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sábado, 20 de abril de 2013

De princesa a cenicienta (20 04 13)

HOY DÍA CÓRDOBA – Periscopio – viernes 4 de abril de 2013 

PERISCOPIO 

De princesa a cenicienta 

por Nelson Gustavo Specchia 





Me escribe una apreciada colega desde la Univertitat Autònoma de Barcelona, describiendo con una profundidad que no había encontrado hasta ahora las consecuencias anímicas de la crisis española. Han cambiado muchas cosas en los últimos meses, y han cambiado a una velocidad inusitada. Y más allá de los efectos en la estructura económica, han calado hondo en el ambiente y en el humor social. “Cierta felicidad cotidiana y una relativa tranquilidad estaban asociadas en el imaginario colectivo a la recuperación de la democracia tras el franquismo –me escribe la profesora catalana- y ese clima está desapareciendo: caras largas, malhumor, miradas agresivas o desalentadas...”

Ese ambiente, además, no se ve atemperado por la clase política y las instituciones. Al contrario. Mariano Rajoy, el presidente del gobierno, es poco más que un ente virtual desde que explotara el “caso Bárcenas”, con la revelación de la “contabilidad B” del oficialista Partido Popular, donde se comprobó que los contratos acordados por los funcionarios a las empresas proveedoras del Estado volvían en carácter de sobresueldos para los dirigentes del partido, Rajoy incluido.

Desde entonces, el presidente ha delegado toda comunicación en Soraya Sáez de Santamaría, y en la jefa del partido, Dolores de Cospedal. Él se limita a unas pantomimas de “conferencias de prensa” donde no se presenta en vivo frente a los periodistas, sino que les habla a través de unas pantallas de plasma (y, claro está, no contesta preguntas).

La oposición socialista, por su parte, sigue sumergida después de la violenta paliza de las últimas elecciones generales, en los inicios de esta pendiente de malhumor social, cuando las mayorías rechazaron la gestión naif y voluntarista de la crisis que hizo José Luis Rodríguez Zapatero.

REY DE BASTOS 

Ante esa ausencia de protagonismo en las fuerzas representativas, podría haberse esperado, en todo caso, que las instituciones del Estado –las que se supone por encima de los tembladerales de la coyuntura- fueran las que aportaran tranquilidad a una sociedad empujada a un ajuste draconiano y al desarme del Estado de Bienestar.

Pero no, éstas tampoco han estado a la altura.

Desde aquella foto en Botswana posando frente a un elefante abatido (de la que sólo se supo porque en la cacería se quebró la cadera), la popularidad del rey Juan Carlos y de la monarquía no han dejado de caer en picada. Hasta tal punto que han vuelto a flamear en movilizaciones populares las antiguas banderas rojas, amarillas y violetas de la Segunda República Española, y los islotes de republicanismo han reaparecido (en especial en las redes sociales).

Es que la Casa Real, cuyo titular es el Jefe del Estado, ha dejado demasiados flancos abiertos, que quizá podrían haberse disimulado un poco en tiempos de vacas gordas, pero que en estas horas de ajustes, achiques, ahorros forzosos, desempleo record y hasta olas de suicidios por desalojos inmobiliarios, no sólo son indisimulables sino que adquieren la dimensión de insulto.

Estos traspiés del monarca han echado por tierra sus años de construcción mediática elaborada buscando el bajo perfil: una campechanía que lo acercó a las masas populares y un intento de “normalidad” familiar. Esa imagen separaba efectivamente a la Casa Real española de las otras monarquías constitucionales europeas, siempre presentes en las revistas del corazón y en las páginas sociales.

Pero aquella es ya una imagen del pasado y la imputación de la infanta Cristina, en el juicio por corrupción y por tráfico de influencias de su marido, Iñaki Urdangarín, es la losa que entierra aquella paciente construcción del rey.

AMBICIÓN PLEBEYA

Cristina e Iñaki encajaban perfectamente en esa imagen un tanto idílica que armaban los publicistas de la Casa Real. Ella siempre tuvo un perfil bajo, como su padre, estudió y trabajaba como cualquier hijo de vecino en las oficinas de “la Caixa”, la caja de ahorros de Barcelona.

Se casó, además, con un apuesto plebeyo, que había sobresalido por sus dotes deportivas y que provenía de una comunidad autonómica a la que siempre el Estado español tiene que tratar con suma delicadeza: el País Vasco. Pero el “beyo plebello” (Les Luthiers dixit) era, además, ambicioso.

No le alcanzaban las partidas presupuestarias asignadas por el Estado para que ejerciera sus funciones de representación como duque consorte de la infanta, los palacios de invierno y los de la costa, los aviones y los autos. Quería más. Y armó una aparentemente inocua fundación para organizar eventos deportivos, “Nóos” que –oh casualidad- fue ganando contrato tras contrato, suculentos todos, en las comunidades autónomas gobernadas por el Partido Popular.

Todo el “caso Nóos” del ex deportista devenido en duque de Palma revela un entramado de tráfico de influencias y cobro de honorarios y comisiones millonarias, que no puede haber sido desconocido por la Casa Real. En definitiva, era el nombre de su suegro, el monarca, el que se utilizaba para abrir las puertas y conseguir los favores.

La causa que instruye el juez José Castro ha incorporado a la investigación correos electrónicos del duque de Palma, que se refieren a mediaciones del rey ante empresarios y políticos: “SM (Su Majestad) me comenta que un amigo suyo ha hecho la gestión que pedimos”, escribe su yerno, muy suelto de cuerpo.

DEMASIADAS PRINCESAS 

Cuando comenzaron a hacerse públicos estos documentos y se intuyeron los alcances de la estafa, la Casa Real intentó un control de daños y separó a las infantas de las presentaciones institucionales de la familia real.

El último 12 de octubre, día de la Fiesta Nacional española, los duques de Palma desaparecieron del palco, así como la infanta Elena, la hija mayor de los reyes. A los efectos protocolares, la familia real quedó limitada a Juan Carlos y Sofía y sus herederos: Felipe, príncipe de Asturias, y su esposa Letizia.

Pero ya era un poco tarde para este tipo de arreglos, y la caída de popularidad de la monarquía no se detuvo: el último discurso de navidad, ocasión en que el rey emite su mensaje anual a los españoles, tuvo la menor audiencia en quince años.

Y 2013 no comenzaría mejor: la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein, formalmente presentada como “amiga” del rey (pero ya nadie toma demasiadas precauciones en admitir una larga relación amorosa entre ambos) dijo en febrero que había realizado trabajos “delicados y confidenciales” para el gobierno.

También hizo gestiones para que el yerno de su “amigo” lograra más contratos. El jefe de los espías españoles, general Félix Roldán, tuvo que ir a dar explicaciones al Congreso –a puertas cerradas- sobre los “trabajos confidenciales” de la bella princesa alemana, la amante real. Demasiadas princesas.

Quizá las expectativas refundacionales sean exageradas, pero mi colega termina su apesadumbrada carta contándome que en la última movilización de desocupados, por las calles de Barcelona, se volvieron a escuchar unas frases que parecían llegar desde otro tiempo, desde las amarillas páginas de la historia: “Ni en dioses, reyes ni tribunos / está la salvación. / Nosotros mismos realicemos / el esfuerzo redentor... / El género humano / es La Internacional.” Exagerado o no, no habría que despreciar tan ligeramente el malhumor social.




Twitter: @nspecchia




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martes, 8 de enero de 2013

Brillantes reales (no tan brillantes) (08 01 13)

En foco - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 8 de enero de 2013 
Brillantes reales (no tan brillantes)
por Pedro I. de Quesada







El Rey de España, Juan Carlos I de Borbón, acaba de cumplir sus 75 años, el aniversario de brillante. Pero la vida lo encuentra con los brillos bastante opacos.

Las estrategias de la Casa Real para recuperar el terreno perdido durante 2012 –annus horribilis, según todos coinciden- no dan muchos frutos: por primera vez, desde los esperanzadores tiempos de la Transición, el sentir republicano crece fuerte.

La monarquía, aún así, sigue siendo la institución mejor valorada en la península, por encima del gobierno, la judicatura y la iglesia; pero la tendencia decreciente de esa estima condicionará el futuro del sistema político.

En el intento de recuperar protagonismo, don Juan Carlos acaba de dar una entrevista a Televisión Española, que ésta calificó de histórica. Hacía 12 años que el monarca no se prestaba a un diálogo periodístico extenso, y a la vista de los resultados de este cacareado encuentro con el periodista Jesús Hermida, sería aconsejable que siga haciéndolo con tan poca asiduidad.

La conversación estuvo lejos de ofrecer respuestas a los principales cuestionamientos de la Corona en los últimos tiempos, en especial en el año que acaba de terminar.

Los gastos de mantenimiento de la familia real a cargo de los presupuestos públicos en el marco de un severísimo ajuste económico en todas las áreas sensibles (ancianidad, jubilaciones, desocupación, educación y salud, que generan en estas horas una nueva “marea blanca” de marchas con guardapolvos); el desafortunado episodio de caza mayor en Botswana (semisecreta, que salió a luz a raíz de la rotura de cadera del monarca) y la patética foto del Rey junto a un elefante abatido; y los intríngülis del “yernísimo” Iñaki Urdangarín, procesado por corrupción y por enriquecerse con tráfico de influencias a la sombra de la Corona; no figuraron ni con una mención tangencial en la conversación.

Y era Hermida, un periodista serio, que termina también cuestionado por su pasmosa indulgencia para con el real entrevistado.

Don Juan Carlos conserva, a pesar de todo, el cariño de la gente de a pie y el respeto de la clase política. No se puede olvidar tan fácilmente que él renunció al poder que el dictador Franco le dejó en sus manos, para devolverle la soberanía al pueblo y habilitar, de esa manera, la Transición democrática.

Tampoco puede obviarse su papel firme cuando el “Tejerazo” del 23 de febrero de 1981 intentó volver atrás la historia con un golpe de Estado.

Pero todo eso ya es pasado. Hoy son otras generaciones las que miran hacia La Zarzuela y ven a una institución desfasada con los tiempos políticos contemporáneos.

El príncipe Felipe de Borbón y Grecia, a punto de cumplir los 45, deberá remar para mantener a flote el bote monárquico en la próxima sucesión. Y para eso no falta mucho.






Twitter:  @nspecchia


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miércoles, 26 de septiembre de 2012

Adiós a Carrillo (20 09 12)

Cultura y Política

Adiós a Carrillo

por Nelson Gustavo Specchia





Sin prisa ni pausa, la Transición española se va quedando sin testigos vivos. Esta semana acaba de irse uno de ellos, de los más importantes, y aquel período que se niega a cerrarse del todo pierde a una figura tutelar: Santiago Carrillo, histórico líder del Partido Comunista Español, y uno de los nombres que sostuvieron la construcción de la democracia peninsular luego de la fatídica experiencia de la Guerra Civil y los cuarenta años de la dictadura franquista.

