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viernes, 12 de julio de 2013

“La Gordi” vuelve, y de novia (19 03 13)

"La Gordi" vuelve, y de novia


por Pedro I. de Quesada



Hace unas semanas, una querida colega -politóloga argentina residente en Chile- me decía que "los números" de Piñera no están tan mal como podría esperarse después de una gestión errática.
Pero, aunque los resultados objetivos de la primera presidencia conservadora después de cuatro mandatos de la Concertación sean objetivamente rescatables (y lo pongo en potencial, ya que estoy citando una interpretación a la que no adscribo), la capacidad de trasmitir los logros de su Administración ha sido tan rotundamente mala, que Sebastián Piñera llega a los tiempos finales de su mandato con una de las peores imágenes personales de todo el período democrático pospinochetista. 
Esa debilidad comenzó a insuflar bríos en la ahora opositora Concertación, que ve en la popularidad maltrecha del mandatario la brecha por la que colar el posible retorno a La Moneda. 
Pero, al interior del conjunto de partidos, las mayores expectativas de sucesión se inclinaban hacia la pata democristiana. 
Los socialistas ocuparon el Ejecutivo en dos de los cuatro mandatos del nuevo tiempo constitucional (Lagos y Bache-let), mientras los demócrata-cristianos (que lo ocuparon con Aylwn y Frei) ven aquellos tiempos como lejanos y suponían ahora su derecho al retorno. Pero esta semana La Gordi, como cariñosamente se refieren a Michelle Bachelet sus adherentes, acaba de meter adrenalina a la (de por sí bastante soporífera) vida política trasandina: renunció a su importante cargo en la sede de las Naciones Unidas (ONU-Mujer) en Nueva York y anunció su vuelta a Santiago. 
Y Bachelet no solo dijo que peleará la presidencia en noviembre, sino que las malas lenguas agregan que, además, la peleará enamorada. 
El anuncio desvela uno de los principales misterios de la clase política chilena, que viene preguntándose qué haría Bachelet cuando llegara el momento. 
La ex mandataria dejó el poder en 2010 con un altísimo nivel de aceptación popular (aún superior al de su mentor y antecesor, el socialista Ricardo Lagos). El alicaído Piñera necesitaba poco para terminar de hundirse, y el inédito 54 por ciento de intención de voto que tiene Michelle Bachelet -antes aún de haber iniciado ninguna campaña- ha tenido peso de yunque. 
Las preguntas, ahora, se dirigen hacia el programa que La Gordi trazará para volver a gobernar uno de los países más desiguales del mundo (los analistas sostienen que podría incluso ganar en la primera vuelta, con mayoría absoluta), y las maneras en que manejará el frente interno: Piñera ganó porque la Concertación acusaba el cansancio de 20 años de hegemonía; el regreso de Bachelet puede significar una vuelta de tuerca sobre un proyecto agotado. 
O la gran renovación. Apostamos a que el amor pueda ayudarla a inclinarse por esta segunda opción.


Twitter:  @nspecchia


martes, 19 de marzo de 2013

“La Gordi” está de novia y vuelve a Santiago (19 03 13)

En foco - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 19 de marzo de 2013 


 “La Gordi” está de novia y vuelve a Santiago 

 por Pedro Indiana de Quesada 





Hace unas semanas, una querida colega –politóloga argentina residente en Chile- que “los números” de Piñera no están tan mal como podría esperarse después de una gestión errática.

Pero, aunque los resultados objetivos de la primera presidencia conservadora después de cuatro mandatos de la Concertación sean objetivamente rescatables (y lo pongo en potencial, ya que estoy citando una interpretación a la que no adscribo), la capacidad de trasmitir los logros de su Administración ha sido tan rotundamente mala, que Sebastián Piñera llega a los tiempos finales de su mandato con una de las peores imágenes personales de todo el período democrático pospinochetista.

Esa debilidad comenzó a insuflar bríos en la ahora opositora Concertación, que ve en la popularidad maltrecha del mandatario la brecha por la que colar el posible retorno a La Moneda.

