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martes, 28 de mayo de 2013

Derechos sexuales y revolución democrática (28 05 13)

Primavera Árabe - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – martes 28 de mayo de 2013 

Derechos sexuales y revolución democrática

por Jean-Baptiste Noël




La manera en que los regímenes emergentes tratan a sus minorías constituye, generalmente, un indicador sensible para medir el avance real del cambio.
En la columna “Periscopio” de HOY DÍA CÓRDOBA, N. G. Specchia analizó en dos notas (10 y 17 de mayo de 2013) cómo la “primavera árabe” impacta en las mujeres; allí se señaló que la temática de género ha aumentado su gravitación social en los países árabes, desde que la caída de Ben Ali en Túnez y de Mubarak en Egipto comenzaran a marcar los nuevos rumbos del Mediterráneo y de Medio Oriente: el machismo patriarcal propio de las sociedades árabes se ve amenazado en sus fundamentos costumbristas, culturales y hasta religiosos por las tendencias democratizantes.
Estas dos olas –la importancia de la agenda de género y el trato a las minorías- encuentran un caso paradigmático en los colectivos homosexuales.
La homosexualidad masculina es fuertemente estigmatizada en todo el mundo árabe, llegando a ser considerada delito de pena capital; paradojalmente, la presencia de perfiles y actitudes homoeróticas en las sociedades árabes son muy evidentes para cualquier observador occidental.
Dentro de las diferencias culturales entre los países de la región, Marruecos se ha caracterizado por su relativa tolerancia hacia la diversidad sexual en el contexto de las vecinas sociedades musulmanas.
En Marruecos las condenas a gays no son frecuentes, aunque sí la persecución cuando éstos dejan la órbita privada y las fiestas o manifestaciones gay toman carácter público.
Durante este mes de mayo, y contrariando a esa tradición de relativa tolerancia, la justicia marroquí –que emite sus dictámenes en nombre del rey Mohammed VI- condenó a la cárcel a dos parejas homosexuales: a una de ellas (dos jóvenes ingenieros que fueron detenidos por la policía besándose en el interior de un  vehículo) a cuatro meses; y a otra (dos adultos mayores que mantuvieron una relación de pareja por más de una década) a tres años. Todos ingresaron inmediatamente a la prisión.
Las condenas han repercutido en docenas de debates en las redes sociales, y entre los marroquíes en el exilio (especialmente en la numerosa colectividad española); e inclusive está generando problemas diplomáticos, ya que el embajador holandés en Rabat acusó públicamente a los tribunales marroquíes –y al rey, por extensión- de homofobia y discriminación.
Así como el aumento de la violencia de género hacia las mujeres en Egipto parece tener relación con la llegada de los Hermanos Musulmanes al gobierno, la pregunta es si la nueva actitud marroquí hacia sus minorías sexuales tiene una vinculación directa con el Ejecutivo surgido de las últimas elecciones, dominado por un partido islámico confesional.
La revolución democratizante tiene idas y vueltas.






viernes, 10 de mayo de 2013

Las mujeres en la “primavera árabe” (10 05 13)


Columna Periscopio – Magazine – HOY DÍA CÓRDOBA – Viernes 10 de mayo de 2013 



Las mujeres en la “primavera árabe”
 por Nelson Gustavo Specchia




Los procesos de transformación social y política que por facilidad se engloban bajo el nombre de “primavera árabe” supusieron un soplo de esperanza de las dimensiones de una tormenta del desierto. Transcurridos dos años largos de ese movimiento popular que cruzó el borde sur del Mediterráneo, hay claros y oscuros. Y en una evaluación cualitativa, parecen imponerse estos últimos a los grados efectivos de avance democrático y de derechos civiles y políticos.
Para una evaluación así, conviene centrar la mirada en los grupos más débiles, que coinciden –y no por casualidad- con los agregados sociales que más tenían para ganar con la llegada de aquellos vientos primaverales. Entre estos grupos, las mujeres ocupan un lugar destacado.

Histórica postergación

Que la mujer ha sido uno de los colectivos más postergados en el mundo árabe es una idea generalizada en Occidente. Pero deben hacerse algunas precisiones, tanto a nivel social como cultural.

