o la simple resignación –una vez jubilados- a la antipatía y a la malquerencia de sus pueblos, vegetando en el sopor de una siesta permanente.
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Ya fue perceptible este cambio de tendencia cuando Fernando Henrique Cardoso dejó la primera magistratura brasileña; antes sólo habían sido casos excepcionales (como el del colombiano Belisario Betancur, o el del uruguayo Julio María Sanguinetti), pero a Cardoso le siguieron otros signos de cambio de tendencia, como la culminación de la presidencia exitosa del chileno Ricardo Lagos, las manifestaciones de apoyo tras un primer período presidencial con las reelecciones –dentro de la legalidad constitucional- de Evo Morales en Bolivia y de Rafael Correa en Ecuador. El médico Tabaré Vázquez dejó la jefatura del Poder Ejecutivo uruguayo con un alto índice de aprobación, y Michelle Bachelet tocó el techo de todo este conjunto al dejar la presidencia chilena. Una tendencia que inclusive puede advertirse en Argentina: esta semana, en un medio tan poco sospechoso de ser condescendiente con el gobierno nacional, como es el diario La Nación, el periodista Fernando Laborda daba cuenta de cómo Cristina Fernández de Kirchner no deja de crecer paulatinamente en las encuestas que miden su imagen positiva, a medida que avanza el tiempo de su mandato. Y tal cambio de tendencia no se reduce a las administraciones de corte progresista, sino que alcanza también a la derecha: si la justicia no lo hubiera inhabilitado, el presidente colombiano Álvaro Uribe hubiera ganado con comodidad un tercer mando presidencial, y toda la campaña que acaba de empezar gira en torno a él, tan alta es la aceptación popular que tracciona su figura.
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En este marco, el período del brasileño Luiz Inacio da Silva, que transita ya las postrimerías, es ilustrativo. Lula se retira de la presidencia del coloso sudamericano con un índice de aprobación muy alto, y su decisión de no buscar argucias legales ni reformas constitucionales para perpetuarse en el poder tiene una doble lectura: es otro elemento de la consolidación del sistema a nivel regional; pero también es posible advertir en esa decisión las ambiciones del viejo gremialista a seguir jugando el juego del poder. Como los toreros en la plaza, cambiar de tercio para seguir la corrida.
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En este sentido deben analizarse las últimas –y arriesgadas y sorpresivas- acciones internacionales del líder carioca. Lula ha llenado su agenda exterior con hechos que van mucho más allá de las formalidades diplomáticas ordinarias: la organización en Brasilia de un foro permanente que reúne a los Estados árabes; las constantes visitas a los novísimos países de la periferia africana (fue una vez a Europa, en 2007, pero va visitando 16 países africanos en seis oportunidades); la invitación de honor al presidente francés para compartir el palco en el desfile del día de la independencia brasilera; el fomento a la creación de nuevas organizaciones regionales en América del Sur (la Unasur, con un consejo de seguridad propio, y la “OEA sin los yanquis” de la última cumbre de Cancún); el alojamiento de Manuel Zelaya en la embajada brasileña en Honduras; la recepción del presidente iraní en Brasilia en el momento de mayor tensión con Washington por el tema nuclear; la compra de tecnología militar atómica a Francia (evitando así la dependencia tecnológica norteamericana); la alianza con China para frenar las sanciones a Teherán en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas; la visita a La Habana y la foto abrazado con los Castro, en un momento en que arrecian las críticas por los derechos humanos en la isla; la presencia empresarial de la alianza de las potencias emergentes BRIC (Brasil – Rusia – India – China); el asiento en el G-20; el mando de las tropas de la ONU en Haití; o las funciones de árbitro entre Venezuela y Colombia, o en las tensiones entre el Beni y el Altiplano en Bolivia.
