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domingo, 2 de agosto de 2009

EE.UU., China, y un nuevo mundo bipolar



Estados Unidos, China, y un nuevo mundo bipolar


por Nelson Gustavo Specchia



Cuando el viejo mundo del siglo XX terminó –esa distribución del planeta en dos realidades políticas antagónicas que hoy percibimos ya como historia antigua, como si el Muro de Berlín hubiera caído hace siglos- los entusiastas del “mundo libre” anunciaron con bombos y platillos el nacimiento de un nuevo orden, en el cual los Estados Unidos de América serían la incontestable potencia hegemónica.

Recuerdo, en los primeros años ‘90, recorriendo una librería Barnes & Noble de Manhattan, la página con que un autor de libros de divulgación política abría su volumen: “Este libro está dedicado a Ronald Wilson Reagan, 40º Presidente de los Estados Unidos de América, triunfador de la Guerra Fría y fundador del nuevo orden internacional”. Pero los breves años transcurridos desde la disolución de la Unión Soviética y del polo socialista están demostrando que el sueño del mundo unipolar no era más que eso, un sueño. Y que nuevos actores con vocación de potencias están ocupando sus posiciones, preparándose para ejercer un rol de liderazgo internacional en breve. El primer lugar en estas candidaturas, claro, lo ocupa China.

La buena noticia, si acaso, es que este momento histórico, cuando el viejo gigante milenario está acomodando el cuerpo para jugar los roles que le tocarán en un futuro muy próximo, del otro lado del mundo, en el sillón de la Casa Blanca se sienta el negro Obama, que no se ve a sí mismo como un “triunfador de la Guerra Fría”, y que parece tener claro que el liderazgo norteamericano tiene que ser, necesariamente, compartido en algunas áreas vitales. Barack Obama entiende que la alternativa es la cooperación y la preeminencia parcialmente compartida, o bien una aceleración en el declive y en la soledad del poder.

Tanto la desastrosa intervención en Irak y los dolores de cabeza que está dando la salida de allí; ó la imposibilidad de cazar a un pastor de cabras escondido en unas montañas heladas por parte del ejército que insume la mitad del gasto militar de todo el planeta; ó el desbarajuste de un sistema financiero en caída libre y sin red, son algunos de los últimos ejemplos de que los Estados Unidos ya no pueden solos, y que en algunos capítulos de la agenda internacional han de abrir el juego y sentarse a la mesa, de igual a igual, con los otros grandes.

Esta semana, a esa mesa se sentó China, y su silla va a ser permanente. En Washington el lunes 27 se abrió una instancia de diálogo que va a sostenerse como herramienta de consulta estable, orientada a distribuirse y monitorear una remodelación del mundo según las prioridades estratégicas de ambos gigantes. En la apertura de las sesiones, el presidente Obama no dejó lugar a dudas: “Las relaciones entre Estados Unidos y China –dijo- determinarán el siglo XXI.” Así de claro.

El abanico de temas de las delegaciones presididas por funcionarios de máximo nivel (la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y el primer viceministro chino, Wang Qishán) comprende muy diferentes puntos, desde el terrorismo fundamentalista como amenaza de primer orden, a la cuestión atómica (el Tratado de No Proliferación se renegocia el año que viene); desde el calentamiento del planeta (tanto los Estados Unidos como China son los principales contaminantes del mundo, cada uno libera a la atmósfera 5 mil millones de toneladas de CO2 por año), a la crisis económica global.

Pero no todo será cooperación y entendimiento. Los dos son adversarios comerciales crecientes, y se disputan cuotas y parcelas de mercado a lo largo y a lo ancho del globo. La política de expansión china hacia zonas de reservas energéticas es arrolladora, tanto hacia África como hacia América latina. Y Estados Unidos no puede desentenderse de la seguridad de sus aliados en Asia, inclusive en las propias fronteras chinas. Tampoco de su prédica por la democracia, las libertades individuales, y el respeto por los derechos humanos, capítulos en los que China acumula deudas y carencias insalvables. Ahí está la reciente matanza de uigures en la región de Xinjian para ratificarlas.

