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domingo, 2 de agosto de 2009

EE.UU., China, y un nuevo mundo bipolar



Estados Unidos, China, y un nuevo mundo bipolar


por Nelson Gustavo Specchia



Cuando el viejo mundo del siglo XX terminó –esa distribución del planeta en dos realidades políticas antagónicas que hoy percibimos ya como historia antigua, como si el Muro de Berlín hubiera caído hace siglos- los entusiastas del “mundo libre” anunciaron con bombos y platillos el nacimiento de un nuevo orden, en el cual los Estados Unidos de América serían la incontestable potencia hegemónica.

Recuerdo, en los primeros años ‘90, recorriendo una librería Barnes & Noble de Manhattan, la página con que un autor de libros de divulgación política abría su volumen: “Este libro está dedicado a Ronald Wilson Reagan, 40º Presidente de los Estados Unidos de América, triunfador de la Guerra Fría y fundador del nuevo orden internacional”. Pero los breves años transcurridos desde la disolución de la Unión Soviética y del polo socialista están demostrando que el sueño del mundo unipolar no era más que eso, un sueño. Y que nuevos actores con vocación de potencias están ocupando sus posiciones, preparándose para ejercer un rol de liderazgo internacional en breve. El primer lugar en estas candidaturas, claro, lo ocupa China.

La buena noticia, si acaso, es que este momento histórico, cuando el viejo gigante milenario está acomodando el cuerpo para jugar los roles que le tocarán en un futuro muy próximo, del otro lado del mundo, en el sillón de la Casa Blanca se sienta el negro Obama, que no se ve a sí mismo como un “triunfador de la Guerra Fría”, y que parece tener claro que el liderazgo norteamericano tiene que ser, necesariamente, compartido en algunas áreas vitales. Barack Obama entiende que la alternativa es la cooperación y la preeminencia parcialmente compartida, o bien una aceleración en el declive y en la soledad del poder.

Tanto la desastrosa intervención en Irak y los dolores de cabeza que está dando la salida de allí; ó la imposibilidad de cazar a un pastor de cabras escondido en unas montañas heladas por parte del ejército que insume la mitad del gasto militar de todo el planeta; ó el desbarajuste de un sistema financiero en caída libre y sin red, son algunos de los últimos ejemplos de que los Estados Unidos ya no pueden solos, y que en algunos capítulos de la agenda internacional han de abrir el juego y sentarse a la mesa, de igual a igual, con los otros grandes.

Esta semana, a esa mesa se sentó China, y su silla va a ser permanente. En Washington el lunes 27 se abrió una instancia de diálogo que va a sostenerse como herramienta de consulta estable, orientada a distribuirse y monitorear una remodelación del mundo según las prioridades estratégicas de ambos gigantes. En la apertura de las sesiones, el presidente Obama no dejó lugar a dudas: “Las relaciones entre Estados Unidos y China –dijo- determinarán el siglo XXI.” Así de claro.

El abanico de temas de las delegaciones presididas por funcionarios de máximo nivel (la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y el primer viceministro chino, Wang Qishán) comprende muy diferentes puntos, desde el terrorismo fundamentalista como amenaza de primer orden, a la cuestión atómica (el Tratado de No Proliferación se renegocia el año que viene); desde el calentamiento del planeta (tanto los Estados Unidos como China son los principales contaminantes del mundo, cada uno libera a la atmósfera 5 mil millones de toneladas de CO2 por año), a la crisis económica global.

Pero no todo será cooperación y entendimiento. Los dos son adversarios comerciales crecientes, y se disputan cuotas y parcelas de mercado a lo largo y a lo ancho del globo. La política de expansión china hacia zonas de reservas energéticas es arrolladora, tanto hacia África como hacia América latina. Y Estados Unidos no puede desentenderse de la seguridad de sus aliados en Asia, inclusive en las propias fronteras chinas. Tampoco de su prédica por la democracia, las libertades individuales, y el respeto por los derechos humanos, capítulos en los que China acumula deudas y carencias insalvables. Ahí está la reciente matanza de uigures en la región de Xinjian para ratificarlas.

