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jueves, 5 de marzo de 2009

Entre vascos, gallegos y porteños

ENTRE VASCOS, GALLEGOS, Y PORTEÑOS


Por Nelson G. Specchia




En este país nuestro, un país de aluvión, se ven cosas extrañas. Ver, por ejemplo, cómo se discutía, en estas últimas semanas, en el centro de la ciudad de Buenos Aires un escaño de diputados autonómicos en la cámara vasca, o las elecciones a la Xunta de Galicia, es, sin duda, un evento inusual para los observadores de la política internacional.

Efectivamente, el alto número de votantes habilitados para las elecciones españolas en la República Argentina, naturales de la península o descendientes de aquellos que han adquirido la ciudadanía, se han transformados en votos críticos en unas elecciones sorpresivas y tan ajustadas como las que han vivido el domingo último las legislaturas de aquellas dos regiones españolas, el País Vasco y Galicia.

Y este es el segundo elemento que hay que destacar en un análisis: la sorpresa que viene de las nuevas modalidades, de las nuevas conductas políticas que asumen los electorados, en una coyuntura de crisis e inestabilidad internacional, y ruptura de viejas fórmulas, que llevan a sospechar que ya nadie, ni allá ni aquí, tiene garantizado de antemano la victoria, y que las alianzas y las mayorías se hacen y se deshacen con mucha mayor rapidez y facilidad que hace poco tiempo atrás.

Veamos: en Galicia, una comunidad autónoma todavía predominantemente rural, de donde viene la buena carne, el queso de tetilla y las verduras frescas, ha sido tradicionalmente conservadora, y acostumbraba optar por el Partido Popular. Con ello, tuvo en la cabeza de su ejecutivo, durante años y años, a don Manuel Fraga Iribarne, que supo ser ministro de Franco en las postrimerías de la Dictadura, y que luego se reconvirtió hacia la democracia y fue una figura importante, tanto en la Transición, como en la redacción de la nueva Constitución, luego de la muerte del Generalísimo Dictador. Esta homogeneidad en la conducta electoral de los gallegos se quebró en la última legislatura, cuando una alianza entre los socialistas y los nacionalistas del Bloque Galego desplazó a don Manuel Fraga de su (casi) eterno sillón, y colocó al frente al socialista Emilio Pérez Touriño. Todos daban por supuesta que la hegemonía del conservadurismo del Partido Popular se había acabado en las tierras gallegas, sin embargo, en las elecciones del domingo los populares han vuelto, y has vuelto con fuerzas. Nadie tiene fórmulas permanentes.

Pero aún más sorpresivos han sido los resultados autonómicos en las elecciones vascas, especialmente por lo mucho que pueden tener de trasladables a otros análisis políticos. Por primera vez en treinta años, el Partido Nacionalista Vasco (la primera fuerza política de Euskadi, fundado por Sabino Arana hace un siglo), sumado a las fuerzas nacionalistas de izquierda, han perdido la mayoría en la cámara, y –si todo sale como parece- el País Vasco tendrá por primera vez un presidente autonómico, un “lehendakari”, socialista: el líder Patxi López.

Las elecciones vascas, como ya es habitual, se han desarrollado en un entorno crítico. ETA sigue activa, a pesar de la detención de algunos de sus máximos dirigentes en los últimos tiempos, y los golpes que ha sufrido la organización terrorista por partes de las policías española y francesa. Además, una persecución judicial de las formaciones partidarias afines a ETA (la izquierda “abertzale” que no condena la violencia terrorista), hizo que ese arco de opciones quedara, el domingo pasado, momentáneamente fuera de juego. ETA, al no contar con instrumentos para conseguir escaños desde donde bombardear al propio sistema, llamó a sus simpatizantes a impugnar el voto, colocando en las urnas las boletas de la ilegalizada agrupación D3M (“Democracia 3 millones”), pero éstas no llegaron al 9 por ciento, o sea, unos 100.000 votos impugnados. De esta manera, este sector del nacionalismo independentista se configura como el gran perdedor en las elecciones vascas del domingo.

En síntesis: el PNV (el Partido Nacionalista Vasco) sigue siendo el más votado en la comunidad autónoma, pero con 30 mil votos menos que hace cuatro años, lo que hará muy difícil que Ibarretxe, el actual “lehendakari”, consiga un nuevo período al frente del ejecutivo.

