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miércoles, 19 de diciembre de 2012

La tentación islamista en Egipto (15 12 12)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 15 de diciembre, 2012  

La tentación islamista en Egipto


por Nelson Gustavo Specchia

Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba) - Twitter:  @nspecchia








El gran país africano, imprescindible para la estabilidad regional, se asoma al abismo del estallido de una nueva guerra civil.



El poder es una tentación fuerte, incluso para los políticos observantes de preceptos religiosos rígidos y acéticos. Mohammed Mursi, el presidente egipcio, ha pasado de encarnar la promesa de una transición democrática y republicana a ser la figura de la amenaza integrista.

La sociedad civil egipcia, por su parte, templada en las movilizaciones de la plaza Tahrir que acabaron con el régimen pretoriano del “rais” Hosni Mubarak, se niega a que aquella pueblada termine decantando en un sistema aún más cerrado que el de los militares.

La tensión entre ambos extremos puede llevar, si no se altera el rumbo, a un nuevo golpe militar. No debe descartarse inclusive el estallido de una guerra civil en ese borde del Mediterráneo donde confluyen tantas aristas delicadas: la frontera con la Gaza palestina y con Israel, el caldero libanés y las costas de Siria, que ya sufre de lleno su propia guerra interna.

La corte del faraón

Egipto es la potencia equilibradora del África mediterránea y Oriente Medio. Israel encontró en el reconocimiento de El Cairo la posibilidad de existencia sin la amenaza permanente de una guerra árabe; el presidente Anwar el Sadat pagó con su vida la osadía de firmar la paz con los israelíes, y Egipto fue expulsado de la Liga Árabe, pero no hubo más tambores de guerra con el Estado judío.

Esa balanza regional fue también caja de resonancia de los cambios que llegaron con el siglo 21. La “primavera árabe” iniciada en Túnez con la caída de Zine el Abidine ben Ali, alcanzó su punto álgido en la plaza Tahrir con el derrocamiento del general Mubarak. Pero el optimismo con que se festejó la caída del “rais” fue exagerado, o un tanto ingenuo. En Egipto la vía democrática será ardua, y más compleja que la sola sustitución de un autócrata.

Como revelaron las negociaciones de transición, el poder real no sufrirá alteraciones: si acaso, una cuota del poder detentado por los militares en los últimos sesenta años pasará a manos islámicas. De república laica, poco y nada.

Tras un proceso electoral enredado, que duró dos meses, los militares anunciaron la victoria de Mohammed Mursi por más de un millón de votos. La insistencia en la limpieza de las elecciones y en la legitimidad de las autoridades transitorias, puso en evidencia lo contrario: tal como sospechaba la oposición republicana, los islamistas habían llegado a un acuerdo con los generales. 

El plan original del verdadero faraón egipcio, el mariscal Hussein Tantawi, era imponer un candidato de continuidad, el general Ahmed Shafik, un piloto de cazas, ex jefe de la Fuerza Aérea, y el último primer ministro de Mubarak. Uno de la familia, digamos. Cuando la avalancha de votos lo hizo imposible, negoció la transición. Las monedas del comercio fueron que el presupuesto militar y las prerrogativas de clase no se tocarían en absoluto.

Promesas de utilería

Mursi les dijo que sí a todo. Lo importante en ese primer momento, para los islamistas, era que Tantawi y la corte del faraón les entregaran el mando; la imposición de Shafik a sangre y fuego estaba a la vuelta de la esquina. Mirando hacia Tahrir, el dirigente pidió una oportunidad: los Hermanos Musulmanes acarrean una historia de proscripciones y marginación, y era justo –argumentaba Mursi- que tuvieran su momento de oportunidad ahora que las urnas habían señalado su clara mayoría.

Pero ni bien tuvo las llaves del palacio cairota, la élite islamista pegó un zarpazo sobre la débil institucionalidad. El escenario temido por los partidos laicos se dibuja con mayor precisión día a día: la mayoría parlamentaria de los Hermanos Musulmanes avanza con una agenda religiosa; Mohammed Mursi se asignó, por decreto, poderes discrecionales; y acometió una reforma constitucional que supone un viraje de la República Árabe de Egipto hacia un régimen confesional.

La Asamblea Constituyente controlada por los islamistas (los representantes cristianos y liberales laicos abandonaron las deliberaciones) votó los 234 artículos de la nueva Constitución, y los aprobó por unanimidad. La nueva Carta Magna incorpora la “sharia”, la ley religiosa, como “principal fuente de la ley” (Art. 2º); mantiene la subordinación histórica de la mujer; y recorta libertades civiles, como la de expresión y de prensa. Eso sí: mantiene el presupuesto separado y los derechos especiales del estamento castrense; la única promesa de Mursi que no ha sido puro teatro.

