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sábado, 16 de marzo de 2013

Un estrecho círculo de sombras (15 03 13)


La Voz del Interior – Suplemento Papal – Política Internacional – 15 de  marzo, 2013  


NUEVO PONTIFICADO

Un estrecho círculo de sombras

por Nelson Gustavo Specchia
Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)






Con apenas unas ligeras variaciones, el cónclave que acaba de terminar con la elección del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, que reinará con el nombre de Francisco, se ha mantenido a lo largo de los siglos y hasta de los milenios. La modalidad de designación política y canónica de un nuevo Obispo de Roma (que, por ese carácter, asume también la dignidad de ser “primus inter pares” y cabeza de la Iglesia) logró tan extensa vida útil porque las condiciones objetivas del mundo se lo permitían.

El séptimo círculo

El máximo secreto y la decisión limitada a un puñado muy selecto de hombres ancianos tenía, hasta ahora, su correlato en una realidad internacional acotada y previsible, donde las grandes decisiones estratégicas también eran prerrogativas de un club exclusivo de hombres. Otro círculo, cuyos miembros se comunicaban entre sí con unos códigos no accesibles al común de la población, y se enviaban mensajes y documentos a través de unos funcionarios especiales –el cuerpo diplomático- cuyo oficio supone el carácter reservado y secreto.

Pero esa realidad internacional relativamente previsible y equilibrada –aunque fuese mediante el equilibrio del terror atómico- ya comienza a formar parte de la historia. El balance bipolar del mundo saltó por los aires a fines de la década de los años ’80 del siglo pasado, y en paralelo a esa patada al tablero de la previsibilidad, el desarrollo acelerado de la sociedad de la información fue estrechando cada vez más los círculos dentro de los cuales el secreto puedo permanecer en las sombras.

Intentar que se mantengan unos métodos que se arrastran desde el Medioevo en plena transformación de la sociedad de la información parece, cuanto menos, un despropósito. Hoy las cadenas televisivas funden la historia con el tiempo real (como la CNN con las guerras del Golfo, la invasión de Irak y de Afganistán), y los “hackers” informáticos traspasan hasta los “firewalls” tecnológicamente más desarrollados, como los que protegen a las computadoras de la Agencia Central de Inteligencia –CIA- o al Departamento de Estado norteamericano.

Los propios papeles clasificados de las comunicaciones al interior del círculo del poder no logran permanecer bien guardados en las “valijas diplomáticas” (esos recipientes antiguos en que viajaba el secreto) y quedan expuestos a la luz pública. El caso más resonado, WikiLeaks y su cruzada por la transparencia, es apenas el inicio de un camino sin retorno: desde 2008, cuando comenzó a operar, su base de datos no ha dejado de crecer y ya va difundiendo 1,2 millones de documentos clasificados (incluyendo los 251.187 cables de la diplomacia estadounidense con sus embajadas, la mayor filtración de documentos secretos de la historia y la piedra del escándalo).

En ese contexto de globalización informativa, los métodos de elección papal no podrán permanecer inmunes. Pero no solo ellos: también las maneras en que los pontífices se relacionan con ese mundo en transformación deberán necesariamente adaptarse.

Roma locuta, causa finita 

Y en este punto, la elección de un papa no europeo, además de la radical novedad histórica implicará también un desafío en las relaciones de la Iglesia y del Estado vinculado a ella con el emergente escenario de la sociedad de la información.

Francisco, romano pontífice, será el líder espiritual de una comunidad religiosa calculada en 1.200 millones de personas en todo el mundo, y jefe administrativo de un cuerpo de agentes pastorales de unos 420.000 sacerdotes y 5.100 obispos. Pero además de este colectivo interno, será también la máxima autoridad de una unidad política reconocida por la comunidad internacional. La Ciudad del Vaticano es un Estado a todos los efectos, su régimen político es una monarquía electiva y absoluta –desde ayer, Jorge Bergoglio es también rey- y sus embajadores –los nuncios apostólicos- lo representarán en los cuerpos diplomáticos frente a los demás gobiernos del mundo.