Desde Estados Unidos y desde Europa es común ver a la cultura musulmana, “ethos” unificador de aquello que designamos como mundo árabe, como algo homogéneo cuando, en realidad, es de una diversidad muy alta. La cultura musulmana es el producto de la difusión del islam, una fuerte y veloz avanzada socio-religiosa que ya suma quince siglos. Iniciada en el corazón de la Península Arábiga, una corriente se proyectó hacia el Oriente, llegando hasta Indonesia; y otra hacia África, tanto en la costa mediterránea (el Magreb) como por las llanuras subsaharianas (el Sahel). Pero ese mensaje socio-religioso fue mixturándose con el substrato cultural local, con las costumbres y tradiciones preislámicas, sobre las cuales se impuso el idioma común, que vehiculizaba la expansión.

Como resultado de ese proceso secular, la cultura musulmana es diferente según los países, regiones y tradiciones donde terminó injertándose el islam. Por su parte, la cultura árabe designa a los pueblos que comparten el lazo común del idioma sobre el que se montó la arabización, aunque no siempre implicara también la islamización. Por caso, los árabes representan menos del 20 por ciento del mundo musulmán, y entre ellos hay muchos árabes de tradición religiosa cristiana e inclusive una minoría de árabes de religión judía.

Dando un paso más en el desglose, puede observarse que dentro de esa cultura árabe coexisten subculturas muy distintas y distantes entre sí: un primer grupo se ubica en la Península Arábiga y el Golfo Pérsico; un segundo en Oriente Medio (y dentro de él, diferencias entre la cultura palestina, la libanesa o la siria); y un tercer gran grupo en la orilla sur del Mediterráneo (Marruecos, el antiguo Sahara Español, Argelia, Túnez, Libia y Egipto) y en el Sahel.

Y aún dentro de ellas el panorama cultural sigue complejizándose: por ejemplo, al interior de Marruecos conviven al menos seis familias culturales con especificidades propias: los bereberes que hablan su propio idioma preárabe; la cultura tuáreg del Sahara; la árabe que llegó desde Arabia y Yemen con la corriente islamizadora; una tradición andaluza y una judía (que vienen de la época de la Reconquista y la “expulsión de lo moros y judíos” del reino de Granada, que mantienen un idioma español medieval, el “ladino”); y finalmente una cultura mediterránea.

Para no sobreabundar, y porque no es el objetivo de este artículo, sólo digamos que también, y en paralelo al “ethos” árabe-musulmán, conviven otros agregados musulmanes no árabes, como las tradiciones de Turquía; la islámica persa de Irán; las asiáticas de Indonesia, Pakistán, Malasia, India, Bangladesh y Afganistán; los núcleos culturales de las ex repúblicas soviéticas (como la rebelde Chechenia); y, finalmente, la cultura musulmana de Europa, en los Balcanes (porque también hay musulmanes europeos, aunque a algún papa católico se le olvide cuando pide declarar la “base cristiana fundacional” de Europa).

Y en este mosaico inmenso y complejo, hay una nota común, que cruza transversalmente las diferentes realidades culturales: en todas ellas, aunque en diferentes grados, la mujer ocupa un lugar subordinado al varón.

Los especialistas en mundo árabe, sin embargo, se ocupan de remarcar que no hay nada en el islam, ni en el Corán ni en la tradición del profeta Mahoma que justifique el menor prejuicio o desvalorización hacia la mujer. Debe colegirse, por ello, que esa situación de humillación, opresión y hasta de tiranía hacia la mujer tiene que ver con otros factores concomitantes al “ethos” cultural y religioso. 

Promesas primaverales

Y ellas encontraron en la “primavera árabe” un resquicio por el cual colarse para intentar revertir esa postración injustificada. Si bien la primera ficha del dominó que comenzó a tirar uno tras otro los regímenes autocráticos de la costa mediterránea cayó en Túnez, cuando el ingeniero informático –y obligado vendedor de frutas- Mohammed Buazizi se inmoló prendiéndose fuego ante el avasallamiento policial, el movimiento de la zona cobró auténtica fuerza al impactar en Egipto, la potencia regional.

En la “primavera árabe” egipcia, que se corporizó en la icónica plaza cairota de Tahrir, las mujeres participaron codo a codo con los hombres. El enemigo era el mismo: el régimen dictatorial del “rais” Hosni Mabarak; y el futuro parecía también común: una república democrática donde los derechos civiles y políticos pudieran extenderse legítima y legalmente. 