Y, por último, en esta primera mesa vís-a-vís, también estuvo presente el tema de Corea del Norte. Estados Unidos insiste que las provocaciones nucleares del régimen de Pyongyang son un riesgo de desequilibrio para todos, y que la llave de ese asunto la tiene China en sus manos.

Para complicar aún más este juego de poderes, China se ha convertido ya en el primer financista de la deuda externa norteamericana. Más de 800 mil millones de dólares en títulos del Tesoro norteamericano se encuentran en manos del gobierno chino. Además, China exporta hacia EE.UU. productos por un monto anual de 340 mil millones de dólares, es su principal cliente en el mundo. Y estas compras norteamericanas son las que financian, en buena medida, el sostenido crecimiento del producto bruto chino. Pero de este gran comprador, el viejo imperio celeste sólo recibe importaciones por unos 70 mil millones, una balanza muy desequilibrada.

Hoy China es la tercera economía del mundo, pero de mantenerse los actuales índices de crecimiento y expansión, será la primera antes de mediar el siglo. Y su modelo político, con un capitalismo fuertemente exportador y férreamente controlado por el Estado y el partido único, el que habrá conducido al país al primer lugar. Interesante: éticamente objetable, pero objetivamente exitoso.

Muchos temas, muchas aristas. Demasiadas como para no darse cuenta de que el foro inaugurado en Washington no ha sido un evento diplomático más, sino el síntoma de un cambio en las condiciones del liderazgo internacional.

Posiblemente, también haya sido la partida de nacimiento de una nueva bipolaridad. Si así fuera, la esperanza pasa por que esta relación entre las superpotencias permanezca en un marco de pacífica racionalidad. Sería una cláusula de garantía de estabilidad mundial, lo que, en estos tiempos, no es poco decir.




En La Voz del Interior:
http://www.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=538449





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jueves, 19 de febrero de 2009

Chávez ahora va por todas

CHÁVEZ, AHORA VA POR TODAS


Por Nelson Gustavo Specchia



El comandante Hugo Chávez, jefe del Partido Socialista Unificado de Venezuela, líder de la Revolución Bolivariana (a través de la cual, dice él, se expresa el “socialismo del siglo XXI en América latina), y presidente de la República Bolivariana de Venezuela, este domingo ha conquistado la baza que perseguía desde hacía tiempo, poniendo tras este objetivo todo el aparato político, económico y mediático que el petróleo venezolano pudiera pagar: estar autorizado por la legalidad constitucional a gobernar sin ningún tipo de restricción o límite temporal.

En este mismo lugar, hace sólo algunos meses, en una columna que titulamos “Más Chávez y menos Chávez”, analizábamos los resultados de las elecciones regionales y legislativas de noviembre del año pasado. Advertíamos entonces que el férreo cerco de poder que el presidente venezolano había logrado construir a su alrededor comenzaba a mostrar fisuras, pero que en esa prueba legislativa no podía afirmarse que nadie hubiera ganado claramente.

En realidad, parecía que ambos –tanto Chávez, como la variopinta oposición a su persona- habían ganado, según como se miraran los resultados. A números concretos, la diferencia entre ambos sectores era de apenas 1,5 millones de votos, sobre los 28 millones de venezolanos. O sea que prácticamente la mitad de la población estaría gobernada por el chavismo, y la otra mitad, por la oposición. Fue la gran oportunidad que tuvo ese arco opositor que no termina de encontrar el rumbo, y que sigue dejando la iniciativa política en manos de los estudiantes universitarios, para encarar su reorganización y plantearse como alternativa real al líder bolivariano.

Chávez lleva diez años en el poder, y la oposición política en Venezuela sigue sin encontrar un rumbo común. Como dirían nuestras abuelas, no los une el amor, sino el espanto. Y por eso su lugar lo ocupan los jóvenes y los estudiantes universitarios.