Y, por último, en esta primera mesa vís-a-vís, también estuvo presente el tema de Corea del Norte. Estados Unidos insiste que las provocaciones nucleares del régimen de Pyongyang son un riesgo de desequilibrio para todos, y que la llave de ese asunto la tiene China en sus manos.

Para complicar aún más este juego de poderes, China se ha convertido ya en el primer financista de la deuda externa norteamericana. Más de 800 mil millones de dólares en títulos del Tesoro norteamericano se encuentran en manos del gobierno chino. Además, China exporta hacia EE.UU. productos por un monto anual de 340 mil millones de dólares, es su principal cliente en el mundo. Y estas compras norteamericanas son las que financian, en buena medida, el sostenido crecimiento del producto bruto chino. Pero de este gran comprador, el viejo imperio celeste sólo recibe importaciones por unos 70 mil millones, una balanza muy desequilibrada.

Hoy China es la tercera economía del mundo, pero de mantenerse los actuales índices de crecimiento y expansión, será la primera antes de mediar el siglo. Y su modelo político, con un capitalismo fuertemente exportador y férreamente controlado por el Estado y el partido único, el que habrá conducido al país al primer lugar. Interesante: éticamente objetable, pero objetivamente exitoso.

Muchos temas, muchas aristas. Demasiadas como para no darse cuenta de que el foro inaugurado en Washington no ha sido un evento diplomático más, sino el síntoma de un cambio en las condiciones del liderazgo internacional.

Posiblemente, también haya sido la partida de nacimiento de una nueva bipolaridad. Si así fuera, la esperanza pasa por que esta relación entre las superpotencias permanezca en un marco de pacífica racionalidad. Sería una cláusula de garantía de estabilidad mundial, lo que, en estos tiempos, no es poco decir.




En La Voz del Interior:
http://www.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=538449





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jueves, 23 de julio de 2009

Honduras, ¿últimas horas de paz?




Honduras, ¿últimas horas de paz?



por Nelson Gustavo Specchia




A algunas cosas nos hemos habituado rápidamente en América latina. Después de esos años terribles que cruzaron en horizontal el calendario político del siglo XX, donde el terror llegó inclusive a ser una política de Estado, la lenta y progresiva recuperación democrática de los últimos treinta años nos ha dejado en un punto donde damos por seguros algunos elementos del sistema político, como si fueran naturales, sólidos y permanentes; cuando en realidad su presencia entre nosotros ha sido excepcional en la historia, y sólo muy recientemente se han agregado como constitutivos del quehacer sociopolítico cotidiano.

La permanencia de las instituciones y de la estabilidad democrática es uno de esos elementos. Y la paz social, indisociablemente unida a él, es el otro elemento.

Honduras, en estas horas críticas, vuelve a poner en el tapete regional latinoamericano esta cuestión central. En Honduras no se juega solamente la vuelta de Mel Zelaya al ejercicio del poder ejecutivo, legal y legítimamente obtenido en elecciones democráticas. Se juega la permanencia de esos dos elementos: la continuidad de la consolidación del juego democrático en América latina, y –además- la terrible posibilidad del resurgimiento de la violencia social en un país de la región.

El anuncio del “fracaso” del diálogo por las partes hondureñas involucradas, y de la mediación del presidente de Costa Rica, Oscar Arias, han disparado una posibilidad que venía vislumbrándose durante los últimos días, pero de la que nadie quería dar crédito: el muy posible enfrentamiento entre el Ejército leal al gobierno de facto de Roberto Micheletti, y los colectivos sociales que insisten en su apoyo al presidente depuesto, Manuel Zelaya.

