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viernes, 14 de diciembre de 2012

Urkullu, la vuelta del nacionalismo vasco (14 12 12)

Urkullu, la vuelta del nacionalismo vasco

por Nelson G. Specchia









Después de un interregno político que tuvo mucho de artificial, el Partido Nacionalista Vasco (PNV) ha vuelto esta semana a hacerse cargo del gobierno de la comunidad autónoma más rebelde de España, que se llama a sí misma “País Vasco”.

Las características de este retorno lo alejan de todo lo conocido hasta ahora desde la vuelta de la democracia tras la transición posfranquista: la crisis internacional mantiene al gobierno central de Madrid contra las cuerdas, literalmente; los ajustes económicos estructurales impulsados por las instituciones europeas y por el liderazgo continental conservador de la Canciller alemana Ángela Merkel dejan márgenes estrechísimos de acción para las iniciativas heterodoxas; la difícil situación de los bancos y del sector inmobiliario han conducido a unos desalojos, desahucios y expulsiones de familias de departamentos comprados en cuotas o alquilados, que han provocado la desesperada salida del suicidio de algunos ocupantes que han preferido la muerte antes que quedar desamparados y en la calle, como en las épocas más negras de la Dictadura.

Pero, de todo el complejo menú de condicionantes estatales, regionales y europeos, la constitución del nuevo gobierno vasco se ha dado en una coyuntura inédita de la historia local contemporánea: la ausencia de la amenaza terrorista de ETA y su paulatina incorporación a la vida institucional a través de un partido político aceptado legalmente: Euskal Herria-Bildu (EH-Bildu).

En este marco, Íñigo Urkullu Rentería, de 51 años, ha sido proclamado por la Cámara autonómica como “lehendakari”, el quinto presidente regional de la democracia. Pero esos condicionantes que anotábamos no solamente han calado hondo en el resultado electoral y en el retorno del histórico partido nacionalista, sino que también incidirán en el margen de maniobra del nuevo Ejecutivo; en su relación con el independentismo de la ETA transformada en partido; en sus relaciones con el otro autonomismo fuerte de la península (el catalán, con el presidente Artur Mas jugándose un referéndum independentista en los próximos meses); en las conexiones con lo que vaya a terminar haciendo Escocia, en su plan separatista de la corona británica y, quizás el punto más importante de la agenda de la nueva administración, cómo gerenciar la transición hacia la paz política, sin que queden peligrosas humillaciones en el camino, después de tan largas décadas de una vida institucional que sobrevivía a la sombra de las armas terroristas. 

EL DESLIZ SOCIALISTA

Urkullu, el quinto “lehendakari”, vuelve, en todo caso, a poner las cosas en su sitio: el PNV ha sido históricamente el representante de las mayorías en Euskadi, aunque las divisiones en el seno de la familia nacionalista -entre la derecha, los que opinan que hay que permanecer dentro de España, y la izquierda que reclama la separación completa de Madrid “y de la opresión borbónica”- hayan ido paulatinamente socavado el apoyo hegemónico que el PNV lograba recoger, tanto en las cuatro décadas de la tiranía del Caudillo como en la transición constitucional hacia la monarquía parlamentaria.

Esa representación “natural” del principal partido nacionalista tuvo un paréntesis de tres años, el de la legislatura presidida por el socialista Patxi López, que acaba de terminar.

A mediados de 2009, cuando un socialista, que además portaba un apellido tan poco identificado con la ortografía de los nombres vascongados como López, se convirtió en el cuarto “lehendakari”, los analistas de la cuestión vasca, siempre tan compleja, anunciaron la emergencia de una nueva época: por primera vez en la historia democrática un candidato no nacionalista llegaba al palacio de Ajuria Enea, mediante la alquimia parlamentaria de sumar los 25 votos de los diputados del Partido Socialista de Euskadi (PSE) a los 13 votos del conservador Partido Popular (PP) -que por entonces era la oposición al gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero en Madrid-, y un voto del nuevo partido Unión, Progreso y Democracia (UPyD), de la ex socialista Rosa Díez. Con esta alianza, López tuvo la mayoría para desplazar, por primera vez, al hegemónico PNV.

Pero esa alianza de gentes e ideas tan disímiles terminó haciendo agua a poco de arrancar. La gobernabilidad y la paz, que habían sido las principales promesas de Patxi López en el discurso de investidura, fueron ítems de negociación permanente sin que se arribara nunca a un acuerdo permanente. Y la paz política terminó llegando más por una decisión de ETA de colgar las armas, que por las gestiones en ese sentido desde Ajuria Enea. 