Hace pocos meses, cuando las máximas instancias judiciales españolas analizaban el apartamiento del juez Baltasar Garzón, atendiendo a una denuncia impulsada por un sindicato de abogados cercano a aquella derecha autoritaria que partió en dos a la sociedad y al país durante buena parte del siglo XX, algunos familiares directos de las víctimas represaliadas por la dictadura pudieron hacerse presentes en el Tribunal, para testificar a favor de Garzón. Y esa oportunidad, además de extraña -si no me equivoco, fue la primera vez que una víctima directa de la represión dictatorial pudo dar su testimonio en sede judicial desde el restablecimiento de la democracia-; además de extraña, digo, actuó de clave simbólica: el tiempo del resarcimiento, para los que vieron sus derechos y los de sus familiares conculcados por el autoritarismo de Estado, se acaba.

Uno de los testigos, que se había preparado largamente para ir a declarar a favor del único juez que les había abierto una vía para recuperar los cuerpos de sus padres y hermanos asesinados y enterrados en fosas comunes e ignotas por el franquismo, no llegó a hacerlo, se murió -de muerte natural, esta vez- apenas unas horas antes de su turno en el juzgado. Otra mujer, cubierta de negro, llegó al banquillo de los testigos con sus últimas fuerzas, y el centro de su ruego fue, precisamente, que la justicia le permitiera conocer el destino final de aquellos familiares represaliados antes de que su tiempo se acabe. Es sabido cómo terminó aquello: las peticiones de esos primeros testimonios de víctimas directas fueron desoídos por Sus Señorías, y el juez Baltasar Garzón expulsado de su tribunal. De momento, no habrá más búsquedas de fosas comunes, ni autorizaciones para exhumar cadáveres N. N. de hombres, de mujeres y de niños de aquella mitad de España que soportó el peso de las botas de los vencedores de la Guerra Civil. Con la muerte de Carrillo, a sus largos 97 años, vuelve la clave simbólica a dar una nueva vuelta: además de las víctimas directas, ya los últimos protagonistas de aquella historia van desapareciendo. Y el proceso sigue sin cerrarse.

A diferencia de otros procesos sociales y políticos extremos, que implicaron una tensión interna y una posterior resolución negociada, el tajo que dividió a la península de la Piel de Toro se empeña en permanecer abierto, o a supurar por unos costurones demasiado gruesos para mantenerlo cerrado. Han pasado los años, pero los geniales versos y la advertencia de don Antonio Machado siguen vigentes: "entre una España que muere / y otra España que bosteza / españolito que vienes / al mundo te guarde Dios / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón."     

El hacedor
La vida de Santiago Carrillo, de casi un siglo, pasó por el centro de los más importantes eventos que fueron abriendo ese tajo, y también de su mano estuvo encargarse de dar algunos de los puntos de esos costurones que intentaron cerrarlo. Los análisis y los obituarios que lo recuerdan en estos días, desde un costado al otro del arco político español, deberían ser una oportunidad para revisar los alcances culturales del proceso llamado Transición (así, con mayúsculas, porque en su momento supuso la intención de un nuevo comienzo político, de una refundación institucional), y del listado de deudas que viene acumulando desde 1975, tras la muerte del "generalísimo" Francisco Franco y la conversión de la dictadura basada en el "caudillo", en la pretensión de una monarquía constitucional moderna, con la asunción (Franco lo había designado personalmente su sucesor en 1969) del rey Juan Carlos I de Borbón.

En los primeros años '30, cuando las dos Españas de Machado se tensaban (el poema, por cierto, es anterior a la Guerra Civil), Carrillo embanderó a las Juventudes Socialistas en el proceso de "bolchevización": la Revolución de Octubre rusa estaba temporalmente muy cerca, y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) iba a ser, en la mirada de estos jóvenes revolucionarios, el encargado de llevar la vanguardia del proletariado al poder en Madrid. Cuando fracasó el intento revolucionario de 1934, Carrillo terminó con sus huesos en la cárcel, pero el Frente Popular lo indultaría poco después, y él redoblaría la apuesta: unificar a comunistas y socialistas, expulsar a los "reformistas" (o sea, a los que se inclinaban por la vía democrática), y apoyar la vía armada.

Cuando Franco da el Golpe de Estado contra la República, y se declara la Guerra Civil en 1936, Santiago Carrillo ya lideraba las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), filosoviéticas y estalinistas. En ese rol se le encargarán las cárceles madrileñas, y será a la postre sindicado como responsable de uno de los puntos más oscuros de su carrera: los fusilamientos de nacionalistas en la cárcel de Paracuellos, una atrocidad criminal de los republicanos que nunca tuvo una explicación convincente, y cuyos secretos Carrillo acaba de llevarse a la tumba. Las purgas estalinistas llevaron a apartar (o a la muerte) a muchos compañeros republicanos: "la dureza de la lucha no dejaba márgenes" explicaría Santiago Carrillo a la vuelta de los años.

Mano a mano con Dolores Ibárruri, la "Pasionaria", controló el Partido Comunista Español durante un largo exilio de casi cuatro décadas. A mediados de los años '50, con la Pasionaria conciben el giro más importante del PCE: la apuesta por la "reconciliación nacional", dejando de lado los planes de tumbar al régimen franquista desde la táctica guerrillera. Por los mismos años, y tras las críticas a Stalin por parte de Kruschev, el PCE se acerca a sus homólogos italiano y francés, en la construcción del "eurocomunismo". Carrillo también fue aquí uno de los hacedores principales. Y a principios de los setenta, con un Franco ya de salud declinante, el secretario general de los comunistas españoles va a idear el proyecto de "ruptura pactada", que sería el germen de lo que luego se conocería como Transición: el cambio político en España sería resultado de un conjunto de acuerdos, sin vencedores ni vencidos. Quién lo acompaña en ese proyecto será el mayor exponente de la derecha "racional": Adolfo Suárez, a quien don Juan Carlos encargará luego el gobierno de transición.

Esos pactos ideados por Carrillo fueron los que modelaron la nueva cultura política española: la Constitución, el hecho de que los jueces no puedan remover fosas comunes ni heridas generacionales, la entente de la clase política con los antiguos cuadros de la derecha franquista, el reparto de las competencias entre Madrid y las Comunidades Autónomas.

Pero a ese político todo terreno, que venía surfeando el siglo en las más complicadas aguas, le falló un cálculo que no estaba previsto: Felipe González. El joven andaluz de nariz respingona y carisma avasallante representaba otro proyecto, y claramente otra generación. "Felipillo" volvió a orientar al PSOE hacia la socialdemocracia y hacia la modernización de España, liberando al partido de todas las lacras y las viejas lealtades soviéticas, estalinistas y eurocomunistas. Y ganó, elección tras elección, mientras Santiago Carrillo pasaba a un segundo plano y la edad le imponía la jubilación.

Su figura ha sido central para la cultura política española contemporánea. Y pasado ya un cuarto de siglo desde el inicio de la Transición, fue protagonista tanto de lo bueno como de lo criticable que ha resultado de todo aquello. Aunque una cosa es clara: España no es un modelo terminado y los cabos sueltos que dejaron los pactos de la Transición siguen sueltos.

Una nueva generación, ya sin el tutelaje de las herencias protagónicas de los Carrillo, los Manuel Fraga Iribarne o los Adolfo Suárez, debe encargarse de la renovación cultural de la política española. Y el rey haría una contribución positiva a esa renovación generacional si se decidiese a dar un paso al costado.






Twitter:  @nspecchia


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jueves, 14 de junio de 2012

Vergüenza judicial y política (15 03 12)


HOY DÍA CÓRDOBA – columna “Periscopio” – viernes 15 de junio de 2012. 



Vergüenza judicial y política 


por Nelson Gustavo Specchia







En los momentos de crisis política no sólo se ponen a prueba la solidez de las instituciones del país, sino también el temperamento de su clase dirigente. Y Europa tiene sobre ello profundas experiencias, especialmente en la más grande coyuntura problemática de su historia contemporánea, como fue la salida de la segunda Guerra Mundial y la reconstrucción del continente para una era de paz. Entonces, fue la generosidad, el altruismo y la largueza de miras de sus principales referentes políticos las que permitieron el inicio del proceso de integración (que, por sobre todo, implicaba una gradual cesión de soberanía nacional de cada país que ingresaba al proyecto) y la efectiva construcción del más prolongado período de relaciones pacíficas y complementarias en un territorio que desde siempre fue escenario de conflicto.

Pero la paz social y la bonanza económica de medio siglo de crecimiento y sostenido desarrollo en el Viejo Continente han debilitado aquel conjunto de premisas, y por lo que estamos viendo en estos días, también la actitud de su clase dirigente. Ante un nuevo período crítico –de momento, limitado a la faz económica- la élite política europea está reaccionando en una doble dirección: la de protegerse a sí misma y la de “salvarse” en forma aislada, aunque el costo de esas salidas incluya deshacer las bases del Estado de Bienestar y las del propio proceso de integración que ha habilitado el largo medio siglo de paz europea.

La llegada de François Hollande al gobierno francés, y la posible victoria de Alexis Tsipras al frente del partido Syriza en Grecia este fin de semana, apenas alcanzan a atenuar el discurso único en el que se ha enrocado la clase política europea, unificada en tonos ideológicos conservadores y comandada por el peso económico de la canciller alemana Ángela Merkel.

Y en ese entorno de cortedad de objetivos grupales y de egoísmo personal en las posiciones de los dirigentes, España sobresale entre todos los países europeos, superando inclusive a otros casos paradigmáticos de escándalo político –como la operística Italia- con el denominado “Caso Dívar”: un representante destacado en la administración del Estado, primera figura de la más alta institución judicial, envuelto en un turbio asunto de utilización de fondos públicos para pagarse gastos privados, que se niega a dar cuentas o a renunciar a sus fueros, reposando sobre la seguridad de que la clase política que integra lo apañará y lo terminará exculpando.

LOBOS Y CORDEROS

El movimiento de los “indignados” del 15-M español ha intentado denunciar y enfrentarse precisamente a esta manera de entender la gestión pública por parte de una casta dirigencial que, a mucha distancia de aquel sentido de Estado que permitió la salida y la transición de la posguerra, asume las candidaturas y los cargos públicos con el patrimonialismo de un coto de caza. Modificando la letra de una popular copla, con todo el garbo andaluz los jóvenes del 15-M cantan en Sevilla: “nos venden a las empresas / don Botín es el patrón / han ‘salváo’ los grandes bancos / y toda la culpa es pá’ti / esta democracia da pena, pena / todos juntos hoy en pie / ¡ya está bien, ya está bien / de tanta penita, pena...!”

