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viernes, 12 de julio de 2013

China entra por el canal (18 07 13)

Carta de Miami - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 18 de junio de 2013 

China entra por el canal

por Anita Rey





En la agenda oficial de las conversaciones entre Barack Obama y el presidente chino, Xi Jinping, en la reciente visita de este último a los Estados Unidos, no figura que hubieran abordado el megaproyecto de inversión de China en Nicaragua para habilitar un nuevo paso bioceánico alternativo al del Canal de Panamá. Pero se sabe que en estos encuentros de máximo nivel, las conversaciones de los líderes no quedan limitadas a los punteos delimitados en las agendas oficiales. Sería, además, natural que hubiera aparecido en algún momento de los diálogos bilaterales. 

El istmo panameño ha estado, tradicionalmente, bajo la tutela oficiosa de Washington, y una nueva apertura de comunicación en el Norte entre los océanos Atlántico y Pacífico supondrá un cambio del comercio exterior con imprevisibles consecuencias en el equilibrio entre ambas potencias. 

Las economías americanas miran cada vez más ávidamente los mercados orientales y el claro ascenso de China. En 2011, como una respuesta a la revitalización del Mercosur y al respaldo chavista a la Unasur, se lanzó la Alianza del Pacífico entre los gobiernos andinos menos alineados con el bloque de izquierdas populistas: Colombia, México, Chile y Perú. Estos cuatro países, que se han esforzado por mantener la apertura de sus mercados (incluyendo, algunos de ellos, la firma de Tratados de Libre Comercio con los Estados Unidos y con la Unión Europea), tienen la intención estratégica de acercarse a China, a la que visualizan como el futuro eje de la acumulación internacional. 

Ya hoy la potencia oriental se constituye como el principal socio comercial de América del Sur, en el conjunto de los 144 países que la tienen como primera de la lista. Pero, hacia América, ese alto perfil de China se define por el rol de compradora de materias primas (soja y sus derivados, principalmente) desde Argentina y Brasil. 

Ahora, además, comienza a complementar ese alto perfil con inversiones directas en infraestructura, un camino que hace años que transita en África. 

La semana pasada, la Asamblea Nacional de Nicaragua anunció la concesión, por 50 años prorrogables, de todos los derechos para construir un nuevo canal interoceánico, a través de su suelo, al empresario chino Wang Jing. 

La oposición política, como los colectivos ambientales, criticaron la decisión del presidente Daniel Ortega por considerarla una “absurda entrega de soberanía y amplios poderes a un chino”. Los sandinistas, en cambio, celebraron lo que consideran “una oportunidad para sacar a Nicaragua de la miseria”. 

El nuevo canal hará crecer la economía del país centroamericano hasta un 15% con el inicio de la faraónica obra, generará cientos de miles de trabajos e inyectará unos 40.000 millones de dólares en infraestructura. 

Pero nadie duda que los beneficiarios finales serán los propios chinos.





Twitter:  @nspecchia





sábado, 26 de enero de 2013

Hollande, el soldado (26 01 13)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 26 de enero, 2013  


Hollande, el soldado


por Nelson Gustavo Specchia


Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)
Twitter:  @nspecchia




El año abrió con el estallido de la burbuja revolucionaria africana. Y esa eclosión tiene tres manifestaciones principales.

Viejos jugadores, reglas nuevas. La más evidente es la alteración del propio escenario africano, con la irrupción de actores cada vez más poderosos que obligarán a una redefinición de las alianzas regionales. Dos antagonistas, Marruecos y Argelia, ya han comenzado un acercamiento, a pesar de la disputa por el diferendo saharaui, tras la toma de la planta de gas de Tigantourine y de su recuperación por tropas de élite, sin ninguna consideración a los rehenes occidentales y locales.

La incipiente democracia en Túnez y los Hermanos Musulmanes en Egipto también se interrogan sobre cómo tratar con esa fuerza emergente en las arenas del Sahara que es un peligro cercano de desestabilización.

La segunda muestra la verbalizó la secretaria de Estado de Obama. Hillary Clinton estuvo esta semana ante el comité de relaciones exteriores del Senado. Hizo una larga declaración, su testamento de la política exterior de Washington, ya que la semana entrante llega su sucesor, John Kerry. Y lo manifestó de una manera brutal: “siendo honestos –dijo Hillary- hay que admitir que no tenemos idea de qué está pasando en África”. Le tocará a Kerry presentarle a Barack Obama una estrategia que haga inteligible la presencia norteamericana en el Sahel.    

Otra vez la Françafrique. Y mientras en Washington y la ONU discutían cómo hacer frente a algo que no estaba en las prioridades de nadie, el que se quedó sin margen fue François Hollande. Y su cambio de libreto en cuestión de horas constituye la tercera manifestación de la eclosión africana.

Hollande había comenzado con una promesa: París acabaría con la “Françafrique”. Ese término designa, despectivamente, al entramado de regímenes débiles y corrupción tolerada a cambio de la permanencia de empresas francesas en los “Estados fallidos” africanos. Empresas extractivas de recursos naturales que alimentan las industrias de la ex metrópoli colonial. La promesa implicaba un aporte democrático al rumbo político de la “primavera árabe” en el Magreb.

Pero el postulado de terminar con las rémoras coloniales ha durado apenas unos meses. El avance islamista en Mali ha obligado a revisar toda la estrategia y volver hacia el protectorado militar. Dando vuelta la tortilla, Hollande ha enviado los Mirage y ha concentrado en la capital –Bamako- tropas de las bases francesas de Burkina Fasso, Costa de Marfil y Chad.

La guerra de Hollande lo ha transformado también a él: ya no parece un gris funcionario dubitativo sino un soldado, un comandante en jefe decidido a luchar por los principios (y por las empresas) de Francia. Aunque hay que decir, por cierto, que Hollande intentó tratar la cuestión africana desde un contexto multilateral. En la ONU y en la Unión Europea, pero en ambas organizaciones lo dejaron sólo.

Deudas globales. Mali era hasta el año pasado una de las vidrieras del desarrollo democrático africano. Una república constitucional, laica, turística, con vida cultural muy activa y una población de 16 millones (90% musulmanes) pacífica y tolerante, concentrada en el sur de un país inmenso.

La mitad norte, que hace parte del Sahel y del desierto del Sahara, es territorio Tuareg, de tribus nómades y semiautónomas. Los Tuareg fueron mercenarios en Libia, y tras la caída de Khaddafi volvieron al norte maliense cargados de armas y de pertrechos, con todos los residuos guerreros que pudieron arrastrar en la debacle.

Y en el emergente escenario norafricano se cruzaron con los salafistas de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), a los que Osama bin Laden y Ayman al Zawahiri ordenaron unificar la “yihad” en el Sahel; terminar con judíos, cristianos y apóstatas; y recuperar Al Ándalus como parte de un nuevo Califato. Ya lo comunicaron los argelinos del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) tras unirse a Al Qaeda: “Abrazamos la ‘yihad’ para cumplir con un precepto divino ineludible que se nos impuso desde la caída de Al Ándalus”.