Preguntas populares

La resistencia de los sectores laicos, en todo caso, ha empujado a la nueva clase política a someter el proyecto constitucional a referéndum, cuya primera instancia se votará hoy (completándose con una segunda ronda el sábado próximo). La votación ha marcado la división del país en dos partes, con movilizaciones de partidarios y detractores durante las últimas tres semanas.

Los musulmanes salafistas (rigoristas) y los imanes de las numerosas mezquitas de El Cairo y Alejandría, instan desde el púlpito a la votación a favor; Mohammed el Baradei –el científico ex director de la oficina internacional de energía atómica y premio Nobel-, y los partidos republicanos, advierten que la tensión entre ambas mitades podría ser el prólogo de una guerra civil, que queda servida en bandeja.





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viernes, 24 de abril de 2009

Racismo, sionismo, y convivencia internacional


RACISMO, SIONISMO,

Y CONVIVENCIA INTERNACIONAL


por Nelson Gustavo Specchia



La comunidad internacional ha logrado reunirse, con los auspicios de la Organización de las Naciones Unidas, en una conferencia mundial abocada al tratamiento del racismo y de la xenofobia, el odio al otro, al diferente, que no deja de crecer como fenómeno social en todas las latitudes, cuando el mundo, la “casa común”, no deja de achicarse y acercarse, merced a las comunicaciones y a la globalización.

La preparación de esta reunión es de larga data, la ONU viene intentando una postura concertada entre sus Estados miembros desde hace prácticamente una década, cuando las teorías de la confrontación bélica por motivos raciales y religiosos comenzaron a popularizarse. El caso más notorio fue el libro del politólogo norteamericano Samuel Huntington, “El choque de civilizaciones”, que postula que las fronteras del futuro estarán marcadas por las líneas que dividen a las grandes civilizaciones, y que, entre ellas, uno de los conflictos esperables es el que habría de enfrentar al occidente cristiano con el mundo árabe musulmán. A pesar de que estar teorías fueron fuertemente contestadas desde la propia academia, llegaron a socializarse, en versiones simplificadas, y arraigar en ciertos discursos políticos. También algunos indicadores de conflicto, especialmente en el medio oriente, en el vértice del enfrentamiento entre el Estado de Israel y el pueblo palestino, parecían abonar desde los hechos este tipo de reflexiones.

La ONU, entonces, inició un primer acercamiento, con una reunión en Durban, Sudáfrica, en 2001, y un primer documento donde se intentaba establecer bases para proteger las diferencias, tanto como compromisos propios de la política interna de los países miembros (el caso de cualquier tipo de minoría al interior de los Estados), como de respeto en el trato intergubernamental, a nivel de sociedad mundial organizada.

El documento de Durban significó, ciertamente, un avance. Pero los países árabes lograron introducir en el texto final una referencia al conflicto palestino, y se equiparó el sionismo como una práctica racista. Eso desató el “lobby” israelí, que censuró el documento de Durban y ha hecho todo lo posible por boicotear los posteriores intentos de la ONU. Por los resultados que estamos viendo de la reunión de esta semana en Ginebra, parece haber tenido éxito, ya que ningún calificativo, sino el de “fracaso”, puede describir los resultados de la presente reunión. Y ya al final de la primer década del siglo XXI, la sociedad internacional sigue mirando con ojos impotentes como el racismo y la intolerancia sigue creciendo en todos los rincones, sin que las organizaciones multilaterales se revelen capaces de hacerle frente.

Es cierto que, además del “lobby” judío, que ha implicado básicamente a la postura de los Estados Unidos de América, de Alemania (y, con ella, la República Checa, que ejerce la presidencia pro-tempore de la Unión Europea), y a un conjunto de países muy afines al Estado de Israel (Australia, Italia, Canadá, Nueva Zelanda, Polonia y Holanda), al boicot de la conferencia ha contribuido sustancialmente el discurso del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, que en un tono completamente confrontativo para una reunión de estas características, calificó de “racista” al Estado de Israel, con palabras y términos muy duros, lo que llevó a que los representantes de treinta países abandonaran inmediatamente la sala del plenario, en repudio a sus expresiones.

Los borradores del documento de Ginebra circularon entre las Cancillerías durante los últimos meses, y se negoció con mucha pasión durante la semana pasada, tratando de establecer algunos puntos mínimos para que la Conferencia no quedara en aguas de borraja. Así, los países musulmanes fueron cedieron en sus exigencias, y la delegación palestina decidió finalmente eliminar la mención a la reciente guerra contra Gaza; permitiendo, además, que el texto incluye una referencia al Holocausto judío a manos de los nazis, la “shoa”.

Pero finalmente el texto de Ginebra –muy lavado y aprobado entre gallos y medianoche- se limita a “reafirmar” el borrador redactado en Durban en 2001, y fue adoptado rápidamente, sin una sesión de debate público, con el temor de que si extendían el tiempo, ni siquiera sería posible consensuar este mínimo, ya que en este enrarecido clima seguramente habrá nuevas deserciones, lo que implicaría un fracaso aún más rotundo, si eso fuera posible. Aún así, Israel y sus aliados rechazaron el borrador final, porque mantiene la comparación entre sionismo y racismo.

