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sábado, 9 de febrero de 2013

Israel, cuestionario abierto (09 02 13)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 9 de febrero, 2013  



Israel, cuestionario abierto

por Nelson Gustavo Specchia

Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)
Twitter:  @nspecchia




Las elecciones de fines de enero en Israel instalaron un debate: ¿muestran un punto de inflexión en el rumbo político?, o por el contrario, ¿se ha tratado de una pausa en el sostenido rumbo hacia la derecha de las últimas dos décadas? Esta segunda pregunta sospecha que una vez superada la pausa, y los nuevos actores alineados en las fuerzas emergentes, Israel seguirá marchando en la línea estratégica que potencia a conservadores, a religiosos y a militares: el trípode que da sustento hoy al ejecutivo de Benjamín “Bibi” Netanyahu.

Vientos primaverales.

Tengo, para mí, que esas lecturas saltan un dato crucial: las elecciones también pueden haber sido una respuesta al cambio del contexto regional.

La “primavera árabe” no ha dejado impasible a ningún actor en la larga lonja que va desde Gibraltar, cruza la orilla meridional del Mediterráneo y se interna en el Golfo, en Siria y en Turquía. Israel, una pequeña pero neurálgica bisagra en medio de ese inmenso mapa musulmán, no hubiera podido dejar pasar esos vientos de cambio sin acusar algún recibo. Y considero que las elecciones dejan entrever las ganas de aprovechar la oportunidad para ensayar una vía alternativa al aumento ad infinitum de la seguridad y la protección militar hacia el entorno árabe.
  
Hago hincapié en que la sorpresa de los resultados fue más un dato sociológico que de aritmética política, porque los sondeos no los habían percibido y pronosticaban, en cambio, una profundización en la tendencia securatista.

Halcones un tanto desplumados.

Bibi Netanyahu es un viejo reincidente que ha cimentado su permanencia a través de alianzas cada vez más duras con la derecha, que en la última legislatura se consumó en la asociación de su partido, Likud, con los ultranacionalistas radicales de Beitenu, de Avigdor Lieberman.

Las encuestas electorales preveían un nuevo triunfo aplastante de Likud-Beitenu, y auguraban que la extrema derecha emergente de Bayit Yehudi, de Naftali Bennett, ocuparía el segundo lugar.

Bennet irrumpió con fuerza: armó el Bayit Yehudi en un mes. Joven, empresario, multimillonario y ex soldado de élite, vino a disputarle a Netanyahu el mismo “target” en que éste se apoya: las clases populares y los colonos de los asentamientos judíos en terrenos palestinos. Bibi siempre ha sido el principal halcón de la derecha, y Naftali Bennett vino a decirle que se puede ser un halcón con plumas todavía más duras.

Los sondeos auguraban que, en el caso de que no le ganara a la alianza Likud-Beitenu, un seguro segundo puesto obligaría a Bibi a incluir a Bennett en un futuro gobierno.

Sin embargo, esos sondeos se equivocaron. La meteórica ascensión de la nueva derecha súper dura, que aboga por un Estado-fortaleza y se niega a ningún tipo de acuerdo –ni diálogo- con los palestinos, no fue ratificada por las urnas. Ni el primero ni el segundo lugar: Bennett tuvo que conformarse con un lejano cuarto puesto, y el caudal de votos que logró no le aseguran su incorporación al Ejecutivo.

Netanyahu, en todo caso, ha logrado permanecer al frente de las preferencias, pero perdiendo muchas de las plumas de halcón y buena parte de los apoyos con los que contaba: de los 120 escaños de la Knesset, la derecha retuvo 61 diputados; pero el resto suma 59.

Algo ha pasado que torció la curva de fortalecimiento del conservadurismo, que no paró de crecer durante los últimos 20 años. Y yo creo que lo que pasó fue la “primavera árabe”, en versión idish.

El infierno no son los otros.

En definitiva, Israel no tiene más alternativas que vivir junto a sus vecinos, en esa diminuta franja de tierra del extremo oriental del Mediterráneo. Y los vientos de cambio en el vecindario pueden ser la ocasión para hacer un nuevo intento de abrir una vía de convivencia racional. Ese parece ser el mensaje del partido que ha dado la mayor sorpresa en estas elecciones: Yesh Atid, que en hebreo significa “Hay futuro”. Y como decía el maestro Borges, en el nombre está la cosa, como todo el Nilo en la palabra Nilo.

Yesh Atid se propone como un partido de centro, tan alejado de los discursos securatistas de los halcones como distanciado de los ultraortodoxos, ya que hace del laicismo su bandera. Su líder, Yair Lapid, también es un joven recién llegado a la política, pero no un ex soldado como Bennett, sino un periodista. Lapid dice que su partido viene a terminar con la política del miedo, del odio y del radicalismo, para proponer en su lugar, una estrategia de diálogo con los vecinos y el fin de los privilegios para los sectores religiosos, vigentes desde la fundación del Estado de Israel.

Contra todos los pronósticos y las encuestas, el grupo de Yair Lapid, afirmando que sí, que efectivamente hay un futuro y que es posible construirlo desde la paz, superó a todos los partidos excepto al Likud, y quedó como la segunda fuerza más votada en Israel.

Su emergencia en el escenario político abre el cuestionario de las relaciones regionales y, por primera vez en muchos años, pone la pelota también en el otro campo.  













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miércoles, 19 de diciembre de 2012

La tentación islamista en Egipto (15 12 12)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 15 de diciembre, 2012  

La tentación islamista en Egipto


por Nelson Gustavo Specchia

Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba) - Twitter:  @nspecchia








El gran país africano, imprescindible para la estabilidad regional, se asoma al abismo del estallido de una nueva guerra civil.