Al Zawahiri –actual jefe de la red- lo ratificó: “recuperar Al Ándalus (la actual Andalucía española) es una obligación para la ‘umma’ en general y para vosotros en particular”, y para ello deben “expulsar del Magreb islámico a los hijos de Francia y España”. Los analistas no pueden decir que no estaban advertidos.   

Así, la alianza entre los Tuareg y Al Qaeda potenció el separatismo en Mali, con la secesión del Azawad en un califato regido por la “sharia”. La movida obligó al tratamiento en la ONU, que dispuso en diciembre ayudar a Mali con el aporte militar occidental, junto a rusos y chinos (Resolución 2085/2012).

Frente a ello, los islamistas aceleraron y comenzaron a bajar hacia Bamako. La acción sigue el plan de Al Qaeda: ampliar el califato a todo Mali, desde allí a Argelia y Marruecos, y luego Andalucía.

El 10 de enero los yihadistas tomaron Konna, y el 11 François Hollande decidió atacar. La ONU quedó en “off side”; británicos y alemanes le dan la espalda al francés; la Política Exterior y de Seguridad Común europea brilla por su ausencia y Hillary admite que los norteamericanos no tienen ni idea de qué hacer.

Una guerra africana que, si no se la neutraliza, tenderá en breve a ser una guerra global.







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miércoles, 19 de diciembre de 2012

La tentación islamista en Egipto (15 12 12)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 15 de diciembre, 2012  

La tentación islamista en Egipto


por Nelson Gustavo Specchia

Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba) - Twitter:  @nspecchia








El gran país africano, imprescindible para la estabilidad regional, se asoma al abismo del estallido de una nueva guerra civil.



El poder es una tentación fuerte, incluso para los políticos observantes de preceptos religiosos rígidos y acéticos. Mohammed Mursi, el presidente egipcio, ha pasado de encarnar la promesa de una transición democrática y republicana a ser la figura de la amenaza integrista.

La sociedad civil egipcia, por su parte, templada en las movilizaciones de la plaza Tahrir que acabaron con el régimen pretoriano del “rais” Hosni Mubarak, se niega a que aquella pueblada termine decantando en un sistema aún más cerrado que el de los militares.

La tensión entre ambos extremos puede llevar, si no se altera el rumbo, a un nuevo golpe militar. No debe descartarse inclusive el estallido de una guerra civil en ese borde del Mediterráneo donde confluyen tantas aristas delicadas: la frontera con la Gaza palestina y con Israel, el caldero libanés y las costas de Siria, que ya sufre de lleno su propia guerra interna.

La corte del faraón

Egipto es la potencia equilibradora del África mediterránea y Oriente Medio. Israel encontró en el reconocimiento de El Cairo la posibilidad de existencia sin la amenaza permanente de una guerra árabe; el presidente Anwar el Sadat pagó con su vida la osadía de firmar la paz con los israelíes, y Egipto fue expulsado de la Liga Árabe, pero no hubo más tambores de guerra con el Estado judío.

Esa balanza regional fue también caja de resonancia de los cambios que llegaron con el siglo 21. La “primavera árabe” iniciada en Túnez con la caída de Zine el Abidine ben Ali, alcanzó su punto álgido en la plaza Tahrir con el derrocamiento del general Mubarak. Pero el optimismo con que se festejó la caída del “rais” fue exagerado, o un tanto ingenuo. En Egipto la vía democrática será ardua, y más compleja que la sola sustitución de un autócrata.

Como revelaron las negociaciones de transición, el poder real no sufrirá alteraciones: si acaso, una cuota del poder detentado por los militares en los últimos sesenta años pasará a manos islámicas. De república laica, poco y nada.

Tras un proceso electoral enredado, que duró dos meses, los militares anunciaron la victoria de Mohammed Mursi por más de un millón de votos. La insistencia en la limpieza de las elecciones y en la legitimidad de las autoridades transitorias, puso en evidencia lo contrario: tal como sospechaba la oposición republicana, los islamistas habían llegado a un acuerdo con los generales. 

El plan original del verdadero faraón egipcio, el mariscal Hussein Tantawi, era imponer un candidato de continuidad, el general Ahmed Shafik, un piloto de cazas, ex jefe de la Fuerza Aérea, y el último primer ministro de Mubarak. Uno de la familia, digamos. Cuando la avalancha de votos lo hizo imposible, negoció la transición. Las monedas del comercio fueron que el presupuesto militar y las prerrogativas de clase no se tocarían en absoluto.

Promesas de utilería

Mursi les dijo que sí a todo. Lo importante en ese primer momento, para los islamistas, era que Tantawi y la corte del faraón les entregaran el mando; la imposición de Shafik a sangre y fuego estaba a la vuelta de la esquina. Mirando hacia Tahrir, el dirigente pidió una oportunidad: los Hermanos Musulmanes acarrean una historia de proscripciones y marginación, y era justo –argumentaba Mursi- que tuvieran su momento de oportunidad ahora que las urnas habían señalado su clara mayoría.

Pero ni bien tuvo las llaves del palacio cairota, la élite islamista pegó un zarpazo sobre la débil institucionalidad. El escenario temido por los partidos laicos se dibuja con mayor precisión día a día: la mayoría parlamentaria de los Hermanos Musulmanes avanza con una agenda religiosa; Mohammed Mursi se asignó, por decreto, poderes discrecionales; y acometió una reforma constitucional que supone un viraje de la República Árabe de Egipto hacia un régimen confesional.

La Asamblea Constituyente controlada por los islamistas (los representantes cristianos y liberales laicos abandonaron las deliberaciones) votó los 234 artículos de la nueva Constitución, y los aprobó por unanimidad. La nueva Carta Magna incorpora la “sharia”, la ley religiosa, como “principal fuente de la ley” (Art. 2º); mantiene la subordinación histórica de la mujer; y recorta libertades civiles, como la de expresión y de prensa. Eso sí: mantiene el presupuesto separado y los derechos especiales del estamento castrense; la única promesa de Mursi que no ha sido puro teatro.

Preguntas populares

La resistencia de los sectores laicos, en todo caso, ha empujado a la nueva clase política a someter el proyecto constitucional a referéndum, cuya primera instancia se votará hoy (completándose con una segunda ronda el sábado próximo). La votación ha marcado la división del país en dos partes, con movilizaciones de partidarios y detractores durante las últimas tres semanas.

Los musulmanes salafistas (rigoristas) y los imanes de las numerosas mezquitas de El Cairo y Alejandría, instan desde el púlpito a la votación a favor; Mohammed el Baradei –el científico ex director de la oficina internacional de energía atómica y premio Nobel-, y los partidos republicanos, advierten que la tensión entre ambas mitades podría ser el prólogo de una guerra civil, que queda servida en bandeja.





