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viernes, 27 de enero de 2012

Ruido de sables en Ormuz (27 01 12)

Ruido de sables en Ormuz


por Nelson Gustavo Specchia

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El lunes de esta semana, Lady Catherine Ashton –la discutida coordinadora de la Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea- anunció finalmente que la asociación continental embarga la importación del petróleo proveniente de los pozos ubicados en la República Islámica de Irán. En una vuelta de tuerca –que si no es definitiva, al menos será sustancialmente dañina para la estructura económica persa- los europeos han decidido sumarse a la estrategia de presión multilateral para que el régimen de los ayatollahs abandone la carrera atómica. Digo que la decisión de la diplomacia conjunta europea constituirá un daño real, porque a diferencia de las sanciones globales adoptadas por la comunidad internacional (ya van cuatro rondas de profundización en las penalidades hacia Teherán adoptadas en las Naciones Unidas), y también a distancia de los efectos empíricos de las sanciones bilaterales tomadas por el Departamento de Estado norteamericano, los europeos –importadores netos- son unos clientes importantes de la industria petrolera iraní. En bloque, la Unión Europea le compra casi un 30 por ciento del petróleo que Irán exporta, y esas exportaciones de crudo significan más del 80 por ciento de las divisas que ingresan a la economía de la República Islámica. El embargo anunciado por Lady Ashton, más allá de los intentos de relativización de los portavoces iraníes, no será un apriete menor. Salvo... que se cruce China en el camino.


Además del freno a los seiscientos mil barriles diarios de crudo persa que cruzaban el Mediterráneo e ingresaban en territorio europeo, desde esta semana el embargo respaldado por un comunicado conjunto de los tres líderes más importantes del continente –Ángela Merkel, Nicolás Sarkozy y David Cameron- alcanza también a un nutrido conjunto de actividades relacionadas: veta el intercambio de productos derivados del petróleo; a las compañías y sistemas de financiamiento de los intercambios; a los servicios de aseguradoras de las transacciones internacionales; y a la exportación hacia Teherán de productos petroquímicos y de maquinarias y piezas de repuesto, que son críticas para la manutención de la industria petrolera en los pozos y en las refinerías. Y como si no fuera suficiente, el embargo de Lady Ashton alcanza al Banco Central iraní, al que le congelan todos los activos que hoy tenga en países de la Unión Europea.

La medida ha sido la más fuerte de toda la batería diplomática puesta hasta ahora sobre la mesa, con la explícita intención de que el régimen teocrático de los ayatollahs y el gobierno ultraconservador del presidente Mahmmoud Ahmadinejad frenen el enriquecimiento de uranio y el desarrollo de su plan atómico. Así lo admite, con todas las letras, el comunicado emitido por Merkel y sus colegas, apenas unos momentos después de que Lady Ashton anunciara el embargo: el paquete de sanciones y el cierre del comercio, dicen, obedecen al hecho de que Teherán no ha conseguido “restablecer la confianza internacional en la naturaleza exclusivamente pacífica de su programa nuclear.”

ES LA BOMBA, ESTÚPIDO

Y los iraníes no podrán “restablecer” esa confianza porque a estas alturas ya está claro que de lo que se trata es de la obtención de la bomba. Si se lo niega públicamente, sólo es para no dar una excusa obvia a un aumento de la tensión, incluyendo la militar. Pero todos los indicadores llevan necesariamente a esa conclusión. Éstos se podrían dividir en tres grupos de argumentaciones: los motivos geoestratégicos, los ideológicos, y los religiosos (aunque quizá no precisamente en ese orden de jerarquía). Respecto del primer conjunto de razones, en esta misma columna intentamos mostrar, la semana pasada, la soledad regional y global en la que está obligado a moverse el régimen iraní y su especificidad diferenciada (“¿Qué hace Ahmadinejad en América latina?”, HDC 20/01/2012). Después de la intervención estadounidense en el vecino Irak, la guerra afgana, la primavera árabe destrozando aquellos regímenes otrora fuertes y sólidos, y la Siria de los Al Assad a punto de seguir un camino cercano al de las viejas autocracias del Norte de África, el régimen iraní se percibe a sí mismo en una soledad de isla en medio de un mar hostil. Y la principal cara de confrontación regional sólo está a pocos kilómetros: Israel; y los cómputos más conservadores calculan en 200 las cabezas nucleares del arsenal israelí, listas para ser montadas en misiles de alcance medio y largo. Un conjunto de razones objetivas para que Teherán busque la bomba. Los otros dos grupos de argumentos, hacen a la disputa política y religiosa con Arabia Saudita y con el Islam sunnita: disponer del uranio enriquecido a un nivel de uso bélico volvería a poner las pesas en la balanza del liderazgo regional en el platillo de los chiítas.

Por estos conjuntos de elementos, considero que seguir discutiendo si lo que Irán quiere realmente es la bomba o no, empieza a ser un tema superado. En todo caso, si no se tomaran en cuenta estas consideraciones de análisis, la propia argumentación pública del gobierno de Ahmadinejad se cae por su propio peso: ¿qué país estaría dispuesto a perder más de la cuarta parte de sus exportaciones por perseguir un desarrollo tecnológico para generar energía eléctrica, cuando se encuentra navegando en un mar de petróleo cuyas reservas netas lo ubican en el quinto lugar mundial?

Por ello, hasta el propio discurso oficial de Teherán está virando. Los voceros de la presidencia y de la cancillería iraní han coincido las últimas semanas en una nueva versión: la presión de Occidente (de la que el embargo europeo de esta semana forma parte) estaría empujando a que, ahora sí, al régimen de los ayatollahs no le quede más remedio que buscar tener la bomba.

Entonces, dando este tema por sentado, el “problema” iraní tendría tres formas de expresarse. Que Teherán esté en el camino de obtención de la bomba, es uno de ellos. Que alcance ese objetivo (algunos análisis calculan el plazo de un año, no más allá), generaría otro abanico de cuestiones. Y la tercera forma de abordarlo es preguntándose si los métodos empleados por los Estados Unidos, la ONU y la Unión Europea hasta ahora darán resultado para conjurar los dos anteriores. Porque el problema gordo aparece si la respuesta a esta tercera cuestión, como todo parece indicar, sigue siendo negativa.