El poder es una tentación fuerte, incluso para los políticos observantes de preceptos religiosos rígidos y acéticos. Mohammed Mursi, el presidente egipcio, ha pasado de encarnar la promesa de una transición democrática y republicana a ser la figura de la amenaza integrista.

La sociedad civil egipcia, por su parte, templada en las movilizaciones de la plaza Tahrir que acabaron con el régimen pretoriano del “rais” Hosni Mubarak, se niega a que aquella pueblada termine decantando en un sistema aún más cerrado que el de los militares.

La tensión entre ambos extremos puede llevar, si no se altera el rumbo, a un nuevo golpe militar. No debe descartarse inclusive el estallido de una guerra civil en ese borde del Mediterráneo donde confluyen tantas aristas delicadas: la frontera con la Gaza palestina y con Israel, el caldero libanés y las costas de Siria, que ya sufre de lleno su propia guerra interna.

La corte del faraón

Egipto es la potencia equilibradora del África mediterránea y Oriente Medio. Israel encontró en el reconocimiento de El Cairo la posibilidad de existencia sin la amenaza permanente de una guerra árabe; el presidente Anwar el Sadat pagó con su vida la osadía de firmar la paz con los israelíes, y Egipto fue expulsado de la Liga Árabe, pero no hubo más tambores de guerra con el Estado judío.

Esa balanza regional fue también caja de resonancia de los cambios que llegaron con el siglo 21. La “primavera árabe” iniciada en Túnez con la caída de Zine el Abidine ben Ali, alcanzó su punto álgido en la plaza Tahrir con el derrocamiento del general Mubarak. Pero el optimismo con que se festejó la caída del “rais” fue exagerado, o un tanto ingenuo. En Egipto la vía democrática será ardua, y más compleja que la sola sustitución de un autócrata.

Como revelaron las negociaciones de transición, el poder real no sufrirá alteraciones: si acaso, una cuota del poder detentado por los militares en los últimos sesenta años pasará a manos islámicas. De república laica, poco y nada.

Tras un proceso electoral enredado, que duró dos meses, los militares anunciaron la victoria de Mohammed Mursi por más de un millón de votos. La insistencia en la limpieza de las elecciones y en la legitimidad de las autoridades transitorias, puso en evidencia lo contrario: tal como sospechaba la oposición republicana, los islamistas habían llegado a un acuerdo con los generales. 

El plan original del verdadero faraón egipcio, el mariscal Hussein Tantawi, era imponer un candidato de continuidad, el general Ahmed Shafik, un piloto de cazas, ex jefe de la Fuerza Aérea, y el último primer ministro de Mubarak. Uno de la familia, digamos. Cuando la avalancha de votos lo hizo imposible, negoció la transición. Las monedas del comercio fueron que el presupuesto militar y las prerrogativas de clase no se tocarían en absoluto.

Promesas de utilería

Mursi les dijo que sí a todo. Lo importante en ese primer momento, para los islamistas, era que Tantawi y la corte del faraón les entregaran el mando; la imposición de Shafik a sangre y fuego estaba a la vuelta de la esquina. Mirando hacia Tahrir, el dirigente pidió una oportunidad: los Hermanos Musulmanes acarrean una historia de proscripciones y marginación, y era justo –argumentaba Mursi- que tuvieran su momento de oportunidad ahora que las urnas habían señalado su clara mayoría.

Pero ni bien tuvo las llaves del palacio cairota, la élite islamista pegó un zarpazo sobre la débil institucionalidad. El escenario temido por los partidos laicos se dibuja con mayor precisión día a día: la mayoría parlamentaria de los Hermanos Musulmanes avanza con una agenda religiosa; Mohammed Mursi se asignó, por decreto, poderes discrecionales; y acometió una reforma constitucional que supone un viraje de la República Árabe de Egipto hacia un régimen confesional.

La Asamblea Constituyente controlada por los islamistas (los representantes cristianos y liberales laicos abandonaron las deliberaciones) votó los 234 artículos de la nueva Constitución, y los aprobó por unanimidad. La nueva Carta Magna incorpora la “sharia”, la ley religiosa, como “principal fuente de la ley” (Art. 2º); mantiene la subordinación histórica de la mujer; y recorta libertades civiles, como la de expresión y de prensa. Eso sí: mantiene el presupuesto separado y los derechos especiales del estamento castrense; la única promesa de Mursi que no ha sido puro teatro.

Preguntas populares

La resistencia de los sectores laicos, en todo caso, ha empujado a la nueva clase política a someter el proyecto constitucional a referéndum, cuya primera instancia se votará hoy (completándose con una segunda ronda el sábado próximo). La votación ha marcado la división del país en dos partes, con movilizaciones de partidarios y detractores durante las últimas tres semanas.

Los musulmanes salafistas (rigoristas) y los imanes de las numerosas mezquitas de El Cairo y Alejandría, instan desde el púlpito a la votación a favor; Mohammed el Baradei –el científico ex director de la oficina internacional de energía atómica y premio Nobel-, y los partidos republicanos, advierten que la tensión entre ambas mitades podría ser el prólogo de una guerra civil, que queda servida en bandeja.





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viernes, 30 de noviembre de 2012

La legitimidad Palestina (30 11 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – Periscopio – viernes 30 de noviembre de 2012. Columna  PERISCOPIO



La legitimidad Palestina

por Nelson Gustavo Specchia 





La diplomacia palestina ha trabajado sin descanso durante el último año, desde la anterior reunión plenaria de las Naciones Unidas, cuando el apoyo mayoritario a las aspiraciones árabes supuso un quiebre en la ruta de las históricas peticiones y reivindicaciones de la Autoridad Nacional Palestina (ANP).