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jueves, 22 de marzo de 2012

Kony y los niños-soldado de África (23 03 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – columna “Periscopio” – viernes 23 de marzo de 2012.


Kony y los niños-soldado de África


Por Nelson Gustavo Specchia






De golpe, África ha saltado al centro. Habituada a dormitar en los márgenes de la ignorancia internacional, en los últimos días ha llegado simultáneamente desde varias esquinas del escenario.

El primer asalto vino de los “Invisible Children” y su veloz reproducción por las redes sociales, que puso al “señor de la guerra” cristiano ugandés Joseph Kony en el conocimiento de millones. En la misma semana, el 14 de marzo, la Corte Penal Internacional de La Haya emitió el primer fallo desde su fundación, hace diez años: declaró culpable al “señor de la guerra” Thomas Luganba, por reclutar niños-soldado y utilizarlos en limpiezas étnicas en el Congo. Sólo unas horas después, el actor George Clooney era arrestado –y su foto con las esposas puestas recorría el mundo- al denunciar en Washington que el gobierno islamista de Sudán sigue asesinando civiles, continuando los horrores de Darfur. Y sin dar respiro, antes que terminara la semana, Jason Russell, el autor de aquel video visto por más de 60 millones, era arrestado desnudo y por masturbarse en público.

El bombardeo mediático y su manipulación, la tragedia de los niños-soldado, y las campañas masivas sobre la sociedad civil mediante Internet, ameritan una reflexión más pausada.

EL HÉROE BLANCO

La campaña lanzada por “Invisible Children” ofrece una pauta de cómo las organizaciones podrán intervenir en cuestiones externas, en paralelo a sus gobiernos y a las instituciones multilaterales. La ONG fue creada en 2003 en California, por Jason Russell, Bobby Bailey y Laren Poole. Chicos universitarios de clase media, con inquietudes sociales, que viajaron a África “a ver en qué podían ayudar”. Así tomaron contacto con el tema de los niños-soldado, y de vuelta en los Estados Unidos fundaron la asociación para aportar a aquel drama.

La ONG ha estrenado 11 películas y realiza giras de sensibilización, en el ambiente universitario y en escuelas secundarias. En los últimos tiempos ha encontrado en la web el principal aliado de su accionar.
Así, lanzó esta semana el video “Kony2012”, y según las estadísticas de los servidores de Internet su difusión ha marcado un nuevo record histórico: el “hashtag” #StopKony fue utilizado por más de 10 millones de mensajes de Twitter sólo en las primeras horas.

Las cifras de emisiones del documental son más apabullantes: el sábado 3 de marzo lo habían visto 4 personas, el lunes la audiencia alcanzaba 58.000 visitas, y dos días después ya eran 8,2 millones. Para el fin de esa semana, más de 50 millones de personas de todo el mundo habían visto la película. El arresto de Jason Russell en circunstancias extrañas (la policía de San Diego afirma que estaba borracho y drogado, pero la ONG sostiene que fue hospitalizado por “agotamiento y deshidratación”, un ataque de estrés después del éxito de su video) ha llevado a más reproducciones del documental.

Básicamente, la organización californiana se ha propuesto un objetivo de política internacional motorizado desde la sociedad civil. Pretenden que Joseph Kony, a quien se persigue desde hace más de 20 años, sea realmente detenido antes de que termine 2012.

Sostienen que la movilización de la opinión pública mundial obligará a “los políticos” (entiéndase: a los políticos norteamericanos, o sea, a Barack Obama y su gobierno) a tomar cartas en el asunto (entiéndase: a que Washington intervenga en la guerra civil africana y arreste a Kony).

EL NEGRO MALO

Independientemente de la discusión sobre si un “lobby” mundial es la vía para reposicionar a África en los mapas reales del globo, y dejando de lado las notas inexactas y hollywoodenses de los treinta minutos del video de Russell, la mayor falsedad de la campaña “Kony2012” reside en soslayar el hecho de que el ejército norteamericano ya está, efectivamente, operando en Uganda.

Y al no presentar ninguna variable de las muchísimas que complejizan la política africana, el relato de la campaña queda reducido a unos niños buenos y blancos, que desde la comodidad de sus domicilios en el primer mundo van a salvar a los pobres africanitos de la voracidad sanguinaria del negro malo.

La historia de Joseph Kony, más allá de las buenas intenciones, no terminará en 2012, de la misma manera que no comenzó cuando Russell y sus amigos descubrieron el drama de los niños-soldado de Uganda.

Kony, que fue monaguillo católico en su infancia, es el jefe del LRA – Lord’s Resistance Army (Ejército de Resistencia del Señor), una secta y guerrilla cristiana ugandesa que se nutre del secuestro de niños (más de 50.000 durante los últimos 20 años, según UNICEF), para que los chicos sirvan como soldados y las chicas como esclavas sexuales. Con una delirante combinación de fundamentalismo religioso, mutilaciones (especialmente en el rostro, para que los niños se avergüencen de sí mismos y de volver a sus tribus, así evita la deserción), esclavitud sexual y armas provistas por gobiernos amigos (especialmente por el régimen islamista sudanés de Omar al Bashir), Joseph Kony aspira a establecer una república teocrática en Uganda, basada en los diez mandamientos y en la interpretación literal de la biblia cristiana.

Quienes lo han visto (hasta esta semana era casi imposible encontrar una foto de su rostro) y han tratado con él, lo describen como una persona sanguinaria, violenta e imprevisible, que toma las decisiones después de hablar con los espíritus y entrar en trance; que genera auténtico pavor entre los niños-soldado, sobre los cuales tiene dominio absoluto, físico y psíquico (tiene docenas de esposas, y es el primero en abusar sexualmente de las niñas que captura el LRA).

Este “señor de la guerra” ocupa el primer lugar en la lista de criminales reclamados por la Corte Penal Internacional de La Haya, y el reciente fallo sobre Thomas Luganba, esta misma semana, puede sentar un precedente para su enjuiciamiento. Si es que alguna vez logran agarrarlo.

El LRA viene operando desde 1986, cuando Yoweri Museveni tomó el poder en Uganda tras desplazar a las dictaduras de Idi Amín y de Milton Obote, y en vez de una apertura democrática, rompió con las guerrillas del Norte del país y estableció otra dictadura dirigida por él mismo. Kony empezó una nueva guerra, ahora contra Museveni, y el sudanés Omar al Bashir le dio armas y recursos para balancear, porque Museveni (y con él los Estados Unidos) apoyaban a los independentistas de Sudán del Sur en su lucha contra Al Bashir. En un cuarto de siglo, el fanatismo cristiano de Kony ha causado 200.000 muertos y ha desplazado de sus casas a un millón y medio de personas.