Pero, al interior del conjunto de partidos, las mayores expectativas de sucesión se inclinaban hacia la pata democristiana. Los socialistas ocuparon el Ejecutivo en dos de los cuatro mandatos del nuevo tiempo constitucional (Lagos y Bachelet), mientras los demócrata-cristianos (que lo ocuparon con Aylwn y Frei) ven aquellos tiempos como lejanos y suponían ahora su derecho al retorno.

Pero esta semana La Gordi, como cariñosamente se refieren a Michelle Bachelet sus adherentes, acaba de meter adrenalina a la (de por sí bastante soporífera) vida política trasandina: renunció a su importante cargo en la sede de las Naciones Unidas (ONU-Mujer) en Nueva York y anunció su vuelta a Santiago.

Y Bachelet no solo dijo que peleará la presidencia en noviembre, sino que las malas lenguas agregan que, además, la peleará enamorada.

El anuncio desvela uno de los principales misterios de la clase política chilena, que viene preguntándose qué haría Bachelet cuando llegara el momento.

La ex mandataria dejó el poder en 2010 con un altísimo nivel de aceptación popular (aún superior al de su mentor y antecesor, el socialista Ricardo Lagos).

El alicaído Piñera necesitaba poco para terminar de hundirse, y el inédito 54 por ciento de intención de voto que tiene Michelle Bachelet –antes aún de haber iniciado ninguna campaña- ha tenido peso de yunque.

Las preguntas, ahora, se dirigen hacia el programa que La Gordi trazará para volver a gobernar uno de los países más desiguales del mundo (los analistas sostiene que podría incluso ganar en la primera vuelta, con mayoría absoluta), y las maneras en que manejará el frente interno: Piñera ganó porque la Concertación acusaba el cansancio de 20 años de hegemonía; el regreso de Bachelet puede significar tanto una vuelta de tuerca sobre un proyecto agotado. O la gran renovación.

Apostamos a que el amor pueda ayudarla a inclinarse por esta segunda opción.






@nspecchia




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lunes, 23 de enero de 2012

El poder de Camila (13 12 11)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 13 de diciembre de 2011


El poder de Camila

por Pedro I. de Quesada




Hace tiempo, cuando se mencionaba a Camila, la prensa rosa hacía referencia a Camilla Parker Bowles, la eterna rival de Lady Di que finalmente terminó quedándose con el feo príncipe.

Pero desde hace siete meses ese nombre ha popularizado a una dirigente estudiantil latinoamericana, joven y marxista, voz cantante del renacido poder juvenil en Chile.

Camila Vallejo, militante del Partido Comunista, como presidenta de la Federación de Estudiantes de Chile (FECh), encabezó la serie de protestas y marchas de los universitarios trasandinos, que tras las peticiones por una educación pública, gratuita y de calidad para el país, han terminado por movilizar al grueso de la sociedad y han puesto en jaque al gobierno de derechas de Sebastián Piñera.

El miércoles pasado, la joven que le puso su nombre y su rostro al renacimiento del poder de los jóvenes en estas latitudes, perdió las elecciones de la Federación de Estudiantes, a las que se había presentado para renovar su mandato.

En la gubernamental casa de La Moneda se vieron algunas sonrisas pícaras y de revancha. Y no es para menos: después de un triunfo claro de los conservadores, que lograron terminar con la sucesión de gobiernos de centro-izquierda de la alianza entre democristianos y socialistas en la Concertación, el ejecutivo de Piñera no ha dejado de caer en las encuestas por las protestas estudiantiles.

Amén de algunos éxitos iniciales, como el tan mediático rescate de los 33 mineros hundidos en el socavón de una montaña, la pulseada con los jóvenes (a los universitarios pronto se les unieron los estudiantes de ciclo secundario) ha desbarrancado su popularidad; hoy apenas cuenta con un 27 por ciento de imagen positiva, mientras que el índice que mide la desaprobación de su gestión al frente del Ejecutivo trepa hasta el 63 por ciento de la población.

Y una parte importante de ese desbarranco tiene una cara, muy hermosa por cierto: la de Camila. Sin embargo, quienes en el gobierno se alegran de que la dirigente haya perdido el liderazgo universitario, sólo ven una versión muy blanco y negro de esta película.

