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martes, 18 de junio de 2013

La irresistible atracción de París (07 06 13)

Primavera Árabe - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – viernes 7 de junio de 2013 


La irresistible atracción de París

por Jean-Baptiste Noël





La relación poscolonial de Francia hacia sus ex dependencias africanas forma parte de la agenda dura del Quai d´Orsay, el espejado ministerio de Asuntos Exteriores.
Cualquiera sea el color político del gobierno, la protección hacia los regímenes africanos ha sido una constante en la política internacional de la ex metrópoli. Los palacetes de las familias de la elite política norafricana en los más exclusivos barrios parisinos así lo atestiguan.
Aunque las acciones comunicacionales de la Presidencia de la República las traten con una discreción cercana al hermetismo, las buenas relaciones tejidas entre la Cancillería francesa y los gobiernos árabes del Norte y del centro de África han forjado toda una tradición durante el siglo XX.
Esa tradición, como tantos elementos que se presumían sólidos en la política europea, se está transformando desde el estallido de la “primavera árabe”. Ese cambio se da porque los lazos (la “liaison”, dicen en el Quai d´Orsay) se habían anudado entre la potencia europea y los sectores a quienes las fuerzas emergentes del cambio social en África responsabilizan del atraso y el subdesarrollo de sus países.
Además, el laicismo republicano de París no casa fácilmente con la re-islamización que impulsan los nuevos gobiernos surgidos de la “primavera árabe”, especialmente en Túnez y los Hermanos Musulmanes en Egipto.
Más allá de este sentimiento popular, sin embargo, para las elites africanas la atracción de París sigue siendo irresistible. Por estos días, tres jefes de Estado de los países del Magreb llevan semanas afincados en la capital francesa, en sus casonas y palacetes de los barrios de lujo: el rey de Marruecos, Mohammed VI; el presidente de Argelia, Abdelaziz Bouteflika; y el presidente de Mauritania, el general Mohammed Uld Abdelaziz.
Todos argumentan “visitas privadas” para estirar su permanencia allí, y dan, de esa manera, un mensaje claro de cercanía al gobierno de François Hollande.
Un mensaje que también puede leerle como una preferencia de París respecto de otros líderes del mundo árabe, como el premier turco Recep Tayyip Erdogan.
Erdogan ha manifestado su apoyo a las revueltas de la “primavera árabe” desde sus inicios, y esa postura le ha generado la antipatía del establishment en el Magreb y en Oriente Medio.
El premier turco llegó a Marruecos el mes pasado, junto a unos 300 empresarios, y el rey Mohammed VI no dejó su palacio francés de plaza Vendôme para ir a recibirlo a Rabat. Erdogán, molesto, adelantó su vuelta a Ankara.
Bouteflika está internado en el hospital militar parisino de Val-de-Grâce desde el 27 de abril, y no parece tener apuro por volver a Argel. Y el general Abdelaziz gobierna Mauritania desde sus cómodas habitaciones en la capital francesa.
No es extraño que los Estados donde la “primavera árabe” está tardando más en fructificar sean los que mantengan la “liaison” más fuerte con la ex metrópoli colonial.



Twitter: @nspecchia

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martes, 28 de mayo de 2013

Derechos sexuales y revolución democrática (28 05 13)

Primavera Árabe - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 28 de mayo de 2013 

Derechos sexuales y revolución democrática

por Jean-Baptiste Noël




La manera en que los regímenes emergentes tratan a sus minorías constituye, generalmente, un indicador sensible para medir el avance real del cambio.
En la columna “Periscopio” de HOY DÍA CÓRDOBA, N. G. Specchia analizó en dos notas (10 y 17 de mayo de 2013) cómo la “primavera árabe” impacta en las mujeres; allí se señaló que la temática de género ha aumentado su gravitación social en los países árabes, desde que la caída de Ben Ali en Túnez y de Mubarak en Egipto comenzaran a marcar los nuevos rumbos del Mediterráneo y de Medio Oriente: el machismo patriarcal propio de las sociedades árabes se ve amenazado en sus fundamentos costumbristas, culturales y hasta religiosos por las tendencias democratizantes.
Estas dos olas –la importancia de la agenda de género y el trato a las minorías- encuentran un caso paradigmático en los colectivos homosexuales.
La homosexualidad masculina es fuertemente estigmatizada en todo el mundo árabe, llegando a ser considerada delito de pena capital; paradojalmente, la presencia de perfiles y actitudes homoeróticas en las sociedades árabes son muy evidentes para cualquier observador occidental.
Dentro de las diferencias culturales entre los países de la región, Marruecos se ha caracterizado por su relativa tolerancia hacia la diversidad sexual en el contexto de las vecinas sociedades musulmanas.
En Marruecos las condenas a gays no son frecuentes, aunque sí la persecución cuando éstos dejan la órbita privada y las fiestas o manifestaciones gay toman carácter público.
Durante este mes de mayo, y contrariando a esa tradición de relativa tolerancia, la justicia marroquí –que emite sus dictámenes en nombre del rey Mohammed VI- condenó a la cárcel a dos parejas homosexuales: a una de ellas (dos jóvenes ingenieros que fueron detenidos por la policía besándose en el interior de un  vehículo) a cuatro meses; y a otra (dos adultos mayores que mantuvieron una relación de pareja por más de una década) a tres años. Todos ingresaron inmediatamente a la prisión.
Las condenas han repercutido en docenas de debates en las redes sociales, y entre los marroquíes en el exilio (especialmente en la numerosa colectividad española); e inclusive está generando problemas diplomáticos, ya que el embajador holandés en Rabat acusó públicamente a los tribunales marroquíes –y al rey, por extensión- de homofobia y discriminación.
Así como el aumento de la violencia de género hacia las mujeres en Egipto parece tener relación con la llegada de los Hermanos Musulmanes al gobierno, la pregunta es si la nueva actitud marroquí hacia sus minorías sexuales tiene una vinculación directa con el Ejecutivo surgido de las últimas elecciones, dominado por un partido islámico confesional.
La revolución democratizante tiene idas y vueltas.