Pero las tropas regulares de Uganda también usan niños-soldado, y Yoweri Museveni es también un dictador despiadado y un católico fanático: su última guerra es contra la homosexualidad, y ser gay acarrea pena de muerte en Uganda. La campaña bienintencionada de los chicos californianos, sin embargo, no menciona a Museveni –aliado de Washington- en ningún momento.

Uganda (junto a República Democrática del Congo, República Centroafricana, Sudán del Sur, Costa de Marfil, Nigeria, Kenia y Ruanda) ha sido tierra de saqueo y de sangre. Allí no hay buenos y malos claramente diferenciados, y todos son víctimas de traficantes de armas, oro, diamantes, coltan y cobalto.

Antes de la colonización europea, en África existían más de 10.000 unidades políticas. Fueron los occidentales quienes barajaron, dieron de nuevo, y abandonaron el continente dejando unos cincuenta Estados ficticios. Ese fue el origen de los “señores de la guerra”, y ese terrible agujero no se emparcha con una campaña por la web, por muy bien intencionada que sea.

Ni, esperemos, con más intervenciones militares de Occidente.





nelson.specchia@gmail.com



jueves, 15 de marzo de 2012

Marruecos: Arenas (in)visibles (16 03 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – columna “Periscopio” – viernes 16 de marzo de 2012.




Arenas (in)visibles


Por Nelson Gustavo Specchia





El viejo rey de Marruecos, Hassan II, construyó un sistema político y un Estado que encontraban su lógica en la discreción. Toda la esquina noroccidental de África permaneció durante años en una quietud y en un discreto segundo plano, que prácticamente la volvió invisible a nivel internacional.

Hassan casi no salió de Marruecos durante 40 años, e inclusive era difícil que abandonara alguno de los 12 palacios de la familia real. Allí solía recibir a los periodistas, impecablemente vestido con trajes occidentales, fumando cigarrillos rubios y dialogando afablemente en un francés exquisito.

Pero no era la imagen de un gobernante cosmopolita y abierto a las diferencias del mundo, sino la recepción de un monarca absoluto, y esa actitud condescendiente y relajada expresaba la tranquilidad de tener todas –absolutamente todas- las riendas del poder en su mano.

En esos mismos palacios, Hassan II estableció el Majzén, su corte monárquica, integrada por las familias directamente vinculadas al rey. Si eventualmente llegaba algún visitante era recibido en esos suntuosos palacios y por los varones de los clanes del Majzén, que firmaban los acuerdos de pesca con Europa y los demás tratados comerciales.

El otro país, el de las arenas infinitas del Sahara, quedó fuera de la vista de todos durante años, prácticamente invisible.

Hassan murió en 1999, y su hijo y sucesor, Sidi Mohamed ben Hassan ben Youssef el Alauí, que reina con el nombre de Mohamed VI, intentó mantener aquella discreción que tanto le había redituado a su padre. Pero con el nuevo siglo ya los tiempos habían cambiado, y una monarquía absoluta dominada por una corte familiar era una excepción demasiado grosera para que pasara desapercibida, aunque fuera en una remota esquina del norte mediterráneo de África.

Apenas unos años más tarde, las que fueran arenas invisibles de aquella parte del Sahara, empujadas por los vientos de la “primavera árabe”, están levantando huracanes. Y lo que están dejando a la luz es tan significativo que hacen previsible modificaciones sustanciales en el escenario político marroquí en el mediano plazo.

BARRER BAJO LA ALFOMBRA

Hassan II disfrutó de aquella relativa tranquilidad durante las cuatro décadas de su gobierno, porque aplicó una cura autoritaria de represión y persecución policial que no reparó en detalles.

La “marcha verde” aprisionó la rebelión saharaui tras el retiro vergonzante del colonialismo español tardo-franquista; Mauritania fue expulsada; Argelia empujada a firmar una paz nada amistosa; el Frente Polisario obligado a emigrar a los campamentos para refugiados en territorio argelino; los opositores internos a la monarquía perseguidos y “desaparecidos” (el líder republicano Mehdi ben Barka fue secuestrado en París en 1965, y sigue en paradero desconocido hasta hoy); y los partidos políticos proscriptos.

Todo lo que fuera poco grato de ver quedó bajo la alfombra real, pero precisamente esas cuestiones desplazadas y no resueltas son las que hoy se vuelven contra la monarquía.

La reacción de Mohamed VI fue tomar la iniciativa del cambio político, después que la “primavera árabe” había comenzado a tirar abajo a los vecinos regímenes de Túnez y Egipto, y seguía avanzando como piezas de dominó que se empujaran unas a otras.

Propuso un cambio constitucional, llamó a un referéndum, habilitó cierta apertura hacia los partidos religiosos, y convocó a elecciones generales. De momento, su plan parece estar funcionando, pero, sin embargo, a mí me parece que es sólo una imagen de superficie.

Con la reforma de la Constitución, Mohamed VI ratificó su control sobre todos los resortes del poder político y su dominio completo sobre la economía marroquí, tal como lo había diseñado su padre. Y a esto agregó, además, el control religioso, al proclamarse “Comendador de los Creyentes” (un título que en la antigüedad tenían los califas).

Los sectores del Islam político ganaron las elecciones, pero negociaron con el rey –que preside efectivamente el consejo de ministros- la conformación del gobierno, la moderación (los salafistas radicales seguirán en la cárcel como presos políticos), y la no intervención en los negocios de la Casa Real. En mi opinión, este esquema requiere que las arenas sigan siendo invisibles, y eso ya no va a pasar.

“LOS FRUTOS DEL CUERPO”

Muy por el contrario, y en las antípodas de aquel discreto segundo plano internacional que fue funcional a la monarquía alauíta, hoy Marruecos está en la boca y en la mirada de todos.

La oposición democrática en el exilio está en las primeras páginas de los medios más importantes de Europa; se fundan revistas abocadas a la cuestión marroquí; su cultura, su lengua y literatura, los temas de género y de emigración, el contencioso internacional de los saharauis y los derechos de las minorías vuelven a ocupar la agenda de atención regional.

Las marchas de los jóvenes contra la nueva Constitución y las ocultaciones de la monarquía, que cruzan las grandes ciudades viernes a viernes, son cada vez más numerosas, y las parvas de arena ocultadas bajo la alfombra escapan por los costurones.

Francia lidera, naturalmente, el aumento de publicaciones y de medios que tienen a Marruecos como centro, pero el fenómeno no queda limitado a la metrópoli del protectorado del Magreb. Ni siquiera se limita a Europa: en nuestra ciudad acaba de aparecer un volumen dedicado a uno de los poetas contemporáneos marroquíes de mayor importancia, Abdellatif Laábi. Editado por Alción, el volumen “Los frutos del cuerpo” recoge unos doscientos poemas (en versión bilingüe, con una exquisita traducción de Leandro Calle) del poeta de Fés, fundador de la revista “Souffles”, centro de la intelectualidad democrática marroquí.

