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lunes, 5 de agosto de 2013

Los siete días de Rodríguez Saá (02 08 13)

HACIA 30 AÑOS DE DEMOCRACIA – Viernes 2 de agosto de 2013

por J. Emilio Graglia y N. G. Specchia




Frente a la renuncia del presidente Fernando de la Rúa, dada la anticipada dimisión del vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez, la primera magistratura del país quedó vacante, circunstancia que –en virtud de la Ley de Acefalía–  facultó al presidente provisional del Senado (a la sazón, el senador por la provincia de Misiones, Ramón Puerta) a ejercer el Poder Ejecutivo. Siguiendo el proceso constitucional, el senador Puerta convocó dentro de las 48 horas a la Asamblea Legislativa para que se abocara a elegir al funcionario público que habría de desempeñar el cargo hasta la elección de un nuevo Presidente.
En vísperas de la Navidad de 2001, el 23 de diciembre, y luego de 12 horas de intenso debate, los representantes del pueblo, titulares del poder político, reunidos en Asamblea, resolvieron –por iniciativa del Partido Justicialista– la conformación de un gobierno provisorio y la posterior convocatoria a elecciones mediante el sistema electoral de lemas (esto último, para resolver en las votaciones generales la puja interna del propio Partido Justicialista). Fijaron la fecha de las elecciones el 3 de marzo de 2002, con ballotage previsto para fines de ese mismo mes, el 30 de marzo.

La elección del presidente provisional por parte de la Asamblea Legislativa recayó en el entonces gobernador de la provincia de San Luis, Adolfo Rodríguez Saá, quién debía ejercer la titularidad del Poder Ejecutivo hasta el 5 de abril del año siguiente, cuando entregaría el gobierno al Presidente que hubiera resultado electo en los comicios del 3 de marzo. Este período exiguo se reveló, aún así, demasiado largo para el nuevo primer mandatario, quien sólo permaneció en el poder siete días. Pero este resultado no estaba en sus planes, como se revela en su Discurso de Investidura, que tuvo la impronta de un gobierno de largo plazo, tanto por las enérgicas medidas explicitadas en el plan del gobierno de emergencia, como por la euforia parlamentaria con que fue recibido.
Entre estas medidas, una de las más polémicas fue la declaración del “default” financiero por la suspensión del pago de la deuda externa. “No podemos obviar con crudeza que algunos dicen que la llamada deuda externa, al menos parcialmente, es el más grande negociado económico que haya vivido la historia argentina”, dijo. Asimismo, el Presidente recién nombrado por la Asamblea anunció la entrada en circulación de una nueva moneda no convertible, llamada “Argentino”, con la cual financiaría planes de vivienda, otorgaría más de 100.000 subsidios, y aumentaría las remuneraciones de jubilados y empleados estatales.

A pesar de las recurrentes críticas al régimen monetario imperante, el Presidente ratificó la convertibilidad de la moneda que había puesto en marcha el presidente Menem y había mantenido De la Rúa, ambas con la gestión del ministro Domingo Cavallo a cargo de las políticas económicas. En su Discurso de Investidura Presidencial, Adolfo Rodríguez Saá sostuvo al respecto: “En la actual crisis económico-social que vive el país, son falsas las opciones de dolarización o devaluación que presentan a la convertibilidad como el mal de la sociedad argentina. (…) Una devaluación significaría disminuir el salario de los trabajadores en la misma proporción, sumado a la posibilidad cierta de un descontrolado incremento de precios, afectando el consumo de sectores asalariados o con ingresos fijos”. De esa manera, la convertibilidad seguiría vigente.

Otra renuncia anticipada

Rodríguez Saá había sido elegido Presidente por tres meses pero hacía anuncios de mediano y largo plazo. Además del default de la deuda externa, la puesta en circulación de una nueva moneda no convertible y la continuidad de la convertibilidad, otro ambicioso punto de su plan de gobierno, que hacía dudar de los alcances provisionales de su gestión presidencial, fue la creación de un millón de puestos de trabajo.
Además, para ajustar los gastos del Estado, anunció un plan de austeridad que incluía rebajas de sueldos de los funcionarios, eliminación de ministerios y venta del parque automotor y de aviones. En un anuncio no exento de demagogia, el Presidente dijo que nadie podría ganar más que el titular del Poder Ejecutivo, cuya remuneración sería fijada en $ 3.000 (tres mil pesos) por todo concepto. Como se fuera una decisión estratégica dijo a la Asamblea Legislativa: “en la emergencia gravísima que vive el país, también pondremos en venta, y nos animaremos a hacerlo, el parque aeronáutico de la Presidencia de la Nación”.

Sus escasos días de gobierno estuvieron atravesados por intensas negociaciones con los sectores sociales en pugna. Aunque logró reunificar la Central General de Trabajadores (CGT), no pudo negociar con la Unión Industrial Argentina (UIA), ni con un sector considerable del propio Partido Justicialista que lo había aupado a la primera magistratura.