viernes, 10 de mayo de 2013

Las mujeres en la “primavera árabe” (10 05 13)


Columna Periscopio – Magazine – HOY DÍA CÓRDOBA – Viernes 10 de mayo de 2013 



Las mujeres en la “primavera árabe”
 por Nelson Gustavo Specchia




Los procesos de transformación social y política que por facilidad se engloban bajo el nombre de “primavera árabe” supusieron un soplo de esperanza de las dimensiones de una tormenta del desierto. Transcurridos dos años largos de ese movimiento popular que cruzó el borde sur del Mediterráneo, hay claros y oscuros. Y en una evaluación cualitativa, parecen imponerse estos últimos a los grados efectivos de avance democrático y de derechos civiles y políticos.
Para una evaluación así, conviene centrar la mirada en los grupos más débiles, que coinciden –y no por casualidad- con los agregados sociales que más tenían para ganar con la llegada de aquellos vientos primaverales. Entre estos grupos, las mujeres ocupan un lugar destacado.

Histórica postergación

Que la mujer ha sido uno de los colectivos más postergados en el mundo árabe es una idea generalizada en Occidente. Pero deben hacerse algunas precisiones, tanto a nivel social como cultural.

Desde Estados Unidos y desde Europa es común ver a la cultura musulmana, “ethos” unificador de aquello que designamos como mundo árabe, como algo homogéneo cuando, en realidad, es de una diversidad muy alta. La cultura musulmana es el producto de la difusión del islam, una fuerte y veloz avanzada socio-religiosa que ya suma quince siglos. Iniciada en el corazón de la Península Arábiga, una corriente se proyectó hacia el Oriente, llegando hasta Indonesia; y otra hacia África, tanto en la costa mediterránea (el Magreb) como por las llanuras subsaharianas (el Sahel). Pero ese mensaje socio-religioso fue mixturándose con el substrato cultural local, con las costumbres y tradiciones preislámicas, sobre las cuales se impuso el idioma común, que vehiculizaba la expansión.

Como resultado de ese proceso secular, la cultura musulmana es diferente según los países, regiones y tradiciones donde terminó injertándose el islam. Por su parte, la cultura árabe designa a los pueblos que comparten el lazo común del idioma sobre el que se montó la arabización, aunque no siempre implicara también la islamización. Por caso, los árabes representan menos del 20 por ciento del mundo musulmán, y entre ellos hay muchos árabes de tradición religiosa cristiana e inclusive una minoría de árabes de religión judía.

Dando un paso más en el desglose, puede observarse que dentro de esa cultura árabe coexisten subculturas muy distintas y distantes entre sí: un primer grupo se ubica en la Península Arábiga y el Golfo Pérsico; un segundo en Oriente Medio (y dentro de él, diferencias entre la cultura palestina, la libanesa o la siria); y un tercer gran grupo en la orilla sur del Mediterráneo (Marruecos, el antiguo Sahara Español, Argelia, Túnez, Libia y Egipto) y en el Sahel.

Y aún dentro de ellas el panorama cultural sigue complejizándose: por ejemplo, al interior de Marruecos conviven al menos seis familias culturales con especificidades propias: los bereberes que hablan su propio idioma preárabe; la cultura tuáreg del Sahara; la árabe que llegó desde Arabia y Yemen con la corriente islamizadora; una tradición andaluza y una judía (que vienen de la época de la Reconquista y la “expulsión de lo moros y judíos” del reino de Granada, que mantienen un idioma español medieval, el “ladino”); y finalmente una cultura mediterránea.

Para no sobreabundar, y porque no es el objetivo de este artículo, sólo digamos que también, y en paralelo al “ethos” árabe-musulmán, conviven otros agregados musulmanes no árabes, como las tradiciones de Turquía; la islámica persa de Irán; las asiáticas de Indonesia, Pakistán, Malasia, India, Bangladesh y Afganistán; los núcleos culturales de las ex repúblicas soviéticas (como la rebelde Chechenia); y, finalmente, la cultura musulmana de Europa, en los Balcanes (porque también hay musulmanes europeos, aunque a algún papa católico se le olvide cuando pide declarar la “base cristiana fundacional” de Europa).

Y en este mosaico inmenso y complejo, hay una nota común, que cruza transversalmente las diferentes realidades culturales: en todas ellas, aunque en diferentes grados, la mujer ocupa un lugar subordinado al varón.

Los especialistas en mundo árabe, sin embargo, se ocupan de remarcar que no hay nada en el islam, ni en el Corán ni en la tradición del profeta Mahoma que justifique el menor prejuicio o desvalorización hacia la mujer. Debe colegirse, por ello, que esa situación de humillación, opresión y hasta de tiranía hacia la mujer tiene que ver con otros factores concomitantes al “ethos” cultural y religioso. 

Promesas primaverales

Y ellas encontraron en la “primavera árabe” un resquicio por el cual colarse para intentar revertir esa postración injustificada. Si bien la primera ficha del dominó que comenzó a tirar uno tras otro los regímenes autocráticos de la costa mediterránea cayó en Túnez, cuando el ingeniero informático –y obligado vendedor de frutas- Mohammed Buazizi se inmoló prendiéndose fuego ante el avasallamiento policial, el movimiento de la zona cobró auténtica fuerza al impactar en Egipto, la potencia regional.

