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sábado, 9 de febrero de 2013

Israel, cuestionario abierto (09 02 13)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 9 de febrero, 2013  



Israel, cuestionario abierto

por Nelson Gustavo Specchia

Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)
Twitter:  @nspecchia




Las elecciones de fines de enero en Israel instalaron un debate: ¿muestran un punto de inflexión en el rumbo político?, o por el contrario, ¿se ha tratado de una pausa en el sostenido rumbo hacia la derecha de las últimas dos décadas? Esta segunda pregunta sospecha que una vez superada la pausa, y los nuevos actores alineados en las fuerzas emergentes, Israel seguirá marchando en la línea estratégica que potencia a conservadores, a religiosos y a militares: el trípode que da sustento hoy al ejecutivo de Benjamín “Bibi” Netanyahu.

Vientos primaverales.

Tengo, para mí, que esas lecturas saltan un dato crucial: las elecciones también pueden haber sido una respuesta al cambio del contexto regional.

La “primavera árabe” no ha dejado impasible a ningún actor en la larga lonja que va desde Gibraltar, cruza la orilla meridional del Mediterráneo y se interna en el Golfo, en Siria y en Turquía. Israel, una pequeña pero neurálgica bisagra en medio de ese inmenso mapa musulmán, no hubiera podido dejar pasar esos vientos de cambio sin acusar algún recibo. Y considero que las elecciones dejan entrever las ganas de aprovechar la oportunidad para ensayar una vía alternativa al aumento ad infinitum de la seguridad y la protección militar hacia el entorno árabe.
  
Hago hincapié en que la sorpresa de los resultados fue más un dato sociológico que de aritmética política, porque los sondeos no los habían percibido y pronosticaban, en cambio, una profundización en la tendencia securatista.

Halcones un tanto desplumados.

Bibi Netanyahu es un viejo reincidente que ha cimentado su permanencia a través de alianzas cada vez más duras con la derecha, que en la última legislatura se consumó en la asociación de su partido, Likud, con los ultranacionalistas radicales de Beitenu, de Avigdor Lieberman.

Las encuestas electorales preveían un nuevo triunfo aplastante de Likud-Beitenu, y auguraban que la extrema derecha emergente de Bayit Yehudi, de Naftali Bennett, ocuparía el segundo lugar.

Bennet irrumpió con fuerza: armó el Bayit Yehudi en un mes. Joven, empresario, multimillonario y ex soldado de élite, vino a disputarle a Netanyahu el mismo “target” en que éste se apoya: las clases populares y los colonos de los asentamientos judíos en terrenos palestinos. Bibi siempre ha sido el principal halcón de la derecha, y Naftali Bennett vino a decirle que se puede ser un halcón con plumas todavía más duras.

Los sondeos auguraban que, en el caso de que no le ganara a la alianza Likud-Beitenu, un seguro segundo puesto obligaría a Bibi a incluir a Bennett en un futuro gobierno.

Sin embargo, esos sondeos se equivocaron. La meteórica ascensión de la nueva derecha súper dura, que aboga por un Estado-fortaleza y se niega a ningún tipo de acuerdo –ni diálogo- con los palestinos, no fue ratificada por las urnas. Ni el primero ni el segundo lugar: Bennett tuvo que conformarse con un lejano cuarto puesto, y el caudal de votos que logró no le aseguran su incorporación al Ejecutivo.

Netanyahu, en todo caso, ha logrado permanecer al frente de las preferencias, pero perdiendo muchas de las plumas de halcón y buena parte de los apoyos con los que contaba: de los 120 escaños de la Knesset, la derecha retuvo 61 diputados; pero el resto suma 59.

Algo ha pasado que torció la curva de fortalecimiento del conservadurismo, que no paró de crecer durante los últimos 20 años. Y yo creo que lo que pasó fue la “primavera árabe”, en versión idish.

El infierno no son los otros.

En definitiva, Israel no tiene más alternativas que vivir junto a sus vecinos, en esa diminuta franja de tierra del extremo oriental del Mediterráneo. Y los vientos de cambio en el vecindario pueden ser la ocasión para hacer un nuevo intento de abrir una vía de convivencia racional. Ese parece ser el mensaje del partido que ha dado la mayor sorpresa en estas elecciones: Yesh Atid, que en hebreo significa “Hay futuro”. Y como decía el maestro Borges, en el nombre está la cosa, como todo el Nilo en la palabra Nilo.

