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martes, 18 de junio de 2013

La irresistible atracción de París (07 06 13)

Primavera Árabe - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – viernes 7 de junio de 2013 


La irresistible atracción de París

por Jean-Baptiste Noël





La relación poscolonial de Francia hacia sus ex dependencias africanas forma parte de la agenda dura del Quai d´Orsay, el espejado ministerio de Asuntos Exteriores.
Cualquiera sea el color político del gobierno, la protección hacia los regímenes africanos ha sido una constante en la política internacional de la ex metrópoli. Los palacetes de las familias de la elite política norafricana en los más exclusivos barrios parisinos así lo atestiguan.
Aunque las acciones comunicacionales de la Presidencia de la República las traten con una discreción cercana al hermetismo, las buenas relaciones tejidas entre la Cancillería francesa y los gobiernos árabes del Norte y del centro de África han forjado toda una tradición durante el siglo XX.
Esa tradición, como tantos elementos que se presumían sólidos en la política europea, se está transformando desde el estallido de la “primavera árabe”. Ese cambio se da porque los lazos (la “liaison”, dicen en el Quai d´Orsay) se habían anudado entre la potencia europea y los sectores a quienes las fuerzas emergentes del cambio social en África responsabilizan del atraso y el subdesarrollo de sus países.
Además, el laicismo republicano de París no casa fácilmente con la re-islamización que impulsan los nuevos gobiernos surgidos de la “primavera árabe”, especialmente en Túnez y los Hermanos Musulmanes en Egipto.
Más allá de este sentimiento popular, sin embargo, para las elites africanas la atracción de París sigue siendo irresistible. Por estos días, tres jefes de Estado de los países del Magreb llevan semanas afincados en la capital francesa, en sus casonas y palacetes de los barrios de lujo: el rey de Marruecos, Mohammed VI; el presidente de Argelia, Abdelaziz Bouteflika; y el presidente de Mauritania, el general Mohammed Uld Abdelaziz.
Todos argumentan “visitas privadas” para estirar su permanencia allí, y dan, de esa manera, un mensaje claro de cercanía al gobierno de François Hollande.
Un mensaje que también puede leerle como una preferencia de París respecto de otros líderes del mundo árabe, como el premier turco Recep Tayyip Erdogan.
Erdogan ha manifestado su apoyo a las revueltas de la “primavera árabe” desde sus inicios, y esa postura le ha generado la antipatía del establishment en el Magreb y en Oriente Medio.
El premier turco llegó a Marruecos el mes pasado, junto a unos 300 empresarios, y el rey Mohammed VI no dejó su palacio francés de plaza Vendôme para ir a recibirlo a Rabat. Erdogán, molesto, adelantó su vuelta a Ankara.
Bouteflika está internado en el hospital militar parisino de Val-de-Grâce desde el 27 de abril, y no parece tener apuro por volver a Argel. Y el general Abdelaziz gobierna Mauritania desde sus cómodas habitaciones en la capital francesa.
No es extraño que los Estados donde la “primavera árabe” está tardando más en fructificar sean los que mantengan la “liaison” más fuerte con la ex metrópoli colonial.



Twitter: @nspecchia

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viernes, 10 de mayo de 2013

Las mujeres en la “primavera árabe” (10 05 13)


Columna Periscopio – Magazine – HOY DÍA CÓRDOBA – Viernes 10 de mayo de 2013 



Las mujeres en la “primavera árabe”
 por Nelson Gustavo Specchia




Los procesos de transformación social y política que por facilidad se engloban bajo el nombre de “primavera árabe” supusieron un soplo de esperanza de las dimensiones de una tormenta del desierto. Transcurridos dos años largos de ese movimiento popular que cruzó el borde sur del Mediterráneo, hay claros y oscuros. Y en una evaluación cualitativa, parecen imponerse estos últimos a los grados efectivos de avance democrático y de derechos civiles y políticos.
Para una evaluación así, conviene centrar la mirada en los grupos más débiles, que coinciden –y no por casualidad- con los agregados sociales que más tenían para ganar con la llegada de aquellos vientos primaverales. Entre estos grupos, las mujeres ocupan un lugar destacado.

Histórica postergación

Que la mujer ha sido uno de los colectivos más postergados en el mundo árabe es una idea generalizada en Occidente. Pero deben hacerse algunas precisiones, tanto a nivel social como cultural.

Desde Estados Unidos y desde Europa es común ver a la cultura musulmana, “ethos” unificador de aquello que designamos como mundo árabe, como algo homogéneo cuando, en realidad, es de una diversidad muy alta. La cultura musulmana es el producto de la difusión del islam, una fuerte y veloz avanzada socio-religiosa que ya suma quince siglos. Iniciada en el corazón de la Península Arábiga, una corriente se proyectó hacia el Oriente, llegando hasta Indonesia; y otra hacia África, tanto en la costa mediterránea (el Magreb) como por las llanuras subsaharianas (el Sahel). Pero ese mensaje socio-religioso fue mixturándose con el substrato cultural local, con las costumbres y tradiciones preislámicas, sobre las cuales se impuso el idioma común, que vehiculizaba la expansión.

Como resultado de ese proceso secular, la cultura musulmana es diferente según los países, regiones y tradiciones donde terminó injertándose el islam. Por su parte, la cultura árabe designa a los pueblos que comparten el lazo común del idioma sobre el que se montó la arabización, aunque no siempre implicara también la islamización. Por caso, los árabes representan menos del 20 por ciento del mundo musulmán, y entre ellos hay muchos árabes de tradición religiosa cristiana e inclusive una minoría de árabes de religión judía.

Dando un paso más en el desglose, puede observarse que dentro de esa cultura árabe coexisten subculturas muy distintas y distantes entre sí: un primer grupo se ubica en la Península Arábiga y el Golfo Pérsico; un segundo en Oriente Medio (y dentro de él, diferencias entre la cultura palestina, la libanesa o la siria); y un tercer gran grupo en la orilla sur del Mediterráneo (Marruecos, el antiguo Sahara Español, Argelia, Túnez, Libia y Egipto) y en el Sahel.

Y aún dentro de ellas el panorama cultural sigue complejizándose: por ejemplo, al interior de Marruecos conviven al menos seis familias culturales con especificidades propias: los bereberes que hablan su propio idioma preárabe; la cultura tuáreg del Sahara; la árabe que llegó desde Arabia y Yemen con la corriente islamizadora; una tradición andaluza y una judía (que vienen de la época de la Reconquista y la “expulsión de lo moros y judíos” del reino de Granada, que mantienen un idioma español medieval, el “ladino”); y finalmente una cultura mediterránea.

Para no sobreabundar, y porque no es el objetivo de este artículo, sólo digamos que también, y en paralelo al “ethos” árabe-musulmán, conviven otros agregados musulmanes no árabes, como las tradiciones de Turquía; la islámica persa de Irán; las asiáticas de Indonesia, Pakistán, Malasia, India, Bangladesh y Afganistán; los núcleos culturales de las ex repúblicas soviéticas (como la rebelde Chechenia); y, finalmente, la cultura musulmana de Europa, en los Balcanes (porque también hay musulmanes europeos, aunque a algún papa católico se le olvide cuando pide declarar la “base cristiana fundacional” de Europa).

Y en este mosaico inmenso y complejo, hay una nota común, que cruza transversalmente las diferentes realidades culturales: en todas ellas, aunque en diferentes grados, la mujer ocupa un lugar subordinado al varón.

Los especialistas en mundo árabe, sin embargo, se ocupan de remarcar que no hay nada en el islam, ni en el Corán ni en la tradición del profeta Mahoma que justifique el menor prejuicio o desvalorización hacia la mujer. Debe colegirse, por ello, que esa situación de humillación, opresión y hasta de tiranía hacia la mujer tiene que ver con otros factores concomitantes al “ethos” cultural y religioso. 

Promesas primaverales

Y ellas encontraron en la “primavera árabe” un resquicio por el cual colarse para intentar revertir esa postración injustificada. Si bien la primera ficha del dominó que comenzó a tirar uno tras otro los regímenes autocráticos de la costa mediterránea cayó en Túnez, cuando el ingeniero informático –y obligado vendedor de frutas- Mohammed Buazizi se inmoló prendiéndose fuego ante el avasallamiento policial, el movimiento de la zona cobró auténtica fuerza al impactar en Egipto, la potencia regional.

En la “primavera árabe” egipcia, que se corporizó en la icónica plaza cairota de Tahrir, las mujeres participaron codo a codo con los hombres. El enemigo era el mismo: el régimen dictatorial del “rais” Hosni Mabarak; y el futuro parecía también común: una república democrática donde los derechos civiles y políticos pudieran extenderse legítima y legalmente. 