Entonces, el cerrado respaldo y los discursos de solidaridad de los jefes de Estado y de Gobierno presentes en la máxima instancia democrática de la organización, sólo pudieron ser frenados por el anunciado veto estadounidense, que respondió de esa manera a su principal aliado en Oriente próximo: el lobby israelí.

SUTILEZAS ORIENTALES

Pero aquel portazo ya tuvo un envión más atenuado que los anteriores, lo que fue leído en Ramallah -la capital de facto de los territorios palestinos- prácticamente como un triunfo político.

A partir de él, Mahmmoud Abbas y su gente visitaron casi todas las cancillerías europeas, negociando bilateralmente ya no principios generales (la proclamación tradicional de los derechos de regreso de los refugiados palestinos y la vuelta a las fronteras fijadas por los tratados y las resoluciones de la propia Organización de las Naciones Unidas), sino acordando puntos específicos de negociación con cada quién. Así con Londres, con Berlín, y hasta con Madrid.

Con ese trabajo de ablande, la delegación palestina llegó ayer a Nueva York con un cálculo diferente a las frustradas iniciativas anteriores.

El símbolismo y la carga de legitimidad que entraña la petición de la ANP ante la Asamblea General de la ONU, por supuesto, se mantienen: los palestinos siguen siendo un pueblo vencido, sojuzgado y que malvive preso en su territorio ancestral, al que no puede ni siquiera considerar un país según las normas consuetudinarias y el derecho público internacional.

Y aunque la argumentación del Departamento de Estado norteamericano también se mantenga, en el sentido de que una incorporación de Palestina a la ONU no facilitará, sino que, por el contrario, será un nuevo palo en la rueda de las negociaciones de paz con Israel, Mahmmoud Abbas formalizó la petición a la reunión multilateral de que eleve el estatuto que la ANP tiene en el organismo, desde "observador permanente", al de "Estado no miembro observador permanente".

La diferencia, para nada sutil, está en la palabra "Estado": la admisión de la ONU, aunque siga sin membrecía plena y permanezca como mero observador, implica un paso determinante en el camino hacia la constitución de un país propio. La oposición de Israel es entendible: tras la aceptación de Naciones Unidas ningún israelí podrá decir que los territorios palestinos están "disputados" -que es la fórmula que Tel Aviv utiliza hasta hoy-, y Palestina se convertirá, de facto, en un país ocupado.

DISQUISICIONES

Las negociaciones, los debates, las transacciones diplomáticas y los trascendidos a la prensa acerca del proceso de reconocimiento forman tal entramado que requieren de algunas precisiones conceptuales para mensurar su alcance.

Palestina lleva décadas hundida en un limbo jurídico que, en última instancia, termina siendo funcional a Israel. Desde el punto de vista formal, para la legalidad internacional es un pueblo que ocupa un territorio reivindicado y controlado por una potencia externa.

La falta del reconocimiento simbólico a nivel mundial -que desde la segunda posguerra se establece mediante el acuerdo de los demás países del orbe y se concreta a través de un sitial en las Naciones Unidas- no ha impedido que el "Estado de Palestina" haya sido instituido modernamente, en 1988, tras la Declaración de Argel.

Pero por aquella falta de reconocimiento, esta entidad política sigue desprovista de sus atributos esenciales, como el control del territorio (que, de hecho, lo tiene el ejército israelí) y el ejercicio de la soberanía. La virtual situación de ocupación por una potencia externa no ha conseguido bloquear, durante estos años, la incorporación de Palestina a diversas organizaciones internacionales, e inclusive al establecimiento de relaciones diplomáticas e intercambio de embajadores.

De los 193 países en que actualmente se divide el globo, la Autoridad Palestina ha conseguido el reconocimiento de 120, entre los que se cuentan potencias emergentes (como China, India y Rusia), y muy especialmente los grandes países sudamericanos, como Brasil y Argentina.

El equipo de Mahmmoud Abbas no dejó ningún cabo suelto: la petición del cambio de estatus, después de haber logrado estos apoyos, cayó en 29 de noviembre, el Día de Solidaridad con el Pueblo Palestino.

En 1977, la Asamblea General pidió que se observara anualmente este día para recordar la deuda que la comunidad internacional mantiene con los árabes: fue el 29 de noviembre de 1947 cuando el pleno de la ONU aprobó aquella Resolución 181, que estableció el Plan de Partición de Palestina e hizo posible el surgimiento del Estado de Israel.

El segundo Estado previsto en aquella resolución, el correspondiente al pueblo árabe, sigue esperando su hora.

"¿HAY UN PUEBLO QUE SOBRA? ¿O UN ESTADO QUE FALTA?"

La pregunta del subtítulo fue la que realizó ayer Abbas, con voz firme, ante el pleno de la Asamblea General. A ver quién se atrevía a responder. La dirigencia palestina busca, por esta vía, superar el estancamiento de las negociaciones con Israel, frenadas una vez más hace dos años, y revertir el creciente deterioro del conflicto mediante la ampliación del reconocimiento internacional de la estatalidad de los territorios ocupados.

Dejadas de lado (al menos momentáneamente) las reivindicaciones maximalistas, Mahmmoud Abbas trazó esta nueva estrategia, a la que es muy difícil oponerse, tal como se vio el año pasado, cuando desde el atril de mármol verde de la Asamblea General levantó los documentos de solicitud y pidió el cambio de estatus.

 La aceptación de ayer eleva la entidad a una categoría como la que ostenta el Estado del Vaticano en la ONU, o como el que ejerció Suiza hasta el año 2002.

Con voluntades políticas inclinadas a su favor y un contexto internacional propicio, las mesuradas demandas de la ANP no podían encontrar demasiados escollos: finalmente fueron 138 votos a favor, 9 en contra, y 41 abstenciones, dejando a Israel en el mayor aislamiento que haya conocido jamás.