Los empresarios reunidos en la UIA estaban disconformes con la decisión de no devaluar la moneda. Los peronistas, por su parte, eran contrarios a la pretensión de Adolfo Rodríguez Saá de continuar en el cargo hasta completar el mandato de Fernando de la Rúa, en diciembre de 2003. Luego de un frustrado encuentro con los gobernadores para definir un nuevo gabinete, después de aceptar la renuncia de algunos ministros sospechados de corrupción y tras analizar un nuevo plan económico, el Presidente provisional perdió el respaldo original de los líderes justicialistas. Lo cual, sumado a las protestas populares, aceleró su alejamiento de la primera magistratura interina.
En su carta de renuncia a la Presidencia de la Nación, Adolfo Rodríguez Saá sostuvo: “He puesto mis mejores esfuerzos de argentino para cumplir con el mandato que se me otorgara. (...) Algunos gobernadores que no comprenden la gravedad del momento me han quitado el apoyo. No me queda otro camino que renunciar de forma indeclinable al cargo de presidente de la Nación Argentina”.

Mientras tanto, el presidente provisorio del Senado, Ramón Puerta, había renunciado antes que Rodríguez Saá. Por lo tanto, siguiendo la Ley de Acefalía, el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño, a cargo interinamente del Poder Ejecutivo Nacional, convocó una vez más –a pocos días de haberse reunido- a los diputados y senadores a que se reunieran en Asamblea y se abocaran a la designación de un nuevo Presidente provisional. La nominación recaería entonces en el ex vicepresidente de la Nación y ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, electo senador por su provincia dos meses antes.

Fue la expresión de la mayor crisis política que vivió Argentina en estas tres décadas de democracia: Rodríguez Saá había sido elegido el 23 de diciembre, con mandato hasta el 30 de marzo, pero se fue siete días después de su elección. De esa manera, fue el primer Presidente de origen justicialista que renunció a la primera magistratura. Luego vino Eduardo Duhalde, quien tampoco pudo concluir su mandato. Pero de esa gestión nos ocuparemos en el siguiente artículo.



@JEmilioGraglia  /  @nspecchia


martes, 20 de marzo de 2012

Bendito trabajo (20 03 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 20 de marzo de 2012


Bendito trabajo

por Pedro I. de Quesada






Tiempos hubo, en los que España era la hija dilecta de la iglesia católica, y el mayor semillero de curas y monjas del mundo entero. Tiempos hubo en que la península se preciaba de tener más obispos que la misma Italia, y casi tantos sacerdotes seglares (de parroquia) y regulares (monjes de monasterio) como pueblo llano.

En aquella España de ayer, las clases se dividían en tres: oratores, bellatores y laboratores; o sea, los que sólo oraban (los curas), los que defendían (la nobleza), y todos los demás, que laboraban para mantenerse a ellos y a los dos primeros. Lograr ser cura en aquella España era como sacarse la lotería: comer caliente, dormir en cama blanda, y no fatigarse demasiado.

Tiempos pasados, irremediablemente.

Esta semana, la iglesia española acaba de lanzar una nueva campaña publicitaria: “hazte cura, no te proponemos un buen sueldo, pero al menos tendrás trabajo asegurado.” ¡Cómo han cambiado los tiempos!

La crisis económica que ahoga a España golpea preferentemente en los más jóvenes. Hasta el año pasado, caía sobre los menos preparados educativamente, los que habían trabajado en la construcción y se quedaron en la calle cuando explotó la burbuja inmobiliaria; pero ahora alcanza también a los universitarios y a los profesionales con algunos años de experiencia.

Las últimas mediciones del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de Madrid muestran un crecimiento alarmante en la curva de desocupación juvenil, y la mayor parte de la emigración laboral que está abandonando el suelo español (con rumbo a países nórdicos, pero también a las costas americanas) tiene entre 25 y 35 años.

Por la desocupación estructural (no tener ningún tipo de trabajo), el “empleo precario” y el “trabajo basura” son salidas obligadas para muchos. La reforma laboral de Mariano Rajoy y del Partido Popular (PP) flexibiliza los despidos y –teóricamente- favorecería la rotación, al eliminar muchas de las garantías de estabilidad que estaban asociadas al empleo.

Si los “mileuristas” (aquellos que apenas arañaban los 1.000 euros por mes) eran los que estaban en el último peldaño de la escala laboral hasta hace unos meses, hoy un “mileurista” comienza a ser la aspiración de muchos que han quedado muy por debajo de ese listón de mínima.

Y a esa cuesta abajo en la rodada de los laboratores, viene a sumarse la crisis vocacional de los oratores: la iglesia española, tiempo atrás tan poderosa y multitudinaria, se está quedando sin curas.

Los obispos vienen ensayando diversas alternativas, como hacer la vista gorda a los que se casan (se calcula que de los 27.000 curas que quedan en España, unos 7.000 están casados con una mujer y siguen ejerciendo); pero aún así en los seminarios apenas si hay aspirantes.