A estas alturas, luego de la lectura de la última propuesta de Oscar Arias, y las actitudes de rechazo de ambas partes, puede objetivamente estallar una guerra civil en Honduras. Si ello finalmente ocurriera, se habría comenzado a saldar con violencia y sangre un conflicto que tuvo todas las herramientas democráticas en la mano para canalizarse

Pero esas herramientas se han ido dejando paulatinamente de lado, al tiempo que la tensión no ha dejado de crecer con cada momento. Los hondureños han vivido estas semanas entre las manifestaciones permanentes durante las horas de luz, tanto las organizadas por el gobierno de facto como por los seguidores del gobierno depuesto, y la calma impuesta por el toque de queda durante las noches.

La paciencia que pide Arias, casi en el borde de las posibilidades de su intervención, se contesta con el entusiasmo en aumento que convoca la llamada a la "insurrección" realizada por Mel Zelaya.

Y, si se da el caso, hay armas para alimentar esa insurrección: los datos oficiales reconocen que un tercio de los casi ocho millones de hondureños tienen armas en sus casas; y las que no se registran serían muchas más. Cuando estuve trabajando en el interior de Honduras, en misiones de cooperación internacional, nunca dejaban de sorprenderme algunos carteles en los bares y restaurants de provincia: “Prohibido ingresar con armas a la vista”. Y luego están las Fuerzas Armadas, armadas literalmente. Y los grupos y bandas mafiosas, tan crecidas últimamente, que aportarían un porcentaje considerable de armas modernas y de alto poder de fuego en manos de civiles. Por lo que podemos considerar, en cuanto a capacidades, que Honduras es un Estado armado.

Oscar Arias ha trabajado intensamente en las últimas horas para intentar desbloquear la crisis, pero su margen de maniobra se achica ante la negativa rotunda de la delegación del gobierno de facto de reponer a Zelaya, que es el punto central de desencuentro. El gobierno interino de Micheletti ha anunciado que no aceptará ningún documento que incluya la restitución del depuesto presidente, y la segunda ronda de negociaciones en Costa Rica finalizó el domingo sin acuerdos.

Mientras tanto, la administración de facto de Honduras dio el martes 21 un plazo de 72 horas a los diplomáticos venezolanos para abandonar el país, basando su decisión en la supuesta intervención de funcionarios de esa legación en la actual crisis. También llegó a afirmar que el trabajo del mediador Arias constituía una intromisión impropia en los asuntos internos de Honduras. Y una actitud similar se perfila en las respuestas a las presiones que están ejerciendo las diplomacias norteamericanas y de la Unión Europea, con las declaraciones de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y de la comisaria europea de política exterior, Benita Ferrero-Walder. Con estas posturas y decisiones de política internacional, el gobierno interino hondureño está dando elementos para la regionalización del conflicto.

Tras el rechazo de la delegación de Roberto Micheletti, Arias hizo un último intento, y presentó en la noche del miércoles 22 la Declaración de San José, en la que plantea la instauración de un gobierno "de reconciliación" liderado por Zelaya (inclusive propone una fecha concreta para su retorno al país: el viernes 24 de julio), una amnistía general, y la renuncia a cualquier consulta popular para reformar la constitución.

Es el último intento para evitar que la presión acumulada en Honduras entre ambos grupos sociales se desborde por la propia radicalización.

La convivencia política y la paz social son el telón de este escenario. La proyección de ambos hacia el resto de América latina, el horizonte de futuro.



jueves, 30 de abril de 2009

Correa, un quiebre en la cultura política ecuatoriana

CORREA, UN QUIEBRE EN LA CULTURA

POLÍTICA ECUATORIANA


por Nelson Gustavo Specchia


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En Ecuador, el domingo de esta semana, ha comenzado un nuevo tiempo político. Impensable y sin antecedentes, ni remotos.

El presidente Rafael Correa ha ganado la Presidencia, en primera vuelta, y con más del 50 por ciento del total de los sufragios, en unos comicios donde ningún observador internacional ha objetado ni un detalle, cosa que tampoco ha hecho de manera relevante la propia oposición interna. Comicios limpios, que vienen a transformar, quizás, una historia política reciente que no puede presumir, ni mucho menos, de limpieza y de orden.