Pero el cambio de estatus internacional no modifica demasiado las cosas al interior de los territorios, ni significa que se posibilite en el corto plazo una soberanía efectiva ni el cese de la ocupación. Las que sí cambian son las coordenadas que ubican el proceso de paz: pone en un relativo pie de "igualdad formal" a dos Estados que sostienen un conflicto; separa el tema del Estado propio de la cuestión de la autodeterminación; y obliga a poner sobre la mesa de negociaciones la retirada del país ocupante en algún plazo racional.

En la Asamblea General, a Mahmmoud Abbas le contestó, con un discurso de inusual dureza, el embajador de Israel, Ron Prosor; y el premier Bibi Netanyahu, ya resignado a perder la votación, reiteraba una y otra vez que nada cambiará tras la votación perdida.

Pero algo, aunque a su pesar, tendrá que pasar, y más temprano que tarde: un Estado -aunque sólo sea "observador"- puede denunciar a otro Estado ante la Corte Penal Internacional por violación de derechos en la ocupación, o por crímenes de guerra por sus operaciones militares, como los habituales bombardeos a Gaza, momentáneamente detenidos ahora por una frágil tregua impulsada por el islamismo egipcio.

Un Estado, también, puede reivindicar con otra fuerza la retirada del ejército ocupante a las fronteras de 1967. Es uno de los objetivos de máxima de los palestinos, y desde ayer hacen parte de una renovada legitimidad.





Twitter: @nspecchia




sábado, 29 de octubre de 2011

La vuelta de Shalit (20 10 11)