A diferencia de ellos, el comandante Chávez se echó inmediatamente, con todo el peso del aparato del Estado, a una nueva campaña plebiscitaria –ciudad a ciudad, barrio a barrio, e inclusive casa a casa- para sacarse de encima las restricciones temporales al ejercicio repetido del mandato presidencial.

Y esta vez, le funcionó. La victoria del referéndum del domingo pasado ha sido clara, (nuevamente con 1,5 millones de votos de diferencia, pero esta vez todo a su favor), y con ella ha eliminado las trabas constitucionales para su reelección indefinida. Y para qué perder tiempo, inmediatamente se ha proclamado candidato a la presidencia en 2012, en un rapto casi místico, parafraseando al apóstol Pablo: “Me consumiré gustosamente al servicio del pueblo sufriente.”

Pero el proceso electoral ha sido limpio. Venezuela no es hoy una dictadura, ni Chávez un dictador, sino un caudillo que opera dentro de una legalidad que, si bien es cierto que él mismo la ha construido a su medida, también lo es que el electorado venezolano se la consiente. De ahora hasta que termine su actual mandato constitucional, el comandante Chávez tiene tiempo sobrado para consolidar un sistema que, manteniendo las formas, sea funcional a sus aspiraciones. Mantendrá los partidos, porque le dan un cierto toque de pluralismo, y no le quitan el sueño, como se ha visto. Un modelo que Teodoro Petkoff, el intelectual de la oposición, ha designado como “totalitarismo light”.

Pero en la faz económica, en cambio, “pintan bastos”, como dirían en España. Chávez ha financiado su modelo de crecimiento y redistribución en la exportación de petróleo, que llegó a estar a 140 dólares el barril; pero es que ahora está a 40, y no hay expectativas cercanas de cambios en la tendencia. Y por dentro, además, lo empuja una inflación del orden del 30 por ciento (40 por ciento en los alimentos). Esta combinación obligará a Chávez a adoptar una política fiscal más estricta, y, seguramente, a reducir los cheques dirigidos a los programas sociales, que son la base de la “revolución socialista” bolivariana.

Y eso dibujará otro escenario, porque la Constitución ahora le permite mantenerse en el poder… siempre y cuando gane las elecciones.



jueves, 27 de diciembre de 2007

Europa-África: La difícil vecindad



EUROPA – AFRICA:

LA DIFICIL VECINDAD


por Nelson Specchia


La Unión Europea, una de las más firmes avanzadas del mundo desarrollado, no logra acertar el rumbo en las relaciones con su inmenso vecino del sur, el continente africano, que sigue ocupando siempre el vagón de cola de cualquier medición sobre crecimiento económico, justicia, desarrollo, derechos humanos, salud, estabilidad política, o paz social.


A pesar del inmenso lastre que estos indicadores imponen a los países africanos, los temas principales de la agenda internacional, como el cambio climático, el crecimiento del terrorismo de base islámica, las reservas energéticas globales, o la sangría permanente de inmigración ilegal hacia el norte –temas todos que cruzan de alguna manera por el continente negro-, imponen la presencia de la región en las consideraciones estratégicas del “primer mundo”.


Europa, además de la cercanía geográfica que la convierte en destino privilegiado de las actuales masas de migrantes (10 millones de jóvenes africanos ya se han trasladado al viejo continente, utilizando a España e Italia como principales puertas de entrada), reconoce una deuda histórica con África: la actual atomización política y social africana tiene un precedente determinante en el colonialismo extractivo europeo de los siglos XVIII y XIX. Un proceso colonial que sucedió –a su vez- al rapto de inmensos contingentes de mano de obra esclava perpetrado por las mismas potencias europeas en los siglos anteriores.


Esta responsabilidad histórica y esta importancia estratégica creciente, hacen que la atención de las cancillerías europeas, y un capítulo entero de la política exterior de la Unión Europa como organización, centren su mirada en la costa sur del Mediterráneo. Procesos como la Conferencia Euromediterránea, que se lanzó por iniciativa de Felipe González en Barcelona en 1995, o la propuesta del presidente francés Nicolás Sarkozy del pasado mes de mayo, de creación de una Unión Mediterránea entre los países europeos y africanos ribereños de ambas costas, apuntan en ese sentido.


