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sábado, 26 de enero de 2013

Hollande, el soldado (26 01 13)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 26 de enero, 2013  


Hollande, el soldado


por Nelson Gustavo Specchia


Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)
Twitter:  @nspecchia




El año abrió con el estallido de la burbuja revolucionaria africana. Y esa eclosión tiene tres manifestaciones principales.

Viejos jugadores, reglas nuevas. La más evidente es la alteración del propio escenario africano, con la irrupción de actores cada vez más poderosos que obligarán a una redefinición de las alianzas regionales. Dos antagonistas, Marruecos y Argelia, ya han comenzado un acercamiento, a pesar de la disputa por el diferendo saharaui, tras la toma de la planta de gas de Tigantourine y de su recuperación por tropas de élite, sin ninguna consideración a los rehenes occidentales y locales.

La incipiente democracia en Túnez y los Hermanos Musulmanes en Egipto también se interrogan sobre cómo tratar con esa fuerza emergente en las arenas del Sahara que es un peligro cercano de desestabilización.

La segunda muestra la verbalizó la secretaria de Estado de Obama. Hillary Clinton estuvo esta semana ante el comité de relaciones exteriores del Senado. Hizo una larga declaración, su testamento de la política exterior de Washington, ya que la semana entrante llega su sucesor, John Kerry. Y lo manifestó de una manera brutal: “siendo honestos –dijo Hillary- hay que admitir que no tenemos idea de qué está pasando en África”. Le tocará a Kerry presentarle a Barack Obama una estrategia que haga inteligible la presencia norteamericana en el Sahel.    

Otra vez la Françafrique. Y mientras en Washington y la ONU discutían cómo hacer frente a algo que no estaba en las prioridades de nadie, el que se quedó sin margen fue François Hollande. Y su cambio de libreto en cuestión de horas constituye la tercera manifestación de la eclosión africana.

Hollande había comenzado con una promesa: París acabaría con la “Françafrique”. Ese término designa, despectivamente, al entramado de regímenes débiles y corrupción tolerada a cambio de la permanencia de empresas francesas en los “Estados fallidos” africanos. Empresas extractivas de recursos naturales que alimentan las industrias de la ex metrópoli colonial. La promesa implicaba un aporte democrático al rumbo político de la “primavera árabe” en el Magreb.

Pero el postulado de terminar con las rémoras coloniales ha durado apenas unos meses. El avance islamista en Mali ha obligado a revisar toda la estrategia y volver hacia el protectorado militar. Dando vuelta la tortilla, Hollande ha enviado los Mirage y ha concentrado en la capital –Bamako- tropas de las bases francesas de Burkina Fasso, Costa de Marfil y Chad.

La guerra de Hollande lo ha transformado también a él: ya no parece un gris funcionario dubitativo sino un soldado, un comandante en jefe decidido a luchar por los principios (y por las empresas) de Francia. Aunque hay que decir, por cierto, que Hollande intentó tratar la cuestión africana desde un contexto multilateral. En la ONU y en la Unión Europea, pero en ambas organizaciones lo dejaron sólo.

Deudas globales. Mali era hasta el año pasado una de las vidrieras del desarrollo democrático africano. Una república constitucional, laica, turística, con vida cultural muy activa y una población de 16 millones (90% musulmanes) pacífica y tolerante, concentrada en el sur de un país inmenso.

La mitad norte, que hace parte del Sahel y del desierto del Sahara, es territorio Tuareg, de tribus nómades y semiautónomas. Los Tuareg fueron mercenarios en Libia, y tras la caída de Khaddafi volvieron al norte maliense cargados de armas y de pertrechos, con todos los residuos guerreros que pudieron arrastrar en la debacle.

Y en el emergente escenario norafricano se cruzaron con los salafistas de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), a los que Osama bin Laden y Ayman al Zawahiri ordenaron unificar la “yihad” en el Sahel; terminar con judíos, cristianos y apóstatas; y recuperar Al Ándalus como parte de un nuevo Califato. Ya lo comunicaron los argelinos del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) tras unirse a Al Qaeda: “Abrazamos la ‘yihad’ para cumplir con un precepto divino ineludible que se nos impuso desde la caída de Al Ándalus”.

Al Zawahiri –actual jefe de la red- lo ratificó: “recuperar Al Ándalus (la actual Andalucía española) es una obligación para la ‘umma’ en general y para vosotros en particular”, y para ello deben “expulsar del Magreb islámico a los hijos de Francia y España”. Los analistas no pueden decir que no estaban advertidos.   

Así, la alianza entre los Tuareg y Al Qaeda potenció el separatismo en Mali, con la secesión del Azawad en un califato regido por la “sharia”. La movida obligó al tratamiento en la ONU, que dispuso en diciembre ayudar a Mali con el aporte militar occidental, junto a rusos y chinos (Resolución 2085/2012).

Frente a ello, los islamistas aceleraron y comenzaron a bajar hacia Bamako. La acción sigue el plan de Al Qaeda: ampliar el califato a todo Mali, desde allí a Argelia y Marruecos, y luego Andalucía.

El 10 de enero los yihadistas tomaron Konna, y el 11 François Hollande decidió atacar. La ONU quedó en “off side”; británicos y alemanes le dan la espalda al francés; la Política Exterior y de Seguridad Común europea brilla por su ausencia y Hillary admite que los norteamericanos no tienen ni idea de qué hacer.

Una guerra africana que, si no se la neutraliza, tenderá en breve a ser una guerra global.







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miércoles, 16 de enero de 2013

Dominique, el sátiro o el proxeneta (16 01 13)

En foco - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – miércoles 16 de enero de 2013 

Dominique, el sátiro o el proxeneta


por Pedro I. de Quesada





La novela negra (o la novela rosa, a esta altura quién sabe) alrededor de Dominique Strauss-Kahn se niega a concluir, y sigue dando pasto a los caballos del debate ideológico galo.

Hasta hace apenas unos meses era un personaje central de la política europea: abogado y economista brillante, líder de la socialdemocracia francesa, dos veces ministro de Economía, director gerente del Fondo Monetario Internacional, y esperanza de la izquierda para derrocar al neogaullismo de Nicolás Sarkozy. A sus 60 años, era el hombres de las mil rosas, que presumía de socialismo y al mismo tiempo cultivaba una imagen de bon vivant, con trajes y coches millonarios y una esposa hermosa e inteligente (también ella millonaria).

La vida es una moneda tirada al aire, y puede caer de cara muchas veces pero en la ocasión menos pensada mostrar la cruz. DSK vive esa cruz desde el 14 de mayo de 2011, cuando la rica moneda de oro de su vida se dio la vuelta en una suite del hotel Sofitel de Nueva York. La mucama Nafissatou Diallo, inmigrante de las paupérrimas tierras africanas, consiguió sentar a uno de los más importantes hombres del mundo, esposado y sin afeitar, en el banquillo acusado por violación.