Una nueva oportunidad que se diluye, en un tema que no dejará de aumentar su peso cualitativo en una política internacional orientada a la paz.


jueves, 15 de noviembre de 2007

Gaza, entre la sangre y la agonía



GAZA ENTRE LA SANGRE Y LA AGONÍA



por Nelson Gustavo Specchia




A principios de esta semana, un nuevo baño de sangre volvió a enlutar Gaza, la delgada franja de suelo palestino, donde una población prisionera del más largo conflicto de Oriente Medio sobrevive, a duras penas, sin luz, ni medicamentos, ni servicios básicos, con racionamiento hasta en el agua de consumo, con las fronteras cerradas a cal y canto por el ejército israelí, y una división interna entre Hamas y Al Fatah que ya en poco disimula la latente guerra civil.


El proyecto de dos estados (el “divorcio justo y equitativo”, como dice el escritor judío Amos Oz) agoniza, y se acerca a un punto de no retorno. Los territorios palestinos del original proyecto de partición están en un porcentaje alarmante ocupados por colonos israelíes. En sólo diez años, durante la década del ´90, la cifra de colonos asentados en suelo palestino se duplicó. La división física queda plasmada en la separación entre esta franja aprisionada de Gaza, y Cisjordania, convertida en una sucesión de islotes cruzados por carreteras sólo para israelíes, y por un muro de cemento. Estos breves kilómetros ya muy difícilmente puedan vertebrar algo similar a un gobierno con autonomía real.


La segunda fractura, entre los partidos palestinos, es aún más dolorosa. El acceso de Hamas al poder aisló internacionalmente al gobierno de la Autoridad Palestina, en 2006. A la condena internacional de los EE.UU., se sumó, de una manera inexplicable, la Unión Europea. Ese aislamiento internacional impactó directamente en la sociedad civil, que se vio más debilitada, y en el sistema político, quitándole capacidad de acción al gobierno electo del islamista Ismail Haniya.


Finalmente, y mediante una solución de compromiso que destrabó la cuestión institucional pero agravó el enfrentamiento entre ambos partidos, Mahmoud Abbas asumió la presidencia, y Hamas decidió resistir en Gaza. Desde el mes de junio de este año controla la Franja, aislada ahora no solamente del mundo, sino también de la propia administración palestina. En ese hundimiento en la miseria, Hamas se planteó un objetivo central: controlar el orden y mantener la paz. Y esta semana, hasta ese objetivo de mínima para la convivencia de los miles de hombres y mujeres abigarrados en Gaza ha fracasado. La conmemoración del aniversario de la muerte de Yaser Arafat, el mítico líder fundador de Al Fatah, terminó en un nuevo baño de sangre en la Franja.


La escalada de violencia y enfrentamiento civil está directamente vinculada con la resolución del conflicto. Mientras se mantenga, la guerra civil palestina será una realidad cada vez más visible, y afectará, además, la estabilidad del propio Estado de Israel.


La Secretaria de Estado norteamericana, Condoleeza Rice, afirma que el establecimiento de un hogar nacional palestino, desmilitarizado, pero viable y soberano, es la dirección en la que se orienta su administración, y la convocatoria a una nueva conferencia bajo los auspicios de los EE.UU. figura en la agenda de Rice para fines de este mes de noviembre. Pero parece más un gesto dirigido a conseguir el apoyo árabe en la estrategia norteamericana en Irak, y contra el plan nuclear iraní, que a resolver el contencioso palestino.


En enero de este año, el filósofo francés Régis Debray –que había sido comisionado por el ex presidente Jacques Chirac para elaborar un informe sobre terreno de la situación en Oriente Medio- elevó sus conclusiones, que vuelven una vez más sobre la imperiosa necesidad de retomar las negociaciones sobre la hipótesis de dos estados. Y aun en los EE.UU. es posible advertir ciertas fisuras en el apoyo y sostenimiento de la política de Israel. Un grupo de eminentes intelectuales, de mucha incidencia en la elaboración de la política exterior norteamericana, acaba de publicar una carta (“El fracaso tendría consecuencias devastadoras”), sosteniendo la necesidad de una conferencia internacional auténticamente resolutiva. Los puntos centrales de la propuesta, entre cuyos firmantes está el ex Consejero de Seguridad del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, vuelven también a la propuesta de dos comunidades políticas según las líneas fronterizas de 1967, con la doble capitalidad de Jerusalén, deteniendo los asentamientos israelíes en suelo palestino, e impulsando el regreso de una parte de los tres millones de refugiados. Esa, concluyen, es la única alternativa de una sociedad viable, y de una auténtica paz duradera para el propio Israel.


Sería, además, la posibilidad cierta de detener la agónica sangría de Gaza, una deuda de toda la comunidad internacional.