Yesh Atid se propone como un partido de centro, tan alejado de los discursos securatistas de los halcones como distanciado de los ultraortodoxos, ya que hace del laicismo su bandera. Su líder, Yair Lapid, también es un joven recién llegado a la política, pero no un ex soldado como Bennett, sino un periodista. Lapid dice que su partido viene a terminar con la política del miedo, del odio y del radicalismo, para proponer en su lugar, una estrategia de diálogo con los vecinos y el fin de los privilegios para los sectores religiosos, vigentes desde la fundación del Estado de Israel.

Contra todos los pronósticos y las encuestas, el grupo de Yair Lapid, afirmando que sí, que efectivamente hay un futuro y que es posible construirlo desde la paz, superó a todos los partidos excepto al Likud, y quedó como la segunda fuerza más votada en Israel.

Su emergencia en el escenario político abre el cuestionario de las relaciones regionales y, por primera vez en muchos años, pone la pelota también en el otro campo.  













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lunes, 7 de enero de 2013

Siria, tercer round (07 01 13)

Primavera Árabe - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – lunes 7 de enero de 2013 


Siria, tercer round

por Jean-Baptiste Noël








Cuando la guerra civil en Siria amenaza, tras dos años de violencia, con saltar a una nueva fase, el presidente Bashar Al Assad ha vuelto a aparecer en público después de medio año, anunciando su disponibilidad para analizar un nuevo marco constitucional para la República Árabe.

El discurso público (el primero desde 2005) del representante del clan alauíta que gobierna autocráticamente Siria desde 1970 alentó titulares esperanzadores en la prensa europea, pero si se analizan sus palabras, más allá de los anuncios espectaculares muestran una reafirmación inmovilista de la clase política de Damasco.

En primer lugar, el mandatario descartó de plano la posibilidad de ningún acuerdo con los insurgentes rebeldes, con lo que cerró una vez más la puerta a una “salida política” a la crisis civil y militar.

En segundo término, las promesas de reconciliación nacional y la posibilidad de celebración de un referéndum se condicionan a que “Occidente deje de apoyar” a los rebeldes, un apoyo que, por cierto, no se ha comprobado empíricamente y es la principal argumentación del Ejecutivo sirio para enviar al Ejército a reprimir a la insurgencia.

Y, por último, después de agradecer el respaldo internacional al gobierno ruso de Vladimir Putin y al régimen chiíta presidido por Mahmmoud Ahmadinejad desde la República Islámica de Irán, Bashar al Assad descartó renunciar al poder o a no presentarse nuevamente en próximos comicios.

Esto es lo mismo que ratificar, con todas las letras, la continuidad del gobierno y del régimen con las mismas armas e idénticas tácticas que las utilizadas en las últimas décadas.

En un primer momento, los Al Assad le negaron al conflicto la misma posibilidad de existencia. El presidente negaba en las entrevistas que hubiera rebeldes insurgentes, y apenas admitía que algunos “elementos criminales” estaban causando algunos disturbios. En un segundo round, cuando comenzó el aislamiento internacional y el abandono de la Liga Árabe, el gobierno apostó por ahogar los alzamientos mediante la represión militar abierta, incluyendo tanques y bombardeos marítimos al puerto de Latakia.

Ahora, cuando la OTAN ya ha desplegado misiles Patriot en la frontera de Turquía, y sólo los vetos ruso y chino detienen en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas un plan de intervención externa en Siria, la elite de Damasco ensaya un tercer movimiento: liberación de prisioneros, pacificación nacional, consulta plebiscitaria, nueva Constitución.

Pero parece demasiado tarde inclusive para un planteo tan poco creíble: a estas alturas, 60.000 muertos después, no hay plan factible que incluya la permanencia de los Al Assad.




Twitter:   @nspecchia





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lunes, 31 de diciembre de 2012

Obama y el abismo (29 12 12)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 29 de diciembre, 2012
  

Obama y el abismo
por Nelson Gustavo Specchia

Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba), Twitter: @nspecchia








El presidente Barack Obama no ha disfrutado de esos primeros cien días que Nicolás Maquiavelo  consideraba el período dulce del Príncipe, en el que tiene las manos libres para introducir los cambios que va a necesitar luego. Ha tenido que interrumpir sus vacaciones de Navidad en Hawai para volver apresuradamente a Washington e intentar salvar, in extremis, la negociación parlamentaria que evite la caída de la primera economía mundial en recesión.

El poder del Logos

La politología norteamericana tiene la virtud de encontrar designaciones precisas para fenómenos complejos. Como este “fiscal cliff” (“abismo fiscal”) que designa de una manera compacta el brete en que se han metido.