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Más allá de las funciones propias del presidente de un país a escala continental, las prioridades de la agenda internacional de Lula han ido modelando una pista de despegue para proyectar su imagen a nivel global, en las arenas donde se cruzan los conflictos y las negociaciones que van dando forma al equilibrio del globo. En este camino, Lula dio esta semana un salto inesperado: ante la sorpresa de todos, llegó a Medio Oriente, expuso sin medias tintas sus criterios sobre una de las más álgidas crisis mundiales, criticó sin ambages los roles desempeñados hasta ahora por los grandes jugadores en las tierras palestinas (las Naciones Unidas, la Unión Europea, y los Estados Unidos), y se propuso a sí mismo como mediador para avanzar hacia la tan ansiada paz entre israelíes y palestinos. Un auténtico pase a las ligas mayores de la política.
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Ya la prensa brasileña venía dando señales sobre los rumbos que podría tomar Lula una vez pasado a retiro en el pico de su popularidad, tanto dentro del país como en el exterior. La revista brasileña Veja anunció a principios de marzo que Lula había sido sondeado para ser el próximo secretario general de la ONU, sucediendo al inocuo y decepcionante Ban ki Moon. Barack Obama, a pesar de que el brasileño ha puesto mucho empeño por despegarse todo lo posible de la Casa Blanca, dice que Lula es “el más popular del planeta”. Ya se sabe: O mais grande do mundo. Y está confirmado que Obama le cursó una invitación para dirigir el Banco Mundial, a la que Lula –al parecer- declinó argumentando que, con su pasado de militante gremial, no se veía dirigiendo a los banqueros del mundo. Tampoco quiere ir dando conferencias de cachet millonario, como Tony Blair, José María Aznar, o Bill Clinton.
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Pero parece que sí se ve a sí mismo como un árbitro, que puede aportar una mirada con sensibilidad social –pero también con un fuerte pragmatismo- a algunas cuestiones encalladas en el barro de la hipocresía y los juegos de poder. Eso dijo en la Knesset (el parlamento israelí) ante la mirada entre sorprendida e incrédula de los funcionarios del gobierno conservador de Benjamín Netanyahu. Afirmó que Israel debe terminar con los planes expansionistas sobre los territorios ocupados tras la guerra de 1967, y reconocer de una vez por todas los derechos a la autodeterminación de los palestinos, con la conformación de un Estado soberano, viable, seguro, y con las fronteras definidas en los tratados respaldados por la comunidad internacional. Volvió a decirlo frente a la tumba de Yasser Arafat, con una mantilla árabe sobre los hombros (la “kufiya” que el líder de la Organización para la Liberación de Palestina siempre llevaba). Dijo que a él no le haría ningún problema sentar a los islamistas de Hamas en la mesa del diálogo, y que la coexistencia de los dos Estados en la misma tierra es la única posibilidad de asegurar la paz para el propio Israel. Se cruzó a Jordania, a repetirle lo mismo al rey Abdallah, quien –participando del asombro general- lo recibió celebrando el nuevo rol de protagonista internacional de Luiz Inacio Lula da Silva.
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En un mundo que abandona aceleradamente los viejos paradigmas ideológicos, y que entierra a fuerza de crisis inéditas las teorías económicas que intentaban explicarlo todo, una figura que provoque confianza desde su propia biografía, y tenga el valor y el arrojo para crear nuevas interrelaciones entre los viejos actores, puede ser determinante en los escenarios internacionales. Lula lo ha intuido, y se prepara a cambiar de tercio, para seguir toreando.
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[ en HOY DÍA CÓRDOBA - suplemento Magazine - viernes 19 de marzo de 2010 ]
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viernes, 26 de febrero de 2010
Los caminos comunes de la América hispana (26 02 10)
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por Nelson-Gustavo Specchia
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Esta semana, los líderes de América latina, el Caribe, y México, se reunieron en las soleadas playas de la Riviera Maya, en una cumbre convocada bajo la bandera y el nombre de la “unidad”. Lejos de ser un reclamo novedoso en la política hispanoamericana, las convocatorias, llamamientos y exhortaciones a la unidad han sido constantes desde el desmembramiento de los virreinatos coloniales. Ningún tema ha tenido más espacio en los discursos que la integración de los Estados al sur del Río Bravo, apelaciones que han traspasado inclusive los bordes ideológicos, desde la derecha a la izquierda revolucionaria. En ningún tema, al mismo y doloroso tiempo, se han registrado menos avances concretos en el terreno de las realizaciones políticas. Venimos hablando de la unidad latinoamericana desde la primera década del siglo XIX, nos aprestamos ahora a celebrar los polémicos bicentenarios, y esas intenciones siguen ancladas en el plano del discurso.
