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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Un tsunami en la política japonesa (03 09 09)




Un tsunami en la política japonesa

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por Nelson-Gustavo Specchia

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Unos vientos aciclonados barrieron con fuerza el archipiélago japonés, pero un movimiento de dimensiones aún mayores sacudía su vetusta arquitectura política, que permanecía inmóvil desde la posguerra, fiel al talante de uno de los países más conservadores del planeta. El Partido Liberal Democrático (PLD), que ha retenido el gobierno en los últimos cincuenta años, acaba de caer derrotado por un discurso que viene a renovar generacional e ideológicamente el modelo de desarrollo, de la mano del Partido Demócrata del Japón (PDJ) y del futuro primer ministro, Yukio Hatoyama.

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La derrota del imperio japonés en la segunda guerra mundial tuvo consecuencias perecederas para su cultura política, y las deudas de aquella capitulación se siguen saldando en estos días. Las elecciones de esta semana no pueden entenderse sin el marco interpretativo que sugieren aquellas consecuencias.

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Las condiciones de posguerra dejaron a un Japón atado a las políticas del Departamento de Estado norteamericano, con una presencia importante de “marines”, unos 50.000 efectivos norteamericanos siguen operando en las islas japonesas, especialmente en la base de Okinawa. Los Estados Unidos impusieron a los derrotados, además, una Constitución pacifista, que se firmó en 1946, y en la que se renuncia –a perpetuidad- a disponer de un ejército propio. La seguridad de Japón depende por ello de la presencia efectiva de los “marines”, y de unas débiles Fuerzas de Defensa, de organización más policial que militar.

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Frente a estas limitaciones concretas a la soberanía, las élites derrotadas elaboraron una estrategia asentada sobre una formación política prácticamente monopólica –el Partido Liberal Democrático (PLD)-, con alianzas trazadas desde el poder con los principales grupos familiares, dueños, a su vez, de los más importantes consorcios empresarios. Esta estrategia generó un modelo económico basado en el crecimiento, el ahorro interno y la exportación masiva.

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Las grandes empresas establecían una relación de por vida con sus empleados, y con ese predicamento instaban a los trabajadores a apoyar electoralmente al partido gobernante, con el que, en su momento, pactaban la política económica, los subsidios, la estructura impositiva, y el aliento exportador.

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Tras medio siglo, y con una pirámide poblacional invertida (cada vez más viejos y menos nacimientos), el esquema político estructurado en la posguerra, que llevó a Japón a convertirse en una potencia, parece haberse agotado.

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Aquel esquema terminó favoreciendo la perpetuación de familias endogámicamente instaladas en los altos cargos de la Administración, un envejecimiento fuerte en los mandos, la captura electoral por un único partido (el PLD), el agrandamiento de la burocracia, la baja en los niveles de competitividad, muy pocas iniciativas de contención social hacia los colectivos menos favorecidos, y un desincentivo político creciente.

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Y encima, llegó la crisis global. Con la flexibilización y el empleo temporario las corporaciones dejaron de ser el “segundo hogar” del trabajador japonés, y el empuje de China desplazará en poco tiempo a Japón del segundo lugar entre las economías líderes.

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Teniendo en cuenta la combinación de estos dos factores, el agotamiento del viejo modelo y las nuevas condiciones internacionales, los japoneses han expulsado del gobierno al sempiterno PLD y al conservador primer ministro Taro Aso. Con la determinante participación de los jóvenes y de las mujeres (excluidas y relegadas en la cultura nipona, tan fuertemente patriarcal y masculina), han revertido la balanza de poder, y colocado en el futuro gobierno al Partido Demócrata del Japón, y al discurso renovador de Yukio Hatoyama.

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El salto del PDJ ha sido espectacular (de 115 diputados, a 308), como espectacular ha sido la caída de la vieja guardia del PLD (de 300 en la legislatura que ahora acaba, ha logrado retener sólo 119). Y entran mujeres al Parlamento: 52 diputadas, un 11,3 por ciento de los 480 escaños; muy poco todavía, pero es un cambio de la tendencia dominante, donde las mujeres prácticamente no existían, y la edad media de los representantes se acercaba a los 80 años.

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Las posturas renovadoras del líder del PDJ traen nuevo aire, y no sólo para las mujeres. Hatoyama ha prometido un subsidio de unos 3.000 dólares anuales por niño, para incentivar los nacimientos; ampliar los alcances de la educación escolar básica; atemperar los altísimos costes de la Universidad con políticas de becas; mejorar las condiciones de los jubilados japoneses; y atender a los campesinos y a los desempleados, cuyo número no deja de aumentar desde la crisis.

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La política exterior

Pero de las medidas anunciadas por el futuro primer ministro, las que pueden tener un impacto global más incisivo son las que apuntan a las relaciones exteriores. Yukio Hatoyama se propone rediseñar el mapa estratégico del Japón con una reforma constitucional, que retome la posibilidad de dotarse de unas fuerzas armadas para defender la seguridad de Japón por sus propios medios, y despegar de las prioridades del Departamento de Estado norteamericano.

