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viernes, 14 de diciembre de 2012

Urkullu, la vuelta del nacionalismo vasco (14 12 12)

Urkullu, la vuelta del nacionalismo vasco

por Nelson G. Specchia









Después de un interregno político que tuvo mucho de artificial, el Partido Nacionalista Vasco (PNV) ha vuelto esta semana a hacerse cargo del gobierno de la comunidad autónoma más rebelde de España, que se llama a sí misma “País Vasco”.

Las características de este retorno lo alejan de todo lo conocido hasta ahora desde la vuelta de la democracia tras la transición posfranquista: la crisis internacional mantiene al gobierno central de Madrid contra las cuerdas, literalmente; los ajustes económicos estructurales impulsados por las instituciones europeas y por el liderazgo continental conservador de la Canciller alemana Ángela Merkel dejan márgenes estrechísimos de acción para las iniciativas heterodoxas; la difícil situación de los bancos y del sector inmobiliario han conducido a unos desalojos, desahucios y expulsiones de familias de departamentos comprados en cuotas o alquilados, que han provocado la desesperada salida del suicidio de algunos ocupantes que han preferido la muerte antes que quedar desamparados y en la calle, como en las épocas más negras de la Dictadura.

Pero, de todo el complejo menú de condicionantes estatales, regionales y europeos, la constitución del nuevo gobierno vasco se ha dado en una coyuntura inédita de la historia local contemporánea: la ausencia de la amenaza terrorista de ETA y su paulatina incorporación a la vida institucional a través de un partido político aceptado legalmente: Euskal Herria-Bildu (EH-Bildu).

En este marco, Íñigo Urkullu Rentería, de 51 años, ha sido proclamado por la Cámara autonómica como “lehendakari”, el quinto presidente regional de la democracia. Pero esos condicionantes que anotábamos no solamente han calado hondo en el resultado electoral y en el retorno del histórico partido nacionalista, sino que también incidirán en el margen de maniobra del nuevo Ejecutivo; en su relación con el independentismo de la ETA transformada en partido; en sus relaciones con el otro autonomismo fuerte de la península (el catalán, con el presidente Artur Mas jugándose un referéndum independentista en los próximos meses); en las conexiones con lo que vaya a terminar haciendo Escocia, en su plan separatista de la corona británica y, quizás el punto más importante de la agenda de la nueva administración, cómo gerenciar la transición hacia la paz política, sin que queden peligrosas humillaciones en el camino, después de tan largas décadas de una vida institucional que sobrevivía a la sombra de las armas terroristas. 

EL DESLIZ SOCIALISTA

Urkullu, el quinto “lehendakari”, vuelve, en todo caso, a poner las cosas en su sitio: el PNV ha sido históricamente el representante de las mayorías en Euskadi, aunque las divisiones en el seno de la familia nacionalista -entre la derecha, los que opinan que hay que permanecer dentro de España, y la izquierda que reclama la separación completa de Madrid “y de la opresión borbónica”- hayan ido paulatinamente socavado el apoyo hegemónico que el PNV lograba recoger, tanto en las cuatro décadas de la tiranía del Caudillo como en la transición constitucional hacia la monarquía parlamentaria.

Esa representación “natural” del principal partido nacionalista tuvo un paréntesis de tres años, el de la legislatura presidida por el socialista Patxi López, que acaba de terminar.

A mediados de 2009, cuando un socialista, que además portaba un apellido tan poco identificado con la ortografía de los nombres vascongados como López, se convirtió en el cuarto “lehendakari”, los analistas de la cuestión vasca, siempre tan compleja, anunciaron la emergencia de una nueva época: por primera vez en la historia democrática un candidato no nacionalista llegaba al palacio de Ajuria Enea, mediante la alquimia parlamentaria de sumar los 25 votos de los diputados del Partido Socialista de Euskadi (PSE) a los 13 votos del conservador Partido Popular (PP) -que por entonces era la oposición al gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero en Madrid-, y un voto del nuevo partido Unión, Progreso y Democracia (UPyD), de la ex socialista Rosa Díez. Con esta alianza, López tuvo la mayoría para desplazar, por primera vez, al hegemónico PNV.

