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miércoles, 5 de agosto de 2009

El termómetro político de los Andes



El termómetro político de los Andes

por Nelson Gustavo Specchia


Toda la región andina no deja de levantar temperatura política en este invierno austral. Comenzó a subir la semana pasada, cuando salieron a la luz las aportaciones de las FARC, en un monto cercano al medio millón de dólares, a la última campaña presidencial ecuatoriana. Sin que esos aires se hayan calmado (Rafael Correa ya no niega los aportes, pero aduce que fueron realizados a sus espaldas), esta semana tomó estado público la tenencia de armas sofisticadas del ejército venezolano por parte de aquella misma guerrilla colombiana tan generosa en sus aportaciones a las campañas de los candidatos de los países vecinos.


Las FARC siempre se ha mostrado muy en consonancia con el discurso y los objetivos socialistas del presidente venezolano Hugo Chávez, y este entrecruzamiento de vínculos entre la guerrilla; Ecuador; las armas venezolanas; las negociaciones entre el presidente Álvaro Uribe para el uso de bases colombianas por parte del ejército norteamericano; los fracasos de la OEA como mediadora en los conflictos centroamericanos; Honduras con dos presidentes; y Evo Morales, en esta parte de los Andes, reconvirtiendo unos doscientos municipios en “autonomías indígenas”; levantan la temperatura a cotas de riesgo, al amenazar con el inicio de una situación crítica de múltiples aristas.


Las FARC, cada vez más debilitadas y sitiadas militarmente, han reforzado los vínculos con el liderazgo político más afín (especialmente Chávez y Correa), y han aumentado el financiamiento y la provisión de armamento con las redes de tráfico de cocaína. El haber encontrado lanzacohetes AT-4, suecos, en un campamento de las FARC, se combinó con cierta información de las computadoras incautadas en el ataque –en territorio ecuatoriano- al líder guerrillero “Raúl Reyes”: los suecos confirmaron que esas armas, por el número de serie, habían sido vendidas al ejército venezolano, y han demandado explicaciones a Chávez.


Al mismo tiempo, y como una respuesta al cierre de la base ecuatoriana de Manta, Álvaro Uribe ha iniciado negociaciones con la Administración Obama, para dar mayores facilidades de acceso a siete bases al ejército norteamericano (3 de la Fuerza Aérea, 2 de la Marina, y 2 del Ejército: Cartagena, Larandia, Tolemaida, Palanquero (Cundinamarca), Málaga (Pacífico), Apiay (Meta), y Malambo (Atlántico). No se prevé que el ejército norteamericano vaya a incrementar sus efectivos en Colombia, pero esta negociación sí repercutiría en más ayuda tecnológica y de inteligencia, dos elementos determinantes en la guerra contra las FARC y el narco. Los logros de los últimos tiempos reconocen su deuda con esta ayuda norteamericana, que asciende a unos 400 millones de dólares anuales desde 2001, fecha de la firma del “Plan Colombia”.


El próximo lunes, 10 de agosto, comenzará la reunión de la UNASUR – Unión de Naciones Sudamericanas, en Quito. Pero como Colombia ha roto relaciones diplomáticas con Ecuador desde marzo del año pasado, el presidente Álvaro Uribe se ha lanzado esta semana a una gira por América latina, incluyendo Perú; Chile; Bolivia; Argentina (este miércoles se reunió con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en una reunión hermética, sin ningún tipo de declaraciones por ninguna de las partes); luego seguirá por Paraguay; Uruguay; y Brasil, para dar explicaciones a los mandatarios de estos países sobre las negociaciones militares con Obama.


Pero tanto Chávez como Correa han visto una excelente oportunidad para girar la atención sobre las acusaciones de financiamiento de campaña y de desvío de armas, y pasan al ataque, afirmando que la decisión de Uribe supone el desembarco del ejército norteamericano, como brazo militar de ocupación, en territorio latinoamericano.


Venezuela ha vuelto a congelar las relaciones con Colombia, y Ecuador, que ya las tiene rotas, ha iniciado una guerra comercial contra su vecino, imponiendo aranceles a unos 1.300 productos de comercio internacional. Y las reclamaciones no terminan en el país fronterizo, Chávez arremetió directamente contra Barack Obama, con dos afirmaciones a cual más preocupante: por un lado, dijo que la instalación de esas bases norteamericanas puede suponer el inicio de una guerra en Sudamérica; y a renglón seguido comunicó que en septiembre de este año firmará con Putin un acuerdo de defensa y de adquisición de armamentos con Rusia.