Las fotos dieron la vuelta al mundo y en cuestión de horas despojaron a Strauss-Kahn de los timones de mando del FMI, del liderazgo del Partido Socialista Francés, de la precandidatura presidencial, y de todo cargo medianamente importante de la larga lista que su curriculum acumulaba.

El juicio norteamericano, en todo caso, se difuminó en los meandros legales, DSK recuperó la libertad y pudo volver a su residencia parisina, junto a su leal esposa, que no dejó de apoyarlo contra toda prueba.

Pero aunque se librara de la cárcel neoyorquina, el proceso por violación seguía abierto y Strauss-Kahn tuvo que llegar –en noviembre pasado- a un acuerdo con la mucama ultrajada por un monto de seis ceros en dólares que, al mismo tiempo, constituyó una asunción indirecta de culpabilidad.

Cerró aquel capítulo, pero la novela sigue, y como lo fue desde un principio, supera el ámbito privado e invade la faz pública, con ramificaciones a toda la clase política. Anne Sinclair, la leal esposa, se terminó por hartar y abandonó al fogoso socialista, a quien los paparazzi fotografían ya en Venecia con su nueva novia, Myriam Aouffir.

Rechazada la solicitud de archivo de la causa, el Tribunal Supremo de Francia debe decidir ahora si procesa a DSK como proxeneta, por haber participado de una banda que organizó, durante años, servicios sexuales de prostitutas y orgías a 10.000 euros por cabeza la noche (cabezas blancas, importantes, masonas y políticas).

Por estos días, muchos se preguntan además si debería soslayarse la responsabilidad del presidente François Hollande: no puede, advierten los críticos, no haber estado al tanto de las conductas impropias de su sátiro compañero de partido.

En todo caso, si el Tribunal Supremo habilita el juicio por proxeneta, esta vez DSK no logrará zafar con algunos millones de euros. Esta vez pueden caerle hasta siete años de cárcel.





Twitter:   @nspecchia


viernes, 4 de mayo de 2012

La derecha europea muestra los dientes (05 05 12)


La derecha europea muestra los dientes

No debe de extrañar que, precisamente por eso, todos los nuevos grupos de extrema derecha rechacen de plano a la Unión Europea. 


LA VOZ DEL INTERIOR    05/05/2012 | por Nelson Specchia*





Las elecciones de mañana en Francia y Grecia aportarán a una tendencia que se afianza en Occidente: el resurgimiento, en el imaginario social, de la extrema derecha.

El balotaje presidencial francés y las legislativas griegas han visto cómo el fenómeno, avanzando desde los márgenes, comienza a ocupar el centro de la política.

En rigor, la presencia de radicales –condimentada con el folklore filonazi de cruces gamadas y ropas militares– no es original en la dinámica política europea.

Pero las fracciones de electorado que esa derecha radical está captando sí la convierte en una tendencia novedosa. Y, a la luz de la historia reciente de Europa, también en una tendencia preocupante.

Del antisemitismo a la islamofobia. La intelectualidad y la clase política europea han intentado, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, poner límites éticos y legales a la expansión de los discursos ultras y esencialistas.

Umberto Eco dedica las 600 páginas de su última novela, El cementerio de Praga (2011), a graficar el escenario de esa Europa de fines del XIX, donde el antisemitismo formaba parte de la corrección política.

Esa aceptación, en los salones ilustrados, del odio y la diatriba contra el judío fue preparando el ambiente de la locura genocida que culminaría en la “solución final” hitleriana.

La misma idea de coexistencia fue llevada a un límite, y la resaca posterior fue tan grande que incluso instaló la pregunta de si –traspasado aquel límite– hacer arte sería posible (y la política es un arte). Theodor Adorno lo definió en una frase: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”.

Las élites, por su parte, acordaron limitar la posibilidad de recuperaciones radicalizadas. En ese sentido, se prohibieron los partidos fascistas y se penalizó la negación del Holocausto.

Así se logró mantener a los grupos ultras en los márgenes del sistema, sin relevancia numérica ni cualitativa. Pero llegó la crisis y en un corto período está diluyendo las certezas y las seguridades sobre las que se asentó el Estado de Bienestar desde la posguerra.

Los subsidios al desempleo, a la salud y a la educación están desapareciendo; la fortaleza de la moneda común ha fracasado, y el mercado de trabajo se achica a diario, en especial para los más jóvenes.

Y en la búsqueda desesperada de un chivo expiatorio, ahí están los inmigrantes de Europa del este, de América latina y el Caribe, del África mediterránea y del África sub- sahariana, de Turquía y del Medio Oriente. Muchas de estas colectividades, además de su procedencia foránea, profesan el Islam.

Es inevitable, al observar las características de la crisis y los discursos esencialistas de extrema derecha que están respondiendo a ella, relacionar este tiempo con aquella República de Weimar de entreguerras, donde se incubaron los autoritarismos.

La historia no se repite y la construcción de la Unión Europea apuntó a conjurar, por la vía de la integración económica, geográfica y política, aquellos fantasmas del pasado.

No debe de extrañar que, precisamente por eso, todos los nuevos grupos de extrema derecha rechacen de plano a la Unión Europea; al espacio Schengen que borró las fronteras interiores; a la moneda común –el euro– con su exigencia de equilibrios presupuestarios y control de déficits públicos, y a las políticas de integración comunitaria de las minorías étnicas, sexuales, culturales y religiosas.

Blanco, occidental y cristiano. En esos rechazos, la prédica del antiguo nacionalismo les calza a medida a los nuevos fascistas. Se trata de volver a la arcadia de la aldea primigenia, con tintes rurales y provincianos, con retos de superación individual frente al proteccionismo asfixiante del Estado (de ahí las apelaciones a “la libertad”) y frente a las políticas asistencialistas que favorecen a los extranjeros.

Se trata, en definitiva, de salvar al hombre blanco, que, como dijo Anders Breivik después de asesinar a 77 jóvenes noruegos en la isla de Utoya, el año pasado, “está en extinción”.

Ese nacionalismo rancio se actualiza para dar forma al fenómeno de la nueva extrema derecha. Si desde el Holocausto la persecución al judío quedó fuera del área de corrección política, la globalización y los flujos migratorios de africanos y árabes hacia Europa, en un contexto de crisis económica agravada, ofrecen ahora la alternativa de la crítica hacia el inmigrante musulmán: la islamofobia, el nuevo enemigo de la pureza racial, cultural y religiosa.

Jörg Haider reintrodujo el fascismo en Austria en 2002; Josep Anglada recuperó el franquismo con un partido catalanista que llegó al gobierno en 2003; Geert Wilders y su partido antimusulmán son, desde 2004, los árbitros de la política holandesa, como lo fueron Umberto Bossi y su Liga Norte padana con Silvio Berlusconi.

En 2009, 32 ultraderechistas consiguieron escaños en el Parlamento Europeo. Marine Le Pen acaba de convocar a una quinta parte del electorado francés y mañana el partido nazi Amanecer Dorado ingresará al Parlamento griego.