La revista fue cerrada en 1971, prohibida por la monarquía, y Abdellatif Laábi encarcelado y torturado. Hoy, desde su exilio en París, el escritor recibe el reconocimiento mundial (fue galardonado con el Goncourt en 2009 y con el Grand Prix de la Francophonie el año pasado) y alienta a esos jóvenes de las marchas de los viernes en Rabat, en Fés, en Tánger, en Casablanca.

Otro libro, también publicado por estos días en París, termina de levantar la alfombra real y devela el entramado económico armado por la monarquía alauita. Con el revelador título de “El rey depredador” y publicado por Le Seuil, los periodistas Éric Laurent y Catherine Graciet develan el apoderamiento de la familia real de los recursos de Marruecos, al punto de convertir a Mohamed VI en el séptimo monarca más rico del mundo, superando inclusive a los emires petroleros de Kuwait.

La investigación de los periodistas franceses muestra cómo, en un país pobrísimo (ocupa el puesto 126 en la lista de desarrollo humano del PNUD, sobre un total de 177 países), el monarca se adjudica un sueldo que duplica al del presidente de los Estados Unidos (40.000 dólares por mes), y los gastos reales de su familia cuestan al presupuesto del Estado sesenta veces más que los gastos de la presidencia de Francia, sin ir más lejos.

Marruecos es, en realidad, un reino patrimonial: el rey es el principal terrateniente, productor agropecuario, financista, banquero, comerciante, exportador, productor de energía, asegurador y vendedor.

Desde la más mínima transacción hasta los grandes negocios, todo enriquece al monarca; y todos sus gastos y los de su familia corren a cuenta del presupuesto público (como así también su colección de Rolls Royce, Cadillac, Bentley, Aston Martins y Ferraris), y hasta el millón de dólares anuales que destina para el cuidado de sus perros de raza.

Abandonada la discreción y el ocultamiento que hizo posible este latrocinio, los cambios estructurales en Marruecos son sólo cuestión de tiempo. Un poema de Abdellatif Laábi traducido por Leandro Calle parece anunciarlos: “La estatua cobra vida... / absorta en su libro / de título alentador: / Escupiré sobre vuestra tumba.”





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lunes, 22 de noviembre de 2010

Arenas calientes del Sahara Occidental (12 11 10)

Arenas calientes del Sahara Occidental
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por Nelson Gustavo Specchia
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Los cuerpos de seguridad del Reino de Marruecos avanzaron a sangre y fuego el pasado lunes sobre las carpas del campamento de Agdaym Izik, ocupadas por refugiados saharauis. La vieja colonia española de la costa occidental de África, que durante la dictadura franquista se designaba como “Sahara Español”, y que la nomenclatura diplomática actual define como “Sahara Occidental” (en contraposición al gran desierto que se extiende al sur de Egipto, en el borde oriental del continente africano) ha vuelto a sacudirse esta semana y a recalentar con el conflicto político y social sus tórridas arenas.
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Los enfrentamientos y la represión militar sobre los saharauis, los habitantes del Sahara Occidental que reclaman desde hace 35 años su independencia y autonomía, han vuelto a colocar este antiguo y doloroso conflicto en la agenda internacional. Al parecer, sólo los episodios de violencia y sangre ubican, cada cierto tiempo, la opresión saharaui a la fugaz luz de los medios de comunicación, apenas durante unos días, y luego el conflicto vuelve a hundirse en la penumbra remota de la distancia y de esa otredad radical que impone el desierto.
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El conflicto del Sahara Occidental, sin embargo, pone a prueba una y otra vez la capacidad de las instancias multilaterales, especialmente las decisiones de la Organización de las Naciones Unidas, para hacer valer los acuerdos alcanzados en su seno al arbitrio de sus miembros. En este aspecto, la tensión que Marruecos somete a la ONU en el tema del Sahara Occidental es comparable a la que periódicamente coloca a Gran Bretaña en el contencioso por las Islas Malvinas con la República Argentina.
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UNA LUCHA OLVIDADA
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La entrada de policías y militares antidisturbios marroquíes sobre las más de 20.000 personas acampadas en las tiendas de Agdaym Izik en la madrugada del lunes, sin embargo, puede llegar a imprimirle un giro –dada la violencia, el balance de víctimas y el alcance de la represión- a un conflicto estancado durante más de tres décadas. Todo el Magreb –la larga costa mediterránea de África- es una zona de una estabilidad en extremo precaria, y salvo el explícito apoyo del gobierno francés de Nicolás Sarkozy, el trono marroquí de Mohamed VI cuenta pocos amigos. Y algunos enemigos de cuidado, comenzando por la vecina Argelia, con la que mantiene las fronteras minadas y cerradas a cal y canto.
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En la otra costa del Mediterráneo, España hace unos equilibrios diplomáticos de prestidigitador. Como metrópoli colonial, es consciente de su responsabilidad en el problema. La retirada de la que Franco llamaba su “Provincia 53” en 1975 fue tan caótica y desordenada, que dejó el conflicto civil servido en bandeja. El gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero es abiertamente pro-saharaui, pero los intereses con Marruecos son tantos y tan vastos, que el ministerio de Exteriores debe medir cada palabra de las declaraciones oficiales, ni hablar de los hechos concretos de política bilateral.
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Por  el contexto regional, por la delicada política de alianzas históricas y de coyuntura, por las cuestiones nacionalistas en juego, y por la crítica acumulación de recursos en la zona (además del fosfato que posee en abundancia, sus costas cuentan con el banco pesquero más importante del mundo), todos quieren sacar la pelota de la cancha y enviarla a la ONU.
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Pero las Naciones Unidas, hasta el momento, se muestran lejos de estar a la altura de las circunstancias.
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COLONIALISMO TARDÍO
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Tan tarde como en diciembre de 1965, cuando el proceso de descolonización mundial estaba muy avanzado, la Asamblea General de la ONU aprobó la primera resolución relativa al “Sahara Español”, que lleva el número 2.072, en la que insta a Madrid a adoptar las medidas necesarias para retirarse del territorio. Casi en simultáneo las fuerzas nacionalistas comienzan a organizarse en las agrupaciones que luego confluirían en el Frente Polisario, la principal organización independentista del Sahara.
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En 1973, frente a las negativas de la dictadura franquista en iniciar un proceso de descolonización, el Frente Polisario comienza con acciones armadas con un ataque al puesto de guardia español de El Janga. El clima de inestabilidad crecía día a día, y el régimen franquista propuso para frenarla la realización de un referéndum. Esta decisión revelaba, en realidad, un vacío político (el dictador se encontraba muy enfermo ya, y en España comenzaba a prepararse la transición); ante el vacío, el rey de Marruecos, Hassan II, organiza la “Marcha Verde”: 350.000 milicianos –civiles y militares- que avanzan y cruzan la frontera con la colonia española
El dictador, moribundo, ordenó abandonar la colonia a su suerte. El 14 de noviembre de 1975 se firmaron los acuerdos de Madrid: España se comprometió a abandonar el Sahara antes del 28 de febrero de 1976, y traspasó el grueso de las posesiones territoriales a Marruecos y un tercio a Mauritania. Los saharauis fueron dejados al arbitrio del poder de estos dos países.
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Los milicianos marroquíes de la Marcha Verde emprendieron una persecución sistemática contra los pobladores saharauis y sus posesiones y propiedades. Más de 200.000 hombres, mujeres y niños huyeron hacia Tindouf, en pleno desierto de Argelia, instalando campamentos provisorios de refugiados, en los que permanecen hasta el día de hoy. En 2007 el juez español Baltasar Garzón abrió un expediente en la Audiencia Nacional para enjuiciar a los mandos militares marroquíes de la Marcha Verde, por delitos de “genocidio y torturas” cometidos contra ciudadanos saharauies.
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Garzón se hizo eco de las múltiples denuncias de organizaciones no gubernamentales y de derechos humanos, que intentan mantener a la luz pública la situación de los saharauies tras la ocupación. En el expediente del juez de la máxima instancia jurisdiccional española consta que, desde 1975 y hasta la actualidad, “el ejército marroquí ha ejercido una permanente violencia contra el pueblo saharaui, en una guerra de invasión que obligó a abandonar sus hogares a 40.000 personas, que tuvieron que huir al desierto y fueron perseguidos y bombardeados por las fuerzas invasoras con napalm, fósforo blanco y bombas de fragmentación.”
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MARGINADOS, NEGOCIACIÓN Y PODER
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En 1988 la ONU vuelve a intentar tomar cartas en el asunto, y la Asamblea General aprueba un plan de paz para el Sahara, que fue aceptado tanto por Marruecos como por el independentista Frente Polisario, en 1991 se pone en marcha la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara (Minurso), y los fracasos de la diplomacia multilateral se suceden unos a otros, mientras Marruecos sigue avanzando sobre el territorio y la población.
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Asumiendo una pragmática postura de hechos consumados, en 2003 la ONU emite una nueva resolución, estableciendo que el Sahara permanecería transitoriamente como región autónoma de Marruecos durante cinco años, mientras se implementaba un referéndum de autodeterminación liderado por el ex secretario de Estado norteamericano James Baker. Pero inclusive el poderoso Baker acabó renunciando después de que Marruecos rehusase aplicar su plan para la ex colonia, que había sido aprobado, por unanimidad, por el Consejo de Seguridad de la ONU.
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A pesar de las idas y vueltas y de la ocupación efectiva del ejército marroquí en los territorios del Sahara, los independentistas del Frente Polisario han logrado mantener abiertas las negociaciones entre ambas partes bajo los auspicios de la organización multilateral.
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Esta semana, precisamente, se abría en Nueva York una nueva ronda de negociaciones con la mediación de Christopher Ross, ex embajador en Argelia y en Siria y profesor de árabe en la Universidad de Columbia, que es ya el tercer delegado de la ONU para intervenir en el conflicto, tras la renuncia de Baker y del holandés Van Walsum.
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Estas negociaciones, el último y tibio emprendimiento de la comunidad internacional para proteger a un pueblo sometido, fue reventada por las fuerzas antidisturbios marroquíes al destruir, en la madrugada del lunes, el campamento de Agdaym Izik, agregando, si se pudiera, unas llamas más a las ardientes arenas del Sahara.
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nelson.specchia@gmail.com
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jueves, 24 de abril de 2008