El “abismo fiscal” que Obama intentará sortear en las próximas 48 horas es el resultado de un conjunto de decisiones que confluyen en el año nuevo. El 1 de enero comenzarán los recortes al gasto público aprobados por el Congreso, y en esa misma fecha expiran los recortes de impuestos establecidos por Bush (hijo) en 2001.

La confluencia de ambas medidas en el primer día de 2013 conduciría a una entrada automática en recesión, con la consecuente caída de la economía norteamericana y, por extensión, de un arrastre de los principales indicadores económicos mundiales detrás de ella.

Tipos duros

En el fondo de la cuestión hay dos elementos que pueden explicar este brete: la rigidez de las dos grandes filosofías políticas estadounidenses, y los límites sistémicos de la capacidad negociadora del Presidente.

El evangelio de los Demócratas es la defensa (y la expansión) del gasto social, mientras que para los Republicanos la disminución (y en la hipótesis de máxima, la misma extinción) de los impuestos es la palabra sagrada. Entre esta dicotomía de blanco y negro, el espacio de los grises –que sería la capacidad negociadora de la figura presidencial- es mínima, aunque ello constituya una paradoja en el principal sistema presidencialista del mundo.

Las últimas elecciones le dieron a Obama cuatro años más en la Casa Blanca, un lapso que debería posibilitar la concreción de su programa. Pero también sentaron en el Capitolio a dos bancadas muy simétricas entre oficialismo y oposición, por lo que no es esperable la constitución de mayorías automáticas, sino que cada medida de aquel programa deberá ser consensuada al detalle. Y los negociadores son tipos duros, que no sólo se juegan la posibilidad del poder en próximas administraciones, sino su propia continuidad en el escaño.

Sólo para millonarios

A la cancha la rayan el propio Obama y uno de los más duros entre los Republicanos, John Boehner, el jefe de la oposición y presidente de la Cámara de Representantes.

Barack Obama sostiene que el “abismo fiscal” se sorteará si los más ricos comienzan a pagar impuestos medianamente progresivos, y propuso colocar la valla desde un ingreso de 250 mil dólares al año. Cuando Boehner le hizo saber que ni siquiera considerarían esa “ridiculez”, el Presidente subió la apuesta del mínimo no imponible a la franja de 400 mil. Pero tampoco.

Con el precipicio a sólo unas horas, los Republicanos han abierto una pequeña rendija en su ortodoxia anti-impuestos, y admitirían la posibilidad de aumentar la presión fiscal sobre los más ricos, pero con porcentajes leves y sólo a partir del millón de dólares.

Para la Casa Blanca es casi una humorada cruel, porque condiciona el programa para los próximos cuatro años, al debilitar los ingresos sobre los que se asienta la estrategia de ampliación del gasto social.

Otras grietas

Pero, a pesar de la alarma mediática, el “abismo fiscal” comparte la urgencia con una agenda exterior no menos preocupante.

Oriente Medio vuelve a ser la piedra externa en el zapato del Presidente. El reconocimiento internacional de Palestina como Estado en la última Asamblea General de la ONU ha incentivado, como no lo hacía en años, al lobby conservador judío del AIPAC (American-Israeli Public Affairs Committee).

Las elecciones en Israel, de enero de 2013, volverán a poner a Irán –que también celebra elecciones en junio- en el centro de la agenda externa, junto al nunca abandonado proyecto israelí de ataque preventivo contra las instalaciones nucleares persas.

Y otro abismo insoslayable es el que se abre con la guerra civil en Siria. La OTAN instaló misiles en la frontera turca, pero en Washington ya se asume que Damasco no será Trípoli ni los Al Assad tan simples de reemplazar como Khaddafi.

El conflicto sirio experimenta una creciente participación de nuevos actores regionales, y cada vez se parece más a un ensayo de guerra entre los musulmanes sunnitas liderados por Arabia Saudita y los núcleos chiítas iraníes y del Hezbollah libanés. Un ensayo de guerra donde tienen roles cada vez más críticos las petromonarquías del Golfo Pérsico; la experiencia laica de islamismo moderado de Turquía; y la deriva confesional de los Hermanos Musulmanes desde el gobierno de Egipto.

Una puja por el dominio regional que obligará a Barack Obama a involucrarse personalmente y a su Administración, y para lo cual requerirá la anuencia de la oposición republicana.

Frente a ello, y por aquellos límites que el propio sistema político le impone, es probable que Obama acepte el amargo ofrecimiento de los Republicanos. La alternativa, en todo caso, es peor. Las grietas de los abismos pueden tragarse más cosas que la sola política fiscal.