En la “primavera árabe” egipcia, que se corporizó en la icónica plaza cairota de Tahrir, las mujeres participaron codo a codo con los hombres. El enemigo era el mismo: el régimen dictatorial del “rais” Hosni Mabarak; y el futuro parecía también común: una república democrática donde los derechos civiles y políticos pudieran extenderse legítima y legalmente. 

Sin embargo, los dos años largos transcurridos desde la emergencia social y emotiva de Tahrir han sido escabrosos, y las mujeres se encuentran hoy en una situación aún más compleja y difícil que antes de la caída del “rais”, debido al avance de los grupos islamistas –tanto los autoproclamados “moderados”, que son la mayoría en el gobierno conquistado en elecciones libres por los Hermanos Musulmanes- como por los sectores radicales del salafismo.  

A los Hermanos Musulmanes no se les puede achacar falta de legitimidad en el acceso al Poder Ejecutivo de El Cairo, así como tampoco en su insistencia en llevar adelante las medidas presentes en su plataforma de gobierno, que fue, en definitiva, la más votada en el largo proceso electoral. Pero es evidente que el ejercicio de ese gobierno y de ese programa golpea de lleno en la situación de las mujeres egipcias.

Una muestra de ello fue el 25 de enero de 2013. La que debería haber sido una gran fiesta popular para festejar el segundo año del derrocamiento de Mubarak se convirtió en una fecha vergonzante. La plaza Tahrir fue de pronto un lugar de iniquidad donde 19 mujeres fueron brutalmente violadas por grupos de hombres que esgrimían la “sharia” (ley religiosa) y la tradición islámica para insultarlas, agredirlas y desplazarlas del espacio público, al que suponen de exclusiva disponibilidad masculina.

Inclusive el diputado Saleh al Alhefwani, del partido gubernamental Hermanos Musulmanes y cercano al presidente Mohammed Mursi, intentó justificar luego en el Parlamento la barbarie sexual cometida en Tahrir: “¿Cómo quieren las mujeres que la policía las proteja –se preguntó retóricamente el diputado en el seno de la Cámara- si ellas mismas provocan el altercado público al mezclarse con hombres en una concentración?”

Clima de violencia

Los substratos culturales, como hemos mostrado, son diferentes, pero la actitud es sorprendentemente similar. Y dada la relevancia política regional de Egipto para todo el Norte de África, es esperable una acción mimética, de reflejo, en los países vecinos.
El ataque sexual a la mujer no tiene tanto que ver con el acoso de género, como con una voluntad política, ideológica, de cerrarle la vía de acceso al cambio que tímidamente le había abierto la “primavera árabe”. La violación no es sólo un síntoma de represión sexual y de machismo exacerbado, sino el intento de extirparlas de la vida pública, de que vuelvan a la marginación del hogar y a la cobertura del vestido que las invisibiliza inclusive cuando caminan por la calle.

Violarlas es ultrajarlas, pero también negarlas, marginarlas, asustarlas lo suficiente como para que no intenten compartir la vida política, que debe seguir siendo territorio de hombres, como lo ha sido en los últimos quince siglos.

A esta primavera le está haciendo falta una auténtica tormenta del desierto, con vientos suficientemente fuertes como para hacer volar los techos del integrismo y la intolerancia.

Twitter: @nspecchia

sábado, 26 de enero de 2013

Hollande, el soldado (26 01 13)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 26 de enero, 2013  


Hollande, el soldado


por Nelson Gustavo Specchia


Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)
Twitter:  @nspecchia




El año abrió con el estallido de la burbuja revolucionaria africana. Y esa eclosión tiene tres manifestaciones principales.

Viejos jugadores, reglas nuevas. La más evidente es la alteración del propio escenario africano, con la irrupción de actores cada vez más poderosos que obligarán a una redefinición de las alianzas regionales. Dos antagonistas, Marruecos y Argelia, ya han comenzado un acercamiento, a pesar de la disputa por el diferendo saharaui, tras la toma de la planta de gas de Tigantourine y de su recuperación por tropas de élite, sin ninguna consideración a los rehenes occidentales y locales.

La incipiente democracia en Túnez y los Hermanos Musulmanes en Egipto también se interrogan sobre cómo tratar con esa fuerza emergente en las arenas del Sahara que es un peligro cercano de desestabilización.

La segunda muestra la verbalizó la secretaria de Estado de Obama. Hillary Clinton estuvo esta semana ante el comité de relaciones exteriores del Senado. Hizo una larga declaración, su testamento de la política exterior de Washington, ya que la semana entrante llega su sucesor, John Kerry. Y lo manifestó de una manera brutal: “siendo honestos –dijo Hillary- hay que admitir que no tenemos idea de qué está pasando en África”. Le tocará a Kerry presentarle a Barack Obama una estrategia que haga inteligible la presencia norteamericana en el Sahel.    

Otra vez la Françafrique. Y mientras en Washington y la ONU discutían cómo hacer frente a algo que no estaba en las prioridades de nadie, el que se quedó sin margen fue François Hollande. Y su cambio de libreto en cuestión de horas constituye la tercera manifestación de la eclosión africana.

Hollande había comenzado con una promesa: París acabaría con la “Françafrique”. Ese término designa, despectivamente, al entramado de regímenes débiles y corrupción tolerada a cambio de la permanencia de empresas francesas en los “Estados fallidos” africanos. Empresas extractivas de recursos naturales que alimentan las industrias de la ex metrópoli colonial. La promesa implicaba un aporte democrático al rumbo político de la “primavera árabe” en el Magreb.

