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sábado, 9 de mayo de 2009

Un López para Euskadi

Un López para Euskadi

La transición alcanzada en el País Vasco por el acuerdo entre los socialistas y el Partido Popular asume toda la carga de un nuevo tiempo fundacional.

por Nelson Gustavo Specchia



PatxiLopez I


El socialista Patxi López ya es lehendakari, el presidente del País Vasco, una de las comunidades autónomas históricas de España. Por primera vez en la historia democrática, en estas tres décadas que van desde el fin de la dictadura franquista y la transición a la democracia, un candidato no nacionalista llega al palacio de gobierno de Ajuria Enea.

Patxi López logró aunar lo que parecía imposible: a los 25 votos de sus diputados del Partido Socialista de Euskadi (PSE), se les sumaron los 13 votos del conservador Partido Popular (PP), y uno del nuevo partido Unión, Progreso y Democracia (UPyD) de la ex socialista Rosa Díez. Con esta alianza, López tuvo la mayoría de 39 votos para terminar con la hegemonía del Partido Nacionalista Vasco (PNV) y desplazar a Juan José Ibarretxe del gobierno autonómico.

El acuerdo entre los socialistas y el PP reparte carteras y competencias entre ambas agrupaciones, y se supone que permitirá asegurar la gobernabilidad del País Vasco para los próximos cuatro años de Legislatura, sin la participación de representantes del nacionalismo de derecha ni de la izquierda abertzale.

La primera consecuencia de este cambio de rumbo se hará sentir en el meollo de la política vasca: la agenda independentista, centro de gravitación del discurso, de la vida social, y de la violencia terrorista, perderá relevancia.

Patxi López basará su gestión sobre dos ideas fuerza: el ofrecimiento de participación al PNV, sin ningún revanchismo, para lograr un gobierno sin exclusiones (en realidad, para que la exclusión de los sectores independentistas radicales sea aún más notoria); y la centralidad de la lucha contra ETA.

La victoria sobre la organización terrorista, ha dicho el nuevo presidente autonómico, requiere de un rearme moral de toda la sociedad vasca, donde la violencia como arma política se deslegitime en todos los campos y en todos los órdenes, desde los jóvenes incendiarios de la kale borroka (los disturbios callejeros en las manifestaciones), hasta la mirada indulgente de los nacionalistas democráticos.

Y para que este propósito sea más evidente, López tomó posesión en la Casa de Guernica, no juró sobre la Biblia sino sobre un ejemplar del Estatuto de Guernica, el histórico documento rubricado en 1979 por las fuerzas democráticas, para reafirmar la unidad de todos los vascos.

La llegada de Patxi López pone fin al monopolio de un cargo altamente simbólico, además de sus funciones ejecutivas, que el PNV no soltó desde su creación como fuerza política, en los albores de la guerra civil española, en 1936, por el líder nacionalista Sabino Arana. Por eso esta transición asume toda la carga de un nuevo tiempo fundacional.

El hecho inédito de las dos grandes fuerzas antagonistas nacionales pactando un acuerdo de gobierno para alcanzar la mayoría parlamentaria en Euskadi parece demostrar que el discurso identitario, que ha repetido hasta el hartazgo el PNV (y que ha concitado para sí el apoyo de la izquierda afín a ETA), genera rechazo en cada vez más amplios sectores del electorado vasco, tanto de centroizquierda como de centroderecha. Y en este rechazo no es menor la visión del ciudadano medio, no necesariamente imbuido de la lucha ideológica, pero que tiene que vivir su cotidianidad bajo la permanente amenaza de las bombas, el secuestro, la extorsión y el asesinato.

La organización terrorista ETA y el entorno político afín a sus tesis han llevado a que en las tierras vascongadas se perciban dos colectivos sociales separados y antagónicos: quienes quieren, desde su idiosincrasia particular, seguir siendo parte del Estado español (el filósofo Fernando Savater es uno de sus voceros principales) y aquellos cuyo sentimiento de pertenencia a las tierras ancestrales y las aspiraciones de autogobierno los llevarían a plantear posturas soberanistas y antiespañolas (la expresión política legal sería el Partido Nacionalista Vasco, y fuera de la legalidad constitucional, el extremismo radical de la ETA).

Sin embargo, según una investigación de la Universidad del País Vasco de fines del año pasado, seis de cada diez ciudadanos ve compatible su doble identidad vasca y española; la lengua euskera se defiende, pero se realzan las virtudes del bilingüismo.

La sociedad vasca se ha modernizado y transformado en 30 años, y el nacionalismo de cualquier signo parece no haberse percatado de la profundidad de estas leves variaciones en la cultura política de su electorado.

En estos sutiles pero profundos cambios hay que encontrar las razones de la elección de Patxi López como presidente del País Vasco. Así como en ellos, también, se asientan las posibilidades de un nuevo pacto social en el norte de España, que entierre definitivamente la violencia terrorista como herramienta de lucha política.



jueves, 5 de marzo de 2009

Entre vascos, gallegos y porteños

ENTRE VASCOS, GALLEGOS, Y PORTEÑOS


Por Nelson G. Specchia




En este país nuestro, un país de aluvión, se ven cosas extrañas. Ver, por ejemplo, cómo se discutía, en estas últimas semanas, en el centro de la ciudad de Buenos Aires un escaño de diputados autonómicos en la cámara vasca, o las elecciones a la Xunta de Galicia, es, sin duda, un evento inusual para los observadores de la política internacional.

