Mostrando entradas con la etiqueta fundamentalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fundamentalismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de agosto de 2009

La prueba de Afganistán (28 08 09)






LA PRUEBA DE AFGANISTÁN



por Nelson-Gustavo Specchia

Catedrático “Jean Monnet” de la Universidad Católica de Córdoba



En una coyuntura de alta densidad en la política internacional, otras latitudes, que pueden parecernos muy lejanas en una primera mirada, reclaman el análisis, porque lo que allí se discute puede impactar en nuestra realidad más inmediata.

Me refiero a ese largo, lento y engorroso proceso electoral que la semana que pasó ha vivido Afganistán, y que puede ser una lucecita –todavía pequeña y muy débil, pero esperanzadora al fin- sobre las maneras de resolución de un conflicto central en el mantenimiento de la paz internacional.

Afganistán, en plena guerra, en un estado de calamitosa necesidad, con una sociedad prácticamente desestructurada desde el punto de vista legal e institucional, ha convocado a elecciones democráticas para elegir Presidente, con el apoyo y el financiamiento de la sociedad internacional. Y estas elecciones se han efectuado, a pesar de la amenaza talibán de que las ahogarían en un baño de sangre. De lo que se trata ahora es ver si los resultados de este acto eleccionario podrán trasladarse al camino de la normalización política, en este país de Asia central que tanto tiene que ver con la estabilidad mundial.

La caótica situación en Afganistán, en definitiva, es producto de una doble vertiente de razones: por un lado, los talibán, que llegaron a tomar el poder y desde allí aplicaron su visión rigurosa del Corán en todos los niveles de la vida social y política, restringiendo y prohibiendo casi todo, desde el cine a los libros, desde la vestimenta femenina que descubriera un centímetro de piel del cuerpo hasta la celebración familiar de un simple cumpleaños.

Pero hay otra vertiente de razones en los antecedentes de la actual desestructuración afgana, y en ella tienen mucho que ver los países desarrollados: los británicos y los rusos tuvieron esta tierra bajo su política colonial en el pasado, y, en las postrimerías de la Unión Soviética, los rusos volvieron a intentar hacerse cargo de este vasto territorio de montañas y desiertos, con la invasión militar de hace apenas 30 años.

La reacción tribal contra el imperialismo británico primero, y contra la invasión soviética después, terminó reafirmando el poder de la tradición frente a la ley, reafirmando a los “señores de la guerra” frente a cualquier tipo de andamiaje institucional, y empujando a las interpretaciones más cerradas del Islam político frente a la visión republicana propugnada por la mayoría de la sociedad internacional contemporánea.

Así, Al Qaeda encontró en estas condiciones sociopolíticas el lugar ideal para sentar sus cuarteles generales, desde los cuales proponer, por la vía del terrorismo fundamentalista a gran escala, una alternativa a la expansión de la modernidad occidental.

Frente a ello, y luego del evidente fracaso de la alternativa puramente militar tras treinta años de guerras, el presidente Barack Obama anunció, en marzo pasado, una nueva estrategia asentada en tres pilares: (1) mantener y aumentar la presión militar internacional (o sea, vía la OTAN) sobre los talibán; (2) invertir en desarrollo económico, y (3) apoyar el desarrollo institucional. Sólo así, entiende el presidente norteamericano, el conflicto afgano dejará de ser potencialmente una bomba que puede estallar en cualquier ciudad del mundo.

La infraestructura planteada por Obama resulta vital, porque en este país la mitad de su población –que quizá se acerque a los 40 millones- vive en la pobreza absoluta; la débil administración interina instalada tras la expulsión de los talibán es una de las más corruptas del mundo (Transparency International la ubica en el puesto 176 de 180); Afganistán está en los últimos puestos del desarrollo mundial (171 de 173 en la lista de la ONU); la mujer no tiene prácticamente ningún derecho (el “burka” es la metáfora más representativa de esta “invisibilidad”); no hay censo; la tradición es la única ley; la luz y el agua son objetos de lujo; y el 50% de los hombres y el 90% de las mujeres son analfabetos.