Yo no creo que estas elecciones en la Federación de Estudiantes signifiquen una crisis en la dirección de las movilizaciones del colectivo, sino, por el contrario, una profundización en los alcances de las reivindicaciones y una diversificación en el protagonismo de los actores. Camila perdió por menos de 200 votos, y ocupará a partir de ahora el segundo lugar en la ejecutiva de los estudiantes.

Y quien ganó, el alumno de abogacía Gabriel Boric, es el jefe de la lista Creando Izquierda. Y ese nombre no es casual. Su agrupación es aún más radical que la de Vallejo, critica fuertemente a todos los partidos -incluyendo a los de izquierda, claro- y piensa que no hay que cambiar solo el sistema educativo: “el enemigo –dijo en su primera intervención como presidente de la FECh- es el gobierno”.

¿De qué se ríen en La Moneda?




jueves, 19 de enero de 2012

¿Qué hace Ahmadinejad en América latina? (20 01 12)

¿Qué hace Ahmadinejad en América latina?


por Nelson Gustavo Specchia

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En un contexto especialmente crítico y de tensión militar, el presidente iraní Mahmmoud Ahmadinejad acaba de terminar una significativa gira por varios países latinoamericanos. En política internacional, en determinadas oportunidades los símbolos pesan tanto como las acciones concretas, pero en esta visita del mandatario persa por nuestra región hasta esos mismos símbolos –a falta de razones evidentes- se presentan oscuros y complejos. ¿Qué ha venido a buscar Ahmadinejad? O, lo que también llena de interrogantes esta tournée, ¿qué esperan de él Hugo Chávez, Daniel Ortega, Rafael Correa, Raúl Castro y Evo Morales, sus interlocutores y anfitriones en tierras latinoamericanas? Muchas preguntas para tan pocas razones.

VIOLENCIA DOMÉSTICA

Los ensayos con misiles desde barcos de guerra en el estrecho de Ormuz, y las amenazas de Teherán de cerrar el paso marino –un conducto por el que cruza regularmente el 25 por ciento del total del petróleo del mundo- si los Estados Unidos siguen oponiéndose frontalmente a sus planes nucleares, ha llevado la temperatura política a nuevas cotas. Pero el frente externo no es el único que se muestra resbaladizo para el mandatario iraní, sino que los cuestionamientos y los problemas llenan también la agenda interna y la regional.

Hacia el interior del grupo que detenta el gobierno de la República Islámica de Irán, la base ya no se muestra tan sólida como en su primera gestión presidencial, y las grietas con el líder religioso, el ayatollah Alí Hoseiní Jamenei, vienen profundizándose desde que se hicieran evidentes los fraudes en las elecciones que condujeron a la reelección de Ahmadinejad y a las rebeliones de los jóvenes identificados con la divisa verde. El presidente volvió a apoyarse en las fuerzas parapoliciales de los “pashdarán”, los Guardianes de la Revolución Islámica, el grupo de poder al que estuvo originalmente ligado y que le sigue respondiendo mayoritariamente. La represión de los “pashadarán” ahogó al movimiento verde, pero dejó un escenario interno resquebrajado.

En ese contexto, el Guía Espiritual –cuyo rol constitucional redactado por el ayatollah Khomeini le otorga una autoridad superior a la del presidente de la república- ha tenido desde abril del año pasado una creciente intervención en los asuntos ejecutivos del Estado, en desmedro de las capacidades de Ahmadinejad. El fondo de la cuestión se muestra como ideológico-religioso: los grupos en torno a Jamenei ven en la deriva ultraconservadora del presidente una conducta que llaman “desviacionista” respecto de los objetivos fundacionales de la República Islámica; así, la cúpula religiosa ha lanzado una campaña para recortarle el poder e intentar que el sector de Ahmadinejad no triunfe en las elecciones legislativas de este año. En esa puja, el presidente intentó desplazar al ministro de Inteligencia, Heydar Moslehi, y el Guía Espiritual lo devolvió a su puesto en cuestión de horas. Y en un retruco le colocó además a otros dos incondicionales suyos en el gabinete: al fiscal general, Gholam Hossein Mohseni Ejehi, y al portavoz parlamentario Ali Larijani. Ahmadineyad permaneció once días sin ir a las reuniones de gobierno como protesta, y esa tensión interna ha tomado las calles, con enfrentamientos entre los partidarios de ambos dirigentes, que deben ser separados por las fuerzas policiales (ya que los “pashdarán”, de momento, no se pondrán en contra del ayatollah).