Sin embargo, los dos años largos transcurridos desde la emergencia social y emotiva de Tahrir han sido escabrosos, y las mujeres se encuentran hoy en una situación aún más compleja y difícil que antes de la caída del “rais”, debido al avance de los grupos islamistas –tanto los autoproclamados “moderados”, que son la mayoría en el gobierno conquistado en elecciones libres por los Hermanos Musulmanes- como por los sectores radicales del salafismo.  

A los Hermanos Musulmanes no se les puede achacar falta de legitimidad en el acceso al Poder Ejecutivo de El Cairo, así como tampoco en su insistencia en llevar adelante las medidas presentes en su plataforma de gobierno, que fue, en definitiva, la más votada en el largo proceso electoral. Pero es evidente que el ejercicio de ese gobierno y de ese programa golpea de lleno en la situación de las mujeres egipcias.

Una muestra de ello fue el 25 de enero de 2013. La que debería haber sido una gran fiesta popular para festejar el segundo año del derrocamiento de Mubarak se convirtió en una fecha vergonzante. La plaza Tahrir fue de pronto un lugar de iniquidad donde 19 mujeres fueron brutalmente violadas por grupos de hombres que esgrimían la “sharia” (ley religiosa) y la tradición islámica para insultarlas, agredirlas y desplazarlas del espacio público, al que suponen de exclusiva disponibilidad masculina.

Inclusive el diputado Saleh al Alhefwani, del partido gubernamental Hermanos Musulmanes y cercano al presidente Mohammed Mursi, intentó justificar luego en el Parlamento la barbarie sexual cometida en Tahrir: “¿Cómo quieren las mujeres que la policía las proteja –se preguntó retóricamente el diputado en el seno de la Cámara- si ellas mismas provocan el altercado público al mezclarse con hombres en una concentración?”

Clima de violencia

Los substratos culturales, como hemos mostrado, son diferentes, pero la actitud es sorprendentemente similar. Y dada la relevancia política regional de Egipto para todo el Norte de África, es esperable una acción mimética, de reflejo, en los países vecinos.
El ataque sexual a la mujer no tiene tanto que ver con el acoso de género, como con una voluntad política, ideológica, de cerrarle la vía de acceso al cambio que tímidamente le había abierto la “primavera árabe”. La violación no es sólo un síntoma de represión sexual y de machismo exacerbado, sino el intento de extirparlas de la vida pública, de que vuelvan a la marginación del hogar y a la cobertura del vestido que las invisibiliza inclusive cuando caminan por la calle.

Violarlas es ultrajarlas, pero también negarlas, marginarlas, asustarlas lo suficiente como para que no intenten compartir la vida política, que debe seguir siendo territorio de hombres, como lo ha sido en los últimos quince siglos.

A esta primavera le está haciendo falta una auténtica tormenta del desierto, con vientos suficientemente fuertes como para hacer volar los techos del integrismo y la intolerancia.

Twitter: @nspecchia

lunes, 31 de diciembre de 2012

Obama y el abismo (29 12 12)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 29 de diciembre, 2012
  

Obama y el abismo
por Nelson Gustavo Specchia

Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba), Twitter: @nspecchia








El presidente Barack Obama no ha disfrutado de esos primeros cien días que Nicolás Maquiavelo  consideraba el período dulce del Príncipe, en el que tiene las manos libres para introducir los cambios que va a necesitar luego. Ha tenido que interrumpir sus vacaciones de Navidad en Hawai para volver apresuradamente a Washington e intentar salvar, in extremis, la negociación parlamentaria que evite la caída de la primera economía mundial en recesión.

El poder del Logos

La politología norteamericana tiene la virtud de encontrar designaciones precisas para fenómenos complejos. Como este “fiscal cliff” (“abismo fiscal”) que designa de una manera compacta el brete en que se han metido.

El “abismo fiscal” que Obama intentará sortear en las próximas 48 horas es el resultado de un conjunto de decisiones que confluyen en el año nuevo. El 1 de enero comenzarán los recortes al gasto público aprobados por el Congreso, y en esa misma fecha expiran los recortes de impuestos establecidos por Bush (hijo) en 2001.

La confluencia de ambas medidas en el primer día de 2013 conduciría a una entrada automática en recesión, con la consecuente caída de la economía norteamericana y, por extensión, de un arrastre de los principales indicadores económicos mundiales detrás de ella.

Tipos duros

En el fondo de la cuestión hay dos elementos que pueden explicar este brete: la rigidez de las dos grandes filosofías políticas estadounidenses, y los límites sistémicos de la capacidad negociadora del Presidente.

El evangelio de los Demócratas es la defensa (y la expansión) del gasto social, mientras que para los Republicanos la disminución (y en la hipótesis de máxima, la misma extinción) de los impuestos es la palabra sagrada. Entre esta dicotomía de blanco y negro, el espacio de los grises –que sería la capacidad negociadora de la figura presidencial- es mínima, aunque ello constituya una paradoja en el principal sistema presidencialista del mundo.

Las últimas elecciones le dieron a Obama cuatro años más en la Casa Blanca, un lapso que debería posibilitar la concreción de su programa. Pero también sentaron en el Capitolio a dos bancadas muy simétricas entre oficialismo y oposición, por lo que no es esperable la constitución de mayorías automáticas, sino que cada medida de aquel programa deberá ser consensuada al detalle. Y los negociadores son tipos duros, que no sólo se juegan la posibilidad del poder en próximas administraciones, sino su propia continuidad en el escaño.

Sólo para millonarios

A la cancha la rayan el propio Obama y uno de los más duros entre los Republicanos, John Boehner, el jefe de la oposición y presidente de la Cámara de Representantes.

Barack Obama sostiene que el “abismo fiscal” se sorteará si los más ricos comienzan a pagar impuestos medianamente progresivos, y propuso colocar la valla desde un ingreso de 250 mil dólares al año. Cuando Boehner le hizo saber que ni siquiera considerarían esa “ridiculez”, el Presidente subió la apuesta del mínimo no imponible a la franja de 400 mil. Pero tampoco.

Con el precipicio a sólo unas horas, los Republicanos han abierto una pequeña rendija en su ortodoxia anti-impuestos, y admitirían la posibilidad de aumentar la presión fiscal sobre los más ricos, pero con porcentajes leves y sólo a partir del millón de dólares.

Para la Casa Blanca es casi una humorada cruel, porque condiciona el programa para los próximos cuatro años, al debilitar los ingresos sobre los que se asienta la estrategia de ampliación del gasto social.

Otras grietas

Pero, a pesar de la alarma mediática, el “abismo fiscal” comparte la urgencia con una agenda exterior no menos preocupante.

Oriente Medio vuelve a ser la piedra externa en el zapato del Presidente. El reconocimiento internacional de Palestina como Estado en la última Asamblea General de la ONU ha incentivado, como no lo hacía en años, al lobby conservador judío del AIPAC (American-Israeli Public Affairs Committee).

Las elecciones en Israel, de enero de 2013, volverán a poner a Irán –que también celebra elecciones en junio- en el centro de la agenda externa, junto al nunca abandonado proyecto israelí de ataque preventivo contra las instalaciones nucleares persas.

Y otro abismo insoslayable es el que se abre con la guerra civil en Siria. La OTAN instaló misiles en la frontera turca, pero en Washington ya se asume que Damasco no será Trípoli ni los Al Assad tan simples de reemplazar como Khaddafi.

El conflicto sirio experimenta una creciente participación de nuevos actores regionales, y cada vez se parece más a un ensayo de guerra entre los musulmanes sunnitas liderados por Arabia Saudita y los núcleos chiítas iraníes y del Hezbollah libanés. Un ensayo de guerra donde tienen roles cada vez más críticos las petromonarquías del Golfo Pérsico; la experiencia laica de islamismo moderado de Turquía; y la deriva confesional de los Hermanos Musulmanes desde el gobierno de Egipto.

Una puja por el dominio regional que obligará a Barack Obama a involucrarse personalmente y a su Administración, y para lo cual requerirá la anuencia de la oposición republicana.

Frente a ello, y por aquellos límites que el propio sistema político le impone, es probable que Obama acepte el amargo ofrecimiento de los Republicanos. La alternativa, en todo caso, es peor. Las grietas de los abismos pueden tragarse más cosas que la sola política fiscal.





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Egipto, religión y política (26 12 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – miércoles 26 de diciembre 2012 

Egipto, religión y política

por Pedro I. de Quesada



 


El referéndum en Egipto ha terminado, como lo advertimos en esta columna el “SI” ha triunfado, avalando el proyecto de reforma constitucional del presidente Mohammed Mursi y los Hermanos Musulmanes, el partido islámico que se ha hecho cargo de la transición tras el derrocamiento del “rais” Hosni Mubarak y el fin de la autocracia militar.

El referéndum expresa la opinión mayoritaria de la sociedad egipcia, ese punto no puede ponerse en cuestión.