Frente a estas mayorías de desencantados, sin embargo, los lobos no temen y ni amagan con acusar el golpe de advertencia. El “Caso Dívar” es ejemplar porque alcanza por igual a las dos puntas del arco político español, o sea, a todo el sistema. Carlos Dívar es un político y un juez conservador, tradicionalista y católico, pero que se convirtió en la más alta autoridad judicial española –presidente del Tribunal Supremo de Justicia y presidente del Consejo General del Poder Judicial- por un acuerdo alcanzado en 2008 entre la derecha del Partido Popular (PP) y el Partido Socialista (PSOE), que incluyó en su momento el respaldo personal del ex presidente del gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero. Ahora, el juez denunciado por sus propios pares por haber realizado más de treinta viajes privados a las costas de Marbella, alojándose y cenando con un acompañante en los hoteles y restaurantes más exclusivos y cargando esos gastos a las cuentas públicas, apela a sus colegas en el gobierno para que lo defiendan. Y el sentido de pertenencia de la manada del poder puede más que las evidencias de cohecho y de bochorno.

Para que el ejemplo del “Caso Dívar” sea aún más denotativo de la crisis estructural por la que atraviesa la clase política, a la vergüenza se le suma la hipocresía. Cuando el alto juez conoció la denuncia de sus pares por los gastos espurios cargados a las cuentas oficiales, dijo, despreciativo, que se trataba “de una miseria” de euros, aunque cada fin de semana de cuatro o cinco días en las exclusivas playas mediterráneas representaran una suma equivalente a varios salarios mínimos.

Los contactos políticos del juez empujaron a que la Fiscalía desechara la denuncia, y procediera a archivarla en tiempo record. Pero la presión popular y la investigación periodística han seguido adelante, y en medio de ella apareció la hipocresía de los que se consideran a sí mismos fuera del tratamiento de los comunes. El juez, de opiniones y posturas tradicionalistas respecto a las opciones y a las conductas sexuales, claramente homófobo, habría malgastado aquellas asignaciones oficiales en cenas en Puerto Banús con su asistente personal desde hace más de quince años, Jerónimo Escorial, a quién lo une una relación íntima.

MÁS ALLÁ DEL DELITO

Ante la presión social, los compañeros de ruta del jefe del Poder Judicial se han visto obligados a ofrecer algunas concesiones. El Partido Popular, con mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, ha aceptado finalmente la petición de la oposición y permitirá que Carlos Dívar se presente ante los legisladores para ser interpelado; aunque –en el modo confuso que el presidente Mariano Rajoy y su bancada están convirtiendo en estilo de comunicación- se han negado a fijar una fecha concreta para esa rendición de cuentas.

Por su parte, Dívar sigue insistiendo en que él no tiene ninguna cuenta ni ninguna explicación que dar a nadie, y que ni se le cruza por la cabeza renunciar a su cargo. Un puesto que, además de las opulentas y caras cenas en Marbella a la luz de las velas, supone asignaciones anuales del orden de los cien mil euros, autos oficiales, escoltas y un largo etcétera de beneficios.  

Más allá de la cuestión de si haber pagado gastos privados con dinero público constituye delito o no, si finalmente el “Caso Dívar” logra sortear los tribunales, la distancia que separa a la clase política española del resto de la sociedad aumentará de manera considerable. En el ámbito jurídico, el de preservación de los derechos, el símbolo de su trato excepcional no sólo impactará al orden institucional, sino también a la ética pública y, por ello, al estado de ánimo de una sociedad ya de por sí deprimida.

El próximo lunes está prevista una visita del jefe del Estado, el rey Juan Carlos, al Consejo del Poder Judicial; si para entonces Carlos Dívar permanece en su cargo y recibe al rey envuelto en su toga negra y en todos los privilegios que le están permitiendo esquivar el trato de un ciudadano común, la imagen que la élite política trasmitirá –y justo en un pico de tensión de la crisis económica- será lamentable.

En momentos de crisis se ponen a prueba las instituciones y sus representantes. Si España muestra estas condiciones, que no sorprenda luego que el riesgo país siga subiendo y que no alcance rescate europeo alguno para devolver la confianza en el sistema. Como dice la copla, da pena. Penita, pena.  





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Donde dije digo, digo Diego (12 06 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 12 de junio de 2012





Donde dije digo, digo Diego



por Pedro I. de Quesada 









Mariano Rajoy es un guerrero paciente. Una paciencia que le permitió esperar, elección tras elección, hasta que el desgaste de sus adversarios le dejó expedito el acceso al poder. Sus colaboradores dicen de él que tiene “piel de rinoceronte”, que no se pliega ni en una arruga ante las adversidades.

Pero el presidente del gobierno español parece decidido a agregar una nueva cualidad a esa biografía combativa: el de sargento de la batalla de las palabras.

El Banco Central Europeo acaba de aprobar, en tiempo record, un multimillonario rescate a la banca española, de unos 100.000 millones de euros (que habrá que devolver, más los intereses), que restringirá el margen de acción de la política económica ibérica a mínimos, e impondrá el control de los inspectores merkelianos sobre las cuentas y sobre el déficit de Madrid.

Sin embargo, Rajoy se niega terminantemente a que alguien pronuncie la palabra “rescate”: si sus recetas no han logrado enderezar la realidad, está dispuesto a reconstruir esa realidad desde el discurso. Difícil ganarle a la voracidad de los mercados desde la manipulación de los términos: al día siguiente del anuncio de “una línea de financiamiento europeo a los bancos” (tal el eufemismo que el gobierno decidió utilizar, para que nadie mente al temido “rescate”), la prima de riesgo de España cruzó la línea de los 520 puntos.

Rajoy ha fracasado prácticamente en todas sus promesas en los cinco meses que lleva en la Zarzuela: dijo que no aumentaría el IVA, y lo aumentó; que no tocaría las jubilaciones, y hubo que tocarlas; que los bancos eran sólidos, y apenas unos días después de haber nacionalizado Bankia –la gran caja de Madrid y del Partido Popular- se anuncia el enorme chorro de euros para fortalecer el sistema financiero.

Cuando todo parece perdido, el hombre de la piel de rinoceronte, como aquellos aristotélicos convencidos de que el logos construye, ha decidido reconstruir la realidad desde sus palabras. Intenta trasmutar su peor momento político en una victoria: “hemos conseguido con nuestras reformas de austeridad que no sea el Reino de España el que necesite ser auxiliado por Europa”, o sea, no somos Grecia, ni Irlanda ni Portugal.

Pero donde dije digo, digo Diego: España no está tan lejos de sus colegas, y el millonario rescate muestra un triángulo vicioso: en una punta, vuelve a llenar de dudas el futuro inmediato; en otra, demuestra que la solvencia pública no alcanza para garantizar el sistema bancario y que depende del capital europeo, con los controles externos que ello traerá aparejado.

Y en la tercera punta, que el gobierno del PP, junto a sus socios conservadores del continente, ponen negro sobre blanco en cuanto a sus prioridades políticas: los que se rescatan son los bancos (y los banqueros), a los desocupados de a pie (una cuarta parte de los trabajadores y más de la mitad de los jóvenes), que los rescate Dios.





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lunes, 16 de abril de 2012

Un elefante que se llamaba “Trompita” (17 04 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 17 de abril de 2012



Un elefante que se llamaba “Trompita”


por Pedro I. de Quesada






La Monarquía española pasa por sus momentos de más apuro desde la redacción de la Constitución. En ese texto refundacional acordado tras la muerte de Franco, hubo un artículo no escrito pero respetado por todos: el Rey es intocable.

Los grupos económicos y los medios de comunicación se avinieron también a esa cláusula tácita. Un acuerdo de cúpulas que ha sobrevivido por 40 años, con las únicas excepciones de los partidos de izquierda y de los grupos del republicanismo secesionista en el País Vasco y en Cataluña.

Pero los porcentajes minoritarios y marginales que representan estos colectivos no han incidido mayormente en aquella entente: la Monarquía representa en su unidad a la pluraridad de España, y el Rey es la imagen del Estado.

Pero como tantas cosas cosidas con retazos en esas negociaciones de la transición, donde había que pegar parches rotos de telitas frágiles junto a trozos de cuero crudo y duro, los costurones están cediendo. La Monarquía viene descendiendo por una pendiente sostenida en la aceptación social peninsular. Uno de los termómetros de este descenso lo constituye, precisamente, el hecho de que la prensa haya dejado de ser una cortina negra que tapa la ropa sucia del Palacio de la Zarzuela.

Todo el “caso Urdangarín”, que ventila en los tribunales de Mallorca los tráficos de influencia con que el yerno del monarca se forró los bolsillos, ha sido reproducido al detalle y sin anestesia por los diarios de primera línea (con la sola excepción del periódico “ABC”, de probada editorial conservadora y monarquista).

Y en este annus horribilis para los borbones, uno de los nietos del Rey se dispara en un pie, usando una escopeta de caza ilegal a sus años, y el propio Juan Carlos I se quiebra la cadera en una carísima cacería de elefantes en Botswana, uno de los países más paupérrimos del África negra.

No sólo por las repercusiones negativas desde una perspectiva medioambiental; o que los más de cuarenta mil euros de la cacería hayan sido sufragados por las arcas públicas que financian a la Casa Real, en un momento en que todo es recorte y achique, desde la salud a la educación; sino también que la tournée cinegética se haya hecho en secreto, sin ni siquiera informar al gobierno (sólo fue revelada por el accidente en que el Jefe de Estado se quebró la cadera), ha convertido el tiro al elefante en un disparo a la propia institución monárquica.

Y parece haber dado en el blanco. La prensa mundial y las redes sociales están exaltadas, con una foto que repele: el Rey posando frente a un elefante abatido, la trompa aplastada contra el tronco de un árbol, y todos los políticos españoles preguntándose qué hacer ahora.

Encima, en el histórico anuncio de recuperación de YPF, la presidenta argentina muestra un gráfico con las ganancias de Repsol, y dice que en la utilización de esos dividendos estuvo “la trompa del elefante”. Magistral. Casi un tiro de gracia.




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viernes, 30 de marzo de 2012

A la huelga, madre, yo voy también (30 03 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – columna “Periscopio” – viernes 30 de marzo de 2012.





A la huelga, madre, yo voy también

Por Nelson Gustavo Specchia






España se levantó ayer en la primera huelga general contra el gobierno conservador del Partido Popular presidido por Mariano Rajoy, la octava desde la recuperación democrática.

Nicolás Maquiavelo, aquel florentino del renacimiento que sentó toda una escuela politológica, aleccionaba al Príncipe sobre la utilización de los tiempos políticos. Los primeros cien días de un nuevo mandato, sostenía Maquiavelo, deben ser utilizados para aplicar las medidas más impopulares que integran el plan del gobernante; en ese tiempo inaugural, la relación con el pueblo está todavía impregnada del dulce sabor de la victoria que ha habilitado el nuevo poder, y las expectativas y las esperanzas que despierta contribuyen a suavizar lo antipático de las medidas. En definitiva, que si hay que tragar una dosis de amargura, más vale apurar el trago pronto y rápido.