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Junto a la verbalización del liderazgo sobre intenciones, imperativos históricos y destinos comunes, el otro camino que se ha ensayado en la región pasa por la creación de instituciones. Desde la vieja Unión Internacional de las Repúblicas Americanas, de 1889, que terminó generando la Organización de Estados Americanos: la OEA presume de ser el organismo regional más antiguo del mundo. Además, se han creado muy diversas instituciones subregionales, generalmente abocadas a la integración económica vía las zonas de libre comercio. Entre éstas, el MERCOSUR ha sido una de las más exitosas, a pesar de su errático derrotero. En 2008 asistíamos a la creación de la Unión Sudamericana de Naciones (UNASUR), con la fuerza de la iniciativa de Lula da Silva. Poco tiempo antes, el venezolano Hugo Chávez había lanzado, desde Isla Margarita en 2001, su propia versión de la integración, que denominó ALBA, Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América. El listado de siglas y de nombres es tan largo como las cuentas de un rosario, y casi tan circular como él. Porque, a diferencia de otras iniciativas de asociación regional (como la Unión Europea, a cuyo ejemplo se recurre tan habitualmente) el énfasis no se ha puesto aquí en el reforzamiento y transformación de las instituciones existentes, en orden a aumentar su operatividad y eficacia, sino en la fundación de nuevas y superpuestas estructuras en cada etapa política, que solapan uno sobre otro los órganos y los fines, para debilitarse más o menos rápidamente cuando cambia el tiempo histórico.
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Ahora, Cancún
En la actual confluencia de voluntades gubernamentales, y apelando una vez más a los antiguos conceptos de la unidad cultural y lingüística, del pasado común, y del imperativo de contar con una voz homogénea de la región en los foros multilaterales, la cumbre de Cancún ha decidido fundar una nueva organización regional.
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Junto al decisivo y unánime respaldo de los líderes a la posición de la Argentina en su protesta por la explotación petrolera británica en las Islas Malvinas, la creación de la nueva entidad regional concentró el temario de la reunión. El nuevo bloque de países reunirá a los Estados de América del Sur, Central, y al norteño México, o sea, a todos menos a los Estados Unidos y a Canadá. Concretamente, la exclusión de los estadounidenses de un foro americano, es el objetivo de fondo de la nueva estructura, que por ello viene a presentarse como una alternativa a la OEA, donde el predominio de la potencia norteamericana condiciona todas las iniciativas.
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Es tan vasto el listado de denominaciones y siglas, que aún no hay consenso sobre el nombre que tendrá esta entidad; se barajan designaciones como “unión”, “comunidad”, o la tradicional “organización”. De momento, le han dejado el provisional de Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, pero las intenciones se presentan ambiciosas. La canciller mexicana Patricia Espinosa, anfitriona de la cumbre, dejó claro que el planteo es “la conformación de una instancia comunitaria como la que dio origen a la Unión Europea.” Lo que la canciller no dice, y que está en la base de diferenciación de ese modelo tan recurrido, es que los europeos lograron un proceso de integración exitoso una vez que decidieron renunciar a porciones de soberanía nacional de cada Estado en favor de la organización supranacional, ¿estaría hoy algún país latinoamericano dispuesto a ceder una porción de su sacrosanta soberanía en pos de una integración política efectiva? Yo no encuentro, en las señales de este momento histórico, tendencias en esa dirección.