Unos dientes cada vez más afilados; que no nos sorprendan sus dentelladas.





*Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)


En Twitter: @nspecchia



jueves, 19 de abril de 2012

Francia a las urnas (20 04 12)

HOY DÍA CÓRDOBA – columna “Periscopio” – viernes 20 de abril de 2012.


Francia a las urnas


Por Nelson Gustavo Specchia









Este domingo, la República Francesa acude a las urnas para renovar la figura presidencial. A pesar de ser los inventores del republicanismo moderno, los franceses nunca han logrado quitar del todo el aura monárquica de su jefe de Estado.

Las sucesivas refundaciones de la República desde 1789 no han hecho sino reafirmar ese carácter concentrador del poder en el Presidente. Y la Quinta República, con la Constitución impulsada por el general Charles de Gaulle en 1958, siguió en esa línea, robusteciendo la figura presidencial al otorgarle el pleno ejercicio del Poder Ejecutivo.

A diferencia de las formas adoptadas por los demás Estados europeos tras la posguerra, sean reinos constitucionales o democracias parlamentarias, en Francia el Presidente representa al Estado y lo gobierna efectivamente.

Nicolás Sarkozy ha sido un mandatario plenamente consciente de esta particularidad de la política francesa, y en sus gestos y actitudes la puso permanentemente en evidencia; sólo le faltó exclamar alguna vez aquel “L’État c’est moi”, que apócrifamente se atribuye a su predecesor Luis XVI, el Rey Sol.

Esta característica, asimismo, denota la importancia de las elecciones que comienzan este domingo, y concluirán en el casi seguro ballotage, que se celebrará en dos semanas más.

Un conjunto extenso de instituciones completan el entramado político galo: primer ministro, parlamento, alcaldías, circunscripciones, provincias, regiones. Éstas, a su vez, también con su propia malla de legislaturas zonales y locales, delegaciones del gobierno central y competencias autonómicas. Un armazón complejo pero que gira, en su conjunto, alrededor de la figura central del Presidente de la República, personificación unitaria de un país unitario.

Y ese eje unificador de la personalidad política francesa está a punto de marcar un quiebre, si una sorpresa de último momento no logra cambiar las tendencias que han tomado forma durante la campaña, y que terminaron por afirmarse esta semana: François Hollande, el candidato de la socialdemocracia francesa, desplazará del centro del poder a Nicolás Sarkozy.

Y ese pase, si se concreta, no sólo implicará un nuevo ciclo para Francia, tras un largo período de predominio de los conservadores de la derecha gaullista, sino que también marcará un pelotazo en el frontón europeo. Porque la continuidad de Sarkozy es una de las condiciones esenciales para que el plan de austeridad diseñado por la canciller alemana, Ángela Merkel, se siga aplicando.

Hollande, por el contrario, ha anunciado que revisará esa política de achique y de ajuste ortodoxo aplicada sin anestesia por “Merkozy”, el disciplinado matrimonio ideológico de la derecha europea.

EL DESPERTAR DE LA “GAUCHE”

Francia es la quinta economía del mundo y la segunda de la Unión Europea, y desde el inicio del proceso de integración continental ha sido la “otra locomotora”; a veces delante, otras veces a la par, y en la última década detrás de la locomotora alemana.

El consenso entre Berlín y París (con la anuencia explícita o tácita de Londres) ha sido la auténtica causal del avance del Viejo Continente desde los Tratados de Roma, de 1957, que dieron origen a la primitiva Comunidad Económica Europea.

Los franceses ocuparon ese lugar prioritario con capacidad y realismo, aunque para ello tuvieran que cambiar de ideas y de adaptarse a las nuevas circunstancias. La derecha fue paulatinamente dejando de lado el orgullo separatista de la “grandeur de la France”, y la izquierda del Partido Socialista –especialmente durante el período comandado por François Mitterrand- fue adecuando su consustancial internacionalismo al proceso gradual de ampliación de la organización continental.

De esta manera, tanto los conservadores como la izquierda se comprometieron con Europa, y mientras todo anduvo bien no hubo demasiadas quejas. Pero llegó la crisis, y todo cambió.

En la debacle, reaparecieron viejas ideas y prácticas en la derecha neogaullista. Empujado por la desocupación, el aumento del déficit y la caída del consumo, Nicolás Sarkozy apeló al baúl de los recuerdos, y comenzó a poblar el discurso político de consignas nacionalistas (y hasta xenófobas), e inclinó la doctrina económica hacia la ortodoxia liberal.

Su objetivo era acabar con las prebendas del Estado de Bienestar, pero, en cambio, consiguió un resultado inesperado: abrió la puerta para que la izquierda, que llevaba años medio sonámbula, minoritaria e irrelevante, regresara con sus banderas de protección social y de defensa de las libertades, ofreciendo una salida alternativa a la crisis económica, que no pasa por la reducción del espacio público sino por su fortalecimiento.

Y las encuestas de preferencia de voto para este domingo muestran que las mayorías darán la espalda al ajuste merkozyano, y una nueva oportunidad a la “gauche” del Partido Socialista Francés, el más viejo de Europa.

Aunque el Elíseo cuenta con un ejército de asesores graduados en la exclusiva Escuela Nacional de Administración, ninguno de esos bien pagados profesionales le advirtió a su jefe que la vía del ajuste le pasaría la cuenta en las elecciones presidenciales. El verdadero autor del renacimiento de la izquierda francesa es Nicolás Sarkozy.

MONSIEUR “NORMAL”

Aunque François Hollande –a quien la campaña oficialista llamaba hasta hace poco “Señor Normal”, suponiendo que con eso lo desacreditaba- también debe agradecer que los astros se hayan alineado en su favor, y que lo hayan dejado a las puertas de la Presidencia con tan poco esfuerzo.

Además del enorme error estratégico de Sarkozy, fue otra metida de pata garrafal la que aupó a Hollande a la primera línea de la competencia: la de Dominique Strauss-Kahn, el libertino.

Después que la socialdemocracia gala tocara fondo en 2002 (cuando su candidato presidencial, Lionel Jospin, no pudo ni siquiera competir en el ballotage, porque la extrema derecha del Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen lo desplazó al tercer lugar nacional), el partido venía buscando un candidato casi a las desesperadas.

Y no lo encontraba. La apuesta por Ségoléne Royal –por entonces la mujer de Hollande- salió mal, y los conservadores disfrutaban de un poder incontestado, tanto durante las dos presidencias de Jacques Chirac, como en los inicios del período de Sarkozy.

Entonces, cuando la crisis comenzó a poner todo patas arriba, empezó a ascender la estrella de DSK. Inteligente y abierto, brillante abogado, economista keynesiano, políglota, hombre de mundo, amante de los buenos vinos y de los buenos quesos, Strauss-Kahn aparecía como una figura ideal para reemplazar a la acartonada monarquía republicana de “Sarko”, y salvar al mismo tiempo el Estado de Bienestar y las políticas sociales conquistadas por los trabajadores franceses.