Mariano Rajoy debería haber leído más atentamente a Maquiavelo (la edición de “El Príncipe” anotada por Napoleón Bonaparte es especialmente ilustrativa), justo cuando está cumpliendo ahora sus primeros cien días en el palacio de La Moncloa: a juzgar por los reveses de esta semana, ha malgastado la oportunidad que le ofrecía este tiempo bautismal.

La huelga general de ayer –multitudinaria, con niveles de acatamiento que oscilaron entre un 97 por ciento en las industrias y un 60 por ciento en las oficinas públicas, con picos violentos en las grandes ciudades- fue precedida por los golpes electorales en las autonómicas de Andalucía y Asturias. Después de la victoria –contundente- de noviembre pasado, el oficialismo confiaba en que se mantendrían las tendencias, y le otorgarían el gobierno de las dos circunscripciones en disputa.

Salvo el País Vasco, donde el “lehendakari” socialista Patxi López resistía en soledad, la totalidad de los gobiernos autonómicos españoles han sido copados por la derecha del Partido Popular (o por partidos regionales afines). Ganar Andalucía, la más extensa y más poblada de las provincias españolas y un feudo histórico del Partido Socialista, hubiera sido la confirmación del poder de Rajoy.

Pero, y contra todo pronóstico, fue el anuncio de que sus primeros cien días están simbólica y fácticamente concluidos.

La huelga general de ayer vino a ratificar esa impresión: en la península se abre un nuevo tiempo político, con una renacida oposición en el parlamento y una activa contestación social en las calles. Ambos frentes obligarán al gobierno de Madrid a negociar, con mayor detenimiento del que tenía planeado, la política de ajustes estructurales y el fin del Estado de Bienestar: algo que Rajoy se ha comprometido a hacer frente al liderazgo europeo, en especial frente a su correligionaria alemana Ángela Merkel.

Pero si estaba decidido a darle el golpe de gracia a las políticas sociales y aplicar las recetas merkelianas sin anestesia, Maquiavelo le hubiera recomendado hacerlo en estos tres meses que terminaron ayer con la huelga general. Desde aquí en adelante lo tendrá más difícil.

“YO POR ELLOS, MADRE, Y ELLOS POR MÍ”

Rajoy necesitaba el triunfo en Andalucía para consolidar su hegemonía institucional. Con más de cinco millones de desempleados, la industria caída y los trimestres de recesión acumulándose, el gobierno del Partido Popular sólo concibe dos salidas a la encerrona: reducir las cuentas públicas al mínimo histórico, aunque eso implique abandonar el modelo de Estado que viene construyéndose desde el postfranquismo; o resignarse a pedir el auxilio financiero de los fondos de rescate europeos, siguiendo la dolorosa y humillante vía griega.

Mariano Rajoy no está dispuesto a admitir ningún punto intermedio, por más que importantes centros de pensamiento político, think tanks vinculados a la socialdemocracia, y relevantes personalidades de la intelectualidad y de la cultura insistan en ello. Su razonamiento es lineal, y simplista (pero efectivo, como se ha visto): si la crisis estalló con el socialismo en el poder, los socialistas –y sus recetas- son responsables de la crisis. Punto, y a otra cosa.

Sabedor de los costos sociales que sus intenciones de cirujano mayor acarrearían, se cuidó en todo momento de mostrar abiertamente sus cartas. Logró transitar toda la campaña que lo llevó a La Moncloa sin especificar en qué consistirían las medidas que adoptaría cuando fuera presidente, y se limitaba a decir que serían lo contrario de lo que estaba haciendo Rodríguez Zapatero que, como quedaba a la vista, estaba “hundiendo a España”.

Inclusive después de haber ganado las elecciones y ser investido jefe del gobierno, siguió ocultando las cartas. Tanto él como sus principales ministros –Soraya Sáenz de Santamaría, Luís de Guindos, Cristóbal Montoro- sólo han anunciado que los recortes serán profundos y drásticos, pero han dilatado una y otra vez el momento de anunciarlos.

Y todo por Andalucía. Rajoy sabía que mostrar las tijeras era arriesgar la gran autonomía del Sur, en la que el socialismo gobierna desde su creación, en 1982. Parecía que el plan era que cuando Javier Arenas –uno de los dirigentes más cercanos al presidente- se hubiera hecho con el poder en Sevilla, Rajoy anunciaría las nuevas medidas de ajuste económico (y para entonces ya no le importaría soportar una huelga general, tal como lo admitió en enero en la Cumbre de Bruselas, en voz baja pero cerca de un micrófono –esos incordiantes aparatitos del chismerío global- que lo registró).

Javier Arenas no ha llegado al poder. Y lo que es peor: el Partido Popular ha obtenidos unos resultados más desfavorables que los logrados en las generales de noviembre pasado (cinco puntos porcentuales menos, cerca de medio millón de votos).

Y con el revés de las elecciones autonómicas, la huelga general de ayer tuvo otra motivación y otra lectura. Ya no era solamente la reacción del gremialismo organizado contra los planes gubernamentales de modificación del mercado de trabajo, sino que se constituyó en el inicio de un nuevo giro político, como canal de expresión de todos aquellos sectores de la población española que entienden que la cirugía mayor planificada por Rajoy no es la única alternativa para salir de la crisis.

“ES LA HORA DE LUCHAR”

Una vieja tonadilla popular, que viene de la gran huelga de 1919 en Barcelona y que Chicho Sánchez Ferlosio actualizó en los años finales del franquismo, volvió a escucharse en las calles españolas en la jornada de ayer. “A la huelga, compañero / no vayas a trabajar / deja quieta la herramienta / que es la hora de luchar. / A la huelga 10, a la huelga 100 / a la huelga, madre, yo voy también / a la huelga 100, a la huelga 1.000 / yo por ellos, madre, y ellos por mí.”

Y los jefes de los dos grandes sindicatos españoles –Comisiones Obreras, y Unión General de Trabajadores- se felicitaban en las últimas horas de la tarde por el éxito de la convocatoria. Mientras los analistas reflexionaban sobre las consecuencias que esta abrumadora demostración de fuerza, de una oposición rápidamente recuperada de la paliza electoral de noviembre volviendo a las calles, los sindicatos apuntaban a dos medidas concretas: que el gobierno abra un marco de negociación con los actores sociales para morigerar el ajuste neoliberal en marcha; y hacia la presentación de los postergados presupuestos generales del Estado, que Rajoy escondió en la manga hasta que pasaran las elecciones andaluzas, pero que hoy estará finalmente anunciando a su consejo de ministros.

Las centrales sindicales aspiran a subirse a un proceso de negociación que pueda neutralizar las aristas más urticantes del ajuste, y –a pesar de la masiva adhesión que tuvo la huelga- habrá que ver si lo logran.

Porque los “halcones” del Partido Popular, por el contrario, empujan a Mariano Rajoy a esquivar “las líneas blandengues” y a “mantener la reforma laboral contra viento y marea”, como pedía ayer el editorial del diario “La Razón” mientras las columnas de huelguistas ocupaban todos los espacios públicos, hasta los pequeños pueblos de provincia.

Si el gobierno se pliega a sus sectores más duros y mantiene el rumbo ortodoxo (Luís de Guindos ya dijo que la reforma laboral no se moverá “ni un ápice”), la confrontación social estará garantizada, y la protesta de los sindicatos volverá a la carga el próximo 1 de mayo.

Madrid está cada día más parecida a Atenas.




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martes, 20 de marzo de 2012

Bendito trabajo (20 03 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 20 de marzo de 2012


Bendito trabajo

por Pedro I. de Quesada






Tiempos hubo, en los que España era la hija dilecta de la iglesia católica, y el mayor semillero de curas y monjas del mundo entero. Tiempos hubo en que la península se preciaba de tener más obispos que la misma Italia, y casi tantos sacerdotes seglares (de parroquia) y regulares (monjes de monasterio) como pueblo llano.

En aquella España de ayer, las clases se dividían en tres: oratores, bellatores y laboratores; o sea, los que sólo oraban (los curas), los que defendían (la nobleza), y todos los demás, que laboraban para mantenerse a ellos y a los dos primeros. Lograr ser cura en aquella España era como sacarse la lotería: comer caliente, dormir en cama blanda, y no fatigarse demasiado.

Tiempos pasados, irremediablemente.

Esta semana, la iglesia española acaba de lanzar una nueva campaña publicitaria: “hazte cura, no te proponemos un buen sueldo, pero al menos tendrás trabajo asegurado.” ¡Cómo han cambiado los tiempos!

La crisis económica que ahoga a España golpea preferentemente en los más jóvenes. Hasta el año pasado, caía sobre los menos preparados educativamente, los que habían trabajado en la construcción y se quedaron en la calle cuando explotó la burbuja inmobiliaria; pero ahora alcanza también a los universitarios y a los profesionales con algunos años de experiencia.

Las últimas mediciones del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de Madrid muestran un crecimiento alarmante en la curva de desocupación juvenil, y la mayor parte de la emigración laboral que está abandonando el suelo español (con rumbo a países nórdicos, pero también a las costas americanas) tiene entre 25 y 35 años.

Por la desocupación estructural (no tener ningún tipo de trabajo), el “empleo precario” y el “trabajo basura” son salidas obligadas para muchos. La reforma laboral de Mariano Rajoy y del Partido Popular (PP) flexibiliza los despidos y –teóricamente- favorecería la rotación, al eliminar muchas de las garantías de estabilidad que estaban asociadas al empleo.

Si los “mileuristas” (aquellos que apenas arañaban los 1.000 euros por mes) eran los que estaban en el último peldaño de la escala laboral hasta hace unos meses, hoy un “mileurista” comienza a ser la aspiración de muchos que han quedado muy por debajo de ese listón de mínima.

Y a esa cuesta abajo en la rodada de los laboratores, viene a sumarse la crisis vocacional de los oratores: la iglesia española, tiempo atrás tan poderosa y multitudinaria, se está quedando sin curas.

Los obispos vienen ensayando diversas alternativas, como hacer la vista gorda a los que se casan (se calcula que de los 27.000 curas que quedan en España, unos 7.000 están casados con una mujer y siguen ejerciendo); pero aún así en los seminarios apenas si hay aspirantes.

Ahora los obispos han salido a pescar candidatos entre los jóvenes desocupados: “No te quedes en el paro, ¡hazte cura! No tendrás un gran sueldo, pero al menos serás ‘mileurista’!” Ay, Señor, Señor.





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domingo, 4 de marzo de 2012

¿Príncipe o sapito encantado? (02 03 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – columna “Periscopio” – viernes 2 de marzo de 2012.





¿Príncipe o sapito encantado?


Por Nelson Gustavo Specchia







La Monarquía española, muy a su pesar, ocupa desde fines del año pasado el centro de las miradas de la península, y de una sección de la prensa que no le es nada habitual: las páginas policiales.

