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jueves, 4 de junio de 2009

Cuba a las puertas de la OEA

Cuba a las puertas de la OEA

Por Nelson Gustavo Specchia

Ojo con Fidel - Nelson G. Specchia


Una noticia extraña para toda América latina. Después de casi medio siglo apartada del sistema multilateral americano, Cuba ha vuelto a quedar a las puertas de la OEA. La noticia se celebró en muchas Cancillerías, y los ecos en los analistas del continente han sido muy dispares, desde los aplausos a las lamentaciones. Y –en no pocos casos- ha reaparecido la pregunta sobre la conveniencia de mantener funcionando a esta Organización de los Estados Americanos, ya un tanto desfasada con los tiempos y los nuevos climas políticos en la región.

El debate se calienta, además, con el rechazo del régimen cubano a esta mano tendida, que se vive como un triunfo de las diplomacias latinoamericanas frente al Departamento de Estado norteamericano, con la afirmación de Fidel Castro de que Cuba no piensa volver al organismo multilateral.

En San Pedro Sula, en Honduras, los ministros de relaciones exteriores de toda América se han reunido en la XXXIX Asamblea General de la OEA, y por consenso han acordado derogar la suspensión a Cuba, aprobada en 1962, lo que abre la puerta a un posible reingreso de la isla a la organización.

Hace días que en los diferentes ambientes de análisis de política internacional se viene aireando el tema, luego de que el presidente Barack Obama realizara el primer “guiño” hacia el régimen de la isla, antes de subir al avión que lo llevaría a la Cumbre de Trinidad y Tobago, el mes pasado.

El texto de San Pedro Sula es una auténtica prueba de habilidad diplomática, logra sortear los escollos planteados por la posición norteamericana, que intentaba imponer condiciones para la readmisión de Cuba en la organización, básicamente la “carta democrática”; postura a la que se oponía un núcleo duro de países, encabezados por Venezuela, Bolivia, Nicaragua, y Ecuador. El documento sale de este brete, y adopta una vía indirecta, ya que establece que la resolución VI, adoptada en 1962 en la reunión de ministros de relaciones exteriores de Punta del Este, mediante la cual se excluyó a Cuba, “queda sin efecto”. Pero, a renglón seguido, y sin duda por la presión norteamericana, agrega que si el gobierno de Cuba solicita la readmisión a la organización, ésta se dará “de conformidad con las prácticas, los propósitos y los principios de la OEA”.

O sea: sí pero no. Porque si Cuba solicitase el reingreso, los Estados Unidos podrían invocar la “carta democrática” para impedírselo –o para presionar al gobierno revolucionario-, ya que ésta hace parte de las “prácticas, propósitos y principios” de la organización.

La “carta democrática” no estuvo en los orígenes de la OEA, ni podría haberlo estado por aquellos años (la organización nació en Bogotá el 30 de abril de 1948, sobre las cenizas de la vieja Unión Panamericana, que venía de la primera Conferencia Interamericana, de 1890). La “carta” es de 2001, cuando los regímenes democráticos posteriores a las décadas de dictaduras en la región ya estaban consolidados, fue promovida por los Estados Unidos, y su objetivo es establecer parámetros para el ingreso y permanencia de los miembros en la organización, básicamente las reglas del juego representativo y democrático, de partidos políticos, libertades y garantías.

Cuba, claro está, no entraría en esta categorización. Fidel lo sabe, y curándose en salud, rápidamente, desde su columna en el Granma escribió que Cuba no tiene ningún interés por pertenecer a la OEA, que para él ha sido, desde su creación, “cómplice de todos los crímenes” contra la autodeterminación de los pueblos de América latina, y el “caballo de Troya que permitió la entrada en la región del neoliberalismo, el narcotráfico, las bases militares y las crisis económicas.”

En definitiva, lo que Fidel dice es que la OEA, ésta OEA, no tiene razón de ser. Y no es el único que lo piensa.