El Partido Socialista Vasco ha batido todos los récords, con un aumento de más del 30 por ciento de los votos; aunque no le alcanzarán para gobernar en soledad, es más que probable que cuente con el apoyo de las demás agrupaciones no nacionalistas para formar gobierno.

El Partido Popular, que enfrenta en estos momentos una grave crisis interna, con denuncias de corrupción en la comunidad de Madrid, ha visto retrocedido el apoyo de los conservadores vascos en casi un tercio respecto de hace 4 años, aunque sigue siendo el tercer partido político de Euskadi, y su intervención en apoyo del candidato a “lehendakari” será vital en la cámara.

Y entre todas estas conclusiones, la que me parece de una importancia relativa más destacada, es la aplastante derrota del nacionalismo violento, de los sectores afines al terrorismo de ETA, que retroceden en más de 50 mil votos respecto de las últimas elecciones, virando este electorado hacia un nacionalismo de izquierdas pacífico, un “abertzalismo” que, en definitiva, renuncie a matar como herramienta de lucha política.

Tengo la esperanza de que nuestros compatriotas, esos viejos vascos que pueblan la Argentina desde hace tantos años, y sus hijos y sus nietos, hayan contribuido con su voto a este cambio de tendencia, que será útil no sólo a los vascos y al resto de España, sino a todos los hombres de buena voluntad.

jueves, 21 de junio de 2007

ETA y la paz posible de los españoles (21 06 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba” – (21 de junio, 2007)








ETA Y LA PAZ POSIBLE DE LOS ESPAÑOLES



por Nelson Gustavo Specchia


Profesor de Política Internacional

Universidad Católica de Córdoba






“ETA quiere anunciar que abandona el alto el fuego permanente y que ha decidido actuar… a partir de las 00:00 hs del 6 de junio de 2007.” Con esta lacónica y terrible frase finaliza el comunicado escrito que la organización terrorista vasca distribuyó estos días pasados. Con estas pocas palabras ETA comunica a la sociedad española que vuelve a matar, a atentar indiscriminadamente “en todos los frentes”; que vuelve a imponer la extorsión y el chantaje del “impuesto revolucionario” a empresarios y comerciantes; que vuelve a secuestrar, a poner bombas en los automóviles, a hacer estallar grandes superficies llenas de civiles, y a amedrentar y sepultar a toda la sociedad bajo el manto del miedo permanente.



En realidad, el comunicado escrito de la banda tiene, dentro de lo terrorífico de su trasfondo, también un toque de ironía macabra. Este rompimiento de la tregua que –teóricamente- había iniciado el 22 de marzo del año pasado, ya había saltado por los aires a fines del mismo 2006. El 30 de diciembre estalló un coche bomba en el estacionamiento de la nueva Terminal 4 del aeropuerto madrileño de Barajas, sepultando entre sus escombros –otra ironía macabra- a dos humildes trabajadores inmigrantes ecuatorianos.



Diego Armando Estancio (le habían puesto su nombre por Maradona), y Carlos Palate, los ecuatorianos que murieron en el atentado de Barajas, fueron las víctimas número 816 y 817 desde que ETA comenzó a matar. Los heridos son muchos más. Los amedrentados por su terror se cuentan por miles. ETA no tiene una larga historia en la política española, su actividad criminal se extiende por tres décadas, las mismas con las que cuenta la democracia en la península, luego de la larga noche de la dictadura franquista.



En su corta historia “revolucionaria” para “liberar” al País Vasco de la “dominación” española, la banda ha planteado cinco “alto el fuego”. Ha aceptado negociaciones con el gobierno central durante esas treguas, con el socialismo de Felipe González primero, y luego con la administración conservadora de José María Aznar. La que acaba de romper con el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero era el quinto intento. En realidad, las treguas fueron aprovechadas por la banda para recomponer su aparato logístico, para reestructurar sus cuadros, y para planificar nuevas acciones armadas. ETA siempre rompió los “alto el fuego”. Y siempre volvió a matar. Es esperable que su amenaza del 6 de junio se cumpla en breve, y un nuevo evento de sangre vuelva a enlutar la vida civil española.