Desde fines de diciembre, cuando el juez José Castro, titular de la Sala Número 3 de los Tribunales de Palma de Mallorca e instructor del caso de corrupción en torno al Instituto Nóos, decidió levantar el secreto de sumario e imputar como acusado de malversaciones de fondos millonarios al yerno del rey Juan Carlos I de Borbón, Iñaki Urdangarin, el sistema político español comenzó a contener el aliento. El juez citó a Urdangarin a prestar declaración indagatoria para febrero, notificándolo de que libraría contra él una orden de arresto si no dejaba su seguro domicilio en Washington y no se trasladaba al territorio español a presentarse ante los juzgados. El yerno del monarca –junto a su esposa, la infanta Cristina- volaron desde la capital norteamericana, donde residen, y el Duque de Palma se presentó en el tribunal del juez Castro. Por primera vez en la historia de España, un miembro de la realeza tuvo que acudir como imputado a declarar ante un tribunal civil.

La noticia podría haberse limitado a esas páginas de policiales, que han tenido a Urdangarin como protagonista estrella durante las últimas semanas. Pero las circunstancias especiales que rodean a los reyes españoles en particular, y al sistema monárquico en relación con la política interna en general, hacen que las corruptelas en las que el poco prudente Duque haya incurrido, tendrán un impacto político imposible de esquivar.

UN HOMBRE DISCRETO

El Rey de España es una figura respetada por prácticamente todo el arco político, incluyendo a la izquierda republicana. Una consideración que Juan Carlos de Borbón se ha granjeado, no sin dificultades, a fuerza de compromiso con las instituciones democráticas, y de un muy bajo perfil en la incidencia de la familia real en cualquier otro aspecto de la vida pública española que no sea la representación formal de la Jefatura del Estado. Así, en los cortos años de vida institucional desde la Transición, el monarca ha logrado remontar el “pecado de origen” de haber sido elegido por el dictador Francisco Franco, y puesto por él en la condición de sucederlo tras su muerte. Esa manera tan displicente del “Caudillo” –en la misma línea de discrecionalidad absoluta con que gobernó el país durante cuatro décadas- no respondía a ninguna lógica. Los sectores monárquicos habían apoyado claramente al golpe de Estado contra la República, y se embarcaron sin dudar en el bando de los Nacionales cuando estalló la Guerra Civil; pero todos suponían que, una vez que el golpe se hubiera consumado y el gobierno de “los rojos” hubiese sido expulsado del poder, los militares devolverían la jefatura del país a los Borbones. Y así lo entendió también, durante años, don Juan, el hijo de Alfonso XIII y heredero de la Casa Real. Don Juan confiaba en el generalísimo Franco (lo llamaba “mi Franquito”), pero una vez que tuvo el poder en sus manos, “Franquito” decidió quedárselo, y obligó a don Juan a permanecer en su exilio de Estoril. Muchos años más tarde, el dictador anunció que sí, que alguna vez le devolvería el país a los Borbones, pero salteando a don Juan y eligiendo a su hijo, Juan Carlos. Así, lo nombró su heredero.

Comenzar a reinar con esos antecedentes fue una carga, un “pecado de origen” para el nuevo monarca, que además debía reinar en un país que se volcaba mayoritariamente hacia el socialismo de Felipe González, y veía despertar los sueños de autonomía de sus regiones más díscolas (catalanes, vascos) después de las décadas del aprisionamiento del franquismo a cualquier especificidad o diferenciación cultural que pusiera en cuestión la España “una, grande y libre”.

Pero el rey optó por la prudencia. Se acercó al felipismo socialista, inclusive a los partidos nacionalistas autonómicos, y fue ganándose su confianza. Y luego, su activa participación en frenar el intento de golpe de Estado del coronel Antonio Tejero, el 23 de febrero de 1981, terminó por convencer a muchos de que el rey estaba comprometido con la instauración democrática, y de que la Monarquía podría llevarse bien con un sano parlamentarismo. Desde entonces, la discreción de Juan Carlos I y de la familia real han aportado a su consolidación en el entramado político español.

BÉSAME, PRINCESA

Pero entonces llegó el momento en que sus hijas tuvieron que encontrar marido, y la cosa se complicó sobremanera. La infanta Elena terminó con Jaime de Marichalar el primer divorcio de la Zarzuela; y la infanta Cristina se enamoró de un joven deportista, medalla de oro en las Olimpíadas, alto y guapo, que con el mágico beso de la princesita archivó los torneos y le vio el filón a los negocios.

Iñaki Urdangarin, según está destapando el juez instructor, entendió que su nueva condición nobiliaria, como Duque de Palma de Mallorca y yerno del Jefe del Estado, le otorgaba una posición privilegiada. Y sin ninguno de los reparos que tanto había cuidado el monarca en los tiempos inaugurales de su reinado, Urdangarin convirtió aceleradamente su nueva posición en cientos de miles de euros. A través de una supuesta Organización No Gubernamental sin fines de lucro, el Instituto Nóos, se dedicó a la captación de fondos públicos, donaciones, subsidios y concesiones de eventos, especialmente de las comunidades autonómicas gobernadas por el Partido Popular. Luego, a través de la constitución de empresas fantasmas –pero éstas sí con fines de lucro- dirigidas por amigos personales, sus hermanos y otros miembros de su familia, generaba supuestos servicios que eran contratados por el Instituto Nóos y pagados con aquellos ingentes fondos provenientes de las arcas autonómicas. Y para cerrar el círculo, el dinero así conseguido era rápidamente girado a cuentas en paraísos fiscales en las Islas Cayman.

Entre 2003 y 2006, el Instituto Nóos facturó de esta guisa, según los registros tributarios españoles, más de quince millones de euros. Un escándalo con todas las letras. Como semejantes sumas eran imposibles de ocultar, al igual que la velocidad de enriquecimiento del Duque de Palma (compró dos palacios, de varios millones cada uno, tanto en Barcelona como en Washington), la Casa Real reaccionó, y el monarca envió a un emisario personal, el conde de Fontao, con la renuncia de su yerno a toda vinculación con el Instituto Nóos, y la prohibición expresa de que continuara con ese tipo de actividades. Iñaki firmó la renuncia que le mandaba ya redactada su suegro, pero el gustito por la plata fácil y grande se le había hecho carne, y siguió ejercitando el tráfico de influencias a pesar de haberse desvinculado formalmente de la trama de empresas hoy investigadas. Una red que, en una de sus ramas, tiene también en el directorio otra firma muy comprometedora: la de “Su Alteza Real Doña Cristina de Borbón y Grecia”, la princesita que besó al sapo.

No hay forma de tapar el sol con una mano, pero la Casa Real lo intenta. Ha separado a Iñaki Urdangarin de toda actividad oficial, y casi ha admitido su culpabilidad en la red de corrupción al declarar que su conducta “no fue ejemplar”. Son símbolos fuertes, pero con seguridad no serán suficientes para frenar el escándalo. Y mucho menos si, como la declaración del Duque frente al juez José Castro el 25 de febrero pareció anticiparlo, Urdangarin termina finalmente encarcelado por corrupción y su esposa, la hija del Rey de España, involucrada como cómplice.

Un escenario cuyas consecuencias para la estabilidad de todo el sistema político serían demoledoras.






nelson.specchia@gmail.com

jueves, 9 de febrero de 2012

Garzón, condenado (10 02 12)

Hoy Día Córdoba – Periscopio – Magazine – viernes 10 de febrero de 2012





Garzón, condenado


por Nelson Gustavo Specchia


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España vivió un acelerado proceso de modernización, especialmente motorizado por la inclusión del país en el proceso de integración europea, apenas unos días más tarde de que sepultaran al generalísimo Francisco Franco bajo una losa de varias toneladas en el Valle de los Caídos, esa megalómana abadía horadada en la montaña madrileña.

Era un proceso acelerado que enviaba señales de “normalización”: España abandonaba el aislamiento particular que había mantenido durante cuatro décadas, de ser una dictadura filofascista de partido único y libertades restringidas, para recomponer su estatus democrático a tono con los tiempos y con el entorno geográfico y cultural europeo. Esas señales comenzaron con cierta debilidad durante la primera transición, con personajes cercanos al propio régimen dictatorial, cuando Adolfo Suárez presidía el gobierno, e inclusive tuvieron sus intentos de vuelta atrás, como el conato de golpe de Estado del teniente coronel Antonio Tejero, el 23 de febrero de 1981; “el Tejerazo” sólo se frenó con la comparecencia del rey Juan Carlos por la televisión, con el uniforme de Comandante en Jefe de las fuerzas armadas, para ratificar el compromiso de la Monarquía con la democracia recién recuperada.

Pero luego de estos primeros momentos, las señales de modernización y de europeización de España adquirieron un ritmo sostenido. Felipe González, a pesar de toda la prédica socialista, una vez que se hizo cargo del gobierno metió a la península en la OTAN; los fondos de compensación desde Bruselas hacia Madrid implicaron una revolución en infraestructuras, que la dictadura había olvidado en condiciones medievales; la “movida” cultural, con el “destape” en las películas y en las playas del mediterráneo; la “ruta del bacalao” en las discos de las grandes ciudades y de las costas del sur; y el abordaje de la memoria reciente desde la literatura (los últimos años de la República, la Guerra Civil, la Victoria de los Nacionales y los largos años del franquismo se multiplicaban por docenas en novelas y ensayos); fueron todas señales auspiciosas de un cambio de ciclo. La imagen internacional de España se recuperaba a pasos rápidos, y las heridas –las tremendas heridas de medio siglo- se dejaban al borde del camino. Tan raudo era ese proceso de modernización, tan grande era la necesidad de llegar pronto a Europa, que las deudas sociales con aquellas generaciones enteras de víctimas y de vencidos se aplazaron sine die.

Pero aquellas señales eran engañosas, y aquello de echar un manto sobre los crímenes del franquismo y las cuatro décadas de represalias contra los vencidos, terminó siendo una mala decisión. Ha tenido que aparecer la sentencia contra el juez Baltasar Garzón, esta semana, para que se haga completamente evidente que España no podrá meter debajo de la alfombra su pasado inmediato, ese medio siglo trágico que la cortó en dos partes, y que no habrá atajos hacia la modernidad ni hacia la europeización que le eviten el tormento de mirarse al espejo, asumir las culpas y las deudas. Antes o después, pero tendrá que hacerlo.

CARA DE CHIVO (EXPIATORIO)

Baltasar Garzón ha sido un personaje polémico. Pero el fallo –votado por unanimidad por los jueces de la Sala Penal del Tribunal Supremo español- que lo expulsa de la carrera judicial y lo condena a 11 años de inhabilitación, tiene todas las características de una venganza y de un aviso. La venganza de una corporación imbuida de un tinte ideológico conservador y afín al núcleo central de la etapa franquista, contra uno de sus miembros, un díscolo que no aceptó el statu quo obligatorio sobre el pasado político pactado durante la Transición. Y de un aviso para navegantes: quién ose levantar la tapa de la caja de los truenos y revolver las cenizas del pasado, será castigado con todo el peso de la espada, ese grueso filo que la imagen de la corporación judicial blande en su mano derecha (una imagen, dicho sea de paso, con la cual los semiólogos pueden hacerse todo un festín).