Sin embargo, los dos años largos transcurridos desde la emergencia social y emotiva de Tahrir han sido escabrosos, y las mujeres se encuentran hoy en una situación aún más compleja y difícil que antes de la caída del “rais”, debido al avance de los grupos islamistas –tanto los autoproclamados “moderados”, que son la mayoría en el gobierno conquistado en elecciones libres por los Hermanos Musulmanes- como por los sectores radicales del salafismo.  

A los Hermanos Musulmanes no se les puede achacar falta de legitimidad en el acceso al Poder Ejecutivo de El Cairo, así como tampoco en su insistencia en llevar adelante las medidas presentes en su plataforma de gobierno, que fue, en definitiva, la más votada en el largo proceso electoral. Pero es evidente que el ejercicio de ese gobierno y de ese programa golpea de lleno en la situación de las mujeres egipcias.

Una muestra de ello fue el 25 de enero de 2013. La que debería haber sido una gran fiesta popular para festejar el segundo año del derrocamiento de Mubarak se convirtió en una fecha vergonzante. La plaza Tahrir fue de pronto un lugar de iniquidad donde 19 mujeres fueron brutalmente violadas por grupos de hombres que esgrimían la “sharia” (ley religiosa) y la tradición islámica para insultarlas, agredirlas y desplazarlas del espacio público, al que suponen de exclusiva disponibilidad masculina.

Inclusive el diputado Saleh al Alhefwani, del partido gubernamental Hermanos Musulmanes y cercano al presidente Mohammed Mursi, intentó justificar luego en el Parlamento la barbarie sexual cometida en Tahrir: “¿Cómo quieren las mujeres que la policía las proteja –se preguntó retóricamente el diputado en el seno de la Cámara- si ellas mismas provocan el altercado público al mezclarse con hombres en una concentración?”

Clima de violencia

Los substratos culturales, como hemos mostrado, son diferentes, pero la actitud es sorprendentemente similar. Y dada la relevancia política regional de Egipto para todo el Norte de África, es esperable una acción mimética, de reflejo, en los países vecinos.
El ataque sexual a la mujer no tiene tanto que ver con el acoso de género, como con una voluntad política, ideológica, de cerrarle la vía de acceso al cambio que tímidamente le había abierto la “primavera árabe”. La violación no es sólo un síntoma de represión sexual y de machismo exacerbado, sino el intento de extirparlas de la vida pública, de que vuelvan a la marginación del hogar y a la cobertura del vestido que las invisibiliza inclusive cuando caminan por la calle.

Violarlas es ultrajarlas, pero también negarlas, marginarlas, asustarlas lo suficiente como para que no intenten compartir la vida política, que debe seguir siendo territorio de hombres, como lo ha sido en los últimos quince siglos.

A esta primavera le está haciendo falta una auténtica tormenta del desierto, con vientos suficientemente fuertes como para hacer volar los techos del integrismo y la intolerancia.

Twitter: @nspecchia

sábado, 26 de enero de 2013

Hollande, el soldado (26 01 13)

La Voz del Interior – Opinión – sábado 26 de enero, 2013  


Hollande, el soldado


por Nelson Gustavo Specchia


Politólogo. Profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)
Twitter:  @nspecchia




El año abrió con el estallido de la burbuja revolucionaria africana. Y esa eclosión tiene tres manifestaciones principales.

Viejos jugadores, reglas nuevas. La más evidente es la alteración del propio escenario africano, con la irrupción de actores cada vez más poderosos que obligarán a una redefinición de las alianzas regionales. Dos antagonistas, Marruecos y Argelia, ya han comenzado un acercamiento, a pesar de la disputa por el diferendo saharaui, tras la toma de la planta de gas de Tigantourine y de su recuperación por tropas de élite, sin ninguna consideración a los rehenes occidentales y locales.

La incipiente democracia en Túnez y los Hermanos Musulmanes en Egipto también se interrogan sobre cómo tratar con esa fuerza emergente en las arenas del Sahara que es un peligro cercano de desestabilización.

La segunda muestra la verbalizó la secretaria de Estado de Obama. Hillary Clinton estuvo esta semana ante el comité de relaciones exteriores del Senado. Hizo una larga declaración, su testamento de la política exterior de Washington, ya que la semana entrante llega su sucesor, John Kerry. Y lo manifestó de una manera brutal: “siendo honestos –dijo Hillary- hay que admitir que no tenemos idea de qué está pasando en África”. Le tocará a Kerry presentarle a Barack Obama una estrategia que haga inteligible la presencia norteamericana en el Sahel.    