Estos nuncios han sido tradicionalmente la expresión más mundana del solio pontificio. Generalmente son diplomáticos de carrera, con poca o nula experiencia pastoral, a quienes se les asignan obispados ficticios u honorarios. Son expertos en el lobby político y también el principal conducto de comunicación secreto entre el papa y los engranajes del poder local. Con sus túnicas y ropajes anacrónicos imponen respeto ceremonial y protocolario; preceden, por costumbre, a los demás embajadores acreditados (“Decanos del cuerpo diplomático”) y tienen una incidencia importante en temas de política interna, como, por ejemplo, en la designación de los ministros y secretarios de Educación.

La comunicación de las nunciaturas no es unidireccional: no solo “baja” directrices desde el Vaticano, sino que también es la ventanilla por la que los grupos de los círculos de poder al interior de los países envían a Roma cuestiones problemáticas, informaciones sensibles, y también muchos chismes. Porque el gobierno de la Iglesia ha ido perdiendo, con la acumulación de años y de tradiciones, el original espíritu colegiado de los pastores, acentuando, en su lugar, la estructura de poder y de decisión verticalista, que tiene su punta en el sillón del papa: cuando Roma habla, la causa se ha terminado.

Nueva agenda  

Al elegir a Karol Wojtila, el polaco que reinó con el nombre de Juan Pablo II, la Iglesia rompió una tradición de más de 500 años durante los cuales los papas fueron exclusivamente italianos. Esos cinco largos siglos modelaron una organización burócratica, romana y latina, que se fue alejando del mundo y de la realidad del hombre de a pie.

Ahora, un nuevo salto: un papa no italiano, ni siquiera europeo. Sudamericano, y argentino. Jorge Bergoglio tiene ante sí la gran oportunidad del siglo, no solo de su vida: volver a “aggiornar” la institución eclesial, como lo hiciera en su momento Juan XXIII con el Concilio.

Hacia adentro, imaginar nuevos modos de gobernar la Iglesia (y de elegir a sus futuros sucesores), recuperando el espíritu colegiado para expresar la multiplicidad cultural que hoy conforma el cuerpo religioso y la estructura temporal de la organización. Y hacia afuera, relegando el secretismo y las presiones subterráneas hacia el poder político, priorizando una apertura a las diferencias y a la transparencia en la gestión.

No es poco, pero Jorge Bergoglio es un hombre capaz de hacerlo. Habrá que ver si quiere.          



En Twitter:  @nspecchia



lunes, 17 de septiembre de 2012

Los muyahidines meten más presión (11 09 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 11 de septiembre 2012 

Los muyahidines meten más presión

por Pedro I. de Quesada






Era cuestión de tiempo. Los atentados de estos meses venían preparando el terreno, y la violencia entre las comunidades chiitas y sunnitas en Irak alcanzó un nuevo record en la lógica de responder a cada provocación con un golpe más fuerte.

Como aquellos ingenieros que en la novela de Julio Verne disputaban entre sí, y el que fabricaba defensas las hacía cada vez más fuertes y más altas, sólo para que el que fabricaba bombas las hiciera más potentes y letales, la elite chiíta que quedó a cargo del gobierno de Irak (con el beneplácito del ejército norteamericano tras la invasión, la guerra y la ocupación) aumenta tras cada atentado la represión a la minoría sunnita.

Y ésta apela a los cuadros de los muyahidines insertos en las células de Al Qaeda para responder con una nueva vuelta de rosca.

El resultado de esta carrera es desolador en lo inmediato, preocupante para cualquier fórmula que quiera enfrentar el tema a nivel regional, y presenta como inviables las posibilidades de institucionalización de un régimen que incluya a las dos comunidades en la misma estructura política en el largo plazo.

Tras reivindicar la autoría de la ola de atentados de los últimos días, en los que murieron cerca de un centenar de personas, uno de los mayores grupos de muyahidines vinculado a Al Qaeda proclamó, mediante comunicados difundidos en las páginas web del mundo musulmán, el Estado Islámico de Irak.

