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miércoles, 2 de enero de 2013

Los socialistas se desperezan (02 01 13)

Columna En foco - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – miércoles 2 de enero de 2013 

Los socialistas se desperezan


por Pedro I. de Quesada




Fue tan grande la última paliza electoral que recibió el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) que entró en una campana de silencio, como aquella del Superagente 86, durante un año entero.

José Luís Rodríguez Zapatero viró, con la crisis, hacia un neoliberalismo que confundió a propios y extraños. Y los votantes españoles prefirieron el original a la copia: si había que aplicar recetas liberales, entonces mejor el Partido Popular (PP) que los fallidos ensayos del PSOE.

Mariano Rajoy cambió el color del mapa político de la península hacia el azul de los Populares, con una sola excepción de importancia: Andalucía. La más extensa y más populosa (y una de las más pobres) de las comunidades autónomas siguió, a pesar de todo, fiel al socialismo.

Por eso también el jefe de los socialistas andaluces, José Antonio Griñán, se hizo con la presidencia del PSOE. Sin embargo, el derrotado candidato Alfredo Pérez Rubalcaba hizo fintas de cintura y logró quedarse en la primera línea a pesar de la humillante derrota propinada por Rajoy y los suyos.

Rubalcaba se metió en la campana de silencio y ahí se quedó, quietito. Parecía que el sueño socialista se alargaría sine die, pero han despertado en las últimas horas de 2012.

Tres elementos están en esta sacudida de la modorra: Rajoy terminó su primer año de gobierno, quizá el más chato de las últimas décadas.

No se le mueve un pelo de la barba, mientras a su alrededor los españoles se suicidan cuando los van a desalojar; emigran en masa hacia otros países de Europa y –nuevamente- hacia América; los científicos y los gestores culturales ven cómo se desmantela el trabajo de cuarenta años; la salud se privatiza y las escuelas no tienen ni calefacción ni luz (la Iglesia, eso sí, mantiene su millonario subsidio, confirmado, por cierto, por el diletante Rodríguez Zapatero).

Rajoy recibió el 2013 afirmando que este año será aún más duro, y –siempre el semblante inalterable- con más aumentos en la luz, los teléfonos y el transporte. Y los socialistas han decidido despertarse.

Pero también hay otros dos motivos: quedarse dentro de la campana del silencio hace que se desbande la tropa.

Los socialistas catalanes no se han opuesto frontalmente al proyecto secesionista del presidente de la Generalitat, Artur Mas, y de sus nuevos socios de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), a pesar que desde la directiva del PSOE se lo exigían.

Y el tercer elemento que ha hecho sonar los relojes despertadores ha sido la reunión de líderes progresistas del Partido Socialista Europeo convocada para este mes.

Si de esa cumbre no salen ideas nuevas que se erijan como una alternativa al conservadurismo inmovilista del gobierno de Rajoy, la misma existencia de la socialdemocracia española penderá de un hilo.  





Twitter:   @nspecchia



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jueves, 21 de abril de 2011

Las facturas de Zapatero (07 04 11)