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En todo caso, la reunión de México tuvo algunas notas diferenciadoras respecto de cumbres anteriores. La asistencia de mandatarios fue la más alta de los últimos tiempos, 32 jefes de gobierno, con la sola ausencia del presidente hondureño Porfirio Lobo, ya que Honduras se encuentra suspendida en sus derechos desde el golpe de Estado que derrocó a Manuel Zelaya, (el buen clima de la cumbre se logró, precisamente, porque no se incluyó el tema de Honduras en el orden del día, sobre ésto no hay consenso, y nadie sabe bien cómo volver a incorporar al país centroamericano, cuando la mayoría no ha aceptado el golpe y el proceso eleccionario que le sucedió). La asistencia calificada de líderes le otorgó a la cumbre una alta legitimidad, y las dos grandes resoluciones –el respaldo a la Argentina en la cuestión Malvinas, y la creación de la nueva comunidad- fueron tomadas por unanimidad y aclamación.
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¿Qué hacer con la OEA?
Así, la “OEA sin los yanquis”, como pedía reiteradamente Fidel Castro, comenzará su andadura en Caracas, el año que viene. Si como ha anunciado el presidente mexicano Felipe Calderón, este organismo llega a ser el “mecanismo único” y la “voz homogénea” de la región en el concierto internacional, la vieja OEA, que acumula reproches a diestra y siniestra, pasaría a un segundo plano. Los republicanos, en el Congreso norteamericano, le piden a Obama que deje de aportar los dólares que permiten funcionar a la organización, porque ésta “ha fracasado” en el propósito de defender y consolidar la democracia en el continente. Y desde el sur también se la critica; Chávez, en su proverbial verborragia creativa, se dirige al secretario general de la OEA, el chileno José Miguel Insulza, con el apelativo de “insulso”, y son muchos los que opinan que el organismo no ha sido capaz de frenar una sola crisis política en la región. Si la iniciativa de Cancún prospera, y los caminos comunes de América latina se enderezan, la vieja OEA quizá quede limitada a un inocuo y mediocre foro de diálogo entre el sur y los Estados Unidos.
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nelson.specchia@gmail.com
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sábado, 12 de septiembre de 2009
Lula y el amigo francés (12 09 09)
Lula y el amigo francés
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Con la tecnología francesa, será la industria de defensa brasileña, y los numerosos círculos industriales subsidiarios, la que sentirá el salto modernizador y multiplicador de desarrollo. Por Nelson Gustavo Specchia.
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Nelson Gustavo Specchia
Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba
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A menos de un año y medio de dejar la presidencia de Brasil, Lula da Silva ha pegado un golpe de timón que obligará a reformular la arquitectura estratégica sudamericana. En un escenario de alta carga simbólica, en el día de la independencia, con el imponente desfile militar cruzando Brasilia, Lula develó uno de los secretos mejor guardados del Palacio del Planalto.
El presidente reequipará militarmente al Brasil, y lo hará obviando la provisión –y la anuencia– norteamericana, invirtiendo montos superiores a los de cualquier Estado latinoamericano (mayores que los del Plan Colombi o que las compras militares a Rusia proyectadas por Chávez), y sellando un acuerdo estratégico con Francia que traerá cola.
En los últimos tiempos, tres hechos sin aparente relación han trastocado la geopolítica regional. Brasil hizo públicos los descubrimientos de yacimientos petrolíferos, con unos 50 mil millones de barriles de crudo enterrados a lo largo del litoral atlántico; el año pasado Estados Unidos tomó la decisión de reactivar la IV Flota, para patrullar precisamente ese litoral; y hace pocos días Álvaro Uribe anunció que habilitará siete bases en territorio colombiano para el uso de tropas norteamericanas.
Tras el anuncio de Uribe, Lula consiguió que en 48 horas el Congreso le autorizase una inversión en equipamiento militar cercana a los ocho mil millones de dólares; pero los acuerdos de compra negociados con Nicolas Sarkozy, el amigo francés invitado de honor a las fiestas patrias brasileñas, terminarán duplicando aquel gasto autorizado. Será la mayor inversión militar de la historia reciente. Para buscar antecedentes de un gasto semejante hay que remontarse a la segunda guerra mundial, cuando Brasil se sumó al conflicto y el presidente Getulio Vargas equipó al ejército para la guerra.