Ahora los obispos han salido a pescar candidatos entre los jóvenes desocupados: “No te quedes en el paro, ¡hazte cura! No tendrás un gran sueldo, pero al menos serás ‘mileurista’!” Ay, Señor, Señor.





Twitter:  @nspecchia




jueves, 19 de enero de 2012

Europa en el calendario maya (13 01 12)

Europa en el calendario maya

por Nelson Gustavo Specchia
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Comenzamos un nuevo año, en el cual los apocalípticos avant-la-letre tienen una oportunidad especial para solazarse, ya que según los cálculos de los ancianos astrónomos mayas, con el solsticio del invierno boreal el próximo 21 de diciembre terminará un entero ciclo cósmico. Nuestros agoreros contemporáneos han traducido rápidamente aquel cálculo astronómico en el más vulgar –y catastrofista- “fin del mundo”, y se han puesto sin demora a buscar las señales de tan fatídico advenimiento: tiembla la tierra; se levantan olas gigantes; erupcionan los volcanes cubriendo todo de humo y cenizas. Y aún más evidentes que los telúricos (es en balde argüir que se han dado rutinariamente en todos los tiempos: no hay mejor augur que aquel que está convencido de lo que quiere ver), son los signos sociales de fin de los tiempos: la crisis económica resquebraja las estructuras mundiales; nos enfrentamos a una nueva recesión global; el índice de desocupación no deja de crecer en las economías desarrolladas.

En este catálogo de calamidades internacionales, la Unión Europea aporta uno de los ejemplos más acabados. Desde la quiebra de la banca Goldman Sachs, en el breve lapso que la crisis norteamericana tardó en cruzar el Atlántico e impactar en las finanzas europeas, el Viejo Continente inició una debacle que ya ha dejado el terreno económico para ser política, social, e inclusive ideológica. Y ese derrape está logrando desarticular, en este corto tiempo, la laboriosa construcción de la integración de medio siglo.

Sin embargo, y a pesar de las apariencias, el desbarranque europeo no tiene nada que ver con las previsiones de los sacerdotes indígenas mesoamericanos. Está más relacionada, estimo, con la concepción de la élite política europea en esta coyuntura, que está lejos de aquellas miradas amplias y con sentido estratégico de los padres fundadores de las Comunidades Europeas –Schumann, Monnet, Adenauer, De Gaulle- y de los fuertes impulsores que les sucedieron –Delors, Kohl, Romano Prodi, Felipe González-.

En su lugar, la generación que ocupa el liderazgo continental contemporáneo (capitaneada por el tándem Ángela Merkel-Nicolás Sarkozy, y rodeada de gobiernos “tecnócratas”) han dejado de lado las estrategias de cuentas largas y las concepciones de un estado de bienestar, para concentrarse en el inmediatismo cortoplacista: equilibrar los presupuestos y achicar el déficit público. Una generación de políticos a quienes un europeísta de siempre, como el ex presidente portugués Mario Soares, no duda en tachar de cobardes; desde la inimputabilidad que le otorga una vida plena de luchas, a sus 87 años acusa a sus pares de hoy: “no tienen coraje para tomar las decisiones necesarias”. Así, el 2012 quizá no traiga el apocalipsis, pero sí, con seguridad, en Europa seguirá profundizando la vía del ajuste, de la recesión, y del desencanto.

DINERO, VIL METAL

No podría haber sido de otra manera. Las predicciones calendarias de los astrónomos indios no han despertado en nuestra época un frenesí espiritual, como el que en su momento desató la cercanía del milenio en los oscuros tiempos medievales, sino una nueva y millonaria veta comercial. En México se venden como pan caliente unas “cápsulas de tiempo”, unas cajas de acero que se enterrarán antes del solsticio, y donde se podrán guardar fotos, cartas y documentos para que, en algún futuro, los sobrevivientes de la hecatombe puedan recuperarlos. Hay más de quinientos eventos y espectáculos programados para el año en las playas mexicanas, con falsos sacerdotes indígenas sahumando a los visitantes, y la oficina de turismo de la Rivera Maya prevé un récord de 52 millones de turistas (30 millones más que los 22 habituales). Todo porque, como me decía un colega en Rio de Janeiro esta semana, “si el fin del mundo va a empezar ahí, hay que verlo desde la platea.”

En Europa también los discursos, los planes y los programas se han reducido a saber quién paga la cuenta. El dinero, ese vil metal. Alemania ha venido recuperando espacios de poder desde la unificación, y la canciller Merkel parece decidida a que ese nuevo empoderamiento de la primera potencia europea se haga patente al imponer su criterio, aunque sea a todas luces desfavorable para el conjunto, y hasta humillante para algunos miembros (llamó vagos y holgazanes a los griegos, cuna de la filosofía y de la idea de democracia que fundó a Europa).