La comunidad internacional ha invertido más de 200 millones de dólares para que se celebraran elecciones en un entramado social de esas características, con la mirada puesta en que se conviertan en una barrera al retorno talibán, siempre presente (de hecho, diez provincias del noreste siguen bajo su control).

Los recuentos de votos, por una comisión internacional independiente, serán muy lerdos. Los datos hasta ahora confirman, por una leve diferencia, al actual presidente Hamid Karzai, pero seguido de cerca por su ex ministro de exteriores, Abdulá Abdulá, quien ya ha hecho referencia al masivo fraude orquestado por Karzai.

Si el liderazgo afgano, especialmente estos dos principales actores: Karzai (de la mayoritaria etnia pastún) y Abdulá (de sangre mixta, pero visto como representante de la etnia tayiko), no llegan a un pacto de respeto por los resultados de las elecciones, la situación afgana, a pesar de los 100.000 soldados extranjeros presentes en su suelo, podría lanzarse por un tobogán de caída hacia ningún lugar.

Es lo que están esperando los talibán, y lo que más se teme en todas las cancillerías occidentales.






nelson.specchia@gmail.com

.

jueves, 3 de enero de 2008

Benazir


BENAZIR




Por Nelson Gustavo Specchia

Benazir Bhutto ha caído. El chal blanco sobre la cabeza de esta mujer temeraria y valiente se había transformado, durante un breve lapso de tiempo, en una esperanza de transición hacia algún tipo de estabilidad y paz social en la región más conflictiva del planeta. El magnicidio de su muerte, el 27 de diciembre en Rawalpindi, fuerza a desechar ese atisbo de esperanza, y abre este nuevo año con una perspectiva sombría para la agenda de seguridad y de avance democrático en el orden internacional.

La historia de los procesos políticos en el Asia meridional ha estado signada por la violencia. Una violencia que no ha hecho sino aumentar progresivamente desde la transformación de sus sociedades premodernas –basadas en códigos étnico-religiosos y en estructuras tribales- hacia los modelos de Estados republicanos según el canon occidental. La historia contemporánea de Pakistán se ajusta a esa tesis: la guerra interna, los conflictos interétnicos, y la irrupción de golpes militares que originaron sucesivos períodos dictatoriales, dibujan su breve derrotero como república independiente, de apenas sesenta años, desde que se desgajara de la India en marzo de 1947. Los atentados, el asesinato, y la ejecución de líderes, han sido una constante desde entonces. Solamente en el año que acaba de terminar, se han contabilizado más de 800 muertes violentas por motivos políticos.

Teniendo estos condicionantes de largo plazo como telón de fondo (las “cuentas largas de la historia”, como decía Octavio Paz), los tres tiros en la cabeza y la explosión de un hombre-bomba que acabaron con Benazir Bhutto pueden ser analizados como parte de una metodología, de una perversa manera de participar en la arena política. Condenable y conflictiva, pero parte estructural de las formas y los modos en que se desenvuelve la lucha por el poder en la región.

Pero desde otro ángulo, el de las “cuentas cortas” de este momento histórico, la muerte de Benazir es un tremendo paso atrás en, al menos, tres dimensiones: en la seguridad global, en el avance democrático de derechos y libertades, y en la igualdad de género –especialmente en un contexto cultural cerradamente masculinizante y opresor.

Porque a Benazir la mataron por ser mujer. No solamente, pero “también” por ser mujer. Una mujer, además, bella, libre y culta; educada en las universidades de Harvard y de Oxford, con una fuerte apuesta por la transición ordenada hacia una democracia secular en Pakistán, con importantes reformas de los servicios públicos a nivel de la asistencia social (de los 165 millones de pakistaníes, el 74 % vive con menos de un dólar diario), de la educación (en las áreas tribales, el analfabetismo promedio es del 70,5 %, y en las mujeres trepa hasta un 97 %), y de la salubridad. Y, muy especialmente, con una agenda concreta y de avanzada para enfrentar la discriminación social de las mujeres en todos los órdenes.