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miércoles, 19 de diciembre de 2012

La tentación islamista en Egipto (15 12 12)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 15 de diciembre, 2012  

La tentación islamista en Egipto


por Nelson Gustavo Specchia

Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba) - Twitter:  @nspecchia








El gran país africano, imprescindible para la estabilidad regional, se asoma al abismo del estallido de una nueva guerra civil.



El poder es una tentación fuerte, incluso para los políticos observantes de preceptos religiosos rígidos y acéticos. Mohammed Mursi, el presidente egipcio, ha pasado de encarnar la promesa de una transición democrática y republicana a ser la figura de la amenaza integrista.

La sociedad civil egipcia, por su parte, templada en las movilizaciones de la plaza Tahrir que acabaron con el régimen pretoriano del “rais” Hosni Mubarak, se niega a que aquella pueblada termine decantando en un sistema aún más cerrado que el de los militares.

La tensión entre ambos extremos puede llevar, si no se altera el rumbo, a un nuevo golpe militar. No debe descartarse inclusive el estallido de una guerra civil en ese borde del Mediterráneo donde confluyen tantas aristas delicadas: la frontera con la Gaza palestina y con Israel, el caldero libanés y las costas de Siria, que ya sufre de lleno su propia guerra interna.

La corte del faraón

Egipto es la potencia equilibradora del África mediterránea y Oriente Medio. Israel encontró en el reconocimiento de El Cairo la posibilidad de existencia sin la amenaza permanente de una guerra árabe; el presidente Anwar el Sadat pagó con su vida la osadía de firmar la paz con los israelíes, y Egipto fue expulsado de la Liga Árabe, pero no hubo más tambores de guerra con el Estado judío.

Esa balanza regional fue también caja de resonancia de los cambios que llegaron con el siglo 21. La “primavera árabe” iniciada en Túnez con la caída de Zine el Abidine ben Ali, alcanzó su punto álgido en la plaza Tahrir con el derrocamiento del general Mubarak. Pero el optimismo con que se festejó la caída del “rais” fue exagerado, o un tanto ingenuo. En Egipto la vía democrática será ardua, y más compleja que la sola sustitución de un autócrata.

Como revelaron las negociaciones de transición, el poder real no sufrirá alteraciones: si acaso, una cuota del poder detentado por los militares en los últimos sesenta años pasará a manos islámicas. De república laica, poco y nada.

Tras un proceso electoral enredado, que duró dos meses, los militares anunciaron la victoria de Mohammed Mursi por más de un millón de votos. La insistencia en la limpieza de las elecciones y en la legitimidad de las autoridades transitorias, puso en evidencia lo contrario: tal como sospechaba la oposición republicana, los islamistas habían llegado a un acuerdo con los generales. 

El plan original del verdadero faraón egipcio, el mariscal Hussein Tantawi, era imponer un candidato de continuidad, el general Ahmed Shafik, un piloto de cazas, ex jefe de la Fuerza Aérea, y el último primer ministro de Mubarak. Uno de la familia, digamos. Cuando la avalancha de votos lo hizo imposible, negoció la transición. Las monedas del comercio fueron que el presupuesto militar y las prerrogativas de clase no se tocarían en absoluto.

Promesas de utilería

Mursi les dijo que sí a todo. Lo importante en ese primer momento, para los islamistas, era que Tantawi y la corte del faraón les entregaran el mando; la imposición de Shafik a sangre y fuego estaba a la vuelta de la esquina. Mirando hacia Tahrir, el dirigente pidió una oportunidad: los Hermanos Musulmanes acarrean una historia de proscripciones y marginación, y era justo –argumentaba Mursi- que tuvieran su momento de oportunidad ahora que las urnas habían señalado su clara mayoría.

Pero ni bien tuvo las llaves del palacio cairota, la élite islamista pegó un zarpazo sobre la débil institucionalidad. El escenario temido por los partidos laicos se dibuja con mayor precisión día a día: la mayoría parlamentaria de los Hermanos Musulmanes avanza con una agenda religiosa; Mohammed Mursi se asignó, por decreto, poderes discrecionales; y acometió una reforma constitucional que supone un viraje de la República Árabe de Egipto hacia un régimen confesional.

La Asamblea Constituyente controlada por los islamistas (los representantes cristianos y liberales laicos abandonaron las deliberaciones) votó los 234 artículos de la nueva Constitución, y los aprobó por unanimidad. La nueva Carta Magna incorpora la “sharia”, la ley religiosa, como “principal fuente de la ley” (Art. 2º); mantiene la subordinación histórica de la mujer; y recorta libertades civiles, como la de expresión y de prensa. Eso sí: mantiene el presupuesto separado y los derechos especiales del estamento castrense; la única promesa de Mursi que no ha sido puro teatro.