Pero también ese nuevo rol del resurgimiento alemán asusta a sus vecinos, y dispara las alarmas del “equilibrio”, la tradición bismarckiana que reguló los porcentajes de poder en el continente hasta mediados del siglo XX. De los tres grandes, cuando dos se juntan o crecen demasiado, el tercero sale por libre, y con su oposición vuelve a equilibrar el escenario. En ese contexto puede entenderse la patada al tablero propinada por el premier británico, David Cameron, en la última cumbre de Bruselas. El inglés fue el único líder que se resistió a firmar el nuevo proyecto de tratado, que responde a un capricho personal de Ángela Merkel, y que intenta imponer condiciones draconianas de ajuste a todos los países de la zona euro.

Todos, menos Cameron, firmaron el texto impulsado por la señora Merkel el 8 de diciembre. Pero ese texto, que establece una austeridad rígida (con un tope al déficit público fijado en las propias constituciones de los Estados miembros) y la posibilidad de acusar a un país ante el Tribunal Europeo si incumple, se revela cada día más impracticable. El primer ministro británico hubo de soportar una avalancha de críticas, e inclusive en algunos ámbitos se especuló con la posible salida del Reino Unido de las instituciones europeas, pero ahora, al echar cuentas y calcular los ahorros que deberán hacer los países pequeños para alcanzar los objetivos del tratado, más de uno comenta con simpatía la renuencia de Cameron en Bruselas. Esta semana, los principales grupos legislativos del Parlamento Europeo han rechazado el texto del tratado acordado en aquel consejo del 8 de diciembre. Los socialistas y los liberales han conseguido, inclusive, que se les sumen los europarlamentarios conservadores, y en conjunto han rechazado el texto de Merkel, no solamente por inviable y asfixiante, sino también por antidemocrático.

SUEÑOS ALTERNATIVOS

Si de algo podría servirles a los europeos la promocionada profecía maya, habría de ser para reflexionar sobre sus ciclos, tanto los políticos como los económicos, que según la experiencia histórica esos sí que tienen inicio, crecimiento, declinación y fin. Y este ciclo que transita la Unión Europea está mostrando, a las claras, los límites de sus posibilidades. Las políticas deberían enfocarse en salvar la moneda común, el euro, pero no por la vía de las restricciones al gasto público y de una sucesión casi infinita de ajustes estructurales.

Además de ineficaces, ese camino sólo puede conducir a que sigan creciendo las tendencias euroescépticas y a un resurgimiento del peor nacionalismo (Hungría acaba de aprobar un texto constitucional filo-fascista, sin ir más lejos).

Junto al euro, es imprescindible volver a poner los bancos al servicio del crecimiento y del ahorro familiar. Las grandes firmas financieras fueron objeto de salvataje por parte del Banco Central Europeo (BCE), pero el crédito a los particulares y a las pequeñas y medianas empresas no ha reaparecido, mientras los grandes ejecutivos bancarios siguen cobrando sumas alarmantemente altas.

La recesión con que empieza 2012 se prolongará durante todo el año. Hasta la propia Alemania tendrá un crecimiento de apenas medio punto, mientras los países denominados “cerdos” de una manera insultante (“PIGS”, por sus iniciales en inglés: Portugal, Irlanda, Grecia y España), deberán sumar a la recesión y al ajuste exigido por Merkel, una tasa de desocupación que superará el diez por ciento de la población económicamente activa: unos 23 millones de personas, y creciendo.

Despertando de un sopor que los ha dejado prácticamente fuera del juego político, los diputados socialistas en el Parlamento Europeo han publicado una carta abierta, en los principales diarios del continente, los primeros días de este año. En esa misiva sostienen que la política de desregulación financiera primero, y la exclusivamente centrada en la austeridad y en los recortes luego, están destruyendo la base económica del modelo social europeo. Con un mapa político dominado casi por completo por fuerzas conservadoras, los socialistas afirman que las medidas que impone esta Europa escorada a la derecha no son la solución, no sirven para atajar al capitalismo especulativo –que ha originado la crisis- sino que se ceban en los más débiles y frenan la recuperación. “Debemos abandonar esta política basada sólo en la austeridad y llevar a cabo la inversión pública necesaria para estimular el crecimiento y el empleo”, dicen. Terminan su carta exhortando a regular los mercados financieros de manera estricta, establecer una tasa a las transacciones financieras, y eliminar los paraísos fiscales.

Ese es, efectivamente, el rumbo necesario, creemos. Aunque llama la atención que lo expliciten ahora, después de haber perdido uno a uno los gobiernos que detentaban.




Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 13 de enero de 2012

jueves, 25 de noviembre de 2010

El desalmado tijeretazo europeo (26 11 10)

El desalmado tijeretazo europeo
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por Nelson Gustavo Specchia

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Una gran tijera recorre Europa. Si los filósofos Karl Marx y Friedrich Engels escribieran hoy, posiblemente cambiarían la figura de aquella famosísima primera línea del “Manifiesta Comunista”. Porque el fantasma de nuestros días, en el Viejo Continente, toma la forma de una tijera que recorta gastos y déficit públicos a mansalva y discreción; pero por el tajo abierto aparecen las diversas formas del conflicto social. La sociedad civil no parece estar dispuesta a permitir pasivamente que los gobiernos recorten derechos juntos con los gastos. Los empleados asalariados y los estudiantes se ubican, en las diferentes latitudes, entre los colectivos que encabezan la reacción social y amenazan con subir la temperatura del gélido otoño europeo.
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La primera señal, hace apenas seis meses, fue Grecia. Un gobierno socialista recién asumido, el del Pasok de Giorgios Papandreu, hubo de admitir que sus antecesores habían fraguado las cuentas públicas, que las arcas del Estado estaban casi vacías, y que la economía helena –con restringido margen de acción desde la política monetaria, al estar dentro de los acuerdos de la eurozona- necesitaba con urgencia un rescate por parte de los socios comunitarios. En pocas horas, los bonos de la deuda griega treparon hasta cifras siderales (el ya recurrente “castigo de los mercados”), y la democristiana Ángela Merkel le contestaba a Papandreu desde Berlín con el discurso que en medio año se ha convertido en dominante: saca la tijera y recorta gastos, corta mucho y a fondo, y luego veremos si te tiramos una soga desde el Bundesbank.
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Papandreu intentó resistirse, aunque no mucho. A la capital europea que acudía, palabras más o palabras menos, le contestaban con el mismo discurso de la alemana. Desde Bruselas, la capital de la Unión Europea, el presidente de la Comisión, el ex marxista y hoy liberal José Manuel Duráo Barroso, instó al griego a que acudiese al Fondo Monetario Internacional. La postura de Europa, tanto de sus instituciones comunitarias como desde los gobiernos de los Estados miembros, pegaba, de esta manera, el mayor golpe de timón en la orientación estratégica de la política económica y social desde la posguerra. La concepción comunitaria que llevó al establecimiento y las conquistas del “Estado de bienestar”, el gran invento de los padres de la integración continental mediante la unión de capitalismo y derechos sociales, se relegaba. Las recetas de la vieja ortodoxia liberal volvían a obtener patente de corso.
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EL VIRUS GRIEGO
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Qué año, este 2010, decían entre exclamaciones los columnistas de la prensa europea. Pero bueno, al menos el fantasma de la tijera limitó el estallido de la crisis a Grecia. Papandreu finalmente aceptó la humillación. Ángela Merkel y Nicolás Sarkozy, junto a Duráo Barroso, el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rumpuy, y el jefe del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, anunciaron entonces el rescate de la economía de la isla mediterránea; en el mismo anuncio comunicaron el severo plan de ajuste impuesto a Atenas, (con la obligación de reducir cuatro puntos el déficit este año, del 12,7 al 8,7 por ciento del PBI; y seguir avanzando luego hasta reducirlo al 3 por ciento). Los colegios públicos, las universidades, los bancos, las oficinas públicas de todos los niveles de la administración cerraron, y los hospitales sólo atendieron emergencias. El primer ministro expresó su solidaridad a los trabajadores movilizados, pero, abatido, dijo que no tenía ninguna alternativa.
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Los empleados y los estudiantes se largaron a la calle, incendiaron contenedores y algunos muertos quedaron en las jornadas de protesta. Pero la crisis se encapsuló en Grecia y no saldrá de allí, escribían los analistas. Y los gobiernos, especialmente los de países con economías en grados de vulnerabilidad cercanos a la griega, afirmaban que el riesgo de contagio estaba conjurado. El euro estaba a salvo, y no habría nuevas crisis. Pero tanto los políticos como los analistas se equivocaban. O mentían. Eso es lo que vino a mostrar el estallido de la burbuja económica en Irlanda esta semana.
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En la última reunión del G-20, al tratar el tema de la “guerra de monedas” como el nuevo capítulo de la crisis económica internacional, los países emergentes –Argentina y Brasil entre los principales- volvieron a insistir en que la salida de la crisis no pasa por el recorte del gasto sino por aumentar los alicientes al consumo interno. El bloque europeo volvió a desestimar la estrategia una vez más, insistiendo en los achicamientos de los déficits y en los recortes de los gastos sociales.
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Ese camino volvió a mostrar un nuevo escollo esta semana, cuando el primer ministro irlandés, Brian Cowen, no pudo seguir resistiendo el “castigo de los mercados” y la presión conjunta de sus colegas del continente, y anunció el pedido de salvataje económico al Banco Central Europeo y al Fondo Monetario Internacional. El virus griego, aunque todos lo negaran, había cruzado el mediterráneo y alcanzado al “tigre celta”, ese mismo que los analistas desde la gran prensa especializada ofrecían como ejemplo al mundo subdesarrollado hasta hace apenas unos meses.