La OEA es una creación norteamericana, y el gobierno de los Estados Unidos aporta casi un ochenta por ciento de su presupuesto de funcionamiento; tiene su sede en Washington, cerca de la Casa Blanca; sus propósitos de fortalecer la democracia y asegurar la paz y la seguridad en el continente se vieron burlados una y otra vez por las propias administraciones norteamericanas, con la CIA apoyando los golpes de Estado en América latina, y las invasiones de los marines a la propia Cuba, a Santo Domingo, a Panamá, o a Granada, a lo largo del siglo XX. A nivel de defensa continental estableció el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), pero ni amagó con aplicarlo cuando el ejército británico recuperó las Islas Malvinas por la fuerza. Y en cuanto a la promoción de los Derechos Humanos, otro de los vértices de su existencia, los Estados Unidos no han suscripto el Pacto de San José de Costa Rica, de 1979, por lo que no reconocen la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Entonces, con estos antecedentes y en este marco, ¿para qué necesitamos a la OEA?

Fidel lo ve claro, por eso termina su columna citando al presidente Rafael Correa. Lo que necesitamos, dice el ecuatoriano, es una OEA sin los Estados Unidos, fuera de Washington, y, por supuesto, con Cuba.

Estos serán los términos del debate que, a nivel del sistema interamericano, se avecina.

lunes, 27 de abril de 2009

Un nuevo tiempo para las Américas

Un nuevo tiempo para las Américas

En Trinidad y Tobago se ha abierto la posibilidad de establecer una nueva manera de relacionarse con los Estados Unidos, más abierta y realista, plural y adulta.

Poe Nelson Gustavo Specchia


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Barack Obama, asumiendo su rol de líder mundial, se ha lanzado a una agitada agenda internacional. El primer paso, obligado, fue Europa: en una semana estuvo –casi– en todos lados: en el G-20, en el Consejo de la Unión Europea, en el aniversario de la Otan, en la frontera franco-alemana y hasta en Estambul, donde el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero y el premier turco Recep Erdogán impulsan la Alianza de las Civilizaciones, para acercar el mundo árabe y musulmán a occidente.

Y ahora le tocó a América. En Puerto España, la pequeña ciudad capital de Trinidad y Tobago, en las Antillas menores del Caribe, los jefes de Estado del continente tuvieron su primer vis-a-vis con el líder demócrata, y se sacaron la primera foto de familia, con la carismática sonrisa del presidente norteamericano en la segunda fila.

Obama, sabiendo que la “cuestión cubana” le iba a agriar este primer encuentro, llegó con un gesto de condescendencia: esa misma semana firmó la flexibilización de condiciones de viaje desde y hacia Cuba, y de las remesas en dólares a la isla. Hasta Fidel Castro, desde su columna ético-ideológica en el diario Granma, ha tenido que hacer un guiño de satisfacción, aunque agregando a renglón seguido que sin el fin del bloqueo, lo demás es puro humo. Pero hasta Fidel sabe que el camino iniciado aquí conduce, precisamente, al fin del bloqueo.

El punto más sustantivo de la Cumbre consistió en presentar una propuesta de nuevo pacto de asociación hemisférica. Barack Obama necesita dar un gesto fuerte también en América, aunque ésta no constituya una prioridad estratégica para los Estados Unidos. Y busca una nueva actitud en las relaciones diplomáticas, para dejar claro que el unilateralismo de George W. Bush ya es historia pasada.

La Cumbre ha sido el primer encuentro de los 34 jefes de gobierno de América latina, el Caribe, Canadá y Estados Unidos, desde la polémica reunión que tuvo lugar en 2005 en Mar del Plata, donde Bush sufrió el acoso verbal de sus colegas, bajo la mirada inocente de su anfitrión, el entonces presidente Néstor Kirchner.

Obama quiere repuntar esa sensación, volver a darles un espacio destacado a las cumbres, que se han desarrollado bastante irregularmente desde que Bill Clinton convocara a la primera, en Miami. Ha nombrado a un experto, el embajador Jeffrey Davidow, para administrar la diplomacia relacionada con las cumbres en la región. Davidow es un académico (viene de presidir el Instituto de las Américas, de la Universidad de California, en San Diego), y es un diplomático jubilado con amplia experiencia en la región.

Junto a Cuba, la crisis económica mundial ha sido la estrella de la agenda. Los líderes latinoamericanos quieren que el presidente de los Estados Unidos use su influencia para ampliar los recursos y la flexibilidad de las entidades financieras multilaterales (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial); y Obama tendrá que compaginar estas peticiones con la estrategia impulsada desde Londres por el G-20.