RUIDO, MUCHO RUIDO

Si los dos grupos que detentan el poder en Irán –el que se reúne en torno al máximo líder espiritual, el ayatollah Alí Khamenei, y los “pashdarán” del presidente Mahmmoud Ahmadinejad- aguantan la pulseada de las presiones, los embargos y las sanciones comerciales, lo que volvería al primer plano serían los ruidos de sables. Y los iraníes pueden aguantar: si bien Europa ha sido hasta ahora el destino de esos 600.000 barriles diarios (España, Grecia e Italia dependían energéticamente hasta esta semana en alrededor de un 15 por ciento de su consumo del petróleo iraní), China, Japón, India y Corea del Sur son otros de los ávidos y necesitados clientes del crudo persa. Si China aumenta sus importaciones, el embargo europeo no habrá causado más que algunos rasguños a la economía iraní.

Con esta previsión, algunos halcones de la Casa Blanca han vuelto a aparecer, con tesis de infeliz y reciente memoria. Sorprendió mucho un ensayo aparecido en el último número de la revista Foreign Affairs, firmado por el profesor Matthew Kroenig, titulado “Time to Attack Iran”. La revista, publicada por el Council on Foreign Relations –uno de los principales centros de generación de política exterior del mundo- tiene una gravitante influencia en el Departamento de Estado norteamericano; y el profesor Kroenig, además, forma parte del equipo de asesores de Barack Obama en temas de defensa. Como el expresivo título del artículo lo anuncia, Kroenig presenta un plan de ataque preventivo a Irán, del que opina que no debe demorarse más. Estados Unidos no tendría alternativa a bombardear la planta de uranio de Natanz, el reactor de agua pesada de Arak y las centrifugadoras de Teherán. Sólo así se mantendría abierto y asegurado el estrecho de Ormuz y se destruiría la posibilidad de la bomba nuclear persa, algo que el propio presidente Obama repite a diario que no está dispuesto a permitir. Todos los aspectos del alcance de los bombardeos, sus características técnicas, sus implicancias políticas y sus consecuencias, están analizados al detalle y puestos a disposición de la Casa Blanca, y nada menos que en la Foreign Affairs de enero/febrero de 2012.
Mucho ruido de sables, y en año electoral en Washington. Va a ser difícil parar la nueva aventura de los halcones.




Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 27 de enero de 2012







jueves, 19 de enero de 2012

¿Qué hace Ahmadinejad en América latina? (20 01 12)

¿Qué hace Ahmadinejad en América latina?


por Nelson Gustavo Specchia

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En un contexto especialmente crítico y de tensión militar, el presidente iraní Mahmmoud Ahmadinejad acaba de terminar una significativa gira por varios países latinoamericanos. En política internacional, en determinadas oportunidades los símbolos pesan tanto como las acciones concretas, pero en esta visita del mandatario persa por nuestra región hasta esos mismos símbolos –a falta de razones evidentes- se presentan oscuros y complejos. ¿Qué ha venido a buscar Ahmadinejad? O, lo que también llena de interrogantes esta tournée, ¿qué esperan de él Hugo Chávez, Daniel Ortega, Rafael Correa, Raúl Castro y Evo Morales, sus interlocutores y anfitriones en tierras latinoamericanas? Muchas preguntas para tan pocas razones.

VIOLENCIA DOMÉSTICA

Los ensayos con misiles desde barcos de guerra en el estrecho de Ormuz, y las amenazas de Teherán de cerrar el paso marino –un conducto por el que cruza regularmente el 25 por ciento del total del petróleo del mundo- si los Estados Unidos siguen oponiéndose frontalmente a sus planes nucleares, ha llevado la temperatura política a nuevas cotas. Pero el frente externo no es el único que se muestra resbaladizo para el mandatario iraní, sino que los cuestionamientos y los problemas llenan también la agenda interna y la regional.

Hacia el interior del grupo que detenta el gobierno de la República Islámica de Irán, la base ya no se muestra tan sólida como en su primera gestión presidencial, y las grietas con el líder religioso, el ayatollah Alí Hoseiní Jamenei, vienen profundizándose desde que se hicieran evidentes los fraudes en las elecciones que condujeron a la reelección de Ahmadinejad y a las rebeliones de los jóvenes identificados con la divisa verde. El presidente volvió a apoyarse en las fuerzas parapoliciales de los “pashdarán”, los Guardianes de la Revolución Islámica, el grupo de poder al que estuvo originalmente ligado y que le sigue respondiendo mayoritariamente. La represión de los “pashadarán” ahogó al movimiento verde, pero dejó un escenario interno resquebrajado.

En ese contexto, el Guía Espiritual –cuyo rol constitucional redactado por el ayatollah Khomeini le otorga una autoridad superior a la del presidente de la república- ha tenido desde abril del año pasado una creciente intervención en los asuntos ejecutivos del Estado, en desmedro de las capacidades de Ahmadinejad. El fondo de la cuestión se muestra como ideológico-religioso: los grupos en torno a Jamenei ven en la deriva ultraconservadora del presidente una conducta que llaman “desviacionista” respecto de los objetivos fundacionales de la República Islámica; así, la cúpula religiosa ha lanzado una campaña para recortarle el poder e intentar que el sector de Ahmadinejad no triunfe en las elecciones legislativas de este año. En esa puja, el presidente intentó desplazar al ministro de Inteligencia, Heydar Moslehi, y el Guía Espiritual lo devolvió a su puesto en cuestión de horas. Y en un retruco le colocó además a otros dos incondicionales suyos en el gabinete: al fiscal general, Gholam Hossein Mohseni Ejehi, y al portavoz parlamentario Ali Larijani. Ahmadineyad permaneció once días sin ir a las reuniones de gobierno como protesta, y esa tensión interna ha tomado las calles, con enfrentamientos entre los partidarios de ambos dirigentes, que deben ser separados por las fuerzas policiales (ya que los “pashdarán”, de momento, no se pondrán en contra del ayatollah).