Sin embargo, a pesar de la magnitud del gasto, no se ha levantado en contra ni una sola voz en todo el arco opositor. Hay consenso en la clase política en que este reordenamiento estratégico ubicará a Brasil en un incontestable lugar de preeminencia regional.
Poder de fuego disuasivo. La negociación de las armas es impresionante. Incluye 36 aviones cazabombarderos (los franceses Rafale parecen ser los favoritos, sofisticados cazas equipados con diversos misiles, radares infrarrojos y telémetros láser); cuatro submarinos Scorpène; el desarrollo de un submarino nuclear y 50 helicópteros de transporte militar. Con esta capacidad de fuego, especialmente a nivel naval, necesariamente se modificará la ecuación militar en América latina. No será igualada por ninguno de sus vecinos, y los intentos de equiparación podrían desencadenar una carrera armamentística.
Pero la clave del golpe de timón de Lula da Silva, sin embargo, no está en la cantidad de armas que adquiera sino en la carga de conocimiento, tecnología y desarrollo que con ellas venga. Con esta cooperación, Brasil se convertirá en el séptimo país del mundo capaz de construir y navegar submarinos convencionales y nucleares. Con la tecnología francesa, será la industria de defensa brasileña, y los numerosos círculos industriales subsidiarios, la que sentirá el salto modernizador y multiplicador de desarrollo.
Las señales exteriores del presidente Lula, en todo caso, apuntan a tranquilizar a sus vecinos. Ha dicho en varias oportunidades que el aumento de las fuerzas de defensa busca un objetivo disuasorio, y que no hay ninguna hipótesis de confrontación vigente. Pero, aunque Lula no lo diga, las intenciones de liderazgo regional deben ser respaldadas por una capacidad bélica coherente con ellas, lo enseña cualquier manual de teoría realista de política internacional.
El rol del amigo francés. Frente a Uribe, en Bariloche, Lula se mostró disconforme y de mal humor, le exigió transparencia en varias oportunidades. Y a los demás colegas de la Unasur les recordó que había propuesto que el Consejo de Defensa Sudamericano asumiera un papel activo en el tema de las bases colombianas, así como en las adquisiciones de armamentos. Y es que no sólo Colombia y Venezuela se están rearmando, también las compras presupuestadas por Chile y Perú son considerables. De momento, sólo Argentina ha quedado al margen de la tendencia regional.
En Bariloche, además, Lula volvió a sugerir que el presidente Barack Obama participase en una reunión de la Unasur y explicara los alcances de la presencia norteamericana en Colombia. Pero Obama no contestó. Brasil ha insistido reiteradamente ante Washington en su intención de sumarse al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pero Obama no le contesta.
Brasil quiso negociar la venta de aviones a Venezuela, y Washington vetó el acuerdo, porque transferiría tecnología norteamericana a Caracas. Lula espera que la Casa Blanca comience a dar un giro de prioridad hacia América latina, pero Obama no contesta, está demasiado ocupado en desatar los nudos de Irak y Afganistán.
En ese aparente vacío, aparece Nicolas Sarkozy, ofrece un acuerdo de transferencia de conocimientos industriales de última generación; impulsa junto al gigante sudamericano un nuevo orden mundial más solidario, en línea con el discurso internacional de Lula; y una alianza estratégica que vaya más allá de un acuerdo comercial de armamentos. Concretamente, ofrece enviar equipos y conocimiento, y apoyar a Brasil para que sea un miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.
A cambio, quizá Sarkozy logre quedarse con el petróleo brasileño.
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© La Voz del Interior
jueves, 19 de marzo de 2009
Vuelta de página en El Salvador

VUELTA DE PÁGINA EN EL SALVADOR
Por Nelson Gustavo Specchia
Mauricio Funes ha triunfado en las elecciones presidenciales de El Salvador, ya es el presidente electo, y ya está en la historia.