Una mujer con este programa en la conducción de un país –y de sus fuerzas armadas- mayoritariamente musulmán, resultó intolerable para los colectivos fundamentalistas enraizados tanto en la oposición como en el propio régimen autocrático del presidente Pervez Musharraf. Esa es la razón de su muerte violenta, independientemente de quién o quiénes hayan sido los autores materiales del magnicidio.

En cuanto a la seguridad global, Benazir Bhutto había asegurado que perseguiría al fundamentalismo islámico asociado a las redes de Al Qaeda y a los talibán. Estos sectores –y los grupos rebeldes e islamizados del ejército pakistaní- se le aparecían como los responsables de la inestabilidad interna, y de que el país se estuviera convirtiendo –aceleradamente- en el polvorín de toda Asia meridional, con las esperables proyecciones hacia Medio Oriente, la península arábiga, y el África del Norte.

Este cambio de rumbo en su percepción hacia los sectores islamistas, a los que había favorecido abiertamente en sus dos períodos como Primera Ministra (1988-1990 y 1993-1996), en una estrategia de afianzamiento de su país, tanto sobre la India (con el contencioso de Cachemira) como sobre Afganistán. Sin embargo, desde el exilio británico afirmó que cuando volviera a gobernar permitiría el ingreso de tropas de la OTAN para perseguir a Al Qaeda en los “santuarios” montañosos del noroeste pakistaní, así como del Organismo Internacional de Energía Atómica para inspeccionar un arsenal calculado en un centenar de bombas nucleares.

Hubieran sido dos pasos importantes en el camino, cada vez más arduo, de la estabilidad y el orden mundial. Su muerte deja la agenda internacional abierta en un signo de interrogación. Con mayúsculas.



jueves, 13 de diciembre de 2007

Al Qaeda, el crecimiento terrorista en el Magreb


AL QAEDA

EL CRECIMIENTO TERRORISTA EN EL MAGREB


Por Nelson G. Specchia


El Magreb, el conjunto de países de la larga costa mediterránea del norte de África, se está convirtiendo en la nueva plataforma privilegiada de acción del terrorismo de base fundamentalista. La cercanía geográfica con los países del sur de Europa, y los llamados de los líderes de Al Qaeda a golpear contra los intereses “colonialistas” de España, Francia, y de los Estados Unidos (o de la ONU, a la que consideran un apéndice de la potencia norteamericana), transforman al Magreb en una región de alto riesgo para la seguridad global.


Esta semana, el 11 de diciembre, en un nuevo aniversario de aquel día 11 de septiembre que marcó la entrada del terrorismo de base islamista al centro de la escena internacional, el Magreb ha recibido un nuevo golpe. El ataque terrorista contra objetivos nacionales argelinos, y contra oficinas de la ONU, se suma a un listado creciente de actividades armadas en la región. Este crecimiento –tanto en número de acciones como en intensidad y alcance- durante los últimos cuatro años, está vinculado a la redefinición estratégica de diversos grupos aislados, que han sido orgánicamente incorporados a la red de Al Qaeda, y que han visto modificados sus objetivos en el contexto de una estrategia “yihadista” global.


El ataque de esta semana estuvo dirigido contra las sedes del Consejo Constitucional y del Tribunal Supremo argelino, situados en uno de los barrios más controlados y custodiados de Argel. Hace pocos meses, en abril, en un nuevo aniversario del día 11, la propia sede del gobierno de Abdelaziz Buteflika sufrió el impacto de un coche bomba, que alcanzó a volar toda un ala del palacio presidencial. Junto con las oficinas gubernamentales, otro ataque, prácticamente simultáneo, estallaba esta semana en las oficinas de las Naciones Unidas, donde se encontraba la sede del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR). Las víctimas mortales de este nuevo golpe de la violencia terrorista se acercan a 80, que se suman a los aproximadamente 500 hombres y mujeres que Argelia ha debido sepultar, durante este año, muertos en atentados del fundamentalismo islámico.