Pero el postulado de terminar con las rémoras coloniales ha durado apenas unos meses. El avance islamista en Mali ha obligado a revisar toda la estrategia y volver hacia el protectorado militar. Dando vuelta la tortilla, Hollande ha enviado los Mirage y ha concentrado en la capital –Bamako- tropas de las bases francesas de Burkina Fasso, Costa de Marfil y Chad.

La guerra de Hollande lo ha transformado también a él: ya no parece un gris funcionario dubitativo sino un soldado, un comandante en jefe decidido a luchar por los principios (y por las empresas) de Francia. Aunque hay que decir, por cierto, que Hollande intentó tratar la cuestión africana desde un contexto multilateral. En la ONU y en la Unión Europea, pero en ambas organizaciones lo dejaron sólo.

Deudas globales. Mali era hasta el año pasado una de las vidrieras del desarrollo democrático africano. Una república constitucional, laica, turística, con vida cultural muy activa y una población de 16 millones (90% musulmanes) pacífica y tolerante, concentrada en el sur de un país inmenso.

La mitad norte, que hace parte del Sahel y del desierto del Sahara, es territorio Tuareg, de tribus nómades y semiautónomas. Los Tuareg fueron mercenarios en Libia, y tras la caída de Khaddafi volvieron al norte maliense cargados de armas y de pertrechos, con todos los residuos guerreros que pudieron arrastrar en la debacle.

Y en el emergente escenario norafricano se cruzaron con los salafistas de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), a los que Osama bin Laden y Ayman al Zawahiri ordenaron unificar la “yihad” en el Sahel; terminar con judíos, cristianos y apóstatas; y recuperar Al Ándalus como parte de un nuevo Califato. Ya lo comunicaron los argelinos del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) tras unirse a Al Qaeda: “Abrazamos la ‘yihad’ para cumplir con un precepto divino ineludible que se nos impuso desde la caída de Al Ándalus”.

Al Zawahiri –actual jefe de la red- lo ratificó: “recuperar Al Ándalus (la actual Andalucía española) es una obligación para la ‘umma’ en general y para vosotros en particular”, y para ello deben “expulsar del Magreb islámico a los hijos de Francia y España”. Los analistas no pueden decir que no estaban advertidos.   

Así, la alianza entre los Tuareg y Al Qaeda potenció el separatismo en Mali, con la secesión del Azawad en un califato regido por la “sharia”. La movida obligó al tratamiento en la ONU, que dispuso en diciembre ayudar a Mali con el aporte militar occidental, junto a rusos y chinos (Resolución 2085/2012).

Frente a ello, los islamistas aceleraron y comenzaron a bajar hacia Bamako. La acción sigue el plan de Al Qaeda: ampliar el califato a todo Mali, desde allí a Argelia y Marruecos, y luego Andalucía.

El 10 de enero los yihadistas tomaron Konna, y el 11 François Hollande decidió atacar. La ONU quedó en “off side”; británicos y alemanes le dan la espalda al francés; la Política Exterior y de Seguridad Común europea brilla por su ausencia y Hillary admite que los norteamericanos no tienen ni idea de qué hacer.

Una guerra africana que, si no se la neutraliza, tenderá en breve a ser una guerra global.







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jueves, 15 de marzo de 2012

Marruecos: Arenas (in)visibles (16 03 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – columna “Periscopio” – viernes 16 de marzo de 2012.




Arenas (in)visibles


Por Nelson Gustavo Specchia





El viejo rey de Marruecos, Hassan II, construyó un sistema político y un Estado que encontraban su lógica en la discreción. Toda la esquina noroccidental de África permaneció durante años en una quietud y en un discreto segundo plano, que prácticamente la volvió invisible a nivel internacional.

Hassan casi no salió de Marruecos durante 40 años, e inclusive era difícil que abandonara alguno de los 12 palacios de la familia real. Allí solía recibir a los periodistas, impecablemente vestido con trajes occidentales, fumando cigarrillos rubios y dialogando afablemente en un francés exquisito.

Pero no era la imagen de un gobernante cosmopolita y abierto a las diferencias del mundo, sino la recepción de un monarca absoluto, y esa actitud condescendiente y relajada expresaba la tranquilidad de tener todas –absolutamente todas- las riendas del poder en su mano.

En esos mismos palacios, Hassan II estableció el Majzén, su corte monárquica, integrada por las familias directamente vinculadas al rey. Si eventualmente llegaba algún visitante era recibido en esos suntuosos palacios y por los varones de los clanes del Majzén, que firmaban los acuerdos de pesca con Europa y los demás tratados comerciales.

El otro país, el de las arenas infinitas del Sahara, quedó fuera de la vista de todos durante años, prácticamente invisible.

Hassan murió en 1999, y su hijo y sucesor, Sidi Mohamed ben Hassan ben Youssef el Alauí, que reina con el nombre de Mohamed VI, intentó mantener aquella discreción que tanto le había redituado a su padre. Pero con el nuevo siglo ya los tiempos habían cambiado, y una monarquía absoluta dominada por una corte familiar era una excepción demasiado grosera para que pasara desapercibida, aunque fuera en una remota esquina del norte mediterráneo de África.

Apenas unos años más tarde, las que fueran arenas invisibles de aquella parte del Sahara, empujadas por los vientos de la “primavera árabe”, están levantando huracanes. Y lo que están dejando a la luz es tan significativo que hacen previsible modificaciones sustanciales en el escenario político marroquí en el mediano plazo.