Idas y vueltas con la Europea mediterránea

IDEAS Y VUELTAS CON LA EUROPA MEDITERRÁNEA


Por Nelson Gustavo Specchia


Europa no consigue dar el tono en la relación entre el más exitoso proyecto de integración continental del mundo, la Unión Europea, con los pobres, inmensos y multitudinarios vecinos de la ribera sur del mar Mediterráneo. Mientras el crecimiento y el desarrollo de la costa norte se mantiene sólido, a pesar de las fluctuaciones y los desarreglos coyunturales, África sigue a la deriva, con Estados fallidos, frágiles sistemas democráticos, crecimiento incontrolado de violencia interétnica, convirtiéndose en el nuevo santuario de fanáticos “yihadistas”, y albergando, inclusive, el primer genocidio de este nuevo milenio: el que se está perpetrando en las tierras de Sudán.

Que este panorama se desenvuelva a la distancia de pocas millas, las que separan a ambas costas, implica una responsabilidad moral, política y social inmensa para Europa. La organización continental reitera permanentemente la decisión de utilizar su presencia conjunta en los foros internacionales (el “poder blando” del que dispone, en la categoría del politólogo Joseph Nye), para convertirse en una correa de transmisión de la paz, el desarrollo, el crecimiento armónico y sustentable, y la democracia. Sin embargo, con su vecino africano los intentos siguen fallando: lo que debería ser un territorio de cooperación sigue separado por un abismo, con profundidades cada vez más marcadas.

La iniciativa más sólida de Europa hacia África en los últimos tiempos, estuvo encabezada por España, cuando la gobernaba Felipe González. En 1995, en la capital de Cataluña se lanzó el “Proceso de Barcelona”, por el que se tendía a cooperar con los países de la ribera sur en cuatro vertientes (política, económica, de seguridad, y cultural), y a colaborar en la integración de los países norafricanos entre sí, al tiempo que se fijaba la meta de una zona de libre comercio con la Unión Europea para 2010. Trece años después de lanzado este proceso, y a pesar de los más de 20.000 millones de euros invertidos por Bruselas desde entonces, la iniciativa puede considerarse, al menos al día de hoy, un auténtico fracaso.

Y si esta evaluación no fuera suficiente para mover las conciencias de las élites políticas europeas, la relación con el continente negro se ha transformado, en los últimos tiempos, en una moneda de cambio en la disputa por la primacía y la influencia al interior de la Unión Europea.

Ha sido el Presidente francés, exuberante y enérgico desde que llegó al Elíseo (y arrebatador de titulares de la “prensa rosa” últimamente), quien realizó una jugada cuyos resultados finales aún están por verse. Ya en su discurso de victoria electoral, en mayo del año pasado, Nicolás Sarkozy había anunciado su proyecto de creación de una nueva entidad internacional, la “Unión Mediterránea”, que agruparía en su seno a los Estados europeos ribereños del “mare nostrum” (sin los restantes socios de la Unión Europea), y a los once países africanos costeros del borde sur.