Pero esa alianza de gentes e ideas tan disímiles terminó haciendo agua a poco de arrancar. La gobernabilidad y la paz, que habían sido las principales promesas de Patxi López en el discurso de investidura, fueron ítems de negociación permanente sin que se arribara nunca a un acuerdo permanente. Y la paz política terminó llegando más por una decisión de ETA de colgar las armas, que por las gestiones en ese sentido desde Ajuria Enea. 

Lo novedoso de la experiencia de Patxi López, para estos analistas, radicaba en la separación entre tradición y política. El nacionalismo vasco es profundamente identitario, conservador, muy cercano a la Iglesia católica (y, más específicamente, al discurso de los obispos vascos, que respaldan y retroalimentan al propio nacionalismo), y a la historia mítica de la “diferenciación” de Euskadi (trasciende el folklore la insistencia en marcar que han sido uno de los pocos pueblos europeos no romanizados: ¡ni los centuriones romanos lograron traspasar las montañas vascongadas!) López, en cambio, tomó posesión como un presidente laico y moderno, no juró sobre la Biblia ni hubo en el acto ningún crucifijo sobre la mesa, sino que prometió el cargo sobre un ejemplar del Estatuto de Gernika, el histórico documento rubricado en 1979 por las fuerzas democráticas, donde se reafirma la unidad de todos los vascos tras una concepción representativa y plural como forma de gobierno.

EL HUESITO EN LA NUCA

Las expectativas generadas por la asunción simbólica de la modernidad en Euskadi de la mano de la alianza de partidos no nacionalistas, sin embargo, ha terminado en aguas de borrajas. Los objetivos ideológicos del imaginario de un País Vasco asociado al Estado español no han calado, y los hechos concretos del mejoramiento de la vida cotidiana de los vascos -en especial una reformulación de los presupuestos y en la distribución de los impuestos con Madrid- tampoco. Patxi López se ha visto en la encrucijada de tener que convocar a elecciones anticipadas sin agotar los cuatro años de su legislatura, y como resultado de ellas, volver a entregar el palacio de Ajuria Enea a sus ocupantes habituales: el Partido Nacionalista Vasco, encabezado en estos tiempos por el joven Íñigo Urkullu.

El nuevo “lehendakari”, en el breve discurso de investidura de ayer en la cámara autonómica, ha asegurado que se esforzará en conseguir “la paz y el autogobierno”, casi las mismas palabras que Patxi López hace tres años. Y se notaba, en esas palabras, que empezar una acción de gobierno con el menor apoyo parlamentario jamás conocido (sólo lo votaron los diputados del PNV) y con el marco de la crisis económica regional y europea anotada al comienzo no era precisamente su escenario esperado. Por ello, Urkullu ha dibujado su futura administración a través de la renovación de tres “pactos de Estado”: salir juntos de la crisis; consolidar juntos el fin de ETA; y encarar juntos la reforma del Estatuto Autonómico de 1979 para ganar espacios (sin llegar al planteo de nuevas quimeras independentistas, que ya hundieron en su momento al gobierno de Juan José Ibarretxe) ante el gobierno central de Madrid.
En frente, en todo caso, no tendrá que lidiar tanto con la bancada socialista, que sale muy debilitada tras la debacle de la presidencia de Patxi López, pero sí con la fortalecida representación de EH-Bildu, el brazo institucionalizado de la ETA desarmada.

Laura Mintegi, la líder de la izquierda “abertzale” pro-etarra, rayó la cancha en la misma sesión de investidura en que anunció que no votarían por Urkullu sino por ella misma: el discurso independentista y el modelo soberanista, dijo, están en condiciones de aportar soluciones válidas a la crisis y armar un nuevo escenario político, social y económico que rompa con la “dependencia” y la “opresión” del Estado español. Un guión que sigue al detalle las palabras que ETA viene repitiendo desde hace cuarenta años.

Los vascos, dicen Mintegi y los “abertzales”, son efectivamente distintos. Tan distintos que hasta tienen un hueso más que el resto de los mortales, un huesito que sobresale en la nuca. Y esa diferenciación tiene que tener un correlato político, en la forma de un Estado propio: una “Euskal Herria independiente y socialista”.
Íñigo Urkullu recupera el gobierno vasco para el PNV, pero la legislatura que le espera será más difícil que ninguna de las precedentes. La paz vasca sigue siendo una obra en construcción. 