Pero lo perdieron sus excesos. La denuncia por violación en el hotel Sofitel de Nueva York lo tumbó de la jefatura del Fondo Monetario Internacional, de la conducción del Partido Socialista, y de una candidatura presidencial que ya se sentía ganada. Y cuando desapareció la enorme figura de Dominique Strauss-Kahn, quedó a la vista la sonrisa paciente y el discreto encanto de un hombre normal.

Las últimas mediciones les dan a ambos contendientes un porcentaje de votos casi idéntico en la primera vuelta de este domingo, con un 27 por ciento de los votos; pero Hollande saltaría al 56 en el ballotage del 6 de mayo, mientras que el actual Presidente se hundiría, por debajo de la línea del 44 por ciento.

Sarkozy es bajito, “hijo desclasado de un inmigrante judío húngaro” como lo retratan sus críticos, o “un pequeño francés de sangre mezclada”, como se ve a sí mismo. Pero, en todo caso, es un león de la política, que ha peleado mil batallas.

Yo no descartaría un último zarpazo.





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lunes, 5 de marzo de 2012

Sarko por el suelo (06 03 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 6 de marzo de 2012



Sarko por el suelo


por Pedro I. de Quesada





A poco más de 40 días de las elecciones presidenciales francesas, el presidente Nicolás Sarkozy –Sarko, para los amigos- derrapa por los suelos, en lo que no deja de constituir una sorpresa para propios y extraños.

En la recta final para el 22 de abril, la diferencia con François Hollande aumenta a diario. La semana pasada, la confiable medición del Instituto Francés de Opinión Pública (IFOP, fundado por Jean Stoetzel en 1938) publicó que si las elecciones fueran hoy, los socialistas desplazarían a los conservadores de la Presidencia de la República por una diferencia de cuatro puntos. Y que si hubiese ballotage (está prevista una segunda vuelta, si fuera necesaria, para el 6 de mayo) esa diferencia sepultaría a la derecha: Sarkozy no superaría el 43 por ciento, mientras los socialistas obtendrían el 57.

Nadie se esperaba estos porcentajes, ni hubiera sido realista sostenerlos hasta hace pocas semanas. El último tramo de Nicolás Sarkozy al frente del gobierno ha estado explícitamente dirigido a procurarse la reelección; y detrás de ese objetivo no solamente ha direccionado las políticas más mediáticas a nivel interno, sino que también ha afectado la política exterior gala y el peso de ella en el equilibrio europeo.

Así, el tándem armado con la canciller alemana Ángela Merkel intentó presentar al francés como una garantía indispensable para la continuidad de la estrategia de salvataje del euro, y de superación de la crisis estructural que soportan las finanzas públicas europeas.

La misma Merkel, con parte de su gabinete berlinés, aterrizó en París y se sumó desembozadamente a la campaña por la reelección presidencial de su partenaire.

Pero, a juzgar por cómo los franceses están tomando la decisión de su futuro voto, ninguno de esos gestos ha sido determinante. Antes bien, la prepotencia verbal y las actitudes paternalistas del líder de la derecha francesa, sumado a los escándalos económicos (como el affaire L’Oreal) que han envilecido su gobierno, parecen estar inclinando la balanza en su contra.

Esta misma semana, Sarkozy fue abucheado por una feroz silbatina en Bayona, en el País Vasco Francés, y tuvo que asilarse en un bar durante más de una hora, hasta que la policía dispersara a los broncos vascos.

A los manotazos, el presidente intenta recuperar el protagonismo, pero después de cinco años de adjetivos superlativos y anuncios espectaculares, parece haber agotado la capacidad de sorpresa de los franceses.

Mientras tanto, François Hollande, un socialista tranquilo, no responde a sus invectivas y está haciendo una campaña centrada en propuestas. Una de ellas ha contribuido a aumentar la diferencia entre ambos candidatos: de ganar, Hollande impondrá un impuesto a las grandes fortunas, del 75 por ciento sobre los ingresos que superen el millón de euros.

Uno de los que debería pagarlo, por cierto, sería el propio Sarkozy.





@nspecchia



lunes, 23 de enero de 2012

Descenso a la B (17 01 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 17 de enero de 2012


Descenso a la B

por Pedro I. de Quesada






A Nicolás Sarkozy lo mandaron al descenso. Si había algo que le faltaba para confirmar su mala racha, la calificadora de riesgos Standard & Poor’s le quitó a Francia la máxima nota de confianza, la ansiada AAA, y la empujó un escalón abajo.

Apenas un escaloncito, pero tremendamente simbólico para la grandeur française y para su Presidente, que el pobre no termina de encajar pie con bola, a pesar de deshacerse en esfuerzos en todas las direcciones.

Y a mí me parece que precisamente en esa dispersión radica su desacierto. Porque Sarkozy, mirando las elecciones generales francesas para las que faltan menos de cuatro meses, quiere quedar bien con todos y termina quedando bien con ninguno: el hijo de un inmigrante húngaro y de una madre judía conversa desprecia a los inmigrantes y a las minorías, para intentar ganarse el voto de la derecha dura; ó luego de haber hecho campaña por el empleo y el crecimiento en las elecciones anteriores, ahora apuesta por el ajuste y el achique para intentar ganarse la simpatía de Ángela Merkel y para permanecer junto a ella en el tándem que lidera la crisis (al que los europeos ya denominan “Merkozy”); e incluso, para impedir que los socialistas se recuperen después de la última derrota electoral y de los escándalos sexuales de Dominique Strauss-Kahn, flirtea con las políticas sociales para intentar ganarse al sector menos militante de la oposición de izquierdas.

Por las mañanas atiende a los mercados y ordena ajustes, en los mediodías ordena expulsiones de gitanos rumanos, y por las tardes asegura que habrá ayudas para la inserción social de los afro-franceses habitantes de la “banlieue” parisina.

Tanto empeño, y tan variado, y sin embargo no logra encantar a los franceses, que lo siguen viendo como un tipo listo e inteligente, que ha logrado sobrevivir y llegar a la cúspide de la pirámide del Elíseo, pero que no tiene ni gota de aquel savoir-faire de François Mitterrand o de Jacques Chirac, por poner dos ejemplos en ambas puntas del arco político.

Ni siquiera casándose con la belleza de Carla Bruni e inaugurando paternidades en el palacio presidencial. Y como si todo esto no bastara, las calificadoras norteamericanas, los nuevos árbitros del poder financiero global, vienen a decir que los títulos de la deuda pública francesa (también lo dijeron de otra media docena de países europeos, pero la que importaba era la francesa) ya no son del todo confiables.

En tiempos de incertidumbres, como éstos, habrían sido preferibles conductas y signos más seguros por parte del Presidente, en lugar del diletantismo y oportunismo del que ha hecho gala.

Qué vaya a pasar en las elecciones generales es temprano saberlo, pero ya hay un dato, y es malo, muy malo: Marine Le Pen, la líder de la extrema derecha del Frente Nacional, no para de crecer. Al menos un tercio de los franceses ya la respaldan, a ella y a su discurso fascista, xenófobo, anti-islámico y anti-europeo.

