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jueves, 14 de mayo de 2009

Los talibanes cercan Pakistán



Los talibanes cercan Paquistán

por Nelson G. Specchia




La visita de Asif Alí Zardari a Barack Obama, que se inició el 6 de mayo, la semana pasada, en Washington, ha dado unas vueltas de tuerca a la lucha contra el terrorismo en la región del Oriente medio.

Estados Unidos está presionando al presidente paquistaní para que actúe con mayor decisión ante el avance talibán, en especial desde que en abril, el mes pasado, estos sectores extremistas tomaran el distrito de Buner, que está a menos de cien kilómetros de Islamabad, la capital paquistaní.

Esta manifestación del poderío talibán puso en aprietos al gobierno en las vísperas del viaje del presidente Zardari (el viudo de la asesinada líder Benazir Bhutto), ya que evidenció la extrema debilidad del gobierno, el primer gobierno civil en una década, que además se encuentra inmerso en graves problemas sociales, económicos y de seguridad, ya que prácticamente está “tutelado” por unas fuerzas armadas que no renuncian del todo al ejercicio del poder. Que aprovechan, además, que el gobierno de Zardari no llega a conectar con la sociedad paquistaní, lo que debilita en extremo la legitimidad, y los apoyos que el ejecutivo requiere para dar la batalla social y educativa que permita despegar al país y poner freno a la creciente radicalización.

Además, la Administración Obama empuja al gobierno de Zardari para que la acción contra los talibanes tome un nuevo curso, más ejecutivo, ya que se sigue sosteniendo, en Occidente, que en las montañas del noroeste paquistaní, en el límite con Afganistán, se refugia la cúpula de Al Qaeda, y que desde este mismo lugar se alimentan las redes yihadistas internacionales.

Y el interés principal aquí no es sólo de los Estados Unidos, sino también de los europeos, porque si Paquistán no logra contener el avance talibán, y cae en alguna especie de guerra civil o de anarquía, la violencia que irradie esa inestabilidad llegará a Europa antes aún que a los Estados Unidos. De hecho, la violencia relacionada de alguna manera con la situación paquistaní ya ha causado más muertos en Europa que en Norteamérica.

Paquistán es un país muy complejo, de un tamaño geográfico similar a la Argentina, donde alberga prácticamente a 173 millones de habitantes. Esto lo convierte en el sexto país más poblado del planeta, y el segundo país del mundo con mayor población musulmana. Sus fuerzas armadas, tan poco dúctiles a someterse al poder civil, llegan al millón de efectivos, lo que hace de Paquistán en la séptima potencia militar del mundo. Y, además, esta potencia es nuclear.

Esta potencia atómica, desde este mes, tiene, a menos de 100 kilómetros de su capital, a las tribus musulmanas radicales del talibán. Los talibanes avanzan sin freno, y están decididos a derrocar al débil y desconcertado gobierno de Zardari, y desde el poder, imponer un régimen religioso, regido por la “sharia” (la aplicación literal de la letra del corán en la sociedad civil, según la interpretación de la casta sacerdotal), tal como lo hicieran en Afganistán. La principal diferencia con aquella experiencia es que en este caso los talibán –que conciben la guerra santa contra el infiel a escala internacional- serían una potencia nuclear.

Sólo recientemente y después de inmensas presiones de la Administración Obama, los militares paquistaníes decidieron abandonar su reticencia a enfrentarse a los talibanes. Pero no sabemos cuánta de esta decisión es real, y si efectivamente este gran ejército está capacitado para una guerra de guerrillas como la que plantea el talibán. La hipótesis de conflicto permanente de Paquistán ha sido la India –hermana, vecina, y eterna enemiga-, el ejército no está preparado para combatir en el medio de civiles insurrectos.

Por eso esta ofensiva de esta semana está produciendo cientos de miles de civiles desplazados, ya se habla de 350 mil pobladores que huyen despavoridos de la zona de enfrentamiento, una masa que, además se sumará al conflictivo escenario político de la oposición a Zardari, de los partidos religiosos, y de los propios militares, que lo acusan de responsable del caos reinante.