A principios de este mes de diciembre, la diplomacia de la Unión Europea convocó a una Cumbre en Lisboa. Portugal detenta la presidencia semestral de la organización continental, y el primer ministro luso, José Sócrates, recibió en la capital portuguesa a cerca de ochenta jefes de Estado y de gobierno, europeos y africanos, incluyendo al líder libio Muammar el Gaddafi, que no es ni jefe de Estado ni de gobierno, sino simplemente “Gran Hermano de la Revolución”.


Gaddafi, con sus movimientos estrafalarios (tres grandes aviones para movilizar a una comitiva de más de cien personas, y la necesidad de proveerle un espacio verde allá adonde vaya, para que instale su tienda de beduino –la “jaima”-, único lugar donde acepta residir, siguiendo la tradición de las tribus del desierto), ha dado el toque de color a la reunión. Pero más allá de su presencia y sus encendidos discursos anticolonialistas, (“Europa debe devolver los recursos robados a África… o bien invitar a los africanos a Europa”) la Cumbre entre los difíciles vecinos mediterráneos ha intentado colocar nuevamente en agenda los temas más acuciantes para los africanos; los que, a su vez, impactan directamente en las consideraciones de seguridad interna de la organización europea.


Por ello el lema convocante de la Cumbre ha sido “paz y seguridad”, y la UE ha expresado que la reunión –primera tras siete años de inactividad bilateral- intenta establecer nuevas modalidades en la relación entre ambas costas, en un plano de mayor horizontalidad, y donde los vestigios de aquella historia de colonialismo y sumisión sean definitivamente enterrados. Esta nueva relación dialogal entre vecinos, aseguran, redundará en beneficio mutuo, al colaborar con el desarrollo de los países africanos, y regularizar los masivos movimientos migratorios ilegales hacia el norte.


La realidad de la política internacional es siempre más compleja que las buenas intenciones expresadas en el plano discursivo. A principios del año próximo expiran los acuerdos comerciales de Cotonou –que regulan las transacciones de comercio exterior entre los países africanos y Europa-, y la UE espera firmar unos nuevos tratados con los vecinos del sur antes del 31 de diciembre de este año. Estas nuevas propuestas de acuerdos pretenden la reducción recíproca –con vistas a la supresión total- de aranceles y cuotas de importación de productos básicos y manufacturados, entre ambas partes.


Como vienen expresando diversas organizaciones vinculadas a la ayuda social en África, como la ONG de los jesuitas catalanes “Intermon”, una liberación comercial rápida entre dos socios de desarrollo tan diametralmente desigual, implicará pérdidas enormes para los productores africanos, especialmente en el sector de la agricultura, que sigue estando fuertemente subvencionada en Europa por vía de la PAC (Política Agraria Común).


Una desigualdad, además, incontrastable: la diferencia de renta entre ambas orillas del Mediterráneo es de 14 puntos, la más desigual del mundo; el ingreso per capita de los habitantes del África subsahariana es, en promedio, de 350 dólares al año, 50 veces inferior al de los europeos; 2 de cada 3 enfermos de SIDA del mundo son africanos; la media de esperanza de vida en todo el continente negro es de 46,3 años, para los europeos, de 90 años.


Y en este contexto tan inequitativo, la filosofía de liberalización comercial, en vez de constituir un factor de crecimiento, justicia e igualdad para las sociedades africanas, puede agudizar aún más su pobreza y marginación.