Efectivamente, el alto número de votantes habilitados para las elecciones españolas en la República Argentina, naturales de la península o descendientes de aquellos que han adquirido la ciudadanía, se han transformados en votos críticos en unas elecciones sorpresivas y tan ajustadas como las que han vivido el domingo último las legislaturas de aquellas dos regiones españolas, el País Vasco y Galicia.

Y este es el segundo elemento que hay que destacar en un análisis: la sorpresa que viene de las nuevas modalidades, de las nuevas conductas políticas que asumen los electorados, en una coyuntura de crisis e inestabilidad internacional, y ruptura de viejas fórmulas, que llevan a sospechar que ya nadie, ni allá ni aquí, tiene garantizado de antemano la victoria, y que las alianzas y las mayorías se hacen y se deshacen con mucha mayor rapidez y facilidad que hace poco tiempo atrás.

Veamos: en Galicia, una comunidad autónoma todavía predominantemente rural, de donde viene la buena carne, el queso de tetilla y las verduras frescas, ha sido tradicionalmente conservadora, y acostumbraba optar por el Partido Popular. Con ello, tuvo en la cabeza de su ejecutivo, durante años y años, a don Manuel Fraga Iribarne, que supo ser ministro de Franco en las postrimerías de la Dictadura, y que luego se reconvirtió hacia la democracia y fue una figura importante, tanto en la Transición, como en la redacción de la nueva Constitución, luego de la muerte del Generalísimo Dictador. Esta homogeneidad en la conducta electoral de los gallegos se quebró en la última legislatura, cuando una alianza entre los socialistas y los nacionalistas del Bloque Galego desplazó a don Manuel Fraga de su (casi) eterno sillón, y colocó al frente al socialista Emilio Pérez Touriño. Todos daban por supuesta que la hegemonía del conservadurismo del Partido Popular se había acabado en las tierras gallegas, sin embargo, en las elecciones del domingo los populares han vuelto, y has vuelto con fuerzas. Nadie tiene fórmulas permanentes.

Pero aún más sorpresivos han sido los resultados autonómicos en las elecciones vascas, especialmente por lo mucho que pueden tener de trasladables a otros análisis políticos. Por primera vez en treinta años, el Partido Nacionalista Vasco (la primera fuerza política de Euskadi, fundado por Sabino Arana hace un siglo), sumado a las fuerzas nacionalistas de izquierda, han perdido la mayoría en la cámara, y –si todo sale como parece- el País Vasco tendrá por primera vez un presidente autonómico, un “lehendakari”, socialista: el líder Patxi López.

Las elecciones vascas, como ya es habitual, se han desarrollado en un entorno crítico. ETA sigue activa, a pesar de la detención de algunos de sus máximos dirigentes en los últimos tiempos, y los golpes que ha sufrido la organización terrorista por partes de las policías española y francesa. Además, una persecución judicial de las formaciones partidarias afines a ETA (la izquierda “abertzale” que no condena la violencia terrorista), hizo que ese arco de opciones quedara, el domingo pasado, momentáneamente fuera de juego. ETA, al no contar con instrumentos para conseguir escaños desde donde bombardear al propio sistema, llamó a sus simpatizantes a impugnar el voto, colocando en las urnas las boletas de la ilegalizada agrupación D3M (“Democracia 3 millones”), pero éstas no llegaron al 9 por ciento, o sea, unos 100.000 votos impugnados. De esta manera, este sector del nacionalismo independentista se configura como el gran perdedor en las elecciones vascas del domingo.

En síntesis: el PNV (el Partido Nacionalista Vasco) sigue siendo el más votado en la comunidad autónoma, pero con 30 mil votos menos que hace cuatro años, lo que hará muy difícil que Ibarretxe, el actual “lehendakari”, consiga un nuevo período al frente del ejecutivo.

El Partido Socialista Vasco ha batido todos los récords, con un aumento de más del 30 por ciento de los votos; aunque no le alcanzarán para gobernar en soledad, es más que probable que cuente con el apoyo de las demás agrupaciones no nacionalistas para formar gobierno.

El Partido Popular, que enfrenta en estos momentos una grave crisis interna, con denuncias de corrupción en la comunidad de Madrid, ha visto retrocedido el apoyo de los conservadores vascos en casi un tercio respecto de hace 4 años, aunque sigue siendo el tercer partido político de Euskadi, y su intervención en apoyo del candidato a “lehendakari” será vital en la cámara.

Y entre todas estas conclusiones, la que me parece de una importancia relativa más destacada, es la aplastante derrota del nacionalismo violento, de los sectores afines al terrorismo de ETA, que retroceden en más de 50 mil votos respecto de las últimas elecciones, virando este electorado hacia un nacionalismo de izquierdas pacífico, un “abertzalismo” que, en definitiva, renuncie a matar como herramienta de lucha política.

Tengo la esperanza de que nuestros compatriotas, esos viejos vascos que pueblan la Argentina desde hace tantos años, y sus hijos y sus nietos, hayan contribuido con su voto a este cambio de tendencia, que será útil no sólo a los vascos y al resto de España, sino a todos los hombres de buena voluntad.