Con tres juicios abiertos, la primera sentencia dictada contra Garzón esta semana marca cuál va a ser la tónica de las demás. En ésta, los jueces que juzgaron a su díscolo compañero no tuvieron empacho en dar vuelta los roles, y aceptar por buenos los reclamos de Francisco Correa y Pablo Crespo, los dos jefes mafiosos de la trama corrupta denominada “Gürtel”, vinculada al financiamiento ilegal del Partido Popular, actualmente en el gobierno de la península. Garzón ordenó, durante la instrucción del caso contra la mafia del Gürtel, las escuchas telefónicas entre los presos y sus abogados, de quienes sospechaba estaban colaborando con una millonaria huída de divisas producto de las operaciones ilegales de sus clientes, los capos de la mafia. Esta resolución, que los propios fiscales del Tribunal Supremo, Antolín Herrero y Pilar Valcárcel, defienden por proporcionada con la gravedad de los delitos, acaba de ser censurada por el Supremo con epítetos tales como “monstruosa”, “infamante”, “injusta”, o “barbaridad inconstitucional”.

A pesar de que, a todas luces, la cara del ahora inhabilitado juez sea la máscara del chivo expiatorio, la lectura del fallo deja claro cuál es la intención perseguida por la corporación judicial en el caso contra Baltasar Garzón: presentarlo como un juez prevaricador (o sea, que toma resoluciones a sabiendas de que son injustas), y violador de las leyes y de los derechos constitucionales.

“ATADO Y BIEN ATADO”

Con el perfil que le dibuja el fallo de la Sala Penal del Tribunal Supremo, parece quedar habilitado el camino –y sentada la jurisprudencia- para el próximo fallo, el que seguramente lo condenará por no haberse quedado quieto y declararse competente para investigar los crímenes de la dictadura franquista.

Desde aquella decisión política de dejar a un costado, en la banquina de la acelerada ruta hacia la modernidad y hacia la europeización de España a las víctimas y a los represaliados de la dictadura, nadie había prestado atención a los familiares y a las asociaciones de ciudadanos que reiteradamente peticionaban ante todas las instancias del Estado. Escribieron al Rey; a los sucesivos presidentes del Gobierno; a los Secretarios Generales de las Naciones Unidas; al Tribunal Europeo de los Derechos Humanos; a los obispos y arzobispos de la Iglesia católica. Nadie les respondió, nunca. (Bueno, en realidad el cardenal Rouco les mandó una cartilla sobre cómo perdonar a los enemigos...) Ya lo había dicho el generalísimo Francisco Franco poco antes de morir: Aquí no va a pasar nada, que para eso lo dejo todo atado y bien atado.
En medio de esa desatención y ninguneo, el titular del Juzgado Número 5 de la Audiencia Nacional, que ya se había hecho famoso por perseguir al terrorismo homicida de ETA; a las mafias corruptas como la red Gürtel; o inclusive por defender la competencia universal en delitos de lesa humanidad –como los cometidos por las dictaduras militares en Argentina o en Chile-, vino a escuchar sus peticiones, y las transformó en causas judiciales sobre las que se declaró competente. Las denuncias se volcaron en el juzgado de Baltasar Garzón desde diciembre de 2006, y siguieron creciendo hasta fines de 2008, cuando la corporación judicial reaccionó y la Sala Penal decidió mayoritariamente que la competencia no era de su juzgado. El frenazo de los jueces fue inmediato: no se abrirían más fosas, no se investigarían los restos, no se discutiría nada de aquellos cuarenta años, por más que incluyeran delitos tales como crímenes masivos y desaparición forzada de personas. “Me aboqué –se defendió Garzón en su alegato final esta semana- porque esos crímenes siguen cometiéndose hasta el día de hoy, como única defensa que las instituciones creo que deben a las víctimas, para que no se produzca el olvido y la falta de memoria”.

Muchos españoles se han movilizado para protestar contra el trato dado al inhabilitado juez. Y sus propios colegas insisten en que estos juicios son un despropósito y un hazmerreír. Alguien tan prestigioso como el profesor penalista Javier Álvarez sostiene que con la sentencia contra Garzón sólo “están de fiesta los narcotraficantes, los terroristas y la extrema derecha”, y pide que el gobierno no acepte la sentencia y otorgue de inmediato medidas de gracia. Pero es que en el gobierno está el Partido Popular, que forma parte de aquel entramado de hilos y sogas con que el generalísimo dejó todo atado y bien atado. No creo que sea realista esperar que desde el poder político se contradiga a la corporación judicial.

Las condenas contra Baltasar Garzón son, en definitiva, nuevos intentos de esconder la basura y los polvos de la historia debajo de la alfombra. Puede funcionar durante un tiempo, pero finalmente será un propósito vano: no hay sociedades sanas que hayan esquivado hacer frente a su historia, por más autopistas aceleradas a la modernidad que hayan corrido.






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lunes, 23 de enero de 2012

El cazador cazado (24 01 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 24 de enero de 2012 


El cazador cazado
 

por Pedro I. de Quesada









Al juez español Baltasar Garzón se la tenían jurada. Y se la están cobrando.

Pero, más allá de que reconozcamos la recomposición del poderío de la derecha brava a nivel global, yo no alcanzo a explicarme cómo los vericuetos de los sistemas judiciales, las tramas de alianzas y de lobbys, y los márgenes de discrecionalidad y de interpretación de las leyes, se han enredado tanto como para habilitar una paradoja que hace apretar los dientes de rabia.

Porque que a uno de los jueces más arriesgados de la democracia española, que se jugó literalmente el cuerpo persiguiendo en casa a la demencia terrorista de ETA; a la corrupción de los nuevos ricos europeos en las administraciones autonómicas de la península; y a los verdugos de una tiranía de cuatro décadas, lo hayan logrado sentar en el banquillo de los acusados –y estén a punto de suspenderlo como juez por el resto de la vida- precisamente los que se lucraron de esas corrupciones (los políticos blanqueadores de dinero del “caso Gürtel”) y las asociaciones de magistrados vinculados a la dictadura franquista, rebasa cualquier lógica democrática mínima.

Es como si los abogados del tirano Augusto Pinochet (ahora el gobierno del presidente Piñera no quiere que se hable más de tiranía ni de dictadura, sino sólo de “proceso militar” en aquel Chile del horror), bueno, digo, es como si los defensores del jefe del “proceso militar” chileno le hicieran juicio a Baltasar Garzón por haber librado aquel pedido de detención internacional por violación a los derechos humanos, que tuvo a Pinochet guardado en un domicilio londinense durante varios meses, hasta que logró zafar y subirse a un avión hacia Santiago (de donde no volvió a salir, por las dudas).

Hoy, el juez Baltasar Garzón volverá a los Tribunales, sometido a juicio por investigar los crímenes del franquismo. La semana pasada, estuvo sentado en el mismo sitio de los acusados, por haber dispuesto escuchas telefónicas entre los presos de la trama corrupta de blanqueo de capitales conocida como Gürtel, decisiones con las cuales evitó que se fugaran millones de euros.

Los grupos de poder de ultraderecha todavía vinculados a los cuarenta años del gobierno del generalísimo Franco, y reunidos ahora en un sindicato sarcásticamente denominado “Manos Limpias”, piden veinte años de inhabilitación para Garzón, por supuesto delito de prevaricación, o sea, de haber dictado a sabiendas resoluciones injustas.

El cazador, cazado.

Y las víctimas, los hijos, nietos, y ya hasta bisnietos, de aquellos cientos de miles de españoles represaliados por el franquismo (durante la Guerra Civil y más todavía una vez que los Nacionales se instalaron en el poder de Madrid) vuelven a quedarse huérfanas de alguien que las escuche. Sólo querían justicia, y saber dónde están los huesos de sus abuelos.

Garzón intentó darles esa compensación. Iluso él: buena parte del poder sigue estando en las mismas manos (“limpias”) que lo tuvieron siempre.





Cambio de tercio (27 12 11)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 27 de diciembre de 2011


Cambio de tercio


por Pedro I. de Quesada






Las corridas de toros van desapareciendo; en este año que termina el gran José Tomás lidió por última vez en la plaza Monumental, de Barcelona. En esas lides, cada cambio de tercio se anuncia con cornetas y redoblantes.

La comparación vale, al escuchar por estos días el cada vez más nítido retumbo del cambio de tercio histórico que estamos viviendo, en la lid de los gobiernos contra el toro bravo de la crisis.

Un pase que, en muchos aspectos, cruza desde las viejas arenas europeas hacia las tierras montaraces del sur de América.

Entre los pífanos de este retumbo de cambio de ciclo, algunas perlas navideñas: Después del discurso de investidura –previsible y anodino- del presidente conservador del gobierno español, Mariano Rajoy, esta semana comenzaron las definiciones del nuevo gabinete, y no han sido precisamente para alegrarse.

El nuevo ministro de Economía, Luis de Guindos, eligió un escenario especial para su primera comunicación pública: un acto con la presencia de José María Aznar, el antiguo jefe del Partido Popular, y guardián de su ortodoxia.

Guindos dijo que la economía española volverá a entrar en recesión con la llegada del 2012, que se superarán los cinco millones de desocupados, y que no habrá crecimiento tampoco en el primer semestre del próximo año.

Guindos, el banquero elegido por Rajoy para gestionar la crisis, es un ex ejecutivo de Lehman Brothers, la firma cuya quiebra desencadenó, precisamente, esta crisis financiera.

Otro de los pitidos de la fanfarria que denota el movimiento del centro hacia estas costas lo dio el nuevo Canciller de Rajoy, José Manuel García Margallo. Dijo que los países latinoamericanos deben “dejar de revisar la historia”, y reconocer en España la madre común. Un discurso que atrasa un par de años (o de siglos), inclusive para un ministro de Exteriores conservador.

A García Margallo le ha dolido el fracaso de la última cumbre iberoamericana, de este año en Paraguay, y quiere que la de Cádiz del año que viene vuelva a ser una reunión familiar. Todo bien. Pero creer que la vía para lograr ese objetivo es llamar al olvido a los hijos pequeños y convocarlos a la mesa del Rey, huele a naftalina.

Y como si todos estos pitidos de cambio fueran pocos, el diario El País, otrora la voz intelectual del progresismo socialista, no deja de ahondar en una línea reaccionaria para con todos los temas políticos latinoamericanos.

Desde que los propietarios del diario se hicieran con acciones del Grupo Clarín, los artículos y las editoriales del periódico madrileño sobre Argentina se han incorporado, como un actor especialmente dinámico, a la oposición al gobierno nacional. La editorial de ayer, titulada “La ley de Fernández” (y vergonzante a mi criterio), se refiere a la Argentina como un país apenas “formalmente democrático”. Pífanos, trompetas y redoblantes.