Europa debería analizar muy detenidamente las consecuencias a mediano y largo plazo de sus iniciativas para con el gran vecino del sur, y tener presente las lecciones históricas. No sólo es una cuestión estratégica de seguridad interna para la Unión Europea, sino de estricta justicia, e impactará en el rol que la organización continental pretende jugar en la política internacional global.




jueves, 6 de diciembre de 2007

Fisuras en la "Concertación" chilena


FISURAS EN LA “CONCERTACIÓN” CHILENA



por Nelson Gustavo Specchia


(desde Santiago de Chile)




El sistema de partidos políticos, base del modelo republicano, se encuentra jaqueado en América latina. En una nueva vuelta de rosca histórica, el clásico partido político, concebido por la modernidad occidental como la herramienta para canalizar la representación de la voluntad ciudadana, se enfrenta a combinaciones con nuevas formas de participación y organización política, y convive con formas híbridas de representación popular. Alteraciones sustantivas, en suma, que pueden recalificar la funcionalidad del partido político clásico a nivel continental.


Este nuevo momento crítico sucede al que los partidos –junto con el conjunto de la sociedad latinoamericana- tuvieron que soportar en la década de los ’70 del siglo pasado, cuando el avance del autoritarismo y la instalación de dictaduras militares sumergió la dinámica partidaria, hasta prácticamente hacerla desaparecer de la faz pública durante largos años.


Como en aquella oportunidad, la coyuntura crítica que atraviesan hoy los partidos políticos toma muy diversas formas, según sean las características y el momento institucional específico de cada país latinoamericano. El surgimiento de organizaciones políticas asociadas a movimientos sociales, la transversalidad horizontal de liderazgos, la emergencia de representaciones vinculadas con colectivos tradicionalmente oprimidos (como los indígenas), y las coaliciones programáticas, parecen ser las principales variantes que se ofrecen como alternativas a los partidos.


Chile encontró en esta última modalidad, la coalición interpartidaria, la vía con que enfrentó la transición desde la dictadura pinochetista, y la herramienta con que ha disputado el espacio político a la derecha en los gobiernos democráticos. La “Concertación” –alianza entre la Democracia Cristiana (DC), el Partido Socialista (PS), y el Partido por la Democracia (PPD)-, ha logrado retener el poder desde la transición hasta la actualidad. Pero este esquema de concentración de poder, y de distribución de cargos ejecutivos entre los socios de la coalición, parece haberse desgastado, y ciertas fisuras preocupantes comienzan a hacerse evidentes.


La Concertación logró ubicar en la Presidencia de la República a dos demócrata cristianos: Patricio Aylwin, que capitaneó la transición desde la dictadura, y Eduardo Frei, que le sucedió; a don Ricardo Lagos, fundador del PPD y uno de los gestores del “No” en el plebiscito convocado por Pinochet para intentar perpetuarse en el poder; y la actual mandataria, la socialista Michelle Bachelet. A la Presidenta le queda aún un tercio de mandato, pero los reacomodamientos al interior de la coalición comienzan a expresar cierta fatiga del modelo, luego de sucesivas administraciones. Una tendencia similar disparó la crisis del Partido de la Revolución Institucional (PRI) en México, luego de una extensa permanencia en el Ejecutivo, y terminó desplazándolo del poder.


En Chile, los síntomas de fatiga han aflorado en el socio mayoritario de la Concertación, la DC. A pesar de su mayoría relativa en la alianza interpartidaria, no ha logrado imponer sus candidatos a Presidente en las dos últimas elecciones; sumadas a este elemento, las poco aceitadas vías de promoción de las segundas y terceras líneas de dirigentes, y el permanente estado de negociación entre los socios –tanto para llevar adelante los programas de gobierno, como para definir las listas de candidatos a los cargos electivos-, han encendido la luz amarilla.


La semana pasada, la presidenta de la Democracia Cristiana, Soledad Alvear, ha solicitado la expulsión de la DC del histórico dirigente Adolfo Zaldívar: esta movida en el tablero podría llevar al quiebre de la propia DC, y, eventualmente, podría poner en riesgo la continuidad de la Concertación en el gobierno de Chile tras las próximas elecciones.