No sólo ningún presidente ecuatoriano ha conseguido un segundo mandato consecutivo con una victoria aplastante en la primera vuelta, sino que lo verdaderamente rutinario ha sido que los Jefe del Estado no alcancen a completar el primer mandato, sus tres antecesores en el cargo fueron expulsados del palacio presidencial por revueltas populares, y los siete presidentes que se han sucedido en los últimos diez años no alcanzaron a cumplir un mandato constitucional completo, desde que el Congreso destituyera al presidente Abdalá Bucarám, en 1997, por incapacidad mental; (ya antes que el Congreso, la picaresca popular había apodado al presidente Bucaram como “El Loco).

Desde ahí, de esa historia, que ha empujado al país a una extrema precariedad política y a una inestabilidad económica crónica (que ha llevado, por ejemplo, a que Ecuador no tenga moneda, que es, en la modernidad, una de las expresiones de la soberanía política de un Estado: desde 1999 la moneda de curso legal es el dólar estadounidense, lo que hace que las posibilidades de maniobrar una política monetaria interna sean nulas). Desde esta historia, digo, a la victoria popular de Correa, hay mucho trecho. Y esta victoria puede realmente constituir una rodilla, un quiebre en la cultura política, y fundar un nuevo tiempo, donde la estabilidad exista como horizonte político del país por donde pasa la línea que divide al mundo.

Correa se reivindica a sí mismo como un líder izquierdista, y –en una línea retórica cercana a Chávez- le gusta titular de “Revolución Ciudadana” este movimiento cívico que encabeza. Y los ecuatorianos, tanto los diez millones que viven en el país, como los casi tres millones que viven en España, Estados Unidos, Italia, y en otros países de América latina (la Argentina entre ellos), parecen convencidos de su propuesta de desarrollo social, con muy alto gasto público, como alternativa de crecimiento.

El panorama que se abre frente a Correa está despejado. Gobernará hasta el 2013, y tendrá la oportunidad de una única reelección por otros cuatro años. Su victoria ha sido incontestable, y la diferencia con su rival más cercano, el ex presidente y ex golpista Lucio Gutiérrez ha sido superior a los 20 puntos porcentuales. Con esto, Correa podría incluso arañar la mayoría absoluta en el Parlamento, lo que lo habilitaría para poner en marca en forma inmediata las reformas de las casi 70 leyes nuevas y reformadas, que serían necesarias para que la nueva Constitución empezara a funcionar. La Constitución ha sido la otra gran victoria de Correa, que presagiaba esta: la nueva Carta Magna, extensísima, centralista, minuciosa y fuertemente presidencialista, es su herramienta para terminar con la “vieja política”, con las redes del patronazgo ancestral que se suceden en Ecuador desde la Colonia. La Constitución modela un Estado fuerte, incluso autoritario en algunos aspectos, y fue aprobada el 28 de septiembre del año pasado con el apoyo de las tres cuartas partes del total de la población ecuatoriana.

Correa ha tenido éxito, dos años y medio después de su llegada al poder, la pobreza en Ecuador, uno de los Estados estructuralmente más pobres de toda América latina, ha disminuido progresivamente; ha reestructurado la deuda externa –ha dicho que sólo pagará la deuda legítima, pero no la ilegítima-; ha multiplicado la asistencia social; y ha logrado fragmentar a la oposición. Afirma que le gustaría afianzar un “eje” entre Caracas, Quito, y La Paz. Pero más allá de las palabras, se nota en sus medidas y en los medios que diseña para aplicarlas, que el populismo de su gobierno no está tan cerca de las metodologías del comandante Hugo Chávez, o de Evo Morales. Quizá el antiamericanismo, a nivel de discurso, sea uno de los pocos elementos comunes que pueden mencionarse. Correa tiene una sólida formación intelectual, es un economista brillante (formado en la vieja Universidad que los jesuitas tienen en Bérgica, Lovaina), y sus críticas al neoliberalismo son más técnicas que ideológicas. Políticamente, en definitiva, es un pragmático que no duda de rectificar cuantas veces sea menester hacerlo. En ciencia política decimos que es un “realista”, en toda la acepción del término.

