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miércoles, 12 de agosto de 2009

Cumbres del Norte, cumbres del Sur (13 08 09)



Cumbres del Norte, cumbres del Sur

por Nelson Gustavo Specchia

Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba



El lunes de esta semana América estuvo inmersa en un “tiempo de cumbres”: mientras en Guadalajara el presidente mexicano, Felipe Calderón, oficiaba de anfitrión frente a sus dos colegas del Nafta (North American Free Trade Agreement - Tratado de Libre Comercio de América del Norte), Barack Obama y el canadiense Stephen Harper, algunos kilómetros al sur, en Quito, Rafael Correa recibía a los presidentes de los países integrantes de la Unasur - Unión Sudamericana de Naciones. Y en la capital ecuatoriana eran tan importantes las presencias de los líderes latinoamericanos, como la ausencia de uno de ellos: Álvaro Uribe, presidente de Colombia.


Una ausencia no sólo significativa, sino que además determinante, y para ambas Cumbres. Porque explícitamente en la del Sur, pero también –implícitamente- en la del Norte, en el centro de las agendas destacaba el tema “estrella” de la política internacional a nivel continental: la instalación –o no- de unidades del ejército norteamericano en bases colombianas.


En Guadalajara, Calderón enfrentaba, como podía, la reunión con sus pares: su principal objetivo era que no lo sacaran del Nafta, aunque la diferencia de escalas entre la economía mexicana y las otras dos sea abismal, lo que convierte al acuerdo entre dos gigantes y un enano en uno de los tratados de libre comercio más desequilibrados de la historia. En segundo lugar, Calderón esperaba que los cien millones de dólares que Obama le ha prometido para luchar contra el narcotráfico ya estuvieran en la mesa, pero estas partidas siguen detenidas en las comisiones del Congreso norteamericano, que no ve muy claro los métodos mexicanos para llevar adelante esa guerra interna. Stephen Harper, por lo demás, le dio la ducha fría al mexicano con la reimplantación del visado para viajar a Canadá. Ante la falta de buenas nuevas de relevancia, el tema de las bases en Colombia fue tratado extensamente.


El mismo tema nucleaba la reunión de Quito. Evo Morales pedía, en nombre del bloque del Alba - Alternativa Bolivariana para los Pueblos de América, una condena a Colombia. Y Hugo Chávez volvía a anunciar el supuesto riesgo de una confrontación armada en suelo sudamericano, en el caso de que las bases se volvieran operativas para los “marines” de los Estados Unidos. Uribe, en su mini gira de la semana pasada por varios países integrantes de la Unasur no cosechó grandes éxitos, pero, a la vista de lo sucedido en Quito, logró neutralizar en parte la andanada. No hubo condena, como pedía Evo, y se programó una nueva reunión de emergencia de la organización, esta vez con la presencia del presidente colombiano. En estas dos resoluciones, sorprendió el protagonismo y las posturas de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.


Tradicionalmente, la Presidenta se siente cómoda cerca de las posiciones del grupo chavista, pero el lunes puso las notas moderadas de la reunión de Quito: se opuso a la condena solicitada por Morales, reprendió a Chávez por su belicosidad y tremendismo, y ofreció el suelo argentino para una nueva reunión, en la que estuviera Uribe. Cristina Fernández consultó con el presidente colombiano, éste no puso ningún reparo para asistir a una convocatoria liderada por ella, y la reunión de emergencia se llevará a cabo en Bariloche, con el espectacular marco del lago Nahuel Huapi en invierno, y dentro de pocos días: el próximo viernes 28 de agosto.


Estructuralmente, a pesar del llamado de atención de la presidenta argentina al venezolano, las cosas no han cambiado demasiado, y la alianza estratégica entre ambos no sólo se mantiene, sino que se profundiza: desde Quito, Cristina voló a Caracas, firmó con Hugo Chávez una nueva serie de acuerdos bilaterales de comercio, y reemplazó a Colombia como proveedora de productos de exportación hacia Venezuela, desde alimentos, pasando por automóviles, y hasta maquinaria pesada. Así, el empresariado argentino es, hasta el momento, el sector más favorecido por el conflicto de las discutidas bases colombianas.


Si todo hubiera ocurrido con el previsible guión con que se venía interpretando la partitura de la política exterior latinoamericana, ese rol le hubiera correspondido al presidente brasilero Luiz Inácio da Silva, Lula, que desde hace tiempo viene bregando para que la preeminencia natural de su personalidad, y el peso específico de su país en el contexto regional, supongan su papel de árbitro entre la “pro-yanqui” Colombia y los gobiernos progresistas que la rodean. Y desde ese papel de réferi, de “primus inter pares”, proponer al mundo un polo de poder latinoamericano, cuya titularidad, claro está, habría de ejercer el propio Lula.


Pero el lunes pasado, en Quito, todos se salieron del guión. La presidenta Cristina esta vez le ha arrebatado –y por sorpresa- el protagonismo y la iniciativa. Álvaro Uribe ha dejado claro que la única alianza estratégica que le interesa es la norteamericana. Y Barack Obama, a pesar de ser tan políticamente correcto, no puede rechazar –por mucho que truene Chávez- el ofrecimiento de siete puntos de defensa militar servidos en bandeja.