La nueva organización internacional pondría nuevamente sobre la mesa los asuntos vertebrales de la vecindad, aspirando a ser una “unión política, económica y cultural”, según su impulsor y mentor. Llevaría a expandir el “poder blando” europeo a sus socios del sur, promovería el afianzamiento de sus sistemas democráticos, y contribuiría al desarrollo mediante inyecciones de fondos provenientes de los países de la Unión Europea, especialmente en infraestructuras y en el sector de la energía. Para apoyar sus palabras con hechos, Sarkozy participó personalmente en el diseño de venta de centrales nucleares francesas a Marruecos. Llegó, inclusive, a presentar a esta nueva organización como la posibilidad cierta de relanzamiento de un proceso de paz exitoso en Medio Oriente.

Pero semejante declaración de buenas intenciones, según se ha visto en las últimas semanas, sólo era el disfraz de una lucha de poder al interior de la Unión Europea. Su objetivo verdadero era reposicionar a Francia en una posición de liderazgo, y ha sido neutralizada por la intervención de la Canciller alemana, Ángela Merkel. En realidad, era contra ella y contra la nueva posición de preeminencia de Berlín en el concierto europeo, que Sarkozy ha ideado su estrategia internacional, utilizando a África como instrumento.

La última ampliación de la organización continental hacia el Este, con la introducción de los países de la ex órbita soviética, ha llevado a la Unión Europea a 27 miembros, con un número importante de ellos con relaciones privilegiadas con Berlín. Así, Sarkozy se imaginó dos áreas de preeminencia dentro de la UE: Alemania en el centro y el Este, y Francia como líder de la Europa meridional.

Merkel y su diplomacia discreta han logrado desactivar la iniciativa del Presidente francés: el Consejo Europeo del 13 y 14 de marzo ha dejado su iniciativa de lado, y ha vuelto al “Proceso de Barcelona”, al que ahora le agrega el subtítulo de “Unión por el Mediterráneo”. Pero no habrá más dinero, acaso algo más de burocracia.

El creciente desencuentro entre Alemania y Francia es una mala noticia para todos. Que Europa siga utilizando el argumento de la cooperación y la vecindad para saldar cuentas internas es una mala noticia –especialmente- para África. Pero ella ya está acostumbrada.



jueves, 27 de diciembre de 2007

Europa-África: La difícil vecindad



EUROPA – AFRICA:

LA DIFICIL VECINDAD


por Nelson Specchia


La Unión Europea, una de las más firmes avanzadas del mundo desarrollado, no logra acertar el rumbo en las relaciones con su inmenso vecino del sur, el continente africano, que sigue ocupando siempre el vagón de cola de cualquier medición sobre crecimiento económico, justicia, desarrollo, derechos humanos, salud, estabilidad política, o paz social.


A pesar del inmenso lastre que estos indicadores imponen a los países africanos, los temas principales de la agenda internacional, como el cambio climático, el crecimiento del terrorismo de base islámica, las reservas energéticas globales, o la sangría permanente de inmigración ilegal hacia el norte –temas todos que cruzan de alguna manera por el continente negro-, imponen la presencia de la región en las consideraciones estratégicas del “primer mundo”.


Europa, además de la cercanía geográfica que la convierte en destino privilegiado de las actuales masas de migrantes (10 millones de jóvenes africanos ya se han trasladado al viejo continente, utilizando a España e Italia como principales puertas de entrada), reconoce una deuda histórica con África: la actual atomización política y social africana tiene un precedente determinante en el colonialismo extractivo europeo de los siglos XVIII y XIX. Un proceso colonial que sucedió –a su vez- al rapto de inmensos contingentes de mano de obra esclava perpetrado por las mismas potencias europeas en los siglos anteriores.


Esta responsabilidad histórica y esta importancia estratégica creciente, hacen que la atención de las cancillerías europeas, y un capítulo entero de la política exterior de la Unión Europa como organización, centren su mirada en la costa sur del Mediterráneo. Procesos como la Conferencia Euromediterránea, que se lanzó por iniciativa de Felipe González en Barcelona en 1995, o la propuesta del presidente francés Nicolás Sarkozy del pasado mes de mayo, de creación de una Unión Mediterránea entre los países europeos y africanos ribereños de ambas costas, apuntan en ese sentido.


A principios de este mes de diciembre, la diplomacia de la Unión Europea convocó a una Cumbre en Lisboa. Portugal detenta la presidencia semestral de la organización continental, y el primer ministro luso, José Sócrates, recibió en la capital portuguesa a cerca de ochenta jefes de Estado y de gobierno, europeos y africanos, incluyendo al líder libio Muammar el Gaddafi, que no es ni jefe de Estado ni de gobierno, sino simplemente “Gran Hermano de la Revolución”.


Gaddafi, con sus movimientos estrafalarios (tres grandes aviones para movilizar a una comitiva de más de cien personas, y la necesidad de proveerle un espacio verde allá adonde vaya, para que instale su tienda de beduino –la “jaima”-, único lugar donde acepta residir, siguiendo la tradición de las tribus del desierto), ha dado el toque de color a la reunión. Pero más allá de su presencia y sus encendidos discursos anticolonialistas, (“Europa debe devolver los recursos robados a África… o bien invitar a los africanos a Europa”) la Cumbre entre los difíciles vecinos mediterráneos ha intentado colocar nuevamente en agenda los temas más acuciantes para los africanos; los que, a su vez, impactan directamente en las consideraciones de seguridad interna de la organización europea.


Por ello el lema convocante de la Cumbre ha sido “paz y seguridad”, y la UE ha expresado que la reunión –primera tras siete años de inactividad bilateral- intenta establecer nuevas modalidades en la relación entre ambas costas, en un plano de mayor horizontalidad, y donde los vestigios de aquella historia de colonialismo y sumisión sean definitivamente enterrados. Esta nueva relación dialogal entre vecinos, aseguran, redundará en beneficio mutuo, al colaborar con el desarrollo de los países africanos, y regularizar los masivos movimientos migratorios ilegales hacia el norte.


La realidad de la política internacional es siempre más compleja que las buenas intenciones expresadas en el plano discursivo. A principios del año próximo expiran los acuerdos comerciales de Cotonou –que regulan las transacciones de comercio exterior entre los países africanos y Europa-, y la UE espera firmar unos nuevos tratados con los vecinos del sur antes del 31 de diciembre de este año. Estas nuevas propuestas de acuerdos pretenden la reducción recíproca –con vistas a la supresión total- de aranceles y cuotas de importación de productos básicos y manufacturados, entre ambas partes.


Como vienen expresando diversas organizaciones vinculadas a la ayuda social en África, como la ONG de los jesuitas catalanes “Intermon”, una liberación comercial rápida entre dos socios de desarrollo tan diametralmente desigual, implicará pérdidas enormes para los productores africanos, especialmente en el sector de la agricultura, que sigue estando fuertemente subvencionada en Europa por vía de la PAC (Política Agraria Común).