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IRLANDA COMO POLVORÍN
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El domingo pasado, a la noche, después de una reunión del Consejo de Ministros que había durado más horas de las prudentes, el premier irlandés Brian Cowen enfrentó a los medios de prensa y admitió que el país debía acudir al auxilio del FMI y de las instancias financieras europeas, o enfrentarse a la bancarrota. La crisis del euro se cobraba así su segunda víctima, tras la debacle griega. El crédito que los irlandeses del tradicional partido liberal, el Fianna Fail, calculan que necesitarán asciende a unos 80.000 millones de euros, con eso lograrían calmar la fuerza del “castigo de los mercados”, y los títulos de su deuda podrían volver a montos medianamente manejables. Irlanda viene a confirmar que la crisis europea –que es, en definitiva, la crisis del euro- está vigente y piensa seguir dando batalla, independientemente de lo que los líderes afirmen en los discursos.
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Volviendo a un libreto que ya no respeta ideologías ni emisores –lo mismo dicen los conservadores que los socialistas, los democristianos que los liberales- el gobierno irlandés usó la misma tribuna del anuncio del pedido de salvavidas al FMI para adelantar que acababa de aprobar otro desalmado tijeretazo en el país de las verdes praderas y los “pubs” donde se honra a san Patricio con la mejor cerveza del mundo. Un tijeretazo de unos 6.000 millones el año próximo, y hasta un total de 15.000 millones de euros (algo así como el 10 por ciento del PBI) en los próximos cuatro años. Ya se sabe cómo: se reducirá el gasto público, aumentarán los impuestos, se “racionalizarán” las plantas de empleados (ayer Dublín anunciaba que el “drástico ajuste” del que “nadie quedará a salvo”, implicará el despido de 25.000 trabajadores), disminuirá el salario mínimo –y con él toda la escala de sueldos-, terminarán los subsidios al desempleo o a las situaciones de riesgo social, y se reducirán las jubilaciones y las prestaciones sociales. Inclusive se admite que Irlanda volverá a ser un país de emigración. Adios Estado del bienestar, adios.
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Y nada de que el “virus griego” está conjurado. El contagio, principalmente hacia Portugal y España, pero también hacia Italia y otras economías menores, podría llegar por una doble vía, el endeudamiento existente entre los bancos de la eurozona (los bancos alemanes y británicos, por ejemplo, tienen papeles de deuda de los bancos irlandeses por unos 250.000 millones de euros); o por vía de los títulos públicos de deuda, cuyo precio cae en la misma proporción y velocidad en que las aseguradoras de riesgo marcan nuevos records para las economías más endebles.
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EL COSTO SOCIAL
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Y mientras los políticos y los técnicos se deslizan hacia el pánico, la sociedad civil parece prepararse para resistir el embate contra el ajuste de la gran tijera. El presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, convocó a los veinticinco grandes empresarios (casi todos opositores a su gobierno y a su Partido Socialista Obrero Español) para que lo ayuden con ideas, o con lo que sea a estas alturas, para escapar de la fuerza del tornado, luego de que las dos centrales sindicales le hicieran la primer huelga general. El conservador Nicolás Sarkozy viene aguantando un mes de protestas en la calle. El premier portugués, José Sócrates –socialista como Zapatero- se enfrentó esta semana a la mayor huelga general de la historia de Portugal, y su gobierno no tiene ni una sola estrategia nueva para esquivar los vientos que ya llegan a sus costas desde el desdentado “tigre celta”.
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Los estudiantes británicos, por su parte, se largaron a marchar por Londres, abandonando las aulas en todo el país, protestando contra los planes del gobierno conservador de David Cameron de incrementar las matrículas universitarias, que implicará, en la práctica, triplicar el costo anual de los estudios superiores. La semana anterior, la protesta se tornó violenta: los estudiantes tomaron la sede partidaria de los “tories” en Londres, incendiándola y destrozándola.
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El tijeretazo de Cameron ha comenzado por las universidades y la investigación, y los estudiantes ingleses parecen estar dispuestos a enfrentarlo. Igual que los italianos, donde también esta semana centenares de estudiantes se enfrentaron a la policía, e inclusive lograron ingresar al Parlamento, manifestándose contra los ajustes presupuestarios dispuestos por el gobierno del primer ministro derechista Silvio Berlusconi, que ha preparado un decreto ley que prevé el recorte de los fondos para las universidades públicas y la investigación, mientras favorece a los centros privados de enseñanza.
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En definitiva, cualquiera termine siendo la salida de la actual crisis, parece evidente que los daños al Estado social del bienestar, esa construcción solidaria y transgeneracional que Europa ofreció al mundo como ejemplo de construcción sociopolítica, y que logró establecerse y enriquecerse mediante un consenso horizontal de las élites dirigentes –tanto de la derecha como de la izquierda- durante la segunda mitad del siglo XX, no saldrá indemne. Lo único que permanece, sin siquiera un rasguño, es la furia y la voracidad de los mercados.
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nelson.specchia@gmail.com
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lunes, 5 de julio de 2010