Pero me parece necesario dejar sobre la mesa algunos elementos que pueden distorsionar esa elección mayoritaria, así como advertir sobre los riesgos que un escenario que reintroduzca la cuestión religiosa en la principal potencia africana del Mediterráneo pueden acarrear para la estabilidad regional, por lo demás siempre al borde del colapso.

La Comisión Electoral cairota anunció ayer oficialmente el triunfo del “SI”, con un 63,8 por ciento de los sufragios emitidos en las dos rondas en que se desdobló el referéndum, los sábados 15 y 22 de diciembre.

Frente al cuestionamiento sobre la deriva islamista del Estado, que han realizado durante estos últimos meses los sectores laicos, los partidos republicanos, los intelectuales y la minoría cristiana copta, ese porcentaje supone una rotunda ratificación del rumbo trazado por los Hermanos Musulmanes. Mohammed el Baradei, el científico que se ha convertido en el rostro mediático de la oposición laica al presidente Mursi, anunció que el Frente de Salvación Nacional (FSN) impugnará los resultados, e insistió en que la participación en la consulta fue tan sólo del 32,9 por ciento del padrón, unos 17 millones de los casi 52 millones de egipcios convocados a las urnas.

Por la celeridad de la convocatoria, ninguna organización internacional vigiló la consulta ciudadana, aunque sí lo hicieron algunas ONG egipcias, la mayoría de las cuales solicitó públicamente la repetición del proceso a causa del fraude.

La Comisión Electoral no ha hecho lugar a estos reclamos y ha declarado que el resultado es legal y legítimo a pesar de la baja participación (en definitiva, y sin ir más lejos, al presidente de los Estados Unidos de América, con el enorme poder mundial que encierra ese cargo, lo termina eligiendo un porcentaje similar de votantes norteamericanos...)

Pero que la nueva Constitución impulsada por los islamistas restringe libertades civiles y derechos de las mujeres y las minorías, y abre la puerta a una interpretación religiosa y rigorista de la ley civil, constituyen asimismo datos objetivos, tanto como el resultado objetivo del referéndum.

Asumido el golpe, la oposición confía en frenar el salto islamizador utilizando las propias herramientas democráticas: hacer caer la nueva Constitución en las próximas elecciones legislativas.

Parece una esperanza ilusoria: las tendencias advierten del crecimiento sostenido de la cofradía musulmana también para las legislativas.

Egipto parece virar, cada vez más seguro, hacia un Estado confesional.




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miércoles, 19 de diciembre de 2012

Una pulseada por la Constitución (18 12 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 18 de diciembre 2012 

Una pulseada por la Constitución

por Pedro I. de Quesada







En Egipto, las elecciones eran una rareza, prácticamente una escenificación de la continuidad del régimen. Así, durante sesenta años. Ahora, de pronto, interrumpen la cotidianidad varias veces en el año.

En un país con una orografía aplanada por el desierto y una población que ronda los 83 millones, los actos eleccionarios son además de una complejidad alta.

El proyecto constitucional del gobierno islamista de Mohammed Mursi obliga a una elección desdoblada, con primera vuelta el sábado pasado y segunda el próximo 22.

Entre ambos sábados, Egipto se encuentra en “proceso eleccionario extendido”. Las últimas elecciones presidenciales ocuparon dos meses del calendario; y el ambiente social en que esos complejos procesos se desarrollan va dando una pauta del país que emerge del nuevo tiempo político tras el fin del período militar.

Y esa imagen emergente es una foto partida, casi en dos mitades gemelas.

Los sectores religiosos, desde los extremos salafistas hasta los islamistas moderados, se han cuadrado detrás de la figura del presidente Mursi y del Partido de la Libertad y la Justicia, el brazo político de los Hermanos Musulmanes.

Y la otra mitad de la foto, los cristianos coptos, los partidos laicos y la izquierda republicana, intentan tirar abajo el proyecto constitucional. Además del argumento de que la nueva Constitución, con la apelación a la “sharia” como fuente principal de la ley, implicará una deriva del país hacia un régimen confesional, el referéndum pone en evidencia la puja por dos modelos de transición después de las décadas de gobierno autocrático.

Y si juzgamos por los porcentajes, esos dos modelos tienen detrás, cada uno, a casi la exacta mitad de la población: el sábado pasado, un 55 por ciento respaldó el proyecto de Mursi, y un 45 por ciento le dio la espalda. El sábado 22 de diciembre votará la otra mitad del padrón, y si esta tendencia se mantiene, la foto quedará partida al medio.

Mohammed Mursi quiso blindar, a través de un superdecretazo, unos poderes discrecionales de la Presidencia, pero tuvo que dar marcha atrás.

El guía espiritual de los Hermanos Musulmanes, Mohammed Badía, advirtió que respaldarán con toda la feligresía la legitimidad y la mayoría parlamentaria que ha conseguido el gobierno en las últimas elecciones.

Si el referéndum terminara aprobándose por una mayoría clara, Mursi tendrá las manos más libres, pero si se mantienen las dos mitades, habrá que esperar después del referéndum un alud de recusaciones, apelaciones judiciales y una movilización popular contestataria.

Y el Ejército, a pesar de que está calmo tras las últimas concesiones del presidente islamista, ya ha adelantado que no admitirá caos político.

La brecha abierta por las concentraciones de plaza Tahrir está lejos de cerrarse.     










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lunes, 17 de septiembre de 2012

Los muyahidines meten más presión (11 09 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 11 de septiembre 2012 

Los muyahidines meten más presión

por Pedro I. de Quesada






Era cuestión de tiempo. Los atentados de estos meses venían preparando el terreno, y la violencia entre las comunidades chiitas y sunnitas en Irak alcanzó un nuevo record en la lógica de responder a cada provocación con un golpe más fuerte.

Como aquellos ingenieros que en la novela de Julio Verne disputaban entre sí, y el que fabricaba defensas las hacía cada vez más fuertes y más altas, sólo para que el que fabricaba bombas las hiciera más potentes y letales, la elite chiíta que quedó a cargo del gobierno de Irak (con el beneplácito del ejército norteamericano tras la invasión, la guerra y la ocupación) aumenta tras cada atentado la represión a la minoría sunnita.

Y ésta apela a los cuadros de los muyahidines insertos en las células de Al Qaeda para responder con una nueva vuelta de rosca.

El resultado de esta carrera es desolador en lo inmediato, preocupante para cualquier fórmula que quiera enfrentar el tema a nivel regional, y presenta como inviables las posibilidades de institucionalización de un régimen que incluya a las dos comunidades en la misma estructura política en el largo plazo.

Tras reivindicar la autoría de la ola de atentados de los últimos días, en los que murieron cerca de un centenar de personas, uno de los mayores grupos de muyahidines vinculado a Al Qaeda proclamó, mediante comunicados difundidos en las páginas web del mundo musulmán, el Estado Islámico de Irak.

Los guerrilleros sostienen que tanto los ataques como el intento de instaurar una nueva entidad político-religiosa es contestación a las torturas sufridas por los presos sunnitas en las cárceles del gobierno, y “en venganza por la pérdida de vidas a manos de los infieles chiitas”.

Lejos de amagar con un intento de pacificación, sin embargo, desde Bagdad se optó por construir un cañón más grande: un tribunal –y ni se considera la alternativa de que el poder judicial iraquí pueda llegar a ser medianamente independiente del gobierno- ha condenado a muerte en la horca al Vicepresidente del país, el sunnita Tariq al Hashimi, por supuestos cargos de terrorismo.

Desde que se rompió la entente que sostuvo durante algunos días la experiencia estadounidense de un gobierno integrado por representantes de ambas comunidades, Al Hashimi está prófugo y refugiado en Estambul, donde –de momento- goza de la protección del primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan.

Y es que los guerrilleros sunnitas se ven fortalecidos en su presión hacia Bagdad por el éxito relativo de la táctica de sus parientes afganos: los talibanes han ratificado esta semana que no tienen la menor intención de iniciar conversaciones de paz con las autoridades de Kabul para ninguna negociación, y que mantendrán la presión de las armas hasta que el último soldado norteamericano haya dejado Afganistán.

Todos atrapados entre el muro y el cañón.





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martes, 4 de septiembre de 2012

Que los velos no las tapen (04 09 12)


Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 04 de septiembre 2012  

Que los velos no las tapen

por Pedro I. de Quesada 






El velo que cubre a las mujeres en el Islam ya es un elemento de la política internacional. Desde el domingo último en Egipto ocupa todos los titulares.

El velo es, en realidad, un símbolo de la lucha política, ideológica y religiosa que cruza la sociedad. Los pañuelos y velos con que las mujeres musulmanas ocultan parte de su cuerpo son diversos, y responden a diferentes interpretaciones de los preceptos coránicos sobre el pudor femenino.