EL PASO DEL PETROLEO

Además de este ríspido clima en Teherán, Mahmmoud Ahmadinejad también se las ve negras en el plano regional. Además del partido-milicia libanés Hezbollah, la principal baza en la búsqueda del liderazgo iraní está puesta en Damasco. Y el régimen de los Al Assad, carcomido por la corrupción elitista y por la violencia represiva, se encuentra rodeado por los levantamientos civiles internos; las fugas de soldados y oficiales de las fuerzas militares gubernamentales; la quita de apoyo de los vecinos estratégicos, como Turquía; la intervención fiscalizadora de la Liga Árabe; y –por fin- la censura explícita de los organismos multilaterales (Ban ki Moon, el secretario general de las Naciones Unidas, pidió públicamente esta semana al presidente Bachar al Assad que detenga la masacre contra su propio pueblo).

Si en la débil estructuración política que queda en Irak tras el retiro de las tropas invasora norteamericanas, los chiítas comandados por el primer ministro Nuri al Maliki logran controlar la espiral de guerra interna y conservan el gobierno, Ahmadinejad tendrá entonces otro interlocutor en la región. Pero, de momento, debe enfrentar en soledad la presión de las intenciones alternativas de liderazgo por parte de Arabia Saudita; la fuerza conjunta de la diplomacia norteamericana y de la Unión Europea en todos los foros mundiales; y de la “guerra secreta” del Mossad israelí, que ya le va matando cinco científicos nucleares en atentados en las propias calles de Teherán, como la del doctor Mustafa Ahmadi Roshan, de 32 años, subdirector de la planta de enriquecimiento de uranio de Natanz, la semana pasada.

Ante esta encerrona, el presidente iraní lanzó el desafío de cortar el suministro de petróleo de exportación, y además de cerrar la canilla de crudo, también bajar la barrera a los buques cisterna que cruzan por el estrecho de Ormuz. Más importante aún que la primera amenaza es cerrar el estratégico paso, que desequilibraría de golpe todo el comercio petrolero internacional. Los ensayos con misiles desde los destructores iraníes, y la manera en que sus buques han esquivado el control de los barcos norteamericanos, han hecho evidente que la capacidad táctica para el cierre del estrecho es real.

En la versión del diario estadounidense The New York Times, la Administración Obama intenta aprovechar las disidencias internas en el régimen de Teherán para frenar una eventual clausura del paso de Ormuz: la Casa Blanca se habría comunicado con el Guía Espiritual, Ali Jamenei (y por canales de comunicación secretos, obviamente, ya que ambos países no mantienen relaciones diplomáticas bilaterales). Por las dudas, el NYT agrega, de su propia cosecha, la opinión de que un ataque militar contra las instalaciones nucleares iraníes –el proyecto en el que insiste permanentemente el gobierno israelí de Bibi Netanyahu- sería un auténtico desastre.

UN RECREO EN AMERICA

Este es el trasfondo que le encontramos a la tournée latinoamericana de Mahmmoud Ahmadinejad. Con las puertas de Europa y Estados Unidos cerradas; los vecinos, los aliados y la región pendientes de un hilo; y los pasillos del poder interno enredándose, un paseo por América latina le da al iraní una bocanada de oxígeno internacional y varios minutos de cámara en las grandes cadenas del globo. Un hálito, como para seguir tirando.

Pero a nivel de relaciones, desde la perspectiva regional sudamericana, la gira no agrega nada sustantivo. Con ninguno de los países existe intercambio comercial significativo, y respecto de Venezuela, y a pesar de la manifiesta amistad del presidente Hugo Chávez hacia el persa (lleva visitando Teherán en nueve viajes oficiales), el hecho de que ambos países pivoten sus economías en la exportación de petróleo los hace poco o nada complementarios. Y otro tanto habría que decir de Ecuador, donde el presidente Rafael Correa está embarcado en la expansión de la industria productora y exportadora de crudo. Respecto de Cuba y de Nicaragua, países que sí son importadores netos, tampoco le comprarán a Ahmadinejad cuando tienen asegurada la provisión petrolera –y a precios más que competitivos- precisamente desde Caracas. Si todavía hubiera estado Lula en la presidencia, quizá la gira hubiese incluido también Brasilia, como en noviembre de 2009; pero está Dilma, y ya se sabe lo que la presidenta opina del tema. A la Argentina, mientras el contencioso por el atentado de la AMIA siga abierto, ni pensarlo.

En política internacional los símbolos importan tanto como los hechos. Y esta visita dominguera de Ahmadinejad no tuvo sino la intención de mostrar que estará solo, pero no del todo.





Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 20 de enero de 2012


miércoles, 15 de septiembre de 2010

Mujer, género y lapidaciones (20 08 10)

