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jueves, 24 de abril de 2008

Idas y vueltas con la Europea mediterránea

IDEAS Y VUELTAS CON LA EUROPA MEDITERRÁNEA


Por Nelson Gustavo Specchia


Europa no consigue dar el tono en la relación entre el más exitoso proyecto de integración continental del mundo, la Unión Europea, con los pobres, inmensos y multitudinarios vecinos de la ribera sur del mar Mediterráneo. Mientras el crecimiento y el desarrollo de la costa norte se mantiene sólido, a pesar de las fluctuaciones y los desarreglos coyunturales, África sigue a la deriva, con Estados fallidos, frágiles sistemas democráticos, crecimiento incontrolado de violencia interétnica, convirtiéndose en el nuevo santuario de fanáticos “yihadistas”, y albergando, inclusive, el primer genocidio de este nuevo milenio: el que se está perpetrando en las tierras de Sudán.

Que este panorama se desenvuelva a la distancia de pocas millas, las que separan a ambas costas, implica una responsabilidad moral, política y social inmensa para Europa. La organización continental reitera permanentemente la decisión de utilizar su presencia conjunta en los foros internacionales (el “poder blando” del que dispone, en la categoría del politólogo Joseph Nye), para convertirse en una correa de transmisión de la paz, el desarrollo, el crecimiento armónico y sustentable, y la democracia. Sin embargo, con su vecino africano los intentos siguen fallando: lo que debería ser un territorio de cooperación sigue separado por un abismo, con profundidades cada vez más marcadas.

La iniciativa más sólida de Europa hacia África en los últimos tiempos, estuvo encabezada por España, cuando la gobernaba Felipe González. En 1995, en la capital de Cataluña se lanzó el “Proceso de Barcelona”, por el que se tendía a cooperar con los países de la ribera sur en cuatro vertientes (política, económica, de seguridad, y cultural), y a colaborar en la integración de los países norafricanos entre sí, al tiempo que se fijaba la meta de una zona de libre comercio con la Unión Europea para 2010. Trece años después de lanzado este proceso, y a pesar de los más de 20.000 millones de euros invertidos por Bruselas desde entonces, la iniciativa puede considerarse, al menos al día de hoy, un auténtico fracaso.

Y si esta evaluación no fuera suficiente para mover las conciencias de las élites políticas europeas, la relación con el continente negro se ha transformado, en los últimos tiempos, en una moneda de cambio en la disputa por la primacía y la influencia al interior de la Unión Europea.

Ha sido el Presidente francés, exuberante y enérgico desde que llegó al Elíseo (y arrebatador de titulares de la “prensa rosa” últimamente), quien realizó una jugada cuyos resultados finales aún están por verse. Ya en su discurso de victoria electoral, en mayo del año pasado, Nicolás Sarkozy había anunciado su proyecto de creación de una nueva entidad internacional, la “Unión Mediterránea”, que agruparía en su seno a los Estados europeos ribereños del “mare nostrum” (sin los restantes socios de la Unión Europea), y a los once países africanos costeros del borde sur.

La nueva organización internacional pondría nuevamente sobre la mesa los asuntos vertebrales de la vecindad, aspirando a ser una “unión política, económica y cultural”, según su impulsor y mentor. Llevaría a expandir el “poder blando” europeo a sus socios del sur, promovería el afianzamiento de sus sistemas democráticos, y contribuiría al desarrollo mediante inyecciones de fondos provenientes de los países de la Unión Europea, especialmente en infraestructuras y en el sector de la energía. Para apoyar sus palabras con hechos, Sarkozy participó personalmente en el diseño de venta de centrales nucleares francesas a Marruecos. Llegó, inclusive, a presentar a esta nueva organización como la posibilidad cierta de relanzamiento de un proceso de paz exitoso en Medio Oriente.

Pero semejante declaración de buenas intenciones, según se ha visto en las últimas semanas, sólo era el disfraz de una lucha de poder al interior de la Unión Europea. Su objetivo verdadero era reposicionar a Francia en una posición de liderazgo, y ha sido neutralizada por la intervención de la Canciller alemana, Ángela Merkel. En realidad, era contra ella y contra la nueva posición de preeminencia de Berlín en el concierto europeo, que Sarkozy ha ideado su estrategia internacional, utilizando a África como instrumento.