Twitter: @nspecchia

viernes, 2 de noviembre de 2012

Las dos esquinas (21 10 12)

Las dos esquinas

por Nelson Gustavo Specchia





Dos de las regiones “históricas” de España fueron a las urnas este domingo, rodeadas por el clima general de desasosiego que genera la crisis continental y los duros ajustes del gobierno de Mariano Rajoy, que no consigue que sus correligionarios europeos se decidan a auxiliar a la tambaleante economía de la península.

Y los resultados han confirmado –aumentándolas- las tendencias que delineaban las encuestas previas: el gobernante Partido Popular (PP) ha aumentado su margen en Galicia, alcanzando la mayoría absoluta en la Cámara autonómica; y los independentistas de la izquierda “abertzale” vasca de EH-Bildu, históricamente vinculada a ETA, ha hecho la mejor elección de su historia, logrando el segundo lugar y obligando al mayoritario Partido Nacionalista Vasco (PNV) a pactar con ella el futuro gobierno regional.

O sea, “erre que erre”, como dirían en Madrid: los tradicionalistas, rurales y semifeudales gallegos profundizan su apego a la derecha, mientras los industriosos y ricos vascos aumentan la brecha del independentismo separatista.

 Los grandes perdedores, en las dos esquinas de España, vuelven a ser los socialistas. Si alguien creía que con la debacle de las últimas elecciones generales el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) había tocado su piso, se equivocó: aún se puede ir más abajo. Patxi López, el “lehendakari” socialista vasco quedó desplazado a un humillante tercer lugar (16 escaños, contra los 27 del PNV y los sorprendentes 21 de Bildu). Entre ambos nacionalismos –de centro y de izquierda- sumarán 48 bancas; y aún más honda es la derrota de los socialistas gallegos de Pachi Vázquez, enterrado por los votos del PP de Alberto Núñez Feijóo.

En conclusión: los gallegos le han regalado una bocanada de oxígeno a Mariano Rajoy, en un momento en que la necesita desesperadamente; el socialismo agudiza una crisis terminal: Alfredo Pérez Rubalcaba deberá decidir entre renunciar o refundar el partido desde los cimientos. Y el porcentaje de españoles que no encuentran representación alguna sigue creciendo: tanto en el País Vasco como en Galicia concurrió a votar poco más del 40 por ciento del padrón, y eso es aún un 10 por ciento menos que la abstención registrada en las últimas elecciones de 2009.

Los indignados siguen creciendo, y los socialdemócratas necesitan de un partido político en España.








Twitter:  @nspecchia

sábado, 9 de mayo de 2009

Un López para Euskadi

Un López para Euskadi

La transición alcanzada en el País Vasco por el acuerdo entre los socialistas y el Partido Popular asume toda la carga de un nuevo tiempo fundacional.

por Nelson Gustavo Specchia



PatxiLopez I


El socialista Patxi López ya es lehendakari, el presidente del País Vasco, una de las comunidades autónomas históricas de España. Por primera vez en la historia democrática, en estas tres décadas que van desde el fin de la dictadura franquista y la transición a la democracia, un candidato no nacionalista llega al palacio de gobierno de Ajuria Enea.

Patxi López logró aunar lo que parecía imposible: a los 25 votos de sus diputados del Partido Socialista de Euskadi (PSE), se les sumaron los 13 votos del conservador Partido Popular (PP), y uno del nuevo partido Unión, Progreso y Democracia (UPyD) de la ex socialista Rosa Díez. Con esta alianza, López tuvo la mayoría de 39 votos para terminar con la hegemonía del Partido Nacionalista Vasco (PNV) y desplazar a Juan José Ibarretxe del gobierno autonómico.

El acuerdo entre los socialistas y el PP reparte carteras y competencias entre ambas agrupaciones, y se supone que permitirá asegurar la gobernabilidad del País Vasco para los próximos cuatro años de Legislatura, sin la participación de representantes del nacionalismo de derecha ni de la izquierda abertzale.