Preguntas populares

La resistencia de los sectores laicos, en todo caso, ha empujado a la nueva clase política a someter el proyecto constitucional a referéndum, cuya primera instancia se votará hoy (completándose con una segunda ronda el sábado próximo). La votación ha marcado la división del país en dos partes, con movilizaciones de partidarios y detractores durante las últimas tres semanas.

Los musulmanes salafistas (rigoristas) y los imanes de las numerosas mezquitas de El Cairo y Alejandría, instan desde el púlpito a la votación a favor; Mohammed el Baradei –el científico ex director de la oficina internacional de energía atómica y premio Nobel-, y los partidos republicanos, advierten que la tensión entre ambas mitades podría ser el prólogo de una guerra civil, que queda servida en bandeja.





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lunes, 9 de abril de 2012

¿Qué hacer con los Assad? (07 04 12)


¿Qué hacer con los Assad?

La sociedad internacional debe involucrarse en la resolución del conflicto interno sirio, como última salvaguarda de la población civil. 

  • 07/04/2012  | por Nelson Specchia*



Contra todo pronóstico de política internacional, el régimen sirio comandado por Bachar al Assad resiste. A mediados de agosto de 2011, cuando el ejército entró en Hama sin respetar ni el sagrado mes del Ramadán y las Naciones Unidas contabilizaron más de 1.500 cadáveres, parecía que transitábamos las postrimerías de los Al Assad.

Pero no fue así. Hillary Clinton, la secretaria de Estado del presidente Barack Obama, y Catherine Ashton, la representante de la política exterior europea, anunciaron entonces el inicio de sanciones para ahogar al gobierno del clan alauita (rama del chiismo) o al menos detener la represión contra los civiles (en su mayoría, sunitas).


Estrategia fallida. Las sanciones, sin embargo, fueron cerrando las puertas a los jerarcas del régimen y eso disparó la violencia represiva.

La Unión Europea emitió una lista negra con los nombres de los altos funcionarios que tienen prohibida la entrada a los 27 países de la organización y con el embargo de todos sus activos depositados en bancos europeos.

La semana pasada, siguió extendiendo la nómina e incluyó a Asma, la esposa del presidente Bachar. Descartada la posibilidad de un exilio dorado en Europa, otras salidas a países cercanos también quedaron fuera de programa: Arabia Saudita, donde descansa el derrocado autócrata tunecino Zine el Abidine Ben Ali con su avión lleno de oro, ni pensarlo; y Turquía, que podría haber sido una opción hasta hace un año, cuando llegaron a Damasco las primeras protestas empujadas por los vientos de la Primavera Árabe, ya rompió todo diálogo.

Los tres regímenes amigos de los Al Assad (el Irán de los ayatolás, el gobierno chiíta de Irak y los sectores del Líbano controlados por Hizbollah) tendrían demasiados problemas internos si decidieran alojar al clan sirio.

Con las puertas de salida cerradas, Bachar y sus hermanos, junto con los pequeños grupos de la élite alauita y del partido Baaz, entendieron que permanecer en Damasco era la única opción y decidieron hundir la rebelión civil a cualquier precio.

Los bombardeos sobre Homs, Deraa y el puerto de Latakia y los tanques entrando en Hama dispararon aquel cálculo de víctimas del invierno pasado, y esta semana la cifra de sangre cruzó la barrera de los nueve mil muertos.

Aunque parezca un volumen espeluznante de víctimas para una represión ordenada por el gobierno, no deben olvidarse algunos antecedentes cercanos, como la sublevación de Hama en 1982.

Entonces, el fundador de la dinastía, Hafez al Assad, mandó a su hermano al frente de los tanques y la represión se cobró 30 mil muertos, según las cifras más prudentes de las organizaciones humanitarias. O sea que no hay techo, por brutal que parezca.


Armar al enemigo. El grupo de los amigos de Siria –unos 80 países, con Estados Unidos, la Unión Europea, la Liga Árabe y Turquía a la cabeza–firmó el 1 de abril en Estambul un ultimátum contra Bachar al Assad.

Pero a pesar de la insistencia de Qatar y de los sauditas, no tomó la decisión de entregar armas a las guerrillas rebeldes del Ejército Libre de Siria (ELS), el rejunte de desertores comandado por el ex coronel Riad al Asaad.