Los guerrilleros sostienen que tanto los ataques como el intento de instaurar una nueva entidad político-religiosa es contestación a las torturas sufridas por los presos sunnitas en las cárceles del gobierno, y “en venganza por la pérdida de vidas a manos de los infieles chiitas”.

Lejos de amagar con un intento de pacificación, sin embargo, desde Bagdad se optó por construir un cañón más grande: un tribunal –y ni se considera la alternativa de que el poder judicial iraquí pueda llegar a ser medianamente independiente del gobierno- ha condenado a muerte en la horca al Vicepresidente del país, el sunnita Tariq al Hashimi, por supuestos cargos de terrorismo.

Desde que se rompió la entente que sostuvo durante algunos días la experiencia estadounidense de un gobierno integrado por representantes de ambas comunidades, Al Hashimi está prófugo y refugiado en Estambul, donde –de momento- goza de la protección del primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan.

Y es que los guerrilleros sunnitas se ven fortalecidos en su presión hacia Bagdad por el éxito relativo de la táctica de sus parientes afganos: los talibanes han ratificado esta semana que no tienen la menor intención de iniciar conversaciones de paz con las autoridades de Kabul para ninguna negociación, y que mantendrán la presión de las armas hasta que el último soldado norteamericano haya dejado Afganistán.

Todos atrapados entre el muro y el cañón.





Twitter:  @nspecchia




viernes, 9 de abril de 2010

Humo en la colmena iraquí (12 03 10)

Humo en la colmena iraquí
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por Nelson Gustavo Specchia