BARRER BAJO LA ALFOMBRA

Hassan II disfrutó de aquella relativa tranquilidad durante las cuatro décadas de su gobierno, porque aplicó una cura autoritaria de represión y persecución policial que no reparó en detalles.

La “marcha verde” aprisionó la rebelión saharaui tras el retiro vergonzante del colonialismo español tardo-franquista; Mauritania fue expulsada; Argelia empujada a firmar una paz nada amistosa; el Frente Polisario obligado a emigrar a los campamentos para refugiados en territorio argelino; los opositores internos a la monarquía perseguidos y “desaparecidos” (el líder republicano Mehdi ben Barka fue secuestrado en París en 1965, y sigue en paradero desconocido hasta hoy); y los partidos políticos proscriptos.

Todo lo que fuera poco grato de ver quedó bajo la alfombra real, pero precisamente esas cuestiones desplazadas y no resueltas son las que hoy se vuelven contra la monarquía.

La reacción de Mohamed VI fue tomar la iniciativa del cambio político, después que la “primavera árabe” había comenzado a tirar abajo a los vecinos regímenes de Túnez y Egipto, y seguía avanzando como piezas de dominó que se empujaran unas a otras.

Propuso un cambio constitucional, llamó a un referéndum, habilitó cierta apertura hacia los partidos religiosos, y convocó a elecciones generales. De momento, su plan parece estar funcionando, pero, sin embargo, a mí me parece que es sólo una imagen de superficie.

Con la reforma de la Constitución, Mohamed VI ratificó su control sobre todos los resortes del poder político y su dominio completo sobre la economía marroquí, tal como lo había diseñado su padre. Y a esto agregó, además, el control religioso, al proclamarse “Comendador de los Creyentes” (un título que en la antigüedad tenían los califas).

Los sectores del Islam político ganaron las elecciones, pero negociaron con el rey –que preside efectivamente el consejo de ministros- la conformación del gobierno, la moderación (los salafistas radicales seguirán en la cárcel como presos políticos), y la no intervención en los negocios de la Casa Real. En mi opinión, este esquema requiere que las arenas sigan siendo invisibles, y eso ya no va a pasar.

“LOS FRUTOS DEL CUERPO”

Muy por el contrario, y en las antípodas de aquel discreto segundo plano internacional que fue funcional a la monarquía alauíta, hoy Marruecos está en la boca y en la mirada de todos.

La oposición democrática en el exilio está en las primeras páginas de los medios más importantes de Europa; se fundan revistas abocadas a la cuestión marroquí; su cultura, su lengua y literatura, los temas de género y de emigración, el contencioso internacional de los saharauis y los derechos de las minorías vuelven a ocupar la agenda de atención regional.

Las marchas de los jóvenes contra la nueva Constitución y las ocultaciones de la monarquía, que cruzan las grandes ciudades viernes a viernes, son cada vez más numerosas, y las parvas de arena ocultadas bajo la alfombra escapan por los costurones.

Francia lidera, naturalmente, el aumento de publicaciones y de medios que tienen a Marruecos como centro, pero el fenómeno no queda limitado a la metrópoli del protectorado del Magreb. Ni siquiera se limita a Europa: en nuestra ciudad acaba de aparecer un volumen dedicado a uno de los poetas contemporáneos marroquíes de mayor importancia, Abdellatif Laábi. Editado por Alción, el volumen “Los frutos del cuerpo” recoge unos doscientos poemas (en versión bilingüe, con una exquisita traducción de Leandro Calle) del poeta de Fés, fundador de la revista “Souffles”, centro de la intelectualidad democrática marroquí.

La revista fue cerrada en 1971, prohibida por la monarquía, y Abdellatif Laábi encarcelado y torturado. Hoy, desde su exilio en París, el escritor recibe el reconocimiento mundial (fue galardonado con el Goncourt en 2009 y con el Grand Prix de la Francophonie el año pasado) y alienta a esos jóvenes de las marchas de los viernes en Rabat, en Fés, en Tánger, en Casablanca.

Otro libro, también publicado por estos días en París, termina de levantar la alfombra real y devela el entramado económico armado por la monarquía alauita. Con el revelador título de “El rey depredador” y publicado por Le Seuil, los periodistas Éric Laurent y Catherine Graciet develan el apoderamiento de la familia real de los recursos de Marruecos, al punto de convertir a Mohamed VI en el séptimo monarca más rico del mundo, superando inclusive a los emires petroleros de Kuwait.

La investigación de los periodistas franceses muestra cómo, en un país pobrísimo (ocupa el puesto 126 en la lista de desarrollo humano del PNUD, sobre un total de 177 países), el monarca se adjudica un sueldo que duplica al del presidente de los Estados Unidos (40.000 dólares por mes), y los gastos reales de su familia cuestan al presupuesto del Estado sesenta veces más que los gastos de la presidencia de Francia, sin ir más lejos.

Marruecos es, en realidad, un reino patrimonial: el rey es el principal terrateniente, productor agropecuario, financista, banquero, comerciante, exportador, productor de energía, asegurador y vendedor.

Desde la más mínima transacción hasta los grandes negocios, todo enriquece al monarca; y todos sus gastos y los de su familia corren a cuenta del presupuesto público (como así también su colección de Rolls Royce, Cadillac, Bentley, Aston Martins y Ferraris), y hasta el millón de dólares anuales que destina para el cuidado de sus perros de raza.

Abandonada la discreción y el ocultamiento que hizo posible este latrocinio, los cambios estructurales en Marruecos son sólo cuestión de tiempo. Un poema de Abdellatif Laábi traducido por Leandro Calle parece anunciarlos: “La estatua cobra vida... / absorta en su libro / de título alentador: / Escupiré sobre vuestra tumba.”