La primera consecuencia de este cambio de rumbo se hará sentir en el meollo de la política vasca: la agenda independentista, centro de gravitación del discurso, de la vida social, y de la violencia terrorista, perderá relevancia.

Patxi López basará su gestión sobre dos ideas fuerza: el ofrecimiento de participación al PNV, sin ningún revanchismo, para lograr un gobierno sin exclusiones (en realidad, para que la exclusión de los sectores independentistas radicales sea aún más notoria); y la centralidad de la lucha contra ETA.

La victoria sobre la organización terrorista, ha dicho el nuevo presidente autonómico, requiere de un rearme moral de toda la sociedad vasca, donde la violencia como arma política se deslegitime en todos los campos y en todos los órdenes, desde los jóvenes incendiarios de la kale borroka (los disturbios callejeros en las manifestaciones), hasta la mirada indulgente de los nacionalistas democráticos.

Y para que este propósito sea más evidente, López tomó posesión en la Casa de Guernica, no juró sobre la Biblia sino sobre un ejemplar del Estatuto de Guernica, el histórico documento rubricado en 1979 por las fuerzas democráticas, para reafirmar la unidad de todos los vascos.

La llegada de Patxi López pone fin al monopolio de un cargo altamente simbólico, además de sus funciones ejecutivas, que el PNV no soltó desde su creación como fuerza política, en los albores de la guerra civil española, en 1936, por el líder nacionalista Sabino Arana. Por eso esta transición asume toda la carga de un nuevo tiempo fundacional.

El hecho inédito de las dos grandes fuerzas antagonistas nacionales pactando un acuerdo de gobierno para alcanzar la mayoría parlamentaria en Euskadi parece demostrar que el discurso identitario, que ha repetido hasta el hartazgo el PNV (y que ha concitado para sí el apoyo de la izquierda afín a ETA), genera rechazo en cada vez más amplios sectores del electorado vasco, tanto de centroizquierda como de centroderecha. Y en este rechazo no es menor la visión del ciudadano medio, no necesariamente imbuido de la lucha ideológica, pero que tiene que vivir su cotidianidad bajo la permanente amenaza de las bombas, el secuestro, la extorsión y el asesinato.

La organización terrorista ETA y el entorno político afín a sus tesis han llevado a que en las tierras vascongadas se perciban dos colectivos sociales separados y antagónicos: quienes quieren, desde su idiosincrasia particular, seguir siendo parte del Estado español (el filósofo Fernando Savater es uno de sus voceros principales) y aquellos cuyo sentimiento de pertenencia a las tierras ancestrales y las aspiraciones de autogobierno los llevarían a plantear posturas soberanistas y antiespañolas (la expresión política legal sería el Partido Nacionalista Vasco, y fuera de la legalidad constitucional, el extremismo radical de la ETA).

Sin embargo, según una investigación de la Universidad del País Vasco de fines del año pasado, seis de cada diez ciudadanos ve compatible su doble identidad vasca y española; la lengua euskera se defiende, pero se realzan las virtudes del bilingüismo.

La sociedad vasca se ha modernizado y transformado en 30 años, y el nacionalismo de cualquier signo parece no haberse percatado de la profundidad de estas leves variaciones en la cultura política de su electorado.

En estos sutiles pero profundos cambios hay que encontrar las razones de la elección de Patxi López como presidente del País Vasco. Así como en ellos, también, se asientan las posibilidades de un nuevo pacto social en el norte de España, que entierre definitivamente la violencia terrorista como herramienta de lucha política.



jueves, 5 de marzo de 2009

Entre vascos, gallegos y porteños

ENTRE VASCOS, GALLEGOS, Y PORTEÑOS


Por Nelson G. Specchia




En este país nuestro, un país de aluvión, se ven cosas extrañas. Ver, por ejemplo, cómo se discutía, en estas últimas semanas, en el centro de la ciudad de Buenos Aires un escaño de diputados autonómicos en la cámara vasca, o las elecciones a la Xunta de Galicia, es, sin duda, un evento inusual para los observadores de la política internacional.