Van desde el "hiyab", un pañuelo que cubre el pelo y el cuello, pero deja libre el rostro; el "niqab", que también oculta la boca y la nariz, y otros, que van tapando progresivamente partes del cuerpo, como el "tchador" -gran capa holgada y negra con que se tapan las mujeres iraníes- hasta llegar al "burka", impuesto por los talibanes afganos, que oculta hasta el último centímetro del cuerpo femenino, incluyendo los ojos, que quedan detrás de una malla enrejada de punto.

El velo está en el centro de la agenda de las mayorías populares, que adhieren en menor o en mayor grado a los principios islámicos, sobre el laicismo impuesto durante décadas en los países árabes, gobernados por regímenes autocráticos desde las independencias nacionales.

Los partidos y la casta militar, que se hicieron cargo de los ejecutivos en toda la franja del Magreb y del Oriente Medio desde el fin del período colonial, a mediados del siglo pasado, impusieron el laicismo como vía de alcanzar la modernidad, con Occidente como modelo.

Tanto Mustafá Kemal, "Ataturk", en Turquía, como Gamal Abdel Nasser, en Egipto, entre otros, desterraron obligatoriamente los símbolos religiosos de la vida pública. Los pañuelos en las mujeres -como los turbantes, los sombreros turcos de los fez, y hasta las babuchas- convocaban al pasado, donde la religión imponía el paso a la política.

Ahora, sin embargo, cuando la "primavera árabe" ha colaborado en el sinceramiento del sentir de las mayorías con los rumbos de los gobiernos, el "hiyab" vuelve al debate.

Las esposas del presidente turco, Abdallah Gull, y de su primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, desafían las leyes vigentes mostrándose con velos islámicos en las recepciones oficiales. Y el nuevo gobierno egipcio, que acomoda diariamente el cuerpo para transitar por la frágil línea de autonomía que le han dejado los militares tras la caída de Hosni Mubarak, dió un salto simbólico importante el domingo.

La principal cadena de televisión pública, controlada ahora por los Hermanos Musulmanes del presidente Mohammed Mursi, mostró a la periodista Fatma Nabil cubierta por el "hiyab" en el informativo del mediodía.

Los islamistas dicen que hace a la libertad de elección de las mujeres, pero muchas mujeres intuyen que la presión política y social para que se cubran el pelo presagia la intención de ocultarlas a ellas mismas. Detrás de los hombres, donde estuvieron siempre.





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martes, 17 de julio de 2012

Barro milenario de Tombuctú (17 07 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 17 de julio de 2012 

Barro milenario de Tombuctú 


por Pedro I. de Quesada 



Los hombres les hemos hecho decir a los dioses demasiadas tropelías a lo largo de la historia. Y hemos creído que interpretábamos sus intenciones cuando, en el fondo, utilizámos ese argumento de autoridad para saciar los instintos de supremacía y los egoísmos de clase contra todo lo diferente, contra todo lo que –desde su radical otredad- cuestiona nuestras débiles seguridades. Pensaba en un nuevo capítulo de esa vieja historia al leer las destrucciones con que la furia salafista está arrasando Tombuctú.

Los musulmanes radicales dicen, como tantos otros en el pasado y otros más en estos mismos días, obedecer el mandato divino mientras destruyen sistemáticamente la legendaria ciudad del desierto africano. Los analistas de política internacional europeos vienen advirtiendo desde hace tiempo que una avanzada de Al Qaeda está apareciendo en el Sahel, la larga franja de territorio del centro de África, al sur del Magreb y de las arenas del Sahara.

Una tierra de enormes extensiones, pero fraccionada en Estados débiles, donde la autoridad política permanece atomizada entre el caciquismo tribal y los mulás religiosos. Una región, por estas condiciones, fértil para el establecimiento de avanzadas fundamentalistas.

Las alertas europeas sobre la posibilidad de que Al Qaeda ya dispusiese inclusive de misiles para derribar aviones en el Sahel adquirieron estos días una nueva dimensión, desde el plano simbólico, cuando aparecieron en las redes sociales videos y fotografías de la destrucción sistemática de la milenaria Tombuctú, en el norte de Mali.

La furia iconoclasta del salafismo islámico ya mostró hace poco hasta dónde puede llegar, cuando en 2001 los talibanes dinamitaron los budas gigantes de Bamiyan, que habían permanecido en sus huecos monumentales de la montaña desde los remotos tiempos del predominio budista en Afganistán. Ahora, la ciudad de barro levantada en el desierto paga con su destrucción la interpretación de las “órdenes de dios” realizadas por el salafismo, esa rama ortodoxa y rigorista del Islam wahabista sunita.

Tombuctú y sus ruinas de barro son frágiles, y la Unesco la considera un patrimonio de la humanidad por haber albergado, en aquellos remotos desiertos, los cruces de tradiciones sufíes, cristianas, bereberes, animistas y musulmanas durante siglos.

La avanzada wahabista vinculada a Al Qaeda, sin embargo, los tiene por heréticos, y como a los budas de Bamiyán, los somete a la piqueta.

Ante la debilidad del gobierno de Mali, una coalición de independentistas tuareg intentó separar el norte del país y fundar un nuevo Estado, Azawad, en el territorio de confluencia del Sahara y el río Níger.

Pero los rebeldes tuareg fueron rápidamente desplazados por los salafistas de Ansar al Din, que también pretenden fundar un nuevo Estado, pero regido por la estricta observancia del Corán y por la aplicación de la sharia.

En la puja interétnica y los debates políticos, los barros milenarios de Tombuctú vuelven violentamente al polvo.





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lunes, 23 de enero de 2012

Apenas unas horas (01 11 11)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 1 de noviembre de 2011


Apenas unas horas
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por Pedro I. de Quesada

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Quien supuso que el intercambio de prisioneros entre Israel y los islamistas de Hamas presagiaba el inicio de un nuevo tiempo político, ha tenido al menos diez razones para comprobar su error durante el pasado fin de semana: una por cada muerte provocada por las escaramuzas entre árabes y judíos.

Apenas unas horas duró la fiesta del reencuentro entre los primeros 1.027 palestinos liberados por Israel a cambio del soldado Gilad Shalit, y la tregua de tiros. Tel Aviv sostiene que “detectó actividad terrorista” en Rafah, al sur de la Franja de Gaza, y ahí nomás envió a la aviación. Los bombardeos mataron a 10 palestinos, y otros 5 heridos siguen muy graves. Todos eran militantes de las Brigadas de Al Quds, el brazo armado de la Yihad Islámica.

Ideológicamente más cerrada que Hamas, la Yihad criticó las negociaciones de la milicia mayoritaria (y gobierno de Gaza) que llevaron al intercambio de prisioneros.

De inmediato, la lógica de represalias, a pesar de la atroz diferencia de fuerzas, se puso en funcionamiento, y los de Al Quds salieron en camionetas a lanzar proyectiles contra las poblaciones israelíes más cercanas (Ashdod, Gan Yavne, Eskhol y Ber Sheva), matando a uno de sus pobladores.

Apoyado en que Al Fatah intenta permanentemente desalentar cualquier actividad violenta contra los judíos, ya que –sostiene- sólo sirven para dar argumentos para endurecer la represión y levantar nuevos muros, Israel hace responsable a Hamas de “toda actividad terrorista”, en tanto autoridad de facto en la Franja.

Pero los palestinos liderados por Ismail Haniya también tienen las manos bastante sujetas: el éxito de la operación de intercambio de presos les ha dado ventaja frente al partido árabe rival de Al Fatah, gobierno en Cisjordania; pero esa posición negociadora (directa con Israel, sin pasar por las oficinas de la Autoridad Nacional Palestina de Mahmmoud Abbas) también los debilita frente a las agrupaciones islamistas más radicales, los milicianos de la Yihad.

La tregua de emergencia, pactada con la intervención del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas egipcias el sábado a la mañana, se quebró apenas unas horas más tarde con los cohetes caseros lanzados por gente de Al Quds, sin que Hamas pudiera hacer mucho: el velorio y entierro de diez milicianos abatidos por las bombas de la aviación israelí eran un argumento demasiado iracundo para frenar.

La sangrienta escaramuza del fin de semana, y la evidencia de las tensiones internas entre los partidos palestinos, vuelve a poner de relieve la importancia de sumar a Hamas como interlocutor en las negociaciones regionales.

El argumento de su exclusión sistemática de todas las mesas de diálogo por el “carácter terrorista” que los Estados Unidos y la Unión Europea le adjudican, sigue promoviendo el desarrollo de fuerzas internas más radicales.




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miércoles, 18 de enero de 2012

Marruecos: entre los islamistas y el rey (02 12 11)

Marruecos: entre los islamistas y el rey


por Nelson Gustavo Specchia

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La estrategia diseñada por el monarca marroquí, Mohamed VI, para intentar que los vientos de la “primavera árabe” no lleguen hasta sus costas, está quedando a mitad de camino: a la vista de los resultados electorales del último viernes de noviembre, Marruecos no será una excepción.