La única nota discordante, la única mota de polvo en esta limpia victoria, viene de afuera. Ecuador ha logrado crecer moderadamente, y achicar los niveles de la pobreza extrema que han sido estructurales a su distribución económica, merced a dos elementos principales: la exportación de petróleo, y las remesas de dineros enviados al país por los casi tres millones de emigrantes diseminados por el mundo.

Pero los precios del petróleo no dejan de caer, casi en picada, y las remesas de los inmigrantes, a tono con la crisis internacional, disminuyen mes a mes. Habrá que ver, entonces, si esta inmensa popularidad del presidente ecuatoriano se mantiene en épocas de vacas flacas, o el si el proyecto de “Revolución Ciudadana”, esa que se para en cinco patas: institucional; social; ética; económica; y latinoamericana, puede seguir cosechando tantas adhesiones cuando haya que recortar –porque habrá que hacerlo, sin alternativas- el gasto público.



martes, 18 de septiembre de 2007

Al Qaeda. Una red adaptable (18 09 07)




Publicado en "Hoy Día Córdoba" - (18 de septiembre, 2007)



AL QAEDA

UNA RED ADAPTABLE



por Nelson Gustavo Specchia



Por estos días de septiembre, la prensa y los análisis políticos internacionales se han ocupado largamente de recordar los ataques a las Torres Gemelas, en Nueva York, que se constituyeron en la gran puerta de entrada del terrorismo de base islamista en la escena mundial. Desde el 11 de septiembre de 2001, están indisociablemente vinculadas a este trágico suceso las figuras de Osama bin Laden, y del movimiento –ignoto hasta entonces- que surge de su inspiración, Al Qaeda. Más allá del recuerdo doloroso de los ataques a los Estados Unidos, la naturaleza y los alcances de la organización de Bin Laden, y el rol que ella viene ocupando en la construcción y el desarrollo de un movimiento yihadista internacional, están aún en discusión.



La reacción de los Estados Unidos al ataque terrorista en su suelo fue la intervención militar contra el régimen talibán de Afganistán, (a quienes había apoyado en el pasado, contra la ocupación soviética), y la persecución de los dirigentes del radicalismo islámico en prácticamente todos los países del mundo árabe. Se calcula que casi dos tercios de la antigua cúpula de Al Qaeda han sido desarticulados, pero la organización ha conseguido resistir el embate militar de tácticas tradicionales, adaptando y regenerando su estructura para mantener la capacidad ofensiva, e incluso aumentarla.



En cuanto a los máximos dirigentes, tanto Osama bin Laden (que acaba de aparecer en un nuevo video en internet, más viejo y demacrado, pero con la barba teñida de negro, y llamando a sus seguidores a no cejar en la lucha “contra el imperialismo”, al tiempo que invitando a los Estados Unidos a la conversión al islam), como su lugarteniente, Ayman al Zawahiri, siguen vivos y libres, inspirando –desde algún lugar de las montañas entre Afganistán y Pakistán- la continuación de la yihad global. Y en cuanto a la propia organización, ha adaptado su estructura, flexibilizándose, de manera tal de absorber en su entorno a una amplia variedad de células insurgentes de prácticamente todo el abanico del radicalismo islámico. Con grupos afiliados ha acrecentado su presencia en Indonesia, en el Golfo Pérsico, en Oriente Próximo, en África subsahariana, y en el Magreb. Y, mediante redes de base, en el corazón de Europa: España, Gran Bretaña, Holanda, Alemania.


Por otro lado, la ofensiva de los Estados Unidos –con participación de fuerzas aliadas de la OTAN- en Afganistán, y la instalación de un gobierno afín a Occidente, débil y poco representativo, no ha terminado con la presencia tabilán. Por el contrario: la incapacidad del gobierno instalado para controlar a las regiones tribales lindantes con Pakistán, que se corresponde con la incapacidad del gobierno pakistaní del general Parvez Musharraf para hacer lo propio con esa zona fronteriza (Waziristán), ha permitido un rearme de los talibán afganos, con los cuales Al Qaeda ha logrado una renovación de su propia estructura, y de sus cuadros dirigentes.