Efectivamente, el alto número de votantes habilitados para las elecciones españolas en la República Argentina, naturales de la península o descendientes de aquellos que han adquirido la ciudadanía, se han transformados en votos críticos en unas elecciones sorpresivas y tan ajustadas como las que han vivido el domingo último las legislaturas de aquellas dos regiones españolas, el País Vasco y Galicia.

Y este es el segundo elemento que hay que destacar en un análisis: la sorpresa que viene de las nuevas modalidades, de las nuevas conductas políticas que asumen los electorados, en una coyuntura de crisis e inestabilidad internacional, y ruptura de viejas fórmulas, que llevan a sospechar que ya nadie, ni allá ni aquí, tiene garantizado de antemano la victoria, y que las alianzas y las mayorías se hacen y se deshacen con mucha mayor rapidez y facilidad que hace poco tiempo atrás.

Veamos: en Galicia, una comunidad autónoma todavía predominantemente rural, de donde viene la buena carne, el queso de tetilla y las verduras frescas, ha sido tradicionalmente conservadora, y acostumbraba optar por el Partido Popular. Con ello, tuvo en la cabeza de su ejecutivo, durante años y años, a don Manuel Fraga Iribarne, que supo ser ministro de Franco en las postrimerías de la Dictadura, y que luego se reconvirtió hacia la democracia y fue una figura importante, tanto en la Transición, como en la redacción de la nueva Constitución, luego de la muerte del Generalísimo Dictador. Esta homogeneidad en la conducta electoral de los gallegos se quebró en la última legislatura, cuando una alianza entre los socialistas y los nacionalistas del Bloque Galego desplazó a don Manuel Fraga de su (casi) eterno sillón, y colocó al frente al socialista Emilio Pérez Touriño. Todos daban por supuesta que la hegemonía del conservadurismo del Partido Popular se había acabado en las tierras gallegas, sin embargo, en las elecciones del domingo los populares han vuelto, y has vuelto con fuerzas. Nadie tiene fórmulas permanentes.

Pero aún más sorpresivos han sido los resultados autonómicos en las elecciones vascas, especialmente por lo mucho que pueden tener de trasladables a otros análisis políticos. Por primera vez en treinta años, el Partido Nacionalista Vasco (la primera fuerza política de Euskadi, fundado por Sabino Arana hace un siglo), sumado a las fuerzas nacionalistas de izquierda, han perdido la mayoría en la cámara, y –si todo sale como parece- el País Vasco tendrá por primera vez un presidente autonómico, un “lehendakari”, socialista: el líder Patxi López.

Las elecciones vascas, como ya es habitual, se han desarrollado en un entorno crítico. ETA sigue activa, a pesar de la detención de algunos de sus máximos dirigentes en los últimos tiempos, y los golpes que ha sufrido la organización terrorista por partes de las policías española y francesa. Además, una persecución judicial de las formaciones partidarias afines a ETA (la izquierda “abertzale” que no condena la violencia terrorista), hizo que ese arco de opciones quedara, el domingo pasado, momentáneamente fuera de juego. ETA, al no contar con instrumentos para conseguir escaños desde donde bombardear al propio sistema, llamó a sus simpatizantes a impugnar el voto, colocando en las urnas las boletas de la ilegalizada agrupación D3M (“Democracia 3 millones”), pero éstas no llegaron al 9 por ciento, o sea, unos 100.000 votos impugnados. De esta manera, este sector del nacionalismo independentista se configura como el gran perdedor en las elecciones vascas del domingo.

En síntesis: el PNV (el Partido Nacionalista Vasco) sigue siendo el más votado en la comunidad autónoma, pero con 30 mil votos menos que hace cuatro años, lo que hará muy difícil que Ibarretxe, el actual “lehendakari”, consiga un nuevo período al frente del ejecutivo.

El Partido Socialista Vasco ha batido todos los récords, con un aumento de más del 30 por ciento de los votos; aunque no le alcanzarán para gobernar en soledad, es más que probable que cuente con el apoyo de las demás agrupaciones no nacionalistas para formar gobierno.