Toda la legalidad internacional está del lado colombiano, de momento. El secretario general de la OEA, José Miguel Insulza (a quien Chávez llama “insulso”) se ha ofrecido a mediar, pero la OEA está en horas bajas y nadie confía demasiado en ella. La Unión Europea ha dado su respaldo a Uribe, y los Estados Unidos también, claro. Y en América latina: Evo Morales y Nicaragua se alinean con el venezolano, sin fisuras; Perú acepta de buen grado la decisión de Uribe; el paraguayo Lugo ha decidido permanecer neutral; la señora Bachelet ha mostrado su prevención; y otro tanto ha manifestado Lula da Silva, a quien no le simpatiza para nada tener siete bases norteamericanas en sus fronteras, y, para más datos, cerca de las reservas petrolíferas brasileras. La presidenta Cristina, por su parte, mantiene su postura muy en reserva, si es que la tiene.


Y este nuevo escenario, en pleno invierno austral, proyecta un termómetro en rápido ascenso.






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jueves, 30 de abril de 2009

Correa, un quiebre en la cultura política ecuatoriana

CORREA, UN QUIEBRE EN LA CULTURA

POLÍTICA ECUATORIANA


por Nelson Gustavo Specchia


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En Ecuador, el domingo de esta semana, ha comenzado un nuevo tiempo político. Impensable y sin antecedentes, ni remotos.

El presidente Rafael Correa ha ganado la Presidencia, en primera vuelta, y con más del 50 por ciento del total de los sufragios, en unos comicios donde ningún observador internacional ha objetado ni un detalle, cosa que tampoco ha hecho de manera relevante la propia oposición interna. Comicios limpios, que vienen a transformar, quizás, una historia política reciente que no puede presumir, ni mucho menos, de limpieza y de orden.

No sólo ningún presidente ecuatoriano ha conseguido un segundo mandato consecutivo con una victoria aplastante en la primera vuelta, sino que lo verdaderamente rutinario ha sido que los Jefe del Estado no alcancen a completar el primer mandato, sus tres antecesores en el cargo fueron expulsados del palacio presidencial por revueltas populares, y los siete presidentes que se han sucedido en los últimos diez años no alcanzaron a cumplir un mandato constitucional completo, desde que el Congreso destituyera al presidente Abdalá Bucarám, en 1997, por incapacidad mental; (ya antes que el Congreso, la picaresca popular había apodado al presidente Bucaram como “El Loco).

Desde ahí, de esa historia, que ha empujado al país a una extrema precariedad política y a una inestabilidad económica crónica (que ha llevado, por ejemplo, a que Ecuador no tenga moneda, que es, en la modernidad, una de las expresiones de la soberanía política de un Estado: desde 1999 la moneda de curso legal es el dólar estadounidense, lo que hace que las posibilidades de maniobrar una política monetaria interna sean nulas). Desde esta historia, digo, a la victoria popular de Correa, hay mucho trecho. Y esta victoria puede realmente constituir una rodilla, un quiebre en la cultura política, y fundar un nuevo tiempo, donde la estabilidad exista como horizonte político del país por donde pasa la línea que divide al mundo.

Correa se reivindica a sí mismo como un líder izquierdista, y –en una línea retórica cercana a Chávez- le gusta titular de “Revolución Ciudadana” este movimiento cívico que encabeza. Y los ecuatorianos, tanto los diez millones que viven en el país, como los casi tres millones que viven en España, Estados Unidos, Italia, y en otros países de América latina (la Argentina entre ellos), parecen convencidos de su propuesta de desarrollo social, con muy alto gasto público, como alternativa de crecimiento.

El panorama que se abre frente a Correa está despejado. Gobernará hasta el 2013, y tendrá la oportunidad de una única reelección por otros cuatro años. Su victoria ha sido incontestable, y la diferencia con su rival más cercano, el ex presidente y ex golpista Lucio Gutiérrez ha sido superior a los 20 puntos porcentuales. Con esto, Correa podría incluso arañar la mayoría absoluta en el Parlamento, lo que lo habilitaría para poner en marca en forma inmediata las reformas de las casi 70 leyes nuevas y reformadas, que serían necesarias para que la nueva Constitución empezara a funcionar. La Constitución ha sido la otra gran victoria de Correa, que presagiaba esta: la nueva Carta Magna, extensísima, centralista, minuciosa y fuertemente presidencialista, es su herramienta para terminar con la “vieja política”, con las redes del patronazgo ancestral que se suceden en Ecuador desde la Colonia. La Constitución modela un Estado fuerte, incluso autoritario en algunos aspectos, y fue aprobada el 28 de septiembre del año pasado con el apoyo de las tres cuartas partes del total de la población ecuatoriana.