Y Marine, claro, clama contra el euro y por la vuelta al franco. ¡Parbleu!


viernes, 30 de julio de 2010

Sarkozy y el culebrón francés (16 07 10)

SARKOZY  y el culebrón francés
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por Nelson Gustavo Specchia
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Los políticos de la moderna derecha europea, después de haber tenido que reinventarse tras el shock totalitario de los fascismos del siglo XX, encontraron en la exaltación prudente de los valores nacionales y en el respeto a la moral social –ventilada con mucha difusión- los pilares sobre los cuales volver a estructurar un discurso creíble. Luego, cuando en los movedizos años sesenta la revolución cubana, el “mayo francés”, el movimiento hippie y el recital de Woodstock expresaban las puntas más descollantes de un mundo en cambio, la derecha europea se reafirmó en aquellos pilares de posguerra: si los socialismos de cualquier tipo impulsaban los vientos de transformación social, ellos, por el contrario, con la referencia a los valores y a la moral serían la encarnación de la permanencia, de lo sólido: el cimiento de la sociedad.
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En Francia, este arco ideológico abrevó en Charles De Gaulle. El viejo general comenzó su prédica desde el exilio de Londres contra el régimen filonazi de Vichy comandado por el mariscal Philippe Pétain, y luego de recuperada la República y la democracia, sus largos años al frente del ejecutivo imprimieron un sello propio, que lo trascendió largamente: el “gaullismo”. Esta tradición fue mutando a través de formaciones movimientistas. De Gaulle se oponía a los “partidos políticos”, y llamó “Unión por la Nueva República – UNR” a su movimiento. Este fue pasando por varias mutaciones, se convirtió en el “Rassemblement pour la République – PRP”, y llegó a la actual “Union pour un Mouvement Populaire – UPM”.
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Siempre los valores y la moral fueron los pilares a los que cada generación de líderes se refería. Inclusive cuando el socialista François Mitterrand accedió a la presidencia de la República, la década y media que permaneció en ella fue hostigado por la derecha debido a su supuesto relativismo moral (se encarnizaron con la relación extramatrimonial del presidente con Anne Pingeot, y la hija nacida en esta relación paralela, Mazarine), y en el alejamiento de aquellos valores que habían llevado a Francia a “la Grandeur”.
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La apelación a esa supuesta grandeza es la que vuelve a traer Nicolás Sarkozy. Su programa habla, precisamente, de una “refundación moral” de Francia, que presenta con elementos eclécticos: aumentar el peso de París en la nueva geopolítica global, revitalizar la Fracophonie (el conjunto de países y sociedades que comparten la lengua francesa), un liberalismo económico neoconservador, la defensa de las leyes y del orden interior, y la revitalización del poder presidencialista. Muy al estilo De Gaulle: con menos poder en los ministros y una permanente exposición pública de la persona del presidente como titular exclusivo de la iniciativa política. Esta fórmula, según Sarkozy, devolvería a Francia “la Grandeur” que tan ufanamente mostró en otros tiempos.
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Pero para que la fórmula funcione, claro, los valores y la moral –aquellos pilares en que todo el discurso conservador se apoya- deben estar claros y evidentes. Por eso el escándalo que desde hace un mes atormenta al gobierno a golpes de titulares periodísticos y de investigaciones de los fiscales judiciales impacta tan directamente en el cuerpo del presidente. Porque si se comprueban las denuncias y el “affaire L’Oréal” destapa una combinación de ilícitos, prebendas, corruptelas, financiaciones ilegales, vista gorda y favores impositivos, dinero sucio, sobres abultados de efectivo que pagan campañas y trayectorias personales, y una estrecha y al mismo tiempo oscura relación del partido en el gobierno con las grandes fortunas de Francia, estaremos frente a una crisis moral. Y la derecha, sin poder apoyarse en el pilar de la ética de sus dirigentes, se queda sin la mitad de todo su discurso y su base histórica.
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EL PERFUME DEL AMOR
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Liliane Bettencourt, de soltera Shueller, tiene casi 90 años, está sorda, tiene unos 17.000 millones de euros de fortuna personal, y muchas ganas de divertirse. Una combinación riesgosa.  Madame Bettencourt enviudó hace años, y desde hace un tiempo un fotógrafo, François-Marie Banier, un señor de casi 70 años pero con fama de playboy y de advenedizo, vino a hacerle compañía. La millonaria, heredera del imperio de empresas de cosmética L’Oréal, comenzó a agradecerle a su nuevo amigo la compañía con regalos, pero cuando esos regalos alcanzaron la fantástica cifra de 1.000 millones de euros, la hija y sucesora de Madame, Françoise Bettencourt-Meyers, dijo basta. Planteó un juicio contencioso ante los tribunales, acusó a Banier de aprovecharse y abusar de su anciana madre, y a ésta de no estar en todos sus cabales al gastar esa enorme fortuna con el avivado fotógrafo. Todos los elementos de una tradicional telenovela venezolana estaban servidos a la mesa.
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Pero para agregar complejidad a la trama, porque la vida imita al arte y hasta en la culta París se cuecen habas, una parte del personal doméstico que sirve en el “petit hotel” de Neuilly donde vive la anciana tomó partido por su hija. Así, el tradicional y confiable mayordomo grabó subrepticiamente conversaciones para utilizarlas en el litigio familiar, y el culebrón de novela llegó, inesperadamente, al centro de la vida política. Porque en esas cintas grabadas debajo de las servilletas mientras servía el té y los bombones, aparecieron también datos sobre ciertos negociados del emporio L’Oréal, con referencia a presuntos delitos al fisco. Al parecer Madame tenía más millones en bancos suizos, sin declararlos a hacienda para evadir impuestos. También es propietaria de una isla en el archipiélago de las Seychelles (unos territorios de la Francophonie redescubierta por Sarkozy) que no incluyó en su declaración impositiva. Y la guinda: Madame no estaba para nada preocupada por todas estas evasiones, porque para eso aportaba, y mucho, al partido en el gobierno y a varios de sus principales dirigentes. Y ardió Troya.
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Desde que aparecieron las grabaciones del mayordomo infiel, no ha habido día sin que nuevas sorpresas recalienten el verano francés, y el “affaire” al que Sarkozy se refería despectivamente como meras calumnias hace algunas semanas, se encamina rápidamente a convertirse en su Watergate privado.
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DIGNIDAD, HONOR Y EUROS
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Al mayordomo le sucedió la contadora Claire Thibout. Puesta a destapar entuertos, la ex empleada administrativa de Madame Bettencourt aseguró en una entrevista que el tesorero de la gubernamental UMP y actual ministro de Trabajo, Eric Woerth, cuya esposa también trabajaba en las oficinas de Madame hasta que estalló el escándalo, había recibido ilegalmente 150.000 euros en efectivo para sostener la campaña presidencial de Sarkozy en 2007. Dejó entrever, además, que los Bettencourt vienen financiando con dinero negro a los políticos de la derecha francesa desde hace años, como cualquier empleado superior de L’Oréal puede atestiguar. Y que el mismo Nicolás Sarkozy, en sus tiempos de alcalde de Neuilly, la elegante barriada parisina donde se ubica el “petit hotel” de Madame, habría sido receptor de generosos sobres llenos de efectivo para sufragar su carrera política. Siempre habría, luego, oportunidad de devolverlos en favores.
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Woerth, en su papel de tesorero del partido gobernante y ex ministro de Presupuesto (la cartera que tiene a su cargo el control impositivo) se convirtió en una pieza clave. Es un hombre de la máxima confianza del presidente, y responsable de su principal emprendimiento gubernamental en estos días: la reforma de las jubilaciones, que extenderá la edad de retiro de los trabajadores franceses; con ese ahorro en derechos sociales Sarkozy espera achicar el déficit de las cuentas públicas jaqueadas por la crisis económica internacional. Si cae Woerth, es muy posible que todo el gobierno se derrumbe. Por eso, para sostener a su hombre de confianza, el presidente organizó esta semana una cuidada puesta en escena en los jardines del Elíseo, y frente a las cámaras de la televisión pública defendió su gestión, desechó las denuncias por infundadas, y ratificó a su ministro: “posee una dignidad que hace honor a la clase política”, dijo.
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Pero apenas unas horas después de tan categórica afirmación, el periódico Le Nouvel Observateur publicó documentos originales donde Patrick de Maistre, el administrador de la fortuna Bettencourt, prueba el desvío de fondos hacia la UMP vía los buenos oficios de Eric Woerth. El semanario Le Canard Enchaine, en forma simultánea, hizo públicos otros favores de Woerth a las grandes fortunas desde sus puestos de gobierno: habría sido responsable de vender, como ministro de Presupuesto, 57 hectáreas en los alrededores de París a un empresario cercano a la UMP a 3,2 millones de dólares, alrededor de 25 millones de dólares por debajo del precio real de mercado.
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Expuesta la falacia de la apelación a la moral, la derecha se queda muy vaciada de contenidos. Nicolás Sarkozy deberá sacar pronto un conejo de la galera para sostenerse en el gobierno, o resignarse a dejar el Elíseo, caminando con sus zapatos de plataforma y taco.
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nelson.specchia@gmail.com
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viernes, 9 de abril de 2010