La reciente reforma constitucional armada por la monarquía alauíta, se planteó como una (tímida) apertura democrática frente a los alzamientos populares que ya habían tumbado a los regímenes autocráticos en Túnez y en Egipto, y avanzaban por una media docena más de países árabes. Pero, además, las nuevas disposiciones constitucionales perseguían reforzar dos elementos: la barrera al avance del islamismo político, y el poder del propio monarca, que además de jefe efectivo del Estado, pasa en la nueva Constitución a ser también el Comendador de los Creyentes (o sea, el jefe espiritual de los musulmanes marroquíes). Sin embargo, las elecciones del viernes 29 de noviembre han mostrado la debilidad de esta estrategia frente a la fuerza avasalladora de los vientos de cambio. Y la dirección de esos vientos, en las arenas marroquíes, sigue de cerca los huracanes de los vecinos del Magreb.

En Egipto, la plaza de Tahrir vuelve a llenarse de manifestantes que reclaman que los militares no burlen el proceso de apertura iniciado con la caída del régimen de Hosni Mubarak; le están torciendo el brazo al mariscal Hussein Tantawi; y el largo proceso electoral iniciado el lunes de esta semana y que se extenderá hasta enero hace prever una victoria de los islamistas Hermanos Musulmanes por amplia mayoría. Si bien la información oficial de los resultados parciales de las elecciones no se harán públicos hasta la finalización del proceso comicial, trascendidos confiables mencionan porcentajes cercanos al 40 por ciento para los Hermanos Musulmanes, y un elemento sorpresa: tras ellos, el segundo lugar no lo estaría ocupando ninguna opción laica de los partidos tradicionales egipcios, sino las fuerzas salafistas del wahabismo, los musulmanes más radicales, con lo cual en un futuro gobierno los religiosos podrían llegar a tener la mayoría absoluta.

En Túnez, por su parte, las elecciones de fines de octubre dejaron al partido En Nahda (El Renacimiento) con una limpia mayoría de 41,5 por ciento sobre los 217 escaños de la Asamblea Constitucional, que tiene que dar forma al nuevo país tras la larga y corrupta autocracia de Zine el Abidine ben Ali. Estas primeras elecciones libres de la historia tunecina han terminado con la concepción –a un tiempo simplista y totalitaria- de un laicismo mayoritario, que como se ha visto sólo constituía una capa de barniz sobre la realidad sumergida del país verdadero. Y esa realidad muestra ahora que los grandes colectivos populares apuestan por opciones políticas que insertan el factor religioso en la vida institucional.

Aunque los de En Nahda, perseguidos sin piedad por Ben Ali (su principal líder, Rachid Ghanuchi, soportó 22 años de exilio), se apuraron a sostener que un futuro gobierno islamista no implicará una restricción de los derechos y de las libertades en una sociedad plural. Algo parecido dicen los voceros de los Hermanos Musulmanes egipcios, y ese fue el centro del discurso, también, de los islamistas victoriosos en Marruecos esta semana.

MODERACIÓN ACELERADA

La prédica tradicional contra el fantasma del radicalismo islámico ventilada por los autócratas del Norte de África, como un argumento de auto justificación para sostener los recortes de libertades al interior de sus gobiernos, se ha visto potenciada por el propio discurso radical de algunos sectores de los partidos religiosos, que anticipan la aplicación de la “sharia” –el conjunto de leyes y de prescripciones morales y de conducta inspirado en el Corán- en caso de llegar al poder. Sin embargo, los éxitos electorales de estos días están demostrando que la mayor aceptación popular pasa por las tendencias moderadas, aunque los colectivos más extremistas y ortodoxos vayan apenas a la zaga.

Este ha sido el camino seguido también por el Islam político en Marruecos. El partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD) ha transitado, en un tiempo muy breve, el camino que va de la radicalidad a la moderación, y ha edulcorado toda la campaña electoral en un tono de tolerancia y amplitud, que constituye toda una novedad en este sector del arco político.

El principal líder de los islamistas marroquíes, Abdelilah Benkiran, es un ejemplo concreto de este paso: en los años ochenta militó en un grupo musulmán radical signado como organización terrorista, la Juventud Islámica. Si bien la justicia no le adjudicó a él personalmente ninguna participación en hechos de violencia, la agrupación en la que militaba reivindicaba sin objeciones la lucha armada, y sus compañeros de armas asesinaron, entre otros, al dirigente socialista Omar Benjellun en Casablanca en 1975.

Desde aquellos extremos juveniles, Benkiran fue transitando por numerosas asociaciones islamistas, cada vez más moderadas, hasta que ingresó a fines de los ’90 en el PJD. Precisamente esta formación política fue fundada para recibir a los ex islamistas radicales que estuvieran dispuestos a moderar el discurso y las aspiraciones, para desde allí incorporarlos al sistema. Esa estrategia terminó dando sus frutos, ya que en la primera oportunidad real que se ha presentado (las elecciones de esta semana han sido las más libres y democráticas en los 55 años que Marruecos lleva como Estado independiente) ha conseguido el poder.

Aunque a regañadientes, el rey Mohamed VI ha tenido que respetar la Constitución que él mismo ha pergeñado, y nombró ayer primer ministro a Abdelilah Benkiran, en Midelt, una localidad del Atlas.

EL PODER A LOS “BARBUDOS”

La anécdota ha sido rescatada por los medios de prensa en estos días: en 2001, en el Parlamento marroquí, una mujer periodista –Amina Jabad- estaba cubriendo las sesiones, vestida con una remera y pantalones vaqueros; Abdelilah Benkiran (que es diputado desde hace 15 años) le gritó, frente a las cámaras, “¡andá a vestirte!” y la echó del recinto. Sin embargo, la última década y las recientes emergencias populares en el resto del Magreb han forzado a que los “barbudos” tuvieran que ir amoldando sus posturas hacia mayores grados de tolerancia. Un episodio como el de la censura del ahora primer ministro contra la periodista Amina Jabad lo dejaría muy mal parado frente a los electores. De igual manera, las condenas contra los festivales de música, los bebedores de alcohol y los homosexuales, que poblaban antes los discursos religiosos, han desaparecido de la escena.

Este tránsito paulatino hacia mayores niveles de tolerancia social ha sido clave en la victoria de los islamistas marroquíes. Una victoria relativa, por cierto, en porcentajes menores a los obtenidos por los tunecinos y a los que se anticipan para los egipcios. El PJD se ha hecho con el 27 por ciento de los sufragios, y el rey ha tenido que encomendar a su secretario general la formación del nuevo gobierno. Abdelilah Benkiran será el primer ministro más poderoso de cuantos ha tenido Marruecos hasta ahora, ya que la reforma de la Constitución de Mohamed VI supuso un recorte de las atribuciones del monarca –hasta ahora absoluto- en beneficio del jefe del gobierno. A excepción del ministro de Asuntos Religiosos (cuyo nombramiento sigue siendo derecho del Comendador de los Creyentes, el rey), la designación de todas las demás carteras serán ahora atribución del primer ministro.

Pero este avance del Islam moderado no puede ocultar la otra cara de la moneda: como decíamos al principio, muy a la zaga sigue la presencia de las tendencias radicales. En Marruecos, la otra gran corriente religiosa –más dura y ortodoxa- es Justicia y Espiritualidad, que se mantiene en la ilegalidad por negarse a admitir que el monarca sea el gran Comendador de los Creyentes.

Y este partido proscripto es el que alimenta al “Movimiento 20 de Febrero”, que desde esa fecha viene organizando las protestas multitudinarias que alteran, viernes a viernes, todas las grandes ciudades del Reino de Marruecos. Los del 20 de Febrero rechazan la nueva Constitución, y llamaron al boicoteo de estas elecciones. Y el porcentaje de abstención fue alarmante: el 55 por ciento de los electores inscritos no fue a votar. No todos los “barbudos” marroquíes han decidido seguir el camino de la moderación.



