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La vuelta de Shalit
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por Nelson Gustavo Specchia
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Entre la poblada agenda internacional que llenó esta semana, la noticia del intercambio de prisioneros entre el Estado de Israel y las milicias islamistas palestinas de Hamas consiguió un fugaz protagonismo, hasta que apenas unas horas más tarde la captura y muerte del ex dictador libio –con su carga morbosa de fotos y videos ensangrentados- y la claudicación final de las guerrillas separatistas vascas de ETA renunciando definitivamente a las armas, empujaran la novedad de la vuelta a casa del soldado Gilad Shalit, a cambio de la salida de las prisiones israelíes de más de 1.000 presos políticos, de las letras grandes de los titulares de prensa hacia las páginas interiores. Pero esa pieza de relojería diplomática articulada en Oriente Medio merece una mirada atenta, y un análisis un tanto más cauteloso que la pasada rápida sobre las portadas de los periódicos, en medio de la vorágine internacional. Por varias razones: porque Shalit era –lo sigue siendo- un símbolo gravitacional para ambas partes del más viejo contencioso político de Oriente próximo; porque aún no queda claro si se ha tratado de un episodio más, como otros tantos, en ese antiguo tira y afloje de presiones y concesiones entre enemigos obligados a la vecindad; o porque, en una lectura más optimista, puede estar mostrando un cambio en la disposición de las piezas para encauzar una salida al laberinto árabe-israelí.
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CÁMARA DETENIDA
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En esa estrecha lengua de tierra bañada por las últimas aguas orientales del Mediterráneo, nadie baja los brazos ni la mirada. Todo es tensión, permanentemente. Cuando el viajero llega a Tel Aviv, se encuentra con una ciudad occidental, casi europea, donde es difícil encontrar huellas del más profundo conflicto ideológico, comunitario, político, religioso y estratégico de la región. Sin embargo, apenas se deja la ciudad capital, la tensión comienza a palparse en las expresiones, en las actitudes, y en todos los rostros, se cubran la cabeza con el pañuelo de la “kafiya” o el gorrito de la “kipá”. El martes de esta semana se vivió, a uno y otro lado de esa frontera imaginaria y brutalmente real que separa a árabes de israelíes un día de fiesta, y este dato no es, para nada, una cuestión menor. Generar actos que descompriman la tensión permanente con que se afronta la cotidianidad puede ser una de las políticas públicas más inteligentes, en aras de la creación de condiciones anímicas de entendimiento.
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Y fue una fiesta aprovechada por todo el gobierno conservador de Benjamín –Bibi- Netanyahu, la prensa israelí, los colonos, el Ejército –la institución básica de la supervivencia judía- y las familias de los soldados. En Israel el servicio militar es obligatorio para todo ciudadano, independientemente de su sexo o condición, y dura tres largos años (en el caso de las mujeres, dos); y para el Ejército es innegociable el principio de no dejar a un solo soldado atrás: lo necesita para garantizar ese largo servicio militar y la lealtad de los conscriptos, que saben que serán rescatados a cualquier precio. Inclusive las familias que tienen un solo hijo, deben firmar un documento que autoriza a la fuerza armada a trasladar a su vástago a zonas de combate. En ese entorno, el abrazo del soldado Gilad Shalit con su padre, Noam, fue la primera imagen de la atípica jornada. La cámara volvería a detenerse para retratar, del otro lado del muro, la llegada de los colectivos con los presos liberados (477 en esta primera etapa, a los que seguirán otros 550 en unas semanas) a tierra palestina.
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Han sido tantos los años de luchas y de negociaciones, de progresos y retrocesos, que aquel clima de tirantez y sospecha al que me refería recién, también ha teñido todo proceso de diálogo entre ambas partes. Por eso nadie informó de que se estaban desarrollando tratativas para el canje, toda la negociación se mantuvo en una estricta reserva de secreto de Estado, y los buenos oficios desplegados por las diplomacias de Alemania y de Egipto –terceras partes involucradas en el intercambio- respetaron ese modus operandi. Por eso el anuncio fue sorpresivo, y contribuyó a la fiesta. Con las primeras luces del alba del martes 18 de octubre, desde algún lugar de Gaza salió un coche 4×4, rodeado de docenas de milicianos armados hasta los dientes y cubiertos de pasamontañas y pañuelos, que sólo dejaban al descubierto las pupilas negras. Ese contingente se acercó al paso fronterizo de Rafah, y del 4×4 salió un delgadísimo muchacho de 25 años, tras pasar una quinta parte de su vida como rehén de las guerrillas islamistas palestinas. Ojeroso y con aspecto de cansado, los mediadores egipcios sin embargo lo encontraron bien, sano y cuidado, y hasta lo expusieron a las cámaras de televisión para un primer reportaje, antes de que los servicios de inteligencia israelí, el Mossad, lo entrevistaran. Shalit dijo a las cámaras de la TV Nilo que lo habían tratado bien, y manifestó su confianza en que el canje de prisioneros (deseó inclusive que todos los presos palestinos fueran liberados) ayudara a alcanzar la paz. Después, el joven fue conducido por los mediadores egipcios al paso fronterizo de Kerem Shalom y entregado al Ejército israelí, quién se apresuró a volver a vestirlo con el uniforme marrón y a colgarle sus novísimas charreteras de sargento. Luego de la entrevista, ahora sí, con el Mossad, lo embarcaron en un helicóptero, y en la base militar de Tel Hof, cerca de Tel Aviv, lo recibió el primer ministro, y la cámara se detuvo con el esperado abrazo a su padre. Desde ahí todo fue fiesta, aunque discreta.
Sin ningún tipo de contención, en cambio, hacia el mediodía el parque central de Gaza rebosaba de gritos, música, las banderas verdes de Hamas, y unas 200.000 personas que habían llegado desde los rincones más remotos de la Franja, para recibir a los liberados, como auténticos héroes. Ismail Haniya, líder de los islamistas y gobernante de facto de Gaza, abrazó uno a uno a los liberados. Faltaban algunos: los que fueron conducidos a Cisjordania directamente, y aquellos a los que se obligó al exilio. Pero nada detuvo la fiesta, porque aquí era fiesta y era victoria.
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Porque, si bien los líderes de Hamas –incluyendo al propio Haniya- sostuvieron que la alegría era la de todos los palestinos, objetivamente hay que acordar que la victoria de los islamistas conlleva el relativo fracaso de la vía negociadora impulsada por Al Fatah, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y, en última instancia, por el primer ministro Mahmmoud Abbas. Inclusive tiendo a pensar que la ocasión elegida por Netanyahu para acceder al canje tiene que ver con el gambito diplomático de Abbas, de presentar el pedido del reconocimiento del Estado Palestino a las Naciones Unidas. El canje de 1 por 1.000 puede venir a reforzar la apreciación, entre los árabes, de que la burocracia de la Autoridad Palestina, con sus planes de negociación que nunca llegan a ningún puerto y que ni siquiera logran detener la colonización judía en los territorios ocupados, en menos eficiente que las vías que propugna Hamas, aunque éstas impliquen violencia y rotundo desconocimiento a la potencia ocupante.
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LOS DILEMAS DE BIBI
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Netanyahu ha tomado esta decisión en un entorno crítico. Una parte de su gobierno (el canciller Avigdor Lieberman; la derecha del Likud; y los partidos religiosos ortodoxos) se negaba rotundamente a ningún acuerdo con el enemigo. Pero, como ex soldado, conoce la ley no escrita de que el Ejército no deja a nadie atrás, ni siquiera a los cadáveres; y que un golpe militar de comandos judíos en Gaza para rescatar a Gilad estaba fuera de las posibilidades actuales (Bibi tiene, por cierto, un hermano muerto en una operación de rescate en Entebbe, Uganda, en 1976).
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Además, el abrumador respaldo de países del mundo a la solicitud palestina de reconocimiento por la ONU ha extremado la soledad de Israel. Bibi dice públicamente que está dispuesto a retomar las negociaciones con Mahmmoud Abbas, pero al mismo tiempo le quita legitimidad al sostener que no representa a todos los palestinos. En este sentido, el fortalecimiento de Hamas termina beneficiando indirectamente al gobierno de Tel Aviv, porque aumenta la debilidad de Al Fatah en la interna árabe.
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Por otra parte, en los más de mil liberados, se sueltan presos políticos pero también terroristas, con varias condenas en firme por sangrientos atentados contra civiles, que podrían volver a las armas.
Finalmente, ha terminado accediendo al canje, porque la ausencia del soldado Gilad Shalit era un símbolo más gravoso para la conciencia colectiva israelí que la liberación de los prisioneros palestinos. Pero esa decisión puede convertirse en un aliento a nuevos secuestros de soldados: ya el martes se pedía, en Gaza, “queremos más Shalits”. A lo que Bibi respondía: “seguiremos luchando contra el terrorismo”.
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En definitiva, una jornada de relajación de tensiones y de fiesta, pero nada que ver con la verdadera búsqueda de la paz.
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Twitter:   @nspecchia
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martes, 15 de junio de 2010

Erdogan, un nuevo padre para los turcos (11 06 10)