EL PASO DEL PETROLEO

Además de este ríspido clima en Teherán, Mahmmoud Ahmadinejad también se las ve negras en el plano regional. Además del partido-milicia libanés Hezbollah, la principal baza en la búsqueda del liderazgo iraní está puesta en Damasco. Y el régimen de los Al Assad, carcomido por la corrupción elitista y por la violencia represiva, se encuentra rodeado por los levantamientos civiles internos; las fugas de soldados y oficiales de las fuerzas militares gubernamentales; la quita de apoyo de los vecinos estratégicos, como Turquía; la intervención fiscalizadora de la Liga Árabe; y –por fin- la censura explícita de los organismos multilaterales (Ban ki Moon, el secretario general de las Naciones Unidas, pidió públicamente esta semana al presidente Bachar al Assad que detenga la masacre contra su propio pueblo).

Si en la débil estructuración política que queda en Irak tras el retiro de las tropas invasora norteamericanas, los chiítas comandados por el primer ministro Nuri al Maliki logran controlar la espiral de guerra interna y conservan el gobierno, Ahmadinejad tendrá entonces otro interlocutor en la región. Pero, de momento, debe enfrentar en soledad la presión de las intenciones alternativas de liderazgo por parte de Arabia Saudita; la fuerza conjunta de la diplomacia norteamericana y de la Unión Europea en todos los foros mundiales; y de la “guerra secreta” del Mossad israelí, que ya le va matando cinco científicos nucleares en atentados en las propias calles de Teherán, como la del doctor Mustafa Ahmadi Roshan, de 32 años, subdirector de la planta de enriquecimiento de uranio de Natanz, la semana pasada.

Ante esta encerrona, el presidente iraní lanzó el desafío de cortar el suministro de petróleo de exportación, y además de cerrar la canilla de crudo, también bajar la barrera a los buques cisterna que cruzan por el estrecho de Ormuz. Más importante aún que la primera amenaza es cerrar el estratégico paso, que desequilibraría de golpe todo el comercio petrolero internacional. Los ensayos con misiles desde los destructores iraníes, y la manera en que sus buques han esquivado el control de los barcos norteamericanos, han hecho evidente que la capacidad táctica para el cierre del estrecho es real.

En la versión del diario estadounidense The New York Times, la Administración Obama intenta aprovechar las disidencias internas en el régimen de Teherán para frenar una eventual clausura del paso de Ormuz: la Casa Blanca se habría comunicado con el Guía Espiritual, Ali Jamenei (y por canales de comunicación secretos, obviamente, ya que ambos países no mantienen relaciones diplomáticas bilaterales). Por las dudas, el NYT agrega, de su propia cosecha, la opinión de que un ataque militar contra las instalaciones nucleares iraníes –el proyecto en el que insiste permanentemente el gobierno israelí de Bibi Netanyahu- sería un auténtico desastre.

UN RECREO EN AMERICA

Este es el trasfondo que le encontramos a la tournée latinoamericana de Mahmmoud Ahmadinejad. Con las puertas de Europa y Estados Unidos cerradas; los vecinos, los aliados y la región pendientes de un hilo; y los pasillos del poder interno enredándose, un paseo por América latina le da al iraní una bocanada de oxígeno internacional y varios minutos de cámara en las grandes cadenas del globo. Un hálito, como para seguir tirando.

Pero a nivel de relaciones, desde la perspectiva regional sudamericana, la gira no agrega nada sustantivo. Con ninguno de los países existe intercambio comercial significativo, y respecto de Venezuela, y a pesar de la manifiesta amistad del presidente Hugo Chávez hacia el persa (lleva visitando Teherán en nueve viajes oficiales), el hecho de que ambos países pivoten sus economías en la exportación de petróleo los hace poco o nada complementarios. Y otro tanto habría que decir de Ecuador, donde el presidente Rafael Correa está embarcado en la expansión de la industria productora y exportadora de crudo. Respecto de Cuba y de Nicaragua, países que sí son importadores netos, tampoco le comprarán a Ahmadinejad cuando tienen asegurada la provisión petrolera –y a precios más que competitivos- precisamente desde Caracas. Si todavía hubiera estado Lula en la presidencia, quizá la gira hubiese incluido también Brasilia, como en noviembre de 2009; pero está Dilma, y ya se sabe lo que la presidenta opina del tema. A la Argentina, mientras el contencioso por el atentado de la AMIA siga abierto, ni pensarlo.