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Mujer, género y lapidaciones
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por Nelson Gustavo Specchia
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La globalización es un fenómeno de múltiples dimensiones. Si el realismo político veía al mundo como una mesa de billar, donde las bolas (los Estados) eran pocas y los bordes de la mesa estaban claros y definidos, la posmodernidad cambió todo eso. La imagen del mundo de nuestros días es la de una red neuronal, con múltiples centros interconectados por diversos canales. Lo que circula por ese sinfín de canales es información. Casi no quedan rincones del mundo –de pronto abierto y cercano- adonde no llegue esa impresionante red que crece a cada momento.
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Así, aquellos ámbitos que los Estados se reservaban a su arbitrio soberano ahora son traspasados constantemente. La guerra es un fenómeno trasmitido en directo por CNN, los secretos –hasta los del primer ejército del mundo- son develados por la web y las tradiciones son puestas ante la escrutadora mirada de la globósfera, que por la misma red se moviliza, y logra –en algunos casos- torcer el duro brazo de los prejuicios y los tabúes. De momento, sólo en algunos casos.
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SER MUJER EN IRÁN
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Este cambio es el que ha enmarcado el caso de la mujer iraní Shakine Mohammadí Ahstiani, y ha logrado –aunque sólo sea de momento- detener su muerte, por la vía de golpearla con piedras hasta que se desangre, en una sádica agonía que busca defender principios culturales, pero que sólo es la manifestación de resabios de salvajismo e intolerancia machista. Le ejecución de Shakine por lapidación ha sido postergada por el régimen iraní, presionado por la inédita y masiva reacción mundial expresada en la red. Sólo postergada. Quizá las instancias judiciales sólo cambien la lapidación por la ejecución ordinaria: el ahorcamiento con soga desde el cuello del condenado.
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Tomar el caso de Shakine como uno de los indicios de la nueva política internacional, también implica asumirlo desde una mirada puesta en el género, porque todo el proceso contra ella está teñido de elementos que sólo pueden explicarse desde allí, desde una perspectiva analítica que asuma las inequidades de género como criterio explicativo. Los análisis desde el género no se limitan a las discusiones sobre el uso del pañuelo en los edificios públicos por las mujeres turcas, la prohibición del “shador” a las niñas musulmanas en las escuelas españolas, o la prohibición del “burkha” en toda Francia. Mirar la realidad internacional desde la perspectiva de género va mucho más allá de las disposiciones políticas sobre la vestimenta. Porque Shakine está en vilo de ser muerta a pedradas (o colgada) por varias razones, pero por sobre todas las cosas, por el hecho de ser mujer.
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Shakine Mohammadí Ahstiani tiene hoy 43 años, dos hijos, y está viuda. Forma parte de una minoría étnica en Irán, los azeríes, que habitan en zonas rurales poco desarrolladas y hablan un dialecto turcófono que tiene pocas similitudes con el persa oficial y mayoritario. En 2006 entró en prisión acusada de haber mantenido relaciones sexuales con el hombre que había matado a su marido. No se presentaron testigos, pero igual la mujer fue condenada a recibir 99 latigazos, que ya entonces estuvieron a punto de matarla. Aunque el juicio concluyó y la condena se cumplió, otro juez aún más riguroso decidió reabrir su caso, y consideró que aquella “relación ilícita” con el supuesto asesino de su marido se había dado ya en vida de éste, por lo cual el delito de Shakine era mucho más grave que el de complicidad en un asesinato: ahora se la acusaba de adúltera. Desde 2006 no deja la cárcel.
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No importó que tampoco en este segundo juicio (sobre cosa juzgada) hubiera testigos, y que la mujer dijera que la confesión le había sido arrancada bajo tortura y negara todos los cargos. Tampoco importó que implorara clemencia. Los estrictos jueces apelaron a la “sharia” –las normativas judiciales islámicas de base religiosa- y la condenaron a morir a pedradas.
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LEY E INTERESES
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Cuando el ayatollah Ruhollah Khomeini regresó desde su exilio francés y encabezó la revolución islámica que derrocó al sha de Persia, Mohammed Reza Pahlevi, entre las novedades del nuevo régimen figuró el reemplazo del moderno código penal persa por un conjunto de normas directamente vinculas a la tradición jurídica musulmana. Una tradición inspirada –aunque este sea uno de los puntos más conflictivos- en el Corán. Toda una corriente interpretativa dentro del Islam niega que castigos como los impuestos a Shakine puedan tener asidero en ninguna de las “azoras” del libro sagrado, y achacan esa lectura rigorista del texto divino revelado a Mahoma al carácter conservador de la versión chiíta del régimen iraní.
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Más allá de estos debates, objetivamente el código penal vigente en la República Islámica de Irán desde 1979 regula, como castigo del delito de adulterio, la muerte por lapidación. Aunque toma algunas precauciones, tales como que el adulterio debe probarse por el testimonio de cuatro testigos (hombres que tendrían que haber presenciado el acto, viendo el coito “hasta el punto de que no se pudiese pasar un hilo” entre los presuntos adúlteros), el código penal avanza en detalle sobre las maneras en que la adúltera debe morir. Entre los artículos 98 al 107, indica que se debe enterrar a la condenada en un pozo cavado en el suelo, cubriendo su cuerpo con tierra hasta por encima de los senos; y en el artículo 104 se regula el tamaño de los proyectiles: las piedras deben ser medianas, ni tan grandes como para que la maten rápido, ni tan pequeñas como para que no le causen heridas.
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Y aquella imagen de “que quien esté libre de culpa arroje la primera piedra” no tiene lugar aquí. El código penal es preciso hasta en ese sentido: los testigos que presenciaron el adulterio deben arrojar las primeras piedras, el juez que dictó la condena a muerte, las segundas. Tras ellos, los demás varones del público presente (el código establece que, como mínimo, debe haber tres apedreadores entre los espectadores). Los sucesivos y lentos golpes en el pecho, cuello y cabeza de la mujer causarán una lerda agonía, hasta que la hemorragia de las heridas provoque su muerte.
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LA TRADICIÓN Y LA RED
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Cuando ya se le habían acabado todas las instancias de apelación, Mohammad Mostafaeí, el abogado de Shakine, subió el caso a la red. Y esta nueva herramienta planetaria respondió masivamente. Las organizaciones defensoras de derechos humanos generaron campañas, pero además de ellas, múltiples organizaciones no gubernamentales y particulares integraron espontáneamente un movimiento de presión que llegó a las máximas instancias políticas, diplomáticas y religiosas.
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El abogado tuvo que huir y pedir asilo en Europa. Al mismo tiempo, la televisión pública iraní organizó una poco sutil auto acusación de Shakine, donde la mujer dijo frente a las cámaras desconocer a su abogado, reconoció su culpa en todos los delitos por los que se la acusa, y criticó la “injerencia occidental” en su causa. Pero tan grotesca puesta en escena no frenó la avalancha. Al contrario, sacó a la luz mayores precisiones, como la existencia de un “corredor de la muerte”, donde al menos otras ocho mujeres esperan su turno para ser lapidadas; o que los jueces más conservadores sigan ejecutando este tipo de condenas, a pesar del compromiso en sentido contrario del gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad con sus socios occidentales. Este mismo año, en enero, una mujer habría muerto lapidada en la ciudad de Mashhad.
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El presidente brasileño Lula da Silva sufrió en carne propia la presión de la red global. Los internaturas le pedían que, dada su relación de especial cercanía con Ahmadinejad y su gobierno, intercediera por Shakine. En un primer momento Lula se negó, dijo que no podía solicitar a otros líderes que ignoren las leyes de sus países. Pero luego, cuando la avalancha ya era imparable en todo el mundo, utilizó unas declaraciones a una radio en Curitiba para “apelar a su amigo” Ahmadinejad, y le solicitó que le permitiera que Brasil le concediese asilo político a la mujer. La cancillería brasileña entera, con Celso Amorín a la cabeza, se puso en movimiento en ese sentido. En cambio, el presidente de Irán cortó por lo sano, le respondió a Lula por televisión: Shakine no irá a Brasil, ni a ningún lado.
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El gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad y todo el régimen de los ayatollahs iraníes se asienta en la tradición. El caso de Shakine Mohammadí Ahstiani pone en evidencia la puja entre aquellos principios tradicionales asegurados por la antigua soberanía de los Estados, y el control y la capacidad de influencia de la sociedad civil mundial en un escenario de alta interconectividad. La manera en que el caso se resuelva también mostrará las tendencias de este nuevo tiempo internacional.
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nelson.specchia@gmail.com
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viernes, 12 de febrero de 2010