Realmente, junto a la remanida crisis de las bolsas que suben y que bajan, y a las que hay que cuidar -y hasta estimular- como si fueran unas ancianas señoritas llenas de caprichos, este tiempo político también nos ha deparado más de una novedad, de esas profundas, que marcan las estructuras de pensamiento y el devenir de los pueblos. Novedades que provienen, especialmente, de las conductas electorales, de cierta manera nueva y sorpresiva de expresar las opiniones populares en las urnas, como si fuera cada día más difícil prever el movimiento político de las mayorías, de la conformación de alianzas inéditas, de la reconversión de fuerzas en nuevas y ágiles combinaciones, que poco tienen que ver con las recetas políticas más tradicionales.Además del central y paradigmático “fenómeno Obama”, comentábamos también las recientes elecciones autonómicas en Galicia, por ejemplo, adonde volvieron los conservadores del Partido Popular, cuando ya nadie los esperaba; o las del País Vasco, donde las fuerzas nacionalistas –las de derecha y las de izquierda sumadas- perdieron la mayoría en la cámara, por primera vez en los treinta años que lleva la democracia española, y un socialista, Paxi López, muy seguramente logrará hacerse con el gobierno regional.
Una de estas marcas novedosas en el juego político, novedosa y al mismo tiempo profunda, estructural, es la que el domingo anotó Mauricio Funes, al hacerse con la ajustadísima mayoría de apenas dos puntos (lo votó el 51 por ciento, y el 49 por ciento votó por la continuidad de la derecha). Una mayoría exigua, pero que le permitirá acceder legítimamente al gobierno de El Salvador, una de las tierras más fieramente castigadas y asoladas por la violencia política en toda la América latina. Que le permitirá acceder, decimos; otra cosa será que le permita gobernar, eso está aún por verse.
Funes viene de la guerrilla, participó en su tiempo de la estrategia armada del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN); y ahora, llega al poder desde una tribuna democrática, en unos comicios transparentes y –dentro de lo que cabe, para una realidad como la salvadoreña- ejemplarmente superadores de los violentos enfrentamientos que hasta ayer nomás han teñido de sangre la confrontación política. Un amigo nuestro, el jesuita Chema Tojeira, rector de la Universidad Centroamericana, da cuenta desde la imparcialidad de la observación académica, de esa transparencia y limpieza en el recuperado juego democrático.
También demostraron estar a tono con estos tiempos, al menos de momento, los derrotados de la derechista coalición Arena, que ha ocupado el poder en El Salvador en las últimas dos décadas, y el propio presidente en ejercicio, Elías Antonio Saca, que reconoció inmediatamente la victoria del ex guerrillero Funes. Gestos como estos han estado ausentes en las tres elecciones presidenciales celebradas desde la firma de los acuerdos de paz de 1992, que pusieron fin a la guerra civil que venía desangrando a El Salvador desde 1980.
¿Qué dice Funes? Ha ganado las elecciones repitiendo un discurso simple: “A la vuelta de 20 años, tenemos uno de los países más atrasados de América latina, una de las economías con mayor debilidad estructural para enfrentar la crisis, una de las sociedades más pobres y, sobre todo, con los mayores niveles de exclusión y marginalidad social, agobiada por la delincuencia, secuestrada por la delincuencia. Somos el país con la tasa de homicidios más alta del continente. Ése es el desafío que tengo por delante. El cambio que hoy estamos iniciando cierra un ciclo histórico y abre la oportunidad para iniciar un Gobierno auténticamente democrático, que construya una sociedad justa y democrática.”
Esas son sus palabras y su expresión de intenciones. Pero, más allá de su discurso y de esa paz que es necesariamente precaria, ya que El Salvador sigue siendo un país peligroso y violento, con la tasa de homicidios más alta de toda América, sumamente desigual, y con más de la mitad de su población bajo la línea de pobreza, hay otro elemento a considerar. Y es quién ha ganado, detrás de la figura de Mauricio Funes.