En política internacional los símbolos importan tanto como los hechos. Y esta visita dominguera de Ahmadinejad no tuvo sino la intención de mostrar que estará solo, pero no del todo.





Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 20 de enero de 2012


miércoles, 20 de enero de 2010

Chile, entre sonrisas y cuchillos largos


Chile, entre sonrisas y cuchillos largos

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por Nelson-Gustavo Specchia
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En la segunda vuelta electoral en Chile, el domingo pasado se impuso Sebastián Piñera. Presidirá el país hasta 2014. Las elecciones fueron muy ajustadas, y la ventaja de Piñera sobre el candidato oficialista, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, fue de tres puntos, apenas 220.000 votos, de un padrón de más de ocho millones de electores (sólo los votos nulos duplicaron esta exigua diferencia).
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La Concertación –la reunión de partidos de centro y centroizquierda que gobierna Chile desde el fin de la dictadura- deja el poder tras 20 años, y Piñera lo recupera para la derecha, por la vía electoral, después de 52 años; (por la vía autoritaria la derecha lo ejerció durante 17 años, desde 1973 a 1990, bajo el férreo comando del general Augusto Pinochet).
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El proceso electoral fue sobrio, tranquilo y limpio. Para la medianoche del domingo todos los votos estaban escrutados y controlados. El candidato derrotado inmediatamente asumió los resultados y felicitó a su contrincante, que fue recibido por la presidenta Michele Bachelet al día siguiente en la Casa de la Moneda. Estas características, de las que tanto se han admirado algunos comentaristas políticos locales al contrastarlas con las actitudes argentinas frente a los mismos eventos, y el hecho de que la alternancia de las opciones políticas es algo deseable para la buena salud de un sistema democrático, pueden llevar a la conclusión de que los resultados del domingo constituyen un elemento positivo para la región, y que vienen a equilibrar un tanto las balanzas en los discursos y las posiciones ideológicas de América latina.
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Yo no estoy de acuerdo con esa lectura, considero que es simplista, y que no tiene en cuenta algunas características que, aunque no formen parte de los titulares de la prensa, impactan fuertemente en la constitución del sujeto político chileno, y que marcan, ineludiblemente, su relación con el contexto regional latinoamericano.
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En primer lugar, los buenos modales de los dirigentes y la eficacia administrativa no significan, necesariamente, altos grados de madurez democrática. Los largos años de la dictadura calaron muy hondo en el pueblo chileno, en su muy inequitativa distribución de la riqueza, y en ciertos rasgos fuertemente autocráticos en la concepción de la autoridad, presentes en la cultura política nacional. Esas características hacen que la derecha –que aunque se disfrace de modernidad y de cambio, es la continuidad real del modelo político que encarnó el general Pinochet- obtenga amplios apoyos en los sectores socioeconómicos más bajos. En los años de la dictadura, el periódico que ésta financiaba no se conseguía en los quioscos de los barrios altos, los canillitas del centro lo tenían aunque lo ocultaban un tanto, pero según se seguía bajando a las poblaciones humildes de los alrededores, estaba en todas las esquinas. En los barrios más pobres estaban los más entusiastas seguidores del dictador. Paradójicamente, los dos presidentes socialistas del período democrático –Ricardo Lagos y Michele Bachelet, ambos con altísimos índices de aprobación popular- han tenido a estos sectores humildes como los principales receptores de políticas de protección y asistencia, pero ello no ha movido sustantivamente la adhesión ideológica de estos colectivos, que siguen apoyando en altos porcentajes a las opciones de derecha.
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La sonrisa y los buenos modales de Sebastián Piñera, además, no pueden ocultar que la gran base de su electorado no lo aporta su partido, Renovación Nacional, sino la otra agrupación que apoyó su candidatura, la UDI – Unión Democrática Independiente, que reúne a los herederos políticos directos del pinochetismo. Por eso había tantos bustos y fotografías del ex dictador en las manifestaciones de festejo.
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Estos sectores tenían tanta fuerza al final del período autoritario, que los partidos opositores tuvieron que crear la Concertación para hacerles frente. Ricardo Lagos, Patricio Aylwin, los dos Frei –padre e hijo- y José Miguel Insulza fueron los artífices de ese frente de sectores democráticos aglutinados en torno, principalmente, a la Democracia Cristiana y al Partido Socialista. Pero veinte años es mucho tiempo cuando se tiene el poder en las manos. La Concertación terminó manifestando cierto hastío y desgaste, no realizó recambios generacionales (el candidato derrotado, Eduardo Frei hijo, además de pertenecer a una dinastía política antigua, ya fue presidente, y tiene casi 70 años), no permitió la emergencia de nuevos liderazgos (por eso Marco Henríquez-Ominami tuvo que ir por fuera), ni –después de la promesa de ruptura que significó la elección de Michele Bachelet, tampoco permitió recambios en cuanto al género: la política, en Chile, sigue siendo cosa de hombres, y de hombres grandes.
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Los jóvenes –y las mujeres- de la Concertación han reaccionado contra las esclerosadas direcciones de sus partidos inmediatamente después de la elección del domingo, y es posible que logren introducir los cambios urgentes que el campo popular y democrático chileno necesita. Los cuchillos largos ocuparán este tiempo, junto a las sonrisas del triunfo.
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Pero no hay que llamarse a engaño: un acaudalado empresario (Piñera ocupa el puesto 701 en la lista de millonarios de Forbes), dueño del club de fútbol Colo-Colo y de la aerolínea de bandera, supuestamente liberal pero rodeado de hombres enamorados del autoritarismo conservador de la derecha, no es una buena noticia para Chile. Como no lo ha sido para Italia. Y como tampoco sería una buena noticia, en algún momento, para la Argentina.
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[ HOY DÍA CÓRDOBA, 21 / 01 / 2010 ]

