viernes, 12 de julio de 2013
Snowden (10 07 13)
viernes, 9 de abril de 2010
Compás de espera para Bolivia (09 04 10)
Compás de espera para Bolivia
.por Nelson Gustavo Specchia
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La carrera de victorias electorales que viene protagonizando el líder aymara Evo Morales en Bolivia ha vivido un hecho inédito este domingo, con la celebración de los comicios regionales que, para todos los pronósticos, le vendrían a otorgar la ratificación mayoritaria en todas las instancias. Y desde esta posición de poder hegemónico, el presidente boliviano encararía la ejecución de uno de los núcleos de su proyecto revolucionario, la descentralización regional y las autonomías indígenas, un conjunto normativo que implicaría la más profunda reordenación de política territorial desde el nacimiento de Bolivia a la vida independiente.
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Sin embargo, las elecciones no dejan un resultado tajante. Soportan lecturas múltiples, y según sea la fuente a la que uno se remita, pueden presentarse como una victoria más –pero relativa- del gobierno, o como la primera y seria derrota en la carrera hasta ahora invicta de Evo hacia el poder. La prensa boliviana –que casi sin excepciones mantiene un nivel de confrontación con el gobierno- insiste en la perspectiva de la derrota de fondo, aunque los números finales (que recién se conocerán el próximo 29 de abril) sean favorables al Movimiento al Socialismo (MAS), la amalgama de partidos y organizaciones sociales que se aglutinan en torno a la figura de Evo Morales. Desde el Palacio del Quemado, por el contrario, el presidente y los voceros de su entorno afirman que el evento electoral del domingo afianza al Ejecutivo, amplía la base territorial de apoyo, y permite el avance en la aprobación de leyes claves para la reordenación del Estado Plurinacional, la gran novedad fundada por Evo sobre el “viejo país liberal”.
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En realidad, nos parece que las hay de cal y las hay de arena, y se impone un análisis mesurado acerca de los resultados numéricos de la elección, pero también de los modos políticos y personales de la conducción de Morales al frente del MAS; de las estrategias que han sostenido la campaña del gobierno en estas elecciones; de las diversas llegadas del discurso transformador de Evo según los destinatarios sean pobladores de las zonas rurales –altiplánicas e indígenas-, criollos del oriente rico, o capas medias urbanas; y de los tiempos y velocidades en que el programa reformador del líder aymara puede ser asumido por esta diversidad de colectivos sociales.
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Una sucesión de victorias urgentes
La sorpresa y la radical novedad de la figura de Evo arranca en las elecciones presidenciales de diciembre de 2005, cuando obtiene un impensado 53 por ciento del voto nacional, y se ha replicado –a razón de una victoria por año- en cinco oportunidades más. Sobresalen en esta veloz carrera la aceptación popular, con un 60 por ciento, de la nueva Constitución, que refunda el Estado sobre la base del reconocimiento a las diversas naciones indígenas presentes en su suelo, en enero de 2008; y en base a ella, la elección de Evo como primer mandatario de esa nueva formación política –con un récord histórico del 64,2 por ciento- en diciembre de 2009.
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El 21 de enero de este año, en el Tiahuanaco, rodeado de sacerdotes aymaras, Evo Morales se visitó con una túnica blanca de pelo de llama; los amautas elevaron oraciones a los dioses Viracocha y Pachamama, se sacrificaron animales, se realizaron predicciones astronómicas, y se le entregaron al líder dos bastones (un masculino cóndor y un puma femenino) que lo convierten en protector espiritual y guía de los indígenas. La ceremonia escenificó una continuidad ancestral: Evo es el indio en el poder que sucede a Atahualpa, la estirpe incaica se reinstala Y al mismo tiempo implican la mayor ruptura: las reformas de Evo son una revolución implantada respetando los principios y las formas democráticas.
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Pero para que tamaña reforma sea factible en un entorno democrático, el líder debe contar con unas mayorías holgadas en todas las instancias: los cuerpos colegiados del legislativo nacional, las gobernaciones regionales, y el control de las grandes ciudades. Ese era el objetivo de Evo para este domingo, tras aquel récord del 64,2 %, propuso ganar las elecciones llegando al 70 por ciento. Pero los bolivianos no lo han acompañado en este salto, y le impondrán un compás de espera en esta carrera casi meteórica.