Hoy Día Córdoba – Periscopio – Magazine – viernes 2 de diciembre de 2011






Revolución egipcia, segunda parte (25 11 11)

Revolución egipcia, segunda parte 


por Nelson Gustavo Specchia







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Las concentraciones populares que comenzaron a darle forma a la pueblada que terminaría derrocando al “rais” de Egipto, Hosni Mubarak, a principios de este año, estaban alimentadas por un abanico plural de anhelos y reivindicaciones. Las nuevas generaciones, nacidas ya en el entorno global de la sociedad de la información y las comunicaciones, veían que el antiguo régimen, que había logrado perpetuarse por más de medio siglo en base a la fuerza armada y a un cierto discurso nacionalista-socialista panárabe, no soportaba ya las comparaciones –que ahora podían hacerse en tiempo real y sin censura oficial- con las tendencias políticas contemporáneas. Pero a la cairota explanada de Tahrir, junto a estos jóvenes con ímpetus democratizantes, también llegaron los antiguos militantes religiosos, que durante las largas décadas de dominio de los presidentes-generales habían tenido que vivir en la semiclandestinidad. Los Hermanos Musulmanes, en todas sus múltiples y diferentes ramas y variantes, veían ahora la oportunidad para volver a salir a la luz, superando el laicismo obligatorio impuesto por una élite, que en definitiva es minoritaria respecto a las grandes masas de profesión islámica del país profundo.

En enero y febrero de este año no había diferencias entre estos dos grandes colectivos de manifestantes en Tahrir. La gran plaza los acogía a todos por igual, y sólo en los momentos del rezo islámico preceptivo, se abrían claros en la apretada muchedumbre para permitir que algunos, en ordenadas hileras, se postraran con el rostro hacia la Meca, mientras a su alrededor las consignas por el fin del régimen seguían atronando. Habían sido tantos los años de postergaciones y de limitaciones a los más básicos derechos civiles y políticos, que la revuelta social dejaba a un lado la heterogeneidad de su composición, para mostrarse como una masa compacta de rebeldes.

Y lo lograron, cuando a esos colectivos diferentes (y, según vemos hoy, inclusive antagónicos) se les sumó un nuevo y determinante aliado: el jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, el mariscal Hussein Tantawi. El general se negó a continuar con los planes represivos ordenados por el cada vez más débil y solitario jefe del Poder Ejecutivo, y la revuelta se transformó en revolución. Tras dieciocho días de efervescencia revolucionaria, el “rais” Hosni Mubarak fue trasladado a su residencia veraniega de Sharm el Sheikh, en la península del Sinaí, y entregó el gobierno a su vicepresidente, Omar Suleiman, aunque todos sabían que el poder ya estaba en manos de Tantawi.

En ese momento, mientras en los festejos de Tahrir los sublevados aplaudían a los soldados y a los tanques militares, Tantawi tenía el cerrado apoyo de todos los sectores, laicos e islamistas. Una mínima racionalidad política indicaba que sin su concurso la revolución hubiera fracasado y, peor aún, podría haber terminado ahogada en sangre: por entonces, en Tahrir las concentraciones eran de cientos de miles. Pero superado el primer momento revolucionario, con Mubarak derrocado y preso, y su títere sucesorio también apartado del camino, la compacta masa homogénea de movilizados comenzó a mostrar las costuras. Y la emergencia de esa heterogeneidad interna, que es la que está en la base de los disturbios de estos días, comenzó a evidenciarse a partir de dos señales: a pesar de los reiterados llamados a la desmovilización total, Tahrir nunca terminaba de vaciarse del todo, semana a semana había grupos que permanecían y otros que volvían. La segunda señal fue clara sobre el peso que comenzaba a tener uno de los colectivos integrantes de aquella masa otrora compacta: el día clave de las protestas se estableció en los viernes, día del rezo musulmán. La revolución no había terminado, y la segunda parte se escribiría en clave islámica.

LA TUTELA MILITAR

Sería muy difícil llegar a conocer cuáles fueron las variables que determinaron el cambio de rumbo en la casta militar después de haber decidido el fin del régimen. ¿Fue sólo otro golpe de Estado, ahora con apoyo popular? Desde que el general Gamal Abdel Nasser y el Grupo de Oficiales Libres destronaron al rey Faruk en 1952, el papel del Ejército no hizo sino crecer en todos los órdenes, principalmente en el político y en el económico. La tutela del Ejército quedó instituida, y el progresivo control de resortes empresarios en manos de la alta oficialidad castrense les dio un poder determinante. Inclusive las diferencias sobre los rumbos políticos quedaron limitadas al interior del grupo; por ejemplo, nunca terminó de aclararse el rol del propio Hosni Mubarak en el asesinato de su antecesor en la presidencia, el general Anwar el Sadat, en medio de un desfile militar el 6 de octubre de 1981. Oficialmente el magnicidio fue adjudicado a los fundamentalistas islámicos, pero en marzo de este año, tras el derrocamiento del “rais”, la familia de Sadat ha iniciado una nueva demanda judicial acusando al derrocado mandatario de haber estado detrás del asesinato para que su grupo alcance el poder. Con estos antecedentes, es lícito suponer que todo el sector puede estar presionando a Tantawi para que esos privilegios, tanto los políticos como los económicos, se conserven en las disposiciones constitucionales y legislativas del nuevo régimen.

La segunda suposición ventila el viejo fantasma del integrismo: los militares –y sus antiguos aliados de la izquierda laica- tendrían en sus manos encuestas y sondeos que mostrarían que, a pesar del complejo calendario electoral que debería comenzar el próximo 28 de noviembre y que se extendería por varias semanas hasta enero de 2012, la victoria finalmente sería de los sectores islamistas, por porcentajes avasallantes. Y con ella, quedaría abierta la puerta para el ingreso de los sectores wahabíes del salafismo, esa rama musulmana fundamentalista que añora el restablecimiento del Sultanato de Egipto, aquella mítica formación política que defendió al Islam desde el gran país de África desde mediados del siglo XIII hasta entrado en siglo XIX, y que pretenden reinstalar hoy mediante la aplicación de la “sharia”, la legislación y la estricta observancia de la moral musulmana.

El alto mando que rodea a Tantawi duda entre seguir apoyando la apertura democrática, o habilitar una cuestión intermedia, sui generis, donde una democracia de masas coexista con una tutela supraconstitucional por parte del Ejército, que mantendría además su autonomía presupuestaria fuera del control legislativo (el sector de la economía dominado por el Ejército se calcula en un 25 por ciento del PBI egipcio).

Pero no es seguro que, a estas alturas, los revolucionarios de Tahrir estén dispuestos a conformarse con una salida intermedia. Y no sólo los islamistas: como en febrero, nuevamente la masa de gente que por cientos de miles llenó la plaza de El Cairo era una voz homogénea, pidiendo que los militares se salgan del camino y dejen el poder a los civiles, sin trampas ni medias tintas.

LA FUERZA DE LA PLAZA

La segunda parte de la revolución egipcia se dará, entonces, entre estos dos contendientes: el Ejército y los concentrados en Tahrir. La pregunta es quién logrará mantener el pulso, en esta delicada balanza entre fuerza y paciencia. Después de cuatro días muy violentos, una frágil tregua se ha instalado merced a un acuerdo de cúpula entre los militares y la dirigencia de los Hermanos Musulmanes, que temen que las movilizaciones terminen por aplazar un proceso electoral que ya dan por ganado. Pero en Tahrir y en las calles adyacentes se respira una explosión apenas contenida, dicen los cronistas –algunos de ellos amigos personales- que escriben desde el terreno. La comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, y ONG con datos fiables (como Amnistía Internacional) sostienen que el recuento de muertos de la última semana oscila entre 35 y 38, y han condenado la represión de los soldados, que en nada se parece al rol que jugaron en las jornadas de enero.

De este pulso, creo que podremos ver una de tres salidas: un gobierno civil tutelado indirectamente por el Ejército, como fue en su día la república laica que Mustafá Kemal, Ataturk, armó en Turquía sobre las ruinas del Imperio Otomano. Si al pulso lo ganan los Hermanos Musulmanes, en cambio, podría formarse una República Islámica, como la que el ayatollah Khomeini fundó en Irán después de barrer la Persia de los shah, con los militares sujetos al poder teocrático. La tercera posibilidad, la de una democracia plena, constitucional y con equilibrio de poderes, parece por estos días ser la más lejana. Aunque una revolución, en cualquiera de sus partes, es siempre un libro con final abierto.














Hoy Día Córdoba – Periscopio – Magazine – viernes 25 de noviembre de 2011

Túnez, el suave aterrizaje del Islam (04 11 11)


Túnez, el suave aterrizaje del Islam

por Nelson Gustavo Specchia






La pequeña república magrebí de Túnez vuelve a ponerse al frente de los procesos de cambio que vienen moviendo las estructuras políticas del Norte de África y de Oriente Medio, en lo que ya conocemos todos como la “primavera árabe”. En las recientes elecciones, convocadas para conformar una asamblea constituyente que provea al Estado, por primera vez desde su independencia de Francia en 1956, de una Constitución democrática, han vencido claramente las corrientes islamistas. El interrogante que abre este resultado es si con él también Túnez viene a marcar una tendencia en el rumbo de la región.