Otra vez la Françafrique. Y mientras en Washington y la ONU discutían cómo hacer frente a algo que no estaba en las prioridades de nadie, el que se quedó sin margen fue François Hollande. Y su cambio de libreto en cuestión de horas constituye la tercera manifestación de la eclosión africana.

Hollande había comenzado con una promesa: París acabaría con la “Françafrique”. Ese término designa, despectivamente, al entramado de regímenes débiles y corrupción tolerada a cambio de la permanencia de empresas francesas en los “Estados fallidos” africanos. Empresas extractivas de recursos naturales que alimentan las industrias de la ex metrópoli colonial. La promesa implicaba un aporte democrático al rumbo político de la “primavera árabe” en el Magreb.

Pero el postulado de terminar con las rémoras coloniales ha durado apenas unos meses. El avance islamista en Mali ha obligado a revisar toda la estrategia y volver hacia el protectorado militar. Dando vuelta la tortilla, Hollande ha enviado los Mirage y ha concentrado en la capital –Bamako- tropas de las bases francesas de Burkina Fasso, Costa de Marfil y Chad.

La guerra de Hollande lo ha transformado también a él: ya no parece un gris funcionario dubitativo sino un soldado, un comandante en jefe decidido a luchar por los principios (y por las empresas) de Francia. Aunque hay que decir, por cierto, que Hollande intentó tratar la cuestión africana desde un contexto multilateral. En la ONU y en la Unión Europea, pero en ambas organizaciones lo dejaron sólo.

Deudas globales. Mali era hasta el año pasado una de las vidrieras del desarrollo democrático africano. Una república constitucional, laica, turística, con vida cultural muy activa y una población de 16 millones (90% musulmanes) pacífica y tolerante, concentrada en el sur de un país inmenso.

La mitad norte, que hace parte del Sahel y del desierto del Sahara, es territorio Tuareg, de tribus nómades y semiautónomas. Los Tuareg fueron mercenarios en Libia, y tras la caída de Khaddafi volvieron al norte maliense cargados de armas y de pertrechos, con todos los residuos guerreros que pudieron arrastrar en la debacle.

Y en el emergente escenario norafricano se cruzaron con los salafistas de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), a los que Osama bin Laden y Ayman al Zawahiri ordenaron unificar la “yihad” en el Sahel; terminar con judíos, cristianos y apóstatas; y recuperar Al Ándalus como parte de un nuevo Califato. Ya lo comunicaron los argelinos del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) tras unirse a Al Qaeda: “Abrazamos la ‘yihad’ para cumplir con un precepto divino ineludible que se nos impuso desde la caída de Al Ándalus”.

Al Zawahiri –actual jefe de la red- lo ratificó: “recuperar Al Ándalus (la actual Andalucía española) es una obligación para la ‘umma’ en general y para vosotros en particular”, y para ello deben “expulsar del Magreb islámico a los hijos de Francia y España”. Los analistas no pueden decir que no estaban advertidos.   

Así, la alianza entre los Tuareg y Al Qaeda potenció el separatismo en Mali, con la secesión del Azawad en un califato regido por la “sharia”. La movida obligó al tratamiento en la ONU, que dispuso en diciembre ayudar a Mali con el aporte militar occidental, junto a rusos y chinos (Resolución 2085/2012).

Frente a ello, los islamistas aceleraron y comenzaron a bajar hacia Bamako. La acción sigue el plan de Al Qaeda: ampliar el califato a todo Mali, desde allí a Argelia y Marruecos, y luego Andalucía.

El 10 de enero los yihadistas tomaron Konna, y el 11 François Hollande decidió atacar. La ONU quedó en “off side”; británicos y alemanes le dan la espalda al francés; la Política Exterior y de Seguridad Común europea brilla por su ausencia y Hillary admite que los norteamericanos no tienen ni idea de qué hacer.

Una guerra africana que, si no se la neutraliza, tenderá en breve a ser una guerra global.







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lunes, 31 de diciembre de 2012

Egipto, religión y política (26 12 12)

Columna “En foco” - El Mundo - página 2 - Hoy Día Córdoba – miércoles 26 de diciembre 2012 

Egipto, religión y política

por Pedro I. de Quesada



 


El referéndum en Egipto ha terminado, como lo advertimos en esta columna el “SI” ha triunfado, avalando el proyecto de reforma constitucional del presidente Mohammed Mursi y los Hermanos Musulmanes, el partido islámico que se ha hecho cargo de la transición tras el derrocamiento del “rais” Hosni Mubarak y el fin de la autocracia militar.

