martes, 28 de mayo de 2013
Derechos sexuales y revolución democrática (28 05 13)
viernes, 10 de mayo de 2013
Las mujeres en la “primavera árabe” (10 05 13)
Histórica postergación
Promesas primaverales
Clima de violencia
El ataque sexual a la mujer no tiene tanto que ver con el acoso de género, como con una voluntad política, ideológica, de cerrarle la vía de acceso al cambio que tímidamente le había abierto la “primavera árabe”. La violación no es sólo un síntoma de represión sexual y de machismo exacerbado, sino el intento de extirparlas de la vida pública, de que vuelvan a la marginación del hogar y a la cobertura del vestido que las invisibiliza inclusive cuando caminan por la calle.
Twitter: @nspecchia
sábado, 26 de enero de 2013
Hollande, el soldado (26 01 13)
Hollande, el soldado
por Nelson Gustavo Specchia
Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)
Twitter: @nspecchia
El año abrió con el estallido de la burbuja revolucionaria africana. Y esa eclosión tiene tres manifestaciones principales.
Viejos jugadores, reglas nuevas. La más evidente es la alteración del propio escenario africano, con la irrupción de actores cada vez más poderosos que obligarán a una redefinición de las alianzas regionales. Dos antagonistas, Marruecos y Argelia, ya han comenzado un acercamiento, a pesar de la disputa por el diferendo saharaui, tras la toma de la planta de gas de Tigantourine y de su recuperación por tropas de élite, sin ninguna consideración a los rehenes occidentales y locales.
La incipiente democracia en Túnez y los Hermanos Musulmanes en Egipto también se interrogan sobre cómo tratar con esa fuerza emergente en las arenas del Sahara que es un peligro cercano de desestabilización.
La segunda muestra la verbalizó la secretaria de Estado de Obama. Hillary Clinton estuvo esta semana ante el comité de relaciones exteriores del Senado. Hizo una larga declaración, su testamento de la política exterior de Washington, ya que la semana entrante llega su sucesor, John Kerry. Y lo manifestó de una manera brutal: “siendo honestos –dijo Hillary- hay que admitir que no tenemos idea de qué está pasando en África”. Le tocará a Kerry presentarle a Barack Obama una estrategia que haga inteligible la presencia norteamericana en el Sahel.
Otra vez la Françafrique. Y mientras en Washington y la ONU discutían cómo hacer frente a algo que no estaba en las prioridades de nadie, el que se quedó sin margen fue François Hollande. Y su cambio de libreto en cuestión de horas constituye la tercera manifestación de la eclosión africana.
Hollande había comenzado con una promesa: París acabaría con la “Françafrique”. Ese término designa, despectivamente, al entramado de regímenes débiles y corrupción tolerada a cambio de la permanencia de empresas francesas en los “Estados fallidos” africanos. Empresas extractivas de recursos naturales que alimentan las industrias de la ex metrópoli colonial. La promesa implicaba un aporte democrático al rumbo político de la “primavera árabe” en el Magreb.
Pero el postulado de terminar con las rémoras coloniales ha durado apenas unos meses. El avance islamista en Mali ha obligado a revisar toda la estrategia y volver hacia el protectorado militar. Dando vuelta la tortilla, Hollande ha enviado los Mirage y ha concentrado en la capital –Bamako- tropas de las bases francesas de Burkina Fasso, Costa de Marfil y Chad.
La guerra de Hollande lo ha transformado también a él: ya no parece un gris funcionario dubitativo sino un soldado, un comandante en jefe decidido a luchar por los principios (y por las empresas) de Francia. Aunque hay que decir, por cierto, que Hollande intentó tratar la cuestión africana desde un contexto multilateral. En la ONU y en la Unión Europea, pero en ambas organizaciones lo dejaron sólo.
Deudas globales. Mali era hasta el año pasado una de las vidrieras del desarrollo democrático africano. Una república constitucional, laica, turística, con vida cultural muy activa y una población de 16 millones (90% musulmanes) pacífica y tolerante, concentrada en el sur de un país inmenso.
La mitad norte, que hace parte del Sahel y del desierto del Sahara, es territorio Tuareg, de tribus nómades y semiautónomas. Los Tuareg fueron mercenarios en Libia, y tras la caída de Khaddafi volvieron al norte maliense cargados de armas y de pertrechos, con todos los residuos guerreros que pudieron arrastrar en la debacle.
Y en el emergente escenario norafricano se cruzaron con los salafistas de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), a los que Osama bin Laden y Ayman al Zawahiri ordenaron unificar la “yihad” en el Sahel; terminar con judíos, cristianos y apóstatas; y recuperar Al Ándalus como parte de un nuevo Califato. Ya lo comunicaron los argelinos del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) tras unirse a Al Qaeda: “Abrazamos la ‘yihad’ para cumplir con un precepto divino ineludible que se nos impuso desde la caída de Al Ándalus”.
Al Zawahiri –actual jefe de la red- lo ratificó: “recuperar Al Ándalus (la actual Andalucía española) es una obligación para la ‘umma’ en general y para vosotros en particular”, y para ello deben “expulsar del Magreb islámico a los hijos de Francia y España”. Los analistas no pueden decir que no estaban advertidos.