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Menos concentración, más equilibrio
Los resultados del domingo muestran cierta restauración del equilibrio, con una contestación a las pretensiones hegemónicas del MAS, no sólo en las tradicionales regiones opositoras del oriente, sino en territorios propios y en las grandes ciudades que concentran la población urbana. Más allá de las lecturas oficiales y del crecimiento territorial, el apoyo neto al partido del gobierno puede haber decrecido en un 20 por ciento respecto de 2009.
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El oficialismo finalmente controlará seis regiones (la gobernaciones de La Paz, Cochabamba, Chuquisaca, Oruro, Potosí y Pando) y tres grandes municipios urbanos (El Alto, Cobija y Cochabamba). Pero el MAS perdió el control de municipios considerados bastiones estratégicos, como la ciudad de La Paz y Oruro, y los municipios rurales de Achacachi y Llallagua.
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En diciembre pasado, la gobernación de La Paz apoyó al oficialismo con un 84%, y este domingo bajó al 47%, y perdió la ciudad que es sede del gobierno a manos de su ex aliado, Luis Revilla, del Movimiento sin Miedo (MSM), una agrupación de izquierda desgajada del MAS. En 2009 la ciudad había apoyado al presidente Morales con un 63 por ciento.
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En la gran concentración urbana de El Alto ganó el MAS, pero del 87% del año pasado cayó al 39% (y la oposición de Unidad Nacional quedó sólo a 9 puntos). En Oruro, el otro gran reducto electoral del MAS, el oficialismo ganó la gobernación, pero perdió la ciudad (desde el 71% que tuvo el año pasado, bajó al 34%, también se la arrebató el Movimiento sin Miedo).
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Finalmente, Evo no pudo quitarle a la oposición el control de las zonas de la media luna fértil del oriente boliviano, Santa Cruz, Tarija, y Beni seguirán en manos opositoras, aunque el partido del presidente sigue ampliando en estas zonas su base electoral. Para el reelecto gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, los resultados del domingo expresan un renacimiento de la media luna, y promete seguir dando batalla al proyecto de Evo, una mano extendida, dijo, no debe entenderse como una mano rendida.
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El presidente, en todo caso, propone otra lectura, la suya propia. Dice que no se puede comparar una elección municipal y regional, con una elección nacional (como las que él viene ganando hace cinco años) donde se definen políticas de Estado, estrategias globales y metas económicas. Evo dice que de tener 101 alcaldías (municipios), el MAS controla desde el domingo 220 alcaldías, que significan dos tercios del total, y también gobierna en dos tercios de las provincias, y tiene a su disposición dos tercios de la Asamblea Legislativa. Y está seguro que con estos porcentajes, la posibilidad de seguir adelante con su proyecto de reforma está asegurada.
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Bajar un cambio
Y puede que su lectura esté acertada, pensamos. Pero es indiscutible que las urnas, en un entorno democrático real, están encendiendo una luz de advertencia, posiblemente no en cuanto a la dirección de las reformas, pero sí en cuanto a la velocidad de su desarrollo y aplicación. No basta con refundar el Estado por ley, los cambios deben ser interiorizados por los diversos colectivos sociales. Y parece claro que el Movimiento al Socialismo, y la propia figura del presidente, siguen firmes en los sectores rurales indígenas, pero no han conseguido conquistar el apoyo de los sectores criollos, asentados en las grandes ciudades bolivianas. Siete de las diez principales ciudades serán gobernadas por la oposición, y entre ellas las emblemáticas Sucre –capital del país-, y La Paz –sede del gobierno nacional-.
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Las elecciones proponen ejecutar un compás de espera. El mapa electoral se mantiene casi como antes, y antes reflejaba un país peligrosamente dividido. Ese sigue siendo el mayor desafío de la experiencia política encabezada por Evo Morales. Y quizás para enfrentar ese desafío deba plantearse seguir creciendo, pero a otra velocidad.