Porque en Túnez comenzó todo, y no porque la acumulación de corruptelas y equívocos que las dictaduras árabes del Magreb –apoyadas sustantivamente por Occidente- hubieran tenido en este pequeño país de la costa sur del Mediterráneo unas condiciones diferenciales. Quizás solamente la gota que rebalsó el vaso de la paciencia cayó en Túnez, y una vez que el derrame se inició ya fue imparable. Esa gota, dolorosa, fue la radical protesta del joven ingeniero informático –y eventual vendedor callejero de frutas- Mohammed Bouazizi, que el 17 de diciembre del año pasado, ante la brutalidad policial que había destrozado el carrito con que intentaba ganarse la vida después de haberlo intentado todo, en un mercado laboral cerrado a cal y canto y en una sociedad sin horizontes de cambio ninguno, se prendió fuego. Su rebeldía desesperada rebalsó los diques que contenían tantas situaciones similares, en el entorno de un sistema político feudalizado, donde a la “dictadura blanda” de los treinta años de Habib Bourguiba, le había sucedido la dictadura más extrema, familiar y cleptocrática de Zine el Abidine ben Ali y su mujer, Leila Trabelsi.

Las masas tomando las calles, románticamente designaron “revolución de los jazmines” a sus protestas, pero la fuerza real que manifestaban empujó a Ben Ali a subirse a un avión (su esposa Leila lo llenó, previsoramente, de una tonelada y media de oro) y partir hacia el exilio en Arabia Saudita. Entonces comenzó el contagio: Egipto, Yemen, Bahrein, los rebeldes de Libia, los opositores monárquicos de Marruecos. Túnez había marcado el comienzo, y nadie está seguro de marcar todavía el final.

EL FANTASMA RELIGIOSO

En el discurso de auto justificación de los dictadores que la “primavera árabe” está barriendo, siempre ocupó un lugar importante el considerarse a sí mismos como la última barrera frente al fundamentalismo islámico. Había corrupción, apenas unos barnices de democracia y violaciones a los derechos humanos en sus regímenes, pero todo eso era un precio módico que había que pagar para impedir el mayor de todos los males: que los partidos religiosos llegasen al poder, y con ellos la imposición de la “sharia” (la regulación de las conductas sociales mediante los preceptos coránicos) hacia el interior de las sociedades, y la más que probable enemistad con los países occidentales (con la consecuente suspensión de las exportaciones de hidrocarburos hacia ellos) como principal consecuencia externa.

El argumento de “freno del islamismo radical” comenzó a debilitarse hace ya tiempo, a medida que se conocían detalles sobre el complejo entramado de agrupaciones en que se dividía el Islam político, que el simplismo intencionado de las dictaduras había intentado meter en la misma bolsa. Y también con el resultado de algunas experiencias de partidos islámicos no radicales en el poder, principalmente con el AKP de Recep Tayyip Erdogan y Abdullah Gull en Turquía.

Ahora, en ese universo aparece el islamismo moderado del tunecino En Nahda (El Renacimiento), y arrasa en las elecciones a la convención constituyente, en lo que puede ser una nueva señal del rumbo de los sistemas políticos saneados tras las revueltas de la “primavera árabe”.


CLAVES DE UN RENACIMIENTO

Bajo el régimen de Ben Ali, y como parte de aquel discurso de auto justificación al que acabo de aludir, todo lo que oliese a islamismo estaba proscripto y prohibido. Los principales dirigentes de esos sectores, por lo tanto, llevaban décadas en el exilio, y no había ninguna estructura –no sólo ningún partido político, tampoco ninguna organización no gubernamental- sobre la cual apoyarse para plantear una alternativa. O sea que el nombre del partido tunecino hace referencia concreta a un volver a nacer, a un surgimiento desde la nada, tras casi sesenta años de laicismo obligatorio. Sin embargo, en apenas nueve meses, el movimiento En Nahda ha conseguido estructurar un nuevo discurso, que combina dosis de tradicionalismo con otras de modernidad, y lo ha articulado en una clave de mesura –sin convocatorias a revanchismos ni venganzas- que ha dado en la tecla y empujado a un apoyo social mayoritario.

En las elecciones a la constituyente del pasado 23 de octubre, En Nahda se alzó con el 41,47 por ciento de los votos totales, prácticamente la mitad del padrón, y a casi un 30 por ciento de distancia de la segunda fuerza, el partido Congreso para la República, de centro izquierda. Así, en la futura Asamblea Constituyente, que tendrá 217 escaños, los islamistas de En Nahda ocuparán 90 lugares; el Congreso para la República tendrá 30 asientos; y Ettakatol, la tercera fuerza más votada, 21 escaños.

Y aquí parece haber otro elemento que da una pauta del nuevo comportamiento del electorado: además de la sorpresa de la clara mayoría de En Nahda, las principales fuerzas de oposición son partidos que no hicieron campaña contra el islamismo. En cambio, la oposición tradicional, que sigue repitiendo el viejo argumento de que no hay islamismo moderado posible, y que hay que parar a los religiosos de cualquier manera, porque detrás de ellos vendrán los barbudos a lo talibán y la imposición de la “sharia”, fueron censurados por el voto popular. Las dos principales agrupaciones del frentismo anti islamista, el Partido Democrático Progresista (17 escaños), y el Polo Democrático (5 escaños), han sufrido un castigo en las urnas.

Además de la contundente victoria en las opciones políticas generales –esto es, sobre el rumbo y las formas que debería adoptar el Estado a partir de ahora- los islamistas de En Nahda han demostrado su inserción en todos los estratos sociales, y su llegada a los diferentes agregados geográficos, lo que también termina con el preconcepto de que las ciudades –donde se concentran los sectores más educados de la población- eran laicistas, y que la adhesión a opciones políticas vinculadas a la religión estaba relegada a las zonas rurales, más pobres, tradicionalistas y conservadoras. En Nahda, por el contrario, fue el partido más votado en todas las circunscripciones electorales, incluyendo algunas de la ciudad de Túnez, la cosmopolita capital, que se consideraba el terreno político de la oposición socialdemócrata laica.

Que un partido que proclama claramente su adscripción islámica haya sido la opción elegida por los sectores progresistas, en detrimento de las fuerzas usuales de la centro izquierda, tiene mucho que ver con las maneras en que En Nahda articuló su discurso, en el espacio de poco más de medio año. El hecho de que haya aceptado sin restricciones la imposición de paridad de género en las listas electorales, las referencias permanentes al “modelo turco”; las posturas conciliadoras con los sectores que estuvieron más cerca del régimen de Ben Ali; la seguridad de que el modelo de desarrollo y de que la economía de mercado no serán cuestionados; y una manifiesta relación de cooperación con Occidente; han terminado por alejar el fantasma de los barbudos a lo talibán, y de convencer a la mayoría de tunecinos que la coexistencia entre régimen democrático y republicano moderno, con preceptos religiosos y usos y costumbres que hacen a su identidad, es factible.

Las elecciones de fines de octubre cierran la “revolución de los jazmines”, y abren una nueva etapa, la de transición hacia un sistema democrático en el marco de un Estado de derecho. Si los islamistas moderados tunecinos consiguen conducir ese tránsito, estaremos ante un fenómeno realmente novedoso de la política internacional, y ante todo un nuevo escenario de posibilidades para Medio Oriente y el Magreb.













Hoy Día Córdoba – Periscopio – Magazine – viernes 4 de noviembre de 2011


jueves, 3 de enero de 2008

Benazir


BENAZIR




Por Nelson Gustavo Specchia

Benazir Bhutto ha caído. El chal blanco sobre la cabeza de esta mujer temeraria y valiente se había transformado, durante un breve lapso de tiempo, en una esperanza de transición hacia algún tipo de estabilidad y paz social en la región más conflictiva del planeta. El magnicidio de su muerte, el 27 de diciembre en Rawalpindi, fuerza a desechar ese atisbo de esperanza, y abre este nuevo año con una perspectiva sombría para la agenda de seguridad y de avance democrático en el orden internacional.

La historia de los procesos políticos en el Asia meridional ha estado signada por la violencia. Una violencia que no ha hecho sino aumentar progresivamente desde la transformación de sus sociedades premodernas –basadas en códigos étnico-religiosos y en estructuras tribales- hacia los modelos de Estados republicanos según el canon occidental. La historia contemporánea de Pakistán se ajusta a esa tesis: la guerra interna, los conflictos interétnicos, y la irrupción de golpes militares que originaron sucesivos períodos dictatoriales, dibujan su breve derrotero como república independiente, de apenas sesenta años, desde que se desgajara de la India en marzo de 1947. Los atentados, el asesinato, y la ejecución de líderes, han sido una constante desde entonces. Solamente en el año que acaba de terminar, se han contabilizado más de 800 muertes violentas por motivos políticos.