Las negociaciones con las administraciones centrales han fracasado una y otra vez, porque los objetivos –siempre maximalistas- que la banda terrorista plantea, son inaceptables para cualquier gobierno. ETA (cuyas siglas significan, en euskera, Euskadi Ta Askatasuna, Patria Vasca y Libertad) aspira a la territorialidad y la autodeterminación de los vascos. Como vascos define a los habitantes de las actuales provincias españolas de la comunidad autónoma (Álava, Guipúzcoa, y Vizcaya), más los de la comunidad autónoma de Navarra, más los ciudadanos franceses de las comarcas de Benafarroa (Baja Navarra), Lapurdi, y Zuberoa. Estas siete comunidades, repartidas en dos estados europeos, conformarían una unidad histórica, lingüística y socio-cultural diferente, a la que denominan Euskal Herria. Esta unidad debería expresarse en lo territorial (una única entidad) y en lo político (autodeterminación). Dentro de esta lógica, la puesta en práctica del planteo de ETA debería llevar a la creación de un nuevo estado, independiente de España y de Francia, o sea, soberano. ¿Qué gobierno podría aceptar negociar en estos términos?



Batasuna, la expresión partidaria de ETA, el “brazo político” de la banda, tiene prohibido presentarse a las elecciones, debido al apoyo a la violencia terrorista que atenta contra el estado de derecho y el sistema democrático. En la búsqueda de alternativas que le permitan sortear la prohibición, Batasuna pidió a sus bases electorales que votaran por un pequeño partido político regional (ANV), o bien que anularan el voto. En las recientes elecciones municipales, la suma de votos nulos más los que consiguió ANV – Acción Nacionalista Vasca, la formación que recibió el voto etarra, constituye una muy reducida minoría en el total del electorado. La gran mayoría de los vascos quieren paz, autonomía, y tranquilidad dentro de España. Entonces ETA, en su comunicado de fin de la tregua, deja sentado que esa voluntad popular le tiene sin cuidado: “Las elecciones recientemente celebradas carecen de legitimidad”, afirman.



Rodríguez Zapatero ha reaccionado con dureza, aunque algo tarde. Durante todos estos meses pasados, sin entender que el diálogo con el terrorismo socava la propia democracia (y, por supuesto, a su propia administración), dio sobradas muestras de estar dispuesto a llegar a algún tipo de acuerdo con la banda (acercamiento de presos etarras al País Vasco, atenuación de la condena al terrorista Iñaki de Juana Chaos, enfriamiento de los juicios a los dirigentes de Batasuna). Hoy justifica su empeño negociador confesando: “He realizado todos los esfuerzos para alcanzar la paz, y abrir un marco de convivencia para todos, en el que pudiesen defenderse democráticamente todas las opciones y que supere todo enfrentamiento.” Pero rota la tregua y ante el nuevo desafío del terrorismo armado, se apresuró a encarcelar a Arnaldo Otegui, líder de Batasuna; a volver a De Juana Chaos a prisión; al tiempo que la policía francesa detenía, en Bagneres de Bigorre, a tres etarras miembros del aparato militar de la banda.



En esta nueva etapa, Rodríguez Zapatero ha rectificado el rumbo. Ha abandonado las hipótesis de diálogo con la organización terrorista, y se propone la defensa de las instituciones democráticas, la aplicación irrestricta del Estado de derecho, el funcionamiento pleno de las fuerzas de policía y seguridad, y la cooperación internacional. Ha convocado, para ello, a la unidad de todas las fuerzas democráticas españolas, para sellar un pacto contra el terrorismo. Mariano Rajoy, el líder del derechista Partido Popular, ha aparcado por un momento sus críticas constantes y ácidas al gobierno, y ha acudido a la Moncloa a acercarle su apoyo –aunque condicionado- al Presidente. El resto de las fuerzas del arco democrático ha hecho lo propio. Sería altamente deseable que la administración socialista no perdiese esta oportunidad, quizá la última de su legislatura.



La democracia española debe seguir consolidándose, y la paz social alcanzada –después de la experiencia amarga de cuatro décadas de dictadura- es un mínimo ético que no puede negociarse. El intento de condicionamiento de la vida cívica por parte de un puñado de asesinos encapuchados, que intentan desde su marginalidad arrogarse la representación de mayorías inexistentes, debe ser respondido desde la movilización popular, desde los acuerdos de coexistencia de las fuerzas democráticas, y desde la vigencia plena de las libertadas y los derechos ciudadanos. Y legítima y firmemente coordinado por el gobierno.



Los ojos del mundo miran hacia España.











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