Ahmadinejad, el inestable (12 02 10)

Ahmadinejad, el inestable

por Nelson-Gustavo Specchia
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En su búsqueda de respaldos internacionales que lo defiendan del aislamiento al que quieren empujarlo, el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad ha recalado en las costas sudamericanas. Invitado por su amigo (su “hermano”, como se califica a sí mismo) Hugo Chávez, estuvo en Venezuela y en los países del ALBA. Y dando una de las últimas sorpresas del año pasado, Ahmadinejad fue recibido por Lula da Silva en Brasilia, la misma semana que Hillary Clinton expresaba los reparos de la Administración estadounidense al curso del programa nuclear iraní.
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De sus nuevas relaciones en Sudamérica, Ahmadineyad parece haber asumido algo más que una vía de escape al encierro del aislamiento de Occidente. También puede que haya adquirido algunos modos, muy impactantes y mediáticos, de ejercer el poder. Chávez, en una conferencia de prensa llena de invitados y de cámaras de televisión, se dirigió al comandante en jefe del ejército, y como quien manda al cadete a por un vaso de agua le ordenó: “y ahora, general, me manda los tanques a la frontera con Colombia”. Tomando el ejemplo de su hermano sudamericano, esta semana el presidente iraní, en un acto político cuyas consecuencias internacionales no podía ignorar, mirando a Alí Akbar Salehi, jefe de la oficina nuclear de la República Islámica, le ordenó: “y ahora, doctor Salehi, me empieza a producir uranio enriquecido al 20 por ciento en nuestras centrifugadoras.” Menos la belleza, todo se pega.
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Frente a la estrategia de encierro de Europa y los Estados Unidos, los iraníes han decidido redoblar la apuesta. El largo tira y afloje con los inspectores del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) sigue en un impasse: Irán sostiene que el enriquecimiento de uranio que actualmente desarrolla (entre el 3 y el 5 por ciento) está destinado a usos energéticos civiles, sólo admite que está construyendo nuevas centrales cuando éstas son detectadas por los servicios de inteligencia occidentales, y cuando se lanza a enriquecer el material radioactivo por sobre esos niveles lo justifica por razones de investigación y servicios (como la utilización de radioisótopos en aplicaciones médicas). Las Naciones Unidas van condenando en cinco resoluciones este proceso, y desde el OIEA se insiste en las dificultades y obstáculos que el régimen de Ahmadinejad pone permanentemente a sus inspectores, en lo turbio y gris de toda la información relativa a los verdaderos fines del plan atómico, y en que la tecnología necesaria para un enriquecimiento al 20 por ciento es la misma que para alcanzar el 80 ó 90 por ciento, cuando el uranio 235 se convierte en insumo de armas nucleares.
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Planteado en estos términos, la cuestión avanza rápidamente a estancarse en un diálogo entre sordos. Una espiral de tensión creciente que es alimentada, además, por otros condimentos. En primer lugar, con las necesidades energéticas del mundo desarrollado en una curva fuertemente alcista, cada día es más difícil seguir sosteniendo que sólo los seis Estados que componen el club atómico internacional (EE.UU., Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) puedan seguir detentando el monopolio de los desarrollos nucleares. En segundo término, las varas con que estos países regulan la no proliferación atómica son de muy diversos largores: Argentina tuvo que disminuir sus investigaciones y aplicaciones en el campo nuclear hasta mínimos casi ridículos, pero a Pakistán no se le exigió lo mismo; la India ha crecido en conocimientos y productos exponencialmente, al mismo tiempo que por esas intenciones Corea del Norte ingresaba al “eje del mal”; a Irán se lo cerca y se lo acosa por el potencial peligro de que llegue a tener la bomba atómica, pero se permite que Israel disponga de un arsenal calculado en una doscientas ojivas nucleares. Frente a estos desequilibrios en la consideración de países amigos y no tan amigos, la reconsideración de un pacto global y en otros términos es cada vez más acuciante.
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Además de estos ítems de política internacional, también hay elementos internos que ayudan a tensar la cuerda en la sociedad iraní. Desde el muy oscuro triunfo en su reelección presidencial, y las protestas de la “revolución verde” que le siguió, Mahmud Ahmadinejad no se siente cómodo en el poder, y debe apelar casi cotidianamente a la Guardia Revolucionaria de los pasdarán y a la milicia paramilitar de los basiyís para reprimir las movilizaciones urbanas. Ayer, jueves 11 de febrero (22 de bahman del calendario iraní), se celebró el 31 aniversario del derrocamiento del Sha de Persia, Mohamed Reza Pahlevi, y el triunfo del movimiento encabezado por el ayatola Ruholla Khomeini que instauró la República Islámica de Irán, con un carácter teocrático y republicano al mismo tiempo.
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Los basiyís, con la obvia anuencia de la presidencia de la república, a la que responden, atacaron violentamente las embajadas de Francia y de Italia en Teherán el martes de esta semana. Los embajadores de la mayoría de los países europeos decidieron no asistir a los actos conmemorativos, y ante el desaire diplomático el gobierno iraní retiró las invitaciones. Para dejar afuera, además, a los numerosos colectivos críticos con el régimen, Ahmadinejad ha movilizado a fondo los recursos de propaganda, y los cordones de seguridad prácticamente sitian la capital. Ningún medio de prensa extranjero estuvo autorizado para cubrir los actos del aniversario, y el gobierno anunció la “suspensión permanente” del acceso de todos los iraníes a los servicios de correo electrónico de Google, el G-mail que tan importante papel –junto a las redes sociales en internet de Facebook y Twitter- jugó en la difusión internacional de la represión que siguió a las elecciones presidenciales de junio del año pasado. A pesar de todas estas medidas, en tan flagrante contradicción con los principios republicanos y democráticos que el régimen iraní asegura sostener, por la red se han filtrado imágenes de las movilizaciones opositoras, y de las reacciones de las fuerzas de seguridad, en un aniversario que ha tenido poco de festejo.
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Uno de los temas de fondo, en la lectura de la conducta de Mahmud Ahmadinejad, el inestable líder conservador del régimen de los ayatolas, es que lo que aquí se está jugando es el destino de la experiencia política puesta en marcha hace 31 años, y el rol que ese grande y antiquísimo país está llamado a jugar en los equilibrios y en las hegemonías regionales del Oriente próximo.
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El grupo de musulmanes religiosos, políticamente nacionalistas y socialmente conservadores que la figura de Ahmadinejad nuclea, reivindica para ese colectivo la auténtica herencia de la revolución islámica y la capacidad para liderar el rumbo político regional. Frente a ellos, el movimiento popular difuso y heterogéneo de la oposición acusa a este establishment de haber traicionado los ideales de libertad y justicia social por los que fue derrochado el Sha, y haber cooptado la revolución para sus propios intereses de grupo. Y desde la óptica externa, los Estados Unidos –con el acompañamiento de la Unión Europea- prefieren mantener la preponderancia regional de un Israel fuerte y pro occidental, a los movimientos de autonomía de Mahmud Ahmadinejad, siempre tan inestable y tan poco previsible.
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Estas son las cuatro aristas por las que seguirá girando la espiral del cercano oriente, en un escenario de paz controlada. De momento.
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nelson.specchia@gmail.com
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jueves, 4 de diciembre de 2008