Una desigualdad, además, incontrastable: la diferencia de renta entre ambas orillas del Mediterráneo es de 14 puntos, la más desigual del mundo; el ingreso per capita de los habitantes del África subsahariana es, en promedio, de 350 dólares al año, 50 veces inferior al de los europeos; 2 de cada 3 enfermos de SIDA del mundo son africanos; la media de esperanza de vida en todo el continente negro es de 46,3 años, para los europeos, de 90 años.


Y en este contexto tan inequitativo, la filosofía de liberalización comercial, en vez de constituir un factor de crecimiento, justicia e igualdad para las sociedades africanas, puede agudizar aún más su pobreza y marginación.


Europa debería analizar muy detenidamente las consecuencias a mediano y largo plazo de sus iniciativas para con el gran vecino del sur, y tener presente las lecciones históricas. No sólo es una cuestión estratégica de seguridad interna para la Unión Europea, sino de estricta justicia, e impactará en el rol que la organización continental pretende jugar en la política internacional global.




jueves, 13 de diciembre de 2007

Al Qaeda, el crecimiento terrorista en el Magreb


AL QAEDA

EL CRECIMIENTO TERRORISTA EN EL MAGREB


Por Nelson G. Specchia


El Magreb, el conjunto de países de la larga costa mediterránea del norte de África, se está convirtiendo en la nueva plataforma privilegiada de acción del terrorismo de base fundamentalista. La cercanía geográfica con los países del sur de Europa, y los llamados de los líderes de Al Qaeda a golpear contra los intereses “colonialistas” de España, Francia, y de los Estados Unidos (o de la ONU, a la que consideran un apéndice de la potencia norteamericana), transforman al Magreb en una región de alto riesgo para la seguridad global.


Esta semana, el 11 de diciembre, en un nuevo aniversario de aquel día 11 de septiembre que marcó la entrada del terrorismo de base islamista al centro de la escena internacional, el Magreb ha recibido un nuevo golpe. El ataque terrorista contra objetivos nacionales argelinos, y contra oficinas de la ONU, se suma a un listado creciente de actividades armadas en la región. Este crecimiento –tanto en número de acciones como en intensidad y alcance- durante los últimos cuatro años, está vinculado a la redefinición estratégica de diversos grupos aislados, que han sido orgánicamente incorporados a la red de Al Qaeda, y que han visto modificados sus objetivos en el contexto de una estrategia “yihadista” global.


El ataque de esta semana estuvo dirigido contra las sedes del Consejo Constitucional y del Tribunal Supremo argelino, situados en uno de los barrios más controlados y custodiados de Argel. Hace pocos meses, en abril, en un nuevo aniversario del día 11, la propia sede del gobierno de Abdelaziz Buteflika sufrió el impacto de un coche bomba, que alcanzó a volar toda un ala del palacio presidencial. Junto con las oficinas gubernamentales, otro ataque, prácticamente simultáneo, estallaba esta semana en las oficinas de las Naciones Unidas, donde se encontraba la sede del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR). Las víctimas mortales de este nuevo golpe de la violencia terrorista se acercan a 80, que se suman a los aproximadamente 500 hombres y mujeres que Argelia ha debido sepultar, durante este año, muertos en atentados del fundamentalismo islámico.


Ya en 2004, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), una célula aislada y minoritaria, declaraba la guerra a “los extranjeros y a las compañías foráneas” en todo el Magreb, a quienes se acusa de un doble crimen: atentar contra el Islam por la penetración occidental, especialmente por los medios de comunicación; y expoliar neocolonialmente a los países musulmanes del norte de África. El GSPC, luego de una seguidilla de acciones mortales durante los dos años siguientes, consiguió que Al Qaeda lo incorporara orgánicamente a su organización, pasando a llamarse “Al Qaeda en el Magreb Islámico”, y que el lugarteniente de Osama Bin Laden, Ayman al Zawahiri, les encargara, hace cuatro meses, “acabar con la presencia de españoles, franceses, y norteamericanos, en el Magreb.” En esa lógica deben leerse los atentados de esta semana, y los que –lamentablemente- creo que debemos esperar para el futuro próximo.


Porque el desarrollo creciente de “Al Qaeda en el Magreb Islámico” es también una invitación a que las organizaciones paralelas en los restantes países de la costa norte de África, intensifiquen su acción en sus respectivas sociedades. Células fundamentalistas como el Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), en el cuerno occidental de la costa mediterránea; el Grupo Combatiente Tunecino (GCT); y el Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL); han tenido el mismo origen y aspiran a integrar la red islámica global de Al Qaeda, tal como lo hicieron los argelinos.


Después de que Al Zawahiri anunciara la integración formal del GSPC en Al Qaeda, el 11 de septiembre del año pasado, los líderes de la formación argelina subrayaban que “no es posible luchar contra los Estados Unidos de Norteamérica, si no se produce la unidad de todos los combatientes yihadistas del Magreb”, en lo que constituye un llamado al resto de las células norafricanas a seguir sus pasos respecto de la gran red fundamentalista global.


Además del riesgo que supone el traslado de las acciones violentas hacia la costa sur de Europa, la estrategia de la “yihad” en África también contempla la expansión hacia el interior del continente, hacia el Sahel, el inmenso cinturón desértico que se extiende entre Sudán, Chad, Níger, Mali, Mauritania, y Senegal. Una zona de fronteras difusas y prácticamente sin Estado, donde el poder real reside en los jefes de las tribus tuareg, y en las redes de contrabandistas, que hacen de la inestabilidad institucional una situación permanente. Sumar el Sahel a la estrategia yihadista del Magreb sería pensar en un refugio internacional, en una vastísima zona prácticamente fuera de todo control, para el alojamiento y el entrenamiento del movimiento terrorista de base islámica.


Por todo ello, sería un error analizar los atentados de esta semana, y la estrategia de la violencia terrorista global, como un supuesto choque de civilizaciones, o un enfrentamiento entre Occidente y el Islam, como vienen insistiendo ciertos grupos de opinión, especialmente influyentes en la política exterior norteamericana de nuestros días. Los atentados de Argelia demuestran que no sólo los países europeos o americanos son víctimas, sino también los propios países y poblaciones musulmanas. Conviene asimismo incluir en el análisis que la amenaza para Occidente no viene “de afuera”, sino que el proceso de radicalización ideológica que está en el centro de la estrategia yihadista se produce también al interior de las sociedades occidentales, como pudo verse en los autores materiales de los atentados de Gran Bretaña o España, que eran ciudadanos nacidos y educados en esos países.


La amenaza de esa ideología del terror que es el salafismo yahiadista tiene sus raíces en ambas costas del mediterráneo, tanto la africana como la europea, por lo que la metodología para enfrentarse a ella no puede ser solamente policial o militar, sino que debe incluir la dimensión de la cooperación económica y social, especialmente en la dirección norte-sur, desde Europa hacia el Magreb.