Así, la alianza entre los Tuareg y Al Qaeda potenció el separatismo en Mali, con la secesión del Azawad en un califato regido por la “sharia”. La movida obligó al tratamiento en la ONU, que dispuso en diciembre ayudar a Mali con el aporte militar occidental, junto a rusos y chinos (Resolución 2085/2012).
Frente a ello, los islamistas aceleraron y comenzaron a bajar hacia Bamako. La acción sigue el plan de Al Qaeda: ampliar el califato a todo Mali, desde allí a Argelia y Marruecos, y luego Andalucía.
El 10 de enero los yihadistas tomaron Konna, y el 11 François Hollande decidió atacar. La ONU quedó en “off side”; británicos y alemanes le dan la espalda al francés; la Política Exterior y de Seguridad Común europea brilla por su ausencia y Hillary admite que los norteamericanos no tienen ni idea de qué hacer.
Una guerra africana que, si no se la neutraliza, tenderá en breve a ser una guerra global.
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lunes, 31 de diciembre de 2012
Egipto, religión y política (26 12 12)
Egipto, religión y política
por Pedro I. de Quesada
El referéndum en Egipto ha terminado, como lo advertimos en esta columna el “SI” ha triunfado, avalando el proyecto de reforma constitucional del presidente Mohammed Mursi y los Hermanos Musulmanes, el partido islámico que se ha hecho cargo de la transición tras el derrocamiento del “rais” Hosni Mubarak y el fin de la autocracia militar.
El referéndum expresa la opinión mayoritaria de la sociedad egipcia, ese punto no puede ponerse en cuestión.
Pero me parece necesario dejar sobre la mesa algunos elementos que pueden distorsionar esa elección mayoritaria, así como advertir sobre los riesgos que un escenario que reintroduzca la cuestión religiosa en la principal potencia africana del Mediterráneo pueden acarrear para la estabilidad regional, por lo demás siempre al borde del colapso.
La Comisión Electoral cairota anunció ayer oficialmente el triunfo del “SI”, con un 63,8 por ciento de los sufragios emitidos en las dos rondas en que se desdobló el referéndum, los sábados 15 y 22 de diciembre.
Frente al cuestionamiento sobre la deriva islamista del Estado, que han realizado durante estos últimos meses los sectores laicos, los partidos republicanos, los intelectuales y la minoría cristiana copta, ese porcentaje supone una rotunda ratificación del rumbo trazado por los Hermanos Musulmanes. Mohammed el Baradei, el científico que se ha convertido en el rostro mediático de la oposición laica al presidente Mursi, anunció que el Frente de Salvación Nacional (FSN) impugnará los resultados, e insistió en que la participación en la consulta fue tan sólo del 32,9 por ciento del padrón, unos 17 millones de los casi 52 millones de egipcios convocados a las urnas.
Por la celeridad de la convocatoria, ninguna organización internacional vigiló la consulta ciudadana, aunque sí lo hicieron algunas ONG egipcias, la mayoría de las cuales solicitó públicamente la repetición del proceso a causa del fraude.
La Comisión Electoral no ha hecho lugar a estos reclamos y ha declarado que el resultado es legal y legítimo a pesar de la baja participación (en definitiva, y sin ir más lejos, al presidente de los Estados Unidos de América, con el enorme poder mundial que encierra ese cargo, lo termina eligiendo un porcentaje similar de votantes norteamericanos...)
Pero que la nueva Constitución impulsada por los islamistas restringe libertades civiles y derechos de las mujeres y las minorías, y abre la puerta a una interpretación religiosa y rigorista de la ley civil, constituyen asimismo datos objetivos, tanto como el resultado objetivo del referéndum.
Asumido el golpe, la oposición confía en frenar el salto islamizador utilizando las propias herramientas democráticas: hacer caer la nueva Constitución en las próximas elecciones legislativas.
Parece una esperanza ilusoria: las tendencias advierten del crecimiento sostenido de la cofradía musulmana también para las legislativas.
Egipto parece virar, cada vez más seguro, hacia un Estado confesional.
Twitter: @nspecchia
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jueves, 13 de diciembre de 2007
Al Qaeda, el crecimiento terrorista en el Magreb
AL QAEDA
EL CRECIMIENTO TERRORISTA EN EL MAGREB
Por Nelson G. Specchia
El Magreb, el conjunto de países de la larga costa mediterránea del norte de África, se está convirtiendo en la nueva plataforma privilegiada de acción del terrorismo de base fundamentalista. La cercanía geográfica con los países del sur de Europa, y los llamados de los líderes de Al Qaeda a golpear contra los intereses “colonialistas” de España, Francia, y de los Estados Unidos (o de la ONU, a la que consideran un apéndice de la potencia norteamericana), transforman al Magreb en una región de alto riesgo para la seguridad global.