Hillary y Bombay

HILLARY Y BOMBAY


por Nelson-Gustavo Specchia



Y aunque era un secreto a voces, la importancia de la designación formal, el lunes de esta semana, de la señora Hillary Clinton al frente del futuro Departamento de Estado norteamericano, bajo la administración Obama, ha calado hondo.

Con esta designación se completa el equipo de seguridad y de exteriores de la futura Administración, que, junto al equipo económico confirmado la semana pasada, presenta el esquema de gobierno de Obama al completo, y a 50 días de hacerse cargo de la Presidencia. Lo que cumple la promesa de campaña del nuevo presidente electo, de hacerse visible, con decisiones concretas, sin pérdida de tiempo, desde un primer momento, como respuesta a la situación de crisis global.

No solamente por la propia personalidad y figura de la señora Clinton, sino porque ha pasado demasiado poco tiempo desde ese furor de la campaña interna demócrata, donde la oposición y el enfrentamiento entre estos dos personajes alcanzó cumbre muy altas.

Aún así, hay que decir que Hillary es una moderada dentro del Partido Demócrata, ha sido una de las críticas más acérrimas a la agenda exterior del Presidente George W. Bush.

Su apuesta principal es por el retorno de los Estados Unidos al multilateralismo, completamente olvidado en esta últimas dos administraciones. Por cierto, la figura que la señora Clinton tiene en mente, como lo expresó al anunciar su aceptación al cargo, es la del Presidente John Fitzgerald Kennedy.

Hillary es una figura muy conocida, con entidad propia, con mucha fuerza, y con mucha experiencia. De hecho, ha sido la primera dama más involucrada políticamente de las que han pasado por la Casa Blanca últimamente, además de su escaño actual en el Senado, desde el cual participa también en el Comité de Servicios Armados.

Le pregunta, aquí, es que si entre estos dos personajes, entre el Presidente electo y su nueva Jefa de la Diplomacia, hay los suficientes puntos de coincidencia, ya que no ha sido así en el pasado inmediato.

Y estas diferencias entre ambos se han expresado, precisamente, en temas que cubrirán los primeros planos de las agendas internacionales de la nueva administración: además del control de los programas nucleares en Irán y en Corea del Norte, el Departamento de Estado tendrá que tomar de inmediato la papa caliente de la guerra contra el terrorismo, la retirada de Irak (que Obama quiere hacer en 16 meses), y la necesaria, imprescindible, victoria en Afganistán.

Y respecto de esta última, las noticias lamentables y sangrientas de esta semana, con los ataquen en Bombay, no aportan precisamente una cuota de tranquilidad.

Si la cuerda entre India y Pakistán se tensa, la frontera de Pakistán con Afganistán se debilitará, ya que parte de la fuerza armada deberá cambiar de objetivos.

Respecto de la tragedia en India, en Bombay, la capital económica y financiera de este extenso, inmenso país-continente, hay que decir que la violencia forma parte de su vida política cotidiana, está –lamentablemente- entretejida en la propia estructura hindú.

Pensemos, por ejemplo, que la India independiente nace con el atentado al Mahatma Gandhi, el apóstol de la paz y de la no-violencia, asesinado por los propios radicales nacionalistas hindúes.