Erdogan, un nuevo padre para los turcos

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por Nelson Gustavo Specchia

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Al final de la primera guerra mundial, el que había sido un vastísimo proyecto político musulmán se derrumbó estrepitosamente. El Imperio Otomano, corroído de burocracia, estancado en una pre modernidad que ya no encontraba lugar para acomodarse al nuevo siglo, y jaqueado por los alzamientos árabes al sur de Anatolia, se quebró y se vino abajo haciendo ruido. De las ruinas del coloso (que hundía sus tentáculos por el Este en los territorios turkmenos de Asia Central; había convertido la vieja capital del Imperio Romano de Oriente, Constantinopla, en la otomana Estambul; y por el Oeste había llegado a estar a las puertas de Viena), nació en 1923 la República de Turquía. El que provocó ese parto se llamó Mustafá Kemal.
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Kemal se imaginó un Estado moderno y occidentalizado, prohibió las babuchas en los pies, el fez –el gorro cónico de los hombres- y el hiyab –el pañuelo con que las mujeres se cubrían el pelo-, y cualquier otro elemento que remitiera a la cultura musulmana del antiguo orden. La religión islámica se extirpó de las esferas públicas (colegios, hospitales, oficinas administrativas), se relegó a la práctica familiar, y se la colocó bajo un estricto control del Estado. Turquía debía marchar a paso forzado, despegarse de los demás países musulmanes y poner rumbo a Europa. La revolución de Kemal fue profunda, cultural, y el general tuvo la precaución de dejar su legado atado a una institución que, desde entonces, se ha arrogado la tutela de la vida republicana: el Ejército. Por todos estos cambios, por la profundidad de las reformas, por haber terminado con la decadencia social y económica, y por reubicar al inmenso país en la ruta de la modernidad, Mustafá Kemal fue llamado Atatürk, “el padre de todos los turcos”.
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Hacia Occidente
La impronta marcada por el líder revolucionario se cumplió. La Turquía posotomana se unió al Consejo de Europa tras la segunda guerra mundial, en 1949, y con los primeros aires de la guerra fría tomó claramente partido por los Estados Unidos, sumándose a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) tan temprano como 1952. Luego, en 1961, se adscribió a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y en 1973 a la OSCE, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Con todo esto, comenzó a solicitar su ingreso en firme a la Unión Europea (UE). Firmó un acuerdo de unión aduanera con la organización continental en 1995, y diez años después, en Bruselas, largaron las negociaciones formales para su plena adhesión. Ésta, sin embargo, año a año acumula nuevos estorbos, aplazos, dilaciones y remilgos (en estos días, capitaneados por Nicolás Sarkozy y Ángela Merkel).
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Lo que Atatürk no podía haber previsto, es que la ruta hacia Occidente tiene varios caminos, curvas complicadas, barreras, lomadas, y casi ningún atajo. Desde el lado de la Unión Europea, tantas idas y vueltas no pueden ocultar el hecho de que a los turcos no se los quiere en Europa: son muchos, son asiáticos y no son cristianos. Y desde el propio interior del país, con los años aquel Ejército progresista y laico se acostumbró al poder y se terminó convirtiendo en una instancia conservadora y retrógrada. Y la población, especialmente los habitantes de las extensas áreas rurales al oriente del Bósforo, estaban demasiado apegadas a sus tradiciones religiosas, más allá de lo que se ordenara desde Ankara o Estambul.
De los setenta millones de turcos, el 95 por ciento se confiesa musulmán (y de éstos, más de un 80 por ciento pertenece a la interpretación sunnita del Islam). Las mujeres quieren llevar puesto el hiyab no sólo en casa sino también en las universidades o en los actos públicos. Y sin renegar de la modernidad, una parte de la élite política comenzó a cuestionar la total escisión con los demás estados de mayoría musulmana; después de todo, los 1.700 millones que profesan el Islam (de los cuales mil millones viven en Asia) constituyen una población que necesariamente ha de pesar al momento de considerar los equilibrios políticos internacionales.
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Llega Erdogan
En este contexto, dos ex compañeros de la infancia, ilustrados, universitarios, demócratas, políglotas y pro occidentales, pero al mismo tiempo musulmanes y religiosos, fundaron en el año 2000 un nuevo partido político, Adalet va Kalkinma Partisi (AKP), el Partido de la Justicia y el Desarrollo, y se propusieron conjugar modernidad con tradición. Esos dos hombres, después de una nada fácil carrera (el Ejército, guardián de la ortodoxia laica, les ha puesto todos los escollos posibles) están hoy al frente de la República de Turquía: Recep Tayyip Erdogan es el primer ministro, y Abdullah Gül es el presidente. Junto a una tercera figura, la del intelectual y académico canciller Ahmet Davotoglu, diseñando la política exterior, están reposicionando a Turquía en un lugar inesperado: a la cabeza de la avanzada política de los países islámicos.
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La semana pasada, con el desproporcionado ataque del ejército israelí a los barcos que transportaban ayuda humanitaria a Gaza, los nueve cooperantes turcos muertos a quemarropa, la condena mundial al “baño de sangre” (según Ban ki Moon), y la reacción del gobierno turco, han puesto a la figura de Erdogan en el centro de atención del mundo islámico. Los niños nacidos en Gaza en estos días reciben el nombre del primer ministro, la causa palestina ha encontrado un nuevo abogado, las manifestaciones de musulmanes en las diferentes ciudades llevan pancartas con su rostro, en Gaza se organizó un funeral simbólico por los cooperantes muertos en nombre de Erdogan; en Líbano las movilizaciones corean “¡Alá, tú que eres misericordioso, proteje a Recep Tayyip Erdogan!”, y países en conflicto –como Irán- acuden a su mediación para intentar saltarse las condenas de los organismos multilaterales donde la postura norteamericana es dominante. Después de Kemal, los turcos han encontrado un nuevo padre común.
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La tentación del Califato
Vengo escribiendo sobre Turquía, en diferentes medios de prensa y en comunicaciones académicas, desde hace diez años. Estuve presente en esa noche de tensión y negociaciones urgentes en que la diplomacia británica logró en Bruselas superar los obstáculos de última hora y abrir las negociaciones para el ingreso formal de Turquía a la Unión Europea. He repetido ya muchas veces que la incorporación del gigante turco a la organización continental sería un paso positivo para todos: despejaría finalmente la idea de que Europa es un “club cristiano” que no acepta la diversidad, abriría la puerta de Occidente al diálogo y a la convivencia con aquellos experimentos democráticos en el mundo musulmán, y permitiría a los moderados y auténticamente demócratas habitantes de los países islámicos tener una referencia alternativa al extremismo de Al Qaeda y al falaz “choque de civilizaciones” al que parecemos condenados.
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La Turquía de Erdogan y Gül así lo han entendido, y se han movido con una auténtica voluntad política para integrarse a Europa. Los europeos, en cambio, no han sabido –o no han querido- aprovechar este momento y la oportunidad se está perdiendo. En 2005 había casi un 75 por ciento de adhesión a Europa entre la población turca, pero hoy ese porcentaje ha descendido ya a un 50 por ciento. Consecuentemente, las trabas, las dilaciones y las dudas de los líderes europeos han impactado en el gobierno de Ankara, que ha comenzado a desplazar la centralidad de la adhesión a la Unión Europea por otros objetivos estratégicos.
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Erdogan se encuentra girando el timón hacia Rusia, el Cáucaso, Irán, Siria, Irak, Líbano y los territorios palestinos ocupados por Israel. De este último, en los momentos altos de la occidentalización, fue uno de los principales aliados, pero el ataque a los barcos con ayuda humanitaria a Gaza ha cortado esa política, y Erdogan ha condenado al Estado de Israel en la cumbre regional de seguridad celebrada en Estambul el martes pasado, con el primer ministro ruso Vladimir Putin y el presidente de la República Islámica de Irán, Mahmmoud Ahmadinejad, junto a otros veinte líderes de países asiáticos rubricando el documento de condena.
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En el antiguo régimen, el sultán de Estambul ejercía la autoridad directa del Imperio Otomano, pero también la autoridad moral –un primus inter pares- del Islam. Ante la postura de los Estados Unidos de América y sus aliados occidentales, de protección a rajatabla de Israel, con su supremacía militar y sus agresivos métodos, la avanzada política del mundo islámico parece haber encontrado un nuevo líder en Recep Tayyip Erdogan. Puede ser una oportunidad para reencauzar el diálogo. Quizá una de las últimas.
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nelson.specchia@gmail.com
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viernes, 24 de abril de 2009