Vacas flacas y agresivas (17 06 10)

Vacas flacas y agresivas
por Nelson Gustavo Specchia
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En los tiempos de vacas gordas, todo es optimismo. Pero cuando sobreviene una tormenta crítica que descalabra las certezas y esos objetivos de largo plazo que parecían atados y seguros, aparecen en escena actos de arrojo y valentía; pero también surge el costado más oscuro del egoísmo, la cerrazón, el miedo al otro, la expulsión del diferente, la cobardía.
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Y estamos hablando de política.
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Desde diferentes puntos del globo recibimos en estos días señales de tensión, de endurecimiento, de efectos inesperados de esta depresión global que lleva ya dos años adelgazando vacas y no tiene visos de remitir. Desde el incendio del odio étnico en los lejanos valles del centro de Asia, pasando por picos de intolerancia en el sempiterno conflicto árabe-israelí en Oriente próximo, y hasta los buenos resultados electorales obtenidos por partidos separatistas y xenófobos en el corazón de Europa, las estrategias para enfrentar estas incertidumbres están lejos de aportar grados de solidaridad humanística a nuestro tiempo.
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Viejas recetas, nuevos ajustes
Cuando explotó la crisis por las hipotecas y los endeudamientos baratos, las censuras hacia las recetas neoliberales y neoconservadoras ocuparon la mayor parte de los espacios de análisis y de opinión, así como la indicación de la responsabilidad de los grandes bancos de inversión y de las oscuras empresas calificadoras del riesgo de las cuentas públicas de los países. Sin embargo, a tan poco andar y sin haber logrado que los coletazos más duros de ese golpe económico se despejen del horizonte, las viejas y fracasadas recetas que convierten al libre mercado prácticamente en deidad de culto político vuelven a insertarse lentamente en las decisiones de las máximas instancias ejecutivas. No son los pobres y los sectores más desfavorecidos los se protegen prioritariamente, como se anunciaba a los cuatro vientos al explotar la crisis, sino aquellos mismos bancos de inversión y empresas tan denostadas. Los sectores vulnerables, si acaso, vuelven a estar en las variables del ajuste: despidos para flexibilizar el mercado de trabajo, indemnizaciones más baratas, jubilaciones menores y en plazos más largos. Esta parece ser la ruta elegida por los países miembros de la Unión Europea, la región que hace apenas medio siglo redescubrió el Estado de Bienestar y el desarrollo basado en el aumento de los derechos y beneficios de las grandes mayorías.
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Hace apenas dos años, cuando Alemania ocupaba su turno de presidencia rotatoria en el Consejo (la reunión de los jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea, el verdadero lugar del poder, más allá de los funcionarios y los comisarios que ocupan las jerarquías de los órganos burocráticos), el consenso mayoritario era que los problemas se enfrentarían con estrategias puntuales, sin tocar los derechos sociales construido laboriosamente por la sociedad política europea desde la segunda posguerra. Esa postura, sin embargo, se ha disuelto en el aire a una velocidad insospechada, y el Consejo Europeo reunido en Bruselas esta semana, bajo presidencia española, enterró aquellos principios e instaló –también como postura común y hegemónica del liderazgo continental, independientemente del color político del partido en el gobierno- la austeridad, el achicamiento del gasto, el enfriamiento de la economía, el freno al crecimiento, y el ahorro por vía de la restricción de derechos sociales, desde el sueldo de los empleados públicos a la jubilación de los mayores.
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Esperanzas frustradas
Estos planes de ahorro, drásticos y en la mejor tradición neoliberal, implican un salto hacia atrás en la propia concepción de Europa como “soft power”, como ejemplo de experimento político a ser imitado, no sólo por terceros países de otras latitudes, sino por los propios socios menores de la organización continental, recién llegados al proceso de integración (y en algunos casos, como los países ex comunistas de la Europa del Este, llegados no hace tanto a la propia democratización interna). Pero éstos son impelidos por las grandes locomotoras de Europa –Alemania y Francia, principalmente- a seguir la misma vía. Letonia ha puesto su economía en manos del Fondo Monetario Internacional. Y la República de Irlanda ha sido empujada a crear nuevos impuestos y aumentar la edad jubilatoria. (Hace muy poco tiempo, un gobernador cordobés organizó una misión de empresarios y académicos locales para visitar el “milagro irlandés”, del que, a este paso, en breve quedará poco).
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Los ex Estados comunistas de Hungría, Rumania y Bulgaria, deberán ajustar el cinturón o enfrentarse a la bancarrota, el Banco Central Europeo sólo les da esas dos posibilidades. En los tres países los sueldos públicos sufrirán un recorte, en promedio, del 15 por ciento (siendo, como son, ya bajos respecto del promedio continental), y exponer sus cuentas públicas a la auditoría y fiscalización del FMI. La República Checa, Polonia y Eslovaquia, relativamente más estables, están a la expectativa de tener que lanzarse a la vía del ajuste.