Lo novedoso de la experiencia de Patxi López, para estos analistas, radicaba en la separación entre tradición y política. El nacionalismo vasco es profundamente identitario, conservador, muy cercano a la Iglesia católica (y, más específicamente, al discurso de los obispos vascos, que respaldan y retroalimentan al propio nacionalismo), y a la historia mítica de la “diferenciación” de Euskadi (trasciende el folklore la insistencia en marcar que han sido uno de los pocos pueblos europeos no romanizados: ¡ni los centuriones romanos lograron traspasar las montañas vascongadas!) López, en cambio, tomó posesión como un presidente laico y moderno, no juró sobre la Biblia ni hubo en el acto ningún crucifijo sobre la mesa, sino que prometió el cargo sobre un ejemplar del Estatuto de Gernika, el histórico documento rubricado en 1979 por las fuerzas democráticas, donde se reafirma la unidad de todos los vascos tras una concepción representativa y plural como forma de gobierno.

EL HUESITO EN LA NUCA

Las expectativas generadas por la asunción simbólica de la modernidad en Euskadi de la mano de la alianza de partidos no nacionalistas, sin embargo, ha terminado en aguas de borrajas. Los objetivos ideológicos del imaginario de un País Vasco asociado al Estado español no han calado, y los hechos concretos del mejoramiento de la vida cotidiana de los vascos -en especial una reformulación de los presupuestos y en la distribución de los impuestos con Madrid- tampoco. Patxi López se ha visto en la encrucijada de tener que convocar a elecciones anticipadas sin agotar los cuatro años de su legislatura, y como resultado de ellas, volver a entregar el palacio de Ajuria Enea a sus ocupantes habituales: el Partido Nacionalista Vasco, encabezado en estos tiempos por el joven Íñigo Urkullu.

El nuevo “lehendakari”, en el breve discurso de investidura de ayer en la cámara autonómica, ha asegurado que se esforzará en conseguir “la paz y el autogobierno”, casi las mismas palabras que Patxi López hace tres años. Y se notaba, en esas palabras, que empezar una acción de gobierno con el menor apoyo parlamentario jamás conocido (sólo lo votaron los diputados del PNV) y con el marco de la crisis económica regional y europea anotada al comienzo no era precisamente su escenario esperado. Por ello, Urkullu ha dibujado su futura administración a través de la renovación de tres “pactos de Estado”: salir juntos de la crisis; consolidar juntos el fin de ETA; y encarar juntos la reforma del Estatuto Autonómico de 1979 para ganar espacios (sin llegar al planteo de nuevas quimeras independentistas, que ya hundieron en su momento al gobierno de Juan José Ibarretxe) ante el gobierno central de Madrid.
En frente, en todo caso, no tendrá que lidiar tanto con la bancada socialista, que sale muy debilitada tras la debacle de la presidencia de Patxi López, pero sí con la fortalecida representación de EH-Bildu, el brazo institucionalizado de la ETA desarmada.

Laura Mintegi, la líder de la izquierda “abertzale” pro-etarra, rayó la cancha en la misma sesión de investidura en que anunció que no votarían por Urkullu sino por ella misma: el discurso independentista y el modelo soberanista, dijo, están en condiciones de aportar soluciones válidas a la crisis y armar un nuevo escenario político, social y económico que rompa con la “dependencia” y la “opresión” del Estado español. Un guión que sigue al detalle las palabras que ETA viene repitiendo desde hace cuarenta años.

Los vascos, dicen Mintegi y los “abertzales”, son efectivamente distintos. Tan distintos que hasta tienen un hueso más que el resto de los mortales, un huesito que sobresale en la nuca. Y esa diferenciación tiene que tener un correlato político, en la forma de un Estado propio: una “Euskal Herria independiente y socialista”.
Íñigo Urkullu recupera el gobierno vasco para el PNV, pero la legislatura que le espera será más difícil que ninguna de las precedentes. La paz vasca sigue siendo una obra en construcción. 






Twitter: @nspecchia

jueves, 5 de marzo de 2009

Entre vascos, gallegos y porteños

ENTRE VASCOS, GALLEGOS, Y PORTEÑOS


Por Nelson G. Specchia




En este país nuestro, un país de aluvión, se ven cosas extrañas. Ver, por ejemplo, cómo se discutía, en estas últimas semanas, en el centro de la ciudad de Buenos Aires un escaño de diputados autonómicos en la cámara vasca, o las elecciones a la Xunta de Galicia, es, sin duda, un evento inusual para los observadores de la política internacional.

Efectivamente, el alto número de votantes habilitados para las elecciones españolas en la República Argentina, naturales de la península o descendientes de aquellos que han adquirido la ciudadanía, se han transformados en votos críticos en unas elecciones sorpresivas y tan ajustadas como las que han vivido el domingo último las legislaturas de aquellas dos regiones españolas, el País Vasco y Galicia.