La Presidenta Bachelet, que soporta duras críticas por su supuesta prescindencia y lejanía de la vida política chilena, parece resignada a ocupar un papel secundario, a pesar de que las disputas sobre el liderazgo afecten directamente a su administración: la iniciativa de expulsión de Adolfo Zaldívar de la DC se asienta en su alianza, en el Senado, con la oposición de derecha para oponerse a la solicitud de fondos de la Presidenta, con destino al sistema público de transportes, “Transantiago”.


La señora Alvear, varias veces ministra del Ejecutivo en gestiones anteriores, líder de una corriente importante dentro de la DC, y hoy senadora de la República, quiere ser candidata a Presidenta, y suceder a Michelle Bachelet. El señor Zaldívar, también senador, también ex presidente de la DC, también líder de un sector importante dentro de la Concertación, quiere lo mismo. El ex Presidente Eduardo Frei, quien cree que puede presentarse como una figura de consenso, quiere lo mismo. Y lo mismo quiere el ex Presidente Ricardo Lagos.


Todos quieren llegar a La Moneda con su propio esfuerzo y por su propia figura. El partido, como herramienta de participación política, se va relegando a un segundo plano.





martes, 18 de septiembre de 2007

Al Qaeda. Una red adaptable (18 09 07)




Publicado en "Hoy Día Córdoba" - (18 de septiembre, 2007)



AL QAEDA

UNA RED ADAPTABLE



por Nelson Gustavo Specchia



Por estos días de septiembre, la prensa y los análisis políticos internacionales se han ocupado largamente de recordar los ataques a las Torres Gemelas, en Nueva York, que se constituyeron en la gran puerta de entrada del terrorismo de base islamista en la escena mundial. Desde el 11 de septiembre de 2001, están indisociablemente vinculadas a este trágico suceso las figuras de Osama bin Laden, y del movimiento –ignoto hasta entonces- que surge de su inspiración, Al Qaeda. Más allá del recuerdo doloroso de los ataques a los Estados Unidos, la naturaleza y los alcances de la organización de Bin Laden, y el rol que ella viene ocupando en la construcción y el desarrollo de un movimiento yihadista internacional, están aún en discusión.



La reacción de los Estados Unidos al ataque terrorista en su suelo fue la intervención militar contra el régimen talibán de Afganistán, (a quienes había apoyado en el pasado, contra la ocupación soviética), y la persecución de los dirigentes del radicalismo islámico en prácticamente todos los países del mundo árabe. Se calcula que casi dos tercios de la antigua cúpula de Al Qaeda han sido desarticulados, pero la organización ha conseguido resistir el embate militar de tácticas tradicionales, adaptando y regenerando su estructura para mantener la capacidad ofensiva, e incluso aumentarla.



En cuanto a los máximos dirigentes, tanto Osama bin Laden (que acaba de aparecer en un nuevo video en internet, más viejo y demacrado, pero con la barba teñida de negro, y llamando a sus seguidores a no cejar en la lucha “contra el imperialismo”, al tiempo que invitando a los Estados Unidos a la conversión al islam), como su lugarteniente, Ayman al Zawahiri, siguen vivos y libres, inspirando –desde algún lugar de las montañas entre Afganistán y Pakistán- la continuación de la yihad global. Y en cuanto a la propia organización, ha adaptado su estructura, flexibilizándose, de manera tal de absorber en su entorno a una amplia variedad de células insurgentes de prácticamente todo el abanico del radicalismo islámico. Con grupos afiliados ha acrecentado su presencia en Indonesia, en el Golfo Pérsico, en Oriente Próximo, en África subsahariana, y en el Magreb. Y, mediante redes de base, en el corazón de Europa: España, Gran Bretaña, Holanda, Alemania.


Por otro lado, la ofensiva de los Estados Unidos –con participación de fuerzas aliadas de la OTAN- en Afganistán, y la instalación de un gobierno afín a Occidente, débil y poco representativo, no ha terminado con la presencia tabilán. Por el contrario: la incapacidad del gobierno instalado para controlar a las regiones tribales lindantes con Pakistán, que se corresponde con la incapacidad del gobierno pakistaní del general Parvez Musharraf para hacer lo propio con esa zona fronteriza (Waziristán), ha permitido un rearme de los talibán afganos, con los cuales Al Qaeda ha logrado una renovación de su propia estructura, y de sus cuadros dirigentes.