Las dos agendas más candentes de Obama en Oriente Medio, se funde, de esta manera: la resolución de la continuidad de la guerra en Afganistán estará ligada directamente a cómo la Administración norteamericana enfrente el avance talibán en Pakistán.



jueves, 3 de enero de 2008

Benazir


BENAZIR




Por Nelson Gustavo Specchia

Benazir Bhutto ha caído. El chal blanco sobre la cabeza de esta mujer temeraria y valiente se había transformado, durante un breve lapso de tiempo, en una esperanza de transición hacia algún tipo de estabilidad y paz social en la región más conflictiva del planeta. El magnicidio de su muerte, el 27 de diciembre en Rawalpindi, fuerza a desechar ese atisbo de esperanza, y abre este nuevo año con una perspectiva sombría para la agenda de seguridad y de avance democrático en el orden internacional.

La historia de los procesos políticos en el Asia meridional ha estado signada por la violencia. Una violencia que no ha hecho sino aumentar progresivamente desde la transformación de sus sociedades premodernas –basadas en códigos étnico-religiosos y en estructuras tribales- hacia los modelos de Estados republicanos según el canon occidental. La historia contemporánea de Pakistán se ajusta a esa tesis: la guerra interna, los conflictos interétnicos, y la irrupción de golpes militares que originaron sucesivos períodos dictatoriales, dibujan su breve derrotero como república independiente, de apenas sesenta años, desde que se desgajara de la India en marzo de 1947. Los atentados, el asesinato, y la ejecución de líderes, han sido una constante desde entonces. Solamente en el año que acaba de terminar, se han contabilizado más de 800 muertes violentas por motivos políticos.

Teniendo estos condicionantes de largo plazo como telón de fondo (las “cuentas largas de la historia”, como decía Octavio Paz), los tres tiros en la cabeza y la explosión de un hombre-bomba que acabaron con Benazir Bhutto pueden ser analizados como parte de una metodología, de una perversa manera de participar en la arena política. Condenable y conflictiva, pero parte estructural de las formas y los modos en que se desenvuelve la lucha por el poder en la región.

Pero desde otro ángulo, el de las “cuentas cortas” de este momento histórico, la muerte de Benazir es un tremendo paso atrás en, al menos, tres dimensiones: en la seguridad global, en el avance democrático de derechos y libertades, y en la igualdad de género –especialmente en un contexto cultural cerradamente masculinizante y opresor.

Porque a Benazir la mataron por ser mujer. No solamente, pero “también” por ser mujer. Una mujer, además, bella, libre y culta; educada en las universidades de Harvard y de Oxford, con una fuerte apuesta por la transición ordenada hacia una democracia secular en Pakistán, con importantes reformas de los servicios públicos a nivel de la asistencia social (de los 165 millones de pakistaníes, el 74 % vive con menos de un dólar diario), de la educación (en las áreas tribales, el analfabetismo promedio es del 70,5 %, y en las mujeres trepa hasta un 97 %), y de la salubridad. Y, muy especialmente, con una agenda concreta y de avanzada para enfrentar la discriminación social de las mujeres en todos los órdenes.

Una mujer con este programa en la conducción de un país –y de sus fuerzas armadas- mayoritariamente musulmán, resultó intolerable para los colectivos fundamentalistas enraizados tanto en la oposición como en el propio régimen autocrático del presidente Pervez Musharraf. Esa es la razón de su muerte violenta, independientemente de quién o quiénes hayan sido los autores materiales del magnicidio.

En cuanto a la seguridad global, Benazir Bhutto había asegurado que perseguiría al fundamentalismo islámico asociado a las redes de Al Qaeda y a los talibán. Estos sectores –y los grupos rebeldes e islamizados del ejército pakistaní- se le aparecían como los responsables de la inestabilidad interna, y de que el país se estuviera convirtiendo –aceleradamente- en el polvorín de toda Asia meridional, con las esperables proyecciones hacia Medio Oriente, la península arábiga, y el África del Norte.

Este cambio de rumbo en su percepción hacia los sectores islamistas, a los que había favorecido abiertamente en sus dos períodos como Primera Ministra (1988-1990 y 1993-1996), en una estrategia de afianzamiento de su país, tanto sobre la India (con el contencioso de Cachemira) como sobre Afganistán. Sin embargo, desde el exilio británico afirmó que cuando volviera a gobernar permitiría el ingreso de tropas de la OTAN para perseguir a Al Qaeda en los “santuarios” montañosos del noroeste pakistaní, así como del Organismo Internacional de Energía Atómica para inspeccionar un arsenal calculado en un centenar de bombas nucleares.

Hubieran sido dos pasos importantes en el camino, cada vez más arduo, de la estabilidad y el orden mundial. Su muerte deja la agenda internacional abierta en un signo de interrogación. Con mayúsculas.