Sarkozy se aferra al timón (26 03 10)

SARKOZY SE AFERRA AL TIMÓN

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por Nelson Gustavo Specchia

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Nicolás Sarkozy, el orgulloso y batallador Presidente de la República Francesa, dijo muchas veces que él se ve a sí mismo como el capitán de un velero, timoneando en medio de una tormenta, donde las decisiones deben ser rápidas y arriesgadas, y hay que mover el timón cuantas veces sean necesarias para corregir el rumbo y salvar la nave. El símil marinero hubiera resultado muy productivo para aplicarlo esta semana, luego de que el jefe del Elíseo comandara la peor derrota electoral sufrida por la derecha francesa en medio siglo. Sin embargo, olvidando de pronto ese retrato literario de alta mar, Sarkozy no ha acusado ningún impacto ni ha rectificado ningún rumbo. Por el contrario, se ha aferrado al timón de su gobierno, al anunciar ayer, en la primera comparecencia pública tras la derrota, que ratifica todas las políticas del ejecutivo. Frente a esta obstinación cerrada, es previsible esperar tiempos conflictivos en los dos años que le restan a su mandato, con una oposición de izquierda rejuvenecida y en franco crecimiento; unas divisiones internas dentro del propio arco político de la derecha, que ya ha anunciado el surgimiento de nuevas agrupaciones para discutirle el comando del barco; y una sociedad civil en pie de guerra, con un plan de protestas y huelgas (que comenzarán la semana que viene en las áreas de los transportes y la educación) convocadas por las cinco centrales sindicales francesas.
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¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Por qué esta terquedad, esta postura tan reacia a rectificar los rumbos políticos, tras el voto de censura de más de la mitad de los electores del último domingo? Sin que exista un antecedente doctrinario o ideológico evidente, hay una actitud distintiva en los dirigentes de la derecha: así como la izquierda encuentra una virtud en el cambio, en la adaptación a los escenarios modificados, al acompañamiento un tanto idealista del progreso social; los líderes conservadores parecen encontrar la virtud en la resistencia a las modificaciones de lo establecido, inclusive cuando las señales que provienen desde el cuerpo social indican lo contrario. En la comparecencia de ayer, el Presidente mostraba un rostro cansado, afectado, lejos de ese entusiasmo y cierta algarabía juvenil con que suele acompañar sus anuncios, siempre tan grandilocuentes. Ayer se ciñó a un texto redactado por sus asesores, cuidado hasta en los mínimos detalles, que leyó durante quince minutos –y no permitió ninguna pregunta-, trasmitido por cadena nacional, con voz cansina y en tono monocorde para decir lo contrario de lo que se esperaba de él: que pese a la debacle de las elecciones regionales de los dos domingos anteriores y de que la izquierda ganara en 23 de las 26 regiones de Francia (su partido sólo logró mantener la región de Alsacia en la zona metropolitana, la isla de Reunión en el Océano Índico, y la Guyana, en Sudamérica, ambos territorios franceses de ultramar), mantendrá la política y la economía implantadas por su gobierno en 2007.
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No es la reacción de un estadista, generoso y humilde. Todo lo contrario, su reacción es la del político acorralado por el juego democrático que apela a los suyos, a recomponer la quinta electoral, dando una vuelta de tuerca más a los principios y las acciones caros a los sectores conservadores, para volver a convocarlos en torno a su persona en las próximas elecciones presidenciales, dentro de dos años.
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Sarkozy hace una lectura mezquina: es la crisis económica internacional, y no sus iniciativas de gobierno, las que llevaron a que los franceses se quedasen en sus casas y no fueran a votar en la primera y en la segunda vuelta de las elecciones regionales (el nivel de abstención rondó la mitad de la población en ambos casos, apenas levemente inferior en la segunda vuelta). Y para Sarkozy es esa misma crisis la que abrió el trasvase de votos desde la alianza gobernante de la Unión para el Movimiento Popular (UMP) hacia la extrema derecha del Frente Nacional, que –aunque sólo presentara candidatos en 12 regiones- arañó el 10 por ciento del total electoral nacional. Para volver a convencer a los votantes holgazanes, y recuperar los sectores que se pasaron a la ultraderecha, el Presidente ha decidido aferrarse al timón.
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Así, su mensaje a la Nación tuvo destinatarios concretos, comenzando por los protegidos agricultores y ganaderos de la campiña, que –a pesar de que sus productos son carísimos, ineficientes, e impiden la entrada de agroalimentos desde los países subdesarrollados del sur- constituyen uno de los sectores mimados por los subsidios proteccionistas del gobierno central, y son un tradicional caldero de apoyo de la derecha. La Política Agrícola Común, la menos solidaria a nivel internacional de toda la Unión Europea, volvió a ser esgrimida por Nicolás Sarkozy en su estudiado discurso: “no dejaré morir la agricultura francesa”, les prometió el Presidente.
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Tras los agricultores protegidos, apuntó a la política de seguridad y de inmigración: el gobierno seguirá aumentando los controles, manifestó. Y el Presidente terminó su mensaje delineando la típica agenda conservadora con la afirmación de que sus disposiciones liberales se mantendrán en el plano económico. Su gobierno ya reformó la ley para no aumentar los impuestos a los empresarios que no aceptaran la jornada laboral de las 35 horas; fijó un techo impositivo para los ingresos altos; y puso en marcha el achicamiento del Estado con recortes a las plantas de empleados de la administración, entre otras disposiciones destinadas a reducir el gasto público. A este paquete de medidas las centrales sindicales han asegurado que le harán frente, pero el Presidente insiste en el camino, y anunció que este mismo año emprenderá la reforma de las jubilaciones, alargando la edad de retiro y disminuyendo las prestaciones sociales; también implementará las reformas en lo territorial y en la justicia, donde prevé suprimir a los jueces de instrucción, achicando también el aparato judicial.
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Pero este aferrarse al timón no deja de ser un síntoma de debilidad. Dentro del propio arco de la derecha, el viejo rival del Presidente, el ex primer ministro Dominique de Villepin, ha anunciado la formación de un nuevo partido, para disputarle el electorado conservador. Y desde la oposición, la nueva secretaria general del Partido Socialista francés, Martine Aubry, que se estrenó electoralmente con este 54,67 por ciento del domingo pasado, dijo que era una “victoria sin precedentes”, especialmente considerando que esta nueva mayoría se remontó desde el piso del 16,4 por ciento que los socialistas obtuvieron en las elecciones europeas del año pasado. Ahora, gobernando en 23 de las 26 regiones, y cerrando una alianza con los verdes de Europa Ecología (EE) y con los comunistas del Frente de Izquierda (FI), el Partido Socialista vuelve a colocar a la socialdemocracia como alternativa de poder para saltar al Elíseo dentro de dos años.
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En definitiva, la obstinación de Sarkozy viene a demostrar que la derrota en las elecciones regionales es más profunda aún de lo que se calculó en un primer momento. La Quinta República descansaba en un doble rol ejecutivo: el Presidente francés representaba al Estado, y su figura otorgaba estabilidad a la vida política, cualquiera fuese la coyuntura electoral. El primer ministro, por su parte, estaba atado a la inmediatez de la cotidianeidad. Así, frente a un descalabro como el de la semana pasada, cambiando el primer ministro y el gabinete, el gobierno salía del paso y lograba una continuidad sin mayores dificultades. Pero el ansia mediática y el hambre de protagonismo de Nicolás Sarkozy le han jugado una mala pasada, él decidió ser Presidente y primer ministro al mismo tiempo, ahora no tiene ninguna alternativa a asumir que el golpe de la derrota impactará en su figura.
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Anticipándose a esta tendencia, la bellísima primera dama francesa, Carla Bruni, ha declarado que no desea que su marido vuelva a ser candidato a Presidente en las elecciones generales de 2012, dijo que quiere que Sarkozy se jubile, “tengo ganas de que podamos vivir con cierta paz”, afirmó. Quizás su deseo tenga muchas posibilidades de ser cumplido. En breve.
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nelson.specchia@gmail.com
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miércoles, 3 de febrero de 2010