Y si bien reconocieron formalmente al opositor Consejo Nacional Sirio (CNS) como el representante legítimo del país, tampoco le dieron armas.

En mi opinión, fueron dos decisiones afortunadas. Estoy convencido de que la sociedad internacional debe involucrarse en la resolución del conflicto interno sirio, como última salvaguarda de la población civil. Pero lo que pudo ser útil para Libia puede provocar una reacción anárquica y de enfrentamiento religioso en Siria.

Aquí no hay un frente disidente homogéneo: el centenar de grupúsculos en que se divide y se subdivide la oposición a los Assad no tiene ni siquiera contacto entre sí.

Y en cuanto a intentar focalizar la resistencia en el plano militar de las guerrillas rebeldes, no debe obviarse tan rápidamente el hecho de que el ELS está formado por milicianos sunitas, mientras el alto mando y los efectivos de las fuerzas leales son de confesión chiíta.

En ambos casos, la entrega de armas estaría acercando la posibilidad del estallido de una guerra civil a gran escala, con fronteras religiosas. Uno de los peores escenarios posibles.


Llave de oro. En Damasco –a esta altura ya parece claro– no se repetirán las escenas de Túnez y de El Cairo. A los Assad no los voltearán los vientos de la Primavera Árabe.

Esta opción de máxima debería dar lugar a una posibilidad intermedia: negociar con Bachar su continuidad y la de su clan por un tiempo más, a condición de que cesen en forma efectiva la represión y las matanzas.

Y, para ese fin, la buena voluntad de Kofi Annan, el enviado especial de las Naciones Unidas, no será suficiente: la verdadera llave la tienen los rusos.



La Voz del Interior, sábado 7 de abril, 2012.  

http://www.lavoz.com.ar/opinion/que-hacer-con-assad#



*Politólogo, profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)






Twitter:  @nspecchia


martes, 13 de marzo de 2012

Annan, Kofi Annan (13 03 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 13 de marzo de 2012


Annan, Kofi Annan


por Pedro I. de Quesada






Saliendo del ostracismo al que lo había llevado su retiro de la secretaría general de las Naciones Unidas, Kofi Annan ha vuelto a la palestra, y para meterse en el ojo del huracán: aterrizó en Damasco y se sentó con Bachar el Assad.

Después de los duros términos con los que condenó en varias oportunidades la violencia extrema de los Al Assad en la represión de Homs, Ban ki Moon decidió llamar a su antecesor en el sillón de la ONU y pedirle que volara hasta Siria y que hiciera lo que pudiera.

Una decisión arriesgada, y que no cayó bien (casi) en ningún lado: Para Israel, es un freno de mano al proyecto de intervención, que tiene tan adelantado; para Hillary Clinton –que no dejará que los israelíes ataquen solos- es un incordio; para los rusos es una quita de protagonismo; a la Liga Árabe la pone en evidencia de su nula efectividad para hacer nada; para el clan de los Al Assad es una intromisión a destiempo, ahora que han sofocado a sangre y fuego la rebelión en la barriada de Bab Amro y empujado al Ejército Libre de Siria (ELS) hacia el Norte; e inclusive para estos últimos es una visita antipática, porque relegitima a un gobierno que ya está acorralado y solo, con la mayoría de las potencias occidentales retirando sus embajadores de Damasco.

En ese entorno hostil, el viejo diplomático llegó como Bond, James Bond, y en 48 horas ha logrado poner unas notas de sensatez en medio de la locura, lo que no es poco.

De lo que se trata es de detener el baño de sangre sobre la población civil, una matanza que ya roza las 8.000 víctimas. Y aunque a los rebeldes les gustaría una entrega masiva de armas al ELS, o directamente una intervención militar externa (como apoya, entre otros estados árabes, Qatar), la verdad es que no existe un frente político alternativo a los Al Assad que muestre un acuerdo interno y un nivel de madurez suficiente como para ser confiable.

Con una oposición así, el remedio puede ser igual de desastroso que la enfermedad, o inclusive peor, si una acción militar occidental provoca el temido “efecto cascada” en el polvorín de Medio Oriente.

WikiLeaks, ese grano en la planta del pie del secretismo diplomático, acaba de revelar, tras una infiltración al correo electrónico de la empresa Strattfor (uno de los “contratistas de asesores” del ejército estadounidense) que soldados de la OTAN ya estarían en Siria, apoyando a las tropas rebeldes; Rusia y China, mientras tanto, volvieron a insistir en que vetarán en el Consejo de Seguridad de la ONU la intervención externa.