Y hoy, como media, se registran en India unos 100 actos terroristas al mes. Y el mosaico de grupos terroristas es grande y extenso, y no se limita solamente a los radicales islámicos: hay maoístas, separatistas cachemiros, yihadistas, hinduístas de nacionalismo extremo, que no aceptan la convivencia con otras nacionalidades y religiones. Muchos de estos grupos tienen, a su vez, conexiones externas, con Pakistán especialmente, pero también con Bangladesh, por ejemplo. Y dentro de la red un tanto amorfa de pequeñas agrupaciones con cierta autonomía en la nueva estructura del terrorismo mundial, muchas de estas células –o incluso combinaciones diferentes de estos grupos- se encuentran asociándose a esa red que es Al Qaeda.

Respecto de esta cotideaneidad violenta, hay dos novedades introducidas por los terroristas en los tres días que duró el asalto a Bombay: el uso de armas de fuego en lugar de artefactos explosivos; y el tener a extranjeros por objetivo. Además, lo que podríamos llamar el “efecto CNN”: el enfrentamiento prolongado en tiempo en un espacio urbano abierto, que ha permitido que los medios de comunicación lo sigan casi en directo, y lo retrasmitan a todo el mundo.

Hasta donde sabemos, los asaltantes, entre 15 y 20 (el único terrorista sobreviviente sólo admite que eran 10, pero hay fuertes indicios de que serían prácticamente el doble), se dividieron en dos grupos. Unos estaban registrados en los hoteles 5 estrellas de la capital financiera con identidades falsas, y otros llegaron en un barco pesquero procedentes de territorio pakistaní.

La estrategia que siguieron fue sembrar el caos: primero en las atestadas estaciones ferroviarias, como la multitudinaria de Chhatrapati Shivaji, en restaurantes frecuentados por turistas, como el Café Leopold, e inclusive en hospitales y taxis. Y una vez finalizada esta primera fase, cuando la policía indú estaba completamente desorientada, buscaron los tres edificios emblemáticos de la ciudad, los hoteles Taj Mahal y Trident Obedoi, y el Centro Judío que se sitúa entre ellos.

Al parecer, la estrategia era tomar rehenes y negociar con las autoridades indias, probablemente la liberación de los presos musulmanes de la organización Muyahidines Indios. Esto se deduce del equipamiento de los asaltantes y de la vestimenta: chalecos y pantalones donde guardaban abundante munición e incluso comida, lo que indica que su idea era resistir mucho tiempo en los hoteles. Sin embargo, los acontecimientos se desarrollaron contra una posibilidad de permanencia larga, no se dio espacio a ninguna negociación, y la batalla que siguió se saldó arrojó un balance aproximado de 200 muertos, entre los que habría 20 miembros de las fuerzas de seguridad y 30 civiles extranjeros de 13 nacionalidades distintas.

Hasta ahora, los indicios parecen señalar a la organización Lashkar-e-Taiba quienes parecen haber llevado a cabo el atentado apoyándose en los Muyahidines indios, que podrían haber recibido entrenamiento y apoyo por parte de Lashkar-e-Taiba en Pakistán aprovechando su experiencia en este tipo de asaltos, por ejemplo, cuando en 2001 se realizó un ataque al parlamento indú, con hombres armados.

Todo parece indicar que el propósito del atentado era llamar la atención sobre la situación que los musulmanes viven en aquellos lugares en los que son minoría. Por eso lo más importante de esta acción ha sido su espectacularidad, la visibilidad internacional. Los radicales islámicos son el campo fértil de los desesperados, que conciben que la única opción que tenían los musulmanes en la India era la jihad o la emigración, como afirman los comunicados de Lashkar-e-Taiba.

El objetivo de los terroristas era exacerbar los ánimos de pakistaníes e hindúes, boicoteando los esfuerzos y las iniciativas de paz en la zona. El atentado debe ser leído, hacia dentro de la vida política hindú, como un intento de radicalización del nacionalismo, y en clave internacional como otra advertencia a los occidentales, haciéndoles saber que no están seguros ni en aquellos lugares que se les asigna especialmente, como los hoteles de alto standing, donde supuestamente los controles y la seguridad son mayores que para los nacionales, especialmente en los países con conflictos internos y problemas de desarrollo. Esta estrategia ya comenzó en septiembre en Islamabad, con el ataque al hotel Marriot, y ahora parece extenderse a la India.


jueves, 13 de noviembre de 2008

Y llegó Obama


jueves 13 de noviembre de 2008


Y LLEGÓ OBAMA


Y pasó lo que parecía imposible que pasara: luego de tan sólo 143 años de que la esclavitud negra fuera abolida, luego de tan sólo 43 años desde que los negros conquistaran el derecho a voto en los Estados Unidos, Barack Hussein Obama, de color negro, como aquellos esclavos, hijo de un inmigrante keniano, de 47 años, es el Presidente Electo de los Estados Unidos.

Han corrido ríos de tintas desde el martes de la semana pasada, en todo el mundo. Ríos de tinta analizando los múltiples significados de esta elección, y comentando esos ríos, también caudalosos, de apoyo al Presidente Electo, en las diversas partes del mundo.

Hay aquí un riesgo: que la enorme simpatía y que esta corriente tan grande de apoyos, termine generando unas expectativas irreales sobre las posibilidades, los límites de acción de Obama dentro del sistema político norteamericano, y sus propias limitaciones personales, partidarias, e institucionales, conjugadas con las de un entorno espacial y temporal muy complejo. Este conjunto de realidades –como digo: no solamente las objetivas, externas, como las que hacen al sistema político y a los juegos de alianza que lo han llevado al poder, sino también las propias de su partido, de su entorno, y las suyas personales- terminarán por dibujar un listado de temas de agenda que, si no se los pone en situación, en perspectiva, pueden llevar a una especie de frustración frente a las expectativas de tan gran tamaño que estas corrientes de apoyo a Obama están despertando.