Guerra sucia en la culta Francia

Guerra sucia en la culta Francia
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por Nelson-Gustavo Specchia

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[ HOY DÍA CÓRDOBA, 03 / 02 / 2010 ]
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La semana pasada terminó en París un juicio que había comenzado con el otoño boreal, el 21 de septiembre de 2009. El fallo del juicio constituye un revés para el Presidente, y posiblemente termine reordenando los escenarios de futuro en la política francesa.
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En el juicio –conocido popularmente como caso Clearstream- Nicolás Sarkozy, había logrado sentar en el banquillo de los acusados a su viejo colega y archienemigo político, el ex primer ministro Dominique de Villepin. Estos hombres, como un Jano bifronte, encarnan las dos caras de la derecha francesa. El mismo proyecto ideológico tiene, en ellos, dos versiones prácticamente antitéticas: El alto y elegante diplomático frente al retacón acomplejado hecho a sí mismo, el mafioso y el poeta, el profesor y el anti-intelectual, el hijo de una antigua casta aristocrática y el hijo de un inmigrante húngaro y una judía sefaradita conversa, el catador de vinos de Burdeos y el tomador de coca-cola, el amigo de los norteamericanos y el primer ministro que se opuso a la invasión a Irak, la cultura de la grandeur y el pragmatismo del nuevo rico.
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El antagonismo entre las dos principales caras del actual partido en el gobierno del Elíseo viene de lejos, desde 2004, cuando ambos compartían puestos en el gabinete ministerial de Jacques Chirac, y ambicionaban sucederlo en ese trono imperial que es la Presidencia de la República Francesa. Por aquel entonces, el ministro del interior Sarkozy trataba de “racaille” (algo así como “chusma”, “negros de porquería”, o algo peor) a los inmigrantes subsaharianos que pueblan los cordones suburbanos de la banlieu parisina, y promovía “expulsiones selectivas de irregulares”. Por su parte, el profesor De Villepin, el culto habitante de los dorados barrocos del Quai d’Orsay, la cancillería parisina, daba cuentas en la tribuna de la ONU de la independencia y oposición de Francia -y, con ella, de la mayoría de los Estados europeos- a la aventura militar de George W. Bush en Irak, que empujó a su secretario de defensa, Donald Rumsfeld, a acuñar aquella denominación despectiva de “vieja Europa”.
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En el medio de esta puja, Sarkozy le ganó a Villepin la candidatura presidencial, y decidió enterrarlo para siempre. La herramienta que encontró a mano fue el caso Clearstream. El juicio se centraba en la falsificación, en 2004, de un listado de prominentes nombres de la economía y la política francesa que habrían ingresado dinero en una cuenta bancaria luxemburguesa reconocida como un blanqueadero de fondos turbios.
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Todo había comenzado –muy novelescamente, por cierto- con un becario del banco, Florian Burges, aficionado al género policial, que en el transcurso de una pasantía en Clearstream grabó un listado de cuentas opacas y se las robó en un diskette, convencido de que contenían claves para descubrir lavados de dinero. La nómina llegó, por medio de un mensaje anónimo, a los juzgados de Paris. Y en ese listado aparecía el nombre de Sarkozy. Pero a poco andar, el juez descubrió que su inclusión era fraudulenta. El entonces ministro prometió, con la procacidad del lenguaje mafioso que le es habitual, “colgar de un gancho de carnicero” a quienes habían querido borrarlo de la carrera hacia la Presidencia, y –tras ganar las elecciones de 2007- una vez que estuvo sentado en ella, con inmunidad y con mando sobre las instancias judiciales, apuntó hacia Villepin (Jacques Chirac, de quien sospechaba que había partido la autoría intelectual de la movida, por su investidura estaba fuera de su alcance).
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Desde septiembre del año pasado el juicio, que se desarrollaba en la misma sala donde se sentenció a María Antonieta a la guillotina, polarizó la política francesa, que entendía claramente que los resultados irían más allá de un mero trámite judicial, y terminarían impactando en el futuro nacional. Además de la fiscalía, Nicolás Sarkozy se personó como parte querellante en el juicio, y lo siguió diariamente, con una reunión al final de la tarde con su abogado, en el palacio del Elíseo. En ningún momento tuvo dudas de que la estrategia enterraría para siempre a su antiguo adversario. Pero perdió, y ahora todo se ha dado vuelta en las máximas instancias de la política francesa.
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Una ducha de agua fría acaba de caer sobre ese peleador feroz que es Nicolás Sarkozy: Luego de tan mediatizado juicio, y sabiendo lo que se jugaba realmente en él, el Tribunal leyó durante dos largas horas, el pasado 28 de enero, su sentencia. Y ésta exculpa en todo y en parte al ex primer ministro. Ganó Villepin, y ganó por mucho.
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Al enterarse de que el fiscal apelaría la sentencia, Dominique de Villepin, que en todo momento se ha mostrado como un auténtico hombre de Estado, dijo que Sarkozy “ha decidido perseverar en el ensañamiento y en el odio”, pero sabe que, en realidad, el ensañamiento del Presidente lo ha vuelto a poner en el centro de la atención política: Un sondeo hecho apenas terminado el juicio, afirma que Villepin cuenta con un 8 por ciento de adhesiones de cara a las elecciones presidenciales de 2012. Y esto recién comienza. La misma moneda, pero con dos caras tan diferentes, lanzada al aire.
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jueves, 22 de noviembre de 2007