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Al mismo tiempo, Hatoyama colocará a los vecinos asiáticos en los primeros planos del diálogo regional. Plantea un viraje hacia la reconciliación con China, y estudia una distribución de mercados internacionales en una perspectiva de complementación con sus vecinos, además de China, también con India, Australia, Nueva Zelandia, Vietnam, Malasia y Filipinas.

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En otras palabras, Hatoyama se propone desplazar el eje de la alianza occidental y redimensionar un polo de poder centrado en el sudeste asiático y el Pacífico sur. Semejante movimiento político puede tener los efectos de un tsunami, también en las costas americanas.


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nelson.specchia@gmail.com

jueves, 3 de enero de 2008

Benazir


BENAZIR




Por Nelson Gustavo Specchia

Benazir Bhutto ha caído. El chal blanco sobre la cabeza de esta mujer temeraria y valiente se había transformado, durante un breve lapso de tiempo, en una esperanza de transición hacia algún tipo de estabilidad y paz social en la región más conflictiva del planeta. El magnicidio de su muerte, el 27 de diciembre en Rawalpindi, fuerza a desechar ese atisbo de esperanza, y abre este nuevo año con una perspectiva sombría para la agenda de seguridad y de avance democrático en el orden internacional.

La historia de los procesos políticos en el Asia meridional ha estado signada por la violencia. Una violencia que no ha hecho sino aumentar progresivamente desde la transformación de sus sociedades premodernas –basadas en códigos étnico-religiosos y en estructuras tribales- hacia los modelos de Estados republicanos según el canon occidental. La historia contemporánea de Pakistán se ajusta a esa tesis: la guerra interna, los conflictos interétnicos, y la irrupción de golpes militares que originaron sucesivos períodos dictatoriales, dibujan su breve derrotero como república independiente, de apenas sesenta años, desde que se desgajara de la India en marzo de 1947. Los atentados, el asesinato, y la ejecución de líderes, han sido una constante desde entonces. Solamente en el año que acaba de terminar, se han contabilizado más de 800 muertes violentas por motivos políticos.

Teniendo estos condicionantes de largo plazo como telón de fondo (las “cuentas largas de la historia”, como decía Octavio Paz), los tres tiros en la cabeza y la explosión de un hombre-bomba que acabaron con Benazir Bhutto pueden ser analizados como parte de una metodología, de una perversa manera de participar en la arena política. Condenable y conflictiva, pero parte estructural de las formas y los modos en que se desenvuelve la lucha por el poder en la región.

Pero desde otro ángulo, el de las “cuentas cortas” de este momento histórico, la muerte de Benazir es un tremendo paso atrás en, al menos, tres dimensiones: en la seguridad global, en el avance democrático de derechos y libertades, y en la igualdad de género –especialmente en un contexto cultural cerradamente masculinizante y opresor.

Porque a Benazir la mataron por ser mujer. No solamente, pero “también” por ser mujer. Una mujer, además, bella, libre y culta; educada en las universidades de Harvard y de Oxford, con una fuerte apuesta por la transición ordenada hacia una democracia secular en Pakistán, con importantes reformas de los servicios públicos a nivel de la asistencia social (de los 165 millones de pakistaníes, el 74 % vive con menos de un dólar diario), de la educación (en las áreas tribales, el analfabetismo promedio es del 70,5 %, y en las mujeres trepa hasta un 97 %), y de la salubridad. Y, muy especialmente, con una agenda concreta y de avanzada para enfrentar la discriminación social de las mujeres en todos los órdenes.

Una mujer con este programa en la conducción de un país –y de sus fuerzas armadas- mayoritariamente musulmán, resultó intolerable para los colectivos fundamentalistas enraizados tanto en la oposición como en el propio régimen autocrático del presidente Pervez Musharraf. Esa es la razón de su muerte violenta, independientemente de quién o quiénes hayan sido los autores materiales del magnicidio.

En cuanto a la seguridad global, Benazir Bhutto había asegurado que perseguiría al fundamentalismo islámico asociado a las redes de Al Qaeda y a los talibán. Estos sectores –y los grupos rebeldes e islamizados del ejército pakistaní- se le aparecían como los responsables de la inestabilidad interna, y de que el país se estuviera convirtiendo –aceleradamente- en el polvorín de toda Asia meridional, con las esperables proyecciones hacia Medio Oriente, la península arábiga, y el África del Norte.

Este cambio de rumbo en su percepción hacia los sectores islamistas, a los que había favorecido abiertamente en sus dos períodos como Primera Ministra (1988-1990 y 1993-1996), en una estrategia de afianzamiento de su país, tanto sobre la India (con el contencioso de Cachemira) como sobre Afganistán. Sin embargo, desde el exilio británico afirmó que cuando volviera a gobernar permitiría el ingreso de tropas de la OTAN para perseguir a Al Qaeda en los “santuarios” montañosos del noroeste pakistaní, así como del Organismo Internacional de Energía Atómica para inspeccionar un arsenal calculado en un centenar de bombas nucleares.

Hubieran sido dos pasos importantes en el camino, cada vez más arduo, de la estabilidad y el orden mundial. Su muerte deja la agenda internacional abierta en un signo de interrogación. Con mayúsculas.