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El domingo de la semana pasada, se realizaron en Irak las elecciones para renovar las cámaras del Poder Legislativo (y, en un sistema parlamentario, elegir también al futuro Poder Ejecutivo). Desde la invasión de 2003 por las tropas estadounidenses, con el apoyo de los ingleses y los españoles y sin el consentimiento de las Naciones Unidas, esta fue la tercera convocatoria a las urnas para los iraquíes, con la presencia de un ejército ocupante en su suelo.
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Sin embargo, los objetivos políticos que empujaron a aquella aventura bélica están lejos de cumplirse. Ni el derrocamiento de la dictadura de Saddam Hussein, ni la presencia militar norteamericana, ni el proceso de “desbaasificación”, ni el soporte tutelar a los políticos chiítas del actual gobierno de Nuri al Maliki, han llevado a implantar un andamiaje en que se sustente un sistema democrático sólido. Frente a ello, las tensiones étnicas, religiosas, culturales y sociales presentes en el damero del país más dividido de Medio Oriente se mantienen.
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Y las elecciones del domingo, sin ningún vencedor claro (y sí con varios derrotados evidentes, comenzando por la potencia ocupante) se presentan como una bocanada de humo que sólo momentáneamente parece haber aplacado al avispero político iraquí. La gran pregunta, entonces, es qué pasará una vez que el humo se haya disipado, y las tensiones vuelvan a ocupar el centro de la colmena.
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En la tristemente famosa Cumbre de las Azores, George W. Bush se reunión con el premier laborista británico Tony Blair, y con el presidente conservador del gobierno español, José María Aznar, y decidieron la invasión a Irak, para “desactivar la amenaza nuclear de armas de destrucción masiva” que supuestamente la dictadura de Saddam Hussein, con el apoyo de las minorías sunnitas nucleadas en el Partido Baas, había construido y apuntado hacia Occidente. En aquella reunión, los tres líderes, contra todo consejo de organismos técnicos especializados –en el sentido de que no había armas atómicas en Bagdad- y a espaldas de la comunidad internacional, decidieron lanzar la acción militar que, anunciaron, sería rápida, eficaz, y de corta duración. Siguiendo este librero, las tropas entraron en Irak el 20 de marzo de 2003 y dos meses después, el 1 de mayo de ese año, a bordo del portaaviones Abraham Lincoln, un sonriente George W. Bush, con chaqueta de soldado, anunció: “misión cumplida”. Pero nada había terminado. Por el contrario, comenzaba el fango de cómo salir de allí sin dejar un caos a su espalda. El gobierno norteamericano aun chapotea en ese barro.
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Democracia forzada
Concluyeron que sin un sistema democrático medianamente estable, abandonar Irak a las fuerzas y a las tensiones étnicas y religiosas sería una catástrofe política y humanitaria. Entonces comenzaron a trazar alianzas con los viejos enemigos internos de Saddam, los colectivos árabes musulmanes de confesión chiíta, y las tribus kurdas (mayoritariamente chiítas también) de los territorios del norte. Con estos sectores se negoció una Constitución, que prevé espacios fijos en la integración del Parlamento para cada sector religioso, que se aprobó en 2005. Los grandes perdedores de este proceso fueron los sunnitas, y en un acto de justicia que se pareció demasiado a una revancha tribal, Saddam fue colgado de una soga, en una imagen que recorrió todo el mundo, en diciembre de 2006.
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Los resultados políticos de esta negociación fueron múltiples y complejos, pero vale rescatar dos de ellos: los sunnitas a los que se relegó en el proceso, tienen lazos muy fuertes con todos los países árabes de Oriente, muy especialmente con la principal potencia económica del golfo, la monarquía familiar de ese desierto inmenso asentado sobre lagos de petróleo que es Arabia Saudita. Por otro lado, son también sunnitas los apoyos de la red Al Qaeda. El segundo resultado, a nivel regional, es que al otorgar el gobierno a los chiítas, se potenció la comunicación con el otro Estado gobernado por esa interpretación del mahometanismo: la República Islámica de Irán. Y su presidente, Mahmmoud Ahmadinejad sí tiene –a diferencia de Saddam- posibilidades ciertas de hacerse con la bomba atómica.
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Al haber quedado fuera de los repartos de la torta del poder, los sunnitas más radicales, con obvias conexiones con Al Qaeda, vienen sembrando el terror en el escenario urbano iraquí en los últimos siete años, con atentados muy violentos y espectaculares, cometidos por suicidas. En las elecciones pasadas, en 2005, los atentados fueron funcionales al boicot al proceso electoral y a la deslegitimación del gobierno de los partidos chiítas. Y uno de los mayores temores era que el domingo pasado se repitiera esa estrategia, y Al Qaeda hiciera volar por los aires los centros de votación con los votantes adentro. Afortunadamente el baño de sangre no ha ocurrido, aunque eso no signifique que la hipótesis del estallido de una guerra civil abierta haya sido conjurado.
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Elecciones y gobernabilidad
En lugar de hacer estallar las elecciones, los sunnitas esta vez decidieron participar de ellas. Podría haber sido una buena noticia, si no fuese porque con su participación el panorama político se complejiza aun más, si cabe. Y realmente pone en duda las posibilidades de gobernabilidad, en el momento en que Barack Obama decide finalmente retirar a sus soldados y dejar a Irak librado a su suerte.
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De la votación del domingo no habrá resultados confiables hasta fines de este mes. El primer ministro Nuri al Maliki afirma que su coalición de chiítas confesionales ha triunfado en 9 de las 18 provincias iraquíes. En la integración del Parlamento de 325 escaños, 119 se han reservado para las zonas chiítas y 70 a las sunnitas (con 15 sillas para las otras minorías religiosas). Pero los sectores chiítas no confesionales, que lidera el ex primer ministro Iyad Allawi, posiblemente hayan logrado emparejar muy cercanamente los resultados del sector de Al Maliki, lo que dejaría un Parlamento empantanado en dos bloques numéricamente iguales, o casi: los 40 partidos nucleados en la alianza “Estado de Derecho” que apoya a Al Maliki, asociados al Consejo Supremo Islámico, por un lado, y por el otro el arco de agrupaciones que obedecen a Iyad Allawi. Este empate técnico haría muy difícil la constitución de un nuevo gobierno, y aún más difícil asegurar una mínima gobernabilidad interna.
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Si el domingo electoral apenas ha echado una bocanada de humo, y lo que viene es la retirada del ejército norteamericano y el recrudecimiento de las tensiones interétnicas y religiosas que hacen prever aumentos en los grados de violencia política, a siete años de la invasión y de la guerra de Irak, ¿quién ha ganado?
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A nivel interno, es difícil saberlo. Pero a nivel regional, los estrechos lazos entre los sectores que coparán el Parlamento iraquí y los grupos religiosos y militares que dominan el escenario político en la República Islámica de Irán, me hacen pensar que es en Teherán –y no en Washington- donde están festejando el resultado de las elecciones iraquíes.
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nelson.specchia@gmail.com
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jueves, 4 de diciembre de 2008