Correa ha tenido éxito, dos años y medio después de su llegada al poder, la pobreza en Ecuador, uno de los Estados estructuralmente más pobres de toda América latina, ha disminuido progresivamente; ha reestructurado la deuda externa –ha dicho que sólo pagará la deuda legítima, pero no la ilegítima-; ha multiplicado la asistencia social; y ha logrado fragmentar a la oposición. Afirma que le gustaría afianzar un “eje” entre Caracas, Quito, y La Paz. Pero más allá de las palabras, se nota en sus medidas y en los medios que diseña para aplicarlas, que el populismo de su gobierno no está tan cerca de las metodologías del comandante Hugo Chávez, o de Evo Morales. Quizá el antiamericanismo, a nivel de discurso, sea uno de los pocos elementos comunes que pueden mencionarse. Correa tiene una sólida formación intelectual, es un economista brillante (formado en la vieja Universidad que los jesuitas tienen en Bérgica, Lovaina), y sus críticas al neoliberalismo son más técnicas que ideológicas. Políticamente, en definitiva, es un pragmático que no duda de rectificar cuantas veces sea menester hacerlo. En ciencia política decimos que es un “realista”, en toda la acepción del término.

La única nota discordante, la única mota de polvo en esta limpia victoria, viene de afuera. Ecuador ha logrado crecer moderadamente, y achicar los niveles de la pobreza extrema que han sido estructurales a su distribución económica, merced a dos elementos principales: la exportación de petróleo, y las remesas de dineros enviados al país por los casi tres millones de emigrantes diseminados por el mundo.

Pero los precios del petróleo no dejan de caer, casi en picada, y las remesas de los inmigrantes, a tono con la crisis internacional, disminuyen mes a mes. Habrá que ver, entonces, si esta inmensa popularidad del presidente ecuatoriano se mantiene en épocas de vacas flacas, o el si el proyecto de “Revolución Ciudadana”, esa que se para en cinco patas: institucional; social; ética; económica; y latinoamericana, puede seguir cosechando tantas adhesiones cuando haya que recortar –porque habrá que hacerlo, sin alternativas- el gasto público.



jueves, 17 de julio de 2008

Ingrid Betancourt, después de la sorpresa y el festejo

INGRID BETANCOURT

DESPUÉS DE LA SORPRESA Y EL FESTEJO


Por Nelson Gustavo Specchia


Tras siete años y cuatro meses enterrada en las inmensidades de la selva del Guaviare, el 2 de julio Ingrid Betancourt ha vuelto al mundo, y así como en los últimos años se había convertido en el símbolo de la sinrazón de unos métodos políticos de oprobio, en un par de semanas, en las que no ha abandonado la primera plana de los diarios de medio mundo, se ha erigido en un nuevo símbolo: el que anticipa, quizás, el inicio del fin de las Farc, el último de los movimientos armados que persisten en una América latina que afianza los regímenes democráticos formalizados.

Pasados los primeros momentos, de una sorpresa genuina, de un muy razonable gozo social, y de la efusión mediática cercana al espectáculo de un ‘reality show’, creo que es necesario enfocar el análisis político internacional en –al menos- tres perspectivas que tendrán una incidencia profunda en el futuro de la región: en primer lugar, la evaluación crítica de los roles y posturas de los líderes latinoamericanos abiertamente enfrentados (hasta ahora, al menos, ya que estamos presenciando rápidos giros en algunos de ellos) a la gestión de Álvaro Uribe; en segundo lugar, la atención al papel de los actores extra regionales, especialmente del espacio que intentó ocupar el presidente francés, Nicolás Sarkozy, y los alcances y continuidades de la alianza entre Colombia y los Estados Unidos. Por último, cómo incidirá la enorme aceptación del pueblo colombiano de la vía adoptada por la administración Uribe en la ‘Operación Jaque’, que coloca las mediciones positivas del presidente en torno al 90 por ciento, en la proyección de su continuidad en el poder, y en las estrategias que asumirán a partir de ahora las propias Farc.