Y este es el segundo elemento que hay que destacar en un análisis: la sorpresa que viene de las nuevas modalidades, de las nuevas conductas políticas que asumen los electorados, en una coyuntura de crisis e inestabilidad internacional, y ruptura de viejas fórmulas, que llevan a sospechar que ya nadie, ni allá ni aquí, tiene garantizado de antemano la victoria, y que las alianzas y las mayorías se hacen y se deshacen con mucha mayor rapidez y facilidad que hace poco tiempo atrás.

Veamos: en Galicia, una comunidad autónoma todavía predominantemente rural, de donde viene la buena carne, el queso de tetilla y las verduras frescas, ha sido tradicionalmente conservadora, y acostumbraba optar por el Partido Popular. Con ello, tuvo en la cabeza de su ejecutivo, durante años y años, a don Manuel Fraga Iribarne, que supo ser ministro de Franco en las postrimerías de la Dictadura, y que luego se reconvirtió hacia la democracia y fue una figura importante, tanto en la Transición, como en la redacción de la nueva Constitución, luego de la muerte del Generalísimo Dictador. Esta homogeneidad en la conducta electoral de los gallegos se quebró en la última legislatura, cuando una alianza entre los socialistas y los nacionalistas del Bloque Galego desplazó a don Manuel Fraga de su (casi) eterno sillón, y colocó al frente al socialista Emilio Pérez Touriño. Todos daban por supuesta que la hegemonía del conservadurismo del Partido Popular se había acabado en las tierras gallegas, sin embargo, en las elecciones del domingo los populares han vuelto, y has vuelto con fuerzas. Nadie tiene fórmulas permanentes.

Pero aún más sorpresivos han sido los resultados autonómicos en las elecciones vascas, especialmente por lo mucho que pueden tener de trasladables a otros análisis políticos. Por primera vez en treinta años, el Partido Nacionalista Vasco (la primera fuerza política de Euskadi, fundado por Sabino Arana hace un siglo), sumado a las fuerzas nacionalistas de izquierda, han perdido la mayoría en la cámara, y –si todo sale como parece- el País Vasco tendrá por primera vez un presidente autonómico, un “lehendakari”, socialista: el líder Patxi López.

Las elecciones vascas, como ya es habitual, se han desarrollado en un entorno crítico. ETA sigue activa, a pesar de la detención de algunos de sus máximos dirigentes en los últimos tiempos, y los golpes que ha sufrido la organización terrorista por partes de las policías española y francesa. Además, una persecución judicial de las formaciones partidarias afines a ETA (la izquierda “abertzale” que no condena la violencia terrorista), hizo que ese arco de opciones quedara, el domingo pasado, momentáneamente fuera de juego. ETA, al no contar con instrumentos para conseguir escaños desde donde bombardear al propio sistema, llamó a sus simpatizantes a impugnar el voto, colocando en las urnas las boletas de la ilegalizada agrupación D3M (“Democracia 3 millones”), pero éstas no llegaron al 9 por ciento, o sea, unos 100.000 votos impugnados. De esta manera, este sector del nacionalismo independentista se configura como el gran perdedor en las elecciones vascas del domingo.

En síntesis: el PNV (el Partido Nacionalista Vasco) sigue siendo el más votado en la comunidad autónoma, pero con 30 mil votos menos que hace cuatro años, lo que hará muy difícil que Ibarretxe, el actual “lehendakari”, consiga un nuevo período al frente del ejecutivo.

El Partido Socialista Vasco ha batido todos los récords, con un aumento de más del 30 por ciento de los votos; aunque no le alcanzarán para gobernar en soledad, es más que probable que cuente con el apoyo de las demás agrupaciones no nacionalistas para formar gobierno.

El Partido Popular, que enfrenta en estos momentos una grave crisis interna, con denuncias de corrupción en la comunidad de Madrid, ha visto retrocedido el apoyo de los conservadores vascos en casi un tercio respecto de hace 4 años, aunque sigue siendo el tercer partido político de Euskadi, y su intervención en apoyo del candidato a “lehendakari” será vital en la cámara.

Y entre todas estas conclusiones, la que me parece de una importancia relativa más destacada, es la aplastante derrota del nacionalismo violento, de los sectores afines al terrorismo de ETA, que retroceden en más de 50 mil votos respecto de las últimas elecciones, virando este electorado hacia un nacionalismo de izquierdas pacífico, un “abertzalismo” que, en definitiva, renuncie a matar como herramienta de lucha política.

Tengo la esperanza de que nuestros compatriotas, esos viejos vascos que pueblan la Argentina desde hace tantos años, y sus hijos y sus nietos, hayan contribuido con su voto a este cambio de tendencia, que será útil no sólo a los vascos y al resto de España, sino a todos los hombres de buena voluntad.