Hillary y Bombay

HILLARY Y BOMBAY


por Nelson-Gustavo Specchia



Y aunque era un secreto a voces, la importancia de la designación formal, el lunes de esta semana, de la señora Hillary Clinton al frente del futuro Departamento de Estado norteamericano, bajo la administración Obama, ha calado hondo.

Con esta designación se completa el equipo de seguridad y de exteriores de la futura Administración, que, junto al equipo económico confirmado la semana pasada, presenta el esquema de gobierno de Obama al completo, y a 50 días de hacerse cargo de la Presidencia. Lo que cumple la promesa de campaña del nuevo presidente electo, de hacerse visible, con decisiones concretas, sin pérdida de tiempo, desde un primer momento, como respuesta a la situación de crisis global.

No solamente por la propia personalidad y figura de la señora Clinton, sino porque ha pasado demasiado poco tiempo desde ese furor de la campaña interna demócrata, donde la oposición y el enfrentamiento entre estos dos personajes alcanzó cumbre muy altas.

Aún así, hay que decir que Hillary es una moderada dentro del Partido Demócrata, ha sido una de las críticas más acérrimas a la agenda exterior del Presidente George W. Bush.

Su apuesta principal es por el retorno de los Estados Unidos al multilateralismo, completamente olvidado en esta últimas dos administraciones. Por cierto, la figura que la señora Clinton tiene en mente, como lo expresó al anunciar su aceptación al cargo, es la del Presidente John Fitzgerald Kennedy.

Hillary es una figura muy conocida, con entidad propia, con mucha fuerza, y con mucha experiencia. De hecho, ha sido la primera dama más involucrada políticamente de las que han pasado por la Casa Blanca últimamente, además de su escaño actual en el Senado, desde el cual participa también en el Comité de Servicios Armados.

Le pregunta, aquí, es que si entre estos dos personajes, entre el Presidente electo y su nueva Jefa de la Diplomacia, hay los suficientes puntos de coincidencia, ya que no ha sido así en el pasado inmediato.

Y estas diferencias entre ambos se han expresado, precisamente, en temas que cubrirán los primeros planos de las agendas internacionales de la nueva administración: además del control de los programas nucleares en Irán y en Corea del Norte, el Departamento de Estado tendrá que tomar de inmediato la papa caliente de la guerra contra el terrorismo, la retirada de Irak (que Obama quiere hacer en 16 meses), y la necesaria, imprescindible, victoria en Afganistán.

Y respecto de esta última, las noticias lamentables y sangrientas de esta semana, con los ataquen en Bombay, no aportan precisamente una cuota de tranquilidad.

Si la cuerda entre India y Pakistán se tensa, la frontera de Pakistán con Afganistán se debilitará, ya que parte de la fuerza armada deberá cambiar de objetivos.

Respecto de la tragedia en India, en Bombay, la capital económica y financiera de este extenso, inmenso país-continente, hay que decir que la violencia forma parte de su vida política cotidiana, está –lamentablemente- entretejida en la propia estructura hindú.

Pensemos, por ejemplo, que la India independiente nace con el atentado al Mahatma Gandhi, el apóstol de la paz y de la no-violencia, asesinado por los propios radicales nacionalistas hindúes.