El Partido Popular, que enfrenta en estos momentos una grave crisis interna, con denuncias de corrupción en la comunidad de Madrid, ha visto retrocedido el apoyo de los conservadores vascos en casi un tercio respecto de hace 4 años, aunque sigue siendo el tercer partido político de Euskadi, y su intervención en apoyo del candidato a “lehendakari” será vital en la cámara.

Y entre todas estas conclusiones, la que me parece de una importancia relativa más destacada, es la aplastante derrota del nacionalismo violento, de los sectores afines al terrorismo de ETA, que retroceden en más de 50 mil votos respecto de las últimas elecciones, virando este electorado hacia un nacionalismo de izquierdas pacífico, un “abertzalismo” que, en definitiva, renuncie a matar como herramienta de lucha política.

Tengo la esperanza de que nuestros compatriotas, esos viejos vascos que pueblan la Argentina desde hace tantos años, y sus hijos y sus nietos, hayan contribuido con su voto a este cambio de tendencia, que será útil no sólo a los vascos y al resto de España, sino a todos los hombres de buena voluntad.

jueves, 21 de junio de 2007

ETA y la paz posible de los españoles (21 06 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba” – (21 de junio, 2007)








ETA Y LA PAZ POSIBLE DE LOS ESPAÑOLES



por Nelson Gustavo Specchia


Profesor de Política Internacional

Universidad Católica de Córdoba






“ETA quiere anunciar que abandona el alto el fuego permanente y que ha decidido actuar… a partir de las 00:00 hs del 6 de junio de 2007.” Con esta lacónica y terrible frase finaliza el comunicado escrito que la organización terrorista vasca distribuyó estos días pasados. Con estas pocas palabras ETA comunica a la sociedad española que vuelve a matar, a atentar indiscriminadamente “en todos los frentes”; que vuelve a imponer la extorsión y el chantaje del “impuesto revolucionario” a empresarios y comerciantes; que vuelve a secuestrar, a poner bombas en los automóviles, a hacer estallar grandes superficies llenas de civiles, y a amedrentar y sepultar a toda la sociedad bajo el manto del miedo permanente.



En realidad, el comunicado escrito de la banda tiene, dentro de lo terrorífico de su trasfondo, también un toque de ironía macabra. Este rompimiento de la tregua que –teóricamente- había iniciado el 22 de marzo del año pasado, ya había saltado por los aires a fines del mismo 2006. El 30 de diciembre estalló un coche bomba en el estacionamiento de la nueva Terminal 4 del aeropuerto madrileño de Barajas, sepultando entre sus escombros –otra ironía macabra- a dos humildes trabajadores inmigrantes ecuatorianos.



Diego Armando Estancio (le habían puesto su nombre por Maradona), y Carlos Palate, los ecuatorianos que murieron en el atentado de Barajas, fueron las víctimas número 816 y 817 desde que ETA comenzó a matar. Los heridos son muchos más. Los amedrentados por su terror se cuentan por miles. ETA no tiene una larga historia en la política española, su actividad criminal se extiende por tres décadas, las mismas con las que cuenta la democracia en la península, luego de la larga noche de la dictadura franquista.



En su corta historia “revolucionaria” para “liberar” al País Vasco de la “dominación” española, la banda ha planteado cinco “alto el fuego”. Ha aceptado negociaciones con el gobierno central durante esas treguas, con el socialismo de Felipe González primero, y luego con la administración conservadora de José María Aznar. La que acaba de romper con el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero era el quinto intento. En realidad, las treguas fueron aprovechadas por la banda para recomponer su aparato logístico, para reestructurar sus cuadros, y para planificar nuevas acciones armadas. ETA siempre rompió los “alto el fuego”. Y siempre volvió a matar. Es esperable que su amenaza del 6 de junio se cumpla en breve, y un nuevo evento de sangre vuelva a enlutar la vida civil española.