Quizá la primera baja en el conflicto de las bases colombianas sea, precisamente, el proyecto de liderazgo regional del carismático Lula da Silva.




jueves, 12 de febrero de 2009

Cristina en Madrid

CRISTINA EN MADRID


por Nelson-Gustavo Specchia


La presidenta Cristina Fernández de Kirchner llegó a España, en su primera visita como Jefa de Estado (había estado la última vez sólo como candidata), y su presencia allá ha mostrado la doble cara de las monedas: la de los discursos y posturas públicas de la diplomacia, y los comentarios y los análisis de los actores directamente implicados, especialmente de los empresarios españoles.

En el primero, Cristina ha sido recibida por Sus Majestades, los Reyes, y don Juan Carlos tuvo el buen gusto de condecorarla a pesar de que lo había hecho esperar más de media hora, el lunes a la noche. Posiblemente la Presidenta Cristina pensó que si había hecho esperar al ex-presidente Bush en la última reunión del G-20, en los Estados Unidos (donde tuvieron que repetir la “foto de familia” de los Jefes de Estado porque la mandataria argentina no había llegado), también podía atentar contra el protocolo de la Casa Real española. Ayer, martes, en la Casa de América en Madrid, la vicepresidenta del gobierno, la valenciana María Teresa Fernández de la Vega, también tuvo que esperarla una media hora larga. Pero luego, en los discursos, todo fueron alabanzas.

El Presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, ha dicho que las relaciones hispano-argentinas pasan por sus mejores momentos, y que las empresas españolas no han tenido problemas en nuestro país, “en un 99 por ciento de los casos”. Pero todos entendieron que sólo estaba siendo gentil y diplomático, porque ese uno por ciento restante está ocupado por la expropiación de Aerolíneas Argentinas al grupo empresario Marsans, y ese tema no termina de cerrar en la política española. Y esa es la otra cara de la moneda de la visita de Cristina a España.

En realidad, las relaciones bilaterales no pasan por su mejor momento, ni mucho menos. La política exterior del matrimonio Kirchner ha sido errática en muchos aspectos, y no se ha cuidado la relación con España de una manera especial. Y esto cobra importancia al comprobar que el monto de las relaciones económicas con la vieja “madre patria” alcanza volúmenes considerables: en Argentina operan unas 360 empresas de capital español, con una inversión que ronda los 200.000 millones de pesos en los últimos 15 años. Sin contar, además, de que nuestro país alberga la mayor colonia española en el extranjero: cerca de 300.000 personas.

En este marco, la expropiación a Marsans no puede quedar en el simbólico “1 peso” que estableció el gobierno, con el apoyo del Congreso nacional. Un pacto entre el gobierno argentino, Marsans, y el fabricante de aviones Airbus, despejó el viaje de Cristina, que estuvo pendiente de un hilo hasta último momento.

Este pacto pasaría porque el Estado argentino asuma parte del contrato que Marsans suscribió con Airbus para la compra de 73 aviones, de forma tal que el grupo español recupere los 150 millones de dólares que adelantó como seña de la compra de las aeronaves.

Y, claro, se incluiría en el acuerdo también la retirada de la demanda que Marsans ha interpuesto contra Argentina ante el Centro Internacional de Arreglos de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), y Cristina les daría la garantía de que los anteriores directivos de Aerolíneas no serán perseguidos judicialmente por el gobierno argentino.

O sea, que es altamente probable que la nueva estatización de la aerolínea de bandera le cueste a la República Argentina algo más que la simbólica moneda de un peso, como el gobierno ha difundido. Quizá sean unos 150 millones de dólares.

En el plano de los discursos, mientras tanto, todo son elogios, y críticas al neoliberalismo, según acostumbra la Presidenta desde las tribunas. Volvió a detallar en Madrid los alcances de la omnipresente crisis financiera global, y defendió la reforma del funcionamiento de las organizaciones internacionales para que sean más justas y equitativas: “en realidad, lo que ha fracasado es un modelo de organización internacional que imaginó una globalización unipolar y homogénea”, una de sus frases más recurridas.

Y la Presidenta anunció que Argentina y España fortalecerán sus respectivos liderazgos regionales el año próximo, cuando en 2010 España se haga cargo de la presidencia semestral rotatoria de la Unión Europea, y nuestro país sea sede de la cumbre iberoamericana, además de celebrar el bicentenario de la Independencia (de España, precisamente).

Detrás de estas coincidencias, de las condecoraciones, y de los discursos de buena voluntad, los empresarios siguen mirando de reojo. Las relaciones bilaterales podrán salir de la zona turbia y tibia en que han pasado los últimos años, si hay voluntad política. Pero recuperar la confianza para relanzar un proceso sostenido de inversiones españolas en nuestro país, en cambio, llevará más tiempo, y acciones de política exterior más coherentes en el largo plazo.