La última ampliación de la organización continental hacia el Este, con la introducción de los países de la ex órbita soviética, ha llevado a la Unión Europea a 27 miembros, con un número importante de ellos con relaciones privilegiadas con Berlín. Así, Sarkozy se imaginó dos áreas de preeminencia dentro de la UE: Alemania en el centro y el Este, y Francia como líder de la Europa meridional.

Merkel y su diplomacia discreta han logrado desactivar la iniciativa del Presidente francés: el Consejo Europeo del 13 y 14 de marzo ha dejado su iniciativa de lado, y ha vuelto al “Proceso de Barcelona”, al que ahora le agrega el subtítulo de “Unión por el Mediterráneo”. Pero no habrá más dinero, acaso algo más de burocracia.

El creciente desencuentro entre Alemania y Francia es una mala noticia para todos. Que Europa siga utilizando el argumento de la cooperación y la vecindad para saldar cuentas internas es una mala noticia –especialmente- para África. Pero ella ya está acostumbrada.



jueves, 21 de junio de 2007

ETA y la paz posible de los españoles (21 06 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba” – (21 de junio, 2007)








ETA Y LA PAZ POSIBLE DE LOS ESPAÑOLES



por Nelson Gustavo Specchia


Profesor de Política Internacional

Universidad Católica de Córdoba






“ETA quiere anunciar que abandona el alto el fuego permanente y que ha decidido actuar… a partir de las 00:00 hs del 6 de junio de 2007.” Con esta lacónica y terrible frase finaliza el comunicado escrito que la organización terrorista vasca distribuyó estos días pasados. Con estas pocas palabras ETA comunica a la sociedad española que vuelve a matar, a atentar indiscriminadamente “en todos los frentes”; que vuelve a imponer la extorsión y el chantaje del “impuesto revolucionario” a empresarios y comerciantes; que vuelve a secuestrar, a poner bombas en los automóviles, a hacer estallar grandes superficies llenas de civiles, y a amedrentar y sepultar a toda la sociedad bajo el manto del miedo permanente.



En realidad, el comunicado escrito de la banda tiene, dentro de lo terrorífico de su trasfondo, también un toque de ironía macabra. Este rompimiento de la tregua que –teóricamente- había iniciado el 22 de marzo del año pasado, ya había saltado por los aires a fines del mismo 2006. El 30 de diciembre estalló un coche bomba en el estacionamiento de la nueva Terminal 4 del aeropuerto madrileño de Barajas, sepultando entre sus escombros –otra ironía macabra- a dos humildes trabajadores inmigrantes ecuatorianos.



Diego Armando Estancio (le habían puesto su nombre por Maradona), y Carlos Palate, los ecuatorianos que murieron en el atentado de Barajas, fueron las víctimas número 816 y 817 desde que ETA comenzó a matar. Los heridos son muchos más. Los amedrentados por su terror se cuentan por miles. ETA no tiene una larga historia en la política española, su actividad criminal se extiende por tres décadas, las mismas con las que cuenta la democracia en la península, luego de la larga noche de la dictadura franquista.



En su corta historia “revolucionaria” para “liberar” al País Vasco de la “dominación” española, la banda ha planteado cinco “alto el fuego”. Ha aceptado negociaciones con el gobierno central durante esas treguas, con el socialismo de Felipe González primero, y luego con la administración conservadora de José María Aznar. La que acaba de romper con el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero era el quinto intento. En realidad, las treguas fueron aprovechadas por la banda para recomponer su aparato logístico, para reestructurar sus cuadros, y para planificar nuevas acciones armadas. ETA siempre rompió los “alto el fuego”. Y siempre volvió a matar. Es esperable que su amenaza del 6 de junio se cumpla en breve, y un nuevo evento de sangre vuelva a enlutar la vida civil española.