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nelson.specchia@gmail.com

jueves, 6 de diciembre de 2007

Fisuras en la "Concertación" chilena


FISURAS EN LA “CONCERTACIÓN” CHILENA



por Nelson Gustavo Specchia


(desde Santiago de Chile)




El sistema de partidos políticos, base del modelo republicano, se encuentra jaqueado en América latina. En una nueva vuelta de rosca histórica, el clásico partido político, concebido por la modernidad occidental como la herramienta para canalizar la representación de la voluntad ciudadana, se enfrenta a combinaciones con nuevas formas de participación y organización política, y convive con formas híbridas de representación popular. Alteraciones sustantivas, en suma, que pueden recalificar la funcionalidad del partido político clásico a nivel continental.


Este nuevo momento crítico sucede al que los partidos –junto con el conjunto de la sociedad latinoamericana- tuvieron que soportar en la década de los ’70 del siglo pasado, cuando el avance del autoritarismo y la instalación de dictaduras militares sumergió la dinámica partidaria, hasta prácticamente hacerla desaparecer de la faz pública durante largos años.


Como en aquella oportunidad, la coyuntura crítica que atraviesan hoy los partidos políticos toma muy diversas formas, según sean las características y el momento institucional específico de cada país latinoamericano. El surgimiento de organizaciones políticas asociadas a movimientos sociales, la transversalidad horizontal de liderazgos, la emergencia de representaciones vinculadas con colectivos tradicionalmente oprimidos (como los indígenas), y las coaliciones programáticas, parecen ser las principales variantes que se ofrecen como alternativas a los partidos.


Chile encontró en esta última modalidad, la coalición interpartidaria, la vía con que enfrentó la transición desde la dictadura pinochetista, y la herramienta con que ha disputado el espacio político a la derecha en los gobiernos democráticos. La “Concertación” –alianza entre la Democracia Cristiana (DC), el Partido Socialista (PS), y el Partido por la Democracia (PPD)-, ha logrado retener el poder desde la transición hasta la actualidad. Pero este esquema de concentración de poder, y de distribución de cargos ejecutivos entre los socios de la coalición, parece haberse desgastado, y ciertas fisuras preocupantes comienzan a hacerse evidentes.