Twitter:  @nspecchia



miércoles, 18 de enero de 2012

Marruecos: entre los islamistas y el rey (02 12 11)

Marruecos: entre los islamistas y el rey


por Nelson Gustavo Specchia

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La estrategia diseñada por el monarca marroquí, Mohamed VI, para intentar que los vientos de la “primavera árabe” no lleguen hasta sus costas, está quedando a mitad de camino: a la vista de los resultados electorales del último viernes de noviembre, Marruecos no será una excepción.

La reciente reforma constitucional armada por la monarquía alauíta, se planteó como una (tímida) apertura democrática frente a los alzamientos populares que ya habían tumbado a los regímenes autocráticos en Túnez y en Egipto, y avanzaban por una media docena más de países árabes. Pero, además, las nuevas disposiciones constitucionales perseguían reforzar dos elementos: la barrera al avance del islamismo político, y el poder del propio monarca, que además de jefe efectivo del Estado, pasa en la nueva Constitución a ser también el Comendador de los Creyentes (o sea, el jefe espiritual de los musulmanes marroquíes). Sin embargo, las elecciones del viernes 29 de noviembre han mostrado la debilidad de esta estrategia frente a la fuerza avasalladora de los vientos de cambio. Y la dirección de esos vientos, en las arenas marroquíes, sigue de cerca los huracanes de los vecinos del Magreb.

En Egipto, la plaza de Tahrir vuelve a llenarse de manifestantes que reclaman que los militares no burlen el proceso de apertura iniciado con la caída del régimen de Hosni Mubarak; le están torciendo el brazo al mariscal Hussein Tantawi; y el largo proceso electoral iniciado el lunes de esta semana y que se extenderá hasta enero hace prever una victoria de los islamistas Hermanos Musulmanes por amplia mayoría. Si bien la información oficial de los resultados parciales de las elecciones no se harán públicos hasta la finalización del proceso comicial, trascendidos confiables mencionan porcentajes cercanos al 40 por ciento para los Hermanos Musulmanes, y un elemento sorpresa: tras ellos, el segundo lugar no lo estaría ocupando ninguna opción laica de los partidos tradicionales egipcios, sino las fuerzas salafistas del wahabismo, los musulmanes más radicales, con lo cual en un futuro gobierno los religiosos podrían llegar a tener la mayoría absoluta.

En Túnez, por su parte, las elecciones de fines de octubre dejaron al partido En Nahda (El Renacimiento) con una limpia mayoría de 41,5 por ciento sobre los 217 escaños de la Asamblea Constitucional, que tiene que dar forma al nuevo país tras la larga y corrupta autocracia de Zine el Abidine ben Ali. Estas primeras elecciones libres de la historia tunecina han terminado con la concepción –a un tiempo simplista y totalitaria- de un laicismo mayoritario, que como se ha visto sólo constituía una capa de barniz sobre la realidad sumergida del país verdadero. Y esa realidad muestra ahora que los grandes colectivos populares apuestan por opciones políticas que insertan el factor religioso en la vida institucional.

Aunque los de En Nahda, perseguidos sin piedad por Ben Ali (su principal líder, Rachid Ghanuchi, soportó 22 años de exilio), se apuraron a sostener que un futuro gobierno islamista no implicará una restricción de los derechos y de las libertades en una sociedad plural. Algo parecido dicen los voceros de los Hermanos Musulmanes egipcios, y ese fue el centro del discurso, también, de los islamistas victoriosos en Marruecos esta semana.

MODERACIÓN ACELERADA

La prédica tradicional contra el fantasma del radicalismo islámico ventilada por los autócratas del Norte de África, como un argumento de auto justificación para sostener los recortes de libertades al interior de sus gobiernos, se ha visto potenciada por el propio discurso radical de algunos sectores de los partidos religiosos, que anticipan la aplicación de la “sharia” –el conjunto de leyes y de prescripciones morales y de conducta inspirado en el Corán- en caso de llegar al poder. Sin embargo, los éxitos electorales de estos días están demostrando que la mayor aceptación popular pasa por las tendencias moderadas, aunque los colectivos más extremistas y ortodoxos vayan apenas a la zaga.

Este ha sido el camino seguido también por el Islam político en Marruecos. El partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD) ha transitado, en un tiempo muy breve, el camino que va de la radicalidad a la moderación, y ha edulcorado toda la campaña electoral en un tono de tolerancia y amplitud, que constituye toda una novedad en este sector del arco político.

El principal líder de los islamistas marroquíes, Abdelilah Benkiran, es un ejemplo concreto de este paso: en los años ochenta militó en un grupo musulmán radical signado como organización terrorista, la Juventud Islámica. Si bien la justicia no le adjudicó a él personalmente ninguna participación en hechos de violencia, la agrupación en la que militaba reivindicaba sin objeciones la lucha armada, y sus compañeros de armas asesinaron, entre otros, al dirigente socialista Omar Benjellun en Casablanca en 1975.

Desde aquellos extremos juveniles, Benkiran fue transitando por numerosas asociaciones islamistas, cada vez más moderadas, hasta que ingresó a fines de los ’90 en el PJD. Precisamente esta formación política fue fundada para recibir a los ex islamistas radicales que estuvieran dispuestos a moderar el discurso y las aspiraciones, para desde allí incorporarlos al sistema. Esa estrategia terminó dando sus frutos, ya que en la primera oportunidad real que se ha presentado (las elecciones de esta semana han sido las más libres y democráticas en los 55 años que Marruecos lleva como Estado independiente) ha conseguido el poder.