En otras palabras, por ejemplo, si esperamos que el traspaso de poderes desde el presidente George W. Bush a Barack Obama el próximo mes de enero significan, automáticamente, que la crisis financiera ha comenzado a terminar, o que al día siguiente las tropas norteamericanas comenzarán la evacuación de Irak, o que el programa de enriquecimiento de uranio en Irán podrá seguir adelante, claramente estamos forzando las expectativas. Obama no tocará ni corregirá estos desfases de la agenda norteamericana en el corto plazo.

El hecho de que Barack Obama haya llegado a la Presidencia es revolucionario. Pero Obama no es un revolucionario.

Claro que tampoco todo es negativo, y sería incorrecto no esperar nada de los primeros momentos de ese recambio presidencial: seguramente respecto de la base de Guantánamo, por ejemplo, donde a diario se atropellan los derechos humanos y la legalidad internacional, sí podemos esperar alguna noticia en plazos más cortos.

La agenda del nuevo Presidente, entonces, estará caracterizada por la complejidad. Una buena señal es que Obama parece muy conciente de esta complejidad, y desde su discurso de la victoria, en el Parque Grant de Chicago pareció anunciarlo: “habrá contratiempos –dijo- y sabemos que el gobierno no puede resolver todos los problemas…”

Otra buena señal es que se plantea encarar esa complejidad desde la unidad: “no hay estados rojos y estados azules”, dijo también en ese primer discurso. O sea, trabajará con los republicanos, la otra mitad del país. En definitiva, y más allá de la alta diferencia de delegados que le dio la forma en que se reparte el colegio electoral, la diferencia de votos entre ambos partidos, en el conteo general, fue de un 6 por ciento solamente.

Aún así, el principal mensaje del Presidente Electo, durante el año largo de lo que fue una de las campañas más emocionantes que se tenga memoria en los Estados Unidos, fue el cambio. ¿De qué cambio, del cambio de qué? ahora que la fiesta ha pasado, llega el momento de revisar el programa del entonces candidato, para vislumbrar cuáles podrían ser esos primeros temas de agenda compleja que veremos en los primeros tiempos:

Yo diferenciaría dos frentes: el interno, y el externo.

- En primer lugar, afrontar de lleno la economía doméstica, y la economía internacional. En el frente interno, Barack Obama prometió bajar los impuestos en el orden del 95% de los asalariados estadounidenses, y gravar con mayores impuestos a los ingresos que sobrepasen los 250.000 dólares anuales. Propuso una reducción de 500 dólares por asalariado, y de 1.000 dólares por familia, al tiempo que quiere aumentar el impuesto sobre la renta de los capitales, llevándolo del 15 al 28 por ciento, y gravar los beneficios excepcionales de las compañías petroleras, para rebajar la factura energética de los contribuyentes. Y meterá 50.000 millones de dólares en infraestructura.

- En segundo lugar, en el frente externo, seguramente participará en la reunión del grupo ampliado de los 20, que se reunirán los próximos días en Washington.

Porque el Presidente Electo tendrá que hacerse cargo de la “agenda externa” desde antes de asumir, inclusive.

Pero cuidado: cualquiera sea la modificación en las formas, como decía al comienzo de esta columna, no creo que podamos esperar que haya modificaciones sustanciales en el fondo, en la defensa de los intereses estratégicos que han preocupado hasta hoy a los Estados Unidos en tanto potencia hegemónica.

Respecto de esta “agenda externa”, a mí me parece que estará integrada por los siguientes grandes capítulos:

- En primer lugar, la ONU. La Organización de las Naciones Unidas por uno de sus momentos más bajos y críticos, con la figura de su Secretario general, Ban Ki-moon, muy desdibujada. Es posible que Obama amplíe el multilateralismo, respecto del unilateralismo de Bush, pero eso no necesariamente indica que se aboque a la refundación de la ONU, quizá adopte una ampliación de las relaciones país a país;

- La OTAN. Seguirá siendo la pieza clave de la estructura de seguridad a nivel global. Es posible que se revisen los criterios de ampliación, para no desmejorar las relaciones con Rusia.

- Rusia, efectivamente, será el tercer capítulo de esta “agenda externa”. Rusia vive un momento de plena recuperación de la personalidad internacional, como potencia. Será muy interesante ver de qué manera maneja Obama este “renacimiento” ruso.

- La Unión Europea. Las relaciones Estados Unidos – UE, hoy por hoy, son pésimas. Obama las mejorará, seguramente, pero nuevamente aquí, creo que se estrategia será más país a país que a toda la UE como bloque, que, en el fondo, es un competidor a futuro.

- Afganistán. Obama ha señalado que esta es una de sus prioridades, y aquí sí la estrategia será claramente multilateral, o sea, habrá un llamado concreto a aliarse a los Estados Unidos para enfrentar a los talibanes, que también están viviendo una etapa de clara recuperación.

- Irak. Este es uno de los meollos de la política internacional de Estados Unidos. Obama ha prometido acelerar la retirada, aunque habrá que ver la estrategia de esa retirada.

- China: la consolidación del gigante asiático como actor internacional de primer orden será el principal reto estratégico global de Obama en su administración.

- Irán: que –con altas probabilidades- conseguirá tener el arma atómica durante los próximos cuatro años; y donde su papel en el equilibrio de toda la zona de Oriente Medio es vital.-

- Oriente Medio: Obama volverá sobre el conflicto Israel-Palestina, completamente abandonado por las administraciones de Bush, y posiblemente el ex Presidente Clinton, que estuvo a punto de conseguir una resolución definitiva de este diferendo entre ambos pueblos, pueda volver a la escena.

- América latina: y por último –aunque no fuera de la lista- nuestra región, con el papel fundamental de las relaciones de Brasil, como interlocutor privilegiado. América latina no está, claramente, entre las prioridades de política exterior de la administración norteamericana, pero al menos no estamos del todo fuera de la lista.

Estos son, a mi criterio, los temas que estarán en el centro de atención en estos primeros momentos, del gabinete de transición del primer presidente negro de los Estados Unidos.