El referéndum expresa la opinión mayoritaria de la sociedad egipcia, ese punto no puede ponerse en cuestión.

Pero me parece necesario dejar sobre la mesa algunos elementos que pueden distorsionar esa elección mayoritaria, así como advertir sobre los riesgos que un escenario que reintroduzca la cuestión religiosa en la principal potencia africana del Mediterráneo pueden acarrear para la estabilidad regional, por lo demás siempre al borde del colapso.

La Comisión Electoral cairota anunció ayer oficialmente el triunfo del “SI”, con un 63,8 por ciento de los sufragios emitidos en las dos rondas en que se desdobló el referéndum, los sábados 15 y 22 de diciembre.

Frente al cuestionamiento sobre la deriva islamista del Estado, que han realizado durante estos últimos meses los sectores laicos, los partidos republicanos, los intelectuales y la minoría cristiana copta, ese porcentaje supone una rotunda ratificación del rumbo trazado por los Hermanos Musulmanes. Mohammed el Baradei, el científico que se ha convertido en el rostro mediático de la oposición laica al presidente Mursi, anunció que el Frente de Salvación Nacional (FSN) impugnará los resultados, e insistió en que la participación en la consulta fue tan sólo del 32,9 por ciento del padrón, unos 17 millones de los casi 52 millones de egipcios convocados a las urnas.

Por la celeridad de la convocatoria, ninguna organización internacional vigiló la consulta ciudadana, aunque sí lo hicieron algunas ONG egipcias, la mayoría de las cuales solicitó públicamente la repetición del proceso a causa del fraude.

La Comisión Electoral no ha hecho lugar a estos reclamos y ha declarado que el resultado es legal y legítimo a pesar de la baja participación (en definitiva, y sin ir más lejos, al presidente de los Estados Unidos de América, con el enorme poder mundial que encierra ese cargo, lo termina eligiendo un porcentaje similar de votantes norteamericanos...)

Pero que la nueva Constitución impulsada por los islamistas restringe libertades civiles y derechos de las mujeres y las minorías, y abre la puerta a una interpretación religiosa y rigorista de la ley civil, constituyen asimismo datos objetivos, tanto como el resultado objetivo del referéndum.

Asumido el golpe, la oposición confía en frenar el salto islamizador utilizando las propias herramientas democráticas: hacer caer la nueva Constitución en las próximas elecciones legislativas.

Parece una esperanza ilusoria: las tendencias advierten del crecimiento sostenido de la cofradía musulmana también para las legislativas.

Egipto parece virar, cada vez más seguro, hacia un Estado confesional.




Twitter:  @nspecchia




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jueves, 13 de diciembre de 2007

Al Qaeda, el crecimiento terrorista en el Magreb


AL QAEDA

EL CRECIMIENTO TERRORISTA EN EL MAGREB


Por Nelson G. Specchia


El Magreb, el conjunto de países de la larga costa mediterránea del norte de África, se está convirtiendo en la nueva plataforma privilegiada de acción del terrorismo de base fundamentalista. La cercanía geográfica con los países del sur de Europa, y los llamados de los líderes de Al Qaeda a golpear contra los intereses “colonialistas” de España, Francia, y de los Estados Unidos (o de la ONU, a la que consideran un apéndice de la potencia norteamericana), transforman al Magreb en una región de alto riesgo para la seguridad global.


Esta semana, el 11 de diciembre, en un nuevo aniversario de aquel día 11 de septiembre que marcó la entrada del terrorismo de base islamista al centro de la escena internacional, el Magreb ha recibido un nuevo golpe. El ataque terrorista contra objetivos nacionales argelinos, y contra oficinas de la ONU, se suma a un listado creciente de actividades armadas en la región. Este crecimiento –tanto en número de acciones como en intensidad y alcance- durante los últimos cuatro años, está vinculado a la redefinición estratégica de diversos grupos aislados, que han sido orgánicamente incorporados a la red de Al Qaeda, y que han visto modificados sus objetivos en el contexto de una estrategia “yihadista” global.