Los observadores internacionales marcan una diferencia sutil, pero muy importante: el Farabundo está integrado por un sector socialdemócrata, que intenta incorporarse efectivamente al juego electoral y republicano, que pretende tender puentes hacia América latina y hacia el resto del mundo, con la figura del brasileño Lula da Silva como referente político regional. Pero también dentro del mismo frente Farabundo está la vieja guardia de la guerrilla, los halcones, el grupo más duro. Y desde este sector podría venir la iniciativa de estrechar los lazos con la Venezuela del comandante Chávez, y –quizá- también con otro proyecto de izquierda para América latina.
Como vemos, en el tablero regional las piezas vuelven a acomodarse en un orden no del todo desconocido, en una relación de fuerzas –y de referentes- que parecen seguir un guión, una melodía, ya escuchada.
En este sentido, los primeros pasos de Mauricio Funes, del ex guerrillero hoy presidente democráticamente electo en El Salvador, serán sumamente interesantes de seguir, y desde muy cerca.
lunes, 20 de octubre de 2008
Don Quijote de América
Don Quijote de América
Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, es un ex obrero metalúrgico que se ha convertido en un hombre de Estado y en una referencia moral.
por Nelson G. Specchia
Profesor titular de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba
“En algún lugar de América, de cuyo nombre no quiero acordarme…”. Esta semana, la primera línea de la más grande novela de todos los tiempos podría haber ubicado su acción en un lugar distinto, cambiando La Mancha original por las tierras americanas. El rey Juan Carlos I de España entregó los galardones de la primera edición del premio “Don Quijote” a dos hombres que van camino de convertirse en figuras paradigmáticas de la América latina contemporánea: el presidente del Brasil, Luiz Inácio da Silva, Lula, y el escritor y ensayista mejicano Carlos Fuentes.
Y Lula no desperdició la oportunidad de la tribuna internacional que le ofrecía la recepción del premio, y avanzó en la línea crítica hacia los bancos y hacia las instituciones multilaterales de crédito, a las que responsabilizó –en parte– de la actual crisis financiera global. Una crítica que extiende también hacia el gobierno de los Estados Unidos, que impone las directrices del mercado y de las instituciones multilaterales: “Se acabó eso de que el mercado lo puede todo –dijo Lula–, se acabaron los tiempos en que las economías emergentes dependíamos del Fondo Monetario Internacional. Se terminó una América latina sin voz propia”. Y en ese nuevo tiempo y en la nueva arquitectura internacional que imagina, está claro que Lula se considera habilitado para oficiar de portavoz de la región.
El premio recibido en Toledo constituye un nuevo escalón en la acelerada carrera del brasileño hacia una posición de preeminencia en el subcontinente americano. Y le llega en un momento de fuerte consolidación política, tanto en lo personal como a nivel de las instituciones. Lula promedia su segundo mandato, y mantiene en Brasil niveles de popularidad superiores al 80 por ciento. Es el principal interlocutor del presidente George W. Bush en América del sur, sin que ello sea un obstáculo para entenderse muy bien con Chávez en Venezuela o con Evo Morales en Bolivia, tan “antiimperialistas” ambos. Su figura es referencia de consenso, como pudo verse en la reciente crisis entre el poder central y las regiones autonómicas bolivianas; la presidenta Cristina Fernández se apoya en él para un nuevo relanzamiento del Mercosur, porque intuye que el rol que le toca jugar a la Argentina en estos tiempos es a la vera del gran vecino; Michele Bachelet lo tiene como un modelo de desarrollo ordenado con búsqueda de justicia para los más desfavorecidos; Rafael Correa acude a la cita de Manaos sabiendo que tiene en Lula a un socio privilegiado, a pesar de que Ecuador es el único país (junto a Chile) con quien el gigante sudamericano no comparte fronteras; Tabaré Vázquez y Fernando Lugo –como socios menores– confían en que el jefe de Estado brasileño mantendrá una relación equilibrada tanto con Uruguay como con el Paraguay de las centrales hidroeléctricas que comparten. En América latina, Lula da Silva es el hombre del momento.