Las negociaciones con las administraciones centrales han fracasado una y otra vez, porque los objetivos –siempre maximalistas- que la banda terrorista plantea, son inaceptables para cualquier gobierno. ETA (cuyas siglas significan, en euskera, Euskadi Ta Askatasuna, Patria Vasca y Libertad) aspira a la territorialidad y la autodeterminación de los vascos. Como vascos define a los habitantes de las actuales provincias españolas de la comunidad autónoma (Álava, Guipúzcoa, y Vizcaya), más los de la comunidad autónoma de Navarra, más los ciudadanos franceses de las comarcas de Benafarroa (Baja Navarra), Lapurdi, y Zuberoa. Estas siete comunidades, repartidas en dos estados europeos, conformarían una unidad histórica, lingüística y socio-cultural diferente, a la que denominan Euskal Herria. Esta unidad debería expresarse en lo territorial (una única entidad) y en lo político (autodeterminación). Dentro de esta lógica, la puesta en práctica del planteo de ETA debería llevar a la creación de un nuevo estado, independiente de España y de Francia, o sea, soberano. ¿Qué gobierno podría aceptar negociar en estos términos?



Batasuna, la expresión partidaria de ETA, el “brazo político” de la banda, tiene prohibido presentarse a las elecciones, debido al apoyo a la violencia terrorista que atenta contra el estado de derecho y el sistema democrático. En la búsqueda de alternativas que le permitan sortear la prohibición, Batasuna pidió a sus bases electorales que votaran por un pequeño partido político regional (ANV), o bien que anularan el voto. En las recientes elecciones municipales, la suma de votos nulos más los que consiguió ANV – Acción Nacionalista Vasca, la formación que recibió el voto etarra, constituye una muy reducida minoría en el total del electorado. La gran mayoría de los vascos quieren paz, autonomía, y tranquilidad dentro de España. Entonces ETA, en su comunicado de fin de la tregua, deja sentado que esa voluntad popular le tiene sin cuidado: “Las elecciones recientemente celebradas carecen de legitimidad”, afirman.



Rodríguez Zapatero ha reaccionado con dureza, aunque algo tarde. Durante todos estos meses pasados, sin entender que el diálogo con el terrorismo socava la propia democracia (y, por supuesto, a su propia administración), dio sobradas muestras de estar dispuesto a llegar a algún tipo de acuerdo con la banda (acercamiento de presos etarras al País Vasco, atenuación de la condena al terrorista Iñaki de Juana Chaos, enfriamiento de los juicios a los dirigentes de Batasuna). Hoy justifica su empeño negociador confesando: “He realizado todos los esfuerzos para alcanzar la paz, y abrir un marco de convivencia para todos, en el que pudiesen defenderse democráticamente todas las opciones y que supere todo enfrentamiento.” Pero rota la tregua y ante el nuevo desafío del terrorismo armado, se apresuró a encarcelar a Arnaldo Otegui, líder de Batasuna; a volver a De Juana Chaos a prisión; al tiempo que la policía francesa detenía, en Bagneres de Bigorre, a tres etarras miembros del aparato militar de la banda.



En esta nueva etapa, Rodríguez Zapatero ha rectificado el rumbo. Ha abandonado las hipótesis de diálogo con la organización terrorista, y se propone la defensa de las instituciones democráticas, la aplicación irrestricta del Estado de derecho, el funcionamiento pleno de las fuerzas de policía y seguridad, y la cooperación internacional. Ha convocado, para ello, a la unidad de todas las fuerzas democráticas españolas, para sellar un pacto contra el terrorismo. Mariano Rajoy, el líder del derechista Partido Popular, ha aparcado por un momento sus críticas constantes y ácidas al gobierno, y ha acudido a la Moncloa a acercarle su apoyo –aunque condicionado- al Presidente. El resto de las fuerzas del arco democrático ha hecho lo propio. Sería altamente deseable que la administración socialista no perdiese esta oportunidad, quizá la última de su legislatura.



La democracia española debe seguir consolidándose, y la paz social alcanzada –después de la experiencia amarga de cuatro décadas de dictadura- es un mínimo ético que no puede negociarse. El intento de condicionamiento de la vida cívica por parte de un puñado de asesinos encapuchados, que intentan desde su marginalidad arrogarse la representación de mayorías inexistentes, debe ser respondido desde la movilización popular, desde los acuerdos de coexistencia de las fuerzas democráticas, y desde la vigencia plena de las libertadas y los derechos ciudadanos. Y legítima y firmemente coordinado por el gobierno.



Los ojos del mundo miran hacia España.











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