Esta semana, el 11 de diciembre, en un nuevo aniversario de aquel día 11 de septiembre que marcó la entrada del terrorismo de base islamista al centro de la escena internacional, el Magreb ha recibido un nuevo golpe. El ataque terrorista contra objetivos nacionales argelinos, y contra oficinas de la ONU, se suma a un listado creciente de actividades armadas en la región. Este crecimiento –tanto en número de acciones como en intensidad y alcance- durante los últimos cuatro años, está vinculado a la redefinición estratégica de diversos grupos aislados, que han sido orgánicamente incorporados a la red de Al Qaeda, y que han visto modificados sus objetivos en el contexto de una estrategia “yihadista” global.
El ataque de esta semana estuvo dirigido contra las sedes del Consejo Constitucional y del Tribunal Supremo argelino, situados en uno de los barrios más controlados y custodiados de Argel. Hace pocos meses, en abril, en un nuevo aniversario del día 11, la propia sede del gobierno de Abdelaziz Buteflika sufrió el impacto de un coche bomba, que alcanzó a volar toda un ala del palacio presidencial. Junto con las oficinas gubernamentales, otro ataque, prácticamente simultáneo, estallaba esta semana en las oficinas de las Naciones Unidas, donde se encontraba la sede del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR). Las víctimas mortales de este nuevo golpe de la violencia terrorista se acercan a 80, que se suman a los aproximadamente 500 hombres y mujeres que Argelia ha debido sepultar, durante este año, muertos en atentados del fundamentalismo islámico.
Ya en 2004, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), una célula aislada y minoritaria, declaraba la guerra a “los extranjeros y a las compañías foráneas” en todo el Magreb, a quienes se acusa de un doble crimen: atentar contra el Islam por la penetración occidental, especialmente por los medios de comunicación; y expoliar neocolonialmente a los países musulmanes del norte de África. El GSPC, luego de una seguidilla de acciones mortales durante los dos años siguientes, consiguió que Al Qaeda lo incorporara orgánicamente a su organización, pasando a llamarse “Al Qaeda en el Magreb Islámico”, y que el lugarteniente de Osama Bin Laden, Ayman al Zawahiri, les encargara, hace cuatro meses, “acabar con la presencia de españoles, franceses, y norteamericanos, en el Magreb.” En esa lógica deben leerse los atentados de esta semana, y los que –lamentablemente- creo que debemos esperar para el futuro próximo.
Porque el desarrollo creciente de “Al Qaeda en el Magreb Islámico” es también una invitación a que las organizaciones paralelas en los restantes países de la costa norte de África, intensifiquen su acción en sus respectivas sociedades. Células fundamentalistas como el Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), en el cuerno occidental de la costa mediterránea; el Grupo Combatiente Tunecino (GCT); y el Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL); han tenido el mismo origen y aspiran a integrar la red islámica global de Al Qaeda, tal como lo hicieron los argelinos.
Después de que Al Zawahiri anunciara la integración formal del GSPC en Al Qaeda, el 11 de septiembre del año pasado, los líderes de la formación argelina subrayaban que “no es posible luchar contra los Estados Unidos de Norteamérica, si no se produce la unidad de todos los combatientes yihadistas del Magreb”, en lo que constituye un llamado al resto de las células norafricanas a seguir sus pasos respecto de la gran red fundamentalista global.
Además del riesgo que supone el traslado de las acciones violentas hacia la costa sur de Europa, la estrategia de la “yihad” en África también contempla la expansión hacia el interior del continente, hacia el Sahel, el inmenso cinturón desértico que se extiende entre Sudán, Chad, Níger, Mali, Mauritania, y Senegal. Una zona de fronteras difusas y prácticamente sin Estado, donde el poder real reside en los jefes de las tribus tuareg, y en las redes de contrabandistas, que hacen de la inestabilidad institucional una situación permanente. Sumar el Sahel a la estrategia yihadista del Magreb sería pensar en un refugio internacional, en una vastísima zona prácticamente fuera de todo control, para el alojamiento y el entrenamiento del movimiento terrorista de base islámica.
Por todo ello, sería un error analizar los atentados de esta semana, y la estrategia de la violencia terrorista global, como un supuesto choque de civilizaciones, o un enfrentamiento entre Occidente y el Islam, como vienen insistiendo ciertos grupos de opinión, especialmente influyentes en la política exterior norteamericana de nuestros días. Los atentados de Argelia demuestran que no sólo los países europeos o americanos son víctimas, sino también los propios países y poblaciones musulmanas. Conviene asimismo incluir en el análisis que la amenaza para Occidente no viene “de afuera”, sino que el proceso de radicalización ideológica que está en el centro de la estrategia yihadista se produce también al interior de las sociedades occidentales, como pudo verse en los autores materiales de los atentados de Gran Bretaña o España, que eran ciudadanos nacidos y educados en esos países.
La amenaza de esa ideología del terror que es el salafismo yahiadista tiene sus raíces en ambas costas del mediterráneo, tanto la africana como la europea, por lo que la metodología para enfrentarse a ella no puede ser solamente policial o militar, sino que debe incluir la dimensión de la cooperación económica y social, especialmente en la dirección norte-sur, desde Europa hacia el Magreb.