Los otros puntos álgidos han sido las posiciones en torno a las mafias de la droga –que están dando una guerra cada vez más abierta en la región–, la inmigración y el comercio internacional. Este último porque, más allá del peso estratégico, los países de América latina compran 20 por ciento de todas las exportaciones de Estados Unidos y representan otro 20 por ciento en sus importaciones. Las ventas norteamericanas al sur del Río Bravo son cuatro veces superiores que las dirigidas a China. Y Estados Unidos obtiene actualmente 25 por ciento de su energía de proveedores latinoamericanos y caribeños.

Y con 34 países y 600 millones de personas, América latina representa un sector dinámico y en crecimiento, con recursos naturales únicos. Un mercado para nada despreciable. Pero, para ese mercado, Obama no puede seguir ofreciendo la alternativa del Área de Libre Comercio de las Américas (Alca). Aquí hay que dibujar una nueva estrategia. En la Cumbre estuvo en las palabras de casi todos los líderes, y Obama acusó el mensaje.

A nivel de relacionamiento global, y a pesar de que la crisis ha ofrecido un nuevo escenario para el diálogo multilateral, en lo político seguirá siendo difícil el trato con Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua (además de Cuba). Pero la actitud de Obama en esta reunión ha sido abierta, y tengo la seguridad de que en el corto plazo habrá novedades importantes. La actitud, por lo pronto, ya ha cambiado: ha sido cordial, gentil y distendida. La antítesis del clima de Mar del Plata, hace cuatro años.

Por ello, en la Cumbre, creo que ha imperado el realismo. Pudo ser simplemente una tribuna para criticarse unos a otros, o casi todos a los Estados Unidos, mirando hacia los electorados internos y hacia las cámaras. Hubo “show”, claro, con regalo de libros incluido, pero la oportunidad era demasiado grande para dejarla pasar. Perder oportunidades como ésta puede no tener perdón de la historia. Y el “show” no agotó la reunión.

Ya no hay lugar para recetas estatales y aisladas; de la crisis se saldrá con estrategias elaboradas en conjunto. Tengo la impresión de que en Trinidad y Tobago se ha abierto la posibilidad de establecer una nueva manera de relacionarse con los Estados Unidos, más abierta y realista, plural y adulta. Ojalá. Es, precisamente, la que requiere este tiempo.




jueves, 6 de septiembre de 2007

Cuba, ¿una transición "silenciosa"?

Publicado en “Hoy Día Córdoba” – (6 de septiembre, 2007)




CUBA: ¿UNA TRANSICIÓN “SILENCIOSA”?









por Nelson Gustavo Specchia


Profesor Titular de Política Internacional

Universidad Católica de Córdoba



En abril pasado, me decía en La Habana una respetable y estimada poeta, símbolo de la cultura cubana contemporánea, en la minúscula habitación atiborrada que le sirve de domicilio: “No es tan importante que Fidel no aparezca en público para su cumpleaños. Pero para el aniversario de la revolución sí, ahí lo veremos. Si no aparece, no tengas duda: la transición habrá comenzado.”



El 26 de julio se cumplieron cincuenta y cuatro años del asalto al Cuartel Moncada, cuando el propio Fidel y un grupo de jóvenes iniciaron la lucha armada que terminaría derrocando a la dictadura de Fulgencio Batista, e instalando la revolución socialista en la isla. El 26 de julio es un símbolo de la vida política cubana, el más importante, donde se expresa la capacidad de autonomía y la capacidad de resistencia del sistema, esos dos pilares de su independencia.



Independencia no solamente de la antigua dictadura de los años ´50, sino, de manera especial, de la amenaza potencial y permanente de la intervención norteamericana. Por eso la liturgia política del régimen renueva su compromiso de mantener la revolución, cada 26 de julio, con la figura de Fidel presidiendo la escena y despachando esas andanadas verborrágicas de varias horas frente a un auditorio adoctrinado y militante. Hasta este año.



Para estas fechas, en 2006, al terminar su discurso ritual de conmemoración del asalto al Cuartel Moncada, Fidel se sintió mal. Acababa de regresar a Cuba desde Argentina, donde había asistido a la Cumbre del Mercosur, con discursos maratónicos (uno en Córdoba) y visitas a la casa del Che Guevara, en Alta Gracia, entre un sinnúmero de actos de una agenda demasiado ajetreada para un hombre de ochenta años. Esa misma noche sufrió una hemorragia intestinal, fue trasladado en helicóptero desde Holguín –donde había presidido la liturgia del aniversario revolucionario- hasta La Habana, y operado de urgencia el día 27. No ha vuelto a aparecer en público hasta hoy. Tres días más tarde delegaba, con carácter “provisional”, el gobierno y el poder en el Jefe de las Fuerzas Armadas, su hermano Raúl.