Las negociaciones con las administraciones centrales han fracasado una y otra vez, porque los objetivos –siempre maximalistas- que la banda terrorista plantea, son inaceptables para cualquier gobierno. ETA (cuyas siglas significan, en euskera, Euskadi Ta Askatasuna, Patria Vasca y Libertad) aspira a la territorialidad y la autodeterminación de los vascos. Como vascos define a los habitantes de las actuales provincias españolas de la comunidad autónoma (Álava, Guipúzcoa, y Vizcaya), más los de la comunidad autónoma de Navarra, más los ciudadanos franceses de las comarcas de Benafarroa (Baja Navarra), Lapurdi, y Zuberoa. Estas siete comunidades, repartidas en dos estados europeos, conformarían una unidad histórica, lingüística y socio-cultural diferente, a la que denominan Euskal Herria. Esta unidad debería expresarse en lo territorial (una única entidad) y en lo político (autodeterminación). Dentro de esta lógica, la puesta en práctica del planteo de ETA debería llevar a la creación de un nuevo estado, independiente de España y de Francia, o sea, soberano. ¿Qué gobierno podría aceptar negociar en estos términos?



Batasuna, la expresión partidaria de ETA, el “brazo político” de la banda, tiene prohibido presentarse a las elecciones, debido al apoyo a la violencia terrorista que atenta contra el estado de derecho y el sistema democrático. En la búsqueda de alternativas que le permitan sortear la prohibición, Batasuna pidió a sus bases electorales que votaran por un pequeño partido político regional (ANV), o bien que anularan el voto. En las recientes elecciones municipales, la suma de votos nulos más los que consiguió ANV – Acción Nacionalista Vasca, la formación que recibió el voto etarra, constituye una muy reducida minoría en el total del electorado. La gran mayoría de los vascos quieren paz, autonomía, y tranquilidad dentro de España. Entonces ETA, en su comunicado de fin de la tregua, deja sentado que esa voluntad popular le tiene sin cuidado: “Las elecciones recientemente celebradas carecen de legitimidad”, afirman.



Rodríguez Zapatero ha reaccionado con dureza, aunque algo tarde. Durante todos estos meses pasados, sin entender que el diálogo con el terrorismo socava la propia democracia (y, por supuesto, a su propia administración), dio sobradas muestras de estar dispuesto a llegar a algún tipo de acuerdo con la banda (acercamiento de presos etarras al País Vasco, atenuación de la condena al terrorista Iñaki de Juana Chaos, enfriamiento de los juicios a los dirigentes de Batasuna). Hoy justifica su empeño negociador confesando: “He realizado todos los esfuerzos para alcanzar la paz, y abrir un marco de convivencia para todos, en el que pudiesen defenderse democráticamente todas las opciones y que supere todo enfrentamiento.” Pero rota la tregua y ante el nuevo desafío del terrorismo armado, se apresuró a encarcelar a Arnaldo Otegui, líder de Batasuna; a volver a De Juana Chaos a prisión; al tiempo que la policía francesa detenía, en Bagneres de Bigorre, a tres etarras miembros del aparato militar de la banda.



En esta nueva etapa, Rodríguez Zapatero ha rectificado el rumbo. Ha abandonado las hipótesis de diálogo con la organización terrorista, y se propone la defensa de las instituciones democráticas, la aplicación irrestricta del Estado de derecho, el funcionamiento pleno de las fuerzas de policía y seguridad, y la cooperación internacional. Ha convocado, para ello, a la unidad de todas las fuerzas democráticas españolas, para sellar un pacto contra el terrorismo. Mariano Rajoy, el líder del derechista Partido Popular, ha aparcado por un momento sus críticas constantes y ácidas al gobierno, y ha acudido a la Moncloa a acercarle su apoyo –aunque condicionado- al Presidente. El resto de las fuerzas del arco democrático ha hecho lo propio. Sería altamente deseable que la administración socialista no perdiese esta oportunidad, quizá la última de su legislatura.



La democracia española debe seguir consolidándose, y la paz social alcanzada –después de la experiencia amarga de cuatro décadas de dictadura- es un mínimo ético que no puede negociarse. El intento de condicionamiento de la vida cívica por parte de un puñado de asesinos encapuchados, que intentan desde su marginalidad arrogarse la representación de mayorías inexistentes, debe ser respondido desde la movilización popular, desde los acuerdos de coexistencia de las fuerzas democráticas, y desde la vigencia plena de las libertadas y los derechos ciudadanos. Y legítima y firmemente coordinado por el gobierno.



Los ojos del mundo miran hacia España.











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