La Concertación logró ubicar en la Presidencia de la República a dos demócrata cristianos: Patricio Aylwin, que capitaneó la transición desde la dictadura, y Eduardo Frei, que le sucedió; a don Ricardo Lagos, fundador del PPD y uno de los gestores del “No” en el plebiscito convocado por Pinochet para intentar perpetuarse en el poder; y la actual mandataria, la socialista Michelle Bachelet. A la Presidenta le queda aún un tercio de mandato, pero los reacomodamientos al interior de la coalición comienzan a expresar cierta fatiga del modelo, luego de sucesivas administraciones. Una tendencia similar disparó la crisis del Partido de la Revolución Institucional (PRI) en México, luego de una extensa permanencia en el Ejecutivo, y terminó desplazándolo del poder.


En Chile, los síntomas de fatiga han aflorado en el socio mayoritario de la Concertación, la DC. A pesar de su mayoría relativa en la alianza interpartidaria, no ha logrado imponer sus candidatos a Presidente en las dos últimas elecciones; sumadas a este elemento, las poco aceitadas vías de promoción de las segundas y terceras líneas de dirigentes, y el permanente estado de negociación entre los socios –tanto para llevar adelante los programas de gobierno, como para definir las listas de candidatos a los cargos electivos-, han encendido la luz amarilla.


La semana pasada, la presidenta de la Democracia Cristiana, Soledad Alvear, ha solicitado la expulsión de la DC del histórico dirigente Adolfo Zaldívar: esta movida en el tablero podría llevar al quiebre de la propia DC, y, eventualmente, podría poner en riesgo la continuidad de la Concertación en el gobierno de Chile tras las próximas elecciones.


La Presidenta Bachelet, que soporta duras críticas por su supuesta prescindencia y lejanía de la vida política chilena, parece resignada a ocupar un papel secundario, a pesar de que las disputas sobre el liderazgo afecten directamente a su administración: la iniciativa de expulsión de Adolfo Zaldívar de la DC se asienta en su alianza, en el Senado, con la oposición de derecha para oponerse a la solicitud de fondos de la Presidenta, con destino al sistema público de transportes, “Transantiago”.


La señora Alvear, varias veces ministra del Ejecutivo en gestiones anteriores, líder de una corriente importante dentro de la DC, y hoy senadora de la República, quiere ser candidata a Presidenta, y suceder a Michelle Bachelet. El señor Zaldívar, también senador, también ex presidente de la DC, también líder de un sector importante dentro de la Concertación, quiere lo mismo. El ex Presidente Eduardo Frei, quien cree que puede presentarse como una figura de consenso, quiere lo mismo. Y lo mismo quiere el ex Presidente Ricardo Lagos.


Todos quieren llegar a La Moneda con su propio esfuerzo y por su propia figura. El partido, como herramienta de participación política, se va relegando a un segundo plano.





jueves, 29 de noviembre de 2007

Los enredos de la "nueva" Bolivia



LOS ENREDOS DE LA NUEVA BOLIVIA



por Nelson G. Specchia



Bolivia, finalmente, tiene una nueva Constitución, en la que el movimiento encabezado por Evo Morales espera asentar la fundación de un nuevo Estado, dejando atrás los resabios del colonialismo feudal agrario y minero. Entre gallos y medianoche, el pasado domingo 25 de noviembre, la Asamblea Constituyente aprobó, a libro cerrado, el índice de la nueva Carta Magna. Pero, lejos de concluir con este acto un proceso tortuoso, los interrogantes y los imprevisibles escenarios de futuro que se abren en el proceso político boliviano siguen siendo alarmantes.


El prolongado derrotero de la Constitución se arrastra desde la década pasada: en 1990 los indígenas del Oriente boliviano piden la convocatoria de una Asamblea Constituyente. Ese petitorio fue leudando durante diez años, extendiéndose en cada vez más amplios sectores campesinos, hasta hacer eclosión en el 2003, cuando tomó fuerza de la mano de la nacionalización de los recursos petrolíferos y gasíferos. Finalmente, el Congreso Nacional convocó a la formación de una Asamblea en marzo de 2006, y en agosto del año pasado comenzaron las sesiones.