Aunque a regañadientes, el rey Mohamed VI ha tenido que respetar la Constitución que él mismo ha pergeñado, y nombró ayer primer ministro a Abdelilah Benkiran, en Midelt, una localidad del Atlas.

EL PODER A LOS “BARBUDOS”

La anécdota ha sido rescatada por los medios de prensa en estos días: en 2001, en el Parlamento marroquí, una mujer periodista –Amina Jabad- estaba cubriendo las sesiones, vestida con una remera y pantalones vaqueros; Abdelilah Benkiran (que es diputado desde hace 15 años) le gritó, frente a las cámaras, “¡andá a vestirte!” y la echó del recinto. Sin embargo, la última década y las recientes emergencias populares en el resto del Magreb han forzado a que los “barbudos” tuvieran que ir amoldando sus posturas hacia mayores grados de tolerancia. Un episodio como el de la censura del ahora primer ministro contra la periodista Amina Jabad lo dejaría muy mal parado frente a los electores. De igual manera, las condenas contra los festivales de música, los bebedores de alcohol y los homosexuales, que poblaban antes los discursos religiosos, han desaparecido de la escena.

Este tránsito paulatino hacia mayores niveles de tolerancia social ha sido clave en la victoria de los islamistas marroquíes. Una victoria relativa, por cierto, en porcentajes menores a los obtenidos por los tunecinos y a los que se anticipan para los egipcios. El PJD se ha hecho con el 27 por ciento de los sufragios, y el rey ha tenido que encomendar a su secretario general la formación del nuevo gobierno. Abdelilah Benkiran será el primer ministro más poderoso de cuantos ha tenido Marruecos hasta ahora, ya que la reforma de la Constitución de Mohamed VI supuso un recorte de las atribuciones del monarca –hasta ahora absoluto- en beneficio del jefe del gobierno. A excepción del ministro de Asuntos Religiosos (cuyo nombramiento sigue siendo derecho del Comendador de los Creyentes, el rey), la designación de todas las demás carteras serán ahora atribución del primer ministro.

Pero este avance del Islam moderado no puede ocultar la otra cara de la moneda: como decíamos al principio, muy a la zaga sigue la presencia de las tendencias radicales. En Marruecos, la otra gran corriente religiosa –más dura y ortodoxa- es Justicia y Espiritualidad, que se mantiene en la ilegalidad por negarse a admitir que el monarca sea el gran Comendador de los Creyentes.

Y este partido proscripto es el que alimenta al “Movimiento 20 de Febrero”, que desde esa fecha viene organizando las protestas multitudinarias que alteran, viernes a viernes, todas las grandes ciudades del Reino de Marruecos. Los del 20 de Febrero rechazan la nueva Constitución, y llamaron al boicoteo de estas elecciones. Y el porcentaje de abstención fue alarmante: el 55 por ciento de los electores inscritos no fue a votar. No todos los “barbudos” marroquíes han decidido seguir el camino de la moderación.



















Hoy Día Córdoba – Periscopio – Magazine – viernes 2 de diciembre de 2011






lunes, 22 de noviembre de 2010

Arenas calientes del Sahara Occidental (12 11 10)