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[ en Hoy Día Córdoba, suplemento Magazine, viernes 9 de abril de 2010 ]
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nelson.specchia@gmail.com
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martes, 26 de enero de 2010
Evo, el fundador (26 01 10)
Evo, el fundador
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En nuestra memoria colectiva americana, las fundaciones –de países, de confederaciones, de ciudades- siempre han estado vinculadas a ilustres y compuestos apellidos de la hidalguía hispánica. Los Díaz de Solís, los Núñez Cabeza de Vaca, los Martel de los Ríos y Cabreras, ocuparon las plazas de fundadores en los primeros tiempos. Y los apellidos del criollaje de la primera generación de “españoles en América”, las fundaciones que siguieron a los procesos de emancipación de la metrópoli.
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Ningún registro ni manual escolar anota en la titularidad en la empresa fundadora de una entidad política a un indio. Ni uno, en las extensas latitudes que recorren la tierra americana de polo a polo. Ni uno sólo, en una historia ya cinco veces centenaria. Ni uno, hasta el jueves de la semana pasada, cuando el indio Evo Morales Ayma, en la fortaleza prehispánica del Tiahuanaco, en la cúspide de la pirámide de Akapana, rodeado de amautas y sacerdotes aymaras ancianos –mujeres y hombres- en la puerta del templo de Kalasasaya, revestido con un “uncu” blanco de llama y tocado con un “chuku” (birrete multicolor de cuatro puntas), oró a Viracocha (el sol) y a Pachamama (la tierra), y entonces recibió los dos bastones (una cabeza de cóndor y una de puma, lo femenino y lo masculino) que lo convierten en protector espiritual y guía material de las naciones indígenas.
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Al día siguiente, viernes 22 de enero, se trasladó al Palacio Quemado, en La Paz, y juró su cargo como presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, que comenzó a existir desde ese momento. Inmediatamente, la guardia presidencial recogió los símbolos de la forma política que termina (los bastones de mando y las bandas nacionales del “estado liberal”), y las depositó en baúles sellados en los sótanos. En una escenografía donde todos los símbolos cuentan al detalle, este último no necesita segundas lecturas: la vieja Bolivia está muerta, y sepultada en los sótanos del palacio. Un indio americano, por primera vez desde 1492, se pone al frente de la fundación de una nueva entidad sociopolítica. Quizá la aventura más osada, y de impactos estructurales más profundos para el futuro mediato de la región.
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Me he detenido en la descripción de estos pasos, símbolos y rituales, porque uno de los elementos realmente novedosos de este tiempo inaugurado por Evo Morales pasa por la reivindicación del sujeto político originario, ese indio cuya subordinación histórica, atraso y ausencia de perspectivas de ascenso social, eran tan palpables en la realidad boliviana, tanto en el campo como en pleno centro de la capital. Este es un quiebre real en la estructura social. Morales suele, además, magnificarlo desde el discurso: repite que tras cinco siglos de dominación del blanco, ahora toca otro período al menos igual de largo de preponderancia indígena; o que estos casi doscientos años de independencia han sido realmente un nuevo sojuzgamiento imperialista, y que la única y verdadera independencia empieza ahora, con él.
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El cambio es real, pero también hay que tomar cierta distancia desde el análisis. Una cosa es el líder frente al pueblo, otra es la política aplicada. Su popularidad no deja de crecer, ya era alto aquel 54 por ciento con que ganó las elecciones en 2005, pero –tras hacer aprobar la nueva Constitución en plebiscito, en enero de 2009, y de ganar en las legislativas en ambas cámaras de la nueva Asamblea Plurinacional- el pasado 6 de diciembre arrasó con el 62 por ciento de los votos. Es esperable, entonces, que mantenga los niveles tan convocantes de su discurso. Pero a pesar de esta retórica, son varios los analistas (incluyendo a su propio biógrafo, Martín Sivak) que sostienen que el presidente es mucho más pragmático que ideológico, y que en la intimidad sus palabras son mucho más mesuradas. Inclusive, que no pierde oportunidad de distanciarse del “socialismo del siglo XXI” del chavismo venezolano.
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Esta perspectiva de su visión política puede confrontarse con los principales líneas de su primera presidencia, que ha asegurado mantener y profundizar en el período que ahora se inicia, y que podrían describirse como un capitalismo de estado, con fuerte énfasis en estrategias desarrollistas asentadas en los recursos primarios (energéticos y mineros, industrialización de derivados del petróleo y del gas, y el litio), y una redistribución asistencialista amplia.