Teniendo estos condicionantes de largo plazo como telón de fondo (las “cuentas largas de la historia”, como decía Octavio Paz), los tres tiros en la cabeza y la explosión de un hombre-bomba que acabaron con Benazir Bhutto pueden ser analizados como parte de una metodología, de una perversa manera de participar en la arena política. Condenable y conflictiva, pero parte estructural de las formas y los modos en que se desenvuelve la lucha por el poder en la región.

Pero desde otro ángulo, el de las “cuentas cortas” de este momento histórico, la muerte de Benazir es un tremendo paso atrás en, al menos, tres dimensiones: en la seguridad global, en el avance democrático de derechos y libertades, y en la igualdad de género –especialmente en un contexto cultural cerradamente masculinizante y opresor.

Porque a Benazir la mataron por ser mujer. No solamente, pero “también” por ser mujer. Una mujer, además, bella, libre y culta; educada en las universidades de Harvard y de Oxford, con una fuerte apuesta por la transición ordenada hacia una democracia secular en Pakistán, con importantes reformas de los servicios públicos a nivel de la asistencia social (de los 165 millones de pakistaníes, el 74 % vive con menos de un dólar diario), de la educación (en las áreas tribales, el analfabetismo promedio es del 70,5 %, y en las mujeres trepa hasta un 97 %), y de la salubridad. Y, muy especialmente, con una agenda concreta y de avanzada para enfrentar la discriminación social de las mujeres en todos los órdenes.

Una mujer con este programa en la conducción de un país –y de sus fuerzas armadas- mayoritariamente musulmán, resultó intolerable para los colectivos fundamentalistas enraizados tanto en la oposición como en el propio régimen autocrático del presidente Pervez Musharraf. Esa es la razón de su muerte violenta, independientemente de quién o quiénes hayan sido los autores materiales del magnicidio.

En cuanto a la seguridad global, Benazir Bhutto había asegurado que perseguiría al fundamentalismo islámico asociado a las redes de Al Qaeda y a los talibán. Estos sectores –y los grupos rebeldes e islamizados del ejército pakistaní- se le aparecían como los responsables de la inestabilidad interna, y de que el país se estuviera convirtiendo –aceleradamente- en el polvorín de toda Asia meridional, con las esperables proyecciones hacia Medio Oriente, la península arábiga, y el África del Norte.

Este cambio de rumbo en su percepción hacia los sectores islamistas, a los que había favorecido abiertamente en sus dos períodos como Primera Ministra (1988-1990 y 1993-1996), en una estrategia de afianzamiento de su país, tanto sobre la India (con el contencioso de Cachemira) como sobre Afganistán. Sin embargo, desde el exilio británico afirmó que cuando volviera a gobernar permitiría el ingreso de tropas de la OTAN para perseguir a Al Qaeda en los “santuarios” montañosos del noroeste pakistaní, así como del Organismo Internacional de Energía Atómica para inspeccionar un arsenal calculado en un centenar de bombas nucleares.

Hubieran sido dos pasos importantes en el camino, cada vez más arduo, de la estabilidad y el orden mundial. Su muerte deja la agenda internacional abierta en un signo de interrogación. Con mayúsculas.



jueves, 13 de diciembre de 2007

Al Qaeda, el crecimiento terrorista en el Magreb


AL QAEDA

EL CRECIMIENTO TERRORISTA EN EL MAGREB


Por Nelson G. Specchia


El Magreb, el conjunto de países de la larga costa mediterránea del norte de África, se está convirtiendo en la nueva plataforma privilegiada de acción del terrorismo de base fundamentalista. La cercanía geográfica con los países del sur de Europa, y los llamados de los líderes de Al Qaeda a golpear contra los intereses “colonialistas” de España, Francia, y de los Estados Unidos (o de la ONU, a la que consideran un apéndice de la potencia norteamericana), transforman al Magreb en una región de alto riesgo para la seguridad global.


Esta semana, el 11 de diciembre, en un nuevo aniversario de aquel día 11 de septiembre que marcó la entrada del terrorismo de base islamista al centro de la escena internacional, el Magreb ha recibido un nuevo golpe. El ataque terrorista contra objetivos nacionales argelinos, y contra oficinas de la ONU, se suma a un listado creciente de actividades armadas en la región. Este crecimiento –tanto en número de acciones como en intensidad y alcance- durante los últimos cuatro años, está vinculado a la redefinición estratégica de diversos grupos aislados, que han sido orgánicamente incorporados a la red de Al Qaeda, y que han visto modificados sus objetivos en el contexto de una estrategia “yihadista” global.


El ataque de esta semana estuvo dirigido contra las sedes del Consejo Constitucional y del Tribunal Supremo argelino, situados en uno de los barrios más controlados y custodiados de Argel. Hace pocos meses, en abril, en un nuevo aniversario del día 11, la propia sede del gobierno de Abdelaziz Buteflika sufrió el impacto de un coche bomba, que alcanzó a volar toda un ala del palacio presidencial. Junto con las oficinas gubernamentales, otro ataque, prácticamente simultáneo, estallaba esta semana en las oficinas de las Naciones Unidas, donde se encontraba la sede del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR). Las víctimas mortales de este nuevo golpe de la violencia terrorista se acercan a 80, que se suman a los aproximadamente 500 hombres y mujeres que Argelia ha debido sepultar, durante este año, muertos en atentados del fundamentalismo islámico.


Ya en 2004, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), una célula aislada y minoritaria, declaraba la guerra a “los extranjeros y a las compañías foráneas” en todo el Magreb, a quienes se acusa de un doble crimen: atentar contra el Islam por la penetración occidental, especialmente por los medios de comunicación; y expoliar neocolonialmente a los países musulmanes del norte de África. El GSPC, luego de una seguidilla de acciones mortales durante los dos años siguientes, consiguió que Al Qaeda lo incorporara orgánicamente a su organización, pasando a llamarse “Al Qaeda en el Magreb Islámico”, y que el lugarteniente de Osama Bin Laden, Ayman al Zawahiri, les encargara, hace cuatro meses, “acabar con la presencia de españoles, franceses, y norteamericanos, en el Magreb.” En esa lógica deben leerse los atentados de esta semana, y los que –lamentablemente- creo que debemos esperar para el futuro próximo.


Porque el desarrollo creciente de “Al Qaeda en el Magreb Islámico” es también una invitación a que las organizaciones paralelas en los restantes países de la costa norte de África, intensifiquen su acción en sus respectivas sociedades. Células fundamentalistas como el Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), en el cuerno occidental de la costa mediterránea; el Grupo Combatiente Tunecino (GCT); y el Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL); han tenido el mismo origen y aspiran a integrar la red islámica global de Al Qaeda, tal como lo hicieron los argelinos.


Después de que Al Zawahiri anunciara la integración formal del GSPC en Al Qaeda, el 11 de septiembre del año pasado, los líderes de la formación argelina subrayaban que “no es posible luchar contra los Estados Unidos de Norteamérica, si no se produce la unidad de todos los combatientes yihadistas del Magreb”, en lo que constituye un llamado al resto de las células norafricanas a seguir sus pasos respecto de la gran red fundamentalista global.


Además del riesgo que supone el traslado de las acciones violentas hacia la costa sur de Europa, la estrategia de la “yihad” en África también contempla la expansión hacia el interior del continente, hacia el Sahel, el inmenso cinturón desértico que se extiende entre Sudán, Chad, Níger, Mali, Mauritania, y Senegal. Una zona de fronteras difusas y prácticamente sin Estado, donde el poder real reside en los jefes de las tribus tuareg, y en las redes de contrabandistas, que hacen de la inestabilidad institucional una situación permanente. Sumar el Sahel a la estrategia yihadista del Magreb sería pensar en un refugio internacional, en una vastísima zona prácticamente fuera de todo control, para el alojamiento y el entrenamiento del movimiento terrorista de base islámica.


Por todo ello, sería un error analizar los atentados de esta semana, y la estrategia de la violencia terrorista global, como un supuesto choque de civilizaciones, o un enfrentamiento entre Occidente y el Islam, como vienen insistiendo ciertos grupos de opinión, especialmente influyentes en la política exterior norteamericana de nuestros días. Los atentados de Argelia demuestran que no sólo los países europeos o americanos son víctimas, sino también los propios países y poblaciones musulmanas. Conviene asimismo incluir en el análisis que la amenaza para Occidente no viene “de afuera”, sino que el proceso de radicalización ideológica que está en el centro de la estrategia yihadista se produce también al interior de las sociedades occidentales, como pudo verse en los autores materiales de los atentados de Gran Bretaña o España, que eran ciudadanos nacidos y educados en esos países.


La amenaza de esa ideología del terror que es el salafismo yahiadista tiene sus raíces en ambas costas del mediterráneo, tanto la africana como la europea, por lo que la metodología para enfrentarse a ella no puede ser solamente policial o militar, sino que debe incluir la dimensión de la cooperación económica y social, especialmente en la dirección norte-sur, desde Europa hacia el Magreb.