Arenas calientes del Sahara Occidental
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por Nelson Gustavo Specchia
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Los cuerpos de seguridad del Reino de Marruecos avanzaron a sangre y fuego el pasado lunes sobre las carpas del campamento de Agdaym Izik, ocupadas por refugiados saharauis. La vieja colonia española de la costa occidental de África, que durante la dictadura franquista se designaba como “Sahara Español”, y que la nomenclatura diplomática actual define como “Sahara Occidental” (en contraposición al gran desierto que se extiende al sur de Egipto, en el borde oriental del continente africano) ha vuelto a sacudirse esta semana y a recalentar con el conflicto político y social sus tórridas arenas.
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Los enfrentamientos y la represión militar sobre los saharauis, los habitantes del Sahara Occidental que reclaman desde hace 35 años su independencia y autonomía, han vuelto a colocar este antiguo y doloroso conflicto en la agenda internacional. Al parecer, sólo los episodios de violencia y sangre ubican, cada cierto tiempo, la opresión saharaui a la fugaz luz de los medios de comunicación, apenas durante unos días, y luego el conflicto vuelve a hundirse en la penumbra remota de la distancia y de esa otredad radical que impone el desierto.
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El conflicto del Sahara Occidental, sin embargo, pone a prueba una y otra vez la capacidad de las instancias multilaterales, especialmente las decisiones de la Organización de las Naciones Unidas, para hacer valer los acuerdos alcanzados en su seno al arbitrio de sus miembros. En este aspecto, la tensión que Marruecos somete a la ONU en el tema del Sahara Occidental es comparable a la que periódicamente coloca a Gran Bretaña en el contencioso por las Islas Malvinas con la República Argentina.
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UNA LUCHA OLVIDADA
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La entrada de policías y militares antidisturbios marroquíes sobre las más de 20.000 personas acampadas en las tiendas de Agdaym Izik en la madrugada del lunes, sin embargo, puede llegar a imprimirle un giro –dada la violencia, el balance de víctimas y el alcance de la represión- a un conflicto estancado durante más de tres décadas. Todo el Magreb –la larga costa mediterránea de África- es una zona de una estabilidad en extremo precaria, y salvo el explícito apoyo del gobierno francés de Nicolás Sarkozy, el trono marroquí de Mohamed VI cuenta pocos amigos. Y algunos enemigos de cuidado, comenzando por la vecina Argelia, con la que mantiene las fronteras minadas y cerradas a cal y canto.
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En la otra costa del Mediterráneo, España hace unos equilibrios diplomáticos de prestidigitador. Como metrópoli colonial, es consciente de su responsabilidad en el problema. La retirada de la que Franco llamaba su “Provincia 53” en 1975 fue tan caótica y desordenada, que dejó el conflicto civil servido en bandeja. El gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero es abiertamente pro-saharaui, pero los intereses con Marruecos son tantos y tan vastos, que el ministerio de Exteriores debe medir cada palabra de las declaraciones oficiales, ni hablar de los hechos concretos de política bilateral.
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Por  el contexto regional, por la delicada política de alianzas históricas y de coyuntura, por las cuestiones nacionalistas en juego, y por la crítica acumulación de recursos en la zona (además del fosfato que posee en abundancia, sus costas cuentan con el banco pesquero más importante del mundo), todos quieren sacar la pelota de la cancha y enviarla a la ONU.
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Pero las Naciones Unidas, hasta el momento, se muestran lejos de estar a la altura de las circunstancias.
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COLONIALISMO TARDÍO
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Tan tarde como en diciembre de 1965, cuando el proceso de descolonización mundial estaba muy avanzado, la Asamblea General de la ONU aprobó la primera resolución relativa al “Sahara Español”, que lleva el número 2.072, en la que insta a Madrid a adoptar las medidas necesarias para retirarse del territorio. Casi en simultáneo las fuerzas nacionalistas comienzan a organizarse en las agrupaciones que luego confluirían en el Frente Polisario, la principal organización independentista del Sahara.
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En 1973, frente a las negativas de la dictadura franquista en iniciar un proceso de descolonización, el Frente Polisario comienza con acciones armadas con un ataque al puesto de guardia español de El Janga. El clima de inestabilidad crecía día a día, y el régimen franquista propuso para frenarla la realización de un referéndum. Esta decisión revelaba, en realidad, un vacío político (el dictador se encontraba muy enfermo ya, y en España comenzaba a prepararse la transición); ante el vacío, el rey de Marruecos, Hassan II, organiza la “Marcha Verde”: 350.000 milicianos –civiles y militares- que avanzan y cruzan la frontera con la colonia española
El dictador, moribundo, ordenó abandonar la colonia a su suerte. El 14 de noviembre de 1975 se firmaron los acuerdos de Madrid: España se comprometió a abandonar el Sahara antes del 28 de febrero de 1976, y traspasó el grueso de las posesiones territoriales a Marruecos y un tercio a Mauritania. Los saharauis fueron dejados al arbitrio del poder de estos dos países.
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Los milicianos marroquíes de la Marcha Verde emprendieron una persecución sistemática contra los pobladores saharauis y sus posesiones y propiedades. Más de 200.000 hombres, mujeres y niños huyeron hacia Tindouf, en pleno desierto de Argelia, instalando campamentos provisorios de refugiados, en los que permanecen hasta el día de hoy. En 2007 el juez español Baltasar Garzón abrió un expediente en la Audiencia Nacional para enjuiciar a los mandos militares marroquíes de la Marcha Verde, por delitos de “genocidio y torturas” cometidos contra ciudadanos saharauies.
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Garzón se hizo eco de las múltiples denuncias de organizaciones no gubernamentales y de derechos humanos, que intentan mantener a la luz pública la situación de los saharauies tras la ocupación. En el expediente del juez de la máxima instancia jurisdiccional española consta que, desde 1975 y hasta la actualidad, “el ejército marroquí ha ejercido una permanente violencia contra el pueblo saharaui, en una guerra de invasión que obligó a abandonar sus hogares a 40.000 personas, que tuvieron que huir al desierto y fueron perseguidos y bombardeados por las fuerzas invasoras con napalm, fósforo blanco y bombas de fragmentación.”
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MARGINADOS, NEGOCIACIÓN Y PODER
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En 1988 la ONU vuelve a intentar tomar cartas en el asunto, y la Asamblea General aprueba un plan de paz para el Sahara, que fue aceptado tanto por Marruecos como por el independentista Frente Polisario, en 1991 se pone en marcha la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara (Minurso), y los fracasos de la diplomacia multilateral se suceden unos a otros, mientras Marruecos sigue avanzando sobre el territorio y la población.
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Asumiendo una pragmática postura de hechos consumados, en 2003 la ONU emite una nueva resolución, estableciendo que el Sahara permanecería transitoriamente como región autónoma de Marruecos durante cinco años, mientras se implementaba un referéndum de autodeterminación liderado por el ex secretario de Estado norteamericano James Baker. Pero inclusive el poderoso Baker acabó renunciando después de que Marruecos rehusase aplicar su plan para la ex colonia, que había sido aprobado, por unanimidad, por el Consejo de Seguridad de la ONU.
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A pesar de las idas y vueltas y de la ocupación efectiva del ejército marroquí en los territorios del Sahara, los independentistas del Frente Polisario han logrado mantener abiertas las negociaciones entre ambas partes bajo los auspicios de la organización multilateral.
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Esta semana, precisamente, se abría en Nueva York una nueva ronda de negociaciones con la mediación de Christopher Ross, ex embajador en Argelia y en Siria y profesor de árabe en la Universidad de Columbia, que es ya el tercer delegado de la ONU para intervenir en el conflicto, tras la renuncia de Baker y del holandés Van Walsum.
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Estas negociaciones, el último y tibio emprendimiento de la comunidad internacional para proteger a un pueblo sometido, fue reventada por las fuerzas antidisturbios marroquíes al destruir, en la madrugada del lunes, el campamento de Agdaym Izik, agregando, si se pudiera, unas llamas más a las ardientes arenas del Sahara.
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nelson.specchia@gmail.com
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