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Y no le ha ido mal con este esquema. El propio FMI asegura que Bolivia es el país sudamericano que mejor está pasando la crisis económica mundial, con un crecimiento del 3,2 por ciento en 2009 (la media latinoamericana cayó un 2,5 por ciento), y vaticina otro tanto para este año. Las exportaciones bolivianas –alentadas por la suba de los precios de las materias primas- han crecido un 3,2 por ciento, y ya representan el 40 por ciento del PIB, que llega a unos 15.000 millones de dólares. La inversión extranjera directa (IED) se ha recuperado, se han renegociado los contratos con las empresas multinacionales, y no hay fuga de divisas. Los niveles de pobreza extrema (que rozaban las tres cuartas partes de la población en los años ‘90) han disminuido, principalmente por la política de subsidios; aún así, sigue siendo una de las economías sumergidas más grandes del mundo: de las aproximadamente 180.000 personas que entran al mercado laboral cada año, sólo el 30 por ciento lo hace en blanco. Junto al crecimiento, el gobierno de Morales ha logrado mantener la inflación controlada, un tipo de cambio estable, fuertes reservas en divisas, y superávit fiscal. O sea –y aunque el presidente boliviano diga lo contrario- un modelo demasiado parecido a la socialdemocracia generada en el “estado liberal”.
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Los retos que vienen en el futuro cercano para Evo, el fundador, son inmensos, demasiado grandes para afrontarlos sólo por la vía del discurso. El presidente habla de “responsabilidad histórica”, y acierta literalmente: la amplísima base electoral que lo ha llevado al lugar que ocupa, y los índices de crecimiento económico sostenido dibujan una oportunidad única para que la vieja y atrasada Bolivia deje de ser estructuralmente pobre. Si pierde esta oportunidad, la historia será impiadosa con él, aunque haya sido el primer indio fundador.
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nelson.specchia@gmail.com
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jueves, 4 de junio de 2009
Cuba a las puertas de la OEA
Cuba a las puertas de la OEA
Por Nelson Gustavo Specchia
Una noticia extraña para toda América latina. Después de casi medio siglo apartada del sistema multilateral americano, Cuba ha vuelto a quedar a las puertas de la OEA. La noticia se celebró en muchas Cancillerías, y los ecos en los analistas del continente han sido muy dispares, desde los aplausos a las lamentaciones. Y –en no pocos casos- ha reaparecido la pregunta sobre la conveniencia de mantener funcionando a esta Organización de los Estados Americanos, ya un tanto desfasada con los tiempos y los nuevos climas políticos en la región.
El debate se calienta, además, con el rechazo del régimen cubano a esta mano tendida, que se vive como un triunfo de las diplomacias latinoamericanas frente al Departamento de Estado norteamericano, con la afirmación de Fidel Castro de que Cuba no piensa volver al organismo multilateral.
En San Pedro Sula, en Honduras, los ministros de relaciones exteriores de toda América se han reunido en la XXXIX Asamblea General de la OEA, y por consenso han acordado derogar la suspensión a Cuba, aprobada en 1962, lo que abre la puerta a un posible reingreso de la isla a la organización.
Hace días que en los diferentes ambientes de análisis de política internacional se viene aireando el tema, luego de que el presidente Barack Obama realizara el primer “guiño” hacia el régimen de la isla, antes de subir al avión que lo llevaría a la Cumbre de Trinidad y Tobago, el mes pasado.
El texto de San Pedro Sula es una auténtica prueba de habilidad diplomática, logra sortear los escollos planteados por la posición norteamericana, que intentaba imponer condiciones para la readmisión de Cuba en la organización, básicamente la “carta democrática”; postura a la que se oponía un núcleo duro de países, encabezados por Venezuela, Bolivia, Nicaragua, y Ecuador. El documento sale de este brete, y adopta una vía indirecta, ya que establece que la resolución VI, adoptada en 1962 en la reunión de ministros de relaciones exteriores de Punta del Este, mediante la cual se excluyó a Cuba, “queda sin efecto”. Pero, a renglón seguido, y sin duda por la presión norteamericana, agrega que si el gobierno de Cuba solicita la readmisión a la organización, ésta se dará “de conformidad con las prácticas, los propósitos y los principios de la OEA”.