Las elecciones de representantes a la Asamblea le otorgó una mayoría de votos al Movimiento al Socialismo (MAS) del presidente Evo Morales, que consiguió ocupar 138 de los 255 escaños: una mayoría suficiente, pero estuvo lejos de tener en su mano los dos tercios estipulados para aprobar cada reforma. La derecha opositora al gobierno, nucleada en el partido Poder Democrático y Social (PODEMOS) del ex presidente boliviano Jorge “Tuto” Quiroga, obtuvo 60 escaños, que, unidos a los 18 escaños del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), y a los 27 asientos distribuidos entre los cuatro partidos menores, han obstaculizado sistemáticamente, durante más de un año, el avance de la redacción constitucional.


Al reclamo de capitalidad total de Sucre (es la capital oficial del país, pero dejó de ser la sede de los poderes Ejecutivo y Legislativos en 1899, cuando la aristocracia dueña de las minas de plata tuvo que ceder la primacía económica a las nuevas elites del estaño, y la vida política se trasladó a La Paz), se sumaron los reavivados impulsos secesionistas de las provincias ricas del oriente boliviano (especialmente Santa Cruz de la Sierra y el Beni), con el apoyo de otras regiones opositoras como Tarija y Pando.


A estas agendas de reivindicaciones geográficas y regionales, hubieron de sumarse también las diferencias radicales de concepción del Estado sostenidas por los constituyentes indígenas, provenientes de entornos campesinos, y los representantes de extracción urbana, mayoritariamente de clases medias. Estos últimos han supuesto un auténtico freno al modelo de un nacionalismo populista, multiétnico, y redistribuidor, impulsado por Evo Morales.


En una demostración de fuerza, y luego de que la parálisis a la que había empujado el virtual empate en la Constituyente estuviera peligrosamente cerca del desastre, el gobierno convocó a sus diputados en un predio militar cercano a Sucre, decidió dejar de lado los dos tercios de votos estipulados para las modificaciones, y utilizando su mayoría aprobó la Constitución a libro cerrado. La oposición, en bloque, ha censurado la metodología, desconoce el texto aprobado, y asegura resistir. El “Comité Cívico” –que agrupa a la oposición- se ha convocado en Santa Cruz, mientras que la violencia no deja de aumentar entre los partidarios y los detractores de la nueva Carta Magna, que supone una “refundación nacional” de Bolivia.


Los ejes de esa refundación pasan por la creación, con rango constitucional, del “Poder Social”, a ser integrado por representantes de los distintos movimientos sociales, y que se supone como un mecanismo de control político sobre los poderes Ejecutivo y Legislativo. En lo que respecta al Judicial, la nueva Constitución admite el “pluralismo jurídico”, dando pie a la equiparación de las metodologías y prácticas de justicia indígena, con las del estado occidental moderno. La redistribución de la riqueza –especialmente la proveniente de los hidrocarburos- y la autogestión, el autogobierno, y la autodeterminación, resultantes de los derechos colectivos de identidad cultural, completan el marco regulatorio de la nueva ley fundamental.


Desde su convocatoria por el Congreso, la Asamblea Constituyente ha estado inmersa en una espiral de violencia. La aprobación a libro cerrado de su índice, esta semana, ha arrojado muertos de bala y linchamientos. Los representantes gubernamentales, como el vicepresidente Álvaro García Linera, afirman que en el fondo de la cuestión hay un intento golpista para aislar a Evo Morales del poder, y terminar con el proceso de reformas por él encabezado. En este sentido, han afirmado que la Convención no seguirá sesionando en Sucre, y será trasladada.


Queda por saber si con el traslado geográfico de la Asamblea, o con la aprobación del texto constitucional por parte de los diputados del gobierno, en soledad, Morales logrará finalmente imponer su visión del futuro de Bolivia. O si para que tal cosa prospere, ha de reconstruir, inexorablemente, una nueva base de consenso.


La salida pactada parece ser la única alternativa a la violencia creciente en la nueva Bolivia.