Racismo, sionismo, y convivencia internacional


RACISMO, SIONISMO,

Y CONVIVENCIA INTERNACIONAL


por Nelson Gustavo Specchia



La comunidad internacional ha logrado reunirse, con los auspicios de la Organización de las Naciones Unidas, en una conferencia mundial abocada al tratamiento del racismo y de la xenofobia, el odio al otro, al diferente, que no deja de crecer como fenómeno social en todas las latitudes, cuando el mundo, la “casa común”, no deja de achicarse y acercarse, merced a las comunicaciones y a la globalización.

La preparación de esta reunión es de larga data, la ONU viene intentando una postura concertada entre sus Estados miembros desde hace prácticamente una década, cuando las teorías de la confrontación bélica por motivos raciales y religiosos comenzaron a popularizarse. El caso más notorio fue el libro del politólogo norteamericano Samuel Huntington, “El choque de civilizaciones”, que postula que las fronteras del futuro estarán marcadas por las líneas que dividen a las grandes civilizaciones, y que, entre ellas, uno de los conflictos esperables es el que habría de enfrentar al occidente cristiano con el mundo árabe musulmán. A pesar de que estar teorías fueron fuertemente contestadas desde la propia academia, llegaron a socializarse, en versiones simplificadas, y arraigar en ciertos discursos políticos. También algunos indicadores de conflicto, especialmente en el medio oriente, en el vértice del enfrentamiento entre el Estado de Israel y el pueblo palestino, parecían abonar desde los hechos este tipo de reflexiones.

La ONU, entonces, inició un primer acercamiento, con una reunión en Durban, Sudáfrica, en 2001, y un primer documento donde se intentaba establecer bases para proteger las diferencias, tanto como compromisos propios de la política interna de los países miembros (el caso de cualquier tipo de minoría al interior de los Estados), como de respeto en el trato intergubernamental, a nivel de sociedad mundial organizada.

El documento de Durban significó, ciertamente, un avance. Pero los países árabes lograron introducir en el texto final una referencia al conflicto palestino, y se equiparó el sionismo como una práctica racista. Eso desató el “lobby” israelí, que censuró el documento de Durban y ha hecho todo lo posible por boicotear los posteriores intentos de la ONU. Por los resultados que estamos viendo de la reunión de esta semana en Ginebra, parece haber tenido éxito, ya que ningún calificativo, sino el de “fracaso”, puede describir los resultados de la presente reunión. Y ya al final de la primer década del siglo XXI, la sociedad internacional sigue mirando con ojos impotentes como el racismo y la intolerancia sigue creciendo en todos los rincones, sin que las organizaciones multilaterales se revelen capaces de hacerle frente.

Es cierto que, además del “lobby” judío, que ha implicado básicamente a la postura de los Estados Unidos de América, de Alemania (y, con ella, la República Checa, que ejerce la presidencia pro-tempore de la Unión Europea), y a un conjunto de países muy afines al Estado de Israel (Australia, Italia, Canadá, Nueva Zelanda, Polonia y Holanda), al boicot de la conferencia ha contribuido sustancialmente el discurso del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, que en un tono completamente confrontativo para una reunión de estas características, calificó de “racista” al Estado de Israel, con palabras y términos muy duros, lo que llevó a que los representantes de treinta países abandonaran inmediatamente la sala del plenario, en repudio a sus expresiones.