Así, a Bachar el Assad no le quedó otra que recibir a Kofi Annan; al canciller ruso, Serguéi Lavrov, afirmar que colaborará con él; y a la Liga Árabe prestarle su apoyo.

Todos tuvieron que aceptar un acuerdo de mínimos para frenar la matanza, y ni Washington ni Tel Aviv pueden hacerse los desentendidos.

Aunque no sea una solución, la llegada de Bond, James Bond, será un respiro para los sirios.





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viernes, 17 de febrero de 2012

El laberinto sirio (17 02 12)

Hoy Día Córdoba – Periscopio – Magazine – viernes 17 de febrero de 2012



El laberinto sirio

por Nelson Gustavo Specchia







En unos días se cumplirá ya un año de los levantamientos populares contra el régimen autocrático de la familia Al Assad y del partido Baaz en la República Árabe Siria, y las Naciones Unidas calculan en seis mil los muertos en la escalada de represión con que el gobierno de Damasco ha hecho frente a las puebladas de protesta.

Una represión que comenzó utilizando las fuerzas regulares del Ejército contra columnas de manifestantes pacíficos y desarmados; que luego –ante la repulsión que generaba esa metodología en las propias filas castrenses, al punto de comenzar un desgranamiento de desertores entre la soldadesca e inclusive entre la alta oficialidad- el Ejecutivo apeló a la instalación de francotiradores, que disparaban indiscriminadamente contra cualquier blanco móvil en las calles de las ciudades sitiadas.

Cuando incluso los francotiradores y los asesinatos selectivos mostraron su ineficacia para detener las protestas, los Al Assad volvieron a redoblar la intensidad de la represión, y comenzaron con bombardeos a los puertos y ciudades costeras desde los buques de guerra, y las ciudades rebeldes del interior empezaron a sentir la dura sangría de los bombardeos de tanques y de artillería pesada. En esta espiral ascendente, que provocó incluso que el secretario general de la ONU, Ban ki Moon, pidiera formalmente que se “detuviera la matanza”, el pequeño círculo que controla el poder en Siria sólo se ha abstenido de utilizar la aviación de guerra, seguramente para no provocar una resolución internacional como la firmada para Libia, de cerrar el espacio aéreo en protección de la población civil, que terminó en el Norte de África desencadenando la intervención de las potencias occidentales y la caída de la tiranía de Muhammar el Khaddafi.

Amén de no haber echado mano a este recurso de matanzas masivas desde el aire, y de haber tenido que limitar la acción del Ejército a los cuerpos más leales, religiosa y personalmente comprometidos con el propio clan gobernante, los golpes de represión a la población civil en este largo año de protestas, deberían haber sido suficientes para provocar una reacción más contundente por parte de la sociedad internacional. Pero, a pesar de todas las deliberaciones en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de los embargos, de las medidas de censura, de las sanciones y penalidades económicas a su comercio exterior, de la inclusión de sus principales figuras en las “listas negras” de prácticamente todas las cancillerías europeas, del corte de relaciones diplomáticas y del retiro de los embajadores, y hasta la crítica de los enviados de la Liga Árabe, el régimen resiste. El presidente Bachar al Assad, ese oftalmólogo de mirada fría y gesto desconcertado, se aferra al poder, arropado por su familia inmediata, por el clan ampliado de los parientes, por el entorno sectario de la confesión alauíta, y por un selecto grupo de empresarios de Damasco que han amasado sus fortunas al calor del Baaz.

Esta resistencia, esta obstinación homicida de aferrarse al poder a pesar de un aislamiento casi total, hay –creo- que analizarla con algún detenimiento: las razones de peso que expliquen una continuidad contra natura y contra todo pronóstico.

AHIJADO DEL OSO RUSO

Algunos de estos conjuntos de razones son más evidentes, y la prensa de las últimas semanas se ha concentrado en ellos. El principal eje de apoyo externo ha vuelto a llegar, una vez más, desde Moscú. Después del retiro de los observadores de la Liga Árabe, y de la fuerte presión ejercida por Qatar y Arabia Saudí –en el arco regional árabe- y de los Estados Unidos y la Unión Europea, finalmente el Consejo de Seguridad de la ONU logró un consenso entre todos sus miembros permanentes y transitorios, para emitir un “ultimátum” al régimen de Damasco, en orden a detener los bombardeos con artillería pesada sobre la ciudad rebelde de Homs (cerca de 500 muertos por los ataques de tanques y bombardeos desde comienzos de febrero), y de abrir las negociaciones para permitir una transición democrática.