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La que abrió esta vía fue la economía griega, y a costo de sangre. A principios de mayo, en una movilización contra la restricción de derechos sociales, murieron tres manifestantes en Atenas, pero el gobierno siguió adelante y merced a las medidas restrictivas impuestas, accedió a créditos del FMI y del fondo europeo (donde los alemanes son los principales aportantes) luego de un largo período de dudas de la canciller Ángela Merkel. Varios diputados alemanes sugirieron que Grecia vendiera el Partenón, o que privatizara las Cícladas, pero que no le pidieran la plata a ellos. La solidaridad con la que se construyó la Unión Europea empezó a hacer agua por todos lados, y el gobierno heleno de Georgios Papandreu cargó el costo del achicamiento del déficit en los empleados públicos, en los jubilados, y en los consumidores (aumentó el IVA al 23 por ciento).
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Tú también, España
Tras la crisis griega, a la dirigencia europea la ganó el espanto. Cualquier cosa, menos parecerse a Grecia, o que alguien diga, en algún periódico financiero, que nos parecemos a Grecia. Sin embargo, las aseguradoras de riesgo –que a pesar de lo dicho por todos a principios de la crisis, siguen sin control estatal o supranacional ninguno- comenzaron a deslizar que los siguientes candidatos en la lista serían España y Portugal, con cuentas sin sanear, déficits pronunciados, grandes endeudamientos de sus sectores privados, y una desocupación alarmantemente alta.
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Merkel sugirió que el gobierno socialista español podría recurrir al fondo de ayuda europeo (con lo cual, además, le daba una ayuda a sus correligionarios del Partido Popular español, que esperan ansiosos que la crisis se lleve puesto al ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero) y ardió Madrid. A pesar de la certeza de tener que enfrentar una huelga general, Zapatero se plantó frente a las Cortes y dijo que ajustaría las cuentas, sin dejar de salvar a varios bancos, endeudados por aquellos famosos y criticados créditos irresponsables de la burbuja inmobiliaria. Pero, si se salvan los bancos, ¿quién cargará el ajuste? Los trabajadores y los jubilados: se reformó por decreto todo el sector laboral, se eliminó el aporte a los padres y madres de recién nacidos, se abarató el despido, se disminuyeron las indemnizaciones y en breve se alargará la edad jubilatoria. Para el año que viene, como si esto fuera poco, el ajuste deberá profundizarse.
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Los dos años largos que lleva la crisis financiera y económica no dejan de poner de relieve la inexactitud y fracaso de las recetas neoliberales y conservadoras. Sin embargo, los partidos socialdemócratas han quedado descolocados con la crisis que no vieron venir (y que incluso negaron durante buen tiempo, como el caso del propio Zapatero en España), lo que ha impactado en sus apoyos electorales. Porque asistimos a la paradoja de que las políticas liberales que están destruyendo el Estado de Bienestar creado y alimentado por los socialdemócratas, son apoyadas por éstos, para gran confusión de sus electores. La izquierda pierde peso aceleradamente en los gobiernos –los pocos gobiernos socialistas que van quedando- y sus apoyos migran hacia partidos ecologistas y hacia organizaciones no gubernamentales (ONG).
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La centroderecha conservadora, por el contrario, no para de crecer. Y los gobiernos capitaneados por ella no han dudado en afirmar que se sumarán a la tendencia general del ajuste. El presidente francés Nicolás Sarkozy ya anunció que aumentará progresivamente la edad jubilatoria, a pesar de la resistencia social que encontrará en el camino. El italiano Silvio Berlusconi y el recientemente asumido gobierno “tory” de David Cameron harán lo propio.
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La curva de tormenta, en todo caso, no parece que vaya a detenerse en los ajustes económicos. Está alcanzando niveles más profundos, donde los grados de convivencia social y apertura al otro, al distinto, a la radical pregunta y cuestionamiento que plantea el diferente a nosotros mismos en el seno del cuerpo social, comienzan a ponerse en entredicho. Y ese sí que era el gran aporte de Europa a Occidente y al mundo. Pero en la semana pasada, las elecciones holandesas mostraron el aumento sorprendente de un partido xenófobo, que se acaba de convertir en la tercera fuerza política nacional, y cuyo principal punto programático es la expulsión de los musulmanes de Holanda. En Bélgica, por los mismos días, el partido nacionalista y separatista NVA se convirtió en la fuerza más votada de la mitad flamenca del país; la meta del NVA es romper Bélgica en dos partes y expulsar a los valones francófonos del sur.
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Las vacas flacas, a veces, se vuelven agresivas.
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Periscopio – Magazine – Hoy Día Córdoba – viernes, 17 de junio de 2010
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