O sea: sí pero no. Porque si Cuba solicitase el reingreso, los Estados Unidos podrían invocar la “carta democrática” para impedírselo –o para presionar al gobierno revolucionario-, ya que ésta hace parte de las “prácticas, propósitos y principios” de la organización.
La “carta democrática” no estuvo en los orígenes de la OEA, ni podría haberlo estado por aquellos años (la organización nació en Bogotá el 30 de abril de 1948, sobre las cenizas de la vieja Unión Panamericana, que venía de la primera Conferencia Interamericana, de 1890). La “carta” es de 2001, cuando los regímenes democráticos posteriores a las décadas de dictaduras en la región ya estaban consolidados, fue promovida por los Estados Unidos, y su objetivo es establecer parámetros para el ingreso y permanencia de los miembros en la organización, básicamente las reglas del juego representativo y democrático, de partidos políticos, libertades y garantías.
Cuba, claro está, no entraría en esta categorización. Fidel lo sabe, y curándose en salud, rápidamente, desde su columna en el Granma escribió que Cuba no tiene ningún interés por pertenecer a la OEA, que para él ha sido, desde su creación, “cómplice de todos los crímenes” contra la autodeterminación de los pueblos de América latina, y el “caballo de Troya que permitió la entrada en la región del neoliberalismo, el narcotráfico, las bases militares y las crisis económicas.”
En definitiva, lo que Fidel dice es que la OEA, ésta OEA, no tiene razón de ser. Y no es el único que lo piensa.
La OEA es una creación norteamericana, y el gobierno de los Estados Unidos aporta casi un ochenta por ciento de su presupuesto de funcionamiento; tiene su sede en Washington, cerca de la Casa Blanca; sus propósitos de fortalecer la democracia y asegurar la paz y la seguridad en el continente se vieron burlados una y otra vez por las propias administraciones norteamericanas, con la CIA apoyando los golpes de Estado en América latina, y las invasiones de los marines a la propia Cuba, a Santo Domingo, a Panamá, o a Granada, a lo largo del siglo XX. A nivel de defensa continental estableció el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), pero ni amagó con aplicarlo cuando el ejército británico recuperó las Islas Malvinas por la fuerza. Y en cuanto a la promoción de los Derechos Humanos, otro de los vértices de su existencia, los Estados Unidos no han suscripto el Pacto de San José de Costa Rica, de 1979, por lo que no reconocen la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Entonces, con estos antecedentes y en este marco, ¿para qué necesitamos a la OEA?
Fidel lo ve claro, por eso termina su columna citando al presidente Rafael Correa. Lo que necesitamos, dice el ecuatoriano, es una OEA sin los Estados Unidos, fuera de Washington, y, por supuesto, con Cuba.
Estos serán los términos del debate que, a nivel del sistema interamericano, se avecina.
jueves, 29 de noviembre de 2007
Los enredos de la "nueva" Bolivia
LOS ENREDOS DE LA NUEVA BOLIVIA
por Nelson G. Specchia
Bolivia, finalmente, tiene una nueva Constitución, en la que el movimiento encabezado por Evo Morales espera asentar la fundación de un nuevo Estado, dejando atrás los resabios del colonialismo feudal agrario y minero. Entre gallos y medianoche, el pasado domingo 25 de noviembre, la Asamblea Constituyente aprobó, a libro cerrado, el índice de la nueva Carta Magna. Pero, lejos de concluir con este acto un proceso tortuoso, los interrogantes y los imprevisibles escenarios de futuro que se abren en el proceso político boliviano siguen siendo alarmantes.
El prolongado derrotero de la Constitución se arrastra desde la década pasada: en 1990 los indígenas del Oriente boliviano piden la convocatoria de una Asamblea Constituyente. Ese petitorio fue leudando durante diez años, extendiéndose en cada vez más amplios sectores campesinos, hasta hacer eclosión en el 2003, cuando tomó fuerza de la mano de la nacionalización de los recursos petrolíferos y gasíferos. Finalmente, el Congreso Nacional convocó a la formación de una Asamblea en marzo de 2006, y en agosto del año pasado comenzaron las sesiones.