Este nuevo liderazgo, del que se conoce muy poco a nivel público, rondaría los 30 años, se habría formado en las “madrazas” (escuelas coránicas) de Waziristán, protegidos por las tribus locales, y con experiencia militar (en Afganistán y en Chechenia). El origen de este nuevo liderazgo también se ha ampliado: mientras que en el 2001 la conducción de Al Qaeda provenía principalmente de Arabia Saudí (país de Bin Laden) y de Egipto, los jóvenes dirigentes parecen haber llegado del vecino Pakistán, del Irak ocupado, y de los países musulmanes del norte de África. El grueso de este nuevo núcleo de conducción proviene de las milicias entrenadas por los talibán antes de la intervención norteamericana. Se calcula que setenta mil yihadistas recibieron instrucción militar en las madrazas Deobandi por entonces.



Básicamente, los analistas coinciden en que la “nueva” Al Qaeda se está regenerando en torno a tres modalidades operativas: 1) la estructura global, con agentes individuales dispersos por el mundo, encargados de constituir, organizar y dirigir células terroristas locales, ejecutando con ellas actos de agresión planificados por las máximas instancias de conducción; 2) organizaciones afiliadas, que mantienen la independencia de funcionamiento, pero que aspiran a que sus actos se encuadren en la estrategia general de la organización, al tiempo que recibir de ella financiamiento material para la ejecución; y 3) redes de base, sin relación orgánica con Al Qaeda, pero que adscriben a los objetivos mantenidos por la organización, y difundidos por ella mediante las redes de comunicación global de internet.



Esta última modalidad operativa ha de ser la de mayor cuidado para Occidente en el corto plazo. No sólo apunta a la consolidación de una nueva generación de soldados yihadistas internacionales, sino que la organización propicie la formación espontánea de grupos pequeños, prácticamente independientes, no vinculados con formación doctrinaria en países árabes, no fichados por los servicios de inteligencia, nativos y educados en el propio sistema nacional, o bien integrantes de las masas de migrantes, y con capacidad para causar daños de grandes magnitudes con relativamente pocos fondos materiales de financiamiento, dan una idea del riesgo que la modalidad supone para la seguridad de los países declarados como objetivos estratégicos de Al Qaeda.



Esta organización así reestructurada, no sólo ha logrado resistir al asedio militar de tácticas convencionales, sino que ha acrecentado su presencia en la escena política internacional, al lograr liderar cerca de veinte organizaciones de radicalismo islámico radicadas en los países musulmanes. Y desde el 11 de septiembre de hace seis años, los grupos afiliados a Al Qaeda se han atribuido la mayor parte de los ataques terroristas en todo el mundo. Tan sólo en un año, en 2006, se produjeron 14.338 atentados, que causaron, en suma, más de 20.000 muertos en todo el globo.



Hoy, las redes yihadistas de Al Qaeda suponen la principal amenaza para la seguridad europea (solamente en Gran Bretaña, Scotland Yard ha desactivado más de treinta tentativas de atentados de grandes dimensiones, similares al que afectó a las redes de subterráneos). Y la extensión de la amenaza al resto de Occidente sólo es cuestión de tiempo. Frente a ello, la respuesta militar ya ha demostrado su poco éxito. Deben trabajarse, a nivel social, las causas de la desintegración de una parte importante de la población, la marginalidad, la exclusión, las fallas en el sistema de oportunidades, de acceso real a los sistemas de formación, de trabajo, y de promoción social. El conflicto que supone la yihad no es religioso, aunque así intente presentarse por la cúpula de Al Qaeda, sino de ideas y de convivencia en una sociedad plural. Ese debe ser el punto a trabajar.





Profesor de Política Internacional, Universidad Católica de Córdoba.