Ya en 2004, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), una célula aislada y minoritaria, declaraba la guerra a “los extranjeros y a las compañías foráneas” en todo el Magreb, a quienes se acusa de un doble crimen: atentar contra el Islam por la penetración occidental, especialmente por los medios de comunicación; y expoliar neocolonialmente a los países musulmanes del norte de África. El GSPC, luego de una seguidilla de acciones mortales durante los dos años siguientes, consiguió que Al Qaeda lo incorporara orgánicamente a su organización, pasando a llamarse “Al Qaeda en el Magreb Islámico”, y que el lugarteniente de Osama Bin Laden, Ayman al Zawahiri, les encargara, hace cuatro meses, “acabar con la presencia de españoles, franceses, y norteamericanos, en el Magreb.” En esa lógica deben leerse los atentados de esta semana, y los que –lamentablemente- creo que debemos esperar para el futuro próximo.


Porque el desarrollo creciente de “Al Qaeda en el Magreb Islámico” es también una invitación a que las organizaciones paralelas en los restantes países de la costa norte de África, intensifiquen su acción en sus respectivas sociedades. Células fundamentalistas como el Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), en el cuerno occidental de la costa mediterránea; el Grupo Combatiente Tunecino (GCT); y el Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL); han tenido el mismo origen y aspiran a integrar la red islámica global de Al Qaeda, tal como lo hicieron los argelinos.


Después de que Al Zawahiri anunciara la integración formal del GSPC en Al Qaeda, el 11 de septiembre del año pasado, los líderes de la formación argelina subrayaban que “no es posible luchar contra los Estados Unidos de Norteamérica, si no se produce la unidad de todos los combatientes yihadistas del Magreb”, en lo que constituye un llamado al resto de las células norafricanas a seguir sus pasos respecto de la gran red fundamentalista global.


Además del riesgo que supone el traslado de las acciones violentas hacia la costa sur de Europa, la estrategia de la “yihad” en África también contempla la expansión hacia el interior del continente, hacia el Sahel, el inmenso cinturón desértico que se extiende entre Sudán, Chad, Níger, Mali, Mauritania, y Senegal. Una zona de fronteras difusas y prácticamente sin Estado, donde el poder real reside en los jefes de las tribus tuareg, y en las redes de contrabandistas, que hacen de la inestabilidad institucional una situación permanente. Sumar el Sahel a la estrategia yihadista del Magreb sería pensar en un refugio internacional, en una vastísima zona prácticamente fuera de todo control, para el alojamiento y el entrenamiento del movimiento terrorista de base islámica.


Por todo ello, sería un error analizar los atentados de esta semana, y la estrategia de la violencia terrorista global, como un supuesto choque de civilizaciones, o un enfrentamiento entre Occidente y el Islam, como vienen insistiendo ciertos grupos de opinión, especialmente influyentes en la política exterior norteamericana de nuestros días. Los atentados de Argelia demuestran que no sólo los países europeos o americanos son víctimas, sino también los propios países y poblaciones musulmanas. Conviene asimismo incluir en el análisis que la amenaza para Occidente no viene “de afuera”, sino que el proceso de radicalización ideológica que está en el centro de la estrategia yihadista se produce también al interior de las sociedades occidentales, como pudo verse en los autores materiales de los atentados de Gran Bretaña o España, que eran ciudadanos nacidos y educados en esos países.


La amenaza de esa ideología del terror que es el salafismo yahiadista tiene sus raíces en ambas costas del mediterráneo, tanto la africana como la europea, por lo que la metodología para enfrentarse a ella no puede ser solamente policial o militar, sino que debe incluir la dimensión de la cooperación económica y social, especialmente en la dirección norte-sur, desde Europa hacia el Magreb.