Las facturas de Zapatero

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Por Nelson Gustavo Specchia
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El presidente del gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero, tenía fama de ser un político de suerte.
Los comentarios sobre su suerte comenzaron en aquella interna del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), donde Zapatero, contra todo pronóstico, le arrebató la conducción al histórico dirigente José Bono. Pero por donde más circuló la fama de suertudo, y dicha con cierto regusto amargo en la expresión, fue en los corrillos afines al Partido Popular (PP).
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Los conservadores achacaban a la suerte de Zapatero que los atentados del islamismo radical, que hicieron volar los trenes en la estación de Atocha, se dieran en las postrimerías del gobierno de José María Aznar. Un infortunio para la derecha que, junto al poco sutil tratamiento que el atentado tuvo desde el gobierno (Aznar y su entorno insistían, contra toda prueba, que había sido un acto terrorista de ETA, y que no guardaba ninguna relación con la participación de España en la invasión a Irak decidida por George W. Bush y a la que Aznar se había sumado, en contra de la opinión de todo el resto de la Unión Europea), les hubiera sacado de las manos unas elecciones que ya daban como ganadas.
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Una victoria del PP que hubiera instalado a Mariano Rajoy en la Moncloa, sellando la continuidad de la derecha española en el gobierno desde los tiempos de Felipe González. Pero Zapatero les ganó esas elecciones, y después de sacar a las tropas españolas de Irak, volvió a ganar las siguientes.
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No hay otra explicación que su buena estrella, se escuchaba reiteradamente en el cuartel general del PP, en la calle Génova, en el centro madrileño. Pero entonces llegó la crisis económica, y la buena suerte del líder socialdemócrata pareció extinguirse a pasos agigantados.
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Rodríguez Zapatero, de quien se dice cultiva un optimismo a prueba de balas, tuvo cinco fallos de estrategia que, por lo que está a la vista, se han convertido en sus mayores lastres, en las cinco facturas que ha venido a saldar esta semana, con su renuncia a volver a presentarse como candidato a la presidencia del gobierno.
Las siempre difíciles relaciones entre Madrid y Barcelona (y entre el PSOE nacional y el Partit dels Socialistes de Catalunya, PSC) vivieron otro momento álgido, en los inicios de esta etapa socialista, con la aprobación del nuevo Estatuto autonómico catalán, bajo el liderazgo del correligionario Pascual Maragall al frente de la Generalitat. Zapatero midió mal las consecuencias de la ampliación de las facultades autonómicas, y el “Estatut” terminó entrampado en un tira y afloje judicial del que aún no ha salido.
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El segundo error de cálculo lo constituyó la estrategia frente a la organización terrorista vasca ETA. Zapatero imaginó una negociación secreta con la banda, negada públicamente desde el gobierno. Y fue una mala apuesta: ETA lo interpretó como una debilidad, y se atrevió a tensar más la cuerda con una nueva muestra de fuerza. Y la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas voló por los aires. Dos inmigrantes ecuatorianos que dormían en el estacionamiento perdieron la vida, y la sociedad acumuló una nueva factura –pesada- contra el líder socialdemócrata.
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Pero estas deudas de política interna, a pesar de su fuerte densidad simbólica al momento de definir conductas en el electorado español, quedaron opacadas por la debacle gubernamental cuando la crisis económica originada en los Estados Unidos alcanzó las costas europeas.
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En un primer momento, José Luís Rodríguez Zapatero decidió hacer como el avestruz, y hundió la cabeza en la tierra. No hay tal crisis, afirmaba a diario, sino una simple desregulación de los mercados. A su lado, las empresas (especialmente las constructoras, averiadas por el reventón de la burbuja inmobiliaria) cerraban sus puertas y los índices de desocupación subían en cada medición, pero el presidente del gobierno se mantenía en sus trece: España no está en crisis, decía.
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Luego, cuando insistir en esa posición se hizo insostenible, cuando los bonos de la deuda pública griega cayeron a precios de miseria, Irlanda se preparaba para un rescate, y se difundía la sospecha de que los próximos en caer serían Portugal (como, de hecho, ha pasado esta semana, con la solicitud de ayuda del gobierno socialista luso de José Sócrates a la Unión Europea) y España, entonces Zapatero decidió admitir que sí, que efectivamente la crisis también había llegado a la economía de la península. Pero a renglón seguido comenzó a sostener que la recuperación española ya había comenzado. La dificultad de convertir este cambio de posición en un mensaje de confianza, se convirtió en la cuarta losa de piedra sobre una imagen ya muy débil.
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Entonces llegó el vuelco. Después de haber negado la existencia misma de la crisis, o de haber propuesto que se estaba saliendo de ella cuando pareció verla, en mayo del año pasado Rodríguez Zapatero decidió sincerarse, y pegó un rotundo golpe de timón a la dirección de su gobierno, alineándolo a la estrategia que para enfrentar la crisis propugnaban en la Zona Euro la canciller alemana Ángela Merkel y el presidente francés Nicolás Sarkozy: achicar el Estado, disminuir el gasto público, recortar prestaciones sociales, alargar la edad jubilatoria, subir los impuestos, eliminar exenciones, flexibilizar el mercado laboral con contratos más blandos y despidos más baratos y, en definitiva, dejar de lado el discurso y el programa socialdemócrata, para reemplazarlo por una terapia de shock neoliberal.
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La poca credibilidad que le quedaba a su figura, y su capacidad de maniobra política, sufrieron un golpe determinante. Una quinta factura que, según comenzaron a indicar las encuestas y las mediciones de opinión, los votantes esperan cobrarse apenas tengan la primera ocasión electoral. Su buena estrella se había apagado.
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El sábado 2 de abril, después de reunirse en la Moncloa con los principales empresarios españoles, y de tener en la mano las encuestas sobre la tendencia en firme para las elecciones municipales y autonómicas del próximo mes de mayo, Rodríguez Zapatero anunció formalmente su renuncia a volver a encabezar las listas del Partido Socialista en las generales.
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Las facturas acumuladas en el mal manejo de la agenda interna y de la crisis económica han venido a empujar el cierre de una etapa que, además, puede llegar a coincidir con un cambio de turno en la conducción del gobierno español, habilitando nuevamente las mayorías legislativas a la derecha del Partido Popular.
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No puede ser sino un resultado lamentable. Algo salió mal. En definitiva, José Luis Rodríguez Zapatero ha sido la encarnación de un programa progresista, amplio e inclusivo, con el que se avizoraba la posibilidad de cerrar múltiples heridas sociales que siguen abiertas, desde aquella Guerra Civil que desgarró el país, desde los cuarenta años de la Dictadura franquista, y desde las múltiples agendas pendientes que dejó la Transición. Quizá eran demasiadas expectativas, alimentadas por el optimismo y la simpatía con que este hombre entró a la primera plana de la política española.
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La reparación a las víctimas de la Guerra Civil y de la Dictadura a través de la ley de la Memoria Histórica, la ampliación de derechos civiles –ley de igualdad y de matrimonio homosexual-, la reorientación hacia la centralidad política de la vida ciudadana, la conformación de gabinetes del Ejecutivo en estricta igualdad de género, y su enfrentamiento al aparato mediático conservador, iniciativas que todos le reconocen como los puntos más logrados de su programa socialista, podrían haber anticipado otra manera, más generosa, de terminar un período de gobierno.

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