Ingrid Betancourt fue secuestrada el 23 de febrero de 2002, cuando se encontraba en campaña para competir por la presidencia de Colombia, y cuando decidió, bajo su propio riesgo, penetrar en una zona dominada por la guerrilla. Seis meses después, el 7 de agosto, Álvaro Uribe asumió la primera magistratura colombiana, y declaró que el firme objetivo de su gobierno sería combatir a la insurgencia armada de las Farc –que dominaban por entonces una porción sustantiva del territorio nacional- con las herramientas del Estado de derecho. La principal interpretación de esta estrategia del nuevo mandatario apuntó al reforzamiento de la alianza militar (especialmente en las áreas de tecnología e inteligencia) con el ejército norteamericano, al tiempo que tendió al desmantelamiento de las fuerzas paramilitares, desde las cuales se había combatido a la guerrilla por fuera de la legalidad institucional.

La presión internacional para que Uribe negociara con las Farc (esto es, que renunciara a cualquier alternativa de vía militar en el rescate de rehenes) fue encabezada por el presidente francés. De alguna manera, Sarkozy se sumó, desde Europa, a la campaña constante de descalificación del mandatario colombiano, que en Sudamérica tuvo como principal vocero a Hugo Chávez en sus continuas andanadas verbales llenas de epítetos gruesos (llegando a la movilización de tropas hacia la frontera con Colombia, mediante una orden dictada al ejército desde su programa de televisión); a Evo Morales; y a Rafael Correa (en este caso, con la tensión agravada por la incursión militar colombiana en la frontera con Ecuador, que acabó con la muerte del comandante de las Farc Raúl Reyes, el 1 de marzo de este año). La Presidencia y la Cancillería argentina, por el contrario, mantuvieron una postura de atención responsable, involucrándose cuando le era requerido (Cristina Fernández envió al ex presidente Kirchner a la selva, en la fracasada operación de Chávez para rescatar al hijo pequeño de Clara Rojas), se censuró –junto al resto de América latina- la violación de la soberanía ecuatoriana, pero no se presionó indebidamente a la administración de Uribe, señalándole caminos posibles o indicándole vías prohibidas. Ese fue el papel que se adjudicó Sarkozy para sí mismo.

Ya es innegable la predilección del presidente francés por las grandes puestas en escena que lo tengan a él como protagonista, y su insistencia ante Uribe para que no se contemplara ningún tipo de acción militar, sino que se tendiera a los ‘intercambios humanitarios’, llevaron a la postura francesa al borde de la injerencia impropia en los asuntos internos de otro Estado. Sarkozy estuvo detrás de la propuesta de Chávez para que las Farc fueran consideradas como parte beligerante –con status internacional- en lugar de grupo terrorista, y fue cediendo a la presión francesa que el gobierno colombiano liberó al comandante de las Farc Rodrigo Granda el 1 de junio de 2007. Al mismo tiempo, la senadora Piedad Córdoba daba señales a la guerrilla sobre la posibilidad de encontrar refugio en suelo francés, llegado el momento.

Sarkozy comenzó su semestre como presidente de turno de la Unión Europea el 1 de julio, y planificaba utilizar este tiempo al frente de la organización continental para lograr un golpe de efecto en su estrategia de intercambios con la guerrilla, pero Uribe se le adelantó. Aún así, el presidente francés ha permanecido inmutable en el fracaso de su estrategia, y ante las cámaras se arroga el triunfo, nuevamente una puesta en escena: recibe a Ingrid en el Elíseo, besa su mano, le presta su médico.

Frente a este aprovechamiento mediático del presidente Sarkozy, frente a los nuevos acomodamientos de Hugo Chávez (acaba de recomponer las relaciones con Colombia, llama ahora a Uribe su ‘hermano’, y convoca a la desmovilización de las Farc sin condiciones), o frente a las surrealistas conclusiones de Evo Morales (para quien el auténtico héroe de la liberación no es otro que Chávez), el presidente Álvaro Uribe se ha mostrado discreto, casi parco, respetuoso de la legalidad y de las formas democráticas. Por la buena salud republicana de América latina, esperemos que traslade esta actitud suya a las consideraciones sobre una nueva re-reelección presidencial, que violaría las disposiciones constitucionales aunque se intente legitimar en masivos índices de apoyo.

El liderazgo de América latina requiere de buenos presidentes, no de supuestos buenos monarcas populares.