El embajador ruso en la ONU, Vitaly Churkin, había aceptado que los términos del borrador consensuado reflejaban “los mínimos razonables”, y se preparó la reunión donde se aprobaría. Sin embargo, cuando Churkin se comunicó con el Kremlin, debió poner la marcha atrás, y vetó el documento. China, que hubiera aprobado el texto si Rusia lo hacía, se plegó también al veto. Tanto rusos como chinos tienen, ya se ha dicho hasta el detalle, intereses económicos y comerciales con Damasco.

Pero yo dudo de que en ese plano radique la obstinación de Vladimir Putin de respaldar al clan de los Al Assad. Antes bien, considero que hay fuertes razones simbólicas y de equilibrio global en la estrategia rusa: cuando apoyaron el cierre del espacio aéreo libio, dejaron claro que esa resolución no significaba avalar una intervención militar contra Khaddafi; pero luego, a pesar de estas salvedades, aparecieron ante la opinión general permitiendo los bombardeos de franceses y británicos –con el paraguas de los destructores norteamericanos en la costa frente a Trípoli-, y Putin hará todo lo posible para que esa imagen no se repita. En definitiva, una lógica de “guerra fría” en el discurso interno sigue siendo electoralmente redituable, y los rusos están metidos de llenos en las elecciones presidenciales.

EL HUEVO DE LA SERPIENTE

Pero además de ese contundente respaldo externo, la permanencia de Bachar al Assad al comando de un régimen solitario y aislado tiene que ver con la conformación del frente interno. A diferencia de la organizada oposición a Khaddafi, o inclusive de los sectores desarticulados pero medianamente homogéneos en Túnez y en Egipto, en Siria las divisiones y enfrentamientos intestinos de los múltiples colectivos que conforman la oposición al régimen han terminado siendo uno de sus principales sostenedores.

En el laberinto sirio cada uno va por su lado, y hasta ahora no han encontrado la forma de coincidir en ningún callejón común.

Que la oposición política se encuentre completamente desarticulada es un logro del oculista-presidente y de su padre, que desde la misma independencia del país de la potencia colonial francesa, y desde el establecimiento del partido Baaz como única fuerza política autorizada, han hecho todo lo posible por descabezar las formaciones emergentes. Por ello, la frágil organización opositora tiene la misma juventud que las protestas populares: apenas un año. Pero la diferencia respecto del pasado inmediato radica en que, en esta oportunidad, esos intentos de oposición política coexisten con una nueva manera de hacer frente al clan Al Assad: la militar.

Después del veto ruso en la ONU, el canciller de Putin, Serguei Lavrov, fue recibido en Damasco con todos los honores y una fiesta organizada por los Al Assad para expresarle su agradecimiento. De esa reunión salió Lavrov con el supuesto compromiso de que Bachar adelantará las reformas prometidas, que deberían conducir a una cierta apertura, con habilitación a los partidos políticos y elecciones generales. Esa estrategia hubiera alcanzado, creemos, a parar la revuelta hace un año, cuando comenzaron las marchas pacíficas. Pero ahora, seis mil muertos más tarde, esa oportunidad ya ha pasado. Y el mismo gobierno parece percatarse de ello, por lo que no disminuye en nada la fuerza de la represión, independientemente del sacrifico humano que cause.

Tensada la línea hasta ese punto, la respuesta de la militarización de la oposición se hace cada día más factible. La creación a fines del mes de julio pasado, de una fuerza armada irregular, denominada Ejército Libre Sirio (ELS), e integrada por soldados y oficiales desertores, acaba de ser fortalecida con la absorción del Movimiento de Oficiales Libres (MOL). Ahora, esa guerrilla ya cuenta con una estructura de mando que la convierte en operativa; por su parte, las incorporaciones de soldados desertores se calculan en unos 15.000 efectivos (aunque ellos hablan de más de 40.000).

Dirigido por un Consejo Militar de diez altos oficiales, y encabezado por el ex coronel del Ejército, Riad al Asaad, el Ejército Libre Sirio puede ser la salida interna del laberinto: el traslado del centro del conflicto hacia un enfrentamiento entre dos cuerpos militares. Pero eso también podría llevar a un agravamiento de la cuestión religiosa, ya que los desertores del ELS son mayoritariamente sunnitas, mientras los fieles de los batallones que siguen respondiendo a los Al Assad pertenecen a la minoría chiíta.

A punto de cumplirse un año de iniciada la revuelta, y con un escenario posible de guerra civil y religiosa a la vuelta de la esquina, sólo hay una certeza: los próximos días serán aún más crueles.





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