Bush y el "amigo francés"


BUSH Y EL “AMIGO FRANCÉS”


Por Nelson Gustavo Specchia



En los inicios de este mes de noviembre, la primera visita oficial del presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, a los Estados Unidos de América, supone un giro total en las relaciones entre ambos países, que implicará, a su vez, un impacto sustantivo en las posturas internacionales a un lado del Atlántico, y al otro.


Hace cuarenta años, el general De Gaulle forzaba el retiro de las bases de la OTAN de territorio francés, y comenzaba, de esa manera, un posicionamiento internacional que se mantendría durante toda la guerra fría, y continuaría, como una marca registrada, por las presidencias conservadoras de Pompidou y Giscard d´Estaing, el período socialista de Francois Mitterrand, y en la reciente presidencia de Jacques Chirac. Esta postura frente a las dos grandes potencias, intentaba ofrecer una alternativa: Francia, independiente tanto del cerco soviético como del área de influencia norteamericana, se proponía como una referencia diferente en un mundo bipolar.


De allí, de esta independencia de criterio en política exterior, se estructuró toda la estrategia francesa a nivel internacional durante cuatro décadas. A ese fin se plegaron los planes nucleares (incluyendo los ensayos de Mururoa de los ‘90, que tanto rechazo generaron en los Estados Unidos); el claro apoyo a la causa árabe –incluyendo las posturas pro palestinas, en contra de la alianza central de los Estados Unidos con Israel-; los recelos a un mayor papel de Turquía –considerada una “cabeza de puente” de la política norteamericana- en el contexto europeo; para alcanzar, finalmente, el colmo de la paciencia del Departamento de Estado con el “no” a la invasión a Irak, que llevó a Donald Rumsfeld a acuñar el despectivo mote de “Vieja Europa”, acusándolos a todos (pero especialmente a los franceses) de ingratos, después de que el ejército americano los hubiera salvado en las últimas dos guerras mundiales.


El “no” de Chirac a asociarse a la aventura de Irak, llevó a que se derramaran cientos de litros de vino francés en las alcantarillas de Nueva York frente a las cámaras de televisión, o a que en el Capitolio se cambiase la forma en que los americanos denominan a las papas fritas (“french fries”): fue el punto de mayor distanciamiento entre ambos países en la historia reciente. Luego Sarkozy llegó al Elíseo, y se ha empeñado, entre sus primeras medidas de gobierno, en dar un golpe de timón de 180 grados a la relación de Francia con la potencia hegemónica americana.


Sarkozy pasó sus primeras vacaciones como Jefe de Estado en América, visitó en ese verano boreal repetidamente a la familia Bush, inclusive en ese sancta sanctorum del presidente norteamericano que es su rancho de Crawford, donde cocinaron hamburguesas y mantuvieron largas conversaciones en privado, fuera del protocolo. Ahora, el 7 de noviembre, en su primera visita oficial a Washington, Sarkozy plasma su nueva estrategia de acercamiento y amistad. Una nueva posición que, sin llegar a la obsecuencia incondicional con Bush, deja claro que pretende inaugurar un nuevo período de relaciones transatlánticas, donde el interlocutor europeo de la Casa Blanca no tiene necesariamente que ser –como es tradición- el premier británico, o la silenciosa pero efectiva Angela Merkel, sino, precisamente, él.


Sarkozy sabe que los Estados Unidos requieren de una alianza renovada con Europa para la fortaleza de Occidente, muy especialmente frente a la amenaza global del fundamentalismo islámico. En ese sentido, el jefe de la República Francesa planteó al pleno del Congreso norteamericano dos ideas fuerza: los Estados Unidos pueden contar con Francia en el “combate” contra el terrorismo (se cuidó de no utilizar el término “guerra”); y aseguró que las tropas francesas “seguirán en Afganistán todo el tiempo que sea necesario”.


Por ello, y abandonando aquella pretensión de “primera potencia alternativa” heredada del gaullismo (que nunca, por otra parte, supero el nivel discursivo), en favor de una relación más horizontal con la otra costa del Atlántico, Sarkozy ha reincorporado a Francia en la OTAN como miembro pleno, y ha subrayado que “la perspectiva de un Irán con armas nucleares es inaceptable”, música para los oídos de la administración Bush.


Por último, no quiso irse de ese Capitolio que lo interrumpía constantemente con aplausos, sin hacer un guiño de cambio a aquella acusación de ingratitud de los europeos respecto de América: “cada vez que un soldado americano cae en algún lugar del mundo, yo pienso en lo que este ejército hizo por Francia, y me entristezco, como cuando uno pierde a un miembro de la familia.”


En realidad, los políticos norteamericanos nunca han comprendido el antiamericanismo de Europa. Sarkozy viene a decirles que acertaban en su incomprensión, que la anomalía es de los europeos. Pero que pueden estar tranquilos, y que la alianza a ambos lados del Atlántico puede estar segura, que de aquel lado tienen ahora al “amigo francés”.