Mientras tanto, Brasil desplaza a Gran Bretaña y se ubica como la sexta mayor economía del mundo.

¡Ah, las costas americanas!




La cara oculta de la luna (20 12 11)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 20 de diciembre de 2011


La cara oculta de la luna

por Pedro I. de Quesada





Y un día, la derecha española volvió a La Moncloa.

Los conservadores del Partido Popular siempre sostuvieron que los socialistas en 2004 les “robaron” unas elecciones que ya daban por ganadas, cuando los islamistas fanáticos hicieron volar por los aires los trenes en Atocha y José María Aznar no pudo endilgarle el atentado a los vascos de la ETA: estaba claro que el extremismo islámico había decidido responder con sangre a la más impopular de todas las medidas del “amigo íntimo” de George W. Bush, la participación de España –en soledad europea- en la invasión norteamericana a Irak.

Pero lo que les quitó la fallida política exterior, se los ha devuelto la crisis económica. Rodríguez Zapatero sale por la puertita de atrás, olvidado aún antes que termine de juntar sus petates. Intentó primero ignorar la crisis, diciendo que no existía tal cosa; para después pegar un golpe de timón y, con la fe de los conversos, aplicar todos los ajustes que el liderazgo neoliberal de la Unión Europea le pidieran.

Silencioso, mientras tanto, el gallego líder de la oposición, don Mariano Rajoy, esperaba que cayeran las brevas. Y todas fueron cayendo en los últimos meses, mientras el crecimiento de la derecha en las encuestas trepaba sostenidamente.

En todo este tiempo, el secreto mejor guardado fue el programa de gobierno que tenía Rajoy en carpeta; de eso no se hablaba, y apenas se daban sutiles y polisémicas señales. Es común el dicho en la península, que si encuentras a un gallego en la mitad de una escalera, nunca sabrás si está subiendo o si está bajando, y don Mariano hacía honor a esa característica de su pueblo.

Durante los últimos meses trabajó casi en secreto, se reunió con líderes del Partido Popular, intendentes, expertos, asesores, ministeriables, economistas, sociólogos y politólogos, preparando el mensaje que develaría la salida a la crisis, la luz al final del túnel.

El secreto se mantuvo hasta ayer, cuando el ex titular del registro de la propiedad de Santa Pola –ya convertido en Presidente del Gobierno español- dio su discurso de investidura.

Y, para desazón de unos pocos y como muchos temíamos, la sorpresa no reveló nada nuevo: la luna también es redonda del otro lado. Mariano Rajoy, previsible hasta el cansancio, seguirá línea a línea el libreto neoliberal de Ángela Merkel.

Ajuste por arriba y ajuste por abajo: disminuirá los impuestos, acabará con las subvenciones sociales y los subsidios a los desocupados, eliminará los feriados, recortará en 16.500 millones de euros el gasto, bajará los sueldos de los empleados públicos, congelará las pensiones durante un año, cancelará las prejubilaciones, y “cumplirá con los compromisos de Europa” (esto es, con el recetario merkeliano).

Lo demás, sólo fueron buenas intenciones, aunque ni una palabra de cómo piensa lograrlas.

Previsible, y soporífero. La canciller alemana al menos pega un par de gritos, y golpea el atril con el puño cerrado de vez en cuando.



Bienvenidos, gallegos (29 11 11)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 29 de noviembre de 2011


Bienvenidos, gallegos

por Pedro I. de Quesada





Entre los coletazos más insólitos de la crisis del euro, está la posibilidad de una nueva emigración.
La salida de griegos y de irlandeses (especialmente hacia los Estados Unidos) ha hecho saltar algunas alarmas, y analistas demográficos sostienen que en los próximos meses llegará el turno de España.


El informe que la OCDE (la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, principal “think tank” europeo) hizo público ayer en París fue lapidario, y viene a abonar esta hipótesis.
 
Si se mantienen las tendencias históricas, la Argentina volverá a ser destino prioritario. Después de los peninsulares llegados a nuestras tierras en el período colonial, la segunda oleada, alrededor de los años ’40, trajo a más de dos millones de españoles, en un 70 por ciento gallegos: Buenos Aires es la segunda ciudad del mundo con mayor población de gentes de Galicia, después de La Coruña. Y en el último censo (2010) todavía se registraban más de cien mil españoles residentes en estas pampas.

Siempre fueron bienvenidos, aunque no supieron devolver la gentileza con el mismo trato cuando cambiaron las tornas y muchos compatriotas decidieron cruzar el “charco” en sentido contrario (por cierto, también una parte importantes de estos argentinos que en 2001 salieron a las disparadas, ya han regresado o están volviendo).

Ahora la OCDE anticipa las previsiones que pueden preparar una nueva corriente migratoria hacia América: la organización recorta todas las expectativas de crecimiento actuales, a pesar de que ya están bajo mínimos, y calcula que la tasa de desocupación seguirá aumentando en los próximos dos años. En el último recuento, España registró cinco millones de desempleados, y en 2012 serán muchos más.

La OCDE dice por primera vez, y sin empachos, que toda la eurozona está en recesión, y ante las difundidas versiones de la posibilidad de una vuelta a las antiguas monedas, sostiene en su informe de ayer que el abandono del euro convertiría la actual recesión en una depresión económica superior a la vivida en la crisis de 1929.

El cálculo menos pesimista es que la vuelta a la peseta implicaría una pérdida del 40 por ciento del valor de la moneda española, que –claro- sería cubierto por los pequeños ahorristas (corralito bancario mediante, al igual que aquella triste experiencia local) y los asalariados que aún tengan trabajo.

Para los técnicos de la OCDE, la media del “paro” español subirá al 23 por ciento de la población el año que viene, y el PBI se acercará al cero absoluto. Con Mariano Rajoy y el Partido Popular en el gobierno, además, el ajuste al gasto público será mayor que el contemplado hasta ahora, y el achicamiento del déficit para cumplir con la reciente reforma constitucional expulsará cientos de empleados públicos.

La combinación de estos factores llevará a un achicamiento del consumo; y remata el informe sosteniendo que también las exportaciones españolas sufrirán un frenazo.

Así que ya saben: otra vez se vienen los gallegos.



sábado, 29 de octubre de 2011

ETA renuncia al tiro en la nuca (28 10 11)

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ETA renuncia al tiro en la nuca
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por Nelson Gustavo Specchia
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Acorralada por la historia, la organización guerrillera E.T.A. (Euskadi Ta Askatasuna, Patria Vasca y Libertad) escenificó el pasado 20 de octubre su abandono definitivo de la lucha armada, como vía para conquistar la independencia del País Vasco de las “potencias ocupantes” de España y Francia. Apelando a la iconografía y los escenarios que han marcado la tradición de las guerrillas en las últimas décadas, tres individuos cubiertos de negro, con una capucha de seda blanca en la cual dos diminutos orificios sólo permiten ver las pupilas de los ojos, y tocados con una txapela, la tradicional boina vasca, anunciaron –esta vez en idioma castellano, no en euskera, porque estaba dirigido al mundo entero- que tras casi 900 víctimas, el reinado del terror, de los atentados homicidas a supermercados, del balazo frio en la nuca de un concejal detenido, de las bombas lapa en los guardabarros de los coches y, en fin, de la tensión de miedo y sospecha que ETA consiguió imprimir en la apacible y generosa vida civil vasca, ha terminado.
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A diferencia de anuncios anteriores, esta vez parecían tres hombres los sentados a la corta mesa, frente a la insignia del hacha y la serpiente verde que ha sido el escudo de la banda; también era masculina la voz que leyó el comunicado. La contundencia del anuncio, y la tremenda importancia para la construcción cívica española, quedó en cierta manera opacada por la noticia, en simultáneo, del prendimiento y muerte del coronel Muhammar el Khaddafi, en la orilla sur del Mediterráneo, con su morbosa carga de fotografías y de videos ensangrentados. Pero, amén de su desplazamiento a los titulares menos destacados de las portadas, el paso dado por la organización terrorista debe ser leído como uno de los acontecimientos más importantes de la democracia peninsular desde el derrocamiento de la dictadura franquista, cuya transición ahora sí está cerrada. Al mismo tiempo, abre todo un nuevo capítulo en la política española, donde ETA ya no constituirá un obstáculo, pero tampoco podrá ser utilizada como excusa para no plantear las cuestiones de fondo, con que las comunidades autónomas (no sólo los vascos) interpelan al gobierno central de Madrid, desde las diversas áreas de competencias de gobierno local, hasta la distribución presupuestaria global del Estado.
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LOS MUERTOS QUE VOS MATÁIS
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Pero, antes de que el fin de la guerrilla separatista abra los nuevos capítulos del debate político, hay todo un conjunto de cuestiones que deben asumirse, para comenzar a cerrar las heridas que estas décadas de terror han dejado abiertas y engangrenadas. Esta semana ha sido la primera en la que los políticos y funcionarios, tanto del gubernamental Partido Socialista de Euskadi (PSE, la marca vasca del estatal PSOE), como de la oposición del conservador Partido Popular (PP), pudieron salir a la calle sin escoltas. Algunos de ellos pudieron volver a visitar los barrios viejos del centro histórico de San Sebastián o de Bilbao, tradicionales feudos de los proetarras, que se habían convertido en terreno vedado para toda una parte de la población. Habrá, también, que hablar de los presos políticos, que la estrategia antiterrorista del gobierno central ha mantenido dispersos por diversas cárceles españolas, en general alejadas del País Vasco. Habrá que abrir un debate amplio, donde sectores del tradicional partido regional, el Partido Nacionalista Vasco (PNV), habrán de reconocer también su parte de responsabilidad en el mantenimiento, durante tantos años, de la amenaza del tiro en la nuca en un contexto democrático y de libertades civiles y políticas aseguradas. Otros colectivos gravitantes en la composición social de Euskadi, como la jerarquía y el clero de la Iglesia católica –una de las más nacionalistas de Europa- deberán hacer lo propio. Un grupo de sacerdotes dio el primer paso esta semana, al proponer un pedido de perdón, desde la Iglesia, a esa mayoría de la sociedad vasca que el terrorismo mantuvo de rehén; aunque sugirieron asimismo que “España también debería pedir perdón” a ese sector que ha aspirado históricamente a su independencia.
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En esta reapertura de la discusión, donde las condiciones para el restablecimiento democrático de la paz deben estar necesariamente en el centro –y con prioridad ante cualquier discusión política, aunque falte menos de un mes para la celebración de las elecciones generales- debe comenzarse, considero yo, por el reconocimiento a la paciencia y a la tenacidad de las mayorías de Euskadi, que a pesar del peligro que suponía la banda, no se amilanaron y salieron a la calle una, dos, tres, cientos de veces, con las manos pintadas de blanco, en columnas silenciosas y pacíficas, multitudinarias marchas del silencio que fueron horadando el terror y arrinconando a los violentos.
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En la escenificación donde los encapuchados anunciaron “el cese definitivo de la actividad armada”, ETA dijo que lo hacía obedeciendo al pedido de un grupo de “facilitadores internacionales”, entre los cuales se contaron al ex secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan; a la ex primer ministra noruega, Gro Harlem Brundtland; y al ex jefe de las guerrillas del IRA irlandés, Gerry Adams.  Los voceros de ETA, que se siguen considerando a sí mismos la “organización socialista revolucionaria vasca de liberación universal” y siguen saludando con el puño izquierdo en alto, comenzaron en ese mismo momento con la reescritura de su historia, de cara al futuro. Será muy difícil asumir que han sido unos asesinos que mataron a sangre fría a civiles desarmados; que plantaron la “kale borroka” (la violencia juvenil callejera) para amedrentar al ciudadano de a pie; y que extorsionaron con secuestros y con la amenaza del terror a cientos de comerciantes y pequeños empresarios. En su lugar, la parafernalia “socialista” del puño en alto, las rimbombantes apelaciones a la libertad y a la opresión de los pueblos, presagia el inicio de la construcción discursiva del mito de los héroes patrióticos. Por eso el “cese de las armas” se hace ante los intermediarios internacionales, para no admitir que ha sido el tesón y la resistencia social vasca la que terminó acorralándolos y quitándoles los últimos rastros de legitimidad, aquella que habían acumulado al oponerse con la fuerza a la dictadura del general Franco, y que se negaron a abandonar cuando las condiciones políticas cambiaron y el período dictatorial fue reemplazado por una democracia plena, con todas las libertades aseguradas.
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“DE PIEDRA BLINDADA”
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Abriendo ese debate amplio sobre la plena vigencia de los derechos humanos en Euskadi tras la desaparición final de ETA, habrá que reconocer que esta victoria de la sociedad civil (esos “vascos de piedra blindada” a los que cantó Miguel Hernández) sobre los violentos, contó también con el apoyo de un sector de la izquierda “abertzale”, que progresivamente se fue separando del apoyo a los etarras y adoptando un camino de inclusión en las instancias democráticas autonómicas y estatales.
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Sería inconducente negar que ETA sobrevivió tantas décadas sin un respaldo social; minoritario tal vez, pero real. Entonces el rol de esos “abertzales” de la izquierda independentista será a partir de ahora conciliar el núcleo duro de su discurso separatista, con el respeto a las conductas y las vías representativas y democráticas. No alcanzará con apoyar el fin del tiro en la nuca, deberán también garantizar el pluralismo electoral y, cuando sea el caso, resignarse a la voluntad decidida por las mayorías. Y este compromiso de los sectores independentistas con las reglas del juego democrático será especialmente crítico a partir del mes que viene, con el más que probable regreso del derechista Partido Popular al Palacio de la Moncloa.
La performance electoral de las agrupaciones de la izquierda “abertzale” (las coaliciones de Bildu y de Amaiur) que se desmarcaron de ETA en las últimas elecciones municipales, tanto en el País Vasco como en Navarra, siguen mostrando que hay una quinta parte de la población vasca que continúa apoyando la histórica reivindicación del país propio. Pero la Constitución española de 1978 reconoce la posibilidad de plantear cualquier reforma legal, incluyendo las mociones de independencia de una parte del territorio, si se tienen los votos suficientes.
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ETA había perdido todas las batallas. El cese final de la violencia no ha sido una concesión graciosa de su parte, sino una victoria democrática de los grandes colectivos sociales. Si los vascos quieren realmente independizarse de España, sólo tienen que plantearlo, en un entorno de libertad de expresión y participación, y decidirlo por mayoría.
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Twitter:  @nspecchia
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[ Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 28 de octubre de 2011 ] 
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jueves, 21 de abril de 2011