El ataque de esta semana estuvo dirigido contra las sedes del Consejo Constitucional y del Tribunal Supremo argelino, situados en uno de los barrios más controlados y custodiados de Argel. Hace pocos meses, en abril, en un nuevo aniversario del día 11, la propia sede del gobierno de Abdelaziz Buteflika sufrió el impacto de un coche bomba, que alcanzó a volar toda un ala del palacio presidencial. Junto con las oficinas gubernamentales, otro ataque, prácticamente simultáneo, estallaba esta semana en las oficinas de las Naciones Unidas, donde se encontraba la sede del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR). Las víctimas mortales de este nuevo golpe de la violencia terrorista se acercan a 80, que se suman a los aproximadamente 500 hombres y mujeres que Argelia ha debido sepultar, durante este año, muertos en atentados del fundamentalismo islámico.


Ya en 2004, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), una célula aislada y minoritaria, declaraba la guerra a “los extranjeros y a las compañías foráneas” en todo el Magreb, a quienes se acusa de un doble crimen: atentar contra el Islam por la penetración occidental, especialmente por los medios de comunicación; y expoliar neocolonialmente a los países musulmanes del norte de África. El GSPC, luego de una seguidilla de acciones mortales durante los dos años siguientes, consiguió que Al Qaeda lo incorporara orgánicamente a su organización, pasando a llamarse “Al Qaeda en el Magreb Islámico”, y que el lugarteniente de Osama Bin Laden, Ayman al Zawahiri, les encargara, hace cuatro meses, “acabar con la presencia de españoles, franceses, y norteamericanos, en el Magreb.” En esa lógica deben leerse los atentados de esta semana, y los que –lamentablemente- creo que debemos esperar para el futuro próximo.


Porque el desarrollo creciente de “Al Qaeda en el Magreb Islámico” es también una invitación a que las organizaciones paralelas en los restantes países de la costa norte de África, intensifiquen su acción en sus respectivas sociedades. Células fundamentalistas como el Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), en el cuerno occidental de la costa mediterránea; el Grupo Combatiente Tunecino (GCT); y el Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL); han tenido el mismo origen y aspiran a integrar la red islámica global de Al Qaeda, tal como lo hicieron los argelinos.


Después de que Al Zawahiri anunciara la integración formal del GSPC en Al Qaeda, el 11 de septiembre del año pasado, los líderes de la formación argelina subrayaban que “no es posible luchar contra los Estados Unidos de Norteamérica, si no se produce la unidad de todos los combatientes yihadistas del Magreb”, en lo que constituye un llamado al resto de las células norafricanas a seguir sus pasos respecto de la gran red fundamentalista global.


Además del riesgo que supone el traslado de las acciones violentas hacia la costa sur de Europa, la estrategia de la “yihad” en África también contempla la expansión hacia el interior del continente, hacia el Sahel, el inmenso cinturón desértico que se extiende entre Sudán, Chad, Níger, Mali, Mauritania, y Senegal. Una zona de fronteras difusas y prácticamente sin Estado, donde el poder real reside en los jefes de las tribus tuareg, y en las redes de contrabandistas, que hacen de la inestabilidad institucional una situación permanente. Sumar el Sahel a la estrategia yihadista del Magreb sería pensar en un refugio internacional, en una vastísima zona prácticamente fuera de todo control, para el alojamiento y el entrenamiento del movimiento terrorista de base islámica.


Por todo ello, sería un error analizar los atentados de esta semana, y la estrategia de la violencia terrorista global, como un supuesto choque de civilizaciones, o un enfrentamiento entre Occidente y el Islam, como vienen insistiendo ciertos grupos de opinión, especialmente influyentes en la política exterior norteamericana de nuestros días. Los atentados de Argelia demuestran que no sólo los países europeos o americanos son víctimas, sino también los propios países y poblaciones musulmanas. Conviene asimismo incluir en el análisis que la amenaza para Occidente no viene “de afuera”, sino que el proceso de radicalización ideológica que está en el centro de la estrategia yihadista se produce también al interior de las sociedades occidentales, como pudo verse en los autores materiales de los atentados de Gran Bretaña o España, que eran ciudadanos nacidos y educados en esos países.


La amenaza de esa ideología del terror que es el salafismo yahiadista tiene sus raíces en ambas costas del mediterráneo, tanto la africana como la europea, por lo que la metodología para enfrentarse a ella no puede ser solamente policial o militar, sino que debe incluir la dimensión de la cooperación económica y social, especialmente en la dirección norte-sur, desde Europa hacia el Magreb.