Este nuevo liderazgo, del que se conoce muy poco a nivel público, rondaría los 30 años, se habría formado en las “madrazas” (escuelas coránicas) de Waziristán, protegidos por las tribus locales, y con experiencia militar (en Afganistán y en Chechenia). El origen de este nuevo liderazgo también se ha ampliado: mientras que en el 2001 la conducción de Al Qaeda provenía principalmente de Arabia Saudí (país de Bin Laden) y de Egipto, los jóvenes dirigentes parecen haber llegado del vecino Pakistán, del Irak ocupado, y de los países musulmanes del norte de África. El grueso de este nuevo núcleo de conducción proviene de las milicias entrenadas por los talibán antes de la intervención norteamericana. Se calcula que setenta mil yihadistas recibieron instrucción militar en las madrazas Deobandi por entonces.



Básicamente, los analistas coinciden en que la “nueva” Al Qaeda se está regenerando en torno a tres modalidades operativas: 1) la estructura global, con agentes individuales dispersos por el mundo, encargados de constituir, organizar y dirigir células terroristas locales, ejecutando con ellas actos de agresión planificados por las máximas instancias de conducción; 2) organizaciones afiliadas, que mantienen la independencia de funcionamiento, pero que aspiran a que sus actos se encuadren en la estrategia general de la organización, al tiempo que recibir de ella financiamiento material para la ejecución; y 3) redes de base, sin relación orgánica con Al Qaeda, pero que adscriben a los objetivos mantenidos por la organización, y difundidos por ella mediante las redes de comunicación global de internet.



Esta última modalidad operativa ha de ser la de mayor cuidado para Occidente en el corto plazo. No sólo apunta a la consolidación de una nueva generación de soldados yihadistas internacionales, sino que la organización propicie la formación espontánea de grupos pequeños, prácticamente independientes, no vinculados con formación doctrinaria en países árabes, no fichados por los servicios de inteligencia, nativos y educados en el propio sistema nacional, o bien integrantes de las masas de migrantes, y con capacidad para causar daños de grandes magnitudes con relativamente pocos fondos materiales de financiamiento, dan una idea del riesgo que la modalidad supone para la seguridad de los países declarados como objetivos estratégicos de Al Qaeda.



Esta organización así reestructurada, no sólo ha logrado resistir al asedio militar de tácticas convencionales, sino que ha acrecentado su presencia en la escena política internacional, al lograr liderar cerca de veinte organizaciones de radicalismo islámico radicadas en los países musulmanes. Y desde el 11 de septiembre de hace seis años, los grupos afiliados a Al Qaeda se han atribuido la mayor parte de los ataques terroristas en todo el mundo. Tan sólo en un año, en 2006, se produjeron 14.338 atentados, que causaron, en suma, más de 20.000 muertos en todo el globo.



Hoy, las redes yihadistas de Al Qaeda suponen la principal amenaza para la seguridad europea (solamente en Gran Bretaña, Scotland Yard ha desactivado más de treinta tentativas de atentados de grandes dimensiones, similares al que afectó a las redes de subterráneos). Y la extensión de la amenaza al resto de Occidente sólo es cuestión de tiempo. Frente a ello, la respuesta militar ya ha demostrado su poco éxito. Deben trabajarse, a nivel social, las causas de la desintegración de una parte importante de la población, la marginalidad, la exclusión, las fallas en el sistema de oportunidades, de acceso real a los sistemas de formación, de trabajo, y de promoción social. El conflicto que supone la yihad no es religioso, aunque así intente presentarse por la cúpula de Al Qaeda, sino de ideas y de convivencia en una sociedad plural. Ese debe ser el punto a trabajar.





Profesor de Política Internacional, Universidad Católica de Córdoba.