En los primeros tiempos, se remarcaban las características de provisionalidad de esta delegación de facultades, que sigue la línea de sucesión prevista en la constitución cubana, pero a medida que los períodos de tiempo se han ido estirando, aunque el carácter “provisional” no ha sido revocado, va quedando paulatinamente desplazado por la misma mecánica de los acontecimientos históricos. A pesar del hermético secretismo que rodea la enfermedad del Comandante, se ha sabido que las primeras intervenciones no tuvieron éxito, que durante meses fue alimentado por vía intravenosa, que hubo que realizar nuevas operaciones, un especialista español de renombre mundial fue llamado a la isla para que emitiera opinión, y hasta el propio Castro admitió que el proceso de su recuperación estaba resultando complejo.



A pesar de las declaraciones optimistas del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que durante algún tiempo pareció asumir el rol de vocero oficioso del líder cubano, fue extendiéndose la sensación general de que Fidel no volvería a asumir las funciones de gobierno. Quedaba saber si, a nivel simbólico, se mantendría como la figura tutelar de la revolución, permaneciendo como guía, como orientador, de la administración. En este caso, las posibilidades de acometer algún tipo de reformas estructurales hubieran sido minúsculas. Pero su ausencia en los actos de aniversario de la revolución, así como las palabras del presidente interino en esa fecha cargada de simbolismo, parecen confirmar aquellas palabras de mi apreciada poeta en su piso del barrio de Habana Centro: alguna transición ha comenzado. Lo que habría que analizar, entonces, es la profundidad y los alcances de esta transición sin ruido.



El mensaje de Raúl Castro ese día podría dar material para varias investigaciones en ciencia política. Ratificó la revolución, esto es, la continuidad del Partido Comunista de Cuba como administrador excluyente de la vida política de la isla, para advertir, inmediatamente después, que esa ratificación del rumbo implicará asumir con valentía y creatividad los cambios económicos que sean necesarios.



Seguramente con un ojo puesto en las transformaciones llevadas adelante por el Partido Comunista Chino, dijo que introducirá “cambios estructurales y de concepto” en la planificación nacional, especialmente en el sector industrial. Pero con otro ojo puesto en las penurias cotidianas de la escasez y del racionamiento, de las carencias en alimentación, en vivienda, en oportunidades laborales, en transporte y en elementales niveles de bienestar de la sociedad cubana, afirmó que los cambios en la producción de bienes, especialmente del sector agropecuario, serán profundos: se estimulará la productividad de los campesinos, muchos de los cuales trabajan las fincas de su propiedad. Estos cambios deberían conducir a aumentar la cantidad de productos destinados al mercado interno. Aunque Raúl Castro espera transformaciones integrales, también anuncia que serán graduales, “sin soluciones espectaculares.”



Adoptando una postura realista, que ya se menciona como uno de sus rasgos de conducción diferenciadores, el presidente interino esbozó un plan de gobierno que se aleja de la ruptura con la conducción de su hermano Fidel (que algunos esperaban en los primeros momentos de alejamiento del líder histórico), pero que también reacomoda las modalidades del proceso, abriendo la perspectiva del cambio: “tenemos el deber –dijo- de transformar concepciones y métodos que fueron los apropiados en su momento, pero que han sido ya superados por la vida.”



Estas transformaciones serán acompañadas de nuevos modos de relacionarse a nivel internacional. En este campo, Raúl Castro admitió que el gobierno planea incrementar la inversión extranjera en la isla, para terminar ofreciendo un “ramo de olivo” a la administración norteamericana. No a la actual, claro, que lo desecharía sin miramientos, sino a la que surja de las elecciones del año próximo, en que los demócratas se muestran tan confiados de volver a ocupar la Casa Blanca.



Una transformación económica, de aumento de producción y mejora en la distribución, gradual y escalonada, con mayores márgenes de participación privada y de inversión extranjera. Pero manteniendo el timón estatal, el partido único, y el control. De apertura política y juego democrático, nada todavía. Una transición silenciosa, demasiado silenciosa.





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