Las facturas de Zapatero (07 04 11)


Las facturas de Zapatero

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Por Nelson Gustavo Specchia
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El presidente del gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero, tenía fama de ser un político de suerte.
Los comentarios sobre su suerte comenzaron en aquella interna del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), donde Zapatero, contra todo pronóstico, le arrebató la conducción al histórico dirigente José Bono. Pero por donde más circuló la fama de suertudo, y dicha con cierto regusto amargo en la expresión, fue en los corrillos afines al Partido Popular (PP).
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Los conservadores achacaban a la suerte de Zapatero que los atentados del islamismo radical, que hicieron volar los trenes en la estación de Atocha, se dieran en las postrimerías del gobierno de José María Aznar. Un infortunio para la derecha que, junto al poco sutil tratamiento que el atentado tuvo desde el gobierno (Aznar y su entorno insistían, contra toda prueba, que había sido un acto terrorista de ETA, y que no guardaba ninguna relación con la participación de España en la invasión a Irak decidida por George W. Bush y a la que Aznar se había sumado, en contra de la opinión de todo el resto de la Unión Europea), les hubiera sacado de las manos unas elecciones que ya daban como ganadas.
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Una victoria del PP que hubiera instalado a Mariano Rajoy en la Moncloa, sellando la continuidad de la derecha española en el gobierno desde los tiempos de Felipe González. Pero Zapatero les ganó esas elecciones, y después de sacar a las tropas españolas de Irak, volvió a ganar las siguientes.
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No hay otra explicación que su buena estrella, se escuchaba reiteradamente en el cuartel general del PP, en la calle Génova, en el centro madrileño. Pero entonces llegó la crisis económica, y la buena suerte del líder socialdemócrata pareció extinguirse a pasos agigantados.
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Rodríguez Zapatero, de quien se dice cultiva un optimismo a prueba de balas, tuvo cinco fallos de estrategia que, por lo que está a la vista, se han convertido en sus mayores lastres, en las cinco facturas que ha venido a saldar esta semana, con su renuncia a volver a presentarse como candidato a la presidencia del gobierno.
Las siempre difíciles relaciones entre Madrid y Barcelona (y entre el PSOE nacional y el Partit dels Socialistes de Catalunya, PSC) vivieron otro momento álgido, en los inicios de esta etapa socialista, con la aprobación del nuevo Estatuto autonómico catalán, bajo el liderazgo del correligionario Pascual Maragall al frente de la Generalitat. Zapatero midió mal las consecuencias de la ampliación de las facultades autonómicas, y el “Estatut” terminó entrampado en un tira y afloje judicial del que aún no ha salido.
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El segundo error de cálculo lo constituyó la estrategia frente a la organización terrorista vasca ETA. Zapatero imaginó una negociación secreta con la banda, negada públicamente desde el gobierno. Y fue una mala apuesta: ETA lo interpretó como una debilidad, y se atrevió a tensar más la cuerda con una nueva muestra de fuerza. Y la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas voló por los aires. Dos inmigrantes ecuatorianos que dormían en el estacionamiento perdieron la vida, y la sociedad acumuló una nueva factura –pesada- contra el líder socialdemócrata.
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Pero estas deudas de política interna, a pesar de su fuerte densidad simbólica al momento de definir conductas en el electorado español, quedaron opacadas por la debacle gubernamental cuando la crisis económica originada en los Estados Unidos alcanzó las costas europeas.
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En un primer momento, José Luís Rodríguez Zapatero decidió hacer como el avestruz, y hundió la cabeza en la tierra. No hay tal crisis, afirmaba a diario, sino una simple desregulación de los mercados. A su lado, las empresas (especialmente las constructoras, averiadas por el reventón de la burbuja inmobiliaria) cerraban sus puertas y los índices de desocupación subían en cada medición, pero el presidente del gobierno se mantenía en sus trece: España no está en crisis, decía.
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Luego, cuando insistir en esa posición se hizo insostenible, cuando los bonos de la deuda pública griega cayeron a precios de miseria, Irlanda se preparaba para un rescate, y se difundía la sospecha de que los próximos en caer serían Portugal (como, de hecho, ha pasado esta semana, con la solicitud de ayuda del gobierno socialista luso de José Sócrates a la Unión Europea) y España, entonces Zapatero decidió admitir que sí, que efectivamente la crisis también había llegado a la economía de la península. Pero a renglón seguido comenzó a sostener que la recuperación española ya había comenzado. La dificultad de convertir este cambio de posición en un mensaje de confianza, se convirtió en la cuarta losa de piedra sobre una imagen ya muy débil.
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Entonces llegó el vuelco. Después de haber negado la existencia misma de la crisis, o de haber propuesto que se estaba saliendo de ella cuando pareció verla, en mayo del año pasado Rodríguez Zapatero decidió sincerarse, y pegó un rotundo golpe de timón a la dirección de su gobierno, alineándolo a la estrategia que para enfrentar la crisis propugnaban en la Zona Euro la canciller alemana Ángela Merkel y el presidente francés Nicolás Sarkozy: achicar el Estado, disminuir el gasto público, recortar prestaciones sociales, alargar la edad jubilatoria, subir los impuestos, eliminar exenciones, flexibilizar el mercado laboral con contratos más blandos y despidos más baratos y, en definitiva, dejar de lado el discurso y el programa socialdemócrata, para reemplazarlo por una terapia de shock neoliberal.
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La poca credibilidad que le quedaba a su figura, y su capacidad de maniobra política, sufrieron un golpe determinante. Una quinta factura que, según comenzaron a indicar las encuestas y las mediciones de opinión, los votantes esperan cobrarse apenas tengan la primera ocasión electoral. Su buena estrella se había apagado.
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El sábado 2 de abril, después de reunirse en la Moncloa con los principales empresarios españoles, y de tener en la mano las encuestas sobre la tendencia en firme para las elecciones municipales y autonómicas del próximo mes de mayo, Rodríguez Zapatero anunció formalmente su renuncia a volver a encabezar las listas del Partido Socialista en las generales.
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Las facturas acumuladas en el mal manejo de la agenda interna y de la crisis económica han venido a empujar el cierre de una etapa que, además, puede llegar a coincidir con un cambio de turno en la conducción del gobierno español, habilitando nuevamente las mayorías legislativas a la derecha del Partido Popular.
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No puede ser sino un resultado lamentable. Algo salió mal. En definitiva, José Luis Rodríguez Zapatero ha sido la encarnación de un programa progresista, amplio e inclusivo, con el que se avizoraba la posibilidad de cerrar múltiples heridas sociales que siguen abiertas, desde aquella Guerra Civil que desgarró el país, desde los cuarenta años de la Dictadura franquista, y desde las múltiples agendas pendientes que dejó la Transición. Quizá eran demasiadas expectativas, alimentadas por el optimismo y la simpatía con que este hombre entró a la primera plana de la política española.
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La reparación a las víctimas de la Guerra Civil y de la Dictadura a través de la ley de la Memoria Histórica, la ampliación de derechos civiles –ley de igualdad y de matrimonio homosexual-, la reorientación hacia la centralidad política de la vida ciudadana, la conformación de gabinetes del Ejecutivo en estricta igualdad de género, y su enfrentamiento al aparato mediático conservador, iniciativas que todos le reconocen como los puntos más logrados de su programa socialista, podrían haber anticipado otra manera, más generosa, de terminar un período de gobierno.

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