Y hoy, como media, se registran en India unos 100 actos terroristas al mes. Y el mosaico de grupos terroristas es grande y extenso, y no se limita solamente a los radicales islámicos: hay maoístas, separatistas cachemiros, yihadistas, hinduístas de nacionalismo extremo, que no aceptan la convivencia con otras nacionalidades y religiones. Muchos de estos grupos tienen, a su vez, conexiones externas, con Pakistán especialmente, pero también con Bangladesh, por ejemplo. Y dentro de la red un tanto amorfa de pequeñas agrupaciones con cierta autonomía en la nueva estructura del terrorismo mundial, muchas de estas células –o incluso combinaciones diferentes de estos grupos- se encuentran asociándose a esa red que es Al Qaeda.

Respecto de esta cotideaneidad violenta, hay dos novedades introducidas por los terroristas en los tres días que duró el asalto a Bombay: el uso de armas de fuego en lugar de artefactos explosivos; y el tener a extranjeros por objetivo. Además, lo que podríamos llamar el “efecto CNN”: el enfrentamiento prolongado en tiempo en un espacio urbano abierto, que ha permitido que los medios de comunicación lo sigan casi en directo, y lo retrasmitan a todo el mundo.

Hasta donde sabemos, los asaltantes, entre 15 y 20 (el único terrorista sobreviviente sólo admite que eran 10, pero hay fuertes indicios de que serían prácticamente el doble), se dividieron en dos grupos. Unos estaban registrados en los hoteles 5 estrellas de la capital financiera con identidades falsas, y otros llegaron en un barco pesquero procedentes de territorio pakistaní.

La estrategia que siguieron fue sembrar el caos: primero en las atestadas estaciones ferroviarias, como la multitudinaria de Chhatrapati Shivaji, en restaurantes frecuentados por turistas, como el Café Leopold, e inclusive en hospitales y taxis. Y una vez finalizada esta primera fase, cuando la policía indú estaba completamente desorientada, buscaron los tres edificios emblemáticos de la ciudad, los hoteles Taj Mahal y Trident Obedoi, y el Centro Judío que se sitúa entre ellos.

Al parecer, la estrategia era tomar rehenes y negociar con las autoridades indias, probablemente la liberación de los presos musulmanes de la organización Muyahidines Indios. Esto se deduce del equipamiento de los asaltantes y de la vestimenta: chalecos y pantalones donde guardaban abundante munición e incluso comida, lo que indica que su idea era resistir mucho tiempo en los hoteles. Sin embargo, los acontecimientos se desarrollaron contra una posibilidad de permanencia larga, no se dio espacio a ninguna negociación, y la batalla que siguió se saldó arrojó un balance aproximado de 200 muertos, entre los que habría 20 miembros de las fuerzas de seguridad y 30 civiles extranjeros de 13 nacionalidades distintas.

Hasta ahora, los indicios parecen señalar a la organización Lashkar-e-Taiba quienes parecen haber llevado a cabo el atentado apoyándose en los Muyahidines indios, que podrían haber recibido entrenamiento y apoyo por parte de Lashkar-e-Taiba en Pakistán aprovechando su experiencia en este tipo de asaltos, por ejemplo, cuando en 2001 se realizó un ataque al parlamento indú, con hombres armados.

Todo parece indicar que el propósito del atentado era llamar la atención sobre la situación que los musulmanes viven en aquellos lugares en los que son minoría. Por eso lo más importante de esta acción ha sido su espectacularidad, la visibilidad internacional. Los radicales islámicos son el campo fértil de los desesperados, que conciben que la única opción que tenían los musulmanes en la India era la jihad o la emigración, como afirman los comunicados de Lashkar-e-Taiba.