Indicadores de fortaleza. Por su parte, a nivel interno Brasil se ha fortalecido con una temporada sostenida de indicadores macroeconómicos positivos, que han impactado en el crecimiento del producto y, de alguna manera, han blindado al sistema para recibir mejor parado la ola de inestabilidad y desconfianza que sacude los mercados financieros. Este armazón económico con regulación estatal no sólo le permitirá hacer frente a la crisis de estos días, sino también sostener un plan de inversiones en infraestructura y desarrollo industrial de gran envergadura para los próximos años.
Si Lula consigue que Petrobras mantenga el plan de inversiones previsto hasta 2012 (más de 100 mil millones de dólares), el país saltará hacia el tope en la lista de los grandes productores de petróleo del mundo. El mismo plan contempla la construcción de cuatro nuevas refinerías con tecnología de punta, y un fuerte impulso a los sectores industriales derivados del petróleo y la petroquímica. Y respecto de las plataformas petroleras marítimas, el plan prevé sustituir la importación de las plataformas noruegas que utilizan actualmente, por unas de fabricación nacional (a unos dos mil millones de dólares cada una).
Además del petróleo, Lula apunta a los sectores navales y aeronáuticos, tanto civiles como de defensa. Respecto de estos últimos, ya han sido formalizados los acuerdos de transferencia de tecnología desde Francia, con la que Brasil construirá su primer submarino nuclear en el corto plazo. Y seguirá equipando a la Armada con helicópteros, aviones y otros tres submarinos atómicos, que se abocarán a patrullar los ocho mil kilómetros del litoral brasileño. Las mismas aguas atlánticas por las que está navegando la IV Flota de la Marina de los Estados Unidos desde el 1° de julio de este año, esas aguas donde se ubican las plataformas petroleras de Lula.
La difusión del español. Pero el premio “Don Quijote” no tuvo que ver tanto con estos indicadores de crecimiento interno y de políticas de visión larga, sino con ese ex obrero metalúrgico que –como dijo el académico de la lengua española Juan Luis Cebrián al presentarlo– se ha convertido en “un hombre de Estado y en una referencia moral”, para quien la integración regional con los demás países sudamericanos es un objetivo último, y una estrategia que vertebra toda su política exterior.
Y para que haya integración efectiva, es indispensable comunicarse en la misma lengua. Rodeado de países de habla castellana, Lula da Silva impulsó personalmente la ley federal que impone la enseñanza del idioma español como segunda lengua en todas las escuelas secundarias: un millón de alumnos brasileños hoy estudian castellano como materia obligatoria. En cuatro años más, ese número de escolares hispanohablantes trepará a los 12 millones, y Brasil habrá girado estructuralmente hacia un bilingüismo funcional. Unas características culturales que apuntalarán aún más sus condiciones de liderazgo regional.
Por traer la lengua del Ingenioso Hidalgo de La Mancha a sus tierras lo premiaron. Cebrián lo presentó diciendo que tanto por su apariencia física como por su pragmatismo, Lula da Silva se parece más al personaje de Sancho Panza. Pero el brasileño dio muestras de estar empapado de espíritu quijotesco al contestarle: “Con la imaginación sola no cambiamos la realidad –dijo en su discurso de respuesta–, pero sin imaginación corremos el riego de quedar presos de un conformismo ceniciento”.
Dejó España con un premio por haber abierto nuevos horizontes vitales al diálogo iberoamericano, y al día siguiente ya estaba en Nueva Delhi, en el foro Ibsa (India – Brasil – Sudáfrica), la reunión de las tres democracias multiculturales y multirraciales que agrupan en sus geografías unos mil cuatrocientos millones de personas. Volvió a pedir allí una nueva arquitectura internacional. Quizá marcar el ritmo en la región no le parezca suficiente. El Quijote de América va a por más, a por los molinos del globo.