Las elecciones de representantes a la Asamblea le otorgó una mayoría de votos al Movimiento al Socialismo (MAS) del presidente Evo Morales, que consiguió ocupar 138 de los 255 escaños: una mayoría suficiente, pero estuvo lejos de tener en su mano los dos tercios estipulados para aprobar cada reforma. La derecha opositora al gobierno, nucleada en el partido Poder Democrático y Social (PODEMOS) del ex presidente boliviano Jorge “Tuto” Quiroga, obtuvo 60 escaños, que, unidos a los 18 escaños del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), y a los 27 asientos distribuidos entre los cuatro partidos menores, han obstaculizado sistemáticamente, durante más de un año, el avance de la redacción constitucional.
Al reclamo de capitalidad total de Sucre (es la capital oficial del país, pero dejó de ser la sede de los poderes Ejecutivo y Legislativos en 1899, cuando la aristocracia dueña de las minas de plata tuvo que ceder la primacía económica a las nuevas elites del estaño, y la vida política se trasladó a La Paz), se sumaron los reavivados impulsos secesionistas de las provincias ricas del oriente boliviano (especialmente Santa Cruz de la Sierra y el Beni), con el apoyo de otras regiones opositoras como Tarija y Pando.
A estas agendas de reivindicaciones geográficas y regionales, hubieron de sumarse también las diferencias radicales de concepción del Estado sostenidas por los constituyentes indígenas, provenientes de entornos campesinos, y los representantes de extracción urbana, mayoritariamente de clases medias. Estos últimos han supuesto un auténtico freno al modelo de un nacionalismo populista, multiétnico, y redistribuidor, impulsado por Evo Morales.
En una demostración de fuerza, y luego de que la parálisis a la que había empujado el virtual empate en la Constituyente estuviera peligrosamente cerca del desastre, el gobierno convocó a sus diputados en un predio militar cercano a Sucre, decidió dejar de lado los dos tercios de votos estipulados para las modificaciones, y utilizando su mayoría aprobó la Constitución a libro cerrado. La oposición, en bloque, ha censurado la metodología, desconoce el texto aprobado, y asegura resistir. El “Comité Cívico” –que agrupa a la oposición- se ha convocado en Santa Cruz, mientras que la violencia no deja de aumentar entre los partidarios y los detractores de la nueva Carta Magna, que supone una “refundación nacional” de Bolivia.
Los ejes de esa refundación pasan por la creación, con rango constitucional, del “Poder Social”, a ser integrado por representantes de los distintos movimientos sociales, y que se supone como un mecanismo de control político sobre los poderes Ejecutivo y Legislativo. En lo que respecta al Judicial, la nueva Constitución admite el “pluralismo jurídico”, dando pie a la equiparación de las metodologías y prácticas de justicia indígena, con las del estado occidental moderno. La redistribución de la riqueza –especialmente la proveniente de los hidrocarburos- y la autogestión, el autogobierno, y la autodeterminación, resultantes de los derechos colectivos de identidad cultural, completan el marco regulatorio de la nueva ley fundamental.
Desde su convocatoria por el Congreso, la Asamblea Constituyente ha estado inmersa en una espiral de violencia. La aprobación a libro cerrado de su índice, esta semana, ha arrojado muertos de bala y linchamientos. Los representantes gubernamentales, como el vicepresidente Álvaro García Linera, afirman que en el fondo de la cuestión hay un intento golpista para aislar a Evo Morales del poder, y terminar con el proceso de reformas por él encabezado. En este sentido, han afirmado que la Convención no seguirá sesionando en Sucre, y será trasladada.
Queda por saber si con el traslado geográfico de la Asamblea, o con la aprobación del texto constitucional por parte de los diputados del gobierno, en soledad, Morales logrará finalmente imponer su visión del futuro de Bolivia. O si para que tal cosa prospere, ha de reconstruir, inexorablemente, una nueva base de consenso.
La salida pactada parece ser la única alternativa a la violencia creciente en la nueva Bolivia.