El objetivo de los terroristas era exacerbar los ánimos de pakistaníes e hindúes, boicoteando los esfuerzos y las iniciativas de paz en la zona. El atentado debe ser leído, hacia dentro de la vida política hindú, como un intento de radicalización del nacionalismo, y en clave internacional como otra advertencia a los occidentales, haciéndoles saber que no están seguros ni en aquellos lugares que se les asigna especialmente, como los hoteles de alto standing, donde supuestamente los controles y la seguridad son mayores que para los nacionales, especialmente en los países con conflictos internos y problemas de desarrollo. Esta estrategia ya comenzó en septiembre en Islamabad, con el ataque al hotel Marriot, y ahora parece extenderse a la India.


jueves, 13 de noviembre de 2008

Y llegó Obama


jueves 13 de noviembre de 2008


Y LLEGÓ OBAMA


Y pasó lo que parecía imposible que pasara: luego de tan sólo 143 años de que la esclavitud negra fuera abolida, luego de tan sólo 43 años desde que los negros conquistaran el derecho a voto en los Estados Unidos, Barack Hussein Obama, de color negro, como aquellos esclavos, hijo de un inmigrante keniano, de 47 años, es el Presidente Electo de los Estados Unidos.

Han corrido ríos de tintas desde el martes de la semana pasada, en todo el mundo. Ríos de tinta analizando los múltiples significados de esta elección, y comentando esos ríos, también caudalosos, de apoyo al Presidente Electo, en las diversas partes del mundo.

Hay aquí un riesgo: que la enorme simpatía y que esta corriente tan grande de apoyos, termine generando unas expectativas irreales sobre las posibilidades, los límites de acción de Obama dentro del sistema político norteamericano, y sus propias limitaciones personales, partidarias, e institucionales, conjugadas con las de un entorno espacial y temporal muy complejo. Este conjunto de realidades –como digo: no solamente las objetivas, externas, como las que hacen al sistema político y a los juegos de alianza que lo han llevado al poder, sino también las propias de su partido, de su entorno, y las suyas personales- terminarán por dibujar un listado de temas de agenda que, si no se los pone en situación, en perspectiva, pueden llevar a una especie de frustración frente a las expectativas de tan gran tamaño que estas corrientes de apoyo a Obama están despertando.

En otras palabras, por ejemplo, si esperamos que el traspaso de poderes desde el presidente George W. Bush a Barack Obama el próximo mes de enero significan, automáticamente, que la crisis financiera ha comenzado a terminar, o que al día siguiente las tropas norteamericanas comenzarán la evacuación de Irak, o que el programa de enriquecimiento de uranio en Irán podrá seguir adelante, claramente estamos forzando las expectativas. Obama no tocará ni corregirá estos desfases de la agenda norteamericana en el corto plazo.

El hecho de que Barack Obama haya llegado a la Presidencia es revolucionario. Pero Obama no es un revolucionario.

Claro que tampoco todo es negativo, y sería incorrecto no esperar nada de los primeros momentos de ese recambio presidencial: seguramente respecto de la base de Guantánamo, por ejemplo, donde a diario se atropellan los derechos humanos y la legalidad internacional, sí podemos esperar alguna noticia en plazos más cortos.

La agenda del nuevo Presidente, entonces, estará caracterizada por la complejidad. Una buena señal es que Obama parece muy conciente de esta complejidad, y desde su discurso de la victoria, en el Parque Grant de Chicago pareció anunciarlo: “habrá contratiempos –dijo- y sabemos que el gobierno no puede resolver todos los problemas…”

Otra buena señal es que se plantea encarar esa complejidad desde la unidad: “no hay estados rojos y estados azules”, dijo también en ese primer discurso. O sea, trabajará con los republicanos, la otra mitad del país. En definitiva, y más allá de la alta diferencia de delegados que le dio la forma en que se reparte el colegio electoral, la diferencia de votos entre ambos partidos, en el conteo general, fue de un 6 por ciento solamente.

Aún así, el principal mensaje del Presidente Electo, durante el año largo de lo que fue una de las campañas más emocionantes que se tenga memoria en los Estados Unidos, fue el cambio. ¿De qué cambio, del cambio de qué? ahora que la fiesta ha pasado, llega el momento de revisar el programa del entonces candidato, para vislumbrar cuáles podrían ser esos primeros temas de agenda compleja que veremos en los primeros tiempos:

Yo diferenciaría dos frentes: el interno, y el externo.