Los borradores del documento de Ginebra circularon entre las Cancillerías durante los últimos meses, y se negoció con mucha pasión durante la semana pasada, tratando de establecer algunos puntos mínimos para que la Conferencia no quedara en aguas de borraja. Así, los países musulmanes fueron cedieron en sus exigencias, y la delegación palestina decidió finalmente eliminar la mención a la reciente guerra contra Gaza; permitiendo, además, que el texto incluye una referencia al Holocausto judío a manos de los nazis, la “shoa”.

Pero finalmente el texto de Ginebra –muy lavado y aprobado entre gallos y medianoche- se limita a “reafirmar” el borrador redactado en Durban en 2001, y fue adoptado rápidamente, sin una sesión de debate público, con el temor de que si extendían el tiempo, ni siquiera sería posible consensuar este mínimo, ya que en este enrarecido clima seguramente habrá nuevas deserciones, lo que implicaría un fracaso aún más rotundo, si eso fuera posible. Aún así, Israel y sus aliados rechazaron el borrador final, porque mantiene la comparación entre sionismo y racismo.

Una nueva oportunidad que se diluye, en un tema que no dejará de aumentar su peso cualitativo en una política internacional orientada a la paz.


jueves, 15 de noviembre de 2007

Gaza, entre la sangre y la agonía



GAZA ENTRE LA SANGRE Y LA AGONÍA



por Nelson Gustavo Specchia




A principios de esta semana, un nuevo baño de sangre volvió a enlutar Gaza, la delgada franja de suelo palestino, donde una población prisionera del más largo conflicto de Oriente Medio sobrevive, a duras penas, sin luz, ni medicamentos, ni servicios básicos, con racionamiento hasta en el agua de consumo, con las fronteras cerradas a cal y canto por el ejército israelí, y una división interna entre Hamas y Al Fatah que ya en poco disimula la latente guerra civil.


El proyecto de dos estados (el “divorcio justo y equitativo”, como dice el escritor judío Amos Oz) agoniza, y se acerca a un punto de no retorno. Los territorios palestinos del original proyecto de partición están en un porcentaje alarmante ocupados por colonos israelíes. En sólo diez años, durante la década del ´90, la cifra de colonos asentados en suelo palestino se duplicó. La división física queda plasmada en la separación entre esta franja aprisionada de Gaza, y Cisjordania, convertida en una sucesión de islotes cruzados por carreteras sólo para israelíes, y por un muro de cemento. Estos breves kilómetros ya muy difícilmente puedan vertebrar algo similar a un gobierno con autonomía real.


La segunda fractura, entre los partidos palestinos, es aún más dolorosa. El acceso de Hamas al poder aisló internacionalmente al gobierno de la Autoridad Palestina, en 2006. A la condena internacional de los EE.UU., se sumó, de una manera inexplicable, la Unión Europea. Ese aislamiento internacional impactó directamente en la sociedad civil, que se vio más debilitada, y en el sistema político, quitándole capacidad de acción al gobierno electo del islamista Ismail Haniya.


Finalmente, y mediante una solución de compromiso que destrabó la cuestión institucional pero agravó el enfrentamiento entre ambos partidos, Mahmoud Abbas asumió la presidencia, y Hamas decidió resistir en Gaza. Desde el mes de junio de este año controla la Franja, aislada ahora no solamente del mundo, sino también de la propia administración palestina. En ese hundimiento en la miseria, Hamas se planteó un objetivo central: controlar el orden y mantener la paz. Y esta semana, hasta ese objetivo de mínima para la convivencia de los miles de hombres y mujeres abigarrados en Gaza ha fracasado. La conmemoración del aniversario de la muerte de Yaser Arafat, el mítico líder fundador de Al Fatah, terminó en un nuevo baño de sangre en la Franja.


La escalada de violencia y enfrentamiento civil está directamente vinculada con la resolución del conflicto. Mientras se mantenga, la guerra civil palestina será una realidad cada vez más visible, y afectará, además, la estabilidad del propio Estado de Israel.


La Secretaria de Estado norteamericana, Condoleeza Rice, afirma que el establecimiento de un hogar nacional palestino, desmilitarizado, pero viable y soberano, es la dirección en la que se orienta su administración, y la convocatoria a una nueva conferencia bajo los auspicios de los EE.UU. figura en la agenda de Rice para fines de este mes de noviembre. Pero parece más un gesto dirigido a conseguir el apoyo árabe en la estrategia norteamericana en Irak, y contra el plan nuclear iraní, que a resolver el contencioso palestino.


En enero de este año, el filósofo francés Régis Debray –que había sido comisionado por el ex presidente Jacques Chirac para elaborar un informe sobre terreno de la situación en Oriente Medio- elevó sus conclusiones, que vuelven una vez más sobre la imperiosa necesidad de retomar las negociaciones sobre la hipótesis de dos estados. Y aun en los EE.UU. es posible advertir ciertas fisuras en el apoyo y sostenimiento de la política de Israel. Un grupo de eminentes intelectuales, de mucha incidencia en la elaboración de la política exterior norteamericana, acaba de publicar una carta (“El fracaso tendría consecuencias devastadoras”), sosteniendo la necesidad de una conferencia internacional auténticamente resolutiva. Los puntos centrales de la propuesta, entre cuyos firmantes está el ex Consejero de Seguridad del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, vuelven también a la propuesta de dos comunidades políticas según las líneas fronterizas de 1967, con la doble capitalidad de Jerusalén, deteniendo los asentamientos israelíes en suelo palestino, e impulsando el regreso de una parte de los tres millones de refugiados. Esa, concluyen, es la única alternativa de una sociedad viable, y de una auténtica paz duradera para el propio Israel.


Sería, además, la posibilidad cierta de detener la agónica sangría de Gaza, una deuda de toda la comunidad internacional.