- En primer lugar, afrontar de lleno la economía doméstica, y la economía internacional. En el frente interno, Barack Obama prometió bajar los impuestos en el orden del 95% de los asalariados estadounidenses, y gravar con mayores impuestos a los ingresos que sobrepasen los 250.000 dólares anuales. Propuso una reducción de 500 dólares por asalariado, y de 1.000 dólares por familia, al tiempo que quiere aumentar el impuesto sobre la renta de los capitales, llevándolo del 15 al 28 por ciento, y gravar los beneficios excepcionales de las compañías petroleras, para rebajar la factura energética de los contribuyentes. Y meterá 50.000 millones de dólares en infraestructura.

- En segundo lugar, en el frente externo, seguramente participará en la reunión del grupo ampliado de los 20, que se reunirán los próximos días en Washington.

Porque el Presidente Electo tendrá que hacerse cargo de la “agenda externa” desde antes de asumir, inclusive.

Pero cuidado: cualquiera sea la modificación en las formas, como decía al comienzo de esta columna, no creo que podamos esperar que haya modificaciones sustanciales en el fondo, en la defensa de los intereses estratégicos que han preocupado hasta hoy a los Estados Unidos en tanto potencia hegemónica.

Respecto de esta “agenda externa”, a mí me parece que estará integrada por los siguientes grandes capítulos:

- En primer lugar, la ONU. La Organización de las Naciones Unidas por uno de sus momentos más bajos y críticos, con la figura de su Secretario general, Ban Ki-moon, muy desdibujada. Es posible que Obama amplíe el multilateralismo, respecto del unilateralismo de Bush, pero eso no necesariamente indica que se aboque a la refundación de la ONU, quizá adopte una ampliación de las relaciones país a país;

- La OTAN. Seguirá siendo la pieza clave de la estructura de seguridad a nivel global. Es posible que se revisen los criterios de ampliación, para no desmejorar las relaciones con Rusia.

- Rusia, efectivamente, será el tercer capítulo de esta “agenda externa”. Rusia vive un momento de plena recuperación de la personalidad internacional, como potencia. Será muy interesante ver de qué manera maneja Obama este “renacimiento” ruso.

- La Unión Europea. Las relaciones Estados Unidos – UE, hoy por hoy, son pésimas. Obama las mejorará, seguramente, pero nuevamente aquí, creo que se estrategia será más país a país que a toda la UE como bloque, que, en el fondo, es un competidor a futuro.

- Afganistán. Obama ha señalado que esta es una de sus prioridades, y aquí sí la estrategia será claramente multilateral, o sea, habrá un llamado concreto a aliarse a los Estados Unidos para enfrentar a los talibanes, que también están viviendo una etapa de clara recuperación.

- Irak. Este es uno de los meollos de la política internacional de Estados Unidos. Obama ha prometido acelerar la retirada, aunque habrá que ver la estrategia de esa retirada.

- China: la consolidación del gigante asiático como actor internacional de primer orden será el principal reto estratégico global de Obama en su administración.

- Irán: que –con altas probabilidades- conseguirá tener el arma atómica durante los próximos cuatro años; y donde su papel en el equilibrio de toda la zona de Oriente Medio es vital.-

- Oriente Medio: Obama volverá sobre el conflicto Israel-Palestina, completamente abandonado por las administraciones de Bush, y posiblemente el ex Presidente Clinton, que estuvo a punto de conseguir una resolución definitiva de este diferendo entre ambos pueblos, pueda volver a la escena.

- América latina: y por último –aunque no fuera de la lista- nuestra región, con el papel fundamental de las relaciones de Brasil, como interlocutor privilegiado. América latina no está, claramente, entre las prioridades de política exterior de la administración norteamericana, pero al menos no estamos del todo fuera de la lista.

Estos son, a mi criterio, los temas que estarán en el centro de atención en estos primeros momentos